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Primer capítulo

Capítulo 1

Una fiesta de moteros

Acaban de dar las nueve y cinco. Si en diez minutos no ha llegado, me piro de aquí. Tengo ganas de verle, mi vestido lo demuestra. Sé que es de hace por lo menos tres temporadas, pero me sigue quedando impecable. Las tetas me asoman lo justo, aunque esto hace que sea bastante evidente que no son lo más natural que hay en mí. Me da igual. No ahorré esa pasta para que no se notara. Es como cuando me compré aquellas zapatillas con el caballo. Busqué las que tuvieran el caballo más grande. Quería entrar en ese grupo de niñatas pijas y necesitaba que quedara claro.

Mi autoestima está por encima de lo que piense el grupo de imbéciles que me miran y comentan no sé qué mientras se soban el paquete desde la otra esquina del bar.

El reloj marca que han pasado ya diez minutos desde que llegué. Me levanto del taburete. En cinco minutos me largo. Menudo hijo de puta. Como no venga, le buscaré por toda la ciudad. Al levantarme he visto que uno de los tíos del otro lado me ha mirado el culo. Pienso que quizá debería haberme puesto el tanga blanco. Este vestido es bastante fino y el rojo destaca demasiado. No tanto como en aquella reunión de moteros en Montjuic.

Fue cuando me largué con Carlos de vacaciones a Barcelona. Paseamos durante toda la tarde. Llevaba también un vestido blanco, tan ajustado o más que este. Y el tanga en negro. Al ir a ver las fuentes escuchamos una especie de concierto. Allí estaban los moteros. No eran solo ellos, había muchos despistados como nosotros.

El caso es que nos pedimos un mojito y bailamos un rato. Un chaval con su piba no dejaba de mirarme el culo. Entendía que lo hiciera una vez, pero este prácticamente no me quitaba ojo. Le metía mano a ella y me miraba a mí. Ella miraba el concierto, no sé si porque le gustaba la música o por evadirse de esa situación. Llevaba una faldita marrón. Él de vez en cuando se la subía para tocarle el coño. Solo en estos momentos ella parecía estar un poco cachonda. Al final, me cansé, le dije a Carlos que me iba a pedir, lo cual le pareció maravilloso porque creo que le gustaba bastante más el alcohol que yo, y me acerqué a donde estaba él. Me puse delante de ambos.

- He visto que tu chica también lleva un tanga precioso, rosa me ha parecido. ¿Por qué no se lo miras a ella en vez de desgastarme el culo con los ojos? - le espeté con algo de rabia y mucho de mala leche.

No respondió ni una palabra. La novia le miró algo avergonzada, aunque nada en ella parecía mostrar sorpresa. Me dio algo de lástima, así que di media vuelta y me largué. Al rato, me la encontré en el baño por casualidad. Efectivamente el tanga era rosa. Lo supe porque estaba a su lado en el suelo, mientras uno de los moteros le metía una polla de un tamaño considerable. Me acordé del chaval. Era bastante mono. Carlos estaba ya suficientemente borracho como para no aguantar despierto ni media paja, así que me fui a ver al novio de la chica del tanga rosa, Le dije que si me metía los dedos hasta que gritar más que huyendo por Texas del puto leatherface, le haría una paja. Cuando volví a buscar a Carlos, que cantaba canciones que no había escuchado en su vida con el decimotercero mojito en la mano, no fue capaz ni de darse cuenta de que un desconocido había dejado un rastro de sí mismo en mis zapatos de tacón.

Son y cuarto. Me largo de aquí. No sé qué se ha creído que es ese gilipollas. Pago mi copa y salgo del bar. Me enciendo un cigarro para convencerme a mí misma de esperar cinco minutos más. Aspiro una calada. Le veo venir a lo lejos. Se ha arreglado un poco más que cuando apareció por la tienda con aquel pibón. Luego me enteré de que era su prima. Me aclaró también que no se la follaba. Fue una aclaración innecesaria. El simple hecho de hacerla me asustó un poco, pero me maravilló su franqueza. No sé anduvo por las ramas. Me dijo que el viernes libraba y me propuso cenar. Ni un rodeo ni un “estudias o trabajas”. Nada. Al grano. Y yo pensé que muy grande tenía que ser su móvil para marcar tanto en esos vaqueros. Así que acepté. Y aquí estoy. Y aquí está él.

- Lo siento, lo siento, lo siento. Ese cabrón me había dado el día libre, me llama a las tres y me dice que necesita los datos de un cliente de hace cuatro meses.

No sé en qué trabaja. Parece algo muy aburrido. Sé que trabajar en una franquicia de medias no es fascinante, pero lo suyo parece todavía más aburrido.

Acaba de decir la palabra mágica: concesionario. Sí que es más lamentable que lo mío. Como esté toda la noche hablando de coches, huyo sin mirar atrás.


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