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Ocho robos y un escocés

Ocho robos y un escocés

09-12-2016

Novela negra/Policiaca novela

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Esta es una historia de obsesiones. La del agente secreto Jaime Cadenas por querer investigar por su cuenta, al margen de la policía, la desaparición de objetos que sufren sus convecinos; la obsesión de Lucrecia por fisgonear detrás de cámaras, ventanas y agujeros, por coleccionar toda clase de útiles; la de Emilia –amante del agente– por su pretensión de querer averiguar lo que distingue a los seres humanos de los personajes de ficción interpretados en el cine por un conocido actor escocés. La obstinación enfermiza que sufren algunos de los personajes, inclinados a no querer olvidar su pasado.

Uno a uno, los protagonistas se sumergen, sin pretenderlo, en un mundo en el que lo real y lo ficticio entran descaradamente en contacto, acercándose más allá del espacio y el tiempo. Durante la lectura nada impide creer que el actual presente de los personajes reales no sea una representación invertida de la figuración cinematográfica, un simple añadido humano utilizado como reclamo para que otros se posicionen como protagonistas junto a ellos. Una inusual variante de la percepción que a menudo solemos tener de nosotros mismos.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

I. LA AVENENCIA
Viernes, veinte de junio de mil novecientos noventa y siete. Cae la noche sobre Barcelona. Cae la lluvia como vaporosa falda de mujer despidiendo los más espantosos días de primavera que se recuerdan en muchos años. Caen los ojos de mis vecinos, desde hace rato fijos en mí, hacia el suelo, se caen de vergüenza, horrorizados, incrédulos, mientras musitan rotas palabras y menean la cabeza. Sacudida por la lluvia, el viento y el miedo me tambaleo abrazada a una gigantesca
antena, con un pie en lo alto de la cornisa de mi finca y el otro apuntando en el vacío. Ellos, abajo, mirando desde el portalón de la casa de enfrente otra vez hacia lo alto, justo donde yo más parezco una piltrafa que no graciosa rama sacudida por el viento. Me mareo, pero no me caigo.
Antes, de mañana, ya cayeron las ilusiones de muchos ante la negativa de trabajo, la negativa de salud, la negativa de seguir el amor de anoche. Luego, al mediodía, cayó la bolsa. Un desastre. Por la tarde me cayó encima, a cobro revertido, la verborrea de mi hermana que desde Cuba me amenazó con volver a llamar mañana. Ya oscurecido, vi la ilusión de mis hombres y mujeres caerse de golpe en el vacío después del canto de cifras que hoy, en los sorteos, se confabularon con el ocho. Ni siquiera un reintegro. Y así llevamos semanas, meses y años, esperando un milagro. Me parece imposible que un día como el de hoy, sin símbolos remarcables, sin fútbol y programas de TV interesantes, esté a punto de caer yo en sus manos por una tontería, amigo Cadenas. Las mujeres lo tenemos mal, bueno, bueno, de acuerdo, las mujeres de mente retorcida, como yo. Me pide que le permita registrar mis bolsillos antes del último espectáculo, seguro de encontrar en ellos la prueba del delito. En un principio me niego en redondo, pero luego, le reto a usted para que hurgue en ellos antes del definitivo adiós.
A medio decidir su búsqueda intuyo, motivada quizás por mi deseo de conseguir el perdón de algún modo, que puede ser precisa-mente usted la persona capaz de transmitir la noticia de mi súbita locura al vecindario, algo apañada, con algo de decoro. Entre el martilleo del agua de lluvia que va cayendo le transmito a usted la insólita idea: a cambio le daré la prueba que me exige entre burlas y amenazas desde hace casi una hora, sin buenos resultados. Arguyo que allá abajo no están mejor las cosas que aquí arriba. Pero ellos pisan firme; yo no. Además, pasado mañana se casa la hija de Pulido y no les quisiera hacer un feo a tan entrañable familia. No se lo merecen. En realidad ninguno de ustedes se lo merece.
Después de un sinfín de despropósitos, sin duda a causa del miedo, llegamos a un principio de acuerdo y bajamos, recelosos uno del otro, al ático, mi casa, mi refugio. Antes que nada le pido que me permita cambiar de ropa por miedo a coger un resfriado, achaque que padezco a menudo y que me da por estornudar sin interrupción durante horas. No me observa cuando me desnudo frente al espejo aunque se empeña en permanecer, como un vulgar asaltante, en el interior del baño, notándose mucho de sonrojo y de ensalmo en el ambiente.
Con los nervios no me fijé mucho en la elección de la ropa, así que después de verme vestida con falda negra y jersey blanco me doy cuenta que me falta alguna prenda que me dé la personalidad acostumbrada en el vestir, algún atuendo de color rabioso que me engalane y rebaje la aflicción de mi semblante. Me acompaña a la habitación como a un fiel animal doméstico, por miedo a que escape, supongo. Del interior de un cajón saco un pañuelo de colores vivos como frutas a punto de reventar que anudo con gusto alrededor del cabello. Ya no tiemblo como antes, ni mis dientes muerden machaconamente el aire como hojas de castañuela en plena fiesta. Parece adivinar mi tranquilidad interior porque cuando nos dirigimos una vez más hacia el baño me acompaña del brazo con suavidad estudiada, sin esfuerzo, con un suspiro de alivio que entiendo merecido. Fija su vista en algo brillante y pequeño que desde hace unos días luce encima del mostrador junto a las aguas de colonia y cremas antiarrugas y que ni yo misma sé quién pudo poner allí. Luego me reduce con el
cinturón elástico de su pantalón y me ata las manos a la grifería de la bañera con mi consentimiento, con cuidado, como si jugáramos, como si no se tratara de un hecho serio e irrevocable, sentada yo justo al límite del sanitario. Rompo a llorar, pero mi condición de detenida provisional no me permite sonarme ni enjugarme las lágrimas. Es usted realmente una gran persona porque mientras me limpia los mocos y me asea la cara con un kleenex me va descubriendo con serena reflexión cual va a ser el plan final para con los vecinos, para que no desconfíen de nosotros, de mí en especial. Ha sido lo convenido y yo me alegro de haber confiado en usted, Cadenas. Deseo lo mejor del mundo para usted y su querido padre y, por qué no, también para Emilia.
Me sonríe cuando se dispone a salir temporalmente de mi casa y mientras dura su ausencia me extraño que de pronto, incluso estando atada, la noche me parezca más llevadera que el día, como si dijéramos más dispuesta a calmar mi dolor, la oscuridad más concluyente e imaginativa desde que estoy metida en eso.
Ha tardado un poquito pero era de esperar. Al entrar otra vez en casa con la llave de casa que me pidió, viste ya con un chándal seco de color azul y percibo al tiempo la cara del corazón que habló bien de mí a los preocupados convecinos. Les dijo que tuve un ataque de nervios y no supe contenerme. Al tiempo que me desata me proporciona cuatro píldoras tranquilizantes de colorido diferente, una taza de tila hirviendo, un porrito y una copa de coñac: los vecinos se preocupan por usted –me señala con voz opaca. No sabe cómo se lo agradezco, pero no creo oportuno resistirme a mi natural agitación interior con tanto mejunje, no sería honesto por mi parte porque limitaría mi natural lucidez.
Dejamos el baño para dirigirnos al salón mientras me enciende el canuto y le da una caladita, con una suavidad y un talento casi femeninos que me obligan a sonreír. Si hubiera encendido un cigarrillo seguro que no sentiría perdonada mi tontería como lo estoy notando ahora. Saco del bargueño, escondida debajo de uno de sus cajones, la tarjeta de banda magnética codificada que abre la habitación que siempre ha visto herméticamente cerrada, nada pues de llaves guardadas en los bolsillos, como supuso en un primer instante.
Desbloqueo la puerta, esa puerta largamente observada. Entramos. Noto que se le aceleran los pulsos: un agente de su talla no debería sucumbir a una impresión de estupor tan vulgar, ¿no le parece? –le pregunto sin que me haga el mínimo caso, fijos sus ojos en la aparente oscuridad del cuarto. Enciendo un minúsculo foco de luz para que el iris de sus ojos no se sienta asaltado de súbito por cientos de voltios, para que vaya acostumbrándose a lo que pronto será lo más parecido a un bazar de feria. Como puede observar se trata de una habitación de dimensiones apreciables (veinte metros cuadrados no están mal) si consideramos que se trata de un piso de los años sesenta, ocupada en este instante por nosotros mismos, perdidos, un poco destemplados, nerviosos.
Nos situamos delante de este ordenador de última generación del que usted no sospechó su existencia hasta este instante. Sin embargo –no crea usted que por la amenazante inflexión de su voz vaya a convencerme de su derecho a exigirme lo que le parezca–, me resisto a darle los datos que activan el amplio panel que ampara, en la mitad de un conjunto de pequeñas pantallas de televisión, otra de medidas algo más respetables. Sólo yo conozco todo lo relativo a ese ingenio tecnológico y voy a utilizar mis competencias hasta donde nuestro pacto permita. Téngalo por seguro, Cadenas.
Francamente, convendrá conmigo que resultaría estúpido soltar tanto la cuerda por mi parte ya en los primeros instantes. Poco a poco, al abrigo de nuestra obligada proximidad, llegará la confianza, así que relájese y acomódese, como si estuviera en su casa. De momento será suficiente con revisar la imagen de algunas cintas de vídeo que me parecen primordiales para que entienda mi particular idea del orden y la seguridad vecinal... ¿se imaginaba algo así, querido amigo? No se preocupe por los interruptores, porque allí donde en un principio no llegue su conocimiento por las enormes posibilidades de esta máquina llegará mi implacable memoria, se lo juro Cadenas. Antes, permítame que vaya a sacar un par de limonadas de la nevera...
Ande, no se haga de rogar, hombre; bébasela que está fresquita. ¡ea!, ¡ea! No se comporte con demasiada sensatez y actúe con pautas si no quiere que la noche le resulte interminable. ¿Que antes quiere qué? ¡Oh!, vamos Cadenas, no insista. No se deje impresionar por el vertiginoso mundo de la tecnología al que está usted tan acostumbrado. La tarea consiste, de entrada, en introducirle en mi mundo secreto, un multiforme espacio que si no sabe mirarlo como yo he hecho durante más de un lustro, puede truncarse en confusión y desagrado. Siéntese a mi lado, hágame el favor, aquí, aquí está bien. No se aturda, relájese que no me lo voy a merendar. Confíe en mi palabra. Una cosa le voy a decir querido amigo: tenga por seguro que de ésta no saldrá usted indiferente.
–Que le parece, ¿dividimos la proyección en actos, en secuencias o en capítulos? Está confuso, lo veo. Piense que no puede coger un documento al azar porque de hacerlo, seguramente tendría que referirme a sucesos de la víspera o de la víspera de la víspera o sin duda a otra posible víspera. Deje el orden de presentación en mis manos, ¿Revisaría tal vez usted un caso sin establecer un orden de secuencias, si deseara llegar a lógicas conclusiones? Ya me doy cuenta, veo que ha entendido perfectamente, como no va a entenderme usted, peregrino incansable de aventuras que no se rinde jamás en el empeño de sus funciones de averiguador.
En Cuba, en Francia o en China, todos tenemos nuestra historia, ¿no es cierto Cadenas? Una historia que se inicia, se enriquece o, transformada, se mutila. ¿Qué prefiere? ¿Vida inocente, vida vida o vida en volandas? Ya se sabe, según por dónde empecemos, por una línea razonable o por un círculo formado de infinitos puntos podremos ejercer, bien de sabios indagadores de sucesos, bien de caóticos halladores de noticias, sin más.
Admitidos los prolegómenos por ambas partes, ¿le parece que emprendamos el perfil de un único volumen en el que cada familia o cada personaje agrega un capítulo al anterior, un libro cuya última página, siempre abierta, permita continuar indefinidamente esta historia?
A decir verdad, usted nunca se había interesado tanto por sus vecinos como en las últimas semanas, diría incluso que se muestra arrepentido por haber sucumbido, durante los largos siete años que reside entre nosotros, a la moda de ignorar a su prójimo más cercano. Los viajes, claro. Y los compromisos, sí. Veamos entonces lo que podemos encontrar en este laberinto singular e irregular, en ésta nuestra casa de cinco plantas, un ático, portería y los inmejorables negocios que tan bien gobiernan Ramón y Héctor. Que lo que hagamos sea sin un adornado de símbolos, sin las conjeturas profanas con las que suelen amañar la vida hombres y mujeres al amparo de la continuada oscuridad de su alma.
Sugiero, por una simple cuestión de método, que me sea permitida una larga introducción de ejecución minuciosa, querido Cadenas... ¿que pongamos algo de música mientras? Pues no faltaría más. ¿Clásico o jazz? Pues si le resulta igual escoja usted en esta estantería. Como ve, yo noto todavía las manos algo dificultosas y no acertaría luego a meter el compacto en su ranura sin dejar las señales de mis dedos en su superficie. Sírvase también más refresco o, bueno, si no es demasiado pedirle, ¿por qué no pasamos por la cocina antes de empezar el visionado y preparamos un café bien fuerte? ¡La noche va a ser tan larga! Por ello, de momento no diré nada de las agonías y las miserias particulares, para no confundirle con tanta información. Antes de entrar a fondo me limitaré, con su visto y conforme por supuesto, a facilitarle ciertos testimonios a modo de preámbulo, al igual que si se tratara de una pieza breve precediendo una ópera. ¿Qué si tengo algo de temas musicales de películas? Sí que tengo, si, tercera estantería a la derecha, al final… ¿Que le gusta la música de Memorias de África?, acabáramos Cadenas, vaya entonces a la estantería de la izquierda donde verá usted todo lo clásico clasificado por autores y busque el concierto para clarinete y orquesta en la mayor de Mozart, segundo movimiento. ¿Que no le gusta mucho la música clásica…? Ah!, ¿que ya lo encontró?, ¿que se sacrificará y escuchará todo el concierto? Pues bien, ya disponemos de la selección de las cintas que le he prometido y la pieza musical que usted ha escogido, idónea para acompañar situaciones de crisis, parece. No me asesine al genio, por favor, empiece tal como tenia pensado por el allegro, el adagio que le sigue es lo que usted busca.
¿Folios dinacuatro y un rotring? Ponga en marcha un propósito de enmienda, vecino, si no quiere que me arrepienta y le eche antes del primer pase, ¿vale? ¿O no se acuerda que quedó en guardar en secreto lo que aquí vería?, que por lo que observo llegó usted silbando y con las manos en los bolsillos pero bien que no olvidó sus deseos de confundirme la noche, malgré tout... Empecemos, Cadenas. Mientras los ilustres músicos interpretan a Mozart, ¿le parece oportuno que inicie mi particular canto con los vecinos de las primeras puertas?
Afuera cesa la lluvia definitivamente. En el interior del hogar de Lucrecia varios relojes situados en distintos espacios dan las doce de la noche con entonaciones diferentes. Pronto va a empezar el especial acoso a ciudadanos hasta hoy respetados y poco descollantes, una especie de carnicería humana que parece necesario resolver hoy noche si se quiere salvar la dignidad y el pellejo de los victimarios.
Mientras Lucrecia selecciona las cintas de vídeo apropiadas, incluso un poco antes, cuando ha puesto los tres países como ejemplo amoroso seguido de una pregunta-corroboración, no se ha percatado la mujer del discreto estremecimiento que ha sacudido el cuerpo de Cadenas. También ha pasado por alto la palidez que ha hecho camino en su rostro al decir “malgré tout” impunemente.
Minutos después, al disponer Lucrecia la primera cinta en el interior del aparato él sigue temblando un poco, sin todavía el color repuesto en su cara, resistente a abrir la caja de Pandora del interior de su corazón por miedo a enfrentarse otra vez a ella, Memé, su vida, su arco iris de ayer, allá en Francia. Y calla. Y disimula.

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