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Crimen y redención

Crimen y redención

22-03-2014

Histórica novela

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La ley de causa y efecto es sin duda la que más afecta al
desarrollo de la vida humana. A través del testimonio de un
hombre que vivió en la Edad Media, conoceremos cómo
somos libres de elegir nuestras propias acciones pero también
cómo nos convertimos en esclavos de sus consecuencias.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

La Peste Negra: memorias de un asesino (I)
Dejad que me presente: poco importa mi nombre, aunque para facilitar mi exposición podéis llamarme Hans, pues así era conocido en la época tenebrosa de la que voy a hablaros. Considerad que lo verdaderamente importante es la enseñanza que extraigáis de mi relato. A pesar de los siglos transcurridos, esta tierra que habitáis continúa siendo un lugar oscuro y siniestro, similar a aquel en el que viví. No lo digo por vuestras máquinas, el tratamiento de las enfermedades o  los avances tecnológicos. Tan solo lo afirmo porque vuestro espíritu, núcleo donde reside algo tan esencial de la persona como es su dignidad, no ha variado mucho desde el período en el que habité sobre el mundo físico. En cualquier caso, adaptaré mis expresiones a las actuales, a fin de que comprendáis mejor lo que os voy a referir con total sinceridad y con la experiencia que me aporta el haber sido testigo de un dantesco escenario, el cual estuvo a punto de engullir a la humanidad como un dragón a su víctima.

Mucho tiempo transcurrió cuando algunos estudiosos empezaron a considerar mi era como sombría, pero os aseguro que la verdadera penumbra es la que se esconde en el corazón de los hombres. Es cierto que por aquel entonces la higiene brillaba por su ausencia, que carecíamos de comodidades y que la supervivencia diaria constituía el más dulce sueño al que podía aspirar la mayor parte de las almas. Sin embargo, no todo resultaba negativo: las aguas del río permanecían siempre cristalinas, mientras el color del cielo y los atardeceres eran transparentes. El azul era azul y el gris era gris, sin matices. Pero sobre todo y muy especialmente, existía el silencio. Había mucho en esos días y ahora, cuando a veces visito  vuestras ciudades o incluso atravieso vuestros campos, ya no escucho el sonido de aquella quietud que tanta serenidad me aportaba.

Más de uno os preguntaréis por qué ahora y no antes o después, por qué me atrevo a hablaros en estos momentos de uno de mis pasos por el suelo que pisáis. Es sencillo de explicar. Hace ya tiempo que sentía en mi interior el deseo de narraros un capítulo imprescindible de mi trayecto inmortal, pero mis mentores espirituales me advertían que aún no me hallaba preparado. Me armé de paciencia y al fin, me anunciaron el ansiado momento, pues también habían hallado entre vosotros a alguien lo suficientemente receptivo y afín a mis vibraciones como para mostrarse como vehículo transmisor de mis pensamientos. Fueron muchas noches de arduo trabajo, de infiltrarme en sus sueños y de darme a conocer, ya que solo obteniendo su confianza podía expresarme adecuadamente y manifestar mi mensaje. No sabéis la alegría que recibí cuando al cabo del tiempo, me comunicaron la posibilidad de realizar mi pretensión, la de contaros mi pequeña pero turbadora historia, la de Hans, aquella que discurrió a mediados del siglo XIV, en el año 1348 de nuestro Señor Jesucristo.

En pleno corazón de la Europa medieval, hace más de seis centurias, me tocó vivir un período muy particular por lo trágico que resultó, pues una perversa maldición se abatió sobre el mundo conocido. Muchos pensábamos que el apocalipsis, pendiente de actuar desde el cambio de milenio y que no llegó a producirse, iba a ocurrir allí mismo, por desgracia delante de nuestros ojos, como testigos mudos de una realidad tan cruel como implacable. Bien es cierto que los hombres en general, estaban acostumbrados a ver desfilar a su lado a la guadaña de la muerte segando cabezas por doquier, unas veces por la propia voluntad humana y otras, por factores incontrolables como una mala cosecha, el hambre o las inclemencias del clima. Mas os aseguro que en medio de tan incierto espacio, nunca antes vi actuar a la hoz de aquella siniestra señora con tanta precisión como la hendidura en la piel que efectúa un afilado bisturí.

Mi madre murió cuando yo era aún pequeño; pocos recuerdos restaron de ella en mi infantil memoria, salvo que me daba de comer cuando había algo de lo que alimentarse o me acariciaba sobre la paja justo antes de dormir, siempre y cuando no estuviera enferma. Un día ya no la vi más; en una de las fiebres que solía sufrir, abandonó aquel pobre hogar y viajó, de un  famélico cuerpo y todavía joven, a un mundo mejor. Mi padre tan solo me tenía a mí para trabajar en las labores del campo y desde niño tuve que bregar duro e incansablemente para ayudarle. Soporté en aquella reducida cabaña, a las afueras de la ciudad donde subsistíamos, veranos en los que tan pronto diluviaba como caía sobre nuestras cabezas un sol de justicia, al tiempo que el invierno era aún más despiadado, haciendo sentir todo su rigor sobre mi pobre piel, en unas manos que a veces despertaban azules del frío que pasaba cuando un gélido viento se colaba por las rendijas de aquella débil construcción.

Mi infancia resultó dura, pero confieso que contribuyó a hacerme más fuerte en un ambiente hostil, permitiendo robustecerme en complicadas circunstancias, hoy en día inimaginables en las mismas tierras que cubren los vestigios de un bárbaro pasado. Mi progenitor resultaba con frecuencia un desalmado conmigo, aprovechándose de mis brazos y de mi espalda hasta la extenuación. No le culpo por ello; después de todo era un hombre solitario, amargado, afectado por la muerte de su tierna esposa. Aunque yo no era aún adulto, ya me daba cuenta de que abusaba a solas del vino, lo que hacía cada vez más habitual la aparición de unos intensos ataques de ira ante los cuales optaba por desaparecer, por si acaso recibía un perdido golpe sobre mis sufridos lomos ya castigados de tanto agacharme y cargar peso.
Y qué decir de la cuestión de las cosechas, eje esencial sobre el que giraba no ya la vida de nosotros sino la de toda persona que quisiera amanecer a un nuevo día. Podíamos trabajar como mulos pero el rumbo del cielo influía sobremanera en la calidad y la cantidad de la recolecta. Bastaban más lluvias de la cuenta o peor aún, una primavera seca o un adelantamiento de los fríos o de los calores para que todo se malograra. Así de simple y así de calamitoso, pues lo que estaba en juego no era algo superfluo sino hincar el diente a cualquier cosa, aunque fuera la fruta inmadura y amarga de un árbol o un triste mendrugo de pan, más duro que el pedernal. Si la cosecha resultaba escasa o se perdía, no había comercio y sin comercio tampoco monedas, y sin estas, ninguna vianda podía comprarse en el mercado que existía en la ciudad. En tan desoladora coyuntura, aparecían las hambrunas, verdadero azote de la época. Ellas, con sus presencias o ausencias, marcaban el auténtico transcurso del tiempo, la desdicha o la satisfacción en los despertares y el buen humor o la angustia al acostarnos. Os aseguro que no tengo peor recuerdo de mi niñez que el de tener que introducirme en aquel lecho de paja en el que dormía, no por estar molido de un terrible día de trabajo sino por acallar los insistentes ruidos de mis tripas crujiendo por la falta de algo sólido en ellas.

 No obstante, mi padre y yo teníamos un consuelo, cual era un pequeño establo junto a la choza en el que tratábamos que hubiera siempre algún que otro animal. Cuando el trigo escaseaba, un simple huevo o incluso sacrificar a alguno de ellos para devorar su carne, era lo único que permitía aliviar la alarmante sensación de vacío que provocaba el hambre en mi castigada barriga.

 Vivir cerca de aquel poblado pero no en sus adentros,  tenía sus ventajas. El aire no estaba tan viciado; con ello me refiero a que el olor resultaba menos humano y putrefacto,  más natural y sobre todo, mi amado silencio, aquel que yo podía distinguir a pesar del ruido de las bestias o del murmullo del viento silbando entre los árboles. La ciudad carecía de murallas y es que no las necesitaba. El gobierno desde su castillo del barón de Eckhart, resultaba férreo pero al menos y confrontándolo con otros lugares, no había que preocuparse en exceso por la seguridad, pues él y sus hombres nos la proporcionaban. Lo que no permitía era el retraso en el pago de los impuestos o en la entrega proporcional de lo recolectado. Por ventura, no fue mi caso, pero en varias ocasiones, contemplé la piel desollada a latigazos de campesinos que por una u otra razón no habían podido cumplir con los compromisos que aquel feudal demandaba. Además, tan solo se produjeron dos levas en los cerca de cuarenta años que logré sobrevivir. En la primera era tan joven que fui descartado y en la segunda, cuando mis futuros negocios mejoraron, logré reunir la cantidad suficiente de monedas como para pagarle al barón y librarme de una muerte segura, pues muchos eran los que iban forzados a guerras estúpidas de intereses señoriales y muy pocos los que retornaban. Por lo demás, aquel noble que no solía salir mucho de su fortaleza, mantenía una tensa paz en sus dominios, algo que nos permitía llevar una vida menos atormentada, al menos en comparación con los rumores que de otras partes nos llegaban.

 Nunca supe a ciencia cierta qué número de almas habitaban allí. Quizá se aproximara a la cifra de mil, lo cual no era una cantidad despreciable para la época. Una pequeña iglesia, un gremio de varios artesanos y una comunidad judía que controlaba los principales negocios y que no debía llegar al medio centenar de personas, constituían lo más destacable de un aburrido lugar en el que la mejor noticia era que nunca sucedía nada. Bañaba el poblado un río, con no demasiada corriente pero con caudal de sobra como para permitir el comercio en barco de diversas materias y alimentos con otras localidades, al tiempo que servía de abastecimiento de agua para sus habitantes. El burgomaestre no dejaba de ser una mera figura decorativa, teniendo escasa autonomía en sus actuaciones y debiendo dar cuenta de ellas a Eckhart, auténtico dueño de los designios de la región. Los rigores invernales, que a veces se prolongaban durante meses, podían dejarnos aislados del discurrir de la vida, sumiendo a los lugareños en un obligado letargo al que yo nunca logré acostumbrarme del todo.

Cuando se inició mi pubertad, mi padre consiguió casarse de nuevo con una mujer mucho más joven que él. En esas fechas, la recogida de trigo fue abundante y gracias a ello, alcanzó un acuerdo con un vecino de la comarca, el cual le “cedió” con gusto a una de sus hijas en matrimonio. Decididamente, mi progenitor era un hombre sin “suerte”. No había transcurrido ni siquiera un año desde aquel hecho cuando una tarde, al acudir al establo a alimentar a las bestias, se topó con el tristísimo escenario de su malograda esposa tendida en el suelo en medio de un gran charco carmesí. Sus ropas rasgadas y su rostro desencajado pero frío como el de un cadáver, daban testimonio de que había pretendido parir a una criatura que luchó por absorber su primer trago de aire en aquel hosco mundo, pero que había sucumbido en el intento. La pobre de mi madrastra, tan solo unos años mayor que yo, había abandonado su frágil cuerpo, debilitado sin duda por una infancia de desnutrición y de esfuerzos perentorios, desangrada como un vulgar animal al que se raja por la panza. Así, otra vez me quedaba solo, como antes, sin haber podido contemplar a un crío que tarde o temprano me hubiera asistido en el deambular de mi futuro. Y es que la convivencia con mi padre, más que una compañía implicaba una tortura inaguantable.

 Si la visión de ese espectáculo me horrorizó, ya que mi procreador enloquecido por la desesperación me obligó brutalmente a observarlo a los pocos segundos de ocurrir, al que peor le sentó todo aquello fue a él. Consideró la impactante escena una forma de maldición por sus pecados de la vida, por lo que en vez de luchar por sobreponerse a la adversidad, se refugió más y más en un vino que él mismo elaboraba para su consumo, lo que deterioró su salud, aceleró su vejez y anuló casi por completo, su capacidad de trabajo. Por fortuna para mí, sus tristes días se apagaron justo cuando ya me sentía dispuesto para manejar la pequeña hacienda con la que sobrevivíamos. De este modo y con mi ascendiente perdido en los sabores de la ebriedad, hacía frente a la parte que por gobierno le correspondía al barón como señor último de las tierras, mientras acumulaba el resto del grano tanto para subsistir como para venderlo en la ciudad.

Mi entrada en la adultez me saludó con tono ambivale


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