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El tiempo del azabache

El tiempo del azabache

14-10-2015

Histórica novela

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Aunque algunos historiadores tiendan a minimizarlo, en la punta oriental de la Península Ibérica un estado independiente ha cumplido ochocientos años. Es hora de dar un repaso a la historia de Alimnara y a su estirpe del Lince, cuya corona sólo se transmite a mujeres y por línea de mujer.

“El tiempo del azabache” examina el siglo XIII, primero de existencia independiente del condado, luego reino, y la impronta original dejada por cada una de sus soberanas; desde un castillo aislado en territorio musulmán hasta un estado emergente capaz de liderar por sí solo una cruzada.

 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

LAS PRECURSORAS

 

“No hay nación cuya historia no ofrezca, al menos en sus orígenes, mitos inasequibles para nuestra comprensión actual y que no se apoye en gestas aparentemente inverosímiles. La esencia de la alimnareña estriba, simplemente, en que tales misterios y proezas forman el sustrato básico, en vez de constituir notas de excepcionalidad.” (Jean-Claude Lally, “Les clefs de l’Alimnare”)

“Lince, que ens vas dur tes regles

entre boires d’encanteri:

guarda’t bé, que ton misteri

siga resistint els segles[1].“

(Lluís Jabay, “Alimnara màgica”)

El 7 de enero de 1223, nada más saber que su esposo Roger el Tort había muerto en combate contra los musulmanes –o, según muchos intérpretes, caído en la celada que ella misma había urdido-, la Condesa Olalla mandó arriar el pendón del marido sobre las almenas del castillo de Tárbena. Sobre la misma asta se elevó el suyo, todo azul con la excepción del lince color de oro que habían bordado en su centro.

Éste es el comienzo oficial de lo que unas décadas más tarde se llamaría reino de Alimnara. Al menos ese día sigue celebrándose la fiesta nacional, lo que celebran los niños porque prolonga un poco más las vacaciones después de Reyes; aunque algunos hallen siniestra semejante perpetuación de lo que aparenta ser el recuerdo de un crimen. Nueve años atrás unos cuantos mozárabes –al menos eso se supone- se habían hecho fuertes en un castillo roquero, a muchas leguas de la frontera de los cristianos, y aceptado como jefe, con el título de conde, a un caballero catalán; éste se había casado con una joven del territorio y recibido el refuerzo de treinta caballeros aragoneses, que, sin una sola excepción, murieron con él.

También conocemos la filiación que dicha historia atribuye a la joven: hija de un lince, cualquiera que sea la interpretación que se dé a la palabra, y de una rebelde muerta por los almorávides que se llamó Estel; y cómo en Olalla, la primera condesa, se origina una estirpe nueva según algunas interpretaciones o sale a la luz una estirpe antiquísima, después de un silencio milenario.

Ochocientos años después otra mujer, descendiente directa de aquéllas por línea femenina, reina sobre Alimnara; un estado enclavado en un saliente oriental de la península Ibérica, pequeño en su superficie pero grande en su densidad histórica y en originalidad. Nos proponemos recorrer ese período siglo a siglo y, aunque sea de forma inevitablemente acelerada, hacer visible su evolución.

Ya hemos dicho que la historia propiamente dicha da comienzo en 1213, entre el desconcierto hispanomusulmán que sigue a la batalla de las Navas de Tolosa, con el precedente de la unión real o figurada de Estela y el Lince unos años atrás. Como veremos en su momento, es probable que para hallar el principio verdadero convenga remontarse dos mil años atrás.

Habrá tiempo para establecer ese enlace. Desde un punto de vista sistemático quizá lo procedente sería comenzar por Olalla y seguir, de soberana en soberana, hasta Su Realce Miranda VI, que es la reina actual. Sin embargo el relato quedaría incompleto si omitiésemos un capítulo destinado a las llamadas Precursoras, que con las debidas reservas vamos a abordar.

Ese fue el título, “Las Precursoras” de un libro escrito a principios del siglo XVII por sor Inés Maigay. Anticipemos que la autora no pasaba por ser una mujer fantasiosa; más bien una cisterciense todavía joven pero de sólido prestigio, que había participado en las tareas del Canelobre[2], en cuya documentación dijo basar su reconstrucción; con la fatal casualidad de que un incendio arruinase los originales.

Los historiadores han rastreado su contenido y detectado materiales de dudoso origen; sin que falte, incluso en la crítica moderna, quien niegue de forma radical la autenticidad.

“La aparición de textos oportunos en el momento idóneo puede considerarse una constante en la historia alimnareña. El relato sobre las Precursoras surge en 1606, en plena recuperación de la derrota en la guerra de los Cinco Años y Medio, justo cuando la independencia de Alimnara se había hallado más en vilo que nunca. Las casualidades existen; pero aquel puente de doscientos años tendido hacia el pasado, idóneo para robustecer la fe en lo que podríamos llamar la causa del Lince, no puede menos que resultar sospechoso.” (Jofre Illariz, “El parto del condado”)

Sin embargo los redactores de la Crónica del Lince[3], que nunca obraban a la ligera, se lo tomaron en serio; hasta el extremo de autorizar que, a falta de cuerpos, once nombres fueran escritos con tinta púrpura en un muro de la cripta real. Por otro lado la investigación de las fuentes musulmanas ha confirmado buena parte de sus noticias, en su mayor parte tan congruentes con el resto de la historia del reino que sería temerario negarle ese alargamiento de doscientos años que deparan las Precursoras.

Vamos pues a repasarlas. Con el riesgo de descartar datos reales, sólo vamos a quedarnos con las noticias que se apoyen en textos de su tiempo. Éstas no relacionan entre sí a todas las mujeres incluidas en la lista, aunque la cronología y la lógica narrativa no desmientan los enlaces compuestos por sor Inés. La lista de once mujeres comprende nueve grados de generación. Empieza por:

 

-LA AURANDELLA: (980?-1012)

 

“La líder de los rebeldes se encaramó a una almena. Muchas varas de peña lisa abajo, desde el suelo del valle, el rey Muyahid la encontró angosta y menuda, hecha de fibra tensa, semejante a las ginetas que abundaban en las montañas. Tenía pómulos marcados y las mejillas tan pecosas como los hombros descubiertos. Recortada contra el cielo intensamente azul, flameantes sus cabellos negros y revueltos, en su mirada centelleante había inquietud, pero también una dosis apreciable de desafío.

El monarca hizo una señal, su alférez alzó la espada sobre el cuello de la muchacha arrodillada. Raizel cerró los ojos. Entonces bajó de la torre la respuesta, planeando sobre las rachas de viento. Éstas eran las condiciones: amparo para la vida de su hija; promesa de que no se le impediría la descendencia y amnistía para todos los leales al rey muerto. A cambio, además de entregar de la fortaleza, ella le enseñaría un tesoro, por el que muchos hombres estaban y estarían, dispuestos a morir. Gritando a todo pulmón para que su voz remontase la altura, Muyahid contestó que las aceptaba. Sin embargo, no habría perdón para ella; y señaló hacia sus verdugos, que aguardaban a pocos pasos esgrimiendo sus útiles de tormento.” (Violant Pradés, “Antes del lince”)

La escena relatada –con mínimos adornos sobre el relato de sor Estefanía- data del año 1012 de nuestra era; la protagonista responde al alias o al nombre de la Aurandella, en castellano la golondrina; y con arreglo a los datos de los que disponemos –ya hemos dicho que de fiabilidad relativa-, es la precursora más antigua.

El año 1000 de nuestra era no trajo el fin del mundo que muchos pronosticaban; pero la unidad de Al-Andalus apenas duró un poco más. De la matriz del Califato se fueron segregando los reinos de taifas, grandes o diminutos. Sus reyes pertenecían a linajes árabes o bereberes o eran guerreros mercenarios, llamados eslavos. Solamente en un caso fue entronizado un muladí; es decir, un español de los de antes de la conquista, cuya familia había adoptado la religión musulmana.

Se llamaba[4] Imad Ibn Ruz Al-Saifawí, es decir, el Espadero, y estaba casado con Al-Orondiya, para nosotros la Aurandella. Recordemos que el nombre romance no implica necesariamente que fuera cristiana. Su territorio fue la Taifa de Guadalest, que sólo duró dos años. En la sangrienta batalla de Senija (1011) el general eslavo Muyahid, al frente de sus partidarios, derrotó a los del Espadero. Los refuerzos que éste había reclutado en Navarra y Barcelona, por medio de mensajeros bien provistos de oro, no llegaron a tiempo. Muyahid instauró su taifa propia, duradera y próspera, con capital en Denia. Los sobrevivientes del bando contrario se refugiaron en el castillo de Guadalest, dispuestos a resistir. La viuda del Espadero tomó su mando.

“Que varias mujeres hayan ocupado lugares destacados en la cultura de Al-Andalus no debe distraer de una realidad evidente: una mujer en tareas de guerra, no digamos una capitana, representaba un fenómeno extraño e incluso ofensivo para sus contemporáneos. Y sin embargo no hay duda de que fue la Aurandella quien durante los muchos meses de cerco rechazó las intimaciones a la rendición. También la interlocutora del rey enemigo cuando la suerte puso en manos de éste la baza decisiva.” (Violant Pradés, “Antes del lince”)

Los medios de la época impedían tomar por asalto un castillo como el de Guadalest, encaramado a una peña lisa y alta. En defecto de capitulación, a la que la Aurandella se negó con rotundidad, quedaba rendirlo por hambre. Durante dieciséis meses los sitiados parecieron resistir bien la dieta, pero el agotamiento de las reservas era inevitable. Conservar una vida entre todas parecía ser la preocupación general de su jefa.

“Si pudiese mediar alguna duda sobre la incardinación de la Aurandella en la Estirpe del Lince, un detalle del comportamiento de los asediados en Guadalest bastaría para disolverla. Salvaguardar la vida de Raizel, que era la única hija de su capitana, no fue considerado como un capricho de la madre, que abusara de su mando cuando tantos habían muerto o iban a morir, sino un empeño colectivo; por el cual valía la pena forzar una salida nocturna, insensata desde el punto de vista militar, y entregarse a las espadas de los enemigos, para distraerlos mientras la muchacha se descolgaba con sogas por el lado opuesto. Lo hicieron sin rechistar, convencidos como estaban de que defendían un bien superior al de sus propias vidas.” (Violant Pradés, “Antes del lince”)

El plan no salió bien. Un alférez del rey Muyahid, sospechando una segunda intención en aquel ataque a destiempo, rodeó la muralla, a tiempo de ver cómo Raizel saltaba de peña en peña, y le salió al paso.

“Raizel se debatió con bravura mordiendo y arañando a su agresor, mientras intentaba alcanzar la daga que su madre le había hecho ocultar bajo la camisola. No se sabe si habría sido capaz de clavarla, porque era tan mansa de talante como risueña, pues un golpe brutal del alférez hizo golpear su cabeza contra una roca. Luego, en la tienda real, un antiguo compañero de armas del Espadero reconoció a la muchacha. Muyahid dilató su sonrisa zorruna al saberlo. Acababan de entregarle la llave del castillo.” (Sor Inés Maigay, “Las precursoras”)

Ya conocemos la continuación: la amenaza, común a tantos relatos bélicos, de matar a la hija si el capitán, en este caso la capitana, no rinde la fortaleza, la contestación de la Aurandella. Antes de alcanzar el desenlace, ampliemos las noticias sobre ésta.

“Once cuadros decoran el llamado Pasillo de las Prisas, junto al salón de sesiones de la Aljaba, así llamado por las carreras que los diputados suelen darse a la hora de votar. Todo el mundo sabe que los pintó Jofre Maigay, para muchos el mejor pintor alimnareño del siglo XVII, y que representan a las llamadas Precursoras, que la obra de su tía Inés había dado a conocer pocos años atrás.

Muchos los toman por retratos puramente imaginarios, carentes de otra base que la fantasía del pintor. Implica ignorar qué fuentes manejó en realidad la monja, destruidas por el incendio del Canelobre, y qué informaciones no incluidas en su libro transmitió al sobrino. Por citar un solo ejemplo, la imagen arbitraria de una capitana tendería a figurar a una mujer fuerte y de aspecto enérgico, probablemente acorazada y con una espada en la mano. La Aurandella, que abre la colección, es delgada, menuda y sus pecas enmarcadas por las crenchas del cabello oscuro y lacio  parecen dibujar una constelación. Viste una simple túnica de hilo, va descalza y el brillo opaco de sus ojos denota una tristeza secreta. Aun sin saber explicarse el motivo, el observador experimenta la sensación de que seguramente fue así.” (Laia Sentpau, “Galería”)

La hemos dejado subida a las almenas, tras poner las condiciones para la entrega del castillo –vida y descendencia para su hija, perdón para los demás sublevados-, además de ofrecer un tesoro por el que muchos estaban o estarían dispuestos a morir. El rey enemigo las ha aceptado, especificando que la capitana, para la que los verdugos  aprestaban ya sus garfios y sus plomos, no habría piedad. Ella no se la había pedido.

“La Aurandella dirigió la mirada hacia Raizel, se llevó los dedos a los labios y dejó caer un beso de despedida. Luego, con la naturalidad de quien inicia una caminata, dio un paso al frente. Los gritos espantados brotaron de las filas enemigas, las propias permanecieron en silencio. Hubo un choque sordo contra el pie de la roca. Luego, como zumo de una granada exprimida, el charco de sangre empezó a crecer.

Seguramente dio la casualidad de que una golondrina volara en aquellos instantes frente a la torre; pero muchos aseguraron que, un instante antes del impacto, el ave se había desprendido de él para remontar el vuelo.” (Violant Pradés, “Antes del lince”)

Hay que precisar que en casi todos los puntos transcritos el relato no fantasea, sino que como mucho pormenoriza la crónica imparcial de Ibn Hayyan. ¿Basta para insertar a la heroína en la línea ascendente de Olalla?¿O fue simplemente la Aurandella la esposa devota de un frustrado reyezuelo de taifas, con cierto ascendiente sobre sus hombres, bastante para animar la resistencia?

“La exigencia de una amnistía para los seguidores puede estimarse habitual en ese tipo de negociaciones, aunque también parece responder a la necesidad de que la causa no se quedara definitivamente sin partidarios; la relativa a la vida de la hija tampoco debe extrañar. Sí resulta más original la petición de que se le permitiera tener descendencia, es decir, que la línea sucesoria no quedase interrumpida. La Aurandella la antepuso a la demanda de libertad para Raizel, que sabía que el rey enemigo jamás concedería.

Es difícil negar que ahí media una fuente de legitimidad, de la que las dos partes son conscientes. La Aurandella exige mantenerla, el astuto Muyahid, vencedor en la batalla, puede permitírselo, pero no dejarla en libertad. ¿Qué legitimidad podría transmitir una muchacha, hija de un espadero? La teoría de la continuidad del pasado permite una respuesta. Hasta el momento no se ha formulado ninguna otra satisfactoria.” (Olaguer Ocariz, “El puente sobre los siglos”)

“¿Y el tesoro invocado por la Aurandella? Ése por el que muchos hombres estaban y estarían dispuestos a morir. ¿Saltó desde las almenas para que los verdugos de Muyahid no se lo arrancaran? Al borde de la muerte, ¿mintió entonces al rey, a quien había prometido enseñárselo.

Para muchos intérpretes no faltó a la verdad. Ese tesoro era la propia sangre, esparcida por el impacto contra la roca, tan cerca del rey enemigo que le salpicó la coraza. Transmitida a Raizel, luego por ésta a sus sucesoras, años más tarde se la conocería como sangre del lince. Venía desde muy atrás.” (Violant Pradés, “Antes del lince”)

“Casi toda la tragedia griega se fundamenta en el concepto de “hybris”, ese orgullo desmedido que empuja al hombre más allá de sus limitaciones, con resultado invariablemente fatal. En la rica literatura de los antiguos alteanos abundaba un término semejante, aunque no del todo equivalente: “omedar”, con un sentido más bien matemático, algo así como la rotura deliberada de cualquier proporción exigible, entre ellas, la del sentido del tiempo.

La Aurandella y su marido, o más bien la primera, pues el papel del segundo fue instrumental –el de paliar el escándalo de que una mujer tomase tales iniciativas-, incurrieron en este defecto, que en el caso concreto podría traducirse como precipitación. Tras siglos de espera se les ofrecía la ocasión de hacer aflorar un afán de independencia, refrenado en demasía. La coyuntura podía ser provisional y agotarse en cuanto el Califato recobrara sus fuerzas. No esperaron a ser bastante fuertes, ni evaluaron que una península todavía musulmana en la mayor parte de su territorio sería rabiosamente hostil a los principios que más tarde encarnaría la Estirpe del Lince; el primero, el de gobierno femenino.” (Jean-Claude Lally, “Les clefs de L’Alimnare”)

Sabemos que lo pagaron con la vida y con la de muchos de sus partidarios. Por fortuna, otro término básico en la cultura de la antigua Altea era el de “sendayze”. Puede traducirse como elasticidad, de la que deriva la capacidad de recuperación. El futuro reino de Alimnara va a probar esta cualidad abundantemente.

 

 

[1] “Lince que nos trajiste tus reglas / entre nieblas hechizadas: / guárdate bien; que tu misterio / siga resistiendo los siglos.”

[2] Academia especializada en el estudio de la cultura de los antiguos alteanos, fundada por Ályx IV en 1470

[3] Ese nombre reciben los tomos sucesivos de la historia compuesta por mandato real desde los tiempos de Ályx IV, con un decalaje de cincuenta años desde los hechos para garantizar la imparcialidad.

[4] Seguimos al  historiador cordobés Ibn Hayyan, autor de una crónica sobre el período prácticamente redactada en directo.

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