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CUENTOS REFLEXIVOS

CUENTOS REFLEXIVOS

01-02-2014

Juvenil/Infantil cuento o relato

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~~El asno y el zorro
Nunca se debe sentir uno superior a nadie y tampoco, menospreciar a las personas que consideres inferior a ti.  Además, el que hace esa bajeza, como persona deja mucho que desear. También se puede llevar alguna sorpresa que otra, por que seguro que no lo será en todas la fases del ser humano y le pase lo que a Serafín.

El deseo, 
Es lo más gratificante para un ser humano, conseguir sus deseos. Aunque hay muchas veces que se deben dejar a un lado, por que hay otras prioridades que son más necesarias y eso hay que tenerlo muy claro en la vida.

El paraíso perdido
En este cuento trato de explicar, la valentía de unos jóvenes que se quedan huérfanos, y su gran lucha por salir adelante. También sobre  vivir en libertad y el medio ambiente.

El pequeño lince

En este cuento trato sobre el medio ambiente y los animales en vía de extinción. También sobre los políticos que hablan mucho de arreglar el problema del medio ambiente, pero que al final, todo queda en eso, en palabras. Por que cada vez hay más animales con problemas y el medio ambiente cada vez más deteriorado

Las tres ranitas.
Tres ranitas, que para poder sobrevivir,  emigran  buscando un mundo mejor.
 
El gato Pancho y su amigo Tomás.
Las aventuras de dos simpáticos

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

~~El asno y el zorro
 

 


Había una vez en un bosque un asno que se llamaba Bonifacio y un zorro que se llamaba Serafín. El zorro siempre se burlaba de la tosca inteligencia del asno.
—Especies tan toscas como la tuya no tendrían que existir, por que eso daña la imagen de  animales como nosotros.
—Mi padre, que era un asno listo y bueno, solía decir siempre que tenía que haber de todo en el mundo (gente buena, gente mala, gente lista, gente menos lista, en fin, de todo), pero que todos éramos hijos del gran creador y que todos teníamos los mismos derechos, a la hora de pasar por la vida.
—Tu padre era un tosco y tú eres tosco y medio, ¡ja, ja, ja! Listo tu padre, no me hagas reír, Bonifacio, que me duelen los dientes.
—Serafín, tú con esa arrogancia, ¿a qué le llamas ser listo?
— Pues que haga lo que haga, lo puedo hacer mejor y más rápido que tú.
—Si tan superior te crees a mí, hagamos una apuesta y el que la gane entonces podrá decir, con certeza, que es más listo.
—Bonifacio, no quiero abusar de ti, porque en el fondo, muy en el fondo de mi corazón, te quiero. Tú sabes de sobra que cualquier cosa que digas, por muy rara que sea, la puedo hacer mejor y más rápido que tú.
—Entonces no lo pensemos más y hagamos la apuesta; si tan seguro estás de que me puedes ganar, no creo que pongas ningún impedimento.
— ¿Y se puede saber, Bonifacio, qué tienes en tú tosca mente, que piensa (aunque poco), que en algo me puedes ganar?
—Un viaje.
  —Un viaje, ¡ja, ja, ja! ¡Piensas ganarme en un viaje!, no me hagas reír, que me duelen los dientes, ¡ja, ja, ja! Hacía tiempo que no me divertía tanto, Bonifacio. Tú además de ser tosco, veo que eres tonto, ¡ja, ja, ja!
— Sí, sí, un viaje (veo que te hace mucha gracia), y el que llegue primero al sitio elegido por los dos, será él que habrá ganado la apuesta. Y entonces a partir de ese momento, será el que podrá decir con certeza, quién de los dos es el más listo.
— ¿Y  a  donde quiere ir usted de viaje, señor listo?
—A donde tú digas, te doy el privilegio de elegir el recorrido. A  mí me da igual, te ganaré de todas formas, hagas lo que hagas y vayas como vayas y a donde vayas.
—Qué te parece si la apuesta, es ir al pueblo más cercano.
— ¿Cuántos kilómetros hay hasta el pueblo más cercano que dices? — preguntaba el zorro, ya un poco más serio.
—Cincuenta kilómetros, más o menos, hasta la puerta de la iglesia –le contestaba Bonifacio.
— No me hagas reír, Bonifacio, a ese pueblo llego antes que tú, por lo menos una hora.
—Cuando quieras podemos comenzar el viaje, Serafín.
—Después y cuando te haya ganado, no te enfadaras si te digo tosco, lento y lo que me venga en gana.
—No me enfadaré, pero si gano yo, te diré lo mismo y entonces tú, me tendrás que aguantar y respetar.
—No me hagas reír, Bonifacio, ¿piensas siquiera por un segundo, en que me puedes ganar?
—Tú has escuchado lo que te he dicho.
  Sí, si me ganaras, que eso es imposible, aceptaré lo que me digas, ¡ja, ja, ja!
—Tendremos que traer testigos de prestigio, para que verifiquen quién de los dos gana la apuesta.
—Por mí no te preocupes, Bonifacio, puedes traer a todos los habitantes del bosque.
—No hace falta que vengan todos, sólo los de mas prestigio.
— ¿Y a quién piensas llamar?
—Llamaré al lobo Amaro, al oso Blaco y al búho Creco.
—Por mí los puedes traer, aunque en eso del prestigio, hay otros que para mí son más.
—Si no estas de acuerdo, puedes traer tú a los que consideres de más prestigio.
—Es igual, que vengan los que tú has dicho, al fin y al cabo, siempre será mejor que verifiquen tu derrota tus propios amigos.
Los tres invitados fueron puestos al corriente de la disputa, y los tres aceptaron ser los jueces de la misma.
—El que llegue primero a la puerta de la iglesia será el ganador, y no importa el camino que se elija, podréis elegir el que ustedes consideréis mejor. ¿Estáis los dos de acuerdo, en que así sea? —les preguntaba, el búho Greco.
Los dos aceptaron las condiciones y quedaron para salir al día siguiente, a las ocho de la mañana. Media hora antes de comenzar la carrera, Serafín hacía flexiones, enseñando sus ágiles patas, y Bonifacio en cambio llegaba diez minutos antes de la carrera, con su lento caminar.
— ¿Estáis de acuerdo en cumplir todas las normas que hemos nombrado? —les decía el lobo Amaro.
  Los dos estuvieron de acuerdo y cuando el oso Blaco bajo la mano, comenzó la disputa. Serafín salió como un rayo, seguido por un lento Bonifacio. Cuando llevaban media hora de carrera, Serafín había perdido a Bonifacio y este miraba desde lo alto de un cerro, a ver si lo divisaba. Serafín se echó a reír, cuando a lo lejos vio a Bonifacio que, con su lento caminar, iba subiendo el cerro.
—Adiós súper lento, en la puerta de la iglesia te espero —le dijo Serafín y salió corriendo.
  Cuando faltaban diez kilómetros para llegar al pueblo, Serafín se encontró con un serio obstáculo. Se trataba de un río de unas dimensiones muy grandes. Para poder llegar al pueblo había que atravesarlo, y Serafín no sabía nadar. Este, desesperado, daba vueltas intentando buscar un lugar para cruzarlo, pero si no era nadando, no había ningún sitio por donde hacerlo. Bonifacio, con su lento caminar, se acercó al río y bajo la mirada de Serafín, que se había escondido tras unos matorrales, se echó al agua y en un santiamén, estuvo en el otro lado. El búho Creco (que iba vigilando a los dos contendientes) vio a Serafín que, con mucha impotencia y desesperación, intentaba cruzar el río.
— ¿Qué te pasa Serafín, que estás tan nervioso? —le preguntó el búho Creco.
   Éste no lo esperaba y se llevó un gran susto.
—Es que no sé nadar y me ganará Bonifacio, y eso me pone el cuerpo Malo.
   En ese momento llegaban el lobo Amaro y el oso Blaco.
— ¿Pero con lo tosco que es Bonifacio, cómo ha podido cruzar el río y tú, con lo listo que siempre has dicho que eres, estas en este lado todavía?—le preguntaba el lobo Amaro.
—La verdad, señores, es que el que ahora esta siendo tosco soy yo.
—Que esto te sirva de lección, muchacho, y nunca menosprecies a nadie, por muy superior que te creas —le aconsejaba el oso Blaco.
—Siempre hay alguien que sabe más que uno, por muy listo que uno se crea —le aconsejaba el búho Greco.
—Nunca te burles de los que, por desgracia, no han tenido la suerte que tú, porque la inteligencia se hereda, pero el saber no, y siempre puede haber alguien, que no teniendo la inteligencia que tú, puede saber cosas que tú no sabes –le aconsejaba el lobo Amaro.
 —Que sirva de lección lo de Bonifacio. Ya ves, Serafín, que de todo tiene que haber, según el creador. Si tú eres un Serafín, por que has tenido esa suerte, ayuda a los Bonifacios y nunca te creas superior a ellos, sino con más suerte.

 


 


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