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EL ARCO DE LOS SANTOS

EL ARCO DE LOS SANTOS

09-04-2016

Histórica novela

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Una tumba vacía en el Panteón de Reyes del monasterio de San Lorenzo de El Escorial  es la consecuencia del insólito plan autorizado por Carlos V para tratar de preservar la imagen de su esposa fallecida, Isabel de Avis. El cortesano que ideó la intriga, el montero de Espinosa de cuya lealtad abusó el rey y un oscuro embalsamador son los personajes principales de una extraordinaria historia que concluye con el descubrimiento de un gran secreto. Quesada, villa principal y famosísima del reino de Jaén, y su sierra son los lugares elegidos para enmarcar una buena parte de los hechos que se narran en la novela, lo cual es un homenaje a aquellas tierras legendarias en las que nace el Guadalquivir.

 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Capítulo I

¡Hay luz en el Panteón de Reyes!


Ya serían más de las dos de la madrugada cuando el prior del monasterio de San Lorenzo de El Escorial vio interrumpido su descanso por el estridente sonido del teléfono de su mesilla de noche.
—¿Sí? ¿Quién es? —preguntó el religioso con desgana y sin llegar a abrir los ojos.
—¡Padre Gonzalo! Soy Manuel, el de seguridad.  
Al escuchar la voz del vigilante, el superior no pudo evitar sentir fastidio, ya que se trataba de un hombre extremadamente inseguro —por no decir desequilibrado— que llevaba un tiempo dando muestras de que había perdido las cualidades necesarias para afrontar los imprevistos que, de vez en cuando, surgían en los turnos nocturnos de trabajo. Era cierto que, durante el día, solucionaba con maña los numerosos incidentes que se producían en el Real Sitio —hurtos de carteras, desórdenes causados por las visitas de escolares, pequeñas urgencias médicas…— pero hacía unos meses que por las noches se transformaba, pues la oscuridad y la quietud del monasterio le empezaron a abrumar más de lo que podía caber dentro de lo normal. Así, si al revisar la biblioteca oía el crujir de alguna de sus maderas, su aplomo se derrumbaba enseguida y no tardaba en salir a toda prisa de la soberbia estancia en busca de un compañero. Sin embargo, la cosa no quedó en una simple fobia a la soledad —trastorno de más fácil tratamiento— sino que también comenzó a desarrollar una preocupante capacidad para crear imágenes irreales en su mente. Y fue esta especie de fantasmagoría la causa de que viviera una serie de extrañas experiencias más propias de un demente que de un cuerdo. Por ejemplo, en una ocasión en la que pasó cerca del Cristo de mármol blanco de Benvenuto Cellini situado en una de las capillas de la basílica, su imaginación, entre otros disparates, le persuadió de que las corrientes de aire provenientes de las puertas del Patio de Reyes movían el pelo de la escultura. Y en otra, al atravesar el sotacoro, acabó con la mirada fija en la bóveda plana proyectada por Juan de Herrera sopesando si aquellas piedras concéntricas, bajo su apariencia de genialidad arquitectónica, en realidad escondían un gran ojo que vigilaba a todo aquel que entraba en la iglesia.
Para completar esta lista de desvaríos, cabe citar dos más. El primero, que Manuel creyó ver que la sagrada forma de Gorkum —la que en el año 1572 profanó un soldado protestante pisándola con sus botas—, volvía a manar sangre dentro del relicario dorado de la sacristía del monasterio. El segundo, que cuando escuchaba el aullido de algún perro vagabundo que se hubiera colado en el Jardín de los Frailes —lo cual sucedía habitualmente—, inmediatamente perdía el control y no tardaba en convencerse a sí mismo de que se trataba del cancerbero del infierno que tanto atemorizó a los obreros que, en la segunda mitad del siglo XVI, trabajaron en la construcción de la magna obra de Felipe II.
El padre Gonzalo, que tuvo conocimiento de este último episodio, habló con el vigilante para que comprendiera que no podía permitir que sus desórdenes mentales lo dominaran. Y quiso hacerlo con argumentos tan sólidos que, a su entender, convencerían a cualquiera de que las leyendas del lugar no eran más que pura invención.
—Toma, lee estas páginas. Las escribió fray José de Sigüenza, un jerónimo contemporáneo a la fundación del monasterio que llegó a ser el prior de su comunidad, lo que demuestra que debía ser un hombre cabal. Su retrato está colgado en la biblioteca. Cuando pases por allí, te fijas en él. Es un fraile con barba corta y tonsura, vestido con hábito blanco y escapulario negro, que aparece en el cuadro escribiendo con una elegante pluma en un gran libro abierto por su mitad. Así podrás enterarte de la verdad sobre el famoso perro negro al que tanto temes: que de demoniaco no tenía un pelo y que como consecuencia de la aprensión que suscitó entre los operarios, acabó colgado de una soga que le puso al cuello el maestro de obras, el infatigable fray Antonio de Villacastín.
 No obstante, a pesar de las buenas intenciones del sacerdote, el efecto que tuvo su discurso fue el contrario al pretendido, pues la primera noche que Manuel entró de servicio, no tardó en dirigirse a la biblioteca para buscar la pintura del jerónimo. Y una vez que la encontró en el extremo sur de la sala, al iluminar con el pequeño haz de luz de su linterna al personaje allí representado, su fantasía, como era de esperar, echó a volar y acabó transformando el apacible rostro del monje en la amenazante imagen de un licántropo de fauces chorreantes de saliva que lo observaba con fiereza. Menos mal que justo en el momento álgido de su irracional trance, el guarda —porque sonó su teléfono— recuperó algo de cordura, lo que evitó que en su alocada huida chocara con la centenaria esfera armilar del astrónomo italiano Santucci, pieza única de incalculable valor a la que podía haber causado un grave destrozo.
 Por otra parte, acrecentaba su perenne e incontrolable turbación nocturna el hecho de que siempre que se publicaban libros relacionados con las ciencias ocultas que tildaban al Escorial de centro esotérico de primer orden, Manuel los devoraba para extraer de ellos nuevas patrañas con las que abonar sus obsesiones. Verbigracia, la escalofriante historia de que el monasterio tenía catorce plantas de sótanos y que nunca nadie se había atrevido a bajar más allá de la tercera, pues las restantes eran un auténtico laberinto en el que quien osaba entrar acababa perdido sin remedio. Evidentemente, ninguna persona en su sano juicio hubiera tomado en serio esta insensatez, pero él, como en una de sus rondas por la zona de los garajes, cerca de la minúscula estancia donde se localiza la primera piedra del monumento, descubrió unas empinadas escaleras descendentes que, adentrándose en la más profunda oscuridad, parecían no tener fin, no dudó en dar credibilidad al fantasioso relato —el cual también sugería que los tétricos subterráneos fueron el lugar elegido por muchos criminales para ocultar los cuerpos de sus víctimas—.
A la vista de todo lo anterior, es comprensible que Manuel pensara en solicitar al jefe de recursos humanos de su empresa que le eximiera de trabajar por las noches —petición esta que hubiera incomodado sobremanera a sus compañeros, ya que si su nombre salía del cuadrante, la frecuencia de las guardias de los demás se habría incrementado—.
—Si no quieres el servicio nocturno, te vas del todo, pero a nosotros no nos vas a fastidiar por tus chifladuras —parece ser que le espetó el encargado de organizar los turnos al enterarse de sus intenciones.

—¡Manuel! ¿Es que ocurre algo? ¿Sabes qué hora es? —exclamó el prior abriendo finalmente los ojos y fijándose en las manecillas fluorescentes de su despertador.
—Verá, padre, perdone que le moleste pero es que… ¿cómo se lo diría yo? —titubeó el vigilante, quien andaba más atribulado de lo habitual porque un conocido suyo acababa de contarle que se había grabado una psicofonía junto a la lonja del monasterio en la que, supuestamente, se escuchaban el sonido de un carruaje de época y unas voces de alguien que parecía hablar en castellano antiguo.
—¡Vamos, hombre, dilo de una vez! ¿Qué es lo que pasa?
—Pues pasa que…
    Como Manuel no concluía su frase —seguramente porque le daba apuro mostrar su debilidad— el prior estuvo a punto de perder la paciencia.
    —Será posible. ¿Es que vamos a estar así toda la noche?
    —No, no, padre… lo que ocurre es que… ¡hay luz en el Panteón de Reyes! —soltó finalmente.
    —¿Qué hay luz en el Panteón? ¿Eso es todo? ¡Pues vaya una emergencia! ¡Se habrá quedado una lámpara encendida!
    —No, eso no, porque le puedo asegurar que en mi ronda anterior, hace poco más de una hora, todo estaba completamente apagado; además, he revisado la puerta de la escalinata y se encuentra cerrada.
    —¿Cómo? ¿Que antes no había luz en la cripta? ¿Estás seguro de ello? No será que…
    —Le juro por mis hijos que en esta ocasión no me estoy imaginando nada —replicó el guarda queriendo dar mayor credibilidad a sus palabras—. Por favor, créame —añadió suplicante.
    —Está bien, Manuel, vayamos por partes: ¿hubo alguna incidencia en el relevo de ayer por la tarde? —preguntó el prior con tono comedido y sin querer alterarse.
    —Ninguna en absoluto. Cuando a las ocho se hizo el cambio de turno, el jefe saliente y yo mismo, como es preceptivo, recorrimos la basílica y las dependencias de los museos y le garantizo que todo quedó vacío. ¿Es posible que alguien de la comunidad haya pasado desde el convento hacia los panteones?
    —Qué va, de aquí a estas horas no sale nadie. Y si uno tuviera que hacerlo, se marcharía por la portería. Aparte de que pensar que un fraile, en mitad de la noche, decida bajar a la cripta, es un absurdo. Así que, por favor, no consideremos hipótesis sin sentido y hablemos con sensatez.
    —Lo siento, tiene usted toda la razón. He preguntado una tontería.    
    —Y la alarma, ¿ha saltado? —continuó el prior haciendo caso omiso de la disculpa.
    —No, padre, ya me he cerciorado hablando con la central. Y tampoco se ha escuchado el más mínimo ruido.
    —¿Quiénes estáis hoy?
    —Pedro y yo, pero él vigila otra parte que tiene unos sensores averiados y no puede abandonarla. Eso iría en contra del reglamento.
    —Seguramente se trate del mal contacto de algún foco que, por lo que sea, se haya movido. Quizás es que tengamos ratones por los conductos del cableado.
    —¡Uf!, no creo que esa sea la causa, porque los de las plagas estuvieron por aquí hace menos de una semana y en las trampas que pusieron no ha caído ningún roedor.
Tras pronunciar esta última frase, Manuel se quedó callado, como esperando una determinada reacción del superior, la cual, obviamente, no se produjo.
—En fin, supongo que debo bajar al Panteón para efectuar una verificación —acabó asumiendo con resignación.
—Así es, y luego me informas, por favor. O, mejor dicho, hazlo a las siete, cuando acabes el turno, que ya estaré despierto —concluyó el prior convencido de que la incidencia carecía de importancia.
No había pasado ni un minuto desde que el padre Gonzalo volvió a meter los brazos debajo de su manta cuando el teléfono de su celda sonó de nuevo.
—¡Dígame!
—Padre, soy yo otra vez.
—Sí, ya me he imaginado que eras tú. ¿Qué sucede ahora?
—No, nada… es que me preguntaba si querría venir conmigo para comprobar con sus propios ojos que todo esté en orden en la cripta.
—¿Cómo? ¿Que si quiero ir contigo? ¡Manuel, Manuel!
—No, no, por favor, no me malinterprete…
—Mira, no te andes con rodeos y dime la verdad: te da miedo bajar solo, ¿no es así?
—Bueno, padre, miedo, lo que se dice miedo, no me da, pero sí algo de repelús —reconoció el vigilante.
—¿De repelús? ¡Válgame el cielo! —exclamó el prior ante la sorprendente respuesta—. ¿Y se puede saber exactamente a qué le tienes repelús? ¿Es que no hemos hablado ya en más de una ocasión de lo absurdo de tus temores? Escucha, tú eres un profesional y como tal deberías comportarte, porque si te dejas atenazar por tus manías, acabarás dominado por ellas —añadió elevando el tono de voz para intentar que el guarda reaccionara.
Sin embargo, este no respondía a la reprimenda y sus titubeos y sonidos inarticulados denotaban el bloqueo que su cabeza padecía. El superior entonces, comprendiendo que resultaba inútil razonar con él, no tuvo más remedio que ceder, pues, por su sentido del deber, no le parecía correcto el dejar de indagar lo que ocurría en la cripta real. Por otra parte, también influyó en su decisión el hecho de que sintió lástima por aquel hombre que estaba al borde de sufrir un ataque de pánico por la ansiedad que le producía el tener que enfrentarse a una situación que no controlaba. Y si podía taparle al menos por esa noche, lo haría, ya que le tenía en buena estima.
—Está bien, Manuel, dame cinco minutos. Espérame en el patio de los Evangelistas, junto a la escalera principal. Avisaré también a fray Alberto, que algo entiende de electricidad.
—No sabe cómo se lo agradezco; ahora mismo salgo para el punto de encuentro —respondió aliviado el vigilante cuando escuchó al religioso.   
El padre Gonzalo, un palentino de mediana edad —exce-lente persona, gran sacerdote, políglota, buen diplomático y poseedor de una cultura inmensa— llevaba bastantes años ejerciendo de prior de la comunidad de monjes del Real Sitio, el cual, tanto por su importancia monumental como por su cercanía a Madrid, era frecuentemente visitado por personalidades de toda índole —incluso por jefes de estado extranjeros que se encontraran de visita oficial en España y que solían alojarse en el cercano palacio de El Pardo—.  
Entre sus funciones civiles —aparte de las de cicerone institucional— destacaba la de recibir los cadáveres de los miembros de la familia real cuyo destino final fuera alguno de los panteones del monasterio —el de Reyes o el de Infantes—, lo que confería a su cargo una especial transcendencia. Asimismo, tenía la responsabilidad de que todos sus subordinados —religiosos de la comunidad y empleados de los servicios generales— usaran las instalaciones centenarias en las que habitaban y trabajaban con la diligencia necesaria para evitar deterioros y desperfectos. Y cabe mencionar también que se ocupaba del desarrollo y la potenciación de los recursos culturales y artísticos del monumento, gustándole en especial todo lo relacionado con la catalogación y la difusión científica de los inigualables fondos bibliográficos de la biblioteca escurialense.
Por esta vida plagada de múltiples, constantes y ricas experiencias daba gusto hablar con él, porque su amena conversación normalmente acababa convirtiéndose en un torrente de interesantísimas anécdotas contadas siempre con sutil humor y fina inteligencia.
Esa noche de noviembre, las galerías del monasterio hubieran inquietado a cualquiera que deambulara por ellas sin más compañía que un walkie-talkie y una linterna, por lo que el superior llegó a comprender, al menos en parte, el malestar que sufría Manuel al recorrer aquellas tinieblas. Y más lo entendió cuando el viento que soplaba desde el monte Abantos redobló su fuerza provocando que los cristales del claustro comenzaran a vibrar y que mil aullidos, provenientes de las más recónditas rendijas del edificio, inundasen sus oídos.
—Si es que parecen auténticas voces lastimeras —pensó a la vez que se alegraba de haber decido acompañar a Manuel, pues, sufriéndolo él en sus propias carnes, apreció que no era tan sencillo como parecía el tener que aventurarse en soledad en aquel inquietante mundo transformado por la oscuridad, y menos aun si uno tenía como destino el cementerio del sótano en el que reposaban decenas de cadáveres.
Hasta tal punto se solidarizó con el vigilante mientras se dirigían a la cripta real, que el padre Gonzalo decidió investigar una habladuría que había llegado a su conocimiento: que el resto de los guardas de seguridad no realizaban rondas y que, durante las horas de sus turnos nocturnos, permanecían junto a las entradas del monumento sin abandonar la comodidad y el calor de sus garitas.
Dejando atrás un pasillo contiguo a la nave de la basílica, los tres hombres —que marchaban en absoluto silencio— no tardaron en situarse en la parte superior de la suntuosa escalera de mármol que desciende hasta el Panteón real. Una vez allí, los religiosos pudieron comprobar que, efectivamente, una tenue claridad se escapaba por debajo de la puerta de la cripta. A la vista de ello, el prior preguntó a Manuel si confirmaba que en su primera ronda el lugar estaba a oscuras.
—Lo ratifico con total seguridad.
—Está bien, pues vamos allá —dijo fray Alberto dispuesto a encabezar el grupo.
—No, por favor, sitúese detrás de mí —contradijo Manuel al fraile posando su mano derecha sobre la empuñadura de su revólver.
Sin dejar de vigilar el pequeño resplandor que se veía al final de la escalinata, el guarda bajó los primeros peldaños con decisión; sin embargo, justo en el momento en el que pasaba por delante del pudridero —el lúgubre habitáculo en el que los cuerpos de los reyes, antes de ocupar sus urnas mortuorias definitivas, permanecen treinta años con objeto de reducir su tamaño— se detuvo, ya que la luz que provenía del interior del mausoleo se apagó de repente.
—¿Han visto eso? —susurró Manuel volviéndose hacia los religiosos.
Fray Alberto, que inicialmente parecería ir sobrado de valor, ante el inesperado apagón tragó saliva y dio un paso atrás; además, cogió un destornillador de la caja de herramientas que portaba y lo empuñó como tratando de precaverse ante un peligro desconocido. El prior —que a pesar de lo hermético y opresivo del acceso a la cripta pretendía mantener la calma— sonrió ante el gesto de su hermano de orden, quien, cada vez más afectado por una evidente autosugestión, ya dudaba si las idas y venidas de la luz estaban realmente causadas por un simple problema eléctrico.
Al llegar al pie de la escalera, el guarda sacó de su bolsillo la llave de la cámara mortuoria y la giró lentamente en la cerradura de la puerta, acción esta que provocó el chasquido metálico de su mecanismo.
—Ya le había dicho que estaba cerrada. Y aquí no hay corrientes de aire que puedan mover casquillos —afirmó dirigiéndose al superior.
—Anda, déjate de comentarios y abre a ver.
—Retírense un poco, hagan el favor —dijo en voz baja el vigilante cuando acabó de dar el movimiento a la llave—. Y no hablen —añadió mientras bajaba el picaporte.
Manuel, para sorpresa del padre Gonzalo, estaba transformado, pues en esos instantes en los que su corazón y el de fray Alberto latían impetuosos, sólo él parecía sereno, ya que, al no verse solo, olvidó por completo todas sus fantasiosas manías para aplicarse con profesionalidad a gestionar adecuadamente la incidencia producida. Para ello, tras empujar con fuerza una de las pesadas hojas del portón, dejó a la vista el interior en penumbra de la sala —en la cual, aparentemente, no había nada extraño—; acto seguido, palpando la pared, logró encontrar y accionar el interruptor de la luz.
—Pues parece que la clavija funciona correctamente. Y fíjense en que todas las bombillas de la araña del techo responden al unísono.
—Ya, pero habrá que dar parte al de mantenimiento para que revise la instalación, porque está claro que tiene algún fallo; aunque lo que sí podríamos hacer ahora es bajar los plomos para que no se produzcan más equívocos —propuso fray Alberto.
—Perdóneme, pero no creo que sea buena idea cortar la corriente en esta zona, pues podemos dejarla sin alarma, y eso lo prohíbe el protocolo de seguridad.
—Pues entonces, ¡hala!, vámonos y que mañana baje el técnico —concluyó el padre Gonzalo, metiendo prisa al vigilante, porque tenía verdaderas ganas de volver a la calidez de su celda.
—No saben lo que siento haberles molestado… si yo hubiera sabido que…
—No hace falta que te disculpes. Lo importante es que no ocurre nada de lo que debamos preocuparnos.
Manuel ya se disponía a apagar la luz y a cerrar de nuevo la puerta de la cripta cuando fray Alberto se fijó en uno de los sarcófagos de los cuerpos reales.
—¡Espera un momento! ¡No apagues! Fijaos en esa urna de arriba. ¡No está en su sitio!
—¡Es verdad, parece que la han corrido! Es la tumba de Isabel de Portugal. Elisabeth Imp. et Reg., pone la inscripción, pues fue emperatriz de Alemania y reina de España. ¿Qué ha podido suceder aquí? —dijo el prior desconcertado por lo insólito del hallazgo.
El descubrimiento de la manipulación del sarcófago provocó en Manuel una especie de alivio, pues, antes de producirse el mismo, se sentía bastante ridículo por no haber tenido los arrestos necesarios para bajar solo la cripta. Y el que una de las tumbas no estuviera alineada con las demás, parecía un hecho con enjundia suficiente como para que su falta de aplomo quedara relegada a un segundo plano o incluso se diluyera en la nada. Por eso, animado por el nuevo giro que tomaba la situación, entró decidido al Panteón para acercarse al sarcófago de la divina mujer cuya belleza inmortalizó Tiziano en una de sus obras más famosas.
Al situarse junto a la pared en cuyo hueco superior reposaba sobre garras de león el ataúd de mármol de la esposa de Carlos V, el vigilante observó que tanto la primera hornacina —la de Isabel de Borbón— como la segunda —la de Margarita de Austria— presentaban huellas de pisadas. A Manuel, aquellas marcas de calzado le sorprendieron, pues sabía perfectamente que durante el horario de apertura al público del monumento la presencia de un guarda en la cripta era constante. Por tal motivo, empezó a elucubrar, sin demasiado tino, sobre si los rastros de polvo podían tener su origen en una mala práctica de alguien de la limpieza que, por no disponer de una escalera de mano, se hubiera apoyado en los huecos inferiores para alcanzar a pasar un paño por las piezas situadas a mayor altura. No obstante, no tardó demasiado el vigilante en abandonar sus divagaciones, ya que en la sala mortuoria se oyó el ligero chirrido de las bisagras de la hoja de la puerta que permanecía abierta. Manuel, al escuchar el sonido, quitó el seguro de su arma y se dio media vuelta.
—¿Será posible que una persona se haya podido ocultar ahí detrás? —pensó mientras con un silencioso gesto de su mano ordenaba a los religiosos que se retiraran escaleras arriba.
Alejados los frailes unos metros de la boca del Panteón, el guarda dijo unas frases en voz alta.
—Nada, padres, falsa alarma; podemos irnos, que aquí no hay nada más que ver. Daré parte para que mañana venga el electricista a repasar las conexiones. Y la urna la han debido mover los de las plagas. También informaré de ello. Lamento haberles hecho levantar.
Acabar de pronunciar estas fingidas palabras y mover enérgicamente el armazón de madera ornamentada que estaba apoyado en la pared, fue todo en uno; y descubrir a un individuo de cara alelada que, aprovechando un pequeño espacio, allí se había escondido, también.
El sujeto, que en un primer momento se quedó inmóvil como sin saber qué hacer, enseguida se recuperó de su momentánea parálisis e intentó zafarse de Manuel, quien pretendía reducirlo. Fray Alberto, hombre corpulento y deportista, saltó entonces al interior de la cripta para ayudar al vigilante.
El encubierto —de veintitantos años de edad— a pesar de su delgadez, era pura fibra y bregaba con ímpetu para evitar que lo inmovilizaran.
—¡Estese quieto si no quiere hacerse daño! —le exigía Manuel a la vez que trataba de ponerle unas esposas.
El prior, mientras tanto, contemplaba atónito la escena desde la puerta del mausoleo.
—¡Padre Gonzalo, vaya usted a avisar a la Guardia Civil, que aquí ya nos apañamos nosotros! —dijo el vigilante cuando creyó que, por fin, el extraño personaje aflojaba la intensidad de su resistencia.
Sin embargo, tal percepción resultó ser errónea, porque el individuo, recuperando el brío, se liberó de las manos que lo sujetaban y, dando un salto más felino que humano —además de grandes voces—, se lanzó hacia el sarcófago de Isabel de Portugal apoyando un pie en la primera de las hornacinas.
—¡Es mentira lo que escribió el duque de Rivas! ¡No estaba podrida ni comida por los gusanos! ¡Es una falacia de la historia! ¡Ella es eterna, incorrupta, perenne, hermosa! ¡Debo verla! —clamaba el perturbado.
Manuel y fray Alberto, que lo tenían cogido por las piernas, sin dar crédito a lo que escuchaban, redoblaron sus fuerzas para bajar al intruso de donde se había encaramado; él, por su parte, oponiendo una gran resistencia, se aferraba como una lapa a la urna de la emperatriz.
En ese punto de la pertinaz lucha, se escuchó al padre Gonzalo gritar con angustia
—¡Cuidado! ¡Por Dios! ¡El sarcófago! —decía el religioso, pues, como consecuencia de la insistente porfía, el ataúd de mármol negro de la reina, que ya tenía en el aire una de sus patas, estaba a punto de perder un segundo punto de apoyo.  
Desgraciadamente, instantes después, lo que temía el prior que sucediera, pasó, porque en uno de sus arreones, el fraile y el vigilante tiraron con tanta energía del individuo —quien agarraba el sarcófago con el mismo vigor con el que las mandíbulas de un perro de presa sujetan a sus víctimas— que el objeto acabó saliéndose completamente del hueco en el que reposaba desde hacía siglos.
El estruendo provocado por la gran pieza de mármol al chocar contra el suelo fue tal, que pareció el estallido de un potente proyectil que hubiera sido lanzado por un obús de gran calibre. Milagrosamente, ninguno de los tres que forcejeaban resultó herido, ya que pudieron apartarse a tiempo y la mole de piedra caliza ni les rozó. El cura palentino, sin embargo, al ver el descomunal estropicio, se quedó sin aire y tuvo que apoyarse en una pared porque sus piernas no le respondían.
 Aprovechando el desconcierto del momento, Manuel logró esposar al misterioso joven y también le ató los pies con una cinta; tras hacerlo, pidió ayuda utilizando su transmisor. Fray Alberto, por su parte, se dedicó a atender a su superior.
La Guardia Civil tardó menos de quince minutos en aparecer en el Panteón. A los agentes los acompañaban varios frailes y dos sanitarios del 112, quienes tardaron poco en diagnosticar que el padre Gonzalo tan sólo padecía un ataque de ansiedad.
—Hay que informar inmediatamente al Patrimonio Nacional. Que alguien llame al director, al arquitecto, al jefe de los conservadores… ¡a todos! —no paraba de repetir el afligido sacerdote mientras observaba cómo delante de sus ojos, rota en mil pedazos, yacía la que, desde el siglo XVII, había sido la caja mortuoria de la esposa del emperador Carlos V.
—No te preocupes, que ahora mismo doy aviso —lo tranquilizó el hermano encargado de la portería mostrándole su teléfono móvil.
La situación parecía controlada cuando el detenido, al que mantenían sentado sobre el suelo con la espalda apoyada en la pared de jaspe de la estancia, comenzó a vociferar y a agitar los brazos como si quisiera soltarse de las manillas que aprisionaban sus muñecas.
—¿Dónde está doña Isabel? ¿Dónde la han metido? ¡Ladrones! —gritaba el peculiar individuo mientras escudriñaba detenidamente los trozos del sarcófago.
Ante tal reacción, el guardia que lo custodiaba, intervino con rapidez.
—Pero, ¿qué dices? ¿Por qué no cierras la boca? ¿Es que no has hecho ya bastante?
Sin embargo, como el hombre no callaba, un sargento, con un movimiento de cabeza, ordenó al número que lo sacara de la cripta.
El prior, al escuchar tan disparatadas palabras, se levantó del peldaño en el que estaba sentado y, zafándose del enfermero que pretendía tomarle la tensión por segunda vez, se acercó a los restos del desastre, entre los que sobresalía la caja de plomo que se guardaba dentro de la urna de mármol y que quedó a la vista a causa del estropicio. La pieza de metal, que era la que teóricamente contenía los restos mortales de la reina, no estaba rota en pedazos, pero sí abollada y con una gran raja en un lateral que permitía ver en su interior. El padre Gonzalo entonces, teniendo un mal presentimiento, se agachó para examinar el cofre de cerca.
—Pero… si aquí no hay nada. ¡Esto está completamente vacío! —exclamó con asombro.
—¿Cómo que vacío? —preguntó extrañado el encargado del Patrimonio Nacional que acababa de aparecer en la cripta.
—Es que no veo ni un solo hueso.
—Déjeme a mí, haga el favor —dijo el funcionario, quien después de apartar al sacerdote y alumbrarse con un mechero, llegó incluso a meter el brazo por la estrecha abertura— ¡Nada! ¡Tiene usted razón! —afirmó perplejo mirando a los presentes.
Días después del inesperado descubrimiento, como consecuencia de las dudas que el mismo suscitó, los responsables del monumento decidieron examinar la totalidad de los cofres del Panteón. Naturalmente, antes de que llegaran los resultados hubo cierta tensión, pues algunos técnicos temieron que apareciesen más urnas vacías. Y es que, en realidad, tan sólo se tenía la certeza de la presencia del cadáver momificado de Carlos V, el cual, a lo largo de los años, había sido exhumado en al menos dos ocasiones: una en la Revolución de 1868 —cuando, dicho sea de paso, alguien hurtó uno de sus dedos— y otra en 1936, en los albores de la Guerra Civil. Por ello, comenzaron a circular teorías sobre si los franceses, en la ocupación del monasterio durante la Guerra de la Independencia, podían haber vaciado algunas tumbas en busca de joyas y piezas de valor.
No obstante, las aguas volvieron a su cauce —al menos en lo referido a este asunto en concreto— cuando las radiografías revelaron que los despojos de los demás reyes de España sí que se encontraban en la cripta. A partir de ese momento, por tanto, la cuestión a resolver se circunscribía exclusivamente a averiguar lo ocurrido con el cadáver de la madre de Felipe II. Con ese fin, Patrimonio pidió su opinión a un experto en medicina forense, quien debía dictaminar sobre la posibilidad de que unos restos humanos, por acción de algún tipo de bacteria, hubieran podido desaparecer completamente. Una vez conocido el informe, este tuvo como efecto que el desconcierto de los investigadores se multiplicara, pues el perito no pudo ser más categórico a la hora de emitirlo: como en la caja de plomo no había ni el más mínimo resto de material biológico —ni siquiera a nivel microscópico— cabía deducir que en la misma nunca se guardó ningún cadáver.
—Ahora resulta que la tumba era de aire. Esto sí que es un misterio —afirmó el jefe de los conservadores del monasterio, arqueando las cejas, cuando acabó de leer el dictamen en presencia de la comisión encargada de los trabajos del Panteón.
—Ya lo creo que es un misterio, ¡y grande! —exclamó uno de los reunidos— pues aquí tengo otro informe que asegura que el plomo de la urna de Isabel es más grueso que el de las demás, por lo que, incluso sin huesos, pesa más o menos lo mismo.
—¿Y eso? ¿Teorizas alguna explicación para ello?
—No sé, pero quizás, en un momento dado, se quiso hacer creer que el ataúd de metal no estaba vacío.
—Pero si los cuerpos de los reyes se entregan a los frailes del monasterio para que se reduzcan en el pudridero —replicó otro de los asistentes a la reunión.
—Así es, pero no olvidemos que el cadáver de Isabel de Portugal fue traído a El Escorial treinta y cinco años después de su muerte, ya que, en un principio, reposó en la Capilla Real de Granada. Por tanto, es casi seguro que lo que llegara fuera una caja de plomo ya sellada y que el notario se limitara a dar fe de su recepción sin que nadie mirase en su interior. Y, por descontado, no hizo falta que los restos se redujeran en el pudridero.
—¿Quieres decir que es posible que el cadáver de la reina nunca haya estado en el Panteón?
—Pues ya que me lo preguntas, aunque parezca inverosímil, eso es lo que me temo.
—Y, entonces, ¿dónde se encuentra?
—¡Ah, ni idea! Pero valdría la pena investigarlo, aunque no sería descabellado que este asunto se convirtiera en un enigma más de la historia de España. Como se entere la televisión, ya veréis la de reportajes y programas que se hacen sobre el tema. Y exagerándolo todo y formulando teorías conspirativas, claro está.
—Y la caja de plomo, ¿no será más moderna y lo que ocurrió fue que alguien la cambió por la original?
—No creo, porque he comprobado que está lacrada con las armas de Carlos V y ya sabéis que esos objetos se destruían tras la muerte del personaje a quien representaban.
—Salvo que se trate de una falsificación.
—¿Una falsificación? Qué va, pues he examinado muchos sellos en mi vida y este del que hablamos me parece tan auténtico como el que más, aparte de que no tiene signos de alteración. Para mí, eso descarta que la tumba haya sido saqueada en algún momento y posteriormente recompuesta. Es decir, que es muy probable que la caja se lacrara a sabiendas de que en su interior no había nada. No obstante, sin perjuicio de esta posibilidad, quizás habría que ir a Granada y comprobar los cuerpos que allí se conservan. O incluso indagar lo sucedido entre el depósito del cadáver en la iglesia de prestado del monasterio y su definitivo traslado al Panteón real que, como sabéis, es de época de Felipe IV. Sin embargo, sobre este cambio de ubicación, tengo claro —porque así lo investigué hace unos años— que los sarcófagos de mármol negro del XVII se fabricaron según las medidas de los cofres de plomo que ya existían y que provenían del siglo anterior; es decir, que no se movieron los huesos de sus cajas para meterlos en los nuevos ataúdes barrocos. Además, está el hecho del sello inalterado, que no tiene explicación; o, al menos, yo no se la encuentro.
—A lo mejor se olvidaron de meter los huesos de Isabel en el cofre que vino de Granada… aunque, en un asunto así, me extrañaría que se hubiera producido una equivocación tan garrafal.
—Salvo que estemos en presencia de algo que se hizo a posta y con premeditación, ya os lo he dicho antes.
—En resumidas cuentas, señores, que no tenemos ni idea de lo que ha pasado. Veamos lo que determina el presidente a la vista de todos los dictámenes y, si procede, ya actuaremos según convenga. Hasta entonces, poco más podemos hacer que no sea divagar —afirmó el jefe de los restauradores antes de dar por concluida la reunión—. Por cierto, necesito urgentemente el presupuesto del nuevo sarcófago, porque el hueco vacío en el Panteón hace un efecto malísimo —añadió mientras se levantaba de su sillón.
El padre Gonzalo, ajeno a las disquisiciones de los técnicos del Patrimonio, una vez recuperado —al menos físicamente— del disgusto sufrido por los daños ocasionados en la cripta, se encerró en el archivo del monasterio con la intención de examinar la documentación relativa a la entrega en febrero de 1574 de los restos mortales de Isabel de Portugal al prior de la comunidad de jerónimos que por aquel entonces habitaba en el real sitio: fray Hernando de Ciudad Real. Para ello, lo primero que hizo fue repasar la misma obra que en su día había recomendado a Manuel —la Historia primitiva y exacta del monasterio de El Escorial, de fray José de Sigüenza— y, concretamente, el discurso que trata de la traslación de los cuerpos del emperador Carlos V y de la emperatriz desde Granada hasta El Escorial. En dicho capítulo, el superior releyó la carta de Felipe II dirigida el veintidós de enero de 1574 a los frailes de San Lorenzo el Real en la que les daba instrucciones sobre la recepción de los cuerpos de sus padres, siendo tan minucioso el rey Prudente, que hasta detalló, en un papel aparte, el lugar y la forma de cómo debían colocarse los ataúdes en la bóveda de la iglesia de prestado —que era la que se utilizó para todos los actos litúrgicos y funerarios del monasterio hasta que se concluyó la construcción de la basílica—.  
Para los efectos que más importaban en ese momento al padre Gonzalo, un dato valioso era que, según el testimonio de fray José de Siguenza, en cada uno de los ataúdes se puso un pergamino envuelto en un tafetán doble en el que estaba escrito el nombre de la persona real a la que correspondía así como las fechas de su nacimiento, muerte y llegada al monasterio. También, le resultó interesante que se firmara un auto de entrega en el que, en presencia de un alcaide llamado Martin Velázquez, intervinieron el vicario del monasterio y el responsable del traslado de los cuerpos: el obispo de Jaén, quien, por cierto, gastó tanto en el viaje que a su sobrino, en tono jocoso, un cortesano le hizo un comentario tan afilado que, por su agudeza, corrió de boca en boca por todo Madrid: Paréceme que vuestro tío lleva unos huesos que tendréis que roer toda la vida.
Decidido a seguir indagando sobre lo sucedido con el cuerpo de Isabel de Avis, después de mucho rebuscar, el prior encontró en el archivo el mencionado auto así como los pergaminos, cuyos contenidos coincidían íntegramente con lo indicado por el jerónimo en su relato sobre la fundación de San Lorenzo; sin embargo, nada más logró avanzar y, en realidad, ninguna luz pudo echar sobre el misterio.
 Una semana después de realizadas las anteriores pesquisas, un mediodía en el que paseaba por la lonja del monasterio bajo el tibio sol de noviembre sorteando a los niños que, en ese momento, salían en tropel del colegio Alfonso XII, el religioso se cruzó con el conservador que mostró a sus colegas que el plomo del cofre de la emperatriz era distinto al de las demás urnas y que sospechaba que su cadáver nunca había estado en la cripta.
—Padre Gonzalo, buenos días.
—Jesús, cuánto tiempo.
—Qué va, no tanto; en octubre nos vimos en la reunión trimestral.
—Tienes toda la razón, allí nos vimos; perdóname que no lo recordase. Lo cierto es que llevo unos días que, además, de disgustado, ando de cabeza.
—Supongo que su disgusto se debe a lo ocurrido en el Panteón.
—¡Claro! A mí, el suceso me ha afectado bastante. Piensa que yo soy el último responsable de todo lo que aquí pasa y la rotura de uno de los sarcófagos del mausoleo real es lo más grave que ha ocurrido desde que los franceses saquearon el monasterio.
—¡Qué exagerado! Mucho peor fue cuando se cayó el Cristo de Cellini y se le rompió un brazo. Esa sí que es una pieza única. Además, de usted no depende que el servicio de seguridad funcione mal y que un loco logre esconderse en una estancia de los museos; y, a mayor abundamiento, ya se ha aprobado la construcción de un nuevo ataúd y nadie notará la diferencia cuando el mismo se concluya. Por eso, padre, para mí, lo verdaderamente trascendente en todo este asunto es que la urna de la emperatriz estuviera vacía. Y no es que me alegre por lo que ha pasado, pero, si me apura, soy incluso capaz de decir que no hay mal que por bien no venga.
—Yo también creo que la ausencia de los huesos es algo que, desde el punto de vista de un investigador, resulta sumamente atractivo. Es más, te confieso que en estos días atrás he estado indagando en los archivos sobre la cuestión. Sin embargo, comprende que ello no pueda compensar la desgracia que ha supuesto la pérdida de la pieza original de mármol. Y aunque sea cierto que, tras la restauración, todo quedará en el mismo estado, el incidente ha sido un duro golpe para mí.    
El técnico, a la vista de las palabras del prior, quiso mostrar interés por la vertiente del caso menos atractiva para él.
—¿Y qué se sabe del detenido?
—Pues parece ser que ante la Guardia Civil declaró que un cómplice suyo distrajo al vigilante encargado de cerrar el Panteón cuando concluyó el horario de visitas, momento que aprovechó para esconderse detrás de una de las hojas de la puerta. También dijo que su intención no era causar ningún destrozo, sino tan solo contemplar el cuerpo de la emperatriz, ya que está locamente enamorado de ella y quería comprobar la falsedad de lo relatado por el duque de Rivas en su romance histórico El solemne desengaño. Según me contaron, en ese punto de su declaración, a pesar de los esfuerzos de su abogado por impedirlo, el individuo se levantó y, de manera histriónica, empezó a recitar a voz en grito los versos de la afamada composición poética que se refieren a la corrupción del cuerpo de Isabel de Avis.

NOTA DEL AUTOR: Estos son los versos que recitó el loco del Panteón durante su declaración ante las autoridades.

¡Horror! ¡Horror! Aquel rostro
de rosa y cándida nieve,
aquella divina boca
de perlas y de claveles,

aquellos ojos de fuego,
aquella serena frente,
que hace pocos días eran
como un prodigio celeste,

tornados en masa informe,
hedionda y confusa vence,
donde enjambre de gusanos
voraz cebándose hierve.

—Tras el trámite en el cuartelillo —prosiguió el prior— el hombre fue llevado a presencia del juez de guardia, quien también pudo comprobar que sus facultades mentales parecían muy mermadas; por ello, días después, una vez que tuvo encima de su mesa el informe de un médico forense, dictó un auto sobreseyendo el caso. En cuanto a la responsabilidad civil derivada de los hechos, como el inimputable pertenece a una familia adinera —no te puedo decir cuál, por respeto a su intimidad— enseguida se ha alcanzado un acuerdo y pagarán el monto total de los daños cuando esté lista su tasación, aunque creo que ya han depositado un adelanto de veinte mil euros. Bueno, los detalles de las cifras y los costos los conocerás tú mejor que yo. Para concluir la asombrosa historia del loco enamorado, te diré que parece ser que ha acabado creyendo que los restos de Isabel no estaban en la tumba porque ella, al igual que la Virgen María, ascendió al cielo en cuerpo y alma. ¿Qué te parece?
Justo en el instante en el que el conservador se disponía a comentar la inaudita declaración del pobre demente, Manuel, el vigilante de la noche de autos, se acercó muy azorado al prior sin importarle en absoluto que se encontrara ocupado charlando con otra persona.
—¡Padre, padre Gonzalo, debo pedirle una cosa!
—Manuel, ¿sucede algo? —preguntó el religioso al ver que el guarda se dirigía a él mostrando un patente estado de nerviosismo.
—Necesito su ayuda, por lo que más quiera. Hoy me han puesto turno de noche y, como no soy capaz de hacerlo, el alma se me ha caído a los pies. Es que no me veo de nuevo recorriendo esos pasillos tenebrosos donde a cada paso suena un crujido y en cada esquina te espera un sobresalto.
—Pero, Manuel, me sorprendes. Hace unos días diste una lección de serenidad y hoy me vienes con estas.
—Padre, perdóneme, pero le recuerdo que la otra noche yo iba acompañado, lo que me confortaba completamente; además, debo decirle —eso sí, con todos mis respetos— que usted es el responsable, al menos en parte, de que me sienta así.
—¿Cómo? ¿Qué yo soy responsable de que tengas miedo de cumplir con tu trabajo? Salvo que te expliques mejor, no voy a poder entenderte.
—Verá, recordará que, hace unas semanas, me recomendó la lectura de un libro sobre la construcción del monasterio que, supuestamente, me ayudaría a darme cuenta de que mis temores, calificados por usted como disparates, carecen de fundamento. Pues bien, el autor de esa obra relata que el día en el que los cadáveres de los padres de Felipe II llegaron a este lugar, se produjo un viento tan fuerte que hizo pedazos el túmulo de terciopelo negro y brocados que habían preparado para el acto de la recepción.
—Por favor, Manuel… —exclamó el prior con preocu-pación.
—No, espere, que sigo, porque el fraile ese, el tal Sigüenza, el del cuadro de la biblioteca, también afirma que nunca antes los lugareños habían conocido un vendaval tan descomunal y que algunos de los restos de los adornos del armazón aparecieron a muchos kilómetros de distancia. ¿Y sabe que pienso yo de todo eso? Que tal alarde de la naturaleza no fue casual, sino que vino provocado por el sacrilegio cometido al honrar a un ataúd que llegaba vacío. ¡Una farsa, padre Gonzalo, una farsa fue lo que provocó la ira de Dios! ¡Y estoy seguro de que una maldición ha caído sobre mí por haber participado en el descubrimiento de la mentira!
Tras escuchar tamaño desvarío, el prior, sin querer entrar a rebatirlo, pidió al guarda que se dirigiera a la portería del convento y que allí le esperara.
—¿Has visto? Este hombre está bastante mal. Las noches de soledad dentro del edificio lo han transformado. Por desgracia, no me va a quedar más remedio que pedir que lo releven de su puesto. Es que no puedo consentir que una persona así pueda portar un arma y que sea el encargado de velar por la seguridad, ni siquiera durante el día.
—Desde luego que debe hacerlo, porque es un auténtico peligro. ¿Prefiere que le acompañe?
—Te lo agradezco, pero no hace falta; yo sabré manejarlo. Si es buen chico, te lo aseguro, pero necesita la ayuda urgente de un psiquiatra.
—Parece que estamos rodeados de locos por todas partes…
—Y que lo digas. En fin, me voy, que no quiero que Manuel se impaciente y pueda montar un espectáculo en la sala de visitas; aparte de que si se cruza con el furriel de su empresa, seguro que discute con él.
—Espere, padre, por favor. ¿Puedo robarle un minuto?
—Si es solo un minuto… ya sabes la prisa que tengo.
—No, si no tardo nada; únicamente quería decirle que me gustaría compartir con usted los resultados del análisis del sarcófago de la reina así como unas reflexiones que he hecho sobre la ausencia de su cadáver. Ya le he dicho antes que el tema me interesa bastante, pero como tampoco quisiera importunarle, si a usted no le parece bien, lo entenderé.
Después de unos instantes de duda, el sacerdote, quien al igual que Jesús sentía una irresistible atracción por los misterios del pasado, acabó aceptando su propuesta.
—Ya que lo planteas, a lo mejor no me viene mal del todo hablar del asunto, pues quizás ello me sirva como terapia para librarme definitivamente de los restos del agobio que padezco. ¿Te va bien este viernes a primera hora de la tarde?
—Por mí, encantado.
—Perfecto, pues a las tres y media nos vemos.
Llegado el día concertado, el conservador del Patrimonio se presentó puntual a la cita. En su despacho, el prior le esperaba sentado detrás de una mesa completamente cubierta de libros, carpetas y documentos aprisionados bajo el peso de varios pisapapeles de cristal.
—Ni te imaginas la cantidad de burocracia que conlleva el cargo que ocupo, y, como si fuera poco, en unas semanas celebraremos capítulo y tengo que prepararlo a conciencia, ya que es allí donde debo rendir cuentas de mi gestión, y eso me gusta llevarlo a rajatabla. Pero, oye, antes de nada, ¿te apetece un café o un refresco?
—Un café sí que le voy a aceptar, porque veo que ahí detrás tiene usted una máquina de esas de cápsulas que los debe hacer buenísimos.
—¿Y cómo lo quieres?
—Solo y con azúcar, gracias.
—Pues yo lo tomo descafeinado y con sacarina. Menuda diferencia. Está claro que tú bebes lo que te apetece y yo lo que me dejan.
Mientras el sacerdote toqueteaba los botones de la cafetera buscando el que provocaba que la hirviente infusión se vertiera sobre las tazas, el funcionario sacó de su cartera un par de folios repletos de notas manuscritas así como una carpetilla encuadernada que colocó, delante de él, en el único hueco que quedaba libre en el escritorio. A continuación, a la espera de que el padre Gonzalo acabara de servir los cafés, Jesús se puso a leer la contraportada de uno de los numerosos volúmenes que invadían el despacho.
—Si te gusta, te lo llevas. A mí me lo regaló el periodista que lo ha escrito, pero le he echado un ojo por encima y no me interesa demasiado. Contiene varios capítulos sobre sitios mágicos de España y el primero está dedicado —¿cómo no?— a esta santa casa. Ya conoces el gran atractivo que el monumento tiene para los seguidores de la literatura fantástica, pero si nos tomáramos en serio todo lo que se publica, acabaríamos como el pobre Manuel, quien, por cierto, ha pedido la baja médica y ya veremos si puede volver a trabajar como vigilante. Desde luego, la licencia de armas se la van a quitar para siempre —dijo el superior de vuelta en su sillón.
—Es verdad. San Lorenzo de El Escorial siempre ha tenido la fama o, mejor dicho, la dudosa fama de ser un lugar enigmático de primer orden en el que magos, nigromantes, alquimistas y buscadores de la piedra filosofal campaban a sus anchas bajo el auspicio de su fundador. No me cabe la menor duda de que el origen de esa mala reputación fue la difusión de La Leyenda Negra.
—Lógicamente, la opinión contra lo español acabó salpicando al monasterio, pero también hay que reconocer que a Felipe II le encantaban esas ramas tan singulares del conocimiento. Bien es sabido que en la torre de la Botica había un auténtico laboratorio al servicio de las ciencias, llamémoslas, menos convencionales. O que el edificio, con fines de difícil comprensión, se construyó tratando de replicar el templo de Salomón. Con estos antecedentes, el que la tumba de la emperatriz estuviera vacía, es caldo de cultivo para las conjeturas más variopintas, aunque tú, como gastas una mente racional —muy distinta, por tanto, a la del autor del libro ese—, seguro que sólo tienes opiniones cabales y científicas sobre el insospechado hallazgo.
—Así es, padre, porque siempre trato de fundamentar todo lo que digo sin dejar demasiado margen para la espe-culación. Si le parece, entro en materia.
—Sí, claro, exponme tus consideraciones. Lo estoy desean-do.
—Como aperitivo, he de enseñarle esto. Es el informe que encargó mi jefe y que acredita la ausencia total de restos biológicos en la urna de la emperatriz.
—¡No me digas! ¿Y eso? —exclamó el prior antes de ponerse a hojear el dictamen del perito.
—Ya ve, una auténtica sorpresa, porque nadie podía imaginarse que la caja siempre estuvo vacía.
—Sinceramente, no entiendo nada, porque lo que concluye este experto parece definitivo: si no hay rastro de los huesos, es que nunca los hubo. Así que queda descartado cualquier robo, expolio o retirada de los mismos… a no ser que, en un momento dado, se abriera el arcón, se sacaran los despojos y se limpiara su interior con alguna sustancia que eliminara cualquier vestigio de los mismos.
—Esa posibilidad, por cierto, poco verosímil, sería factible si no fuera porque el sello del cofre es auténtico.
—¿Estás seguro de ello?
—Completamente. Tengo el grado de experto en la materia y lo he analizado con una cámara especial que, en caso de existir, hubiera detectado cualquier tipo de alteración.
—Pues si eso es así, quien lacró la urna que llegó al monasterio sabía perfectamente que la misma no contenía nada.
—Padre, da usted en el clavo, pues hay razones más que suficientes para considerar que el cuerpo de Isabel de Portugal nunca llegó a depositarse ni en la iglesia de prestado ni, por supuesto, en el Panteón de Reyes. Esto mismo expuse ante mis colegas en la última junta de técnicos del Patrimonio.
—Fíjate, Jesús, que el pobre Manuel, el martes pasado en la lonja, decía prácticamente lo mismo que tú: que estamos en presencia de… ¿Cómo decirlo? ¿Un montaje? Obviamente, él ha llegado a esa conclusión de casualidad y como consecuencia de sus delirios, pero tus argumentos parecen sólidos y tienen sentido. Y eso que el otro día, cuando me encerré en el archivo, pude comprobar que la entrega del cuerpo de la reina se documentó prolijamente y con absoluta apariencia de legalidad.
—Le creo, porque es de suponer que entre los papeles oficiales no figure nada que se aleje de la normalidad. Mire, le voy a dar otro dato: el plomo de la urna de Isabel de Avis es bastante más grueso que el de las restantes. ¿Se imagina por qué?
—¿Para que pesara más, quizás? —contestó el prior cada vez más intrigado.
—Exacto, ese debió ser el motivo. Parece seguro, por tanto, que algo sucedió que no recogen ni las crónicas ni los libros de historia; algo, que, evidentemente, tuvo que ser ideado, o al menos aprobado, por Carlos V.
—Permíteme añadir que, pasase lo que pasase, seguro que su hijo Felipe II también tuvo conocimiento de ello.
—Es muy posible que así fuera, porque si hasta ordenó la colocación de los ataúdes debajo del altar de la iglesia de prestado, ¿cómo no iba a saber que la urna que debía contener los restos de su madre llegaba vacía al monasterio? Aparte de que, con lo curioso que era, seguro que en algún momento hubiera querido examinarlos. Desde mi punto de vista, estamos en presencia de un alto secreto de estado que se trató de mantener oculto a toda costa. De ahí la tramoya que se montó en 1574 durante el traslado desde Granada de una caja mortuoria que, en realidad, no guardaba ningún cadáver. En cuanto a la ausencia de los despojos, haciendo una especie de reconstrucción de los hechos, lo que está acreditado es que el cuerpo de la reina Isabel fue entregado por Francisco de Borja al arzobispo de Granada en presencia de un gran número de cortesanos, ceremonia en la que se descubrió que su cara estaba descompuesta. Por ello —y teniendo en cuenta que tenemos un sello de lacre sin manipular—, los restos se debieron evaporar cuando, años después, el cuerpo, ya menguado por el transcurso del tiempo, tendría que haber sido introducido en la urna de plomo. De ese momento ha de venir el misterio.
—¿De qué fechas podemos estar hablando entonces?
—No lo sé exactamente, pero, desde luego, de un año situado entre el mil quinientos cuarenta y tantos y el de la muerte de Carlos V, cuando fueron destruidas todas sus marcas.
—Por si acaso, se podría mirar en el archivo de la catedral de Granada. Allí conozco a un canónigo que si yo le llamara…
—Olvídese, que tampoco en Granada habrá rastro de nada.
—Ya… pero… ahora que lo pienso, si teorizamos que Felipe II estaba al tanto del asunto, alguien se lo debió revelar.
—O quizás él lo descubrió por sus propios medios.
Transcurridos unos instantes de silencio compartido, causados, sin duda, porque todas las cavilaciones acababan en un callejón sin salida, el prior de El Escorial retomó la conversación haciendo una nueva reflexión.
—¿Sabes, Jesús, qué es lo que se me está pasando por la cabeza? Que, salvando las distancias, creo que existe un inquietante punto de conexión entre la personalidad de Juana la Loca y la de su hijo Carlos. Digo esto porque ambos, cada uno a su manera, rindieron un excesivo culto a sus respectivos cónyuges cuando estos fallecieron. Nos consta que Juana se obsesionó hasta tal punto con el cadáver de su marido, Felipe el Hermoso, que no permitía que ninguna mujer se acercara a su féretro. Y que Carlos, tras morir Isabel, anduvo años buscando la manera de inmortalizarla en una gran obra que, a su entender, rindiera honor a su belleza como mujer y a su dignidad como soberana. Y trabajo debió costarle, porque ninguno de los cuadros pintados en vida de la emperatriz le satisfacía, razón por la cual el gran Tiziano, finalmente, tuvo que basarse más en los recuerdos del marido que en las obras precedentes al fallecimiento de la retratada.
—Pues, padre, quizás por ahí vayan los tiros: por esa enfermiza manía de falta de desapego por lo material que tanto caracterizó a aquellos personajes. Y es que al emperador, ya lo ha apuntado usted, no le bastaba con un recuerdo íntimo de la imagen de su mujer, sino que necesitaba poseer algo tangible con lo que poder dar satisfacción a sus sentidos.
La reunión del técnico y el sacerdote concluyó de la misma manera que había comenzado: plagada de interrogantes que, con total certeza, nunca obtendrían respuesta. Y ello era sí porque la excepcionalidad del asunto que fue casualmente descubierto por la accidental rotura del sarcófago real debió exigir un meticuloso plan que evitase que sus entresijos salieran a la luz. Parecía claro, por tanto, que quienes simularon el sepelio de Isabel de Portugal se preocuparon de no dejar rastro alguno de su oscura motivación, pues, probablemente, no descartasen el que, al cabo del tiempo y por la causa que fuera, la urna de plomo de la reina acabara siendo abierta. Y como los autores del embuste también supondrían que a partir de tal hecho —una vez superado el desconcierto inicial— surgirían estudiosos que tratarían de desentrañar la verdad de lo sucedido con el cuerpo, seguramente tomaron las medidas precisas para que su secreto quedara a salvo. No obstante, una deducción parecía evidente: que algo tan vergonzante sucedió que hubo que encubrirlo para no menoscabar la buena fama y el prestigio de la monarquía española.
Pocos meses después de que tuviera lugar la charla en el despacho del prior, concluyó la reconstrucción de la urna de la emperatriz, momento en el cual dio comienzo un arduo debate que tuvo opiniones enfrentadas. Por un lado, estaban quienes opinaban que en el sarcófago había que volver a inscribir el nombre de Isabel así como sus títulos, tal y como figuraban antes del destrozo. Por otro, algunos plantearon que, dado que el cofre iba a permanecer desocupado, su etiqueta dorada debía quedar innominada. Aunque parezca mentira, el asunto tenía más enjundia de la que aparentaba, pues existían grupos radicales republicanos que, sin considerar suficientemente ni su valor artístico ni su interés histórico, se habían manifestado ya en varias ocasiones en contra del boato de los enterramientos reales y del coste que para la hacienda pública suponía su mantenimiento —aparte de que sostenían que el Panteón sólo servía para enaltecer a la monarquía y que, cuando cambiara el modelo de estado, aquel cementerio subterráneo sería desmantelado por completo—. A la vista de todo ello, para evitar problemas, finalmente no se difundió el hecho de la ausencia de los restos de la reina y se decidió rotular la pieza de igual modo que se hizo en el siglo XVII.
—Con el dineral que ha costado reconstruirla, si esos sectarios de voces disonantes se enterasen de que la urna no custodia nada y de que nosotros lo desconocíamos, imaginaos el lío. Menos mal que la familia del demente que provocó el desastre ha pagado la factura, pero, aun así, no tardarían en llegar las peticiones de dimisión y los reproches en las tertulias de los medios de comunicación. ¡Mala, prensa, señores, mala prensa! Por otra parte, si algún día se encontraran los huesos de la reina Isabel, ya estaría preparado para ellos su ataúd de mármol. Recordad que el cofre del apóstol Santiago estuvo extraviado durante siglos en la propia catedral compostelana porque un canónigo lo escondió para evitar que cayera en manos de los piratas ingleses que asolaban las costas de Galicia —fue lo que dijo un alto funcionario del Patrimonio para justificar el dejar las cosas como estaban desde los tiempos del rey Planeta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo I

¡Hay luz en el Panteón de Reyes!


Ya serían más de las dos de la madrugada cuando el prior del monasterio de San Lorenzo de El Escorial vio interrumpido su descanso por el estridente sonido del teléfono de su mesilla de noche.
—¿Sí? ¿Quién es? —preguntó el religioso con desgana y sin llegar a abrir los ojos.
—¡Padre Gonzalo! Soy Manuel, el de seguridad.  
Al escuchar la voz del vigilante, el superior no pudo evitar sentir fastidio, ya que se trataba de un hombre extremadamente inseguro —por no decir desequilibrado— que llevaba un tiempo dando muestras de que había perdido las cualidades necesarias para afrontar los imprevistos que, de vez en cuando, surgían en los turnos nocturnos de trabajo. Era cierto que, durante el día, solucionaba con maña los numerosos incidentes que se producían en el Real Sitio —hurtos de carteras, desórdenes causados por las visitas de escolares, pequeñas urgencias médicas…— pero hacía unos meses que por las noches se transformaba, pues la oscuridad y la quietud del monasterio le empezaron a abrumar más de lo que podía caber dentro de lo normal. Así, si al revisar la biblioteca oía el crujir de alguna de sus maderas, su aplomo se derrumbaba enseguida y no tardaba en salir a toda prisa de la soberbia estancia en busca de un compañero. Sin embargo, la cosa no quedó en una simple fobia a la soledad —trastorno de más fácil tratamiento— sino que también comenzó a desarrollar una preocupante capacidad para crear imágenes irreales en su mente. Y fue esta especie de fantasmagoría la causa de que viviera una serie de extrañas experiencias más propias de un demente que de un cuerdo. Por ejemplo, en una ocasión en la que pasó cerca del Cristo de mármol blanco de Benvenuto Cellini situado en una de las capillas de la basílica, su imaginación, entre otros disparates, le persuadió de que las corrientes de aire provenientes de las puertas del Patio de Reyes movían el pelo de la escultura. Y en otra, al atravesar el sotacoro, acabó con la mirada fija en la bóveda plana proyectada por Juan de Herrera sopesando si aquellas piedras concéntricas, bajo su apariencia de genialidad arquitectónica, en realidad escondían un gran ojo que vigilaba a todo aquel que entraba en la iglesia.
Para completar esta lista de desvaríos, cabe citar dos más. El primero, que Manuel creyó ver que la sagrada forma de Gorkum —la que en el año 1572 profanó un soldado protestante pisándola con sus botas—, volvía a manar sangre dentro del relicario dorado de la sacristía del monasterio. El segundo, que cuando escuchaba el aullido de algún perro vagabundo que se hubiera colado en el Jardín de los Frailes —lo cual sucedía habitualmente—, inmediatamente perdía el control y no tardaba en convencerse a sí mismo de que se trataba del cancerbero del infierno que tanto atemorizó a los obreros que, en la segunda mitad del siglo XVI, trabajaron en la construcción de la magna obra de Felipe II.
El padre Gonzalo, que tuvo conocimiento de este último episodio, habló con el vigilante para que comprendiera que no podía permitir que sus desórdenes mentales lo dominaran. Y quiso hacerlo con argumentos tan sólidos que, a su entender, convencerían a cualquiera de que las leyendas del lugar no eran más que pura invención.
—Toma, lee estas páginas. Las escribió fray José de Sigüenza, un jerónimo contemporáneo a la fundación del monasterio que llegó a ser el prior de su comunidad, lo que demuestra que debía ser un hombre cabal. Su retrato está colgado en la biblioteca. Cuando pases por allí, te fijas en él. Es un fraile con barba corta y tonsura, vestido con hábito blanco y escapulario negro, que aparece en el cuadro escribiendo con una elegante pluma en un gran libro abierto por su mitad. Así podrás enterarte de la verdad sobre el famoso perro negro al que tanto temes: que de demoniaco no tenía un pelo y que como consecuencia de la aprensión que suscitó entre los operarios, acabó colgado de una soga que le puso al cuello el maestro de obras, el infatigable fray Antonio de Villacastín.
 No obstante, a pesar de las buenas intenciones del sacerdote, el efecto que tuvo su discurso fue el contrario al pretendido, pues la primera noche que Manuel entró de servicio, no tardó en dirigirse a la biblioteca para buscar la pintura del jerónimo. Y una vez que la encontró en el extremo sur de la sala, al iluminar con el pequeño haz de luz de su linterna al personaje allí representado, su fantasía, como era de esperar, echó a volar y acabó transformando el apacible rostro del monje en la amenazante imagen de un licántropo de fauces chorreantes de saliva que lo observaba con fiereza. Menos mal que justo en el momento álgido de su irracional trance, el guarda —porque sonó su teléfono— recuperó algo de cordura, lo que evitó que en su alocada huida chocara con la centenaria esfera armilar del astrónomo italiano Santucci, pieza única de incalculable valor a la que podía haber causado un grave destrozo.
 Por otra parte, acrecentaba su perenne e incontrolable turbación nocturna el hecho de que siempre que se publicaban libros relacionados con las ciencias ocultas que tildaban al Escorial de centro esotérico de primer orden, Manuel los devoraba para extraer de ellos nuevas patrañas con las que abonar sus obsesiones. Verbigracia, la escalofriante historia de que el monasterio tenía catorce plantas de sótanos y que nunca nadie se había atrevido a bajar más allá de la tercera, pues las restantes eran un auténtico laberinto en el que quien osaba entrar acababa perdido sin remedio. Evidentemente, ninguna persona en su sano juicio hubiera tomado en serio esta insensatez, pero él, como en una de sus rondas por la zona de los garajes, cerca de la minúscula estancia donde se localiza la primera piedra del monumento, descubrió unas empinadas escaleras descendentes que, adentrándose en la más profunda oscuridad, parecían no tener fin, no dudó en dar credibilidad al fantasioso relato —el cual también sugería que los tétricos subterráneos fueron el lugar elegido por muchos criminales para ocultar los cuerpos de sus víctimas—.
A la vista de todo lo anterior, es comprensible que Manuel pensara en solicitar al jefe de recursos humanos de su empresa que le eximiera de trabajar por las noches —petición esta que hubiera incomodado sobremanera a sus compañeros, ya que si su nombre salía del cuadrante, la frecuencia de las guardias de los demás se habría incrementado—.
—Si no quieres el servicio nocturno, te vas del todo, pero a nosotros no nos vas a fastidiar por tus chifladuras —parece ser que le espetó el encargado de organizar los turnos al enterarse de sus intenciones.

—¡Manuel! ¿Es que ocurre algo? ¿Sabes qué hora es? —exclamó el prior abriendo finalmente los ojos y fijándose en las manecillas fluorescentes de su despertador.
—Verá, padre, perdone que le moleste pero es que… ¿cómo se lo diría yo? —titubeó el vigilante, quien andaba más atribulado de lo habitual porque un conocido suyo acababa de contarle que se había grabado una psicofonía junto a la lonja del monasterio en la que, supuestamente, se escuchaban el sonido de un carruaje de época y unas voces de alguien que parecía hablar en castellano antiguo.
—¡Vamos, hombre, dilo de una vez! ¿Qué es lo que pasa?
—Pues pasa que…
    Como Manuel no concluía su frase —seguramente porque le daba apuro mostrar su debilidad— el prior estuvo a punto de perder la paciencia.
    —Será posible. ¿Es que vamos a estar así toda la noche?
    —No, no, padre… lo que ocurre es que… ¡hay luz en el Panteón de Reyes! —soltó finalmente.
    —¿Qué hay luz en el Panteón? ¿Eso es todo? ¡Pues vaya una emergencia! ¡Se habrá quedado una lámpara encendida!
    —No, eso no, porque le puedo asegurar que en mi ronda anterior, hace poco más de una hora, todo estaba completamente apagado; además, he revisado la puerta de la escalinata y se encuentra cerrada.
    —¿Cómo? ¿Que antes no había luz en la cripta? ¿Estás seguro de ello? No será que…
    —Le juro por mis hijos que en esta ocasión no me estoy imaginando nada —replicó el guarda queriendo dar mayor credibilidad a sus palabras—. Por favor, créame —añadió suplicante.
    —Está bien, Manuel, vayamos por partes: ¿hubo alguna incidencia en el relevo de ayer por la tarde? —preguntó el prior con tono comedido y sin querer alterarse.
    —Ninguna en absoluto. Cuando a las ocho se hizo el cambio de turno, el jefe saliente y yo mismo, como es preceptivo, recorrimos la basílica y las dependencias de los museos y le garantizo que todo quedó vacío. ¿Es posible que alguien de la comunidad haya pasado desde el convento hacia los panteones?
    —Qué va, de aquí a estas horas no sale nadie. Y si uno tuviera que hacerlo, se marcharía por la portería. Aparte de que pensar que un fraile, en mitad de la noche, decida bajar a la cripta, es un absurdo. Así que, por favor, no consideremos hipótesis sin sentido y hablemos con sensatez.
    —Lo siento, tiene usted toda la razón. He preguntado una tontería.    
    —Y la alarma, ¿ha saltado? —continuó el prior haciendo caso omiso de la disculpa.
    —No, padre, ya me he cerciorado hablando con la central. Y tampoco se ha escuchado el más mínimo ruido.
    —¿Quiénes estáis hoy?
    —Pedro y yo, pero él vigila otra parte que tiene unos sensores averiados y no puede abandonarla. Eso iría en contra del reglamento.
    —Seguramente se trate del mal contacto de algún foco que, por lo que sea, se haya movido. Quizás es que tengamos ratones por los conductos del cableado.
    —¡Uf!, no creo que esa sea la causa, porque los de las plagas estuvieron por aquí hace menos de una semana y en las trampas que pusieron no ha caído ningún roedor.
Tras pronunciar esta última frase, Manuel se quedó callado, como esperando una determinada reacción del superior, la cual, obviamente, no se produjo.
—En fin, supongo que debo bajar al Panteón para efectuar una verificación —acabó asumiendo con resignación.
—Así es, y luego me informas, por favor. O, mejor dicho, hazlo a las siete, cuando acabes el turno, que ya estaré despierto —concluyó el prior convencido de que la incidencia carecía de importancia.
No había pasado ni un minuto desde que el padre Gonzalo volvió a meter los brazos debajo de su manta cuando el teléfono de su celda sonó de nuevo.
—¡Dígame!
—Padre, soy yo otra vez.
—Sí, ya me he imaginado que eras tú. ¿Qué sucede ahora?
—No, nada… es que me preguntaba si querría venir conmigo para comprobar con sus propios ojos que todo esté en orden en la cripta.
—¿Cómo? ¿Que si quiero ir contigo? ¡Manuel, Manuel!
—No, no, por favor, no me malinterprete…
—Mira, no te andes con rodeos y dime la verdad: te da miedo bajar solo, ¿no es así?
—Bueno, padre, miedo, lo que se dice miedo, no me da, pero sí algo de repelús —reconoció el vigilante.
—¿De repelús? ¡Válgame el cielo! —exclamó el prior ante la sorprendente respuesta—. ¿Y se puede saber exactamente a qué le tienes repelús? ¿Es que no hemos hablado ya en más de una ocasión de lo absurdo de tus temores? Escucha, tú eres un profesional y como tal deberías comportarte, porque si te dejas atenazar por tus manías, acabarás dominado por ellas —añadió elevando el tono de voz para intentar que el guarda reaccionara.
Sin embargo, este no respondía a la reprimenda y sus titubeos y sonidos inarticulados denotaban el bloqueo que su cabeza padecía. El superior entonces, comprendiendo que resultaba inútil razonar con él, no tuvo más remedio que ceder, pues, por su sentido del deber, no le parecía correcto el dejar de indagar lo que ocurría en la cripta real. Por otra parte, también influyó en su decisión el hecho de que sintió lástima por aquel hombre que estaba al borde de sufrir un ataque de pánico por la ansiedad que le producía el tener que enfrentarse a una situación que no controlaba. Y si podía taparle al menos por esa noche, lo haría, ya que le tenía en buena estima.
—Está bien, Manuel, dame cinco minutos. Espérame en el patio de los Evangelistas, junto a la escalera principal. Avisaré también a fray Alberto, que algo entiende de electricidad.
—No sabe cómo se lo agradezco; ahora mismo salgo para el punto de encuentro —respondió aliviado el vigilante cuando escuchó al religioso.   
El padre Gonzalo, un palentino de mediana edad —exce-lente persona, gran sacerdote, políglota, buen diplomático y poseedor de una cultura inmensa— llevaba bastantes años ejerciendo de prior de la comunidad de monjes del Real Sitio, el cual, tanto por su importancia monumental como por su cercanía a Madrid, era frecuentemente visitado por personalidades de toda índole —incluso por jefes de estado extranjeros que se encontraran de visita oficial en España y que solían alojarse en el cercano palacio de El Pardo—.  
Entre sus funciones civiles —aparte de las de cicerone institucional— destacaba la de recibir los cadáveres de los miembros de la familia real cuyo destino final fuera alguno de los panteones del monasterio —el de Reyes o el de Infantes—, lo que confería a su cargo una especial transcendencia. Asimismo, tenía la responsabilidad de que todos sus subordinados —religiosos de la comunidad y empleados de los servicios generales— usaran las instalaciones centenarias en las que habitaban y trabajaban con la diligencia necesaria para evitar deterioros y desperfectos. Y cabe mencionar también que se ocupaba del desarrollo y la potenciación de los recursos culturales y artísticos del monumento, gustándole en especial todo lo relacionado con la catalogación y la difusión científica de los inigualables fondos bibliográficos de la biblioteca escurialense.
Por esta vida plagada de múltiples, constantes y ricas experiencias daba gusto hablar con él, porque su amena conversación normalmente acababa convirtiéndose en un torrente de interesantísimas anécdotas contadas siempre con sutil humor y fina inteligencia.
Esa noche de noviembre, las galerías del monasterio hubieran inquietado a cualquiera que deambulara por ellas sin más compañía que un walkie-talkie y una linterna, por lo que el superior llegó a comprender, al menos en parte, el malestar que sufría Manuel al recorrer aquellas tinieblas. Y más lo entendió cuando el viento que soplaba desde el monte Abantos redobló su fuerza provocando que los cristales del claustro comenzaran a vibrar y que mil aullidos, provenientes de las más recónditas rendijas del edificio, inundasen sus oídos.
—Si es que parecen auténticas voces lastimeras —pensó a la vez que se alegraba de haber decido acompañar a Manuel, pues, sufriéndolo él en sus propias carnes, apreció que no era tan sencillo como parecía el tener que aventurarse en soledad en aquel inquietante mundo transformado por la oscuridad, y menos aun si uno tenía como destino el cementerio del sótano en el que reposaban decenas de cadáveres.
Hasta tal punto se solidarizó con el vigilante mientras se dirigían a la cripta real, que el padre Gonzalo decidió investigar una habladuría que había llegado a su conocimiento: que el resto de los guardas de seguridad no realizaban rondas y que, durante las horas de sus turnos nocturnos, permanecían junto a las entradas del monumento sin abandonar la comodidad y el calor de sus garitas.
Dejando atrás un pasillo contiguo a la nave de la basílica, los tres hombres —que marchaban en absoluto silencio— no tardaron en situarse en la parte superior de la suntuosa escalera de mármol que desciende hasta el Panteón real. Una vez allí, los religiosos pudieron comprobar que, efectivamente, una tenue claridad se escapaba por debajo de la puerta de la cripta. A la vista de ello, el prior preguntó a Manuel si confirmaba que en su primera ronda el lugar estaba a oscuras.
—Lo ratifico con total seguridad.
—Está bien, pues vamos allá —dijo fray Alberto dispuesto a encabezar el grupo.
—No, por favor, sitúese detrás de mí —contradijo Manuel al fraile posando su mano derecha sobre la empuñadura de su revólver.
Sin dejar de vigilar el pequeño resplandor que se veía al final de la escalinata, el guarda bajó los primeros peldaños con decisión; sin embargo, justo en el momento en el que pasaba por delante del pudridero —el lúgubre habitáculo en el que los cuerpos de los reyes, antes de ocupar sus urnas mortuorias definitivas, permanecen treinta años con objeto de reducir su tamaño— se detuvo, ya que la luz que provenía del interior del mausoleo se apagó de repente.
—¿Han visto eso? —susurró Manuel volviéndose hacia los religiosos.
Fray Alberto, que inicialmente parecería ir sobrado de valor, ante el inesperado apagón tragó saliva y dio un paso atrás; además, cogió un destornillador de la caja de herramientas que portaba y lo empuñó como tratando de precaverse ante un peligro desconocido. El prior —que a pesar de lo hermético y opresivo del acceso a la cripta pretendía mantener la calma— sonrió ante el gesto de su hermano de orden, quien, cada vez más afectado por una evidente autosugestión, ya dudaba si las idas y venidas de la luz estaban realmente causadas por un simple problema eléctrico.
Al llegar al pie de la escalera, el guarda sacó de su bolsillo la llave de la cámara mortuoria y la giró lentamente en la cerradura de la puerta, acción esta que provocó el chasquido metálico de su mecanismo.
—Ya le había dicho que estaba cerrada. Y aquí no hay corrientes de aire que puedan mover casquillos —afirmó dirigiéndose al superior.
—Anda, déjate de comentarios y abre a ver.
—Retírense un poco, hagan el favor —dijo en voz baja el vigilante cuando acabó de dar el movimiento a la llave—. Y no hablen —añadió mientras bajaba el picaporte.
Manuel, para sorpresa del padre Gonzalo, estaba transformado, pues en esos instantes en los que su corazón y el de fray Alberto latían impetuosos, sólo él parecía sereno, ya que, al no verse solo, olvidó por completo todas sus fantasiosas manías para aplicarse con profesionalidad a gestionar adecuadamente la incidencia producida. Para ello, tras empujar con fuerza una de las pesadas hojas del portón, dejó a la vista el interior en penumbra de la sala —en la cual, aparentemente, no había nada extraño—; acto seguido, palpando la pared, logró encontrar y accionar el interruptor de la luz.
—Pues parece que la clavija funciona correctamente. Y fíjense en que todas las bombillas de la araña del techo responden al unísono.
—Ya, pero habrá que dar parte al de mantenimiento para que revise la instalación, porque está claro que tiene algún fallo; aunque lo que sí podríamos hacer ahora es bajar los plomos para que no se produzcan más equívocos —propuso fray Alberto.
—Perdóneme, pero no creo que sea buena idea cortar la corriente en esta zona, pues podemos dejarla sin alarma, y eso lo prohíbe el protocolo de seguridad.
—Pues entonces, ¡hala!, vámonos y que mañana baje el técnico —concluyó el padre Gonzalo, metiendo prisa al vigilante, porque tenía verdaderas ganas de volver a la calidez de su celda.
—No saben lo que siento haberles molestado… si yo hubiera sabido que…
—No hace falta que te disculpes. Lo importante es que no ocurre nada de lo que debamos preocuparnos.
Manuel ya se disponía a apagar la luz y a cerrar de nuevo la puerta de la cripta cuando fray Alberto se fijó en uno de los sarcófagos de los cuerpos reales.
—¡Espera un momento! ¡No apagues! Fijaos en esa urna de arriba. ¡No está en su sitio!
—¡Es verdad, parece que la han corrido! Es la tumba de Isabel de Portugal. Elisabeth Imp. et Reg., pone la inscripción, pues fue emperatriz de Alemania y reina de España. ¿Qué ha podido suceder aquí? —dijo el prior desconcertado por lo insólito del hallazgo.
El descubrimiento de la manipulación del sarcófago provocó en Manuel una especie de alivio, pues, antes de producirse el mismo, se sentía bastante ridículo por no haber tenido los arrestos necesarios para bajar solo la cripta. Y el que una de las tumbas no estuviera alineada con las demás, parecía un hecho con enjundia suficiente como para que su falta de aplomo quedara relegada a un segundo plano o incluso se diluyera en la nada. Por eso, animado por el nuevo giro que tomaba la situación, entró decidido al Panteón para acercarse al sarcófago de la divina mujer cuya belleza inmortalizó Tiziano en una de sus obras más famosas.
Al situarse junto a la pared en cuyo hueco superior reposaba sobre garras de león el ataúd de mármol de la esposa de Carlos V, el vigilante observó que tanto la primera hornacina —la de Isabel de Borbón— como la segunda —la de Margarita de Austria— presentaban huellas de pisadas. A Manuel, aquellas marcas de calzado le sorprendieron, pues sabía perfectamente que durante el horario de apertura al público del monumento la presencia de un guarda en la cripta era constante. Por tal motivo, empezó a elucubrar, sin demasiado tino, sobre si los rastros de polvo podían tener su origen en una mala práctica de alguien de la limpieza que, por no disponer de una escalera de mano, se hubiera apoyado en los huecos inferiores para alcanzar a pasar un paño por las piezas situadas a mayor altura. No obstante, no tardó demasiado el vigilante en abandonar sus divagaciones, ya que en la sala mortuoria se oyó el ligero chirrido de las bisagras de la hoja de la puerta que permanecía abierta. Manuel, al escuchar el sonido, quitó el seguro de su arma y se dio media vuelta.
—¿Será posible que una persona se haya podido ocultar ahí detrás? —pensó mientras con un silencioso gesto de su mano ordenaba a los religiosos que se retiraran escaleras arriba.
Alejados los frailes unos metros de la boca del Panteón, el guarda dijo unas frases en voz alta.
—Nada, padres, falsa alarma; podemos irnos, que aquí no hay nada más que ver. Daré parte para que mañana venga el electricista a repasar las conexiones. Y la urna la han debido mover los de las plagas. También informaré de ello. Lamento haberles hecho levantar.
Acabar de pronunciar estas fingidas palabras y mover enérgicamente el armazón de madera ornamentada que estaba apoyado en la pared, fue todo en uno; y descubrir a un individuo de cara alelada que, aprovechando un pequeño espacio, allí se había escondido, también.
El sujeto, que en un primer momento se quedó inmóvil como sin saber qué hacer, enseguida se recuperó de su momentánea parálisis e intentó zafarse de Manuel, quien pretendía reducirlo. Fray Alberto, hombre corpulento y deportista, saltó entonces al interior de la cripta para ayudar al vigilante.
El encubierto —de veintitantos años de edad— a pesar de su delgadez, era pura fibra y bregaba con ímpetu para evitar que lo inmovilizaran.
—¡Estese quieto si no quiere hacerse daño! —le exigía Manuel a la vez que trataba de ponerle unas esposas.
El prior, mientras tanto, contemplaba atónito la escena desde la puerta del mausoleo.
—¡Padre Gonzalo, vaya usted a avisar a la Guardia Civil, que aquí ya nos apañamos nosotros! —dijo el vigilante cuando creyó que, por fin, el extraño personaje aflojaba la intensidad de su resistencia.
Sin embargo, tal percepción resultó ser errónea, porque el individuo, recuperando el brío, se liberó de las manos que lo sujetaban y, dando un salto más felino que humano —además de grandes voces—, se lanzó hacia el sarcófago de Isabel de Portugal apoyando un pie en la primera de las hornacinas.
—¡Es mentira lo que escribió el duque de Rivas! ¡No estaba podrida ni comida por los gusanos! ¡Es una falacia de la historia! ¡Ella es eterna, incorrupta, perenne, hermosa! ¡Debo verla! —clamaba el perturbado.
Manuel y fray Alberto, que lo tenían cogido por las piernas, sin dar crédito a lo que escuchaban, redoblaron sus fuerzas para bajar al intruso de donde se había encaramado; él, por su parte, oponiendo una gran resistencia, se aferraba como una lapa a la urna de la emperatriz.
En ese punto de la pertinaz lucha, se escuchó al padre Gonzalo gritar con angustia
—¡Cuidado! ¡Por Dios! ¡El sarcófago! —decía el religioso, pues, como consecuencia de la insistente porfía, el ataúd de mármol negro de la reina, que ya tenía en el aire una de sus patas, estaba a punto de perder un segundo punto de apoyo.  
Desgraciadamente, instantes después, lo que temía el prior que sucediera, pasó, porque en uno de sus arreones, el fraile y el vigilante tiraron con tanta energía del individuo —quien agarraba el sarcófago con el mismo vigor con el que las mandíbulas de un perro de presa sujetan a sus víctimas— que el objeto acabó saliéndose completamente del hueco en el que reposaba desde hacía siglos.
El estruendo provocado por la gran pieza de mármol al chocar contra el suelo fue tal, que pareció el estallido de un potente proyectil que hubiera sido lanzado por un obús de gran calibre. Milagrosamente, ninguno de los tres que forcejeaban resultó herido, ya que pudieron apartarse a tiempo y la mole de piedra caliza ni les rozó. El cura palentino, sin embargo, al ver el descomunal estropicio, se quedó sin aire y tuvo que apoyarse en una pared porque sus piernas no le respondían.
 Aprovechando el desconcierto del momento, Manuel logró esposar al misterioso joven y también le ató los pies con una cinta; tras hacerlo, pidió ayuda utilizando su transmisor. Fray Alberto, por su parte, se dedicó a atender a su superior.
La Guardia Civil tardó menos de quince minutos en aparecer en el Panteón. A los agentes los acompañaban varios frailes y dos sanitarios del 112, quienes tardaron poco en diagnosticar que el padre Gonzalo tan sólo padecía un ataque de ansiedad.
—Hay que informar inmediatamente al Patrimonio Nacional. Que alguien llame al director, al arquitecto, al jefe de los conservadores… ¡a todos! —no paraba de repetir el afligido sacerdote mientras observaba cómo delante de sus ojos, rota en mil pedazos, yacía la que, desde el siglo XVII, había sido la caja mortuoria de la esposa del emperador Carlos V.
—No te preocupes, que ahora mismo doy aviso —lo tranquilizó el hermano encargado de la portería mostrándole su teléfono móvil.
La situación parecía controlada cuando el detenido, al que mantenían sentado sobre el suelo con la espalda apoyada en la pared de jaspe de la estancia, comenzó a vociferar y a agitar los brazos como si quisiera soltarse de las manillas que aprisionaban sus muñecas.
—¿Dónde está doña Isabel? ¿Dónde la han metido? ¡Ladrones! —gritaba el peculiar individuo mientras escudriñaba detenidamente los trozos del sarcófago.
Ante tal reacción, el guardia que lo custodiaba, intervino con rapidez.
—Pero, ¿qué dices? ¿Por qué no cierras la boca? ¿Es que no has hecho ya bastante?
Sin embargo, como el hombre no callaba, un sargento, con un movimiento de cabeza, ordenó al número que lo sacara de la cripta.
El prior, al escuchar tan disparatadas palabras, se levantó del peldaño en el que estaba sentado y, zafándose del enfermero que pretendía tomarle la tensión por segunda vez, se acercó a los restos del desastre, entre los que sobresalía la caja de plomo que se guardaba dentro de la urna de mármol y que quedó a la vista a causa del estropicio. La pieza de metal, que era la que teóricamente contenía los restos mortales de la reina, no estaba rota en pedazos, pero sí abollada y con una gran raja en un lateral que permitía ver en su interior. El padre Gonzalo entonces, teniendo un mal presentimiento, se agachó para examinar el cofre de cerca.
—Pero… si aquí no hay nada. ¡Esto está completamente vacío! —exclamó con asombro.
—¿Cómo que vacío? —preguntó extrañado el encargado del Patrimonio Nacional que acababa de aparecer en la cripta.
—Es que no veo ni un solo hueso.
—Déjeme a mí, haga el favor —dijo el funcionario, quien después de apartar al sacerdote y alumbrarse con un mechero, llegó incluso a meter el brazo por la estrecha abertura— ¡Nada! ¡Tiene usted razón! —afirmó perplejo mirando a los presentes.
Días después del inesperado descubrimiento, como consecuencia de las dudas que el mismo suscitó, los responsables del monumento decidieron examinar la totalidad de los cofres del Panteón. Naturalmente, antes de que llegaran los resultados hubo cierta tensión, pues algunos técnicos temieron que apareciesen más urnas vacías. Y es que, en realidad, tan sólo se tenía la certeza de la presencia del cadáver momificado de Carlos V, el cual, a lo largo de los años, había sido exhumado en al menos dos ocasiones: una en la Revolución de 1868 —cuando, dicho sea de paso, alguien hurtó uno de sus dedos— y otra en 1936, en los albores de la Guerra Civil. Por ello, comenzaron a circular teorías sobre si los franceses, en la ocupación del monasterio durante la Guerra de la Independencia, podían haber vaciado algunas tumbas en busca de joyas y piezas de valor.
No obstante, las aguas volvieron a su cauce —al menos en lo referido a este asunto en concreto— cuando las radiografías revelaron que los despojos de los demás reyes de España sí que se encontraban en la cripta. A partir de ese momento, por tanto, la cuestión a resolver se circunscribía exclusivamente a averiguar lo ocurrido con el cadáver de la madre de Felipe II. Con ese fin, Patrimonio pidió su opinión a un experto en medicina forense, quien debía dictaminar sobre la posibilidad de que unos restos humanos, por acción de algún tipo de bacteria, hubieran podido desaparecer completamente. Una vez conocido el informe, este tuvo como efecto que el desconcierto de los investigadores se multiplicara, pues el perito no pudo ser más categórico a la hora de emitirlo: como en la caja de plomo no había ni el más mínimo resto de material biológico —ni siquiera a nivel microscópico— cabía deducir que en la misma nunca se guardó ningún cadáver.
—Ahora resulta que la tumba era de aire. Esto sí que es un misterio —afirmó el jefe de los conservadores del monasterio, arqueando las cejas, cuando acabó de leer el dictamen en presencia de la comisión encargada de los trabajos del Panteón.
—Ya lo creo que es un misterio, ¡y grande! —exclamó uno de los reunidos— pues aquí tengo otro informe que asegura que el plomo de la urna de Isabel es más grueso que el de las demás, por lo que, incluso sin huesos, pesa más o menos lo mismo.
—¿Y eso? ¿Teorizas alguna explicación para ello?
—No sé, pero quizás, en un momento dado, se quiso hacer creer que el ataúd de metal no estaba vacío.
—Pero si los cuerpos de los reyes se entregan a los frailes del monasterio para que se reduzcan en el pudridero —replicó otro de los asistentes a la reunión.
—Así es, pero no olvidemos que el cadáver de Isabel de Portugal fue traído a El Escorial treinta y cinco años después de su muerte, ya que, en un principio, reposó en la Capilla Real de Granada. Por tanto, es casi seguro que lo que llegara fuera una caja de plomo ya sellada y que el notario se limitara a dar fe de su recepción sin que nadie mirase en su interior. Y, por descontado, no hizo falta que los restos se redujeran en el pudridero.
—¿Quieres decir que es posible que el cadáver de la reina nunca haya estado en el Panteón?
—Pues ya que me lo preguntas, aunque parezca inverosímil, eso es lo que me temo.
—Y, entonces, ¿dónde se encuentra?
—¡Ah, ni idea! Pero valdría la pena investigarlo, aunque no sería descabellado que este asunto se convirtiera en un enigma más de la historia de España. Como se entere la televisión, ya veréis la de reportajes y programas que se hacen sobre el tema. Y exagerándolo todo y formulando teorías conspirativas, claro está.
—Y la caja de plomo, ¿no será más moderna y lo que ocurrió fue que alguien la cambió por la original?
—No creo, porque he comprobado que está lacrada con las armas de Carlos V y ya sabéis que esos objetos se destruían tras la muerte del personaje a quien representaban.
—Salvo que se trate de una falsificación.
—¿Una falsificación? Qué va, pues he examinado muchos sellos en mi vida y este del que hablamos me parece tan auténtico como el que más, aparte de que no tiene signos de alteración. Para mí, eso descarta que la tumba haya sido saqueada en algún momento y posteriormente recompuesta. Es decir, que es muy probable que la caja se lacrara a sabiendas de que en su interior no había nada. No obstante, sin perjuicio de esta posibilidad, quizás habría que ir a Granada y comprobar los cuerpos que allí se conservan. O incluso indagar lo sucedido entre el depósito del cadáver en la iglesia de prestado del monasterio y su definitivo traslado al Panteón real que, como sabéis, es de época de Felipe IV. Sin embargo, sobre este cambio de ubicación, tengo claro —porque así lo investigué hace unos años— que los sarcófagos de mármol negro del XVII se fabricaron según las medidas de los cofres de plomo que ya existían y que provenían del siglo anterior; es decir, que no se movieron los huesos de sus cajas para meterlos en los nuevos ataúdes barrocos. Además, está el hecho del sello inalterado, que no tiene explicación; o, al menos, yo no se la encuentro.
—A lo mejor se olvidaron de meter los huesos de Isabel en el cofre que vino de Granada… aunque, en un asunto así, me extrañaría que se hubiera producido una equivocación tan garrafal.
—Salvo que estemos en presencia de algo que se hizo a posta y con premeditación, ya os lo he dicho antes.
—En resumidas cuentas, señores, que no tenemos ni idea de lo que ha pasado. Veamos lo que determina el presidente a la vista de todos los dictámenes y, si procede, ya actuaremos según convenga. Hasta entonces, poco más podemos hacer que no sea divagar —afirmó el jefe de los restauradores antes de dar por concluida la reunión—. Por cierto, necesito urgentemente el presupuesto del nuevo sarcófago, porque el hueco vacío en el Panteón hace un efecto malísimo —añadió mientras se levantaba de su sillón.
El padre Gonzalo, ajeno a las disquisiciones de los técnicos del Patrimonio, una vez recuperado —al menos físicamente— del disgusto sufrido por los daños ocasionados en la cripta, se encerró en el archivo del monasterio con la intención de examinar la documentación relativa a la entrega en febrero de 1574 de los restos mortales de Isabel de Portugal al prior de la comunidad de jerónimos que por aquel entonces habitaba en el real sitio: fray Hernando de Ciudad Real. Para ello, lo primero que hizo fue repasar la misma obra que en su día había recomendado a Manuel —la Historia primitiva y exacta del monasterio de El Escorial, de fray José de Sigüenza— y, concretamente, el discurso que trata de la traslación de los cuerpos del emperador Carlos V y de la emperatriz desde Granada hasta El Escorial. En dicho capítulo, el superior releyó la carta de Felipe II dirigida el veintidós de enero de 1574 a los frailes de San Lorenzo el Real en la que les daba instrucciones sobre la recepción de los cuerpos de sus padres, siendo tan minucioso el rey Prudente, que hasta detalló, en un papel aparte, el lugar y la forma de cómo debían colocarse los ataúdes en la bóveda de la iglesia de prestado —que era la que se utilizó para todos los actos litúrgicos y funerarios del monasterio hasta que se concluyó la construcción de la basílica—.  
Para los efectos que más importaban en ese momento al padre Gonzalo, un dato valioso era que, según el testimonio de fray José de Siguenza, en cada uno de los ataúdes se puso un pergamino envuelto en un tafetán doble en el que estaba escrito el nombre de la persona real a la que correspondía así como las fechas de su nacimiento, muerte y llegada al monasterio. También, le resultó interesante que se firmara un auto de entrega en el que, en presencia de un alcaide llamado Martin Velázquez, intervinieron el vicario del monasterio y el responsable del traslado de los cuerpos: el obispo de Jaén, quien, por cierto, gastó tanto en el viaje que a su sobrino, en tono jocoso, un cortesano le hizo un comentario tan afilado que, por su agudeza, corrió de boca en boca por todo Madrid: Paréceme que vuestro tío lleva unos huesos que tendréis que roer toda la vida.
Decidido a seguir indagando sobre lo sucedido con el cuerpo de Isabel de Avis, después de mucho rebuscar, el prior encontró en el archivo el mencionado auto así como los pergaminos, cuyos contenidos coincidían íntegramente con lo indicado por el jerónimo en su relato sobre la fundación de San Lorenzo; sin embargo, nada más logró avanzar y, en realidad, ninguna luz pudo echar sobre el misterio.
 Una semana después de realizadas las anteriores pesquisas, un mediodía en el que paseaba por la lonja del monasterio bajo el tibio sol de noviembre sorteando a los niños que, en ese momento, salían en tropel del colegio Alfonso XII, el religioso se cruzó con el conservador que mostró a sus colegas que el plomo del cofre de la emperatriz era distinto al de las demás urnas y que sospechaba que su cadáver nunca había estado en la cripta.
—Padre Gonzalo, buenos días.
—Jesús, cuánto tiempo.
—Qué va, no tanto; en octubre nos vimos en la reunión trimestral.
—Tienes toda la razón, allí nos vimos; perdóname que no lo recordase. Lo cierto es que llevo unos días que, además, de disgustado, ando de cabeza.
—Supongo que su disgusto se debe a lo ocurrido en el Panteón.
—¡Claro! A mí, el suceso me ha afectado bastante. Piensa que yo soy el último responsable de todo lo que aquí pasa y la rotura de uno de los sarcófagos del mausoleo real es lo más grave que ha ocurrido desde que los franceses saquearon el monasterio.
—¡Qué exagerado! Mucho peor fue cuando se cayó el Cristo de Cellini y se le rompió un brazo. Esa sí que es una pieza única. Además, de usted no depende que el servicio de seguridad funcione mal y que un loco logre esconderse en una estancia de los museos; y, a mayor abundamiento, ya se ha aprobado la construcción de un nuevo ataúd y nadie notará la diferencia cuando el mismo se concluya. Por eso, padre, para mí, lo verdaderamente trascendente en todo este asunto es que la urna de la emperatriz estuviera vacía. Y no es que me alegre por lo que ha pasado, pero, si me apura, soy incluso capaz de decir que no hay mal que por bien no venga.
—Yo también creo que la ausencia de los huesos es algo que, desde el punto de vista de un investigador, resulta sumamente atractivo. Es más, te confieso que en estos días atrás he estado indagando en los archivos sobre la cuestión. Sin embargo, comprende que ello no pueda compensar la desgracia que ha supuesto la pérdida de la pieza original de mármol. Y aunque sea cierto que, tras la restauración, todo quedará en el mismo estado, el incidente ha sido un duro golpe para mí.    
El técnico, a la vista de las palabras del prior, quiso mostrar interés por la vertiente del caso menos atractiva para él.
—¿Y qué se sabe del detenido?
—Pues parece ser que ante la Guardia Civil declaró que un cómplice suyo distrajo al vigilante encargado de cerrar el Panteón cuando concluyó el horario de visitas, momento que aprovechó para esconderse detrás de una de las hojas de la puerta. También dijo que su intención no era causar ningún destrozo, sino tan solo contemplar el cuerpo de la emperatriz, ya que está locamente enamorado de ella y quería comprobar la falsedad de lo relatado por el duque de Rivas en su romance histórico El solemne desengaño. Según me contaron, en ese punto de su declaración, a pesar de los esfuerzos de su abogado por impedirlo, el individuo se levantó y, de manera histriónica, empezó a recitar a voz en grito los versos de la afamada composición poética que se refieren a la corrupción del cuerpo de Isabel de Avis.

NOTA DEL AUTOR: Estos son los versos que recitó el loco del Panteón durante su declaración ante las autoridades.

¡Horror! ¡Horror! Aquel rostro
de rosa y cándida nieve,
aquella divina boca
de perlas y de claveles,

aquellos ojos de fuego,
aquella serena frente,
que hace pocos días eran
como un prodigio celeste,

tornados en masa informe,
hedionda y confusa vence,
donde enjambre de gusanos
voraz cebándose hierve.

—Tras el trámite en el cuartelillo —prosiguió el prior— el hombre fue llevado a presencia del juez de guardia, quien también pudo comprobar que sus facultades mentales parecían muy mermadas; por ello, días después, una vez que tuvo encima de su mesa el informe de un médico forense, dictó un auto sobreseyendo el caso. En cuanto a la responsabilidad civil derivada de los hechos, como el inimputable pertenece a una familia adinera —no te puedo decir cuál, por respeto a su intimidad— enseguida se ha alcanzado un acuerdo y pagarán el monto total de los daños cuando esté lista su tasación, aunque creo que ya han depositado un adelanto de veinte mil euros. Bueno, los detalles de las cifras y los costos los conocerás tú mejor que yo. Para concluir la asombrosa historia del loco enamorado, te diré que parece ser que ha acabado creyendo que los restos de Isabel no estaban en la tumba porque ella, al igual que la Virgen María, ascendió al cielo en cuerpo y alma. ¿Qué te parece?
Justo en el instante en el que el conservador se disponía a comentar la inaudita declaración del pobre demente, Manuel, el vigilante de la noche de autos, se acercó muy azorado al prior sin importarle en absoluto que se encontrara ocupado charlando con otra persona.
—¡Padre, padre Gonzalo, debo pedirle una cosa!
—Manuel, ¿sucede algo? —preguntó el religioso al ver que el guarda se dirigía a él mostrando un patente estado de nerviosismo.
—Necesito su ayuda, por lo que más quiera. Hoy me han puesto turno de noche y, como no soy capaz de hacerlo, el alma se me ha caído a los pies. Es que no me veo de nuevo recorriendo esos pasillos tenebrosos donde a cada paso suena un crujido y en cada esquina te espera un sobresalto.
—Pero, Manuel, me sorprendes. Hace unos días diste una lección de serenidad y hoy me vienes con estas.
—Padre, perdóneme, pero le recuerdo que la otra noche yo iba acompañado, lo que me confortaba completamente; además, debo decirle —eso sí, con todos mis respetos— que usted es el responsable, al menos en parte, de que me sienta así.
—¿Cómo? ¿Qué yo soy responsable de que tengas miedo de cumplir con tu trabajo? Salvo que te expliques mejor, no voy a poder entenderte.
—Verá, recordará que, hace unas semanas, me recomendó la lectura de un libro sobre la construcción del monasterio que, supuestamente, me ayudaría a darme cuenta de que mis temores, calificados por usted como disparates, carecen de fundamento. Pues bien, el autor de esa obra relata que el día en el que los cadáveres de los padres de Felipe II llegaron a este lugar, se produjo un viento tan fuerte que hizo pedazos el túmulo de terciopelo negro y brocados que habían preparado para el acto de la recepción.
—Por favor, Manuel… —exclamó el prior con preocu-pación.
—No, espere, que sigo, porque el fraile ese, el tal Sigüenza, el del cuadro de la biblioteca, también afirma que nunca antes los lugareños habían conocido un vendaval tan descomunal y que algunos de los restos de los adornos del armazón aparecieron a muchos kilómetros de distancia. ¿Y sabe que pienso yo de todo eso? Que tal alarde de la naturaleza no fue casual, sino que vino provocado por el sacrilegio cometido al honrar a un ataúd que llegaba vacío. ¡Una farsa, padre Gonzalo, una farsa fue lo que provocó la ira de Dios! ¡Y estoy seguro de que una maldición ha caído sobre mí por haber participado en el descubrimiento de la mentira!
Tras escuchar tamaño desvarío, el prior, sin querer entrar a rebatirlo, pidió al guarda que se dirigiera a la portería del convento y que allí le esperara.
—¿Has visto? Este hombre está bastante mal. Las noches de soledad dentro del edificio lo han transformado. Por desgracia, no me va a quedar más remedio que pedir que lo releven de su puesto. Es que no puedo consentir que una persona así pueda portar un arma y que sea el encargado de velar por la seguridad, ni siquiera durante el día.
—Desde luego que debe hacerlo, porque es un auténtico peligro. ¿Prefiere que le acompañe?
—Te lo agradezco, pero no hace falta; yo sabré manejarlo. Si es buen chico, te lo aseguro, pero necesita la ayuda urgente de un psiquiatra.
—Parece que estamos rodeados de locos por todas partes…
—Y que lo digas. En fin, me voy, que no quiero que Manuel se impaciente y pueda montar un espectáculo en la sala de visitas; aparte de que si se cruza con el furriel de su empresa, seguro que discute con él.
—Espere, padre, por favor. ¿Puedo robarle un minuto?
—Si es solo un minuto… ya sabes la prisa que tengo.
—No, si no tardo nada; únicamente quería decirle que me gustaría compartir con usted los resultados del análisis del sarcófago de la reina así como unas reflexiones que he hecho sobre la ausencia de su cadáver. Ya le he dicho antes que el tema me interesa bastante, pero como tampoco quisiera importunarle, si a usted no le parece bien, lo entenderé.
Después de unos instantes de duda, el sacerdote, quien al igual que Jesús sentía una irresistible atracción por los misterios del pasado, acabó aceptando su propuesta.
—Ya que lo planteas, a lo mejor no me viene mal del todo hablar del asunto, pues quizás ello me sirva como terapia para librarme definitivamente de los restos del agobio que padezco. ¿Te va bien este viernes a primera hora de la tarde?
—Por mí, encantado.
—Perfecto, pues a las tres y media nos vemos.
Llegado el día concertado, el conservador del Patrimonio se presentó puntual a la cita. En su despacho, el prior le esperaba sentado detrás de una mesa completamente cubierta de libros, carpetas y documentos aprisionados bajo el peso de varios pisapapeles de cristal.
—Ni te imaginas la cantidad de burocracia que conlleva el cargo que ocupo, y, como si fuera poco, en unas semanas celebraremos capítulo y tengo que prepararlo a conciencia, ya que es allí donde debo rendir cuentas de mi gestión, y eso me gusta llevarlo a rajatabla. Pero, oye, antes de nada, ¿te apetece un café o un refresco?
—Un café sí que le voy a aceptar, porque veo que ahí detrás tiene usted una máquina de esas de cápsulas que los debe hacer buenísimos.
—¿Y cómo lo quieres?
—Solo y con azúcar, gracias.
—Pues yo lo tomo descafeinado y con sacarina. Menuda diferencia. Está claro que tú bebes lo que te apetece y yo lo que me dejan.
Mientras el sacerdote toqueteaba los botones de la cafetera buscando el que provocaba que la hirviente infusión se vertiera sobre las tazas, el funcionario sacó de su cartera un par de folios repletos de notas manuscritas así como una carpetilla encuadernada que colocó, delante de él, en el único hueco que quedaba libre en el escritorio. A continuación, a la espera de que el padre Gonzalo acabara de servir los cafés, Jesús se puso a leer la contraportada de uno de los numerosos volúmenes que invadían el despacho.
—Si te gusta, te lo llevas. A mí me lo regaló el periodista que lo ha escrito, pero le he echado un ojo por encima y no me interesa demasiado. Contiene varios capítulos sobre sitios mágicos de España y el primero está dedicado —¿cómo no?— a esta santa casa. Ya conoces el gran atractivo que el monumento tiene para los seguidores de la literatura fantástica, pero si nos tomáramos en serio todo lo que se publica, acabaríamos como el pobre Manuel, quien, por cierto, ha pedido la baja médica y ya veremos si puede volver a trabajar como vigilante. Desde luego, la licencia de armas se la van a quitar para siempre —dijo el superior de vuelta en su sillón.
—Es verdad. San Lorenzo de El Escorial siempre ha tenido la fama o, mejor dicho, la dudosa fama de ser un lugar enigmático de primer orden en el que magos, nigromantes, alquimistas y buscadores de la piedra filosofal campaban a sus anchas bajo el auspicio de su fundador. No me cabe la menor duda de que el origen de esa mala reputación fue la difusión de La Leyenda Negra.
—Lógicamente, la opinión contra lo español acabó salpicando al monasterio, pero también hay que reconocer que a Felipe II le encantaban esas ramas tan singulares del conocimiento. Bien es sabido que en la torre de la Botica había un auténtico laboratorio al servicio de las ciencias, llamémoslas, menos convencionales. O que el edificio, con fines de difícil comprensión, se construyó tratando de replicar el templo de Salomón. Con estos antecedentes, el que la tumba de la emperatriz estuviera vacía, es caldo de cultivo para las conjeturas más variopintas, aunque tú, como gastas una mente racional —muy distinta, por tanto, a la del autor del libro ese—, seguro que sólo tienes opiniones cabales y científicas sobre el insospechado hallazgo.
—Así es, padre, porque siempre trato de fundamentar todo lo que digo sin dejar demasiado margen para la espe-culación. Si le parece, entro en materia.
—Sí, claro, exponme tus consideraciones. Lo estoy desean-do.
—Como aperitivo, he de enseñarle esto. Es el informe que encargó mi jefe y que acredita la ausencia total de restos biológicos en la urna de la emperatriz.
—¡No me digas! ¿Y eso? —exclamó el prior antes de ponerse a hojear el dictamen del perito.
—Ya ve, una auténtica sorpresa, porque nadie podía imaginarse que la caja siempre estuvo vacía.
—Sinceramente, no entiendo nada, porque lo que concluye este experto parece definitivo: si no hay rastro de los huesos, es que nunca los hubo. Así que queda descartado cualquier robo, expolio o retirada de los mismos… a no ser que, en un momento dado, se abriera el arcón, se sacaran los despojos y se limpiara su interior con alguna sustancia que eliminara cualquier vestigio de los mismos.
—Esa posibilidad, por cierto, poco verosímil, sería factible si no fuera porque el sello del cofre es auténtico.
—¿Estás seguro de ello?
—Completamente. Tengo el grado de experto en la materia y lo he analizado con una cámara especial que, en caso de existir, hubiera detectado cualquier tipo de alteración.
—Pues si eso es así, quien lacró la urna que llegó al monasterio sabía perfectamente que la misma no contenía nada.
—Padre, da usted en el clavo, pues hay razones más que suficientes para considerar que el cuerpo de Isabel de Portugal nunca llegó a depositarse ni en la iglesia de prestado ni, por supuesto, en el Panteón de Reyes. Esto mismo expuse ante mis colegas en la última junta de técnicos del Patrimonio.
—Fíjate, Jesús, que el pobre Manuel, el martes pasado en la lonja, decía prácticamente lo mismo que tú: que estamos en presencia de… ¿Cómo decirlo? ¿Un montaje? Obviamente, él ha llegado a esa conclusión de casualidad y como consecuencia de sus delirios, pero tus argumentos parecen sólidos y tienen sentido. Y eso que el otro día, cuando me encerré en el archivo, pude comprobar que la entrega del cuerpo de la reina se documentó prolijamente y con absoluta apariencia de legalidad.
—Le creo, porque es de suponer que entre los papeles oficiales no figure nada que se aleje de la normalidad. Mire, le voy a dar otro dato: el plomo de la urna de Isabel de Avis es bastante más grueso que el de las restantes. ¿Se imagina por qué?
—¿Para que pesara más, quizás? —contestó el prior cada vez más intrigado.
—Exacto, ese debió ser el motivo. Parece seguro, por tanto, que algo sucedió que no recogen ni las crónicas ni los libros de historia; algo, que, evidentemente, tuvo que ser ideado, o al menos aprobado, por Carlos V.
—Permíteme añadir que, pasase lo que pasase, seguro que su hijo Felipe II también tuvo conocimiento de ello.
—Es muy posible que así fuera, porque si hasta ordenó la colocación de los ataúdes debajo del altar de la iglesia de prestado, ¿cómo no iba a saber que la urna que debía contener los restos de su madre llegaba vacía al monasterio? Aparte de que, con lo curioso que era, seguro que en algún momento hubiera querido examinarlos. Desde mi punto de vista, estamos en presencia de un alto secreto de estado que se trató de mantener oculto a toda costa. De ahí la tramoya que se montó en 1574 durante el traslado desde Granada de una caja mortuoria que, en realidad, no guardaba ningún cadáver. En cuanto a la ausencia de los despojos, haciendo una especie de reconstrucción de los hechos, lo que está acreditado es que el cuerpo de la reina Isabel fue entregado por Francisco de Borja al arzobispo de Granada en presencia de un gran número de cortesanos, ceremonia en la que se descubrió que su cara estaba descompuesta. Por ello —y teniendo en cuenta que tenemos un sello de lacre sin manipular—, los restos se debieron evaporar cuando, años después, el cuerpo, ya menguado por el transcurso del tiempo, tendría que haber sido introducido en la urna de plomo. De ese momento ha de venir el misterio.
—¿De qué fechas podemos estar hablando entonces?
—No lo sé exactamente, pero, desde luego, de un año situado entre el mil quinientos cuarenta y tantos y el de la muerte de Carlos V, cuando fueron destruidas todas sus marcas.
—Por si acaso, se podría mirar en el archivo de la catedral de Granada. Allí conozco a un canónigo que si yo le llamara…
—Olvídese, que tampoco en Granada habrá rastro de nada.
—Ya… pero… ahora que lo pienso, si teorizamos que Felipe II estaba al tanto del asunto, alguien se lo debió revelar.
—O quizás él lo descubrió por sus propios medios.
Transcurridos unos instantes de silencio compartido, causados, sin duda, porque todas las cavilaciones acababan en un callejón sin salida, el prior de El Escorial retomó la conversación haciendo una nueva reflexión.
—¿Sabes, Jesús, qué es lo que se me está pasando por la cabeza? Que, salvando las distancias, creo que existe un inquietante punto de conexión entre la personalidad de Juana la Loca y la de su hijo Carlos. Digo esto porque ambos, cada uno a su manera, rindieron un excesivo culto a sus respectivos cónyuges cuando estos fallecieron. Nos consta que Juana se obsesionó hasta tal punto con el cadáver de su marido, Felipe el Hermoso, que no permitía que ninguna mujer se acercara a su féretro. Y que Carlos, tras morir Isabel, anduvo años buscando la manera de inmortalizarla en una gran obra que, a su entender, rindiera honor a su belleza como mujer y a su dignidad como soberana. Y trabajo debió costarle, porque ninguno de los cuadros pintados en vida de la emperatriz le satisfacía, razón por la cual el gran Tiziano, finalmente, tuvo que basarse más en los recuerdos del marido que en las obras precedentes al fallecimiento de la retratada.
—Pues, padre, quizás por ahí vayan los tiros: por esa enfermiza manía de falta de desapego por lo material que tanto caracterizó a aquellos personajes. Y es que al emperador, ya lo ha apuntado usted, no le bastaba con un recuerdo íntimo de la imagen de su mujer, sino que necesitaba poseer algo tangible con lo que poder dar satisfacción a sus sentidos.
La reunión del técnico y el sacerdote concluyó de la misma manera que había comenzado: plagada de interrogantes que, con total certeza, nunca obtendrían respuesta. Y ello era sí porque la excepcionalidad del asunto que fue casualmente descubierto por la accidental rotura del sarcófago real debió exigir un meticuloso plan que evitase que sus entresijos salieran a la luz. Parecía claro, por tanto, que quienes simularon el sepelio de Isabel de Portugal se preocuparon de no dejar rastro alguno de su oscura motivación, pues, probablemente, no descartasen el que, al cabo del tiempo y por la causa que fuera, la urna de plomo de la reina acabara siendo abierta. Y como los autores del embuste también supondrían que a partir de tal hecho —una vez superado el desconcierto inicial— surgirían estudiosos que tratarían de desentrañar la verdad de lo sucedido con el cuerpo, seguramente tomaron las medidas precisas para que su secreto quedara a salvo. No obstante, una deducción parecía evidente: que algo tan vergonzante sucedió que hubo que encubrirlo para no menoscabar la buena fama y el prestigio de la monarquía española.
Pocos meses después de que tuviera lugar la charla en el despacho del prior, concluyó la reconstrucción de la urna de la emperatriz, momento en el cual dio comienzo un arduo debate que tuvo opiniones enfrentadas. Por un lado, estaban quienes opinaban que en el sarcófago había que volver a inscribir el nombre de Isabel así como sus títulos, tal y como figuraban antes del destrozo. Por otro, algunos plantearon que, dado que el cofre iba a permanecer desocupado, su etiqueta dorada debía quedar innominada. Aunque parezca mentira, el asunto tenía más enjundia de la que aparentaba, pues existían grupos radicales republicanos que, sin considerar suficientemente ni su valor artístico ni su interés histórico, se habían manifestado ya en varias ocasiones en contra del boato de los enterramientos reales y del coste que para la hacienda pública suponía su mantenimiento —aparte de que sostenían que el Panteón sólo servía para enaltecer a la monarquía y que, cuando cambiara el modelo de estado, aquel cementerio subterráneo sería desmantelado por completo—. A la vista de todo ello, para evitar problemas, finalmente no se difundió el hecho de la ausencia de los restos de la reina y se decidió rotular la pieza de igual modo que se hizo en el siglo XVII.
—Con el dineral que ha costado reconstruirla, si esos sectarios de voces disonantes se enterasen de que la urna no custodia nada y de que nosotros lo desconocíamos, imaginaos el lío. Menos mal que la familia del demente que provocó el desastre ha pagado la factura, pero, aun así, no tardarían en llegar las peticiones de dimisión y los reproches en las tertulias de los medios de comunicación. ¡Mala, prensa, señores, mala prensa! Por otra parte, si algún día se encontraran los huesos de la reina Isabel, ya estaría preparado para ellos su ataúd de mármol. Recordad que el cofre del apóstol Santiago estuvo extraviado durante siglos en la propia catedral compostelana porque un canónigo lo escondió para evitar que cayera en manos de los piratas ingleses que asolaban las costas de Galicia —fue lo que dijo un alto funcionario del Patrimonio para justificar el dejar las cosas como estaban desde los tiempos del rey Planeta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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