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El Secreto de los Cofres

El Secreto de los Cofres

30-11-2013

Histórica novela

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En el año 1118, Balduino I, rey de Jerusalén autorizó a nueve templarios fundadores de la Orden del Temple a permanecer en la Mezquita de Al-Aqsa, construida sobre las ruinas del Segundo Templo de Jerusalén. Allí los nueve Caballeros permanecieron varios años protegiendo a los peregrinos hasta que diez años después, Hugues de Payens, su Gran Maestre, retornó a Europa para exponer ante el Concilio de Troyes, la urgente necesidad de crear una Orden militar que protegiera a los viajeros. A partir de ese instante el apoyo fue total y en poco tiempo se convirtieron en la Orden más importante del mundo con treinta mil Caballeros y nueve mil propiedades.

¿Qué encontraron los Templarios en las ruinas del Templo para obligar al Papa a otorgarles lo que pedían?

¿Cuál es la verdadera importancia de María Magdalena?

¿Quienes eran los Merovingios y qué papel jugaron en este Secreto?

Paris, 1314. Mueren asesinados los líderes Templarios después de años de torturas en prisión. El Tesoro custodiado por los Hermanos no ha logrado ser hallado por los esbirros del Rey y su búsqueda incluirá escenarios en Francia, Escocia y América. La lucha por el poder a lo largo de los siglos, a pesar de la desaparición oficial de la Orden, se trasladará al Nuevo Continente.


América, setecientos años más tarde. La historia se repite, un nuevo Gran Maestre guardián de la Orden se enfrenta al peligro de una dictadura que intenta recuperar el tesoro para fortalecer su tiranía. Los herederos de la tradición templaria a pesar de los peligros, se embarcan en una gesta en defensa de sus valores.

El contenido de los cofres sorprenderá por su valor histórico en una novela que lleva al análisis sobre nuestro papel en la sociedad actual.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

CAPITULO I

¿Qué es la Historia? 

Una novela a veces cómica, pero la mayor parte del tiempo trágica.

Marzo, 1314

- La memoria y el tiempo mantienen una relación en ocasiones inconexa, algunos sucesos acaecidos décadas atrás se evocan como si hubieran tenido lugar hace pocos días y lo que ocurrió ayer se pierde en la bruma.

Estos pensamientos daban vueltas en la mente de la descarnada figura cuyos dedos de uñas carcomidas arañaban la argamasa, mientras estiraba las puntas de sus pies en un intento por recibir una pizca de la luz solar que se filtraba a través de las rejas en el maldito tragaluz demasiado elevado para alcanzarlo. Los barrotes oxidados apenas permitían el paso de pequeños copos de nieve al interior de la celda disminuyendo aún más si era posible, la temperatura que se encontraba bajo cero. Su cara cubierta por un poblado bigote e hirsuta barba se contraía por el esfuerzo mientras la cabellera blanca, enmarañada, plagada de insectos que parecían darle vida propia, descendía por su espalda hasta llegar a la cintura, después de unos minutos, fatigado por el esfuerzo se dejó caer deslizando con lentitud su espalda sobre la burda pared que por alguna extraña razón, a esa hora del día era la única ligeramente caliente.

- Siete años en prisión…Días y días intentando ver la luz del sol como si de él dependiera mi vida, musitó con tristeza. Su mente le trajo a la memoria ese minuto cinco décadas atrás, cuando era un joven inocente que inclinaba su cabeza en el momento del ingreso a la Orden ante dos figuras imponentes, Humbert de Payraud, Maestre de Inglaterra y Amaury de La Roche, Maestre del Temple francés. Un largo camino lo había llevado desde su nacimiento en la campiña del Condado de Borgoña, cuando su villa era parte del Sacro Imperio Romano, en el seno de una honorable familia encabezada por su padre Juan, Señor de Lonvy y de Rahon, hasta ese crucial instante de su vida.

Los ojos nublados por las cataratas recorrieron la lóbrega covacha apretando sobre el mutilado cuerpo los restos de tela destrozada que en alguna época fuera un extraordinario manto. Paredes cu­biertas de moho y frases sin sentido talladas en la piedra, el suelo oculto por hojas marchitas, crepitantes, mezcladas con paja y ex­crementos, entre las cuales las ratas se escondían acechando el momento de robar un mendrugo de pan o beber el potaje podrido que una vez al día un guardia sin nombre arrojaba sobre las herrumbradas escudillas, único alimento para mantenerlos a él y a sus compañeros con un hálito de vida… Hidalgos que otrora sabo­rearan los mejores manjares, hoy cubiertos por una costra asque­rosa de suciedad e infestados cabellos y barbas por los piojos, compañeros de infortunio que lo observaban a la espera de ocupar su lugar, para recibir el leve calorcillo de ese macilento sol de marzo.

Sin hacer caso a las miradas impacientes, el prisionero continuó ensimismado en sus recuerdos…

La pérdida de Jerusalén en manos de Saladino después de la batalla de los Cuernos de Hattin en julio de 1187, fue el punto crucial en el progresivo deterioro de las Cruzadas en Tierra Santa, murmuró. Esa batalla la tenía grabada en sus entrañas de tanto estudiarla.

Dos meses antes de este hecho, el líder islámico había destrozado a Gérard de Ridefort, en la Batalla de Seforia. El Gran Maestre del Temple en esa época, atacó la caballería musulmana compuesta por siete mil jinetes, únicamente con ciento cincuenta hombres, noventa de ellos Templarios que incluían al Mariscal de la Orden y al Maestre de los Hospitalarios, cuando el combate terminó solo habían sobrevivido Ridefort y dos caballeros.

Saladino cuyo objetivo principal era liberar Tierra Santa de los cristianos, se dirigió entonces a sitiar Tiberíades.

Echive, la esposa de Raimundo de Trípoli que se encontraba oculta en la ciudad, presa del terror ante el ataque inminente, imploraba al rey y a su esposo que la salvaran del acoso musulmán, a pesar que la lógica ordenaba dejar caer el bastión en manos de los infieles. Saladino ordenó que dejaran a los mensajeros cruzar sus filas sin capturarlos pues su plan era que los francos supieran lo que ocurría.

Ridefort con el ego mancillado por la derrota anterior convenció al débil Rey de Jerusalén, Guy de Lusignant, que debía atacar apo­yado por dos mil caballeros, la mayoría marchando a pie pues sus monturas habían muerto por el calor, cuatro mil turcoples y treinta y dos mil infantes, con ellos se dirigió en busca de agua que no logró hallar gracias al acoso de los arqueros y la caballería ligera musulmana. Los cruzados desesperados por la sed, intentaron atra­vesar la barrera enemiga en las colinas volcánicas con el fin de llegar a los pozos quedando separados en dos grupos, los musul­manes que los rodeaban quemaron hierba seca y asfixiaron a los francos.

A pesar de su posición estratégica al pie de los cuernos, el rey no tenía otra salida y dio orden a Raimundo de Trípoli para que cargara con sus caballeros. Taqi al-Din, sobrino del Sultán los dejó avanzar para luego cerrar la retaguardia, la fuerza quedó aislada totalmente y no tuvo más camino que huir en dirección a la ciudad fortificada de Tiro dejando abandonada a la infantería encerrada, con el precipicio a sus espaldas. La única alternativa que les quedó a estos hombres fue rendirse o morir arrojados sobre el acantilado. Mientras tanto las fuerzas acantonadas en el cuerno sur eran atacadas por Saladino quien encontró la Vera Cruz que protegía a los cruzados y arrasó con los sobrevivientes.

Dentro de los capturados se encontraban el mismo Rey y Reinaldo de Châtillon, un personaje malévolo, causante de la furia sarracena debido a sus desmanes en contra de la población tanto cristiana como musulmana, a quien no le importaba violar las treguas esta­blecidas para capturar peregrinos durante su viaje en dirección a La Meca, profanar lugares santos y saquear iglesias. Una de sus atro­cidades fue el ataque a una caravana en donde se dijo iba la her­mana de Saladino, por lo cual este juró matarlo con sus propias manos. El Sultán perdonó la vida del Rey pero le cortó personal­mente la cabeza al caballero francés.

Gérard de Ridefort sería liberado a cambio de entregar las fortale­zas templarias de Gaza, Daroum y los últimos baluartes en Samaria y el Rey a cambio de la ciudad fortificada de Ascalón cuyos habi­tantes se negaron a rendirse y tuvieron que ser derrotados por los musulmanes.

Tenía que reconocer por las historias y documentos en poder de la Orden que Al-N?sir Sal?h ad-D?n, el hijo de Ayyub, padre de la dinastía Ayubí, era uno de los grandes líderes de su tiempo. No solo los había derrotado en Hattin, ocupado Jerusalén y recuperado los lugares santos para los sarracenos, sino que como defensor acérrimo del Islam había logrado unificar las ideas políticas y religiosas de su gente.

De allí en adelante los Templarios se instalaron en el puerto de San Juan de Acre gracias a la Cruzada comandada por Ricardo Corazón de León, la última gran fortaleza del Reino de Jerusalén durante cien años. La esplendorosa Ciudad Real situada a orillas del mar Mediterráneo que la rodeaba por el este, el sur y el oeste, formaba una pequeña península dominando la bahía, una doble fila de murallas y doce torres reforzadas la protegían.

Tres puertas permitían el acceso desde el exterior, la de Maupas en el norte se abría hacia el barrio de Montmusart, la de San Antonio en el centro y la de San Nicolás en el este. Una de las ciudades más antiguas del mundo, fundada alrededor de dos mil ochocientos años atrás y de la cual ya se hablaba en el Libro Sagrado. La urbe que había acogido a Pablo de Tarso en su tercer viaje misionero.

Sin embargo a pesar de sus defensas, este enclave también se había perdido veintitrés años atrás bajo las catapultas y las cimitarras de los mamelucos del sultán Khalil Al-Ashraf.

- Cuántos amigos murieron allí, incluido el maestre Guillaume de Beaujeu, el mejor caballero…

- Cómo defendió la muralla al frente de un puñado de hombres, convertida en un infierno por el fuego griego y miles de flechas que oscurecían el cielo lanzadas por arqueros musulmanes escon­didos entre el humo producido por los incendios, hasta que en el sector de la Torre Maldita ese venablo misterioso, guiado por la mano siniestra de un demonio penetró su axila izquierda hasta su pecho. “No estoy huyendo…Estoy muerto…Ved la flecha,” fueron sus palabras al alejarse del combate. Sus caballeros lo transporta­ron por la muralla para fallecer poco después en una casa cerca de la Puerta de San Antonio.

Los Hermanos continuaron luchando sin descanso y a pesar de la superioridad numérica del enemigo, lograron mantener durante varias semanas la fortaleza del Temple hasta cuando sus muros debilitados se derrumbaron sepultando atacantes y defensores. Sin embargo algunos lograron huir al amparo de la oscuridad, entre ellos se encontraba Thibaud Gaudin quien después sería elegido Gran Maestre, llevando consigo los tesoros y reliquias de la Orden.

La figura espartana de Geoffroi de Charney antaño Comendador de Normandía, se levantó con dificultad de su rincón y acercándose en silencio imploró un espacio en la tibieza. El anciano se apartó sentándose a su lado en la oscuridad.

- Chipre…Odiado bastión, memoria de las vergüenzas de la Orden. Sus habitantes nos veían como invasores desde cuando Enrique, rey de Jerusalén se retiró de Palestina, situación que empeoró cuando arribaron los sobrevivientes de la batalla de Acre. El Rey Ricardo, conocido como el “Rey Ausente” decidió vender la isla al Maestre Robert De Sable, quien a pesar de sus esfuerzos no logró conformar una adecuada guarnición, apenas catorce Caballeros, todos guerreros, permanecieron en tierra para mantener a la pobla­ción sometida por la fuerza de las espadas. Tiempos difíciles, agravados por la muerte del “monje” Gaudin y con facciones divi­didas por el poder, que lo llevaron a él a ser elegido Gran Maestre de la Orden.

El endeble cuerpo se dobló sobre sí mismo ante el recuerdo.

- ¡Qué penosa evocación! La situación política y la pérdida de Tierra Santa le entregaron una Orden humillada, como se lo restregó en la cara el Papa Bonifacio en Roma durante la audiencia que pidió para exigir la reorganización del Temple... “Deberían unirse a los Hospitalarios” dijo, ignorando la sangre derramada por los Pobres Caballeros de Cristo en los campos de ultramar durante doscientos años de historia… ¡Miserable!... Tuve que hacer uso de toda mi energía para lograr recuperar los derechos que teníamos en Tierra Santa. Ah! Se estremeció de orgullo y una leve sonrisa se dibujo en su demacrado rostro dejando ver los pocos dientes que quedaban en su boca, rotos gracias a los golpes propinados por sus carceleros a lo largo de los años… - Por mi actitud logramos recuperar Jerusalén y derrotar a Malej, el sultán egipcio… Una pequeña parte del sueño de reconquistar los territorios sagrados.

Una serie de escalofríos recorrió su cuerpo y sin darse cuenta se estrechó junto a su compañero, Geoffroi lo miró pero no hizo ningún ademán de retirarse, por el contrario pasó su brazo sobre el hombro de su amigo.

- ¿Estáis soñando despierto de nuevo, querido Jacques? Le pre­guntó.

- Los recuerdos son lo único que me mantienen vivo estimado compañero, debéis recordar que a nuestra edad tenemos en nues­tros huesos más historia que futuro, le respondió… Estaba evo­cando nuestras luchas para recobrar Jerusalén, agregó.

- Geoffroi sonrió a pesar de los labios castigados por la tortura, poco tiempo logramos mantener el reino Gran Maestre, los que luchamos por lo que creemos aunque logremos vencer, seremos carne de cañón para intrigas palaciegas.

- Tanto honor y gloria mancillados por odios y rencillas, afirmó Jacques… Cuántos espíritus perdidos por el poder de Reyes y Papas. Nuestro sueño de recuperar Tierra Santa para la cristiandad se ha evaporado por las disputas de mediocres reyezuelos. Solo logramos defendernos y hacer ataques esporádicos contra los in­fieles manteniendo lo que llamábamos Reino de Chipre…

El brazo que rodeaba su cuerpo se relajó, Jacques lo miró con tris­teza.

- Mi buen Comendador, cuánto tiempo combatiendo juntos en defensa de la Orden. Todavía recuerdo esas dieciocho naves apera­das con sesenta de nuestros mejores caballeros, cargadas con flori­nes de oro y plata sin acuñar, en las que zarpamos llenos de espe­ranza por nuestro regreso a la tierra que nos vio nacer. ¡Qué extraña sensación se apoderó de mi espíritu cuando avistamos el puerto francés tan lleno de vida como lo recordaba, alegría por el retorno enmarcada en una mezcla agridulce por el sobrecogimiento que atenazaba mi corazón con un presentimiento fatal… Si hubiera hecho caso a mi instinto, cuántos sucesos no hubieran ocurrido.

Los últimos rayos de luz se esfumaban con el final de la tarde y Geoffroi ante la inutilidad de permanecer bajo la rejilla de la ven­tana se retiró tropezando en la penumbra, sus ojos tampoco eran los de aquel gallardo caballero de antaño… El cuerpo macerado por innumerables noches de dolor cayó como un fardo sobre el suelo…Los otros apenas lo miraron.

- Ayer cada Templario era garante de la vida de su hermano, hoy apenas luchamos entre nosotros mismos por un poco de luz, pensó el hombre cuyo título había despertado alguna vez respeto en unos y codicia en otros mientras con dificultad dejaba al caído repo­sando sobre una pila de paja. Respirando con dificultad por el esfuerzo, retornó a su rincón.

- ¿En qué había quedado? Se preguntó a medida que la respiración volvía a la normalidad. El Temple en París… La casa protegida que con su reciedumbre brindaba seguridad total, vigilada por los esbirros de ese infeliz, Felipe… Felipe IV, El Hermoso, semejante atorrante. Cómo no supe interpretar las ruines intenciones de ese reyezuelo, lo único que quería este bellaco era ser “Rex Bellator,” el Rey de la Guerra y encontrar una manera de no pagar la deuda que tenía con nosotros… Su deseo era ser más poderoso que el Papa e incluso se decía en los corrillos que había asesinado a alguno de ellos… Fui ingenuo, eso está bien para una doncella no para un Maestre Templario…Qué estúpido… Incluso ese doce de octubre estuve en compañía de mis Hermanos y los miembros de la Corte en las exequias de Catalina de Courtenay, heredera de los emperadores de Constantinopla y esposa de Carlos de Valois, el hermano del Rey, todo respiraba normalidad, el mismo Guillermo de Nogaret se acercó a saludarme. Miserable bastardo, su posición como Consejero del Rey le hacía creer que era superior a las demás personas, esa actitud empeoró por su papel como perseguidor del Papa Bonifacio, hasta llegar a ponerlo prisionero en lo que se llamó el “Atentado de Anagni.” La siguiente vez que lo encontré, estaba escondido en las sombras en compañía del Guardián del Tesoro Real, ese infeliz de Marigny, cuando los agentes del preboste de París me sacaron a empellones de la cama en la madrugada para encerrarme como cualquier criminal junto con mis Hermanos.

La ira lo embargó como lo había hecho muchas noches durante estos años en cautiverio… Se enfurecía consigo mismo, su alma se llenaba de culpabilidad por su inocencia…Suspiró apretando los pocos dientes estropeados y de nuevo recordó a ese Caballero, cuyo nombre jamás logró conocer, que apareció horas antes en la fortaleza para avisar de la traición que como una avalancha se cernía sobre ellos.

Una sonrisa iluminó su cara al recordar la sorpresa de esos buitres carroñeros cuando se precipitaron sobre el Temple a la espera de llenar las arcas y lo único que hallaron fueron los recaudos de las Encomiendas… No era poca cantidad pero nunca lo soñado por el Rey… Gracias al aviso logró enviar a dos hermanos, Gérard de Villiers, Maestre de Francia y Hugues de Châlons a Poitiers con el fin de ocultar los tesoros de la Orden en carretas cubiertas con heno y les ordenó escapar con ellos camuflados por la niebla en medio de la noche. Algún tiempo después el Comendador de Provenza Bernard de la Roca, compañero de prisión, le informó antes de morir como un héroe en las zarpas de la Inquisición que los caballeros habían logrado llegar al castillo de Arginy en el Beaujolais, a las tierras del Maestre Guillaume de Beaujeu. De Villiers fue capturado, sus asesinos lo ataron al potro de tortura descoyuntando sus extremidades sin que de sus labios escapara la menor confesión, del hermano Hugues y su carga no volvió a saberse nada… Él y los carromatos habían desaparecido tragados por la tierra.

Sonrió una vez más para sus adentros, uno de los secretos que se llevaría a la tumba porque no le quedaba lugar a dudas, su muerte estaba señalada… Solo faltaba un detalle para irse con la dignidad intacta… Lavar su propia culpa.

El chirrido de la puerta de hierro al girar sobre sus bisagras oxidadas interrumpió sus pensamientos, un taciturno cancerbero se dibujó en el marco portando una antorcha y un balde con la cena. Como signo de gentileza arrojó parte del amasijo en un rincón para que los roedores se abalanzaran sobre él y dejaran en paz las escudillas,  hoy debía ser una noche especial pues un pedazo de pan enmohecido flotaba en cada plato… Sin musitar palabra dio media vuelta y se fue por donde había venido.

Comió en completa oscuridad, la noche negra como la boca de un lobo se cernía en el silencio sepulcral de la prisión… El frío calaba los huesos, la nieve que se colaba por la ventana formaba charcos de barro en el piso de la celda… Arrimó su cuerpo al de su amigo con el propósito de encontrar algo de calor tratando de conciliar el sueño pero los recuerdos continuaban llenando su cabeza, su vida desfilaba en un recorrido de errores y de triunfos casi como un juicio por sus actuaciones, la congoja aprisionó su pecho, la respiración se entrecortó, el corazón palpitó con más violencia, sus manos comenzaron a temblar y un sudor helado bañó su rostro.

Hacía años no lo torturaban, pero los primeros días fueron infernales… Una vez hecho prisionero fue aislado de sus hermanos, Guillermo Imbert primer Inquisidor de Francia se encargó en persona de su interrogatorio. Los buitres encontraron el pequeño oratorio de la capilla, sitio en donde se realizaban las ceremonias confidenciales para los elegidos, aquellas en las que se entregaba el conocimiento oculto protegido por los elegidos de civilizaciones anteriores para ser transmitido en exclusividad a un pequeño grupo de iniciados, cuyas vidas serían marcadas a partir de ese momento como si la luz hubiera sido grabada al fuego vivo en sus espíritus, rituales cuyo significado era guardado bajo el más estricto secreto y que ellos habían jurado preservar, aun a costa de su integridad física o de la vida.

Frente a él colocaron el ataúd, la calavera y los huesos hallados en el oratorio que eran utilizados en el rito de resurrección, en medio de los golpes como música de fondo recitaban las confesiones de hermanos que declaraban su culpabilidad. Para humillarlo aún más los malditos le colocaron una corona de espinas, con ello lo único que lograron fue aclarar su mente y devolverle la fuerza. Por algo la zarza espinosa era el rey de los arbustos como lo dijera el Libro Sagrado y la espina, la barrera esotérica que debía franquearse para obtener la luz al mismo tiempo que se erguía como una protección contra las influencias externas.

Los acusaron de herejía, a ello agregaron los inquisidores una sarta de alegatos absurdos como renegar de Cristo y escupir sobre la cruz, la desnudez del iniciado y los besos propinados durante la iniciación, además insistían qué enseñaban a los novatos a aceptar la lujuria entre hermanos, que el cordón utilizado por el neófito día y noche había sido consagrado envolviéndolo alrededor de un ídolo en forma de cabeza humana con una gran barba, demonio adorado en todos los templos y por último que los sacerdotes de la Orden no consagraban la hostia durante la misa… Muchas de estas imputaciones eran las mismas que el Rey y Nogaret le habían hecho con anterioridad al Papa Bonifacio.

El dolor ocasionado por los latigazos, el potro, el hambre y las noches de insomnio lograron doblegarlo. Él, el Gran Maestre de la Orden se rindió igual a cualquier humano bajo la tortura y aceptó las infames mentiras… Obligado por sus captores escribió una carta ordenando a sus Hermanos a aceptar las acusaciones.

Las lágrimas corrieron en silencio por su cara… Nunca lograría perdonarse por su cobardía. Aunque se había arrepentido más tarde y rechazado lo afirmado ante dos cardenales enviados por el Papa, el daño estaba hecho, el débil Clemente presionado por el Rey, ordenó el arresto de todos los Templarios a lo largo y ancho de los reinos. Ese Papa que ni siquiera era Cardenal cuando fue elegido, ni estaba presente en el Cónclave, un simple títere de Felipe, expidió la bula “Pastoralis Praeminentiae” ordenando la confiscación de las posesiones de la Orden y más tarde exigió su presencia en Poitiers. El sargento del Rey lo encerró en una carreta y así lo llevaron junto a sus compañeros Hugues de Payraud, Visitador de Francia, Geoffroi de Charney, Geoffroi de Gonneville, Preceptor de Aquitania y Rambaud de Carond, Comendador de Chipre. El viaje terminó en las mazmorras de Chinon sin lograr entrevistarse con Clemente… Los esbirros reales volvían a triunfar.

En esos sótanos lóbregos reapareció la tortura y de nuevo se vio obligado a confesar sus supuestos pecados… En medio del sufri­miento hizo lo que muchos prisioneros, dejar un testimonio de su paso, con gran dificultad labró en la piedra de su celda un corazón con una cavidad a la derecha de la cual emergían rayos procedentes de un sol oculto, una escalera y la flor de lis… Con ello expresó que Dios permanecía en su espíritu y que él eleván­dose desde su pequeñez, había alcanzado la luz del conocimiento en planos superiores y proyectaba mediante la flor, su grito de ino­cencia. El recuerdo de ese grabado llenó su mente, los latidos de su corazón retornaron a la normalidad, la respiración se acompasó y a su vaivén el sueño lo cobijó mientras una sonrisa enmarcaba su rostro.

Un nuevo día se hizo realidad, Geoffroi no parecía haber sufrido mayor cosa con el golpe recibido la noche anterior pero decidió dejarle espacio frente a la ventana, por lo menos ese sol incipiente le ayudaría. Por su parte, permaneció en la misma posición del despertar dejando que las remembranzas afloraran otra vez pues algo en su interior le aconsejaba hacer recapitulación de sus actos antes que fuera demasiado tarde.

Los años de cautiverio se sucedieron en medio de juicios a los Templarios, algunos con resultados desastrosos. Solo en París cincuenta y cuatro hermanos fueron quemados en la hoguera y muchos otros no sobrevivieron a las torturas... De repente un guardia apareció en la puerta de la celda, sin mediar palabra lo tomó del brazo, lo empujó sin miramientos hacia la salida guiándolo por el corredor hasta un aljibe de agua sucia, a duras penas logró llegar a él. Una vez allí, su vigilante le indicó con gestos que debía asearse y cambiar su ropaje. Sobre una pequeña mesa una camisa, un jubón, unos calzones con el cinturón para ceñirlo y un hábito brillaban relucientes. Asombrado hizo lo que se le ordenó.

Vestido con ropajes limpios aunque con los restos de su vieja capa sobre los hombros el guardián lo llevó a una pequeña habitación, allí observándolo de pie parcialmente oculto por la penumbra, con una sonrisa en su cara se encontraba su gran amigo el conde François de Beaujeu. De inmediato ambos se abrazaron.

- ¿Cómo habéis logrado entrar querido amigo? preguntó asombrado. El temblor en su voz casi le impidió modular palabra.

Sin responder, el Conde retiró los pedazos de la vieja capa que pendía sobre sus hombros arrojándolos con repugnancia al suelo y de su indumentaria extrajo un manto nuevo con la cruz bermeja, en una punta del mismo las iniciales de su nombre, JBM, cosidas con hilos de oro resplandecían.

- Un regalo de vuestros hermanos respetado Maestre.

No obstante la emoción de este sorpresivo encuentro no había tiempo que perder, el cancerbero podría regresar en cualquier momento y él necesitaba confirmar si los dos Caballeros, De Villiers y Châlons habían logrado su cometido.

- Como bien sabéis el Maestre De Villiers murió sin revelar nada, estoy seguro que ambos lograron ocultar los tesoros, incluso supe que pudieron sacar el joyero que contenía el dedo de la mano derecha de Juan El Bautista y la caja de alabastro en donde se guardaban documentos importantes ocultos bajo el féretro de mi tío Guillaume, le aseguró François sin dejar de observar la puerta. Hasta la fecha no he oído nada sobre Châlons, agregó.

Quería seguir averiguando sobre sus Hermanos pero el guardia había aparecido de nuevo y halándolo del brazo lo llevó de regreso a su celda, no sin antes escuchar las últimas palabras de su amigo susurradas al oído al mismo tiempo que ocultaba un documento entre su túnica. Una vez en su encierro Geoffroi lo miró en silencio pero el centinela también lo sacó de la celda.

- Estos cambios de rutina son presagios funestos pensó colocando su cara bajo la luz matutina, empero nada podría opacar la felicidad de este encuentro y del buen baño, ni siquiera la novedad que le había comunicado el Conde… El cobarde de Clemente había expedido una bula papal, “Vox in Excelso,” la última bofetada con la cual suprimía la Orden sin ninguna condena legal. El pedazo de pergamino que le había entregado François, copia del original, era prueba de la traición final.

Ante la sospecha, la infamia, las graves insinuaciones y otras cosas que han sido presentadas contra ella y también la recepción secreta y clandestina de los hermanos de esta Orden, teniendo en cuenta además, el grave escándalo que ha surgido de estas cosas, que no pareciera poder ser detenido mientras la Orden se mantenga y el peligro para la fe y las almas y las muchas cosas horribles que han sido realizadas por muchos de los hermanos de esta Orden que han caído en el malvado pecado de la apostasía, el detestable crimen de idolatría y la indignación execrable de los sodomitas, no es sin amargura y tristeza de corazón que nosotros abolimos la citada Orden del Temple, su constitución y costumbres, por un decreto irrevocable y válido a perpetuidad y la sometemos a la prohibición perpetua con la aprobación del Sagrado Concilio, estrictamente prohibimos a nadie tomarse la libertad de entrar en la citada Orden en el futuro o recibir o usar su hábito o actuar como un templario,” decía el escrito.

¡¡¡La Orden del Temple había desaparecido para siempre!!!


 


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