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La red de Caronte

La red de Caronte

19-02-2014

Novela negra/Policiaca novela

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Los cadáveres brutalmente mutilados de varias adolescentes aparecen abandonados en parajes apartados de Vizcaya. No hay pistas sobre el asesino, nadie sabe nada del misterioso asaltante y lo único que tienen en común todas las víctimas es que son jóvenes solitarias.
La investigación lleva a la joven forense Natalia Egaña y al inspector de homicidios Carlos Vega a descubrir que el asesino contacta con sus víctimas a través de Internet. Usando el sobrenombre de Caronte se acerca poco a poco a ellas, descubre sus secretos más íntimos y las enamora hasta conseguir una cita que será fatal para ellas.

 

ENTREVISTAS:

Tres editoriales diferentes se interesaron en mi obra pero al final el proyecto no se llevó a cabo.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

PRÓLOGO.

 

    El lugar era perfecto. La cuneta de una carretera oscura y solitaria, la pronunciada caída, la maleza espesa del fondo del barranco... Tardarían mucho tiempo en encontrarla. Abrió el maletero y, haciendo un gran esfuerzo, extrajo el bulto envuelto en plástico. Parecía imposible que un cuerpo tan pequeño pudiese pesar tanto. Intentó arrastrarlo pero no encontró ningún lugar por donde sujetarlo. El sudor de sus manos hacía que se resbalase. Con un fuerte tirón, lo hizo girar sobre el asfalto para liberarlo del envoltorio que lo cubría. Se agachó y la sujetó por debajo de los brazos, intentando no fijarse en la sangre, en las terribles heridas... Tiró con fuerza y consiguió mover el cuerpo, unos centímetros cada vez.
    Una luz iluminó la escena. Se oía el ronroneo lejano de un motor. Algo se acercaba. Se esforzó aún más en arrastrar el cadáver, hasta interponer el coche entre el otro vehículo y la carretera. Se agachó y contuvo la respiración mientras la brillante luz se hacía más potente. Le pareció que reducía la velocidad y rogó en silencio por que no se detuviera. El coche pasó a su lado lentamente, la luz se deslizó sobre el cuerpo de la chica revelando los cortes, las mutilaciones... Cerró los ojos con fuerza. Quería olvidarlo, no volver a verlo. El ruido del motor pasó de largo y se perdió en la distancia. Se mantuvo con los ojos cerrados, intentando borrar de su memoria las imágenes que asaltaban su mente, haciéndole daño: sus ojos brillantes, su sonrisa ilusionada, su dulzura... Se levantó, luchando por contener las lágrimas. Debía acabar con aquello cuanto antes. No serviría de nada torturarse. Ya estaba hecho y no había marcha atrás.
    Volvió a tirar del cuerpo, lo acercó al borde y lo empujó. Cayó durante un tiempo infinito, como si el viento intentase conservarlo en el aire. Se forzó a observarlo hasta que desapareció en la oscuridad, intentando asegurarse de que no sería visible desde la carretera.  Ya estaba hecho. Ahora debía olvidar los remordimientos, borrar los recuerdos de los gritos, de la sangre, de la blandura del cuerpo y la dureza del hueso. Había hecho lo que debía y no tenía por que arrepentirse. Ese sacrificio había cumplido su cometido, le había proporcionado algo de tiempo, una oportunidad de redención. Y le había hecho sentir en paz, algo que, hasta esa noche, había creído vedado para siempre.
 
I. LA CONEXIÓN.

 

CAPÍTULO UNO.

Aparcó en el arcén y esperó unos segundos, con las manos aferrando con fuerza el volante. Natalia intentó calmar los acelerados latidos de su corazón. Los coches oficiales aparcados al borde de la carretera le indicaban que había llegado. Aquella era la primera escena del crimen a la que era asignada como forense y quería hacerlo bien. Necesitaba hacerlo bien. Observó las luces que llegaban hasta la carretera, colándose entre los árboles. Allá abajo debía estar situado el cordón policial. La ladera que llevaba hasta allí parecía muy empinada y las ramas bajas impedían divisar un camino practicable. Se bajó del coche y se acercó hasta la cuneta. No existía un camino, sólo una cuesta resbaladiza debido a la incesante lluvia.
    Recogió su maletín y, maldiciéndose por haberse puesto aquellos zapatos de tacón alto, empezó a bajar la pendiente. Los árboles, tristes y enfermizos con aquella luz, estaban muy juntos y le hacían difícil avanzar, pero permitían que fuese apoyándose en los troncos para evitar que cayese rodando. El bosque aparecía cubierto por una espesa niebla que convertía el paisaje en algo difuso, como si fantasmas plateados danzasen entre las ramas bajas. El aire estaba tan saturado de humedad que parecía inundar su boca con cada respiración. Olía a tierra mojada, a hojas podridas, a lugares oscuros... Casi parecía que estuviese andando sobre un colchón blando, formado por el barro y las hojas muertas acumuladas allí durante años. Esa sensación bajo sus pies le trajo a la memoria la textura de la carne de los cadáveres en descomposición, haciéndole sentir enferma.
    Los árboles fueron dispersándose, dando paso a un claro en el que un grupo de agentes se movía rápida pero ordenadamente. A pesar de la actividad reinante su mirada se clavó en el bulto que yacía en el suelo, cubierto por un impermeable amarillo que la lluvia había pegado al cuerpo, dibujando con claridad cada contorno. Sintió que su pulso se aceleraba de nuevo. Era tan pequeño...
    Se acercó, saludando con la cabeza, hasta quedar a unos metros. Allí, dos hombres tomaban notas. Natalia les observó durante unos segundos, absortos cada uno en su propio trabajo, sin consultarse ni dirigirse una palabra. Uno de ellos levantó la vista de lo que escribía y se aproximó a ella. Cuando estuvo más cerca Natalia lo reconoció. Carlos Vega, uno de los inspectores de homicidios con más experiencia de la central. Ella se irguió, adoptando su pose más profesional. ¿No podía haberle tocado trabajar con alguien que no fuese a darse cuenta del más mínimo error que ella pudiese cometer? Él se quitó los guantes, los guardó en un bolsillo de su desgastado abrigo, e intentó sin éxito apartarse unos humedecidos mechones de pelo negro que le caían desordenados sobre la frente.
    - Buenas noches. Soy Natalia Egaña, la forense asignada al caso- saludó ella.
    - Buenas noches- contestó él-. ¿Podría decirme dónde está el doctor Salazar? Llamé a la central pidiendo que le enviarán a él.
    - Lo sé pero estaba ocupado. No se preocupe, podré encargarme yo.
    Él la miró durante unos segundos, se encogió de hombros y se giró para caminar hacia el borde del claro.
    - Está bien. Tendré que conformarme con lo que haya.
    Natalia le siguió, dolida. Era verdad que no tenía experiencia en la investigación de la escena del crimen y que se sentía nerviosa, pero contaba con los conocimientos necesarios para ese trabajo y él no tenía derecho a prejuzgarla de esa manera.
    - No se preocupe. Le prometo que mi trabajo será tan profesional que, en caso de que se cometa algún fallo en esta investigación, éste sólo podrá ser debido a su ineptitud- le dijo, recalcando las dos últimas palabras-. ¿Qué han encontrado?
    Él se giró hacia ella, con el ceño fruncido. Natalia le mantuvo la mirada, retándole a que la contestase pero él no dijo nada. Siguió caminando hasta llegar al lado de uno de los agentes.
    - Perdona, ¿podrías ir con algún compañero a acordonar esa zona?
Carlos señaló una campa situada varios metros más arriba de donde se encontraba el cuerpo. Por las luces de los coches que la iluminaban de vez en cuando, debía haber una carretera muy cerca.
- ¿Para qué les ha mandado ahí?- insistió Natalia, colocándose a su lado.
- Es imposible que el asesino bajase el cadáver hasta aquí por donde hemos llegado nosotros. Y también sería muy difícil haberla obligado a bajar si aun seguía viva, a no ser que lo haya hecho un grupo, lo cual no me convence. Por eso creo que, dado lo apartado de este lugar, el asesino debió llegar hasta aquí con ella en coche, paró durante unos instantes en ese lugar y la arrojó desde ahí- Carlos fue señalando los diferentes sitios de los que hablaba-. Además, por la disposición de sus miembros es fácil deducir que el cuerpo cayó desde una altura, aunque por el resto de sus lesiones creo que ya estaba muerta para entonces. ¿Alguna pregunta más?
Natalia negó con la cabeza, sintiéndose incomoda. ¿Qué había sido aquello? ¿Una lección magistral para la “novata”? Ella ni siquiera había tenido la oportunidad de ver el cuerpo pero él le hablaba como si ella ya hubiese tenido que deducirlo. Se separó un par de pasos de él, dirigiéndose de nuevo hacia el centro del claro. Roberto, el compañero de Carlos, seguía escribiendo en su libreta. Al oír sus pasos acercándose, levantó un segundo la mirada para volver a bajarla instantáneamente sin saludarla. Natalia le observó, molesta. Había oído hablar mucho de él en la central, y casi nada bueno. Pertenecía a la elite de la academia, el número uno de su promoción, una especie de superagente del FBI. Incluso lo parecía: impecables trajes grises de marca, joven, alto, guapo... Hasta lucía un perfecto hoyito en la barbilla. Natalia intentó ignorar la sensación inicial de aversión que él le producía y se acercó al cuerpo, sintiéndose al instante golpeada por el hedor de la carne corrompida. Levantó el impermeable por una esquina. La imagen la sobrecogió, produciéndole una intensa sensación de mareo, como si su cerebro quisiera desconectar para ignorar aquel horror. Respiró con fuerza y se obligó a controlarse. Era una profesional, ya había visto otros cadáveres. Comportándose maquinalmente, realizó a toda velocidad los procedimientos establecidos para certificar la muerte y volvió a bajar el impermeable, como si con ello pudiese conseguir que no estuviese allí. Levantó la vista y se encontró con la mirada de Roberto. Seguro que había estado evaluándola y que su primera reacción no le había pasado inadvertida. Ella se incorporó, esquivando sus ojos para escribir en la libreta.
- ¿ El impermeable puede pertenecer al asesino?
- No, es de uno de los dos cazadores que la encontraron- contestó Roberto, riendo entre dientes-. Al muy estúpido le dio pena dejar a la chica así y la tapó antes de ir a llamarnos.
Natalia sintió ganas de preguntarle que tenía de graciosa la compasión, pero prefirió dejarlo estar. Se alejó del cadáver y se encaminó hacia Carlos, para informarle de que ya se podía proceder al levantamiento del cuerpo. Después caminó unos pasos, salió de la zona acordonada y empezó a anotar sus primeras impresiones. Levantó la cabeza y echó de nuevo una mirada en derredor, observando como los potentes focos rasgaban la niebla y doraban la suave lluvia. En medio de todo aquello, el impermeable amarillo reclamaba toda su atención. Le resultaba difícil concentrarse en el informe que tenía que realizar, como si su mente se negase a recordar ese cuerpo mutilado, esas cuencas vacías... Una lágrima cayó de sus ojos sobre la libreta, diluyendo la tinta. Natalia la cerró y se apoyó en el tronco de un árbol, alegrándose de que la lluvia, que seguía cayendo imparable, disimulase lo poco profesional que se sentía.

El cuerpo yacía en la mesa de autopsias, cubierto ahora por una sabana blanca. Natalia caminó alrededor, sabiendo que no podía postergar mucho más el momento. Ya había preparado todo su instrumental de manera minuciosa, intentando encontrar tranquilidad y fuerza en aquel ritual conocido, pero seguía sintiéndose incomoda, fuera de lugar. Se dirigió al lavabo situado en una esquina de la habitación y se lavó las manos. El pequeño espejo le devolvió su imagen. Parecía la misma Natalia de todos los días pero ella se dio cuenta de que no era así. Su piel estaba más pálida y en sus ojos grises, que normalmente mostraban una mirada confiada, brillaba el miedo.
- Estás aterrada- le dijo a su reflejo mientras se recogía la larga cabellera castaña en un moño-. Tienes que conseguir controlarte. Es sólo trabajo.
Volvió a situarse frente a la mesa. Debía tratar de encontrarle la parte positiva a todo aquello. Se trataba de un gran caso, el asesinato violento de una adolescente. No era algo que se produjese con mucha frecuencia en Vizcaya y, desde luego, era aún más excepcional que se lo hubiesen asignado a una forense que acababa de ingresar en la Ertzantza y que aún tenía todo por demostrar. Eso significaba que confiaban en ella, que su currículum les había impresionado. Y, si conseguía hacer bien ese trabajo, si conseguía aportar pistas relevantes para la resolución del caso, eso podría llevarla aún más alto: un ascenso fulgurante, una brillante carrera... Era por aquello por lo que llevaba luchando toda su vida. Sintiéndose más segura, destapó el cuerpo para verse de nuevo golpeada por el horror, por la incredulidad, por los deseos de vengarse de quien hubiese cometido esas atrocidades con aquella niña. Se apoyó un momento en la mesa con los ojos cerrados. Debía ser profesional. Hacer bien su trabajo era la manera más eficaz de vengarse, de conseguir que aquel monstruo pagase por lo que había hecho. Volvió a abrir los ojos, forzándose a dejar los sentimientos a un lado. Después de todo, llevaba toda la vida haciéndolo.

Horas después, llamó a la sección de homicidios y avisó que ya tenía los resultados. Mientras esperaba a que uno de los inspectores bajase a verla, se sentó a repasar el informe que había preparado. La puerta se abrió unos minutos después y Carlos entró en el despacho. Natalia levantó la vista pero él no la saludó. Se limitó a quedarse parado de pie, mirándola. Ella se sintió incomoda con esa mirada. Le pareció que él la evaluaba tal y como lo habría hecho con la camarera del otro lado de la barra a la que planeaba ligarse. Decidió evaluarle también: pelo moreno que le caía alborotado sobre la frente, ojos verdes brillantes, rasgos marcados. Podría haberle resultado atractivo si no fuese por su aspecto descuidado y por que debía rondar los cuarenta años. El no pareció incomodo con el examen así que ella cerró con fuerza la carpeta y le clavó una mirada enfadada:
-¿Y bien? ¿Piensa quedarse ahí sin preguntar nada? ¿No tiene ninguna duda?
    - Sí, tengo una... ¿Cómo consigue usted parecer el ser más frío de esta habitación si todos los demás están muertos?- preguntó Carlos con una sonrisa.
    - Encantador. ¿Conquista usted muchas mujeres con ese carácter tan dulce?
    - Mi carácter es muchísimo más dulce con las mujeres que me interesan. Por desgracia, esa es una faceta de mí que usted nunca descubrirá- Natalia le miró sarcásticamente durante unos segundos, dejando traslucir el poquísimo interés que las facetas de personalidad de Carlos le provocaban-. Bueno, dejémonos de bobadas. Tenemos que trabajar juntos, así que intentemos no matarnos. ¿Qué ha descubierto?
    - Está bien, Bianca Rodríguez, catorce años, hembra de raza blanca... - comenzó a recitar ella.
    - Eso lo sabe toda Vizcaya a estas horas, lo he oído hasta en la tele... ¿Algo que sólo usted sepa?
    - Había dicho que íbamos a intentar llevarnos bien- dijo ella, levantando la vista del informe-. La causa de la muerte es una puñalada en el corazón que seccionó la arteria coronaria derecha. También presenta amputación de las dos manos, extirpación de los globos oculares y tres hematomas en el occipital...
    - ¿En el qué? Oiga, si quisiera palabras técnicas, leería su informe. He venido aquí para que me lo explique.
    - Bien, no se enfade. Pensé que me estaba entendiendo- Natalia esbozó una sonrisa. Ahora estaba en su terreno, le haría pagar por la lección de la noche anterior-. Bianca recibió tres golpes en la nuca, seguramente con el objetivo de dejarla inconsciente y poder trasladarla. El asesino le clavó un cuchillo de unos quince centímetros de largo en el corazón y le cortó las dos manos, creo que con un hacha o machete. Después le vació las cuencas oculares, supongo que con el mismo cuchillo con el que la asesinó, ya que he encontrado gran cantidad de muescas muy profundas en las orbitas supraoculares, lo que señala que la extirpación no fue realizada con un instrumento de precisión. Ni el cuchillo ni el hacha han sido encontrados, lo mismo que los ojos y las manos.
    - ¿Grupo sanguíneo del asesino? ¿Restos de semen?- siguió preguntando él.
    - Nada de eso. Por el estado de descomposición del cuerpo podemos deducir que llevaba muerta unas tres semanas, expuesta a los elementos y a los animales salvajes. La verdad es que, si el asesino dejó alguna pista, se ha esfumado todo... Sólo hemos encontrado sangre del grupo A positivo, que es el de Bianca. En cuanto a los restos de semen, no la violó. Ni siquiera creo que lo intentara.
    - ¿No la violó?- preguntó Carlos, incrédulo- Mierda, estaba convencido de que el móvil era sexual. ¿Algún otro dato?
    - Por ahora, no... Ni huellas, ni trozos de piel, pelo o tejidos, nada... Pero seguiré estudiándolo. Si encuentro algo más, se lo notificaré de inmediato.
    - Bien, en cuanto pueda, envíeme una copia del informe preliminar a mi despacho. Gracias.
    Carlos se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Natalia miró incrédula como él se alejaba. ¿Eso era todo lo que él quería escuchar? Aquello se lo podría haber contado cualquier estudiante de Medicina, sin ser demasiado brillante. Ella tenía mucho más que aportar y la prepotencia de Carlos no iba a impedírselo.
    - ¿Es qué no va a preguntarme qué pienso del asesino?
    - Hombre, pues supongo que no le caerá a usted muy simpático, como a todos- contestó Carlos, dándose la vuelta.
    - No sea imbécil. Me refiero a si no se va a interesar por las conclusiones que he podido sacar sobre nuestro hombre mientras hacía la autopsia.
    - ¿"Nuestro hombre"?- Carlos se acercó hasta situarse a pocos centímetros de ella- Creo que no le han explicado bien las funciones de cada cual en esto. Yo investigo, yo saco conclusiones, yo busco a "mi hombre". Comprendo que usted, al ser nueva, no tiene todavía muy claro su trabajo. Se lo explicaré. Usted sólo está asignada al caso para certificar la muerte de la víctima, hacer algunas observaciones en la escena del crimen y después venir aquí a realizar la autopsia y preparar un informe para que los investigadores podamos trabajar. Se lo voy a decir aún más claro: usted destripa y apunta. ¿Lo entiende?
    - No, no lo entiendo... Tengo un master en psicología forense y puedo hacer más cosas que destripar y apuntar. Puedo decirle cómo piensa ese tipo, cuáles son sus motivaciones, cómo volverá a atacar…- insistió ella, sintiendo que su ira crecía a cada segundo.
    - ¿Y de dónde saca usted qué volverá a atacar?- preguntó él, fingiéndose interesado.
    - Los asesinos en serie no pueden detenerse, así que...
    - Pues un solo asesinato no es una serie muy larga que digamos- le cortó él, lanzándole otra de sus odiosas sonrisitas irónicas.
    - Si me escuchara, vería que tengo razón en lo que digo- insistió ella.
    - No. Llevo diez minutos escuchándola y lo que veo es a una novata que quiere tener entre sus manos a un Jack el destripador para resolverlo solita y ascender muy rápido pero que lo único que va a conseguir es complicarme la vida. Además, si necesitará conclusiones sobre la personalidad de ese tipo, me dirigiría al departamento de psicología forense. Está en esta misma planta pero tengo una mala noticia para usted: no le han  asignado a él, así que haga el favor de concentrarse en su trabajo y dejar que los profesionales de verdad hagamos el nuestro.
    Carlos volvió a sonreír, le dijo adiós con la cabeza y se dirigió a la puerta. Natalia sintió que la vergüenza y la ira hacían enrojecer sus mejillas. ¿Quién se había creído que era para juzgarla de aquella manera? Ella era una gran profesional, dominaba su trabajo y podía ayudar a resolver aquella investigación. E iba a demostrárselo, le gustase a él o no.
    - ¿Acaso tiene miedo de que una mujer pueda superarle?
    Carlos se giró de nuevo y volvió a colocarse a pocos centímetros de ella. Natalia se irguió aún más, tratando de demostrarle que no iba a asustarse por él.
    - No sé como tengo que explicárselo para que le quede claro. No tengo miedo de que nadie me supere, sea hombre o mujer. Sólo quiero hacer mi trabajo sin tener que cuidar de que alguien me meta en problemas y menos que nadie usted, que ni siquiera me cae bien. ¿Lo entiende ahora?
    - Sí, lo entiendo. Hagamos un trato. Usted me deja que le ayude con el caso...
- ¡Que no, joder! ¿Es que no hablamos el mismo idioma? Además, yo ya tengo un compañero. ¿Por qué no va a molestarle a él?
- Lo pensé pero Roberto me cae incluso peor que usted- contestó ella-. Y sospecho que a usted tampoco le gusta.
Él se quedó callado unos segundos, mirándola sorprendido. Natalia se alegró de haber acertado en sus reflexiones. Había estado observando como trabajaban la noche anterior y le había parecido bastante claro que el hecho de que los dos investigadores asignados al caso no se dirigiesen la palabra no debía ser el procedimiento habitual. Decidió aprovechar ese silencio para continuar insistiendo.
    - Escúcheme, yo no le caigo bien, ¿verdad? Pues le estoy dando la oportunidad de librarse de mí. Yo le ayudo con el caso y, según usted, meteré la pata y le causaré problemas, ¿no?
    - De eso no tengo ninguna duda. Siga, lo de librarme de usted me interesa- Carlos sonrió de nuevo. Esta vez su sonrisa le pareció sincera así que se la devolvió.
    - Bien, en la primera ocasión en que yo interfiera en sus investigaciones o le cause un problema, por pequeño que parezca, solicitaré mi traslado a otro centro.
    - ¿Y si no acepto?
    - Me tendrá aquí para siempre, me ofrezcan el puesto que me ofrezcan. Puedo ser su peor pesadilla.
    Carlos resopló, dirigió su mirada al techo con expresión desesperada y murmuró "mujeres". Después la miró y sonrió de nuevo.
    - Está bien. Le doy una oportunidad, pero sólo una. ¿Qué piensa del asesino?
    Natalia intentó controlar su alegría mientras pensaba que quizá no era tan desagradable como le había parecido en un primer momento. Chocó su mano con la de él para cerrar el trato y contestó:
    - Que no me cae muy simpático, como a todos.
 

 

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