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Primer capítulo

CAPÍTULO I VIDA DE CARMEN

 

 

 

Carmen gana su vida en oficios varios, lavando la ropa, trapeando, dando alimento a sus hermanos, siendo vigilaba de su mamá y su padre. Por la tarde, trabajaba en el edificio Pequenino atendiendo a los grandes empresarios, llevando tintos, limpiando, y sobre todo, siendo observada por la mirada traviesa de José quién contemplaba sus caderas y el menear de sus piernas mientras llevaba los mandados.

La mirada de José, hacía que Carmen se sintiera dicha de su trabajo, pues lo hacía con más ánimo. Odiaba trabajar en su casa en la ciudad Estación, pues su madre era un poco cascarrabias; se cansaba de sus gritos y sobre todo de que el dinero que ganaba fuera quitado por la vieja Elisa. Aquella mujer que a sus 68 años le gustaba mandar, dominaba a sus hijos para que le dieran sus ganancias. Lo difícil, era que Carmensita hacía de todo, cuidaba a sus sobrinos como sus hijos, los reprendía. Era ella la empleada de aquí para allá.

Los viernes a la madrugada, Carmen con mirada coqueta afirmaba: ¡Buenas tardes!, doctor José, su tinto. Mientras entregaba el café, atendía las llamadas de su padre por correo; un señor celoso y frustrado que quería tenerla a toda hora en casa al servicio de las gallinas. Debía cumplir jornadas laborales y no podía ir. El señor Domingo enfurecido la castigaba cuando llegaba y con intento de quemar los pies a las hermanas de la joven, por si acaso estaban persuadiendo a los

 

hombres.

 

Rita, Raquel, Isabel lloraban todo el tiempo por hambre, pañal, y otras necesidades y caprichos. Carmen a veces las detestaba por hacerle poner más oficios. Pero aun así ella en su humildad no les importaba arreglarlas y vestirlas bien. Su casa era el lugar de la

 

esclavitud. Lo que hacía era para su familia, que en ocasiones y por evitar el amor de José, partió a laborar en la iglesia cerca del pueblo La estación, donde le serviría a un padre en varios oficios. Vivió alejada del amor de José, no quería verlo muerto entre la guerra o asesinado por los odios de sus padres.

La finca de algodón de sus padres servía también para sobrevivir en casa, aun así, Carmen trabajaba más y en ocasiones aprendía a leer descifrando en los periódicos o asistiendo a unas cortas clases en un colegio. Ayudaba en la finca a sacar el algodón a ordeñar las vacas y cuidar las extensiones de tierras que perdían porque sus padres le gustaban viajar de los pueblos a la ciudad.

José recordaba a Carmen, él iba a su casa; pero sus padres la negaban. Odiaban a José por ser de edad y por preferir el color azul. A pesar de los grandes estruendos que se anunciaban por la preferencia de colores, José prefería no denunciarlos, solo se marchaba. El señor Domingo cada vez que salía cambiaba sus ideales políticos, pasando con los brazos en alto para no ser atropellado por los bandos de personas que se aglomeraban tras la muerte de Gaitán.

La muerte iba camino arriba, la señora Elisa y el señor Domingo y sus hijos debieron renunciar a sus tierras e irse para la ciudad porque estaban matando a todos los que fueran liberales. Es así, como Carmen decide olvidarlo pues creía que podrían estar muertos por la lucha de ideales y reformas políticas. Decide contraer matrimonio con un hacendado lejos de la Estación y darle dos hijos; desde luego, el primero murió en el nacimiento y la segunda llamada Esther, quién por nombre bíblico la joven decide ponerle.

 

José entre lágrimas y bebidas dedica su amor a la adorable Rosa, quién marcó su piel con la bella imagen de la señorita. Ambas familias deciden partir a lugares distintos. Esther y su familia partieron al pueblo La Margarita cerca a la Estación, mientras que José decidió quedarse, por si alguna vez volvía a ver el menear de las caderas de la añorada Carmen.


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