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Noventa y seis horas

Noventa y seis horas

06-02-2014

Libros publicados por editoriales novela

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La hija de Alicia, una chica de 21 años estudiante de derecho, sufre una grave enfermedad para la que solo existe una solución: el trasplante de los órganos del aparato digestivo. La mujer lleva años observando con impotencia y desesperación cómo se apaga la vida de su hija sin más posibilidad que la de esperar el anuncio de la existencia de un donante.

Pilar, una mujer jubilada, se dispone a pasar el puente del 1 de mayo realizando algunas de las cosas que han ido quedando relegadas desde que dedica gran parte de su tiempo al cuidado de sus nietas. Su hijo se las ha llevado a la playa a pasar los cuatro días de fiesta, pero un trágico accidente cambiará por completo sus vidas. Pilar se enfrentará entonces a una situación que nunca habría imaginado y que la unirá de forma inevitable a Alicia sin llegar jamás a conocerse. Ambas mujeres vivirán unas circunstancias totalmente opuestas inmersas en la parte más íntima y desgarradora de sus sentimientos.

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Primer capítulo

1

   Alicia se removió en la butaca intentando encontrar una postura que le permitiera seguir durmiendo, pero no lo consiguió. Colocó la almohada de forma que la espuma amortiguara la presión del reposabrazos en la espalda, pero ni siquiera de esa manera pudo conciliar el sueño. Con el cuerpo entumecido y dolorido, decidió abandonar la idea inicial de descansar unos minutos más y se incorporó en el escaso espacio del que disponía entre la butaca, en la que había pasado la noche, y la cama donde tan solo hacía unas horas su hija había logrado quedarse dormida. Ver que Ester respiraba de forma regular y pausada, la tranquilizó.

—Buenos días —oyó susurrar a la madre de la joven que esos días compartía habitación con su hija.

—Buenos días, Gloria.

—¿Cómo está? —preguntó acercándose a la cama de Ester.

—Mejor, por fin se ha quedado dormida.

—Me alegro, así pasará mejor el día.

—Eso espero. ¡Vaya noche hemos pasado!, lo siento por vosotras.

—No te preocupes, al final pude dormirme y apenas os he oído. Y Laura, ya ves —señaló a su hija con la cabeza—; cuando se duerme, no hay quien la despierte.

—Me alegro. A ver si esta tarde podemos celebrar su cumpleaños.

Gloria asintió con la cabeza.

—Nunca hubiera pensado que celebraría los veinte años de mi hija en un hospital.

—Desde luego. Ester los cumple a finales del mes que viene y te aseguro que espero estar fuera.

—¡Ojalá!

Alicia notó que se le humedecían los ojos.

—Bueno —consiguió decir—, ¿te importa si voy un momento a la máquina a buscar un café?

—No, no; ve tranquila.

—¿Te traigo alguna cosa?

—No hace falta, gracias, cuando se despierte Laura bajaré a desayunar. Vete y no corras; si Ester se despierta, te llamo.

—Gracias.

   Comprobando de nuevo que su hija dormía, Alicia cogió el bolso, salió de la habitación y recorrió el pasillo que conducía a la sala de espera. Caminó despacio, agradeciendo la tranquilidad y el silencio que todavía perduraba de la noche. En unas horas, médicos, enfermeras y auxiliares volverían a llenar de ruido no solo los pasillos, sino cada uno de los rincones de la planta. Cuando llegó a la máquina expendedora de bebidas calientes, Alicia sacó un pequeño monedero del bolso, buscó hasta reunir varias monedas y las introdujo en la ranura. Después de pensarlo unos segundos, eligió un café cortado con azúcar. Sin apartar la vista del vaso de plástico, observó cómo se llenaba primero de leche y después cómo esta se teñía de color marrón. Lo recogió y, notando que el olor del café la reconfortaba, se sentó cerca de la ventana. Mientras revolvía el azúcar con la cucharilla de plástico, contempló los edificios de la cuidad. A esa hora, la mayoría de las persianas estaban todavía bajadas. Entonces dejó que las lágrimas recorrieran sus mejillas.

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