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El duendecillo del foso

El duendecillo del foso

22-01-2021

Historias de vida novela

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La trascendencia del cuento es puramente emocional, surgida de los versos de un himno, el de Ceuta, que invita al viajero a fondear en sus playas y asentarse como un vecino más, en su estructura cívica y urbana, para desarrollar su vida y la de sus descendientes. No  obstante, yo soy caballa de pura cepa, aunque mis raíces estén al otro lado del charco, pero desde aquí, con un grito contenido de cierta tristeza, reclamo en nombre de todos aquellos que un día se enamoraron de este agraciado trocito de tierra, que por cosas del destino nació pegado al continente africano...

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

En esta crónica se narran las aventuras y desventuras de un personaje que vivió hacia mediados del siglo XIX y se prolongó hasta la guerra de África, la segunda de 1921, como hilo conductor de una historia completamente novelesca. Con muchas crónicas que contar a sus hijos y nietos, a través de sus vivencias nos adentramos, de puntillas, en el entramado engorroso de una España complicada, miserable, belicosa y con constantes cambios. Personalmente para mí, durante mis años de estudiante, supuso no enterarme de nada, memorizaba nombres de políticos, presidentes de gobiernos que tan pronto estaban como dejaban de estar, repúblicas y monarquías insostenibles, un rey que duró un suspiro, guerras artificiosas que escondían intereses ocultos. Era como colarse en el laberinto oscuro de una burda caseta de feria antigua, donde no se definía nada más que algunos monstruos verdes mal pintados, telarañas de lana sucia que se enredaban en la cara y que más que miedo daban asco, luces rojizas, fuelles que te soplaban aire y polvo que apestaba a peos reconcentrados y otros hedores irreconocibles. Más difícil que intentar bailar un tango sin tener sentido del ritmo y con un espantapájaros por pareja, cómo leer un batiburrillo de fechas y noticias desordenadas que te hacían saltar entre renglones para quedarte como estabas. Demasiados cambios políticos y sobradas calamidades. Desde una visión cotidiana y sencilla la cronología me resulta más fácil, más tragable; ayudándome así a situarse, para conocer, a trazos muy, muy largos, como se desarrollaban los destinos del españolito a quien la suerte le estaba blindada de antemano y solo podía dejarse llevar por los designios o intentar truncar la fatalidad en busca de mejor fortuna. Esta narración ficticia, por otra parte, no pretende ser una exposición histórica, NO ESTOY A LA ALTURA, pero apoyarme en datos concretos para ir situando a los personajes en un paisaje, un lugar determinado y un momento preciso, me parece cuando menos aceptable. Al empezar a escribir sobre esta figura, para nada ficticia, me planteé sí sería bueno o no llevárselo a existir en una época distinta a la que vivió y sobre todo sí podría hacerlo en estas circunstancias reales, sin embargo como soy muy cabezota, me lo propuse como un reto. Como casi todo en mi vida. La aventura nace al mismo tiempo que nuestro protagonista, en un villorrio de montaña, alejado de una población más bien pequeña. Las necesidades de una familia perjudicada por los imponderables de la vida, determinan un relato a veces triste y otras veces entretenido. A medida que el hombre se va desprendiendo de su piel de niño, va tomando conciencia de la otra realidad, la verdadera existencia del individuo que debe ir transitando en una jungla engorrosa a la que, en demasiadas ocasiones, se le van añadiendo dificultades. Las decisiones que se toman van dibujando un itinerario en el cuaderno de cada vida particular y sin que seas consciente de ello, el futuro que a corto o largo plazo te vas a encontrar puede variar de 100 a 360 grados. El relato nos va acercando paulatinamente una y otra vez a un lugar concreto, en una época oscura y desconocida para muchos españoles. Ceuta esa gran ignorada, está llena de secretos, sensaciones que desde sus profundas huellas históricas, reclaman la atención de quienes quieren mantenerla y dejarla en el olvido de un exilio forzoso. Siempre los malditos intereses políticos y las heridas que nunca llegan a sanar. La trascendencia del cuento es puramente emocional, surgida de los versos de un himno, el de Ceuta, que invita al viajero a fondear en sus playas y asentarse como un vecino más, en su estructura cívica y urbana, para desarrollar su vida y la de sus descendientes. No 6 obstante, yo soy caballa de pura cepa, aunque mis raíces estén al otro lado del charco, pero desde aquí, con un grito contenido de cierta tristeza, reclamo en nombre de todos aquellos que un día se enamoraron de este agraciado trocito de tierra, que por cosas del destino nació pegado al continente africano, que nos dejen sentir como queremos, vistiéndonos de un sol amarillo y de esa energía desenfrenada que representa el rojo, luciendo en tonos grises, negros y blancos la fuerza que trae y lleva el levante, para unirnos, desde el recuerdo, a esa otra cepa que nos instaló aquí, para Europa y el mundo.

EL INICIO, LA INFANCIA En el otoño de 1854 en una aldea con aire prehistórico, encajada en la cima que separaba Galicia del reino de León, donde los vientos soplaban con furia y la nieve se enquistaba en la montaña, donde abundaban los lobos y el paisaje se volvía casi invisible con la niebla, donde el sol parecía estar de vacaciones, después de una semana de tormentas y truenos, nací yo, el protagonista de esta historia, al amparo de una madre abnegada y dos hermanos mayores. Llegué con el frío pegado en la piel, arrugado como el papel de cera y aberenjenado por la falta de oxígeno. Me bautizó mi propio padre de prisa y corriendo, en la casa; nada más romper con mi llanto la madrugada de aquel 23 de octubre, porque mi entrada en este mundo no fue ni muy venturosa ni muy alegre. Durante minutos estuve más cerca de marchar que de quedarme. Mi madre había roto aguas meses atrás mientras se afanaba en las tareas cotidianas de una familia rural con sobradas restricciones. Ante tan grave peligro mi progenitor, Paco, me echó esa primera agua fresquita que fue bendecida por él mismo en el cubo de latón que servía para todo, y luego derramó sobre mi cabeza con la responsabilidad de asegurar mi llegada a este mundo como otro siervo de Dios y el miedo de poder perderme en el limbo o el purgatorio. Luego la iglesia se encargaría de rebautizarme por si no estaba bien cristianizado. ¡Qué pena! Yo no tuve conciencia de cómo era mi padre, de si era bueno, malo o mejor... Sí castigaba o abrazaba con cariño, si exigía o dejaba hacer. Murió pocas semanas después de mi nacimiento al caer por un barranco después de pisar el suelo helado. Regresaba a casa tan feliz y seguramente con un par de orujitos, cuando resbaló y acabó con los sesos rotos sobre un peñasco. Solamente conozco la opinión de quienes le conocieron, según ellos fue un hombre trabajador, bueno y honrado a lo que mi hermano añadía...“Y muy severo”, y sino que se lo digan a mi espalda cuando me la dejó marcada con su cinturón de cuero y su hebilla dorada, recuerdo de su boda. Allí donde la historia se amarraba a la tierra como la hiedra al campanario de la ermita, me educaron con los limitados beneficios que una madre viuda podía ofrecerme, en medio del silencio y la oscuridad, la bruma y 8 la tristeza, rodeado de pequeñas cabañas a un lado, y de profundos valles misteriosos al otro. La diferencia de edad con mis dos hermanos me llevó a ser un mocoso retraído y solitario que se entretenía con el vuelo de una mosca, que admiraba todo aquello que la naturaleza le proponía y que sin embargo cuando menos era de esperar se lanzaba al vacío sin ningún tipo de protección. Mi madre, por ser el ¡Pobrecito! que no tenía “pai”, intentaba protegerme de todo mal y buscando lo mejor para su niño, aunque no estuviese al alcance de sus posibilidades, en cuanto tuvo la ocasión me colocó con el señor cura que tenía “mucha mano”. Paquiño, así me llamaba mi madre, se despertaba con los primeros rayos de sol, muchas veces incluso antes de que los gallos rompieran la aurora con sus “kikirikies”. Cuando el polvillo chispeante y colorido flotaba en la línea de luz que entraba por el ventanuco, ya estaba el rapaz dando vueltas por la palloza, ya salía por agua al pozo, ya se asomaba a la puerta a saludar al perro, ya, al mismo tiempo que se dejaba lamer por el can, se andaba comiendo un mendrugo... Para cuando mi hermano mayor estaba bostezando todavía, yo había ordeñado a las vacas y llevaba la leche a casa para el desayuno. ¡Mai!, ¿Qué hago ahora? -Ahora te lavas esa cara llena de mugre y las manos, para que desayunes como Dios manda. A la señora Silvina, “mai”, todo le parecía poco para su niño, por eso aquel Domingo de Ramos de 1860, ya tenía más de siete años, se levantó decidida a cambiar el sino de su muchachote. Me compuso como si fuera a hacer la primera comunión con el trajecito de chaqueta limpio, la corbatita negra, los calcetines blancos y los botines que había llevado al remendón días antes, lustrosos como una patena. Me peinó con agua y azúcar para atusarme bien el flequillo rebelde, me roció con las últimas gotas de colonia que le quedaban en el frasco y me ajustó el cinturón para que no se me cayeran los pantalones. Pero... A ¿Dónde vamos, mai? Tú, a misa y a ayudar a Don Emiliano a partir de hoy. Se acabó ser un tarugo.  Pero si no me gustan las misas. Pues que te gusten desde ahora. Eran pocas y directas las palabras de la señora Silvina. Con el entrecejo fruncido como si llevara un cabreo descomunal, se echó la toca por los hombros, me cogió de la mano y con paso firme, casi marcial, salimos de la casa en dirección al pueblo. Silvina, era una gallega menuda aferrada a lo rancio, escurrida de cara, con profundas ojeras y los labios cortados por el frío. Vestida de luto gris desde que tuve conciencia, sus faldones largos y su pañuelo incrustado hasta las cejas frondosas le daban una apariencia de severidad y dureza que realmente no tenía. Rara era la vez que los vecinos la veían acercarse a la iglesia, no era mi madre muy beata. Don Emiliano en la puerta recibía a los feligreses. Aquí le dejo al niño para que haga con él lo que pueda, ya tiene edad de aprender algo más que andar holgazaneando con los animales y deje de ser un bruto. Haremos lo que se pueda. ¿Y tú Silvina?, ¿Cuándo te vas a reconciliar con Dios? Nuestro Señor no tuvo la culpa de que a tu Paco le partiese un peñasco la cabezota. Yo estoy bien como estoy, pero este desgraciado que se quedó sin padre al poco tiempo de nacer. Ya puede hacer la iglesia y su siervo perfecto lo que no hizo su “todopoderoso”. Y. Perdone que no gaste más tiempo en palique. Dio tres pasos y se giró hacia la puerta de la capilla parándose en seco. El cura me invitaba a entrar en el templo apoyando su mano, a golpecitos sobre mi nuca, ¡Que coraje me daba! ¡El rapaz no tiene culpa de los pecados de sus padres! Dijo en voz alta mi madre, mientras continuaba el sendero. Don Emiliano, un hombre bonachón con las orejas más grandes que un murciélago, fue mi primer maestro y mentor. Con el vampiro que andaba mal del equilibrio, y los largos paseos a media tarde antes del rosario, fui descubriendo en menos de un año, el paisaje que se escondía más allá de lo 10 que mis ojos alcanzaban a ver, en los libros que el sacerdote me facilitaba, exploraba los vestigios del pasado y las predicciones que las mentes más lúcidas eran capaces de intuir para el futuro. El resto lo iba asimilando con el día a día y la convivencia con mis iguales. Me iba abriendo camino como la hierba salvaje, a caballo entre las tareas del campo y la iglesia del pueblo, ejercitándome especialmente en las normas de moralidad, reglas de vida, el oficio de campanero y sacristán que entendía de latines. Era un sabiondo que empleaba todo el tiempo que me era posible en adquirir cultura desde que me hice monaguillo y asistente en funerales, jaculatorias, rezos y otras ceremonias. Un pícaro que mientras preparaba el vino de misa con el roquete en la cabeza, le daba dos tragos a la botella para probar que no estuviera picado ni envenenado, eso decía yo, un granujilla que a fuerzas de escuchar atentamente las conversaciones de los mayores y especialmente las del señor cura Don Emiliano, me convertía en ilusionista de los tejemanejes de la vida cotidiana para ir tirando, un pillo adulador que sabía poner ojitos zalameros y atendía para hablar correctamente poniendo en mis labios las palabras concretas en el momento oportuno y sacar provecho de ello, si era posible. Algunas veces, cuando los peregrinos que viajaban hasta Santiago de Compostela se detenían exhaustos, mientras los auxiliaban y atendían, el niño, este que suscribe, que lentamente se mudaba en hombrecito, se empapaba de las noticias que traían desde Madrid. Mai, hoy me he enterado que a la reina Isabel la llaman “la golfona” ¡Calla rapaz!, que tú no entiendes de esas cosas. En la mesa, durante la comida se hizo un silencio absoluto de solo unos segundos que se rompió rápidamente cuando Antonio y Adela, mis hermanos mayores, empezaron a reírse. En España, reinaba la más castiza de las reinas, Isabel II a la que también llamaron de los tristes destinos, y así fue porque lamentablemente durante su reinado dirigido por unos y por otros según la conveniencia de los políticos de turno, moderados o progresistas, de burgueses e incluso del clero, se iban ajustando las leyes, derogando y rectificando al gusto de quien ejercía el poder en ese momento. Empezó con mal pie la pobre, con menos de tres años, al morir su padre Fernando VII, la nombraron reina de España y cuando seguramente aún llevaba chupete, asumió la regencia su madre, María Cristina de Borbón dos Sicilia, más preocupada por los asuntos domésticos de su segundo matrimonio con un sargento de palacio, que por las cuestiones territoriales y de gobierno. Después de siete años de despropósitos asumió la siguiente regencia de España el General Joaquín Baldomero Fernández - Espartero Álvarez de Toro, militar combatiente en tres de los cuatro conflictos bélicos más importantes de la España del siglo XIX y héroe vencedor de la primera guerra Carlista. Evidentemente este insigne soldado asumió el cargo con disciplina castrense pero poco sabía de educar a una niña, por eso tampoco se ocupó de la instrucción de la reina, que apenas si sabía leer y escribir, sumar o restar y de la que se comentaba carecía de modales hasta para compartir una mesa o una reunión. El ocho de noviembre de 1843, Isabel II fue declarada mayor de edad con trece años, y algún tiempo después, presionada por uno de sus preceptores, Salustiano Olózaga de quien se diría que fue el encargado de desflorarla y de iniciarla en los principios amorosos, firmó bajo presión la disolución de las cortes y la convocatoria de nuevas elecciones en las cuales saldría elegido como nuevo presidente el mismísimo Salustiano. La soberanía estuvo "compartida" siempre, entre las Cortes y la Reina, a la cual se le dejaban “bastantes poderes”, ya que se la suponía controlada por el partido en el poder. Hoy han llegado peregrinos desde la capital y han estado hablando con Don Emiliano. Dicen que la reina no tiene buena fama, que a la pobre la casaron con un mariquita que no la pone contenta. Aunque cachonda, dicen que es un rato. Que se acuesta a las cinco de la madrugada y se levanta a las tres del medio día después de una juerga y que cambia de amante más que de calcillas. ¡He dicho que es hora de comer y no de hablar! ¡Vosotros dos!, no le deis correa a este. También dicen que los políticos, unos que son más moderados, no paran de reñir con los más liberales y que la iglesia no está nada contenta con esta monarquía. Doña Silvina me dejó terminar de comer sin contestar nada más. Entonces yo no entendía demasiado, pero con lo que oía por aquí y por allá, me iba haciendo un esquema, un dibujo mental sobre el panorama que se 12 vivía lejos de la aldea. Además, Antonio mi hermano, resultaba ser el mejor contador de historias del mundo. Muchas tardes, si nos quedaba un hueco entre una faena y otra, sentados delante de la chimenea, me refería una aventura de tal forma que más que relatar me la interpretaba para que yo pudiera imaginarla a través de sus palabras. Era como ir al teatro para oír un monólogo en el que, con mucho esmero y detalle, me recitaba sus pensamientos o los razonamientos de otros más letrados que él, con la intención de abrirme la sesera para conseguir tener un juicio propio. “¡España se hunde! Esta reina no se entera de nada, sólo vive para ella y sus querendones. ¡Están locos! Siempre hay un nuevo iluminado que piensa en arreglarlo todo, pero. ¿Sabes qué?, realmente aquí, en el pueblo, a nadie le importa lo que pasa en la corte. Se levantó para ajustarse el cinturón, dejando entrever la hebilla dorada de mi padre, y ceñirse el pantalón para luego terminar con la plática. Antes de que tú nacieras, el 2 de febrero de 1852 cuando el cura Merino, un franciscano liberal al que apodaban “el apóstata”, y que según contaban los más entendidos fue hasta guerrillero antes que sacerdote, intentó acabar con la vida de la Reina clavándole un estilete en el costado, en nuestro pueblo nadie se entristeció. Cada cual continuó con su rutina. La faena en los campos, el licorcillo en la taberna, la vida familiar. Mi hermano era un sabio sin estudios, un aldeano que razonaba todo lo que escuchaba. No sabía leer, pero no le hacía falta. Sus orejotas y sus reflexiones les servían para entender todo lo que escuchaba y sacar sus propias conclusiones. Salía a mi madre, calladita pero atenta para dominar lo que se movía cerca de ella o alcanzar más allá de lo que dejaban escapar las palabras o los hechos. Sin embargo, la gente de por aquí estaba muy asustada”, continuaba Antonio con sus leyendas mientras se liaba un cigarrillo. “Se rumoreaba por esas fechas, de un hombre lobo que rondaba desde Ponferrada hasta Portugal que iba recorriendo como una fiera perseguida todos los campos, dejando un rastro de cadáveres de mujeres y niños descuartizados y devorados a su paso”. Aquel cuento llevaba años circulando de boca en boca, incluso había gente que decía haberlo visto cruzando el paso, arqueado sobre las patas traseras aullándole a la luna. Por si las moscas Silvina atrancaba bien todas las noches las puertas de la casa...


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