Descarga gratis 10 libros

y consigue premios y promociones exclusivas

Regístrate

Comienza a leer

Iniciar sesión con Entreescritores

¿Has olvidado tu clave?

Crear una cuenta nueva

Libros publicados

HISTORIAS REALES DE UN MUNDO ABSURDO

HISTORIAS REALES DE UN MUNDO ABSURDO

13-01-2014

Humor cuento o relato

  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella vacía
  • Estrella vacía
29
  • Estrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  1
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vacia  4
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vacia  2
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llena  22

"Historias reales de un mundo absurdo" cuenta las vivencias, hazañas y peripecias de Dani Gancho, un artista de la ciudad de Barcelona. Historias muchas de ellas inverosímiles, tan absurdas que a veces cuesta creer que puedan ser 100% reales, explicadas por el propio artista de la forma más jocosa y desenfadada que se pueda uno imaginar. Lleno de referencias a personajes y series de los ’80 y ’90, insultos que nunca debieron existir, palabras inventadas, situaciones límite, personajes dantescos y todo tipo de escabrosidades a lo largo de 14 capítulos con fotos tomadas en el lugar y, algunas de ellas, en el momento justo en que los hechos sucedieron. Un libro con el que, si no te ríes, es porque nunca fuiste joven; y eso es imposible.

 

ENTREVISTAS:

Publicarme sería un reto para las editoriales porque vivimos en un mundo donde las formas lo son todo.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

1 RECUERDOS DE LA MALA SUERTE:

 

Todo comenzó un 3 de Junio. Llevaba algo más de un año trabajando de recepcionista nocturno en un hotel en el centro de Barcelona, cerca de Las Ramblas. Mi situación en el espacio-tiempo era tan poco destacable que decidí dejar de fumar por tener algo encomiable que relatar a mis salamandras.

Sí, tengo 2 salamandras; se llaman Fifí Caprichosa y Camacho Mendoza, y comen bichos.

Llevaba ya tiempo dándole vueltas al asunto ya que cada vez fumaba menos e incluso podía pasar días sin hacerlo, pero algunos otros factores influyeron en mi determinación, como el hecho de que mi compañero de curro, El Pumi, fumaba como un soberano hijo de perra empedernido, lo cual acrecentó mi rechazo.

Otro factor decisivo fue que una noche tonta de taja me dieron un sopapo en la nariz que me puso el patatofen como un calabacín obeso, mientras paralelamente los dos colegas con los que salí de fiesta aquel día se discutieron a destajo para nunca más volver.

Fue sin duda una de esas noches que empiezan muy bien, pero que acaban dejándote cierto regusto a PURA MIERDA en el paladar.

Una de las peores cosas que tiene dejar de fumar, cuando tu adolorida nariz vuelve a un tamaño normal después de una semana, es que la gente con la que te estás tomando una birra se fuma un cigarro to a gusto y te echa el humo en la cara (sin querer, dicen) lo cual te provoca querer asesinar a guantazos a quien se te ponga por delante.

Surfeando la falta de nicotina noche tras noche en la recepción del hotel, y con esa especial demacración que sólo el dormir mal cada día durante más de 1 año puede darte, por fin llegaron mis merecidas vacaciones.

Necesitado de relax y paz en mi coraçao, contacté con un muy amable colega húngaro (David Kemeny) y le pregunté si iba a estar por Budapest en unas fechas concretas. El colega me dijo que parte de esos días casualmente iba a estar por Barcelona, pero que si quería ir a Budapest, él podía prestarme las llaves de su piso en la capital húngara y que allí nos encontraríamos, nos pegaríamos la fiesta, y que sin problema me echaría todo el humo en la cara que fuese menester.

Así lo hicimos. Unos días antes de marchar, nos vimos en Barcelona, nos echamos unas risas y me dio las llaves  de su piso para mi particular deleite (deleites tales como confundir salsa de tomate con salsa agridulce y tener que comerme el plato de pasta más asqueroso de la historia).

Tras mi estancia en Budapest puedo asegurar que el húngaro es, de todo cuanto he podido escuchar hasta la fecha, lo más parecido a un idioma alienígena. No se entiende un puto pijo ni queriendo.

Mis vuelos de ida fueron Barcelona-París, París-Budapest, haciendo una premeditada noche en París para ver las cuatro chorradas que tienen los gabachos allí montadas.

Aquella planificación tan magnífica fue a la postre un grave error, pues tras levantarme a las cuatro de la mañana y vagabundear todo el día por París hecho caldo, al llegar al hostal que reservé tuve que discutirme con la recepcionista del establecimiento básicamente porque era, como el 99% de los franceses, una auténtica soplapollas de mierda.

Tree Ducks, la puta mierda más grande de todo París. Un pub con un patio destroyer y unas calamitosas camas alrededor, aderezadas con pelo ajeno y unas chinches del tamaño de un Lacasito. Aquel antro era tan sólo aconsejable si ibas con muchas ganas de dormir de día e intentar follar de noche, un follar por cortesía, como los Latin Lovers. Aquella gente decía que las habitaciones tenían literas, pero eso era ser demasiado optimista, pues yo no le concedería a esa mierda ni la categoría de “camastro”. Siendo sinceros, el término que más se ajustaba a la realidad era el de “lecho de muerte”.

Tras dormir una media hora muy incómoda, me fui al aeropuerto y conseguí llegar a Budapest.

Paseillo arriba, paseillo abajo, aunque el clima no era óptimo, lo estaba disfrutando.

Al tercer día de estancia decidí darme el lujo de ir a los Baños Gellert, un maravilloso spa que, según había visto en un documental, era un lujoso Aquópolis lleno de vistosas gachises.

El trato más antipático fue el que recibí allí, rodeado por un enigmático y embriagador olor a PEDO, y viejas, muchísimas viejas, de todas las formas y tamaños, señoras en remojo a tope.

Había algunas a las que les colgaban tanto los pellejos de debajo de los brazos que creí que una especie de ardillas voladoras habían aprendido a hablar con la intención de dominar el mundo y someter a la raza humana. Tuve miedo.

Tenía claro que me habían timado, pero intenté ser optimista a pesar del sablazo que me habían pegao por semejante zurullo. Me eché unas risas con unos italianos en una piscina agua-chirri, y luego un señor de Nueva York se me presentó, no sé exactamente con que intenciones, más allá de simplemente hacer el amor a medias conmigo.

–Hoy llega mi colega –pensé al despertarme aquel día.

No hay nada como conocer una ciudad extranjera acompañado por un autóctono. Amanecí con una sonrisa radiante dibujada en mi rostro.

Acto seguido a ese pensamiento me sonó el móvil. Era Montse, a la que me referiré como “mi señora” a pesar de que ni sea mía, ni sea una señora. Me dijo que un familiar muy cercano estaba en una situación crítica y que, sin margen de objeción alguna, debía coger un avión e irme pa Barcelona cagando leches.

¡Fantástica, esta fiesta!

Cuando llegó mi colega le dejé que estuviera muy contento durante dos minutos e inmediatamente le di la noticia:

–Sí, sí, muy bonito todo, pero esta noche me piro. Ayúdame a reservar un vuelo.

Aún con nuestros planes truncados, mi colega y yo nos fuimos de parranda aquella noche a beber Pálinka, e incluso tuvimos tiempo de ser los absolutos campeones de futbolín de toda Hungría, montando mucho escándalo y estando a punto de que nos echasen muchas veces de muchos sitios.

Borracho perdido a las seis de la mañana me metí en un avión y me presenté en Barcelona con mis necesitadas vacaciones convertidas en una seguidilla de horrendas calamidades.

Me tiré los días siguientes ayudando a aquel familiar que estaba en las últimas; poca cosa que explicar al respecto, fue ciertamente jodido. Llegué un martes, su funeral fue un lunes y dos días después volví a trabajar: las vacaciones perfectas.

Casualmente, para mayor gozo, el mismo lunes que asistí al funeral de esta persona (por la mañana), fue a su vez la última vez que vi al completo (por la tarde) a mis colegas del grupo de rock’n’roll en el que compuse, toqué el bajo y me coloqué durante más de 12 años. Nos habíamos ido a pique de la forma más tonta y, aunque de todo se aprende, aquel día me hubiera fumado peyote si me lo hubieran puesto a tiro. En lugar de ello tenía mono de nicotina y muchas ganas de palmearle la tez a alguien, si era francés, mejor que mejor.

Volví a trabajar con un panorama muchísimo peor que el de antes de irme de vacaciones, pero “espaldas anchas Daniel” (ese soy yo con el nombre que mi madre emplea para referírseme) carga con las cosas y tira palante sin excesivo aspaviento.

El día que estuve con mis colegas del grupo, Carlitos Vendrell, un tipo que es un cabrón pero que en realidad es buen pavo (ojo guiñado) se mofó del manillar de mi bici plegable porque decía, según su criterio, que estaba al revés.

Yo ya lo había pensado, pero no lo suficiente como para cambiarlo ya que, para ello, había que cambiar frenos, sacar mangos, timbre, cambio de marchas, etc..

Motivado por el cachondeiro del colega (cachondeiro-Brasil), un día me vi con ímpetu suficiente y lo cambié todo, pero por la disposición de los frenos y el cambio de marchas, el timbre quedó con el pulsador hacia fuera y en el lado opuesto.

–No hay problema– pensé. –Un hándicap menor con tal de tener el manillar de mi bici acorde con los gustos sociales.

Una noche más, salí con mi bici para ir al curro. Bajé la avenida Mistral y un gilipollas invadió el carril bici. Fui a tocar el timbre, que normalmente tocaba con la mano derecha, pero al llevar la mano derecha al manillar izquierdo y buscar el pulsador sin mirar, fallé, y el fallo me desequilibró hacia la izquierda. En un intento por no caerme, puse la mano rápidamente y con fuerza en el manillar derecho, lo cual me acabó de desestabilizar del todo e hizo que, en vez de caer sobre el mullido manto de césped que tenía a mi izquierda, me pegase un inconmensurable ostión contra uno de los postes de hierro que habían a la derecha, parando toda la velocidad de la bici con el dedo gordo del pie y, posteriormente, salir volando de forma EJEMPLAR.

?¡¡Lo tienes roto de cuajo chaval!!– me dijo el de urgencias después de haber estado trabajando toda la noche en la recepción del hotel con el dedo en estado de gangrena pura.

–Te vamos a dar una baja de un mes– me dijo.

Allí fue donde “responsabilidad Daniel” hizo acto de presencia.

–Oye, en este mes me estoy jugando un contrato indefinido. ¡Yo tengo que ir a trabajar!

–Pues no puedes andar, que te lleven en coche.

Al día siguiente con muletas y en el metro me fui a trabajar, con dos cojones.

Ir con muletas cuando estás acostumbrado a que tu peso lo sostengan tus piernas es la putada más grande que te puedas echar a la cara, solo comparable a ser calvo antes de los 25 pero tener más pelo en el pecho que Zángief.

Ir con muletas es prácticamente como andar con las manos. Tardé lo indecible en llegar al hotel esa noche, con un dolor de kilopondio. Después de aquella experiencia sentí una profunda admiración por todas esas personas anónimas que cada día salen a la calle y caminan con las manos, como los Kapoeira, los Persas o Isabel Pantoja.

Al día siguiente tiré las muletas por la ventana, le dieron una colleja a un señor gordito, me reí de él, y me fui al curro en bici con el dedo más roto que la piedra Rosetta.

Fui con buen ritmo y los cojones por encima del nivel del mar, pero llegué, y así continué haciéndolo en los días posteriores por el bien de mi contrato indefinido.

¡Pero eh! A mí, los disgustos nunca me vienen solos. ¡QUÉ VA! Los disgustos me vienen a manadas, como perricos pequeños con dientes afiladísimos que te contagian la rabia y el tifus mordiéndote los tobillos cuando vas en pijama.

Llegó el día que tenía cita en la seguridad social para sacarme dos muelas.

Con el dedo gordo del pie roto, demacrado de sueño, abandonado por la nicotina y con mi señora en pesadumbre, fui acompañado a la Seguridad Social para el despiece dental. Nunca es bueno que te saquen un piño, pero yo estaba a punto de aprender una valiosa lección tumbado en la camilla de aquel puto dentista. Lo que aprendí fue que, a veces, si no llegas a cepillarte bien las muelas del juicio, ello puede hacer que te salgan caries.

La otra valiosa lección que aprendí fue que, cuando tienes caries, si un señor se apoya encima tuyo para arrancarte con unos alicates un pedazo de muela que tienes unida al cráneo, esta puede EXPLOTAR, y ni más ni menos eso fue lo que sucedió.

Me agité más que una anguila resbalosa en un cuenco de Popitas, y agarré a ese puto dentista por la solapa dedicándole mi más enternecida mirada de “púdrete en el infierno, sucio hijo de la gran puta”. Luego, como pudieron, me sacaron la otra muela.

Mientras tanto, mi señora, que oyó el percal desde la sala de espera, pensó: “Este se lo está pasando Pipita Higuaín, disfruta como un gorrino”.

Terminado el despiece, la asistenta de ese imbécil-de-polla llamado dentista, una señora parecida a aquella que vi en los baños Gellert, me dijo: “Ala, ya te puedes ir”.

Yo llevaba un blancazo que tendrían que haberme inyectado adrenalina directamente en el corazón para conseguir que moviese tan solo una pestaña. La señora, al intuir la aflicción en mi mirada, me dijo: “Vale, vale, no te preocupes. Quédate aquí tranquilo y ahora cuando te encuentres mejor ya te mueves”, y se fue.

A LOS 30 SEGUNDOS vuelve la zorra de los cojones y me dice: “Ala, ya te puedes ir”.

Me fui como buenamente pude, con dos gasas en cada mejilla, lo cual me hizo convertirme en el Chavo del Ocho, cojeando con mi dedo gordo biónico. La señora aún tuvo la gentileza de decirle a mi novia que todo había ido bien, pero que yo era “un poco quejica”.

Seguí trabajando.

Trabajé esa misma noche con dos muelas recién sacadas, sin poder comer, adolorido por demasiados sitios y cansado hasta niveles excesivos. Iba aguantando como podía, pero mis “espaldas anchas” comenzaban a parecerse cada vez menos a las de las de un leñador y se asemejaban cada vez más a la silueta de Charlize Theron. Los guiris que me veían por el hotel pensaban: “Qué buena está Charlize Theron, pero ¿por qué va cojeando?”, y luego, al girarme, pensaban: “¡¡JODER!! ¡¡Charlize tiene pene!!”.

Un par de días después de la extracción de piños ya estaba listo para volver a comer, con mucho cuidadito, comida de persona normal.

En mi hotel nos cuidaban, y nos dejaban la comida hecha (la cena en mi caso). Ese día había unos apetecibles macarrones con tomate y carne picada, más conocidos como “Penne a la fetuchini-plus”. Al ir a servirme un plato, a eso de las 2 de la madrugada, miré con cierta suspicacia aquella salsa. Algún subnormal profundo, familiar del dentista y, a su vez, familiar de TODAS las señoras de los baños Gellert, había dejado la salsa fuera de la nevera y destapada durante muchas horas. La cocinera hacía la comida a las doce del mediodía, y eran las dos de la madrugada, así que como poco aquello podía llevar unas trece horas fuera de la nevera. A pesar de permanecer mirando fijamente la salsa durante mucho rato y hacerle la escenita de “Are you talking to me?”, como llevaba días pasando hambre y sin comer nada sólido decidí ponerme a tope de salsa. Yo, siempre que puedo, a tope de salsa, por favor.

Una especie de mal presagio se cernió sobre mí cual nebulosa mientras comía, pero no le di mayor importancia puesto que sabía que ya había cubierto el cupo de calamidades, nada malo podía sucederme.

A las dos horas de haberme ido a dormir, a eso de las diez de la mañana, me desperté temblando, con 39 de fiebre, cagando como un pato, aullando como una fiera herida y con los ojos inyectados en sangre.

¿Habéis visto alguna vez los aspersores del Camp Nou en marcha? Pues así estaba yo, pero en vez de agua, mierda.

AGUA-MIERDA para ser exactos, y muy abundante por cierto. Profusa y rápida agua-mierda brotando de mi culo-soplete cada 5 minutos.

Me fui directo al hospital y el doctor me dijo:

–Tú estás pal arrastre, no sé ni cómo te atreves a salir de casa. Das más pena que el mono de Marco. Llevas una cara de desgraciao que no se si firmarte una baja o darte 5€ para que te vayas a comer un pepito de carne. Estás famélico como un beduino en paro.

Finalmente decidí aceptar unos días de baja tras no solicitarlos ni por dedo desintegrado ni por funeral ni por muelas explosivas ni por ataque terrorista con gas mostaza caramelizada.

Fueron cinco días de baja que se redujeron a dos porque me estaba jugando el dichoso contrato indefinido y, en esa época, a mí eso me gustaba un montón, más que los “pechos fuera” de la novia de Mazinger.

Al regresar al curro, mi jefe de recepción me pidió que le trajera la hoja de la baja para dársela al director, y tan sólo deseé que en la hoja no pusiera “DANIEL NO HA VENIDO A CURRAR PORQUE SE CAGA POR LAS ESQUINAS”, que pusiera algo así como “estómacal infecction” o “gastritis super-digna” o “exceso de proyección anal”, o “agua marrón por la retaguardia me brotó”. Como es obvio, en eso también tuve la mejor de las suertes: “DIARREA FUNCIONAL”.

¿Cómo que diarrea funcional?…¡¡SERÁS MAMÓN!! ¿¡Qué tiene de funcional una diarrea!?

A los pocos días del soplete anal, la empresa consideró mi labor meritoria de un contrato indefinido, así que finalmente conseguí firmar el cacho de papel que más me ha costado conseguir en mi puta vida.

Aguanté en aquel hotel un año más y me piré, no sin antes colocar en mi puesto a mi hermano pequeño que, a día de hoy, aún merodea por las dependencias.

Mi dedo gordo, sin el mes de baja que necesitaba, aún no ha vuelto a ser el mismo, pero mi esfínter sí, lo cual es muy bueno porque, como una vez me dijo un malagueño: “Quien come bien y pee fuerte, esquiva la muerte”.

Todos con la roja.


5% de descuento para los lectores de entreescritores.com en casadelibro

5% de descuento para los lectores de entreescritores.com en casadelibro

Comentarios

Te puede interesar