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¿POR QUÉ ESTÁS TAN FRÍA, CHIQUITITA?

¿POR QUÉ ESTÁS TAN FRÍA, CHIQUITITA?

07-12-2021

Novela negra/Policiaca novela

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“¿Por qué estás tan fría, chiquitita?” se desarrolla en la segunda mitad de la década de los sesenta en El Hierro, isla española que se encuentra junto al continente africano. La historia comienza con una visión que tiene Pepe Enrique Olaya en el faro de Orchilla. Se trata de un ser extraño que lo persigue para darle caza. A partir de ahí, todos lo llaman loco y no dan crédito a ninguna de sus palabras. Sin embargo, ese monstruo sigue sus pasos y los de su familia. Además de ello, en la isla se suceden las muertes de varias niñas. Todas ahogadas. Aparentemente, accidentes. Sobra decir que nada es lo que parece. Es una novela donde se mezcla el suspense y el amor, la naturaleza viva y las costumbres de una tierra por descubrir. A la vera de un faro, estrambóticos árboles y negra lava, disfrutaremos de un misterioso paseo junto al mar.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

I

ORCHILLA

 

 

1

Pepe Enrique resopló consternado ante el solitario faro. Algo entonado, por no decir completamente borracho, andaba por la Punta de Orchilla, el otrora Meridiano Cero de la isla de El Hierro, mirando de nuevo para toda aquella piedra de cantería. Buscaba al farero para echar un envite y continuar con las rondas de vino. Sin embargo, empezaba a sospechar que había hecho todo ese empalagoso trayecto en balde. No estaba en su casa, ni donde el aljibe ni donde la gran linterna.

Volvió a mirar para la luminaria que coronaba el faro, repasó toda su piedra labrada y dio otro resoplido. Entonces, deseó estar en un barco echando lances. Anheló una buena noche de pesca, mar adentro, observando en la costa aquel tubo cilíndrico con sus periódicos fogonazos de luz roja.

—¿Dónde se ha metido, farero?

Volvió al aljibe, tocó en la casa y, mirando de reojo el conjunto arquitectónico, regresó dando lentos pasos. A la sazón, se le ocurrió echar un vistazo donde unas tabaibas que solo prestaban migajas de sombra a los que no las apreciaban. Y por allí mismito iba un lagarto arrastrando su rabo; uno enorme como lo eran todos en la bendita isla chica. Todo pequeño y, justamente eso, lo que más asco le daba, era el Gigante de El Hierro: los asquerosos lagartos.

Echó un vistazo a la carretera que zigzagueaba hacia arriba, la que lo llevaría de nuevo hasta su casa en La Frontera. Más que una carretera, se trataba de un caminillo rojo que daba miedo porque, si se tropezaran dos carros, el que iba subiendo tenía alguna que otra posibilidad de regresar volteando hasta el solitario faro. Y como él la había bajado en bicicleta, se la tendría que subir pateando.

—Me cago en la madre que lo parió.

Dio otro de sus consabidos resoplidos y maldijo los tejemanejes de un farero que no estaba en su sitio. Por ello tendría que marchar sin su merecido descanso. Peor aún, a pata debido a que la cochambrosa bicicleta no tiraba para subir el camino por el que había llegado. Que un viajecito mirando las lavas y oteando el mar no estaba mal de vez en cuando, pero llegar e irse con lo puesto al minuto siguiente, para pensárselo porque se trataba de unos cuantos kilómetros solitarios.

Encajándole una patada a un pedrusco, terminó de darse por vencido. Agarró el manillar del trasto que lo trajo y emprendió el camino. Solo faltaba echar un último vistazo al solitario paisaje y trincar resuello para tirar hacia arriba.

Entonces, lo vio. Algo, no sabía qué, encaramado a la punta de aquel faro, enrollado como serpiente agarrando su presa, aunque también podría ser un enorme lagarto aguardando para saltar sobre algún pájaro.

Ni serpiente ni lagarto. Tampoco farero. Lo que allí estaba engruñado era una mezcolanza entre hombre y mono. Una espeluznante figura de los infiernos que quedó impresa en cada minúscula parte de su retina. Dos grandes brazos con los que podría despedazar a cualquiera, y una boca abierta con colmillos afilados. Quieto, muy quieto.

Pensó en una figura maldita puesta como ornamenta. Exactamente, como los desagradables monigotes que había en algunas iglesias, dícese que para evacuar el agua de lluvia de los tejados y proteger al templo de los pecadores. En su opinión, para espantar cristianos. Sin embargo, ¿qué función desempeñaba tan desagradable bicho en ese faro? Peor que eso, juraría que antes no estaba allí. O él, en su ofuscación por saber perdido su viaje de parranda y vino, no lo vio.

Observó a conciencia aquellos enormes ojos que no parpadeaban, aquellos brazos que parecían poder darle una vuelta a la barriga y abarcar la gran espalda, aquel pelo negro tan apretado y aquella cabeza calva. Como el que se medía con una figura de porcelana, mantuvo fija la mirada; como el que hacía un reto para ver quién era el primero que parpadeaba, con la temible sospecha de que el único que necesitaba lubricar los ojos era el que estaba apostando.

Y perdió la apuesta.

Y se rio de sí mismo por tremendo desvarío.

Y agarró la condenada bicicleta y se dio la vuelta.

Y emprendió la marcha por aquel camino rojo cubierto de pedruscos de lava, echando unos silbos al viento por lo contento que se sentía. Una alegría que le había brotado de repente. De la nada. Como si pudiera alegrar el alma darse cuenta de que una fea figura que había sobre la luminaria de un faro era solo eso: una inquietante figura. Y volvió a mirar hacia atrás, hacia aquella Punta de Orchilla donde seguía plantada la casa de la gran linterna con su aljibe. Dio un repaso rápido a la tabaiba. Luego barrió de abajo arriba toda una piedra labrada que en su día llegó a lomos de cientos de camellos hasta aquel despoblado. La misma que surcó el Atlántico desde su cuna en la Arucas de Gran Canaria. Y, poco a poco, sus ojos volvieron a ascender por la ovalada torre hasta coronarla. Hacia sus balcones, su vidriera, su cúpula y su válvula. Un pequeño gran trayecto hasta la cumbre. Una corona que ahora lucía sin aderezo; sin el mono monstruo de enormes ojos que no parpadeaban; sin el horrible mono monstruo que podía rodear con sus brazos aquella gran barriga hasta abrazarse la espalda; sin la espantosa figura quieta de pelo negro tan apretado, cabeza calva y colmillos afilados. Nada de nada. Una limpia cúpula carente de adornos.

Paró en seco observando la torre, la casa, el aljibe y la tabaiba. Repentinamente, anhelando ser un lagarto, aunque no el lagarto gigante de El Hierro. Deseando convertirse en el lagarto más pequeño del mundo entero. Si era posible, un lagarto sin rabo.

En uno de los tantos baches del camino quedó su bicicleta averiada de por vida. Entonces, empezó a correr por aquella ladera roja, por sus sinuosas curvas que ascendían hasta empalmar con las rutas de El Garoé o del Pozo de la Salud. Sin duda alguna, salud de la que empezaba a carecer él, puesto que sabía que aquel demonio salido del peor de los cuentos de miedo le corría atrás con el objeto de comérselo entero. Hasta podría ser que ya hubiese dado cuenta del pobre farero.

Pobre Pepe Enrique que vino a echarse unos vinos, y apareció desmigajado allá donde antiguamente se consideraba que estaba el Meridiano: para ser más exactos, el Meridiano Cero.

Una vez más miró hacia atrás, hacia la vacía cúpula del faro y la desierta carretera tras él. Con el corazón rebotándole en la garganta, contempló la polvajera levantada por sus propios pies. Nada más que eso. Entonces, quiso creer que lo que quiera que fuese no le corría detrás. Así que, muy lentamente, se asomó al borde empinado del camino, solo para confirmar de inmediato que cualquiera que cayera por aquel sitio se tenía el velorio asegurado. Y, cuando estaba a punto de volver a emprender la marcha, lo volvió a ver. Acortando terreno, escalaba con tranquilidad las laderas empinadas impulsándose hacia arriba con sus fuertes brazos, enseñando una gran hilera de dientes como si se estuviera riendo a carcajadas, dejando los restos de su escalada por todo aquel inestable terreno.

Desgraciado Pepe Enrique. Ir a acabar en las garras de un diablo extranjero, puesto que canario no era. Si hubiese estado en Lanzarote, le habría dado un nombre: el Diablo de Timanfaya, ni más ni menos. Sin embargo, ¿qué diablo tenían ellos en El Hierro?

 

Había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial, más que nada, porque ni se enteró de que existía esa contienda. Había participado en la construcción de varias escuelas. En una de ellas, la última, sufrió una caída que lo dejó cojo de por vida. Por eso se libró de la otra guerra, la puñetera Civil de mierda. Y cualquiera se desentendía de esa. También había salvado la Segunda Guerra Mundial porque, aunque se enteró, esa guerra en El Hierro no se sintió. Luego vino una sequía que hizo que la gente huyera de la isla. ¿El destino? Bien estaba Tenerife o cualquier otro sitio que no quedara cerca. Puestos a nadar, al golpito se llegaba a Venezuela. Y ahora, ¿dónde la iba a espichar? Corriendo como alma que se la llevaba el diablo para que el diablo no se lo llevara. ¿En El Hierro? ¿En la isla chica donde hasta las moscas se preguntaban por qué nunca pasaba nada?

A Pepe Enrique jamás le tocó la buena estrella. De agraciado tenía lo que un retrete. En consecuencia, ni la mujer más fea lo quería como marido. Por eso mismito creía él que ahora iba a tener la fortuna de ser el primer herreño asesinado por un mono malencarado. O no, ya que el primero podría ser el farero.

A la tercera vuelta de tuerca o de carretera, ya no podía más. Ni alma ni carro ni perro. Que suponía Pepe Enrique que un buen perro presa canario haría frente hasta al demonio más demonio de todos los infiernos. Toda la vida temiendo encontrarse con una de esas bestias en estos desiertos, y ahora parecía que estaban todas durmiendo. Y empezó a caminar, puesto que correr, ya no podía más. Entonces, miró hacia atrás y lo vio gateando tras él. Ni erguido ni apoyando las manos en el suelo. Estaba gateando como gateaban los seres vivos, arrastrándose por todas aquellas piedras sin emitir el más leve lamento. Con la vista puesta en su presa, la boca desternillada de risa, los ojos de un negro mezquino, y un pelo bien apretado y fino.

Metiendo los pies en cuantos surcos adornaban la carretera de tierra, Pepe Enrique se orinó encima mientras aceleraba el paso. A cada zancada, esperando el zarpazo de una de aquellas garras. Dando tropezones, levantándose y volviendo a echar a correr. Marchando como solo lo podía hacer un hombre cojo entrado en años. Jadeando, con dientes trincados y párpados apretados. Mirando hacia atrás, siempre intentando ubicarlo. De repente, en uno de esos vistazos asustados, lo descubrió todo blanco. Y fue lo último que vio. Al segundo siguiente, estaba todo negro. Tan negro como todo el territorio que se tenía que recorrer antes de llegar al maligno faro del Meridiano Cero.

Negro y silencio.

Negro y un suave aleteo.

Negro y murmullos dando un rezo.

No tan negro. Un gentío hablando. Un traqueteo. Un balanceo. Una vuelta a estar quieto. Encajonado y muy quieto. Sin osar moverse y, menos aún, gritar. Solo atreviéndose a escuchar y agarrar algo de aire. Voces lejanas cuchicheando. Voces cercanas en una especie de salmodio plano. Algún lamento. Olor a sahumerio.

De inmediato, empezó a recordar al mono monstruo, al gallardo faro y a toda aquella enrevesada carretera. A que nunca sería el primero en nada porque, hasta en la desgracia que le había tocado en suerte, en primer lugar estaba el farero. Y también le vino otro recuerdo. Este, antiguo y familiar. El recuerdo del murmullo incesante que ahora le rondaba fuera; uno que le recordaba a algo que le gustaba, siempre que no le tocara de cerca.

Hubo de transcurrir un minuto entero para que supiera lo que era. Al unísono, varias bombillas se encendieron dentro de su cabeza. Entonces, gritó tan fuerte, tan alto, que no le salió la voz. Ni leve quejido ni soplo de aire. Y empezó el miedo; uno más rotundo que el que pudiera producir un demonio corriendo tras su persona; uno más tremendo que el que ocasionaba saber que el que te perseguía, poco a poco, te alcanzaba; uno más feroz que verlo todo negro y saberse metido en una caja. Peor que todo eso, más rotundo, tremendo y feroz, era darse cuenta de que estaba metido en un ataúd, rodeado de gente que susurraba. Personas que, probablemente, estarían hablando del cojo de Pepe Enrique que fue a por unos buches de vino al faro, y terminó abierto de lado a lado. El desgraciado Pepe Enrique al que ahora tocaba hacerle un duelo; uno tan poco agraciado en vida que, estando muerto, no era de menester abrir la caja para verlo. Sin embargo, uno que estaba vivo, que los oía hablar, que jadeaba, que olía sus pegajosos perfumes y sus sudores varios; uno que estaba quieto, que no tieso.

—Te pedimos, Padre, que escuches esta oración por nuestro amado hermano José Enrique…. Tú que lo creaste a imagen tuya y lo amas como hijo, haz que viva en la felicidad de tu Reino… Por Jesucristo, nuestro Señor. Concédeles el descanso eterno… Perdona sus pecados…Todos nuestros allegados que han fallecido descansen en paz por la eternidad. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

“¡Callaos! No estoy muerto. Os oigo. Os huelo.”

—Ha llegado el momento.

 

 

2

Del duelo de Pepe Enrique, mucho tiempo había pasado. Mes arriba mes abajo, diez largos años. Dos lustros que resultaban insuficientes si se pretendía que los habitantes de La Frontera olvidaran aquel mal trago.

Todo empezó con unos tinerfeños que recorrían en bicicleta la isla de El Hierro y decidieron bajar al Faro de Orchilla para contemplar el fin del mundo. No pudieron porque en el camino hallaron el cadáver de un hombre agarrado a sí mismo como si se protegiera de algo. Se trataba de un paisano muy querido y conocido: Pepe Enrique Olaya. Muerte súbita, dijeron. Un infarto o un colapso. Y su pueblo se preparó para acudir al duelo. Dar el pésame a madre, hermano, cuñada y cuatro sobrinos. Unos rezos del Rosario, unos Avemarías y unos buenos Padrenuestros. Todo sencillo y sentido hasta que, minutos antes de arrancar con él para la iglesia, a Luisa la Hocicolargo se le ocurrió levantar aquella tapa de madera de pino; una Luisa que no se asustó al ver las manos engruñadas de aquel desgraciado. Tampoco se inmutó ante su boca abierta a punto de dar un grito, ni ante aquellos ojos como platos llanos para carne mechada. Si era feo en vida, ¿qué se podía esperar como difunto? Lo que hizo chillar a la Hocicolargo tirando las velas, el rosario, el escapulario y unos cirios que eran muestra de la pureza del espíritu que ascendía hacia la eterna vida no fue eso. Lo que provocó que se espeluzara como gallina en gallinero al que le había desaparecido los huevos del nido fue la palabra que oyó acto seguido.

—¡Puta!

Posiblemente, porque los fallecidos pulmones de Pepe Enrique habían vuelto a arrancar con lentitud permitiéndole enlazar cuatro letras y formar una palabra que le venía como anillo al dedo al velillo que se había asomado a su lecho eterno. Y es que aquellos pulmones no necesitaban respirar para soltar tremenda palabrota. Era como los cadáveres que expulsaban toda clase de gases por los orificios del cuerpo. En este caso, un insulto que quedó guardado dentro. Los pulmones del falso difunto se habían cogido un recreo, pero estaban de vuelta.

Después de eso, todo fueron gritos, aspavientos y polvajera. Pepe Enrique volvió a la vida tras estar muerto un día entero. Sin embargo, el problema no fue ese. El grandísimo problema fue el cuento que se trajo con él. Dícese de un monstruo con forma de mono que le cayó atrás para intentar desaparecerlo; un mono monstruo que ya se había zampado al farero, y que al verlo muerto en el suelo había decidido no comérselo.

Luisa la Hocicolargo no fue la única buena señora a la que tuvieron que sacar a rastras temblándole la pañoleta. Más de uno y de una abandonaron aquel duelo con unos párpados que simulaban cortinas bien abiertas. Cada uno para su casa porque ninguno tenía vela en el entierro. Ni vela ni muerto.

Tras esa fecha tan bien marcada, en muy contadas ocasiones volvió Pepe Enrique a salir de su casa. Un hombre que tendría que haber rehecho su existencia junto a la poca familia que tenía, dejando atrás el terror que le suponía la sola mención del Faro de Orchilla; un faro donde, supuestamente, en algún momento estuvo encaramado un mono monstruo que se entretenía contemplando cómo las olas atacaban con insistencia aquel costado de la isla; un horrible ser que se había zampado al pobre farero. Sin embargo, el farero era uno de los que aquella memorable tarde estaba en el duelo de Pepe Enrique dejando atrás su aislamiento para darle la última compaña a aquel muerto que no estaba tan muerto; un farero que, por unas horas, abandonó su mundo libre de coches, libre de ruidos, con su casa tan separada y su extraño monstruo.

—Ni a pescar. Nunca más lejos de puerta de casa —decía tras el cruento suceso, comiéndose la mitad de las palabras.

—¿No irá más lejos, señor Pepe Enrique?

—No más lejos

Y medio lo cumplió. En su hogar, que también era el de su madre, su hermano menor, su cuñada y los cuatro sobrinos, simplemente partía leña para el fogón, arrancaba las malas hierbas, cuidaba de los niños y descargaba la mercancía para la tienda. Poco más. Y así fue hasta el maldito día en que todo volvió a suceder. No la aparición de un diablo tras él. Eso no. Lo que tornó fue la muerte. Primero la de su madre, de muerte natural tras una larga vida. Sin embargo, lo peor vino después. Hermano, cuñada y sobrina mayor. Otra vez, la carretera del faro. Por allí, por aquellos turbulentos caminos, cayó su carro cargado con víveres. Como no podía ser de otra, salvó todas aquellas curvas trazando una línea bien recta hasta llegar a la planicie del viejo Meridiano Cero. Y ahora nadie volvió a la vida para insultar a una pobre señora envuelta en paños negros. Pepe Enrique el Cojo, Pepe Enrique el del Faro o Pepe Enrique el del Mono Monstruo se vio cuidando de tres sobrinos que le miraban de reojo. A todas horas, opinando que era buena la forma en que nos había recibido Dios en el Reino de la Tierra: no saber por dónde nos venía la suerte en cada vuelta. Por tanto, solo tocaba bailotear al son de los ladridos que daba la providencia porque la desgracia era una sombra gris con forma de mono; un mono que caminaba a gatas extendiendo su cuerpo hacia arriba mientras hundía sus fuertes garras en la tierra dura; uno que había tolerado su huida permitiéndole vivir un futuro que creyó que no tendría.

La vida de Pepe Enrique se convirtió en una endeble muralla de arena. También en una jodienda en toda regla, ya que, ¿cómo iba a ser capaz de cuidar de tres niños? Desde un principio, desde el mismo momento en que se produjo el maldito suceso, debió prever que ese monstruo no solo iba tras él. Tendría que haber sospechado que sus sobrinos estaban en el punto de mira de lo que quiera que hubiera en el Faro de Orchilla. Que aunque Lucien, Rayco y Martina nunca vieron al mono monstruo, a ellos también los perseguiría.

 

 

3

Carmita la Conejera venía sorteando piedras por el empedrado camino que se acercaba a la única tienda de La Frontera. Muy arrimada a una de las orillas, aprovechando la hebrilla de sombra que se descolgaba de los aleros de los tejados. Cómo no, el bolso para la compra apretujado bajo el brazo, su traje para salir a la calle muy bien planchado, y su arrugado delantal de un color gris decaído. En sus inicios fue negro con puntitos blancos, pero ahora lucía desparramado.

—Buenas tardes nos de Dios —saludó sintiendo que cada día que pasaba aumentaba el problema de sus piernas ante calles tan empinadas.

—Buenas tardes.

Los cinco que estaban en aquella tienda la saludaron al unísono. Casi todos, con pésimo talante. Por un lado, todas mal encaradas, cuatro mujeres tan viejas como ella; por otro, el único que aparentaba tener buena cara. Tras el mostrador, el único macho.

—Eso mismo digo yo. Que cualquier día va a ocurrir una desgracia. Ayer iba en bicicleta con las piernas abiertas para ver a quien podía tirar. No caerse y romperse la cabeza.

—¿De quién estamos hablando, Josefita?

—Del hijo de la Remedios. Del más chico. A ese niño le falta un hervor.  Fíjese usted que se hartó de tirarle piedras a la puerta de la iglesia. Don Pascual estaba desalado. Fue a hablar con la madre, pero qué va a hacer esa pobre mujer. ¿Qué piensa usted de esto, doña Carmita?

—Que la desgracia es para ella.

Todas asintieron.

—¿Lo volvieron a dejar solo, Rayco? —sonrió con picardía una de las clientas—Aunque, mejor solito que mal acompañado.

—Martina está haciendo los deberes, y Lucien fue a buscar víveres donde doña Sagrario.

—¿Cómo anda su tío Pepe Enrique? —las cinco mujeres enderezaron las orejas como perros a la espera de malas nuevas.

—Igual que siempre —contestó con la misma frase de todos los días—. ¿Se le ofrece algo más?

—Y esa novia suya, ¿para cuándo el casorio?

Idénticas preguntas con idénticas respuestas. Eso es lo que daba andar expuesto tras el mostrador de una tienda. Tal y como su padre le había enseñado, debía mostrarse educado y guardar el respeto. La clientela no podía espantarse por ningún otro motivo que no fuera la falta de dinero. Que se lo dijeran a Lucien, para que vieran como las ponía a todas de vuelta y media.

—No tengo prisa para casarme, seña Josefita.

—No, usted no. Pero ella ya pasó los veinte. A las muchachas casaderas no les gusta tanta flojera. Va a venir otro y se la va a soplar. Arrejunda, hombre.

A Rayco le sonó a puntada en toda regla. Pero no por parte de la Josefita o de las otras clientas. La sacudida venía de unas casas más arriba. Concretamente, de la que figuraba como la de Conchita la Pescadera. Más que nada, porque allí residía Eloísa, la tercera de sus novias. La misma que gustaba atosigarlo con la ya tardía boda.

Al cabo de un rato, estaban todas servidas. Eso sí, de allí no se había ido ni una. Como siempre, marcharían juntas.

—Expédié. ¿Se les ofrece algo más?

—El diablo te lleve, chiquejo.

Marcharon todas con sus cartuchos tan repletos de comestibles como las libretas atiborradas de deudas.

—Señoras, el sábado necesito…

—Que sí. El sábado haremos cuentas.

Estaba limpiando el cuchillo repleto de pipas de calabaza cuando oyó una especie de sonido monótono y continuo en la zona de la trastienda. Al traspasar la puerta, una larga pierna se estiró de golpe dándole el alto como listón atravesado de lado a lado.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí, Lucien?

—El suficiente como para ver que todas esas brujas te tienen cogido el tranquillo. Pareces tonto.

—Si tan listo te crees, ¿por qué no saliste a echarme una mano?

—El sábado las voy a esperar. No detrás del mostrador. Allá fuera para verlas pasar —señaló una silla al otro lado de la calle—. De algo puedes estar bien seguro: entrar en la tienda, no van a entrar.

Rayco no quiso discutir con él porque la mayoría de las veces llevaba razón. También porque todo lo que tenía de gato al que gustaba ovillarse en un rincón, lo tenía de buscapleitos y protestón.

—¿Trajiste todos los pedidos?

—De cinq vergers.

—¿Pagaste lo que te dieron en los cinco huertos?

—Me olvidé de llevar el dinero. Me lo apuntaron para ir a pagar el sábado.

—¿Y entonces, Luci? El sábado no vas a estar ahí fuera porque tendrás que ir a hacer lo que todas esas señoras dijeron que iban a hacer.

—El sábado no me moveré de aquí. Haré eso que ellas piensan hacer. Es decir, no pagar a quien le deben.

—Pero eso no…

—¡Le silence! No se te olvide que soy el mayor. Y si no te interesa, haz lo que te dijo aquella urraca. Cásate con esa zorra que ya te anda poniendo los cuernos.

Solo se llevaban un año, pero daba igual. Las conversaciones terminaban de la misma manera: “te callas porque soy el mayor”. También el más haragán, el más deslenguado y el más farfullero. Ni novia ni amigos ni nada de nada. Simplemente, se echaba unos días a la mar con unos conocidos del Puerto de la Estaca, ayudaba en algunas cosas de la casa y proveía a la tienda de frutas, verduras y todo lo que se terciara. Dicho deprisa, hasta mucho parecía. Pero, a la hora de la verdad, era un auténtico incordio. Lucien odiaba a las buenas gentes, sobre todo a las que pisaban la tienda que de comer les daba. Detestaba a la hermana chica, porque, según sus propias palabras, era el mayor lastre que heredó de sus padres. Peor aún que la tienda. Por último, no odiaba, aborrecía y maldecía al que, a falta del verdadero, debió convertirse en un padre para ellos. Un tío, el único, que tendría que haberse hecho cargo de sus sobrinos. Sin embargo, tal y como se dieron las cosas, sucedió al revés. El tío loco del mono monstruo no estaba para cuidar a críos en pleno despunte de adolescencia. Menos aún, a un bebé.

Por fortuna, de ello habían transcurrido algunos años. Los preadolescentes eran dos hombres de veintitrés y veinticuatro, y el bebé, un fastidio de doce. Por descontado, el tío Pepe Enrique figuraba como el único que no había cambiado; un loco de remate que contaba historias de faros, monos y fareros muertos; un pobre diablo al que no se le perdía nada fuera del resguardo de su casa; un auténtico lastre. Según Lucien, una persona que solo servía para ser el hazmerreír de los tres pelagatos que vivían en El Hierro. Inmejorable para abarcar con sus burlas a los escasos parientes que le quedaban.

—No me hables de cuernos. No quiero escucharte —miró a los insensibles ojos de su hermano mayor.

Las conversaciones con él, por no llamarlas eternas discusiones, siempre tocaban el borde del raciocinio. La irritación que producían adquiría una encendida tintura azabache.

—Si no quieres escucharme, de la lengua de alguna de esas arpías a las que despachas con tanto gusto, ya te llegará a los oídos

—Je suis sourd.

—No estás sordo ¿Quieres un nombre?

—¡No te escucho!

Lucien echó una carcajada y, embutiéndose en otra tranquila tarde de El Hierro, desapareció por la puerta. Medio viva, una tarde con el mismo semblante que otros cientos de tardes. Por su parte, Rayco quedó mirando aquella abertura vacía, presintiendo que a su hermano le gustaba dar muerte a cualquier tipo de sentimiento, ilusión o deseo. Era una especie de una cuchilla que te daba una sajada cuando menos te lo esperabas. Luego, si se terciaba, se sentaba a ver cómo te desangrabas.

—Gracias a que usted está aquí. Si no, para comprar las habichuelas del potaje, soy capaz de darle la vuelta a la isla.

—Buenas tardes, Cionita.

—Por ahí iba su hermano. Por poco me tira.

—Será que no la vio. ¿Qué le pongo?

—Iba diciendo unas palabras que… Jesús, Jesús.

—¿Qué palabras?

—Palabras.

Como gato pinchado con púa de cardón, la mujer dio un respingo y se persignó.

—¿Qué le pongo?

—Póngame un cuarto de habichuelas

Cionita se percató de que su pañuelo negro estaba pendiendo de la coronilla mostrando el escaso pelo blanco sobre el cuero cabelludo rosado. Lo alisó y volvió a cubrirse con decoro.

 

 

4

 Por algunos sitios, la isla lucía pelada; por otros, grandes extensiones de verde acicalaban lomas y montañas.

Tras un kilómetro de mal transitar, Candelaria tocó en aquella casa aislada en medio de tanta naturaleza contenta con el lugar que le había caído en gracia. Cuando se acostumbraba al contemple de los llanos de secadales allá donde Las Puntas en La Frontera, este sitio resultaba empalagoso de tanto colorido.

—Buenas tardes, doña Candelaria.

Miró a aquella muchacha de arriba abajo. Por más que intentara verla con buenos ojos, nada había donde rascar porque aparentaba como si el desarrollo se le hubiese estancado en los nueve años. Menuda, sin nada que pudiera hacer que un hombre se volteara a mirarla, no existía en su presencia un ápice de alegría. Cabello corto, ni pechos ni caderas, destacaba por la ausencia de curvas. Más que hembra de veintidós años, macho de diez es lo que parecía. Sin duda, su crecimiento se había echado a dormir en una cama, dando al traste con cualquier tipo de belleza femenina.

—Buenas tardes, Soledad. ¿Ha pensado en lo que hablamos? Es un buen ofrecimiento, y necesito la contesta pa ir a proponérselo al muchacho.

—Lo he pensado, pero ¿cómo voy a ennoviarme con alguien que no conozco? Si él ni siquiera lo sabe, ¿cómo voy a dar el sí?

—Eso es lo de menos, niña. Con esa facha…—mordiéndose la lengua, la repasó con desprecio—. Debería estarme agradecida de que esté haciendo esto. Porque se lo debo a su madre, Dios la tenga en su Gloria. Lo que está claro es que en esta casa no puede seguir quedándose. Necesito rentarla pa que me entren las pesetas. Además, si él acepta, tiene la vida garantizada. No le faltará casa ni faena. ¿Qué me dice, Solita?

Soledad opinó que esa última pregunta sobraba. Solo esperaba un sí. Cualquier otra contesta daría lugar a la consiguiente retahíla de amenazas y recriminaciones: amenazas con quedarse sola, tirada en la calle, sin trabajo, ni comida ni amparo; recriminaciones porque, en su sabia opinión, le estaba ofreciendo un pan de oro que consistía en agarrar todos sus atarecos y plantarse en La Frontera para conocer a su futuro marido. Veintitantos años, dos hermanos y un tío que, en palabras de la propia Candelaria, estaba como una regadera. Un futuro esposo que nada sabía. ¿Y qué le hacía pensar que el escogido iba a aceptar tremenda oferta? Muy fácil. Simplemente, el hecho de que en aquella casa hacía falta una mujer. Y si esto último era mucho pedir, con tal de que ayudara en los quehaceres diarios, algo que se le pareciera. Por tanto, como recopilación de todo, se trataba de comenzar una nueva vida al lado de un desconocido, de su tío rematadamente loco, de un hermano ya grande y de una hermanita. Como guinda del pastel, en toda la ecuación también había una tienda. Y de todo ello, las dos últimas eran las que más le atraían: la niña y la tienda.

Así las cosas, tenía dos opciones: a la calle y ver la suerte que corría, o a La Frontera y ver la suerte que corría. Ello último, siempre que él accediera.

—Acepto.

—Pues no hay nada más que decir. Mañana mismo me tiro pa allá a tener una conversación con el muchacho —dando por bueno el negocio, se sacudió las manos.

Agarró el camino hacia la salida como si la compraventa ya estuviera hecha. La entrada quedó iluminada por la tarde herreña. El color de un sangrerío antes de pasar al frío azul.

—Doña Candelaria —era una pregunta que no tendría que estar haciendo sobre un futuro marido, pero, dadas las circunstancias, era lo que tocaba—, no me ha dicho el nombre.

—¿De quién?

Lo dicho. La trataba como un trapo incómodo del que tenía que haberse deshecho hacía tiempo.

—De él.

—Lucien —exhaló un largo suspiro como si ese nombre le guisara la boca al soltarlo—. Lucien Olaya Fablet. Y no pregunte más —indicó al ver el gesto interrogante en los ojos de Soledad—. El nombre y el segundo apellido le vienen del abuelo materno: un francés cascarrabias que tuvimos la desgracia de acoger en esta isla. Ya le diré algo.

—¿Y los herma…

La dejó con la palabra en la boca. Desapareció como si quien le hablaba fuera un tronco de palmera muerta que se debía perder de vista cuanto antes. Un solitario e inservible madero.  

 

5

—Era monstruo. A lo mejor, de barco de África. Uno de los bosques que hay allí. Malditos. No solo tienen arena para jodernos con granos. Hay bosques con monstruos que comen cristianos. Mala suerte la nuestra.

—¿Por qué mala suerte, tío?

—Por estar arrejuntados a maligna África. No poder halarnos pa arriba o más pal centro. O que se vaya pa el otro coñísimo lado.

Pepe Enrique y Martina se encontraban sentados en un rincón del salón. Ya habían cenado y, simplemente, hacían tiempo para no irse tan temprano a la cama. Rayco se encontraba fregando la loza mientras Lucien estaba tirado en el sillón afinando una guitarra. Esta noche no tocaba melodía, síntoma inequívoco de que, como de costumbre, el humor de perros era el que lo invadía. En estos momentos, tal era el rezongo de la guitarra, que se comía el sonido de más de un grillo y de las escandalosas ranas del estanque tras la casa. Afortunadamente, las viviendas estaban despegadas las unas de las otras.

Un rato bueno llevaba Pepe Enrique contando sus historias a Martina. Como siempre, la niña era la única que lo escuchaba. Gustaba sentarse frente a él para oír toda una sarta de improperios y maldiciones dirigidos al continente que dormitaba al lado: la maligna África. Eternamente, la gran culpable de sus desdichas, de su locura y de su miedo reverencial a pisar un hilo de sombra que fuera más allá del tejadillo que volaba sobre la tienda adyacente a la casa. Sin embargo, a Martina le encantaba escuchar esa historia de miedo que tanta risa daba. La primera vez que la oyó tuvo de dormir en la cama de Rayco. Al día siguiente, Luci había dado tres gritos al pobre Pepe Enrique. Por eso nunca más volvió la niña a quejarse ante sus hermanos. Lo cierto es que las historias del tío le gustaban. Cuando se olvidaba de África y del mono monstruo, también hablaba de peces desconocidos surcando las aguas. Se trataba de la época en que era un magnífico marinero de agua salada. La hacía reír, pero, sobre todas las cosas, le permitía huir de la pequeña isla donde estaban confinados, y surcar el mar hasta llegar a la costa del hermoso continente aledaño. Eso le habían enseñado en la escuela. Que no se trataba de una isla gigante. Continente, decía llamarse.

—¿Y a dónde cree que fue, tío?

—El África sigue en el mismito sitio.

—El mono monstruo. ¿A dónde cree que fue a esconderse?

Martina observó a Pepe Enrique. Le estaba temblando el labio inferior. Supuso que se debía a que intentaba imaginarse dónde estaría oculto ese bicho que un día quiso comérselo vivo. Sin embargo, al seguir su mirada, se dio cuenta de que aquel miedo no se debía a un mono monstruo del África. Más bien se trataba de un monstruo humano que había dejado de maltratar la guitarra. Tanto o más que los del mono del faro, sus malvados ojos hacían temblar al pobre tío. Y lo peor es que el monstruo humano no estaba escondido, sino que vivía con ellos en el mismo nido.

—¿Se puede saber qué le está contando a la niña?

—Historias

—¿Historias de lecciones del colegio?

—No.

—¿Historias verdaderas?

—Yo…Esto…sí. No son…

—Allez vous coucher —esperó a sabiendas de que no había entendido un cuajo—. ¡Váyase a dormir, carajo!

No había nada más que decir. Levantándose lentamente mientras se arremangaba la camisa, Lucien había dejado la guitarra a un lado. Acto seguido, lo miró fijamente clavándole el azul de sus ojos hasta el alma. El tío salió despavorido, invadido por vaya a saber qué cruentos presagios.

—Martina, a la cama.

—Pero…

—Buenas noches, Martina —le dedicó una mirada de velada advertencia.

Lucien quedó a solas en el centro de aquel salón. Miró para la bombilla apagada del techo y emitió un gesto de fastidio. En una mesa a su lado, la luz que prendía de un trozo de vela emitía trémulas sombras. A punto de acabarse, lucía como lava blanca esparramada sobre uno de los platos chicos para el café que se ofrecía a las visitas.

—No tienes por qué ser así con el tío —intervino Rayco—. Es ella la que pregunta. Le gustan los cuentos que inventa. Deja que se entretenga.

—Tengo algo que decirte —se acercó al aparador, agarró la caja de cerillas y encendió un cigarro que miró con desprecio—. Je vais marie.

—¿Perdón? No te…

—Me has entendido perfectamente. Mañana la conocerás —dio una larga calada, retuvo el humo unos segundos, para luego expulsarlo lentamente—. Vivirá con nosotros y te ayudará en la tienda.

Rayco guardó silencio. Las palabras de Lucien le habían entrado por un oído, salido por el otro, y ahora lucían esparramadas por el suelo. Su hermano no era muy dado al diálogo. Más bien, seco y parco en todo aquello que fuese más allá de la pesca.

—¿Desde cuándo la conoces? —tragó con dolor mientras un sabor a tierra mojada le inundaba los sentidos.

—No la conozco.

—No la conoces —repitió con la mente embozada en negros presentimientos.

—Se llama Soledad, tiene veintidós años, está sola y es de la isla. Nada más. Mañana vendrá con Candelarita y se quedará en el cuarto de Martina.

—¿Te has vuelto loco? —se puso la mano delante de la boca para que no se le escapara el grito que estaba a punto de dar—. ¿Por qué tienes que casarte con alguien que no conoces?

—Porque en esta casa se necesita una mujer. Una madre para Martina. Y porque tú no eres capaz de agarrar una ni con diez lazos que le eches. Por eso mismo.

—A Martina no le hace falta una madre. Nos tiene a nosotros. Me estás mintiendo. Me tratas de idiota. ¿Qué demonios te traes con esa sinvergüenza de la Candelaria? ¿Con qué te está amenazando?

Lucien miró al techo y se percató del hilo de telaraña que se balanceaba sobre su cabeza. Alargó la mano y se lo trajo entre los dedos. Chasqueó la lengua como si aquella hebrilla de seda le hubiese emporcado las yemas ennegreciéndolas con las cenizas de sus cientos de muertos.

—No seas fantasioso. Tenemos suficiente con el tío. Por más que chilles, en esta casa hace falta la mano de una mujer. De una buena mujer que hable con Martina de cosas de mujeres y que nos eche una mano con la casa. Si es menester, también en la tienda.

—¿Una desconocida?

—Según Candelarita, un pedazo de cielo. Rayco, no voy a seguir discutiendo.

—No hagas eso, Luci. Mañana mismo hablo con Eloísa y…

—¡Tú no escuchas! Que esa está con otro. Te pregunté si querías oír un nombre, pero te dio igual. Todas te hacen lo mismo y no escarmientas. ¿Qué les das? Mejor dicho, ¿qué no les das? Mírate bien. Si tuvieras un poco de amor por Eloísa, te habrías puesto como un demonio ante la menor insinuación. Pero no, tan tranquilo que te veo. Y todavía me vas a decir que mañana hablas con ella ¡¿De qué?! ¿Acaso eres tonto?

Rayco bajó la cabeza. La trama no tenía más doblez. Con respecto a Eloísa, Lucien tenía toda la razón. A sus oídos había llegado algo, pero estaba claro que no le importaba. Ni un minuto había dedicado a pensar en ello. Y lo peor era que contaba como la tercera que lo engañaba. La primera de ellas, la que más le dolió y de la que aún andaba enamorado, lo abandonó después de tres años de noviazgo: Rosalía. El agraciado fue un marinero de Valverde que la dejó preñada en el acto. Podía haberlo engañado y hacerle creer que él era el padre. Sin embargo, al menos por ahí actuó de frente. Embelesada por su nuevo amor, marchó donde la familia de este. Y por allá andaba ahora. Con una hija, enamorada y abandonada en una casa donde su familia política la maltrataba. Para ver si los suyos la recogían, no tardaría en volver con las orejas gachas. De seguro, aún no había dado ese penoso paso debido a las malas lenguas de los vecinos. Por la vergüenza de haber sido infiel a su buen novio, quedarse preñada, ser desechada y molida a leña a la primera de cambio.

En cuanto a la segunda de sus novias, fue más por despecho que por otra cosa. No la quería. Simplemente, deseaba demostrarles a los demás que nada de lo sucedido le dolía; que no se acostaba por las noches echando en falta a la que lo había tirado a un lado como si de agua sucia se tratara; que no se levantaba cada mañana con los ojos hinchados y el corazón encogido de pura tristeza; que no le importaba los cuernos y que lo único que quería es que aquella mujer volviera. Daba igual que el niño no fuese suyo. Tal daba de quien fuera. Y como en esta segunda relación no había camino, todo se convirtió en un irregular y ceñido atajo que subía hacia una elevadísima cumbre. Un día cualquiera, sin palabras de por medio, se la encontró paseando del brazo de otro para que la vieran las gentes del pueblo. Ni un hemos terminado ni un eres un zoquete enamorado de otra que te puso en boca de todos. Por no haber, ni un eres un idiota. Nada de nada. Como si ese mal paso dado no se mereciera otra cosa que mirar hacia delante y simular que nunca se había dado.

Y llegó la tercera, una tal Eloísa, hija de Conchita la Pescadera. Con ella, otro tanto de lo mismo, aunque algo distinto. En este caso, pese a que ya no se levantaba con los ojos hinchados ni ansiaba criar a la hija de otro, el contento por verla era el mismo que le podía dar observar una procesión de hormigas: una especie de alegría silenciosa y fría. O lo que es lo mismo: no le producía ninguna alegría.

Así es como estaban las cosas. Ni siquiera sabía por qué diantres se había puesto como cabeza de turco ante Lucien. ¿Que quería casarse con una auténtica desconocida? Pues adelante. Finalmente, si ambos ponían las cartas sobre la mesa y estaban de acuerdo en lo que tendrían que darse y no darse, a él no debería de importarle. Cierto era que dos manos le vendrían bien en la casa. También en la tienda. En cuanto a Martina, se estaba convirtiendo en una señorita, y no tenía ni idea de los consejos que debía darle.

—¿Mañana vendrá a quedarse?

—Sí. Mañana.

—Dios, Lucien. ¿No te preocupa que no te guste?

—No me preocupa nadita. Sé que no me va a gustar, así que da lo mismo. ¿Quieres oír un nombre de hombre o no lo quieres oír? —preguntó frente a la desidia de Rayco ante lo que todo el mundo consideraba unos nuevos cuernos plantados.

—Ya tengo el nombre y, como a ti, me da lo mismo.

—No me jodas, Rayco. Dile a la Eloísa que se vaya a la mierda. Eres el puto hazmerreir de esta basura de pueblo. Si no es por ti, ¡hazlo por tu familia!

Agarró para su habitación y le dio un estampido a la puerta. Notando el eco de las recriminaciones en el alma, Rayco quedó unos segundos mirando al suelo. Luego se dirigió al patio trasero de la casa, agarró una de las destartaladas sillas de formica y se sentó a observar un cielo color ceniza. Curiosamente, no se veía ninguna estrella. En compañía de una brisa suave, bajo varios tipos de enredaderas y envuelto en el canto de cientos de ranas, dio por terminada la jornada.

 

 

6

La luna aparentaba una ovalada bandeja de plata. Alumbraba la gran extensión de campo verde que se abría frente a la que figuraba como su casa; una casa prestada por una promesa dada ante el lecho de muerte de una, dícese, que amiga. Promesa que duró hasta que se rompió de cuajo. ¿Y qué esperaba? ¿Que se alargara durante toda la vida? Bastante le había dado.

Doña Candelaria había venido en la tarde con el aviso de que al día siguiente marcharían a La Frontera para conocer a su nueva familia. Así que debía preparar todas sus pertenencias, tres trapos mal contados, y estar pendiente de su llegada. Eso sí, dejar la casa como una patena porque bastante que la había disfrutado. Por eso mismo estaba allí encogida, apoyada en el cuadrado perfecto que componía el frontis de aquella vivienda, observando una luna abandonada por las eternas estrellas, desamparada como mismo lo estaba ella. Como un conejillo asustado que esperaba en su madriguera a que entrara el fiero hurón.

Tantas veces que tuvo miedo de mirar a la negrura de esas noches, y tantas veces que la soledad le hizo entrever sombras que se arrastraban hacia su cubículo prestado; masas ingentes y deformes que, con afanado jadeo, esperaban agazapadas para acabarla de una vez; sombrajos que habían hecho que cada atardecer cerrara puertas y ventanas a cal y canto. Sin embargo, hoy era diferente. Hoy se recreaba en un campo invadido por montañas con una decoración compuesta por árboles tan deformes como hermosos. Y es que esta noche muda, sosegada y fresca no era como las anteriores. Mientras el resto de la isla dormitaba a la espera del nuevo día, en su habitual soledad, ella juzgaba que la vida le daba otra vuelta a su cruel designio. Una especie de alacrán agarrado a su espalda, incrustado en su osamenta, cercando su inexistente cuerpo de hembra. Un pequeño cuerpo de mujer que se levantaba como un gran muro ante los ojos masculinos. Todo porque su nula prestancia ocultaba lo demás y lo convertía en una gran muralla ante los deseos ajenos. Pero eso no quitaba para que ella sintiera. Sentía como persona y como hembra verdadera. Por tanto, era consciente de que cualquiera que fuese el hombre que le había tocado en suerte, la despreciaría según le pusiera la vista encima. Como siempre, limitada por su armadura, transcurría su vida.

 

 

7

Llevaba un rato sentada en la puerta. Las tardes, después de hacer los deberes que le marcaban en la escuela, las dedicaba a recoger la casa, doblar la ropa y ayudar un rato a Rayco en la tienda. Barrer, limpiar el mostrador, alinear cacharros y llenar cartuchos con pienso y rollón. Luego terminaba escarranchada en aquella quicialera, entretenida con cualquier cosa que viera pasar: gente, perros, gatos, carros y algún que otro coche. Y hacía escasos cinco minutos se había llevado la tercera reprimenda del día. Esta vez, el segundo de los hermanos vino a pedirle el favor de cerrar las piernas y sentarse como señorita; que en la próxima, se llevaría un jalón de pelos. A Dios gracias que fue Rayco. Si llega a ser Lucien, directamente hubiese ido a por sus tan preciadas greñas.

Calle abajo, Martina vio aproximarse a dos personas: la urraca de seña Candelaria acompañada de un niño que le llegaba por el hombro. Un niño guapo, le pareció a ella. Y es que, últimamente, los niños habían empezado a llamar su atención. No como amigos de juegos; no como otros chiquillos a los que tirar piedras y esconderse tras las tuneras. De otra manera. Hasta sus hermanos, unos muchachos que nunca le habían interesado, eran ahora objeto de esmerado análisis por su parte. Según sus amigas, Martina vivía con dos hombres guapos. Sin embargo, ella no entendía en qué sitio les veían la hermosura. Demasiado altos, demasiado flacos, el pelo constantemente revuelto, desconfiados como gatos, eternamente a la gresca con ella y tremendamente antipáticos. Eso sí, uno más que el otro. No obstante, cabrones los dos. Sin duda, el tío Pepe Enrique, con todo lo gordo, chico, cojo y calvo que era, pintaba mejor.

—Buenas tardes, jovencita. ¿Su hermano?

—Buenas —se levantó de mala gana—. Dentro —no se molestó en preguntar por el nombre del solicitado.

El niño le dedicó una mirada asustada, y luego esbozó un amago de sonrisa. Sin el menor género de duda, era el chiquillo más guapo que había visto en su vida. Al lado de él, sus hermanos lucían como espantapájaros. Martina los siguió tienda adentro.

—Buenas tardes, muchachos. Qué bien que están los tres —se frotó Candelaria ambas palmas de las manos como si su truculento negocio fuera viento en popa—. Digo yo que mejor sería cerrar la tienda un ratito. No más.

Lo que sucedió a continuación, Martina lo vivió como una serie de gestos de sorpresa, incredulidad, pasmo y negación. El bicho de su hermano mayor había plantado la mirada en doña Candelaria, para, acto seguido, desviarla hacia el niño. Entonces, los ojos de un azul tan intenso como el zafiro repasaron aquella cara que, de inmediato, alcanzó el tono de una de las mermeladas que preparaba Rayco. A continuación, Lucien clavó los dientes en su labio inferior, en lo que Martina supo que era el inequívoco gesto de estarse aguantando la risa. En cuanto al medio bicho de su otro hermano, hizo prácticamente el mismo trayecto que el primero, solo que a la inversa. Este si fue directo al grano. Miró de arriba abajo y de lado a lado al que Martina ya consideraba pobre niño, negó, cerró con vehemencia los ojos, los abrió con gesto cansado y los plantó en una regocijada Candelarita.

—Soledad —empezó a hacer las presentaciones—, le presento a Lucien, Rayco y Martinita.

A Martina no le dio tiempo a protestar el “ita” con que la acababa de agasajar. Rayco se apresuró hacia la puerta y la cerró con contenida rabia. ¿Y qué era eso de Soledad? ¿Acaso también los hombres podían llamarse así? ¿O ese nombre también servía de apellido como muchos nombres de por ahí?

—Encantada de conocerlos —contestó en un susurro azorado el supuesto niño.

Duda resuelta de inmediato. Ahora fue Martina la que examinó a la desdichada niña. De todos modos, era escaso el recorrido, y los ojos no se te cansaban ni en la tercera repasada.

—¿Qué edad tiene usted?

Más que una pregunta, fue un chirrido molesto para los oídos. La voz ronca de Rayco acababa de convertirse en una alarmada voz ronca. A su lado, Lucien ya no hacía el menor intento por disimular. La perturbación de su hermano menor le estaba haciendo atragantarse con su propia risa.

—Tengo veintidós.

—¡Menteur! —exclamó con ira—. No sea mentirosa.

—Y usted no sea tan malcriado, hombre —terció Candelaria—. Tenga un poco de respeto por su futura cuñada. Sea más desconfiado para lo suyo y menos con lo ajeno. Solita, saque todos sus papeles y enséñeselos —se colocó bien el pañuelo y puso rumbo a la salida—. Habrase visto niño tan desconsiderado. Ah, y es muy buena con las manos —se dio la vuelta y marchó presta.

Preguntándose qué demonios quería decir eso, Rayco miró a Lucien. Sin embargo, de inmediato desistió porque el sinvergüenza de su hermano se había echado la mano a la boca.

—¡Oiga! —salió tras ella y la alcanzó en la misma puerta. Atrás quedaron una más que avergonzada Soledad junto a un Lucien que apretaba los labios mirando hacia otro lado.

Martina no supo con qué parte de las dos quedarse y, en el último segundo, resolvió que correría tras la que había salido en desbandada. De estos podría sacar algo más que de la que parecía querer que se abriera la tierra y la tragara, o del que se estaba aguatando las carcajadas.

—Usted no tiene escrúpulos con nada. No me imagino con qué tiene amenazado a mi hermano, pero sé que algo se trae entre manos.

—Señor mío, lo hacía yo a usted más bobo —se sacó el bolso de debajo de la axila derecha, lo miró pensando si decirle lo que sabía, arrugó el hocico y volvió a meter el bolso bajo la axila izquierda—. ¿Su hermano no le ha dicho nada?

—¿Sobre qué?

—Del por qué va a casarse con esa mujer —esperó un sí o un no que no se dio—Pues si nada sabe, tanto mejor; mejor para él y también para usted. Bastante se chismorrea por ahí de su familia, y no quiero ser yo la que eche más leña al fuego —le dedicó una sonrisa adornada con tres desbaratados dientes—. ¡Ah!, una última cosita. Trate bien a la muchacha —le dio dos palmadas en el hombro—, y búsquese una buena mujer que no vaya emporcando su nombre con tanto barro. Tan buena percha, y ya son tres las putas que ha estado enamorando. Y si no me cree, ande y pregúntele a Genaro el de la Panadera. Esa tercera novia suya suele hacerle muchos encargos —zanjó satisfecha—. Pa que luego diga que no soy una persona buena.

Tiesa como un garrote, como si todo aquel empedrado que adoquinaba el suelo no fuera con ella, marchó calle arriba. En vez de andar, parecía deslizarse. A Martina le pareció una bruja.

—Maldita bruja —masculló Rayco sin quitarle los ojos de encima–. Sorcière, sorcière et sorcière. ¡Bruja!

Lo dicho. Finalmente eran hermanos, y parecía que en los pensamientos coincidían más de lo que suponían.

 

 

8

Soledad observó a aquel varón con toda su altura, su bien hecho y su porte. Él le devolvió una mirada adornada con pedazos cilíndricos de limpio cielo. Y de inmediato supo que todas las suposiciones que se había hecho no eran más que eso: engañosas suposiciones. Del todo imposible que este hombre necesitara que nadie le buscara novia; del todo impensable que no tuviera decenas de mujeres revoloteando a sus pies; del todo increíble que fuera a poner los ojos en ella. Muy tonta tendría que ser para no saber que este canje tenía más de un capítulo. En cuanto al otro, al dícese que malcriado que había salido en volandas tras doña Candelaria, otro tanto de lo mismo, solo que ese era más coherente con la sospecha que ella cargaba. Desde el momento en que le había puesto la vista encima, había negado con asombro. Invadido por la extrañeza de la situación, no se molestó en ocultar su estupor ni disimular su animadversión. La misma cara que se le hubiese quedado a cualquier cristiano al que le trajeran a su casa un perro lleno de garrapatas.

—Encantado de conocerla, Soledad.

Con una sonrisa adornándole el rostro, Lucien le tendió la mano, y ella volvió a enrojecer. Le devolvió el saludo y, entonces, a conciencia, lo pudo ver bien. Sin duda, un hombre que tendría que arrancar muchos suspiros. Un rostro que, por si fuera poco lo llamativo, adornaba su cara con dos preciosos hoyuelos. Uno a cada lado de aquellos sugerentes labios.

—Muchas gracias, señor. El gusto es mío.

—Llámame Lucien.

—¡No me lo puedo creer! No…

El otro ya estaba de vuelta. El cabello se le había alborotado como si con él pudiera expresar cada uno de sus descontentos. Ver cómo ella le daba la mano a su hermano, acabó aún más con su poca paciencia.

—Enséñeme su documentación.

—Rayco, mañana habrá tiempo para todo eso —terció Lucien agarrando la mano de Soledad, encaminándose con ella a una de las habitaciones—. La casa solo tiene cuatro cuartos, así que lo compartirás con Martina. ¿Martina? —hizo el gesto para que la niña los acompañara.

Soledad miró hacia atrás, hacia donde quedó plantado aquel revoltijo de hombre endemoniado. Como lo último que haría sería dedicarle una sonrisa, se preguntó si aquel atractivo rostro también tendría hoyuelos que ofrecer. Unos ojos entrecerrados tras los que se desparramaba un iris del color de la miel le indicaron que no estaba el horno para esos menesteres.

 

 

9

Dejó a la muchacha en la habitación de su hermana menor. La observó detenidamente, y llegó a la conclusión de que, en nada, Martina le daría dos vueltas enteras. El hecho de que no pareciera una mujer lo había cogido por sorpresa, pero debía reconocer que era algo que no le molestaba. Mejor así. Ni en broma quería metida en su casa, enseñando maneras a Martina, a una de esas provocativas hembras que tanto gustaban a Rayco. Tan decentes en apariencia, y tan ligeras según te dabas la vuelta. Y esta pobre, con esa traza, muy difícil lo tenía. Difícil, que no imposible. Mujer, lo que se dice mujer, sí que lo era.

—Luci, ¿me quieres explicar lo que acaba de suceder?

—Son las siete. ¿No vuelves a abrir la tienda?

—Non!

Rayco estaba que no cabía dentro de sí. Lucien no sabía lo que esperaba ver, pero apenas entendía a qué venía tanta rabia contenida y tanto desarbolo por la visión de la pobre chiquilla.

—Ya habíamos hablado de esto.

—No te vas a casar con ella. De ninguna de las maneras. No sé con qué te tiene amenazado esa maldita mujer —señaló con ímpetu la puerta por donde había desaparecido Candelarita—, pero no se va a salir con la suya. ¡¿En qué andas metido?! ¿Contrabando? ¿Robo?

Lucien le mantuvo la mirada, pareció sopesar si decirle algo para que se callara de una buena vez. Sin embargo, sobre la marcha decidió que su boca se mantendría bien sellada.

—En esta casa se necesita una mujer. Ya sé que no lo parece, pero lo es. A mí me vale. Y si lo que te inquieta es que le vaya a poner un dedo encima, ya te digo que te sacudas la preocupación. No voy a tocarla.

—Entonces, ¿para qué coño te vas a casar? Vas a arruinar tu vida. De paso, también la de ella.

—He de hacerme cargo de Soledad. Es un trato y lo voy a cumplir —obvió decir que más le valía hacerlo si no quería que aquella lagarta de Sabinosa le sajara la existencia en lo que tardaba en tocarse el pañuelo.

—Está bien. Se quedará aquí, pero nos inventaremos una historia. Un familiar. Ya sé. La hija de aquella prima de papá, la que se fue para La Gomera. Fermina, creo recordar.

—No es eso a lo que me comprometí.

—Tenemos que presentarla a la gente. Nos preguntarán. ¿A cuento de qué va a estar tu novia viviendo contigo sin haberos casado? Desde el principio la van a tildar de ramera. Vamos a hacerlo así. Si luego decides seguir adelante con la locura, ya veremos cómo nos apañamos.

—¿Y el tío?

—De él me encargo yo. Y de Martina también. Tenemos que ponernos de acuerdo con lo que vamos a contar. Jodido idiota, ¿en qué andas metido?

Se acabó el diálogo. Rayco sabía que no iba a tener una contestación, pero, aun así, esperó. Cuando vio que su hermano echaba manos a la cajetilla de tabaco, decidió que, al menos por hoy, absolutamente todo quedaba hablado. En ese momento, oyó tocar en la puerta de la tienda. Probablemente, algún cliente en busca de algo para la cena.

—¿No abres? —preguntó Lucien dando una calada a aquel pitillo.

Decidió no contestarle. Pagarle con su misma moneda, aunque la pregunta fuera resuelta con sus propios pasos al segundo siguiente. Lentamente se encaminó hacia aquella puerta y haló del fechillo que él mismo había echado de mala manera.

—Buenas tardes, doña Mariquita.

—Buenas tardes, mi niñito. ¿Pasó algo? Me estaba asustando al ver todo trancado. ¿Se ha puesto malo su tío?

—No, señora. Es que llegó un familiar, y andamos algo revolucionados. Una prima lejana. Ha quedado sola y nos viene a echar un cabo. Ya sabe. Con Martina y el tío.

—Sí, mi hijo. Son muchas cosas para una persona sola —miró con urgencia hacia la entrada que enlazaba con la casa—. Y ese hermano mayor de usted no figura entre las mejores piezas para trabajar partiéndose la espalda. Perdone que se lo largue así —se persignó como si estuviera cometiendo el peor de los pecados—, pero es que no me gustan los abusos. Ya lo dije. Póngame unos berros y un cacho de ñame.

Intentando tranquilizarse, Rayco inhaló una bocanada de aire. No por todo el embrollo donde estaban metidos. Simplemente, porque cada vez que Mariquita venía a comprar algo, era lo único que decía. También porque sabía a ciencia cierta que Lucien la estaba escuchando y, como siempre, se estaría desternillando de risa.

 

 

10

—Siéntese, tío. Tenemos que hablar con usted.

Cuando los hijos machos de su difunto hermano Álvaro le decían a Pepe Enrique que querían hablar con él, empezaban unos desagradables temblores que le sacudían la sangre en las venas de la cabeza a los pies. Unos niños chiquitos a los que ayudó a criar, que peinaba y vestía con esmero; dos críos con los que corría por aquellos celajes buscando nidos de palmeros. De un día para otro, unos pequeños que desaparecieron. Y no fue porque no estuvieran allí, que lo estaban. El gran problema surgió a raíz de lo sucedido con el mono monstruo. Ahí fue donde su cabeza dio al traste con todo. Pese a que presentía su presencia, oía sus gritos, risas y llantos, ya no los volvió a ver. No hasta pasados algunos años, cuando se produjo la muerte de su hermano y cuñada. Ese día, la sábana que el suceso del faro levantó ante él quedó rasgada en varios tramos por los que se volvía a colar algo del mundo que lo circundaba. Entonces, ya no vio a dos niños pequeños. Ahora tenía ante sí a dos muchachos. Hasta el bebé había dejado de ser un bebé. Corría, chillaba y reía como mismo lo hicieron sus hermanos incontable tiempo atrás. Con dos grandes coletas y una falda enredada entre las piernas, tanto que había crecido su pequeña Tinita. Aquel día de hacía ahora mil años, el mono monstruo no solo estuvo a punto de acabarlo. También despedazó su existencia. A los pies del Faro de Orchilla quedó esparcido su discernimiento y unos buenos cachos de su vida.

—No hice nada malo. Prometo no hablar del mono monstruo —miró al hocico de aquel de aquellos dos que más lo amedrentaba—. Yo no digo a la niña. Ella preguntó y…

—No, tío. No es eso —dijo el otro sobrino mientras presionaba con contundencia sus hombros para que tomara asiento.

A veces les tenía miedo a los dos: al malísimo y al malo. Al que con la mirada le decía que le iba a mandar una cuchillada, muchísimo. Pero el otro no se quedaba atrás. Y este, el de voz engañosamente más suave, era el que de verdad mandaba. Parecía que no, que no, pero era el que siempre hablaba, disponía lo que hacer, callaba ante las amenazas del primero y esperaba. Luego, cuando las aguas volvían a su cauce, se hacía lo que él decía que se tenía que hacer.

—¿Se acuerda de una prima segunda de usted? Ferminita, creo recordar que se llama.

—Fermina, Fermina —asintió sin mirarlo a la cara.

—Creo que se fue a La Gomera con su hija.

—Se fue a Gran Canaria. Y no tenía hija. Ninguna, ninguna.

—Esto… ¿Gran Canaria? Bueno, da igual una que otra.

—Sí —intervino el sobrino malísimo con la purita maldad plasmada en el alma—. Las dos son igual de rechonchas.

—Haz el favor de callarte, Luci. Sí que tenía una hija, lo que pasa es que a usted se le ha olvidado. Ya sabe, su cabeza.

—¿Cuántos años la niña?

—Veintidós.

—No.

—¡Que sí!

—Sí, sí, sí —repitió Pepe Enrique mientras negaba con la cabeza.

Las reacciones no se hicieron esperar. El sobrino malísimo se tiró mano a la boca mientras se volvía más moreno de lo que era. No supo Pepe Enrique si reía o lloraba. Parecía que esto último, porque pudo ver que se le escapaban un par de lágrimas. En cuanto al otro, el malo, también cambió de color. Solo que este tornó a un intenso bermellón a juego con los ojos de fuego con los que ahora le estaba ensartando el ánimo.

—Lo dicho: la hija de Ferminita está de vuelta en la isla, se llama Soledad y se quedará en esta casa. ¿Lo entendió? —preguntó mientras se acercaba lentamente para que pudiera ver bien aquellos iris que ardían.

—¿Soledad? Yo no me acuerdo.

—No importa, tío —zanjó el otro, el que él siempre mentaba como “el Niño”—. Da igual si no se acuerda. Lo importante es que se trata de alguien de la familia, y a la familia hay que ayudarla. En eso sí estamos de acuerdo. ¿O no?

—Sí, sí, sí.

Ahora sí coincidió la contesta con el movimiento de la cabeza, y Pepe Enrique entendió que esta vez lo había hecho bien. Mientras se miraban, aquellas dos largas estacas volvieron a ponerse en pie. El Niño, con gesto medio complacido y dos grandes hoyitos a ambos lados de la cara. Rayco, sin parecer estar ni medio conforme con absolutamente nada.

—Si en su día me hubieses hecho el gusto, ahora estaría en algún hospital de Gran Canaria —señaló Lucien al tío de ambos—. Con las piadosas monjitas.

—Cállate.

—Cállate, tú. Yo soy el mayor, y nunca me haces el menor caso.

—Me voy a abrir la tienda. Encárgate de hablar con las —pensó la palabra que tenía que utilizar para referirse a las mujeres de la casa— piadosas niñitas —resolvió sobre la marcha.

Y allí quedó Pepe Enrique mirando a sendos demonios coger distinto rumbo. Dos diablos que, como lo hacían loco, pensaban que era bobo. Que como el tiempo posterior al mono monstruo estaba nublado, también había desaparecido de su memoria aquel anterior en que la vida no le había dado la gran patada. Una época que databa de unos aprovechados años en los que, excepto casarse, hizo de todo. Hasta había viajado junto a la mentada Fermina a Gran Canaria. Don José Antonio Vega le había conseguido un puesto donde la fábrica de chicle. Se trataba de trabajar con la leche de la tabaiba dulce. Ella quería ir a hacer fotografías a una de las grandes islas, y con los ahorros de toda una vida se había dado el antojo de comprar una de esas máquinas. En cuanto a él, simplemente fue a ver los barcos, pero, en el tiempo que anduvo por allá, pudo conseguir unos duros empleándose unos meses en la mentada fábrica. Su labor, envolver unos cuadraditos de chicle que habían sido partidos por poseídas máquinas de coser transformadas en cortadoras. Y en aquel enorme puerto de Las Palmas vio hacer escala a submarinos y buques de la armada nazi. En un ambiente que ya presagiaba la segunda de las grandes guerras, realizaban viajes entre Europa y América. También se gozó Pepe Enrique algunas declaraciones de exaltada devoción al bando fascista. Tremenda pelotera. Nombres como la División Azul y la Sección femenina de la Falange revoloteaban aún en su maltrecha cabeza. Y ahora venían estos dos niños chicos a decirle que la Fermina tenía una hija de veintidós años. Lo que ellos no sabían era que a la susodicha le daba más asco un hombre que una cucaracha. De seguro, antes de dejarse manosear por un macho, prefería retozar con ese bicho. Sin embargo, no le hacía ascos a tener dos buenos pechos entre las manos. Y allí la dejó ganándose unos buenos cuartos que le venían de la fábrica donde trabajaba y de la casa que tenía rentada. Día sí y día también, veía Pepe Enrique aparecer a alguna señorita con sus ropas de domingo y sus buenos tocados, dícese que para que doña Fermina le hiciese un buen retrato. ¿Una hija? Ni por cuánto.

—Buenos días, tío. Ya me voy para la escuela.

Con su larga melena recogida en un precioso trenzado, Tinita le dio el beso rápido de todos los días.

—Venga para acá que le voy a presentar a Soledad —le dio un jalón Lucien—. La hija de su prima Fermina.

—Encantada de conocerlo señor.

—Lo mismo —miró a aquella niña que ambos sobrinos dijeron tener veintidós. Sin duda, otra mentira—. Pero yo sé que usted no… —paró en seco cuando vio los brazos cruzados del que lo miraba con los ojos del infierno—. Creo que… —tragó trabajosamente dándose valor—. Estoy seguro de que usted no tiene veintidós ni es hija de prima Fermina.

Dicho estaba porque, si se lo guardaba, con su propia saliva se atragantaba. Sin embargo, sus tres sobrinos ni se inmutaron. Tinita quedó en la tienda con un recogido cabello que lucía como no lo había hecho nunca. A la vista saltaba que las pequeñas manos de la falsa hija sabían trabajar los enmarañados pelos de las criaturas. Más allá, los dos diablos malos. El primero y el segundo. Un primero que se señaló su propio cuello y, a continuación, hizo como si se lo cortara con uno de sus dedos.

 

 

11

En el momento en que dijeron a Martina que era la hija de una lejana prima, supo de inmediato que ambos hermanos acababan de tramar un plan para que el mayor no se tuviese que casar. Mejor así. De buena tinta sabía que no figuraba como plato de buen gusto para hombre alguno.

Soledad apenas pudo pegar ojo. El cuarto que había compartido con Martina era amplio. Para una niña, enorme. Tenía una cama de matrimonio con un gran cabezal de madera oscura, dos mesas de noche, una cómoda y un ropero de cuatro puertas. Lo que se diría, una gran alcoba de matrimonio.  

—Era la habitación de mis padres. Cuando murieron, yo aún dormía en la cuna. Mis hermanos lo dejaron todo como estaba, y me dijeron que este era mi sitio. Que con ellos no iba a dormir ni de broma.

—Es lógico. Siento que ahora lo tengas que compartir conmigo.

—Pues yo me alegro. Aquí me he sentido muy sola, y las pesadillas…

—Todos las tenemos.

—Creí que eras un niño. Un niño guapo. ¿Es verdad eso que dijo doña Candelaria? ¿O lo cierto es lo otro?

Soledad quiso decir que lo real era lo primero, pero se contuvo.

—Debes confiar en tus hermanos.

Martina la miró en silencio. Un grillo lejano comenzó su canto, pero fue apagado de inmediato. Otro canto, ahora de ranas, inició su particular concierto.

—Da igual —indicó quitándose los zapatos, dando un salto hasta quedarse sentada en la cama—. Mejor para ti si no tienes nada que ver con esos dos perros —zanjó en tono despectivo—. En Frontera hay un montón de tontas que les babean detrás. Hasta las casadas, que se creen muy dueñas de sus vidas, se aparecen a comprar dos o tres veces al día. Que dicen que algo se les ha quedado sin llevar. Mentira. Son unas frescas que no vienen sino a echar el ojo.

Soledad no esperaba eso. Menos, de una niña de corta edad empezando a andar en los lindes de la pubertad. Casi no se había aprendido su nombre, y ya le estaba hablando con tal desparpajo de los perros hermanos y de las frescas clientas. A la legua se notaba que en su hogar no tenía con quien desahogarse.

—¿Qué edad tienes, Martina? —se sentó junto a ella percatándose de que esta niña podría contar como la primera amiga de su vida.

—Acabo de cumplir doce. Para trece.

—Me imagino que las señoras solo vienen a comprar. Lo que pasa es que las personas somos un poco celosas de lo nuestro. De nuestros papás o de nuestros hermanos. Yo no tengo hermanos ni conocí a mi padre, pero supongo que las cosas son así.

—¿Celosa? —echó una sonora carcajada—¿De los señores franceses de la casa?

Se dio cuenta de que era pintada al hermano mayor, al llamado Lucien. Dentro de nada, ambos caracteres terminarían chocando de las peor de las maneras. Soledad, medrosa y débil como era, poco menos que un animal con las orejas gachas, tenía ante sí a alguien que pisaba con fuerza. A una futura mujer de picudas orejas muy bien levantadas.

—Me gustaría que fuéramos amigas. Si te voy a quitar un cacho de la cama, deberíamos…

—…deberíamos empezar de nuevo. Yo sé que no eres la hija de ningún familiar. Mis hermanos, los dos, son unos enredadores que piensan que soy idiota. Me creo más a la pájara de doña Candelarita.

Soledad quedó estupefacta. ¿Para trece o para veinte? Por tanto, en vista de que así estaban las cosas, concluyó que no se podía entrar con buen pie contando mentiras a diestro y siniestro. Peor aún, largando embustes a la persona con la que, a partir de ahora, compartiría lecho. Una alpispa que terminaría sacándolo de alguna manera.

—¿No tienes que levantarte temprano para ir a la escuela? —preguntó para ganar algo de tiempo.

—Sí, pero se me ha espantado el sueño.

—Desde la muerte de mi madre, doña Candelaria me ha echado un cabo dejándome quedar en una casa que tenía abandonada. Ahora le ha salido alguien que se la quiere rentar, y yo no le sirvo sino de estorbo. Por mi apariencia, tiene la opinión de que no valgo para el trabajo. Y me han salvado dos cosas: que es una mujer muy devota, y que en su día le hizo a su comadre la promesa de velar por su hija. Y eso es lo que ha hecho: buscarme otro techo. Me dijo que había un hombre que necesitaba urgentemente una esposa. Era estar en la calle o arriesgarme a lo que me tocara. De todos modos, pensé que podría huir si el asunto no me gustaba.

—¿Y qué sigues haciendo aquí? —indagó con suma extrañeza—. Porque no entiendo qué parte del asunto sí te gusta. Y deja que te diga que esos dos no tienen esposa porque no quieren. A tu futuro marido le da grima que cualquier mujer intente echarle el lazo. Y a tu futuro cuñado se lo echan todas, solo que no sé qué les hace para que terminen dejándolo por otro. Lo peor es que a él le da igual. Ni vergüenza tiene ante las habladurías de las viejas. Y eso que se encargan de envenenarle el alma todos los días en la tienda. Así y todo, no hay urraca que no lo quiera para su hija.

—¿Y Lucien?

—De ese salen más escaldadas que pella para el pescado. Dijiste, ¿urgentemente una esposa?

Ambas rieron saludándose con los ojos como si se estuvieran presentando de nuevo. Y es que más de un secreto se había lanzado al viento en sendos casos: en tres palabras, Soledad la había puesto al corriente de la soledad de su vida; en unas cuantas más, Martina acababa de dejarle claro que no era tan niña.

—Es hora de dormir.

—Soledad, ¿sabes hacer recogidos? —agarró una gran mata de su oscuro cabello y esperó el gesto afirmativo—. Mañana te digo.

Esa conversación ya contaba con varias horas de vida. Durante toda la noche, Soledad estuvo en un duermevela extraño. Sin embargo, el hecho de tener a aquella niña durmiendo plácidamente al lado le había otorgado un inusitado consuelo. También pensar que en las puertas adyacentes moraban tres hombres. Después de tanto aislamiento, hasta saber la presencia del tío raro le servía de compaña. Y, en compañía de Martina, desayunó en la cocina. Preparó dos escudillas de café con leche y troceó pan para mojarlo dentro. Luego la peinó recogiéndole el cabello en dos gruesas trenzas. Una vez dio el visto bueno, hizo con ellas una tiara con la que rodeó su cabeza. Hermosa era la palabra exacta, aunque aún le faltaba un trecho para ser una mujer hecha y derecha.

—Los jefes andarán adecentando la tienda. Mejor que conozcas ya al tío. No te asustes si te dice alguna majadería.

Dicho y hecho. Con las puertas aún cerradas, allí estaban los tres colocando la mercancía.

—Qui est-elle? —señaló Lucien a Martina cuando la vio aparecer por la puerta.

El trío de ojos se posó sobre la niña y, de uno en uno, fueron saltando a Soledad.

—Tío, venga que le presento a la hija de Fermina —Lucien haló por aquel hombre reacio a moverse de donde estaba—. No muerde, Pepe Enrique —volvió a darle un tirón—. A la de las trenzas ya la conoce. Tina, ¿se acuerda? Es la otra.

—Mi nombre es Soledad. Encantada, señor.

Todos escucharon cómo le decía que hija de Fermina no. Veintidós, tampoco.

—Terminé. ¿Me puedo ir? —preguntó agachando la cabeza y apretando fuertemente los labios como para que por ellos no se escapara nada que los dos demonios no quisieran oír—. Doblar ropa.

—Vaya. Ya ha hecho bastante aquí.

Pepe Enrique desapareció hacia las profundidades de la casa después de que Lucien le dedicara un gesto de amenaza.

—Todavía no he visto su documentación —intervino Rayco—. ¿Me la podría enseñar?

—Pues yo me voy marchando. Llego tarde al colegio.

—Tú te esperas. Y de ahora en adelante, Soledad te acompañará cada día. Hoy irá Lucien con ustedes.

—No soy niña chica, Rayco.

—Ni grande tampoco —zanjó opinando que cuando era más pequeña no le tenía tanto pánico.

En menos de un minuto, estaban desparramados sobre el mostrador toda una serie de papeles. Plantó la vista en una partida de nacimiento, y volvió a mirarla de reojo.

—Vous nous donnez votre permission, Rayco? —preguntó Lucien con mal disimulado enojo.

Sin soltar prenda, les dio la espalda a los tres y desapareció por donde mismo lo acababa de hacer el tío Pepe Enrique. Soledad llegó a la conclusión de que la noche de Rayco no pintó mejor que la de ella. Estaba claro que la consideraba un estorbo. Como si en su vida hubiera pocos, otro lastre.

 

 

12

La escuelita era una casa de una planta a la orilla de la carretera. Blanca con tejas coloradas, figuraba como centro de reunión de las buenas señoras de sus casas, de sus tierras y de todo lo que tuviera el sabor a arduo trabajo. Esta hora del día servía para dotarse de algún chisme, desahogar más de una pena o echarse los trastos a la cara. Y salvo el que las acompañaba a ellas, Soledad no vio hombre alguno. Lo que sí pudo observar de primera mano fue aquello que tan bien anunció Martina.

—Buenos días, Lucien —los ojos se les iban a salir de las cuencas a más de una—. Hace días que no viene a traer a Tinita. ¿Y esta niña? —miraron las faldas de Soledad—. ¿De quién es hija?

—De una prima de mi padre. Y no es tan niña. Lo que pasa es que está un poco flaca. Esperen unos meses y, con los guisos de Rayco, verán cómo va a lucir de linda.

Las bocas de todas se abrieron en un gesto de incredulidad que, poco a poco, fue mutando a desconcierto. Por lo visto, Martina no iba desencaminada en nada de lo que contó la noche anterior.

—¿Una muchacha va a vivir con ustedes?

—Pues sí. Se llama Soledad. De aquí en adelante la veréis a menudo porque será ella quien acompañe a Tina. Yo paso varios días a la semana pescando, por lo que con quien más andará será con Rayco. El pobrecito necesita que alguien le eche una mano —sonrió con auténtica malicia—. O las dos —les tiró un beso volado a todas aquellas cotorras—. Buenos días, guapas.

Allí quedaron las buenas señoras con el chisme servido tan de mañana. Como palomas en palomar revuelto por una pequeña zorra que venía a meter mano en lo que no era de su pertenencia.

—A las dos estará Soledad por aquí —advirtió a Martina—. Y para casa, que nos conocemos.

Junto a unas cuantas chiquillas, Martina desapareció con su corona trenzada y su falda plisada. Entonces, pareciendo no tener suficiente con la elaborada provocación, Lucien atrajo hacia sí a Soledad y, a la altura de la frente, le plantó un beso en el cabello. Cuando quiso darse cuenta, volvía de la mano de uno de los hombres más atractivos que había visto en su vida, y el primero que le había dado un beso. Por descontado, un beso de hermano que, no obstante, cumplió con el objetivo trazado. Ni más ni menos que fastidiar a tan concurrida calle.

—Les doy un par de horas para adecentar algo las casas y ponerse guapas. Sobre las once, verás el goteo en la tienda. A Rayco le va a dar un ataque.

—¿Se va a echar a la mar?

—Dos o tres días a la semana salgo con unos amigos. Tienen una falúa en el Puerto de La Estaca. Ahora que estás aquí, puedo faenar un día más.

—¿Me dejarán trabajar en la tienda?

—Por supuesto; aunque te advierto, Rayco es un poco raro. Buen niño, pero raro. Tenle algo de paciencia —la miró de reojo—. ¿Qué pasa?

—Creo que no me quiere en vuestra casa —se atrevió a decir, porque si no era a él, ¿a quién?

Paró en seco y se agachó como si fuese a darle un consejo a la hermana pequeña. Volvió a dedicarle aquella maravillosa sonrisa mientras la miraba con unos ojos que quitaban el resuello. Seguramente, eso era lo que tendría alborotada media isla.

—Dedícate a aprender todo lo que él te enseñe, a aguantarlo un poco los primeros días, y a conocer a Martina y al tío Pepe. Pero, sobre todo, dedícate a comer. Todavía estás a tiempo de parecer una preciosa señorita. A veces, lo pequeño es muy intenso.

No entendió Soledad qué le quiso decir, pero sí fue consciente de lo fácil que era para este hombre enamorar a cualquier mujer. Lo supo porque su corazón hizo el amago de moverse. Como si, de un momento para otro, le pareciera estrecho el sitio en el que llevaba encajado veintidós años. Un pequeño zarandeo, y pareció encajonarse de nuevo, quedando muy quieto.

De regreso a la tienda, el hermano de Lucien se encontraba despachando a dos señoras enlutadas que le estaban contando algún jugoso cuento. Una, hija de la otra. La hija portaba unos ochenta años; la otra, ni la misma portadora parecía saberlo. En el momento en que ellos hicieron acto de presencia, Rayco dedicó a la más anciana una cálida sonrisa; una sonrisa verdadera. La primera que había presenciado Soledad. Y entonces, ya no hubo vuelta atrás. Ese fue el punto de partida. El Meridiano Cero que siempre pertenecería al Faro de Orchilla. Todo porque su corazón no tiritó ni tembló ni sufrió un zarandeo dentro de su pecho. Simplemente, porque decidió que ya no estaba en el lugar correcto. Su corazón dio un salto hacia dentro. De repente y sin aviso previo.

 


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