Descarga gratis 10 libros

y consigue premios y promociones exclusivas

Regístrate

Comienza a leer

Iniciar sesión con Entreescritores

¿Has olvidado tu clave?

Crear una cuenta nueva

Libros publicados

PASTO DE MOSCAS

PASTO DE MOSCAS

20-11-2013

Novela negra/Policiaca novela

  • Estrella vacía
  • Estrella vacía
  • Estrella vacía
  • Estrella vacía
  • Estrella vacía
9
  • Estrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vacia  3
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vacia  4
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llena  2

Damian Arruti es un entomólogo que colecciona moscas y trabaja para la Ertzaintza: ayuda a datar los cadáveres. Pero, cuidado, en esta novela nada es lo que parece, sobre todo si lo tenemos muy a la vista. Vemos la punta del iceberg pero no podemos imaginarnos lo que las apariencias esconden.

(Traducción al castellano de la exitosa novela EULIEN BAZKA de Hasier Etxeberria publicada en euskara el 2003 por la editorial Susa. )

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

INTRO

I

 

Estás muerto, pensó Damián Arruti, fiambre, más tieso que una mojama. Era el último día del invierno, una tarde fría y desapacible. Hacía un tiempo de perros, un tiempo de tigres, de cocodrilos. Un tiempo animal. Eran las ocho y veinte de la tarde en el aparcamiento de la policlínica de San Sebastián y las gotas de lluvia repiqueteaban con fuerza en las ventanillas y la capota de plástico del Jeep Wrangler, empujadas por el viento de poniente. Estás muerto, Damián, pensó, más tieso que una mojama. Lo tuyo ya no tiene solución. No puedes hacer nada, no hay marcha atrás, ya no está en tus manos.

Damián Arruti arrancó el coche, ajeno a todo lo demás. Automáticamente. No estaba para fijarse en nada, no podía hacer sino movimientos automáticos que no le exigieran razonar. Automáticos. Au-to-má-ti-cos. Nada más.

Hacía escasos minutos que el doctor Aldaba le había comunicado, con absoluta serenidad, lo que tiene usted en la garganta es un carcinoma escamoso. No se preocupe, es pequeño, se lo extirparemos y, si se cuida, no tiene por qué temer nada. Vivirá todavía muchos años. Eso sí, a condición de que se cuide un poco.

Y una mierda no voy a preocuparme. Y una mierda, pensó Damián. Acaso hay alguien en este mundo capaz de mantenerse impasible ante la noticia de que padece un cáncer. Cómo no va uno a asustarse si le están presentando a la parca. Que me digan dónde vive el elemento capaz de hacerlo, dónde habita ese héroe inconsciente. Dónde, alguien capaz de confundir el aroma de la muerte con el de las gardenias.

Carcinoma es uno de los nombres de la muerte. Se acabó es otro de ellos. Y otro más, punto final. Se te agotó el tiempo, Damián. Mierda. Se te acabaron las oportunidades.

La medicina ha progresado mucho en lo referente al cáncer estos últimos años, continúa el doctor Aldaba. Todos los días aparecen nuevos tratamientos. Los americanos son quienes más han adelantado en la investigación. También los del Instituto Pasteur de París. Nosotros estamos al día de todos los avances, porque la medicina, actualmente, difiere mucho de la de antaño. Hoy en día, la ciencia es universal, recibimos información inmediata de cualquier descubrimiento, se haya llevado a cabo en Hong Kong o en San Francisco. Ya sabe usted, Internet y todo eso. Es increíble lo que se ha avanzado en poco tiempo.

Mire aquí. En este vídeo podrá ver por sí mismo lo que tiene en la garganta. Lo he grabado en una cinta, es una cosita de nada, ya verá. Rewind. Play.

Pause. Ve ese punto blanco que aparece adherido a la cuerda vocal, pues eso es. Tiene el aspecto de la punta de un grano de arroz. Se lo extirparemos y lo analizaremos; pero no quiero engañarle, Damián, estoy prácticamente seguro de que se trata de un carcinoma escamoso. Casi siempre presentan ese aspecto. Play. Rewind. Pause.

Tendrá que pasar un mes sin hablar, totalmente mudo, pero por lo demás, no habrá ningún problema. Se lo extirparemos por completo y ya está. No obstante, habrá que comprobar si se ha extendido o no. Ya sabe, metástasis. Eso sería peor, pero no parece que sea el caso. No le he visto nada más, creo que podremos extraerlo entero. Stop. Hará falta anestesiarle. Claro. Para la operación, ya sabe.

Damián era incapaz de ver nada en aquel monitor azul. Ni granos de arroz ni ninguna otra cosa, tan sólo unas imágenes rojizas –su propia carne- que la micro cámara de fibra óptica había grabado al descender por su laringe. Una carne mucosa, pegajosa.

Las imágenes del monitor desfilaban ante él como si se tratara de vísceras ajenas. No podía asimilar la inesperada información. No quería hacerlo. Ni siquiera sabía cómo afrontar aquella noticia, no estaba preparado. Acaso puede alguien estar preparado para una cosa así. Para saber que va a morir, antes de lo que esperaba.

Bastante tenía con intentar secarse con un pañuelo las lágrimas que afloraban a sus ojos. El lagrimeo era resultado del endoscopio que acababan de extraerle del orificio nasal izquierdo, no fruto de un simple deseo de llorar. Pero también podría ser eso. Por qué no. Por qué no iba a llorar. Llorar como un niño. Acababan de decirle que su última hora estaba cerca, muy cerca. Recordó entonces la imagen de la torre de la iglesia de Sara, con la frase de Axular incluida. Esa máxima que advierte que aunque todas las horas nos golpean, sólo la última nos remata; o algo así, así de tenebroso. Esa frase imperativa que, día tras día, hace recordar a todo un pueblo la terrible agonía.

A pesar de haber acudido al médico por propia voluntad, nunca había pensado que fueran a introducirle por la nariz un gusano de semejantes dimensiones y luego hacerlo descender por la garganta hasta acariciarle las cuerdas vocales. Un tubo largo y negro con su micro cámara en un extremo. Tecnología punta. Una delgada serpiente de plástico y metal. Flexible, aunque no tanto.

Nunca había imaginado que tamaño instrumento pudiera abrirse camino, así, por las buenas, sin anestesia, por uno de los conductos más estrechos del ser humano y deslizarse nariz adentro. Como si fuera lo más normal del mundo. Para él fue algo extraordinario y violento. Los dedos del médico -dedos que guardaban aún el olor del tabaco fumado a escondidas- le introdujeron un dispositivo tecnológicamente muy avanzado por canales, conductos y recovecos que nunca hubiera podido imaginar pertenecieran a su cuerpo. Fue como si violaran a una virgen.

Pidió como pudo al doctor Aldaba que volviera a poner las imágenes en el vídeo. Se dirigió a él sin soltar el pañuelo de las manos, sin abandonar la protección, escasa pero única, que le ofrecía el pañuelo. Un simple trozo de tela. 

Finalmente, acabó por distinguir una especie de pulga blanquecina adherida a las carnes de su garganta. Vio el contorno del temible monstruo.

Y pensó que parecía mentira que algo así pudiera pasarle a él. Parecía mentira que aquel monstruo blanco que apenas alcanzaba el tamaño de un grano de arroz pudiera devorar por completo a un hombre como él. Play. Forward y de nuevo rewind. Pause. Una y otra vez, pause o stop, como si a fuerza de mirarlo pudiera hacer desaparecer el mal. Para siempre.

Rewind. Stop, y finalmente, eject. El doctor Aldaba le tendió la cinta de vídeo. Tome, es para usted. La copia está incluida en el servicio de consulta. Pague en el mostrador que hay a la entrada. La enfermera se llama Irene.

Piénselo bien, pero convendría hacerlo cuanto antes. Operarle, quiero decir. Piénselo bien, pero yo no tengo ninguna duda: por el momento, la operación es la única salida. Sí. Llámeme cuanto antes, Irene le dará el número de teléfono. Si lo atajamos a tiempo, no será grave, no se extenderá. Es lo más importante, no dejar que se extienda, impedir la metástasis.

Estás muerto, Damián, pensó de nuevo. Tienes cuarenta y tres años y estás muerto.

Demasiado joven para morir. Pero acaso hay alguna edad buena para morir. Cuándo es eso, en qué momento. Si alguien lo sabe, que me lo diga.

 

 

Estás muerto, pensó. Sí, Damián, estás muerto. Y nadie te compadecerá. Quién, si ni siquiera tú lo harás. Quién va a recordarte, a evocarte, a preocuparse por ti. Nadie, excepto, tal vez, tu familia, los más allegados. Eso, en el mejor de los casos. Salvo ellos, nadie, absolutamente nadie en todo el universo.

E incluso en ese caso, el mérito no es tuyo, es el mismo pago que recibe cualquiera. Compadecerse de los familiares, respetarlos, es algo consustancial al animal humano. Con-sus-tan-cial. Es lo mínimo que se le debe a cualquiera. Lo mí-ni-mo. Todo el mundo da pena una vez muerto. Incluso los perros reciben ese trato. In-clu-so-los-pe-rros. El respeto de la familia no es algo que tú te hayas ganado. En absoluto. El cariño de la familia es gratuito. Como el aire. Co-mo-el-ai-re.

Incluso los más terribles asesinos cuentan con la protección y el abrigo que ofrece ese cariño consustancial. Incluso los monstruos, Damián. Hasta el propio Cuasimodo tuvo su dosis de apoyo. O es que crees que a ellos nadie los quiere. Acaso piensas que los asesinos y monstruos más crueles no son amados por sus padres y sus madres.

Es posible que los padres no siempre los amen, pero las madres, ellas sí, siempre, sin excepción. Y si no, que me citen un solo caso en toda la historia. Que me digan qué madre no ha querido a su hijo, a su hija, a su criatura. Se trata de una ley del amor anterior al propio amor, tan congénita como lo del huevo y la gallina. Esa imperiosa necesidad de amar a la más desagradable de sus crías que sienten incluso los bichos es ineludible.

Estás muerto, Damián. Más tieso que una mojama. Lo tuyo ya no tiene solución. Eres una ola que va a romper a la playa. El viento te ha traído hasta aquí, inadvertidamente. Hasta ahora no te has dado cuenta, pero ahí estás, en el comienzo del fin. Ante ti está el término, no hay nada sino el fin ante tus ojos. Ya no puedes retroceder, ya no hay manera. No puedes ir a ningún otro lugar, aunque lo quisieras. Eres una ola que no puede sino romper en la arena. También podrías ser una piedra que se precipita a toda velocidad desde lo alto de un acantilado. Sólo cabe esperar el momento en que chocará contra el fondo.

Ése es todo el tiempo que te resta, el lapso necesario para estrellarte contra el fondo. Es el único tiempo que te pertenece. Breve. Efímero. Un interregno. No tienes más. Tan sólo ese intervalo antes de estrellarte. Ahí es a donde te diriges, ya estás encaminado. Está cerca, más cerca de lo que piensas. O quizás ya has llegado al fondo. Tal vez lo hayas tocado ya con la planta de los pies.

 

 

Desciende por la cuesta de los hospitales en dirección a la escultura metálica de Basterretxea, la gran paloma blanca que hay en la rotonda frente al estadio. No repara en nada de lo que le rodea, no atiende a nada, no se fija en nada. Ni siquiera es consciente de lo desagradable que está la noche, ni de que la escultura en memoria de Aitor Zabaleta es aún más desagradable. Otro al que se le terminó el tiempo, antes de lo que esperaba. Piensa Damián.

Gira automáticamente hacia la derecha para tomar la variante y luego la autopista. Camino a casa. Las carreteras están casi vacías. El tiempo es desapacible. Realmente, nadie diría que mañana empieza la primavera, esta lluvia no parece el mejor preludio, piensa por un instante, y al hacerlo se da cuenta de lo chocante que resulta preocuparse del tiempo y del tráfico en una situación tan grave como la que está viviendo. Igual que los avestruces, que ante el peligro ocultan la cabeza. Y aun así, qué otra cosa podría hacer. Cómo saber qué actitud debe uno adoptar al ver por primera vez, frente a frente, la jeta de la muerte. Cuál es la postura correcta en esos casos.

No se reconoce. Es un extraño. Quería saber algo más sobre el pólipo de su garganta y por ello ha acudido al médico, a la consulta del Dr. Aldaba, el mejor especialista de la ciudad. Polipus, pólipos, pulpos. Hola, doctor, vengo porque tengo un pulpo en la garganta. Al Dr. Aldaba no le ha hecho gracia, no ha entendido la broma. Él ha entrado en la consulta pensando que lo suyo era una afección leve y ha salido con un cáncer. No eran pulpos, sino arañas de mar, salamandras. O cobras. Cualquiera sabe. Nada bueno, en cualquier caso. Peor imposible.

Es la primera vez que ve tan cerca, en sus propias narices, la mirada de la muerte. No sabe cómo actuar. No sabe qué pensar. La noticia que le ha comunicado Aldaba enturbia su razonamiento mucho más que la lluvia y la niebla circundante. Damián, tienes un carcinoma escamoso en plena garganta. Es-ca-mo-so. No es ninguna tontería, no, es un carcinoma escamoso. Jódete, Manuel. Un cáncer, chaval. Un regalo caído del cielo, así por las buenas. Una mierda. Eso mismo, sí, una mierda.

Enciende la radio, pero realmente no escucha. En el dial murmuran las noticias del día. Es el informativo de las ocho y media en la radio pública, pero Damián no se entera del atentado que ha costado varias vidas en Gaza. No se hace cargo de la importancia de la inversión realizada en la mejora del túnel de Etxegarate. No oye que cada metro cuadrado de asfalto cuesta lo mismo que un coche caro, ése es el precio. No hace caso a lo del diputado socialista que ha golpeado a su mujer con un paraguas, con el mango del paraguas. Casi no oye lo que dice la radio.

Circula por la autopista y tiene ante sí el túnel de Polloe. Parece una inmensa boca negra con los labios recién pintados de blanco. Adelanta a un gran camión polaco por la izquierda; Pölsktrans, alcanza apenas a leer en la parte trasera del remolque, y en grandes letras, TIR. Transport International. Algo después vuelve a superar otro camión. Portugués. Veiculo longo. Tras el adelantamiento, retorna al carril de la derecha. Avanza por el túnel de Polloe, por el interior del túnel que perfora el cementerio de San Sebastián.

Repara en que las paredes han sido recientemente pintadas de blanco, el color del luto en los países orientales. Un color más alegre que el negro, según nuestros usos, o, como mínimo, más exótico.

Al salir del túnel, a punto ya de llegar a la altura del cuartel de Intxaurrondo, una explosión, dos, tres…, seis. Seis explosiones en la campa aledaña a la autopista, a escasos metros del arcén. Apenas a cinco metros del lugar por el que circula el vehículo de Damián. Parece que alguien dispara, no sabe desde dónde, pero contra él. Intencionadamente. Detonaciones en serie, cercanas, justo en mitad de su camino, contra él.

No hay tiempo para nada. Mejor así, de esa manera no hay que pensar, no hay posibilidad de hacerlo. Sólo hay que seguir adelante. El cuerpo sabe cómo actuar, lo saben las piernas, lo sabe el institnto. El animal humano lo sabe, sabe cómo reaccionar; si no, es su fin.

A pesar de que el jeep no es precisamente un vehículo ligero, Damián siente la sacudida de las explosiones. Está a punto de perder el control del volante. Los cristales del coche se salpican de barro, sobre todo las ventanillas del lateral derecho y el parabrisas. Por no hablar de la capota.

Damián piensa que debe tratarse de granadas lanzadas por bazukas o algo parecido. Ha sentido cómo dos o tres sobrevolaban su vehículo, rozando casi la chapa, a punto de acariciar el toldo, de retorcer la antena de la radio. Con las piernas temblando como hojas, pisa el freno hasta el fondo. El todo terreno derrapa a duras penas hacia la derecha antes de que el motor se ahogue.

Nadie se ha dado cuenta de lo sucedido. Hasta que no lo lea en la prensa del día siguiente no podrá confirmar si realmente es cierto lo que le ha ocurrido. Incluso él es incapaz de dar crédito. Cómo va a creer que alguien haya podido dispararle con un bazuka a él, a Damián Arruti. Pura casualidad. Las granadas estaban dirigidas al cuartel y casi le han caído encima. Casi.

Ni el camionero portugués ni el polaco que circulan tras él se han percatado de nada, no han visto volar los restos de los proyectiles, y hacen sonar sus bocinas con fuerza, descaradamente, para que se retire a un lado y deje de obstaculizar la autopista. El lenguaje de los faros es claro, flashes intermitentes con las luces largas, no seas cenutrio y apártate, rápido. Incluso le parece ver, al otro lado de la ventanilla del camión, el dedo corazón del conductor portugués levantado hacia el cielo. El mensaje es evidente, anda y que te den. Que de ten por el culo.

Damián hace girar la llave pero no consigue poner de nuevo en marcha el coche. El vehículo se niega a arrancar.

Le tiemblan las manos. Le tiemblan las piernas. Le tiembla el cerebro. No parece que vaya a escampar. Si sigue así, las ranas acabarán ahogándose en la cuneta. Piensa.

Estás vivo, Damián, piensa. Aún estás vivo, bajo esta lluvia inclemente.

 

 

La oscuridad se había adueñado de las carreteras en el entorno del golf de Fuenterrabía. Oscuro. Negro. Debía de tratarse de un corte de electricidad como consecuencia de la tormenta, posiblemente algún árbol habría caído sobre el tendido. Al carecer de la luz de las farolas, Damián conducía por las sinuosas carreteras guiado por el conocimiento adquirido en la rutina de recorrerlas todos los días. De su casa al mundo, del mundo a su casa. Adelante, atrás. Aun con los ojos cerrados, difícilmente se perdería en aquel tramo, el que transcurre de la salida de la autopista a su casa.

Al llegar al zaguán, comprobó que la apertura automática del garaje no funcionaba, así que tuvo que levantar a mano la pesada hoja de acero. Si no hay corriente, de nada sirven los adelantos, Damián. Argos se le acercó corriendo y ladrando, y lo saludó bajo la lluvia con las patas embarradas. Un plus de suciedad para su empapada gabardina. A estas alturas, ya da lo mismo, pensó, no puedes mojarme más de lo que estoy, estúpido perro. Fuera de aquí, vete, al rincón, ordenó con firmeza al animal, amagando una patada.

Dejó encendidos los faros del coche mientras abría la cerradura. Bajo aquella luz, las gotas de lluvia no parecían lluvia. Eran brillantes insectos voladores, o tal vez perlas de oscuridad. Y justo en aquel momento, retornó la corriente, e inmediatamente se encendió la luz automática que se disparaba al detectar una presencia. Una ceguera repentina, el destello de la luz como un sol radiante en sus ojos. Entró en la casa, cerró la puerta, arrojó la gabardina a un rincón, se quitó los zapatos y fue derecho hasta el teléfono. Apretó el play en el contestador.

Soy mamá. Hace mucho que no me llamas. Qué tal estás. Recuerdos de tu padre. Piii. Damián, c’est moi, Véronique. Piii. Arruti, soy Jose Mari, el de los seguros. Es por lo de la renovación del seguro de la casa. Llámeme cuanto antes. Piii. Señor Arruti, le llamo de parte del teniente Urrutikoetxea. Por favor, llámele cuando pueda. Piii y luego un piii más largo que señalaba el final. No había más mensajes que escuchar.

Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Damián al escuchar el último mensaje, cuándo aprenderán a hablar euskara como es debido estos ertzainas, pensó, y en lo que a ti respecta, Urruti, ya puedes esperar. Al menos, hasta mañana por la mañana. Yo estoy muerto y los muertos no hablan por teléfono. Menos aún con un tiempo de perros como el de hoy. Estoy realmente muerto. Para ti, sí. Para todo el mundo. Incluso para mí.

Tiene el auricular pegado a la oreja, Véronique, est-ce que tu peux venir chez moi, vite. Oui, maintenant. Oui, s’il te plait. Merci, ma jolie. Clic. Que venga cuanto antes a su casa. Que venga. Por favor, por favor. Cuanto antes, Véronique.

Carcinoma. El nombrecito se las trae. Y además, con escamas, como las merluzas, como las lubinas, como los mújoles. Un monstruo escamoso. Un monstruo acorazado.

La mano de Damián se desliza dentro del bolsillo buscando el tabaco en un gesto mil veces repetido. Cigarrillos rubios, Peter Stuyvesant. Se queda mirando el paquete. Las Autoridades Sanitarias advierten que el tabaco perjudica seriamente la salud. Duda si lo correcto es “advierten que” o “advierten de que”. Duda.

Se acerca a la chimenea y coloca la cajetilla llena sobre una pastilla para encender fuego. Decide prender la chimenea. Lo piensa mejor,  vuelve a coger la cajetilla y va sacando uno a uno todos los cigarrillos. Deposita de nuevo el paquete vacío sobre la pastilla y coloca encima algunas ramas y tres gruesos troncos de roble. Enciende el fuego. Contempla el remolino algodonoso que forman las llamas y el humo y va arrojando los cigarrillos, uno, dos, hasta acabar con todos. Uno a uno. Es su pequeña venganza por todo el humo que ha tragado desde que tenía doce años. Una venganza absurda, pues resulta imposible golpear al humo, lo único que uno puede hacer con él es maldecirlo. O tragárselo.

No volveré a fumar cigarrillos, proclama, y de una caja metálica que hay en el armario del comedor extrae un cigarro puro. No es muy grande. Tampoco demasiado pequeño. Terciado. Wilde La Paz. La Habana. Las Autoridades Sanitarias advierten que fumar provoca cáncer. Nuevamente duda si lo correcto es “advierten que” o “advierten de que”. Duda.

En adelante, sólo puros, fumaré únicamente puros habanos. Acerca una vara a la chimenea y con la llama enciende el extremo del cigarro. Le da la impresión de que, al descender por su garganta, el humo acaricia al monstruo. Antes ni siquiera sabía que existía, el carcinoma escamoso. Ahora ya lo sabe. Bien que lo sabe.

Siempre que se escribe Autoridad Sanitaria habrá que hacerlo con mayúsculas, piensa. Duda.

 

 

La casa parece más vacía cuando el día es tan oscuro como el de hoy. Eo, eo, eo. La soledad más intensa. Sa, sa, sa. Es sobre todo en ocasiones así cuando Damián llama a Véronique. Véronique, su amiga de Ciboure. La loca de Ciboure. La folle. Véronique, que se ahogaría en alcohol si le dejaran. Véronique, que no calla ni para tomar aliento. Que ha empezado a marchitarse. La única amiga que le queda en ocasiones como ésta. Ta, ta, ta.

Cada vez le parece asemejarse más a los personajes de las novelas que con tanta frecuencia lee. En el fondo, no es más que un personaje típico, entrado ya en la cuarentena y atrapado en las redes de la vida. No es sino uno más de esos personajes masculinos que en tantas novelas ha leído. En las de Paul Auster, por ejemplo. Siente lo que le está sucediendo como si, en lugar de a él, le ocurriera a un personaje llamado Damián Arruti. Como si realmente aquello no fuera con él o, mejor dicho, como si lo padeciera el personaje literario que también es, pero no realmente él, el hombre que habita bajo su piel.

Por eso ha pensado en un principio que lo mejor sería utilizar la respiración metafísica. Recurrir a un espíritu elevado para enfrentarse a lo que le está ocurriendo, encarar la muerte con un ánimo, en cierto modo superior, tal como suelen hacerlo los personajes de las novelas de Kafka, Nabokov o Gide. O, cuando menos, debería actuar como los personajes de las narraciones de Roth o Carver. Pero no puede. Es una cuestión de estilo, una simple cuestión de estilo. Y el suyo, su estilo, no es en absoluto metafísico, no es el de las grandes novelas. Todo lo contrario, concluye, el suyo es un estilo llano y sin dobleces. Simple, sencillo, carente de todo espíritu superior. El suyo es un espíritu a ras de tierra. Por eso mismo ha decidido, sin pensarlo dos veces, llamar por teléfono a Véronique. A la única amiga que puede ofrecerle la proximidad y el amparo de la carne. A la mujer que, en lugar de metafísica, tan sólo puede ofrecerle un poco de primario y apremiante calor. Or, or, or.

Nadie tiene por qué saber nada, piensa a continuación. No comentará con nadie el tema del carcinoma. Para qué. Si contárselo a alguien ahuyentara el mal, merecería la pena; si no, no. A quién le va a importar su garganta, él no es Ainhoa Arteta.

A sus padres quizás sí, tal vez debiera decírselo. No, tampoco a ellos. Para qué. A ellos menos que a nadie. A ellos, sobre todo, ni pensarlo. De ninguna de las maneras. Para qué. Para que les de por pensar que su hijo va a morir antes que ellos. Para tener a su madre todos los días pegada a él y llorando. Para ver multiplicada en sus ojos la miseria de la agonía. El monstruo llegará cuando tenga que llegar y entonces ya verá, no antes. O tal vez ya haya llegado.

Entra en la cocina y abre el frigorífico. Asoma un trozo de tortilla; fría, pero tortilla al fin y al cabo. De bacalao. La habrá dejado Catalina, de lo que les ha sobrado en la cena, porque ellos cenan pronto. Catalina y Moisés. Los arrendatarios del caserío Olamendi. Sus vecinos. Los que limpian. Los que se ocupan del jardín. Los guardianes de su casa. Los guardianes del propio Damián. Sus salvadores. Sus ángeles de la guardia. Moisés y Catalina. Les paga casi un tercio de su sueldo. Con todo, menos que a una esposa.

Un segundo tercio se lo traga todos los meses esa casa excesivamente grande. Han pasado ya diez años y aún tiene deudas. Sigue endeudado, atado a la casa por los siglos de los siglos. Actualmente, la verdadera roca de Sísifo es la vivienda, con la intermediación de las cajas de ahorro. Podría venderla, sin duda, a un precio bastante mayor que el que pagó, incluso podría triplicarlo, en suma, una buena carretada de dinero. Pero a dónde podría ir si se marchara de allí. No es fácil acostumbrarse a algo peor; lo contrario siempre es más llevadero.

Jaione quería vivir en la urbanización del golf costara lo que costara. Es el mejor sitio del mundo, solía decir ella, la ciudad está cerca y las playas a dos pasos. Navarra y San Sebastián a tiro de piedra, Francia ahí mismo. Damián, cariño, no encontraremos un sitio mejor que el golf para vivir. Sí, Jaione, claro, Jaione, como tú quieras, Jaione, acabó por conceder él.

A Damián le daba lo mismo. Qué diablos, el golf de Hondarribia no era mal sitio. Exceptuando a los golfistas, claro. No era mal sitio, no. Praderas y robledales, en las faldas del Jaizkibel. Lejos del ruido. Cada vivienda a una distancia considerable de la contigua, sin la locura de las ciudades. Paz absoluta. Además, para cualquier necesidad, tenían la autopista a dos pasos y los vecinos, prácticamente todos, eran de esos a los que casi nunca ves, del género topo. Acabarás arrepintiéndote antes que yo, Jaione, vaticinó él, eres tú la que tiene que quedarse en casa. A mí me da lo mismo aquí que en cualquier otra parte, siempre que esté contigo, cariño.

Todo irá bien, Damián. Ya verás cómo me las arreglo sin problemas.

Ya verás cómo me las arreglo. Y una mierda, se las arregló: no llegó ni a tres años. Que si la casa se le caía encima, que si en verano, entre la piscina y las visitas de la familia, todavía, pero que en invierno era incapaz de soportar semejante aislamiento. Que sus amigos habían empezado a cansarse de tener que ir siempre a visitarla, que cada vez espaciaban más sus visitas. Que Catalina no hacía las cosas tal como ella le decía. Quería marcharse de allí cuanto antes. Había sido un error comprar una casa tan grande y tan aislada. Sí, era consciente de haber sido ella la que insistió, pero, qué quieres, Damián, no voy a mentirte. Era mejor vender la casa y buscar un piso en el centro de San Sebastián. Se ahogaba entre aquellos muros. Mierda y más mierda.

Al final, la culpa la tendrán mis colecciones de moscas, espetó Damián. Pues sí, eso también; sobre todo, eso, respondió ella. Todas esas moscas tuyas me dan asco. Tú no podías ser como los demás, no podías dedicarte a coleccionar pintura o mueblas antiguos. No, tú tienes que rodearte de moscas. Me importa un pimiento que sea la mayor colección de Europa, y no me vengas con que las necesitas para tu trabajo. Puede que a ti te sirvan, pero yo, para qué quiero yo esas moscas. Aquí, en mi casa. Si por mí fuera, se donaban a Aranzadi y punto final. Eso fue lo que le dijo la hermosa Jaione, la Jaione de siempre, que debería donar todas sus colecciones de moscas, las de animales vivos y las de insectos muertos, absolutamente todas, a la Sociedad Científica Aranzadi.

No te metas con mis moscas, respondió Damián. Eso ya lo sabías antes, la colección no es nada nuevo. Hace mucho que me conoces y ya lo sabías, ahora no vengas con la excusa de las moscas. Eso estaba ya hablado.

Es algo más que una excusa, Damián. Paso todo el día aquí, sola, esperando que vuelvas y con esas moscas por todas partes; resulta insoportable. Si al menos los vecinos fueran de otra manera, más parecidos a nosotros. Pero Moisés y Catalina, esos aldeanos, no son para mí. Me miran mal. No me ven como a una igual.

Porque no lo sois. Pero, qué tienen de malo Moisés y Catalina. Les cogiste ojeriza desde el primer día, sin embargo, son muy buena gente. Y las moscas no andan por todas partes; están en su sitio, en la habitación pequeña de abajo y en el sótano junto al garaje. Y lo de Aranzadi, ni mentarlo, Jaione. Ya lo sabes.

No obstante, todo resultó inútil. Lo que comenzó siendo una grieta se convirtió rápidamente en sima. Jaione volvió a casa de su madre, en San Sebastián, y él se quedó solo en medio del golf, con su colección de moscas. Sus únicas visitas eran las bolas perdidas por los golfistas. Y Véronique.

Damián comprobó entonces que no conocía a su mujer. A su ex mujer. Comprobó que nunca había entendido a aquella mujer que tantas veces había abrazado. Porque Jaione, en cuanto volvió a San Sebastián, se dedicó a vivir como si fuera una mujer recién salida del cascarón. No tenía nada que ver con su vida anterior. Como si los años pasados junto a Damián hubieran sido un lapso de tiempo transcurrido bajo la niebla del Orfidal. Años de humo, falsos, irreales. Años que había que olvidar cuanto antes, porque, de hecho, nunca habían existido en realidad.

Villa Felicidad, pintamos el nombre a la entrada de la casa con letras blancas, dijo Damián. Villa Felicidad. Y una mierda, felicidad.

 

 

Una ducha rápida y ropa de estar en casa. Véronique debe estar a punto de llegar. Eso, si no se pierde por el camino.

No puedo amarte, Véronique. Aunque te quiera, no puedo decirte que te quiero. No es por ti, Véronique, es por mí. Soy incapaz de amar a nadie. O, dicho de otra manera, os quiero a todas. También a ti, Véronique. Cómo no, por supuesto. Pero, qué es lo que quieres saber. Lo mismo que quieren saber todas las demás, quieres saber que te quiero. Es imposible, conmigo no puede ser. No puedo decirlo, soy incapaz de pronunciarlo. Y aunque lo hiciera, no sería totalmente cierto. No puedo establecer jerarquías en el amor, no puedo querer más a una que a otra. Ni siquiera a ti, Véronique de mi corazón, ni siquiera a ti. Me da miedo. Quieres saber si te quiero, si te quiero tanto como quise a Jaione, o más. Sí, te quiero. Ya lo sabes. ¿Eso era todo? Bueno, pues ya lo sabes. Te quiero. Nada más.

Te amo, amo tus ojos, tu respiración, tus dientes, hasta que me aburres. Os quiero a todas, y a ti especialmente. Así es. Pero, Véronique, esto no puede ser eso que llaman amor. No me preguntes qué es, no lo sé. No puedo saberlo, puesto que nunca me ha hecho estremecer, Véronique. Tampoco con Jaione fue amor. Tampoco con ella, Véronique. Ni con ninguna otra. Estoy ciego, Véronique, el amor nunca ha iluminado mis ojos.

Debo ser yo el incapaz, piensa Damián, sumido en su soliloquio, y no se extraña de llegar al mismo punto que en tantas otras ocasiones. Es él el incapaz, el inepto. Quiere a las mujeres, sí, las ama, no puede vivir sin ellas, pero una cosa es el hambre y otra la comida. Una cosa es la necesidad y otra saciarla. Y qué sucede una vez saciada, cómo se le llama a ese intenso deseo de quedarse solo, a que el prójimo nos resulte excesivo, a ese no poder permanecer en el regazo del otro, a esa necesidad imperativa de quedarse absolutamente solo. Existe acaso el desamor. O, dicho de otra manera, seguirá el amor siendo verdadero incluso cuando ya se ha instalado el desamor. Será a eso a lo que los demás llaman amor, a lo que aun antes de llegar se nos escapa, al desamor.

Damián no lo sabe.

 

 

Mamá, sí, he oído tu mensaje. Qué tal estás. Yo bien, sí, todo bien. No, tranquila, no hace falta que vengas. Ya me pasaré yo por ahí un día de estos. Últimamente ando fatal de tiempo, ya sabes, siempre hay algo. Sí, también con la Ertzaintza, hace una temporada que es con quienes más estoy. No, con la Guardia Civil no. Tranquila, con ellos no. Tampoco con los otros. En todo caso, con los de la Policía Judicial, pero cada vez menos. Casi siempre con la Ertzaintza, sí. Te lo he dicho ya mil veces: nadie me va a tomar por un colaborador. Tampoco por un chivato. Mi trabajo es diferente, también eso te lo he dicho mil veces. Lo mío es únicamente una cooperación profesional. No tiene nada que ver con la política, es otra cosa. Sí, sigo con lo de las moscas. Sobre todo suelo estar con los forenses. Sí, también con los jueces. No, no es eso, de verdad que no. Ya sé que te gustaría que lo hiciera, pero no tengo ninguna intención de volver a la facultad. Que se fastidien los alumnos. Aquello se acabó, para siempre, cuándo vais a haceros a la idea. Siempre igual. Sí, tendré cuidado. Adiós, sí. Para ti también un beso muy grande, y otro para papá. Clic.

Calentarla en el microondas o no calentarla. That is the question. Mejor una tortilla fría que una tortilla estropeada por el microondas. Ni rastro de pan por ninguna parte. Ni tan siquiera pan duro. Tampoco hay pan congelado. Lo único que queda es bimbo y no muy fresco. Y para beber qué. Aldaba no ha hecho ninguna referencia a la bebida, al contrario del tabaco. Será que el vino y el humo, el alcohol y la nicotina circulan por diferentes conductos. Cada cual por su lado. Debe ser eso.

El vino, un Burdeos. Con el bacalao, vino de Burdeos. Hoy toca un Burdeos. Éste mismo, Château Lagarde del 99. Por qué no. Estás muerto, Damián, muerto; date el capricho.

Qué le pasará ahora a nuestro teniente. Qué se traerá entre manos Urrutikoetxea. No me ha llamado al móvil. Él sabrá en qué anda metido. Seguro que tampoco esta vez es nada bueno. Anteayer no me dijo nada, será un caso nuevo. Habrán encontrado un cuerpo descompuesto en medio de algún charco. Como siempre, alguna porquería. Seguro que es eso.

No está mal este Château Lagarde. Aunque no sea uno de los grandes, no desmerecería en absoluto junto a cualquiera de ellos y además, mejora al de un tiempo de abrirlo. Sabe mejor el tercer vaso que el primero, mejor después de haber limpiado bien la garganta. Toma otra más, carcinoma escamoso, también a ti te gusta el vino, verdad. Ojalá te emborraches. A ver si pillas una buena y te ahogas. Muérete ya, cangrejo de mierda.

Por qué no habrá llegado todavía Véronique. Es raro que tarde tanto de Ciboure aquí. Tal vez hayan cerrado la frontera, por exceso de camiones. Pero hoy no había demasiado tráfico. Peor sería si fuera viernes o lunes. Deberían hacer algo en esa zona de la frontera, todos los días circulan por ahí más de diez mil camiones. Pero qué van a hacer, si son unos inútiles. Que si la Diputación, que si el Gobierno, que si el Ayuntamiento, que si esto es España y aquello Francia… siempre igual. Los que están ahora no harán nada y los siguientes que vengan, más de lo mismo. Son todos iguales, no importa el color. Todos de la misma calaña.

Ahora se les llena la boca con lo de la Europa sin fronteras. Europa. Una mierda, Europa. Bastante trabajo tienen con cerrar todas las puertas. Y si se les cuela alguien por el agujero africano, leña. No saben hacer otra cosa: leña al mono. Ya me gustaría verlos a ellos descalzos y con un plátano en la mano, a los presidentes, los lehendakaris y todos los políticos. Con un plátano en la mano y tres o cuatro críos hambrientos colgados de los pantalones. Papá, tengo hambre. Mira, se me ha hinchado la tripa. Tengo fiebre. Tengo diarrea. Me duele la cabeza. Me duele todo. Qué me pasa, papá. Entonces les metería yo Europa por donde les cupiera. Toma Europa. Métetela por el culo.

Pero no. No hay riesgo de que eso suceda. Ellos siempre medran. Y cuando llega el turno de quitárselos de encima, ya habrá un sillón esperándolos en alguna parte. Cuál prefiere, éste o aquel. Quizá le gustaría ser Doctor Honoris Causa. Una mierda, Honoris Causa. Una puta mierda. Prefiero ser presidente de un Consejo de Administración. La misma mierda.

Y luego están los otros. Nuestros héroes. La llevamos clara con ellos. Hoy mismo por poco me liquidan. Parecía que en lugar de apuntar al cuartel de Intxaurrondo me apuntaban a mí. Hasta en eso son unos negados, un puto desastre. Para lo único que valen es para destruir. Dinamiteros. Que construyan los demás, ya se encargarán ellos de criticarlo. Cuando les toque estar el poder, Dios no lo quiera, ya me gustaría saber a quién eligen como modelo, a Stalin o a Pushkin.

Lo que nos pasa es que somos anormales. Total y absolutamente. Unos perfectos necios. Tenemos lo que nos merecemos, qué otra cosa querías.. Nuestros enemigos apenas consiguen disimular las ganas de reír que les producimos. Somos ridículos e insignificantes, tenemos lo que nos merecemos, eso es todo. Jódete, Manuel.

Un bocinazo. Ahí está Véronique. Le abriré la puerta y ataré a Argos. Château Lagarde. Menos mal que he acabado la botella entera yo solito. Si no, a Véronique le bastarían dos minutos. Su sed es insaciable, su garganta un pozo sin fondo. Château Lagarde. Mierda, Château Lagarde.

 

 

Bonsoir, Véronique, comment vas toi, dijo Damián. Antes de que me olvide, te he traído este papel, y Véronique le tendió un post-it. Al final lo había encontrado, se trataba de un entomólogo de Lille, el señor Folch. La dirección y el teléfono estaban escritos en el papel. Él podría conseguirle las larvas y las moscas que le faltaban para su colección, o al menos, le indicaría la forma de obtenerlas. Según dicen, su colección es la mayor de toda Francia. La pista la había conseguido en un reportaje de FR3.

Véronique, Véronique, ella siempre sabe pagar el desprecio con oro, con el calor de un abrazo, con el terrenal cielo de una hembra. Véronique, Véronique, ven conmigo. Véronique, Véronique, tú y yo juntos.

Ella nota que él ha bebido. Tienes el gusto amargo del Burdeos, dice la mujer, y el aliento te huele a tabaco. Nunca sueles beber solo, Damián, qué te pasa.

Nada, Véronique, nada. Que con este tiempo, y solo en casa, no estaba de humor, por eso te he llamado. Qué tal el viaje, seguro que había muchos camiones en la frontera. Puta frontera. Dicen que la cerraron, pero ahí sigue. Puta frontera. Ven, ven, he encendido fuego en la chimenea. Si quieres, puedo abrir otra botella. Château Lagarde.

Ella dice que no. Que al día siguiente tiene que levantarse temprano, mejor no. Ha de estar en Bayona a las ocho de la mañana para cerrar un trato de transportes. A pesar de ello, Damián abre una botella. Château Lagarde. Mierda para el Château Lagarde. Los dos beben. Vacían la botella. Casi sin hablar, con la mirada perdida en el fuego bajo.

Qué te pasa, Damián, pregunta ella de nuevo, sin retirar la mirada de la chimenea. Nada, Véronique, nada. Damián piensa que el vino no le hará cambiar de opinión, debe mantener en secreto su enfermedad, la noticia de su carcinoma. Vamos a la cama, ya es medianoche.

Véronique lo abraza bajo las sábanas y Damián responde a la caricia de la mujer. No soy una puta, dice ella inesperadamente. Te aprovechas de que estoy sola, Damián. He conocido a más hombres como tú, De los que sólo se acuerdan de una cuando los atormenta la soledad.

También yo estoy solo, responde Damián. Sí, pero yo te quiero, añade ella. Te quiero, Damián. También yo a ti, dice él, pero no empecemos otra vez con eso.

No dicen nada más, no hacen nada más. No son sino dos masas de carne, casi parecen dos cadáveres aún calientes, uno junto a otro. Dos cuerpos que duermen, dos cuerpos que se unen. Eso es todo. Permanecen así durante largo tiempo, columpiándose en el aliento de vino del otro. Intentando encontrar en el otro lo inalcanzable.

Al apagar la luz, Véronique le mira a los ojos y de nuevo pregunta, qué te pasa, Damián. Qué te pasa hoy, no eres el de siempre. Nada, responde él, nada.

Véronique entonces le da la espalda bajo las mantas. Huye del balanceo mutuo. Rompe el abrazo.

Damián se queda mirando al techo, contemplando los reflejos del fuego danzarín que se cuelan por la puerta. Ve la sombra de Sócrates o Platón bailando un ballet. Bajo el efecto del vino, no sabe con seguridad si la sombra corresponde a Platón o a Sócrates.

Tengo un carcinoma en la garganta, dice entonces. Un carcinoma, mierda. Un carcinoma, Véronique. Escamoso. Como los mújoles del puerto de Ciboure.

Y apaga la luz, clic.


5% de descuento para los lectores de entreescritores.com en casadelibro

5% de descuento para los lectores de entreescritores.com en casadelibro

Comentarios