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LA URNA DE CORDIÑANES

LA URNA DE CORDIÑANES

03-05-2014

Histórica novela

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La Urna de Cordiñanes cuenta el episodio de la Historia de España que trata de la invasion musulmana y de los primeros actos de rebeldia del pueblo Astur contra el nuevo poder, de una manera... digamos, mas creible y logica :-)

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

~~PRÓLOGO
El padre Tomás levantó las manos, dando la misa por terminada.
La gente empezó a salir de la pequeña iglesia, persignándose. Todos los ocho de septiembre, los vecinos de la parroquia de Cordiñanes, concejo de Posada de Valdeón, en los Picos de Europa, acudían a la ermita de la Virgen de la Corona, frente al Monte Corona, para recordar y festejar la batalla de Covadonga.
Los niños salieron corriendo, y se repartieron por el prado alrededor de la capilla. Los gritos de los más pequeños que jugaban y las voces de los padres que los reprendían resonaron en el valle. El cura salió el último del santuario y se quedó un momento en el umbral de la puerta con una sonrisa satisfecha: este año no llovía y el sol resplandecía. Sería un buen día.
La romería era cosa de cada cual. Extendieron sobre la hierba cobertores y mantas mientras que unos sacaban de los coches unas botellas de sidra con sus vasos anchos, vino y cervezas, otros apartaron panes, jamones y queso, empanadas, bollos preñados con chorizos, empanadillas y todos compartían lo que traían.
Bajo el porche, el padre Tomás sonreía, contento. Amaba a la gente de los alrededores de Cordiñanes, gente del campo principalmente.
— Acérquese padre, exclamó un vecino ofreciéndole un plato con un trozo de empanada de atún.
El padre se acercó, sonriéndole.
— Allá voy.
Los Picos de Europa rodeaban el valle dominándolo de su majestuosidad. En ese principio de otoño, los bosques alrededor empezaban a teñir de amarillo y de cobrizo al paisaje, magnificándolo.
Escanciaban los culetines de sidra, repartiendo, comiendo y bebiendo, unos riéndose de las ocurrencias de otro, comentando lo ocurrido trece siglos antes.
— ¡Sí! ¡Así fue! Don Pelayo fue coronado Rey aquí mismo.
— No señor. Don Pelayo fue coronado cuatro metros más arriba.
— Jajajaja…
Un niño de unos diez años llegó corriendo cerca del grupo donde estaba el cura. Se dejó caer en la hierba, jadeante, con el soplo corto. Su madre le puso entre manos un plato de plástico con un bollo preñado.
— Come Fernandino, debes tener hambre.
El niño pego un maestro mordisco en el pan, como si la vida le iba en ello. Lo masticó apenas y trago rápidamente para decir:
— Descubrimos un túnel. Bueno… es un muro enterrado.
Su madre preguntó, de modo automático:
— ¿Ah sí? ¿Dónde?
— Debajo de la piedra gorda.
El padre Tomás se interesó por el tema.
— ¿Qué piedra, Fernandino?
El niño giró el busto, extendiendo la mano.
— Esa roca, padre.
Señalaba una piedra casi redonda que, desde los treinta y pico años que el cura oficiaba por esas aldeas, siempre la había estado ahí.
El eclesiástico se levantó ayudándose con las manos, soltando un ligero gemido. Hacía unos tres años que le dolía la espalda y el simple hecho de levantarse del suelo le hizo recordar que iba para viejo, un día tras otro.
— Vamos a ver eso.
Fernandino salió corriendo mientras el padre Tomás lo seguía con paso de senador. La piedra en cuestión era una roca redonda de más o menos un metro y medio de diámetro y dos metros cincuenta de alto, estrechándose un poco hacia arriba, de color gris. Acercándose, el sacerdote se hizo la reflexión: “Nunca me había fijado, pero parece ser como un menhir muy grosero… claro, es un poco panzudo para eso. Más bien un huevo.”
El prado, ligeramente inclinado, era hermoso. El cura lo mantenía amorosamente, cortando el césped todos los meses.
Fernandino rodeó el monolito y desapareció de la vista del religioso. Cuando el padre Tomás ladeó la piedra, una visión de destrucción lo paró en seco. Llevándose las dos manos a la boca, el cura expresó, horrorizado:
— ¡Ave María Purísima!
Detrás de la roca, el pasto, tan cuidadosamente conservado por el cura, estaba destrozado. Fernandino y dos de sus amigos habían cavado un hoyo de cincuenta centímetros de ancho con cuarenta centímetros de profundidad. Los jóvenes habían echado la tierra a un costado, amontonándola sin cuidado.
— Pero… ¿Qué hicisteis? ¿Cómo se os ocurre hacer tal cosa? ¡Miren la hierba! ¡Miren lo que han hecho!
Los vecinos se acercaron, atraídos por las voces del padre. Los niños oscilaban de un pie al otro, sin decir nada, la cabeza gacha. Los vecinos hicieron un semicírculo alrededor de la piedra. Fernandino señaló con el dedo al hueco.
— El muro…
Efectivamente, había un muro de piedras debajo de la roca. Los chiquillos habían despejado un buen trozo y se veía una construcción en esquina formada por dos muros de piedras grises.
— ¡Fernandino! Exclamó su padre. ¡Para eso querías traer la pala!
El padre del niño señalaba la herramienta.
— Sí papá, pero mira el muro. Parece que la roca está colocada por encima.
— Verdad. ¿Qué puede ser, padre? Preguntó Juan, uno de los vecinos y panadero del pueblo.
El sacerdote, sorprendido, olvidó su ira por un momento para mirar el muro. Salto en el hoyo, se agachó y se puso a observar atentamente la construcción.
— Parece continuar por ahí.
— ¡Desterrémoslo! Exclamó José, el padre de Fernandino.
— ¡Un momento! Este césped es de la iglesia y hay que preservarlo, exclamó el cura.
— Padre, la hierba volverá a crecer, no se preocupe.
— Sí, lo sé pero…
— ¡A buscar picos y palas!
Los vecinos se animaban, quitándole al padre Tomás toda idea de defensa de su césped.
También el cura estaba intrigado.
* * *
Los moradores cavaron una fosa alrededor del muro.
Como la tierra estaba blanda, en poco tiempo dejaron a la luz una construcción cuadrada de un metro de lado por un metro de altura aproximadamente. Era un cubo de piedras unidas por una mezcla oscura. Debajo del muro había una cama espesa de piedras amontonadas sin ninguna argamasa.
Pedro, uno de los lugareños y maestro albañil, emitió:
— Seguro que este colchón de piedras sirve como drenaje. Como es una construcción cerrada se llenaría de agua con la lluvia.
El monolito estaba, efectivamente, posado sobre el muro reforzado en la mitad de cada costado, justo donde se apoyaba la base del megalito. Intentaron mirar al interior de la construcción pero ninguna abertura estaba visible.
El albañil prosiguió:
— La roca está cimentada sobre el muro.
Saco una navaja y pasó la hoja entre la junta.
— Con los años, la piedra ya no está pegada con el mortero. La mezcla sirve de molde para que la piedra esté asentada y no se mueva.
— ¿Podemos moverla? Preguntó Fernandino.
— ¿Para qué?
El niño se rascó detrás de la oreja.
— Pues para ver el interior.
— No estoy de acuerdo. Mover esa piedra pesada es peligroso, dijo el panadero Juan.
Pedro el albañil dijo:
— No te preocupes, ya hice trabajos similares y tomaremos todas las precauciones.
Juan el panadero no pareció muy convencido.
— Pero con la pendiente del terreno, lo que quiero decir es mi coche está justo en la trayectoria probable de la roca.
— Pues saca tu coche de ahí.
El padre Tomás, curioso de saber lo que había debajo del megalito, expresó:
— Ya que me han destrozado el césped… saquemos a esa roca.
El maestro albañil tomó naturalmente la dirección de las operaciones.
— Hay que tener mucho cuidado, este peñasco debe pesar entre seis y ocho toneladas. Necesitaremos palancas, cuerdas, postes así como cuñas de madera y polipastos de cadena. Acompáñenme a mi casa, tengo todo eso allá.
De vuelta a la Ermita de la Corona con las herramientas, Pedro, el maestro alarife, expuso:
— No vamos a levantarla verticalmente ya que los polipastos que tengo no alcanzan para alzar ese peso. Vamos a colocar postes ahí, allá y aquí. José, cava en este sitio para plantar este poste. Juan, tú vas a amarrar esta cuerda al tronco de este árbol a dos metros de altura.
Pedro se puso a organizar el trabajo:
— Víctor, tú vas a…
* * *
Dos horas más tarde estaban listos.
Habían amarrado dos polipastos a los postes y el tercero a un árbol centenario. Como el prado estaba en ligera pendiente, dos de ellos iban a jalar la piedra hacia abajo y Pedro había colocado el último polipasto que le quedaba a lo opuesto, para retener el peñasco y que no se vaya cuesta abajo hasta la carretera, aplastando todo lo que encuentre en su camino. Pedro había hecho rellenar el hoyo en la parte donde iba a deslizarse el monolito para que no se caiga en la fosa.
El maestro albañil dijo:
— Bueno, para que todos entiendan bien. José, estás encargado de retener la piedra con este aparejo. Ya lo usaste, sabes manejarlo. Ten mucho cuidado porque no tienes que dejar que la cuerda se afloje demasiado pero también hay que permitir que los otros puedan jalar.
José asintió con la cabeza.
— Juan y usted, padre Tomás, estarán al mando de las dos poleas jaladoras. Como pueden ver, están colocadas inclinadas, fuera del camino del peñasco, por si acaso. Tengan cuidado de no tirar demasiado fuerte porque en un momento dado la roca os va a ganar. Lo mismo para ti José, vigila bien ese momento.
Pedro dio la vuelta hacia los hombres que quedaban.
— Vosotros, con las palancas van a ayudar a los polipastos. Hemos colocado cuñas de madera en el camino probable de la piedra por si se nos escapa, así no habrá problemas. Tú, Alfredo vas a engrasar la base entre la piedra y el muro, no seas tacaño y ponle mucha grasa. Niños, pónganse por allá arriba, fuera del camino.
Las madres tomaron sus hijos por la mano y los alejaron de la obra. Fernandino forcejeaba gritando:
— Pero, ¡podemos ayudar!
José, el padre del niño, le dijo con tono firme y sin réplica:
— Fernandino, escucha bien: esto es peligroso. Vamos a necesitar toda nuestra concentración, así que no nos des más preocupación por tu seguridad. ¡Quédate ahí!
Fernandino iba a objetar algo cuando cruzó la mirada de su padre y decidió callarse.
— ¡Todos a su puesto!
Los hombres se colocaron tal como Pedro había ordenado.
— ¿Listos? Padre, Juan, José, empiecen a tirar de las cadenas hasta que las cuerdas queden templadas.
El ruido característico de las cadenas resonó en el valle. Cuando las cuerdas estuvieron tensas, Pedro gritó:
— ¡Sigan tirando! Las palancas: ¡Ayuden! Alfredo: ¡la grasa!
Los hombres detrás de la roca, y dentro del hoyo, habían insertado las barras de hierro entre el peñasco y el muro. Hicieron fuerza. Con las dos poleas de cadena y el esfuerzo de las palancas, el megalito osciló y empezó a inclinarse lentamente.
— ¡Bien! ¡Sigan así! José: atento ¿eh?
Sin dejar de mirar su cuerda; la mantenía ni demasiado tensa para no frenar el esfuerzo común, ni demasiado floja tampoco, José emitió:
— No te preocupes, lo vigilo bien.
Pedro se desplazaba por todas partes, delante con Juan y el padre Tomás, detrás animando los hombres que se esforzaban con las gruesas barras de hierro, haciendo palanca, y estaba también de costado, vigilando la progresión de la inclinación de la roca y alentándolos a todos.
A pesar de la grasa, la peña emitía un sonido estridente al frotar contra el muro cuadrado que le servía de pedestal.
La piedra formaba un ángulo de treinta grados con el prado cuando Pedro exclamó:
— ¡Ánimo todos, lo estamos logrando!
El monolito empezó a deslizarse hacia abajo por encima de la hierba, retenido por José y su polea.
Cuando el peñasco estuvo horizontal, Pedro le colocó unas cuñas laterales para que no ruede y que se deslice a lo largo.
— ¡Sí! ¡Lo logramos!
El grito de Fernandino fue retomado por las mujeres que se pusieron a felicitar sus hombres.
Pedro colocó una última cuña, se enderezó con una sonrisa radiante y los congratuló a todos.
— ¡Felicitaciones! Lo hicieron muy bien.
El padre Tomás se puso igualmente a palmear diciendo:
— Gracias a ti Pedro.
Todos los vecinos aplaudieron y a Pedro no le quedó más que imitarlos.
— ¡Enhorabuena!
Fernandino ya se había acercado al muro y exclamó:
— ¡Hay algo dentro del muro! ¡Miren!
Se acercaron, amontonándose como podían, empujándose, todos querían ver a la vez.
— Es vidrio.
— Sí, ¡es cristal verde!
— Una caja de vidrio.
En el medio del hueco formado por el muro cuadrado, depositado sobre una cama de piedritas sin mortero, yacía una urna de vidrio grosero de color verde oscuro.
El padre Tomás pidió:
— Sáquenla.
Una vez fuera de su escondite, el sacerdote se puso a examinarla atentamente. La urna tenía una forma rectangular, de treinta centímetros por cincuenta y cuarenta de alto. Las paredes parecían espesas y el vidrio era opaco. Cada lámina de cristal estaba cerrada con plomo, que la sellaba herméticamente.
— ¿Qué contendrá? Se preguntó Pedro.
— Pueden ser restos humanos, comunicó el cura.
— ¿Eh? Cómo es… ¿Sería una tumba?
Con una sonrisa, el eclesiástico dijo:
— Puede ser. Se cree que ciertas etnias como los celtas tenían costumbre de utilizar los menhires, esos megalitos prehistóricos, como lápidas.
Pedro objetó:
— Los celtas enterraban los menhires para que no se muevan, no construían un muro para soportarlo y no creo que conocieran el vidrio.
Fernandino grito con su voz chillona:
— ¡Abrámoslo!
El niño estaba excitado por ese misterio, a la imagen de todos los presentes. El padre Tomás dijo entonces:
— No. No lo vamos abrir aquí, ni ahora. La noche está cayendo. Pedro, ¿lo puedes llevar con tu camioneta hasta mi casa, pegada a la iglesia de Santa Eulalia?
Pedro estaba un poco decepcionado y se lo dijo al cura.
— Padre, no lo tome mal, pero aquí todos hemos trabajado duro y queremos saber lo que contiene la urna.
— No podemos profanar así como así a una tumba, Pedro. Si son los restos de una persona…
— No es un esqueleto. Quiero decir: lo que hay dentro no son huesos, afirmó Fernandino.
Los adultos estaban metidos en su discusión y no se percataron que Fernandino había ido hasta el coche de su padre a sacar una linterna de la guantera.
El haz de luz atravesaba la placa de vidrio verde opaco dejando vislumbrar una masa confusa pero indiscutiblemente compuesta por varios objetos de forma rectangular.
— Bueno, dijo José sonriendo del ingenio de su hijo, ya sabemos que no son restos humanos. Padre, ¿la abrimos?
El padre Tomás también estaba curioso y quería saber lo que contenía la urna.
— La abrimos. ¡Pero sin romperla!
Pedro se adelantó con unas herramientas.
— No se preocupe. La abriré con mucho cuidado.
Con unas tenazas se puso a mordisquear despacito el plomo. Procedía con lentitud para no dañar el vidrio. Roía poco a poco el metal blando y no paró hasta que todo el perímetro de uno de los cristales esté al desnudo. Introdujo un destornillador e hizo fuerza, levantando levemente la cara de arriba de la urna.
 Con un silbido, el aire de la urna salió propagando un fuerte olor a cuero húmedo.
— ¡Uf! Exclamó Fernandino. ¡Apesta!
Unas risitas resonaron en el hermoso valle atravesado por el rio Cares. Pedro levantó la espesa placa de vidrio y la puso al costado de la urna.
Fernandino dirigió la linterna hacia el interior de la urna revelando el contenido.
El niño hizo una mueca de decepción.
— Sólo son libros, ningún tesoro…
El cura lo reprendió en medio de las risas:
— Fernandino, los libros también son un tesoro.
Se agachó y tomó entre sus manos al primero de los tres volúmenes que, dentro de la urna, estaban enterrados bajo la piedra. Era un libro encuadernado con cuero espeso, sin adornos y sin título. El cura le dio la vuelta, observando el lomo en el cual había un número escrito con números romanos. Ese tomo llevaba el “III”.
Lo abrió con sumo cuidado por si alguna página estuviese pegada, no quería dañarlo. Observó una escritura fina y aplicada.
— ¿Qué son, padre? ¿Libros de cocina? Preguntó José.
Entre las risas, el sacerdote contestó:
— Son códices.
Fernandino no podía quedase ni quieto ni mudo, era hiperactivo.
— ¿Qué son códices?
— Los códices, o Codex en latín, son libros hechos con hojas de pergamino, o de papiro, y encuadernados. En este códice, las páginas están cosidas y son de pergamino, seguramente porque se conservan mejor que el papiro. Generalmente los códices tienen otra característica: están escritos a mano, como este.
El cura observó que estaba escrito en latín y lo dijo en voz alta.
Fernandino preguntó:
— ¿Qué es pergamino?
El sacerdote sonrió ante la curiosidad del niño.
— El pergamino es piel de res limpia y estirada hasta hacerse muy fina y flexible. Es especialmente fabricado para poder escribir sobre sus él, es decir que así se transformaban en páginas.
El niño emitió:
— ¿A quién pertenece la urna, padre? Porque como fui yo quien la encontró…
— No hijo, ¡fuiste tú quien destrozó mi césped! Mejor dicho: el césped de la ermita. La urna, la encontramos todos juntos. Y para contestar a tu pregunta, dime tú: ¿A quién pertenece el terreno de la ermita?
Fernandino contestó con una mímica de desagrado:
— ¿A la iglesia?
— Sí hijo, la ermita y todo lo que contiene pertenece a la iglesia.
* * *
El padre Tomás se acordó de Gabino Sánchez.
Se conocieron siendo ambos seminaristas y si Gabino había subido los escalones jerárquicos del clero hasta llegar a ser el Excelentísimo arzobispo de Oviedo, Tomás se quedó humildemente como simple cura de una pequeña aldea.
Se sentía más cercano a Dios en la iglesia de Santa Eulalia del concejo de Posada de Valdeón, dentro del Parque Nacional de los Picos de Europa, que en la archidiócesis de una gran ciudad. A pesar de los años pasados, seguían tan amigos como en el seminario.
Tomás llamó por teléfono a su amigo y le dijo que iba a pasar a verlo con un regalo. Gabino se alegró de la noticia.
— ¿Cuándo llegarás?
— Mañana hacia las once y media.
— Iremos a comer juntos: ¡Trucha del Nalón!
El padre Tomás se puso a reír.
— No te olvides que la Gula es un…
El arzobispo cortó la palabra a su amigo.
— ¡Un pescado capital! Sí. Ya lo sé, ya lo sé.
 


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