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Trans Yasmín

Trans Yasmín

10-01-2016

Erótica novela

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Yasmín está a punto de dejar atrás una etapa de su vida. Un periodo en el cual su mente y su cuerpo no coexistían en armonía. Sufrió por parte de un pequeño y cercano círculo la intolerancia, la intransigencia, sus prejuicios. Entonces entendió que su vida no valía nada. Para liberarse de aquella presión asfixiante decidió huir. Tras unos años de sosiego decide regresar con una finalidad: poner en consonancia cuerpo y mente.

    Pero esa etapa es historia. Aquella guerra interna ha finalizado y su vida ha dado un giro espectacular. Ya no existen ni el pasado ni el futuro; solo el presente, y está dispuesta a vivirlo intensamente.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

                                                      CAPÍTULO 1
Ahora estoy frente al espejo; me miro y casi no me reconozco. Pero confieso que me
gusta lo que veo. Es como quiero ser ahora; y como descubrí en un momento de mi
vida, casi como una revelación de mi propio yo, como siempre quise ser. Me observo
con complacencia, con incredulidad, con asombro; con admiración, incluso. Pero el
camino recorrido que me ha llevado hasta aquí para contemplar de esa manera mi
propio reflejo ha sido doloroso, inhumano a veces; transitado, la mayor parte de él, en la
más absoluta soledad.
Y cuando echo la vista atrás, a pesar de mi juventud, tengo la sensación de haber
vivido una vida entera, aunque no como una vida plena; que entiendo que es como debe
ser vivida. Plena es la vida que aún tengo por delante, apasionante, desenfrenada;
siempre intensa. Sin ningún tipo de concesiones. Ni siquiera al amor. Sobre todo al
amor. Me siento enormemente feliz y tengo, por fin, unas inmensas ganas de
experimentar la vida.
Decían que me parecía a mi padre. Él, don Gerardo, era un hombre muy guapo; alto y
delgado, rubio y de ojos azules. Una persona que sabía lo que quería y obtenía todo lo
que se proponía. Un banquero de éxito. Un rey Midas de las finanzas. Un triunfador de
la vida. Avanzar en la vida de la mano con alguien así, sobre todo si se trata de un
padre, tiene que ser enormemente enriquecedor para una persona. Sin embargo sé que si
hubiese crecido sin él a mi lado habría tenido una mínima posibilidad de haber vivido
una adolescencia feliz.
Sara, mi madre, no existía. No quiero decir que no viviese ni nada de eso, no. Quiero
decir que para mí ella no estaba. O era yo quien no estaba para ella. No sé si le tenía a
mi padre demasiado respeto, si le tenía miedo o era terror lo que sentía. El caso es que
en las pocas veces que conseguía atrapar su mirada, aunque solo fuera durante un
segundo, percibía en ella un atisbo de un cariño encadenado. Me produce una enorme
tristeza pensar en su cobardía. Compadezco a todos aquellos niños y niñas que, como
yo, no recuerden de su madre un beso, un abrazo o una caricia.
Mi hermano mayor tenía diecinueve años. Se llamaba, como mi padre, Gerardo.
Estudiaba primero de Derecho en la Universidad de La Laguna. Cada vez que se
cruzaba conmigo me daba una colleja o una patada en el culo. Cuando lo veía venir
hacia mí ni siquiera trataba de evitarle; en aquel momento los dos sabíamos que yo era
una persona sometida.
Mi hermana Celia tenía diecisiete años. Su afición favorita era escupirme a la cara
cuando se encontraba conmigo. A esta divertida acción le seguían sus típicas y
estúpidas risitas. No era necesario que lo hiciese a escondidas; nuestro padre podía estar
contemplando la escena. Yo tenía el total convencimiento de que mi hermana era la niña
más tonta de todo Tenerife.
Por último estaba mi hermana pequeña. Tenía ocho años y se llamaba Carolina
aunque yo, cariñosamente, cuando podía, la llamaba Cuqui. Y digo lo de cuando podía
porque mi padre no quería que la llamase así. ¿Tenía algo de malo que le llamase
Cuqui? Lo tenía, que era yo quien con todo el cariño del mundo la llamaba así.
- ¿Sabes cómo se llama…la niña? – estuvo a punto de decir “tu hermana”, pero mi
padre rectificó a tiempo; me había sorprendido en el fragante delito de hacerle
frotar su naricita contra la mía.
- Sí, Carolina – le dije con un hilo de voz.
- Bien, que no se te vuelva a olvidar. – la cogió de la mano y se la llevó.
Antes de salir se quedó unos instantes mirando mis pies desnudos sobre el parqué,
pero, aunque sé que no aprobaba esa costumbre mía de andar sobre él, no me dijo nada.
En realidad no aprobaba nada de lo que yo hiciese. Cuando no había motivo alguno para
reprenderme lo buscaba. Supongo que consideraba que el andar con los pies descalzos
sobre el parqué era malo para mantener el brillo del suelo.
Cuqui era una niña precoz. Creo que, a pesar de su corta edad, ya vislumbraba la
atmósfera asfixiante que yo respiraba en aquella suntuosa mansión que formaban los
dos pisos de dos plantas de un mismo edificio unidos por una escalera interior.
Ah, casi me olvido del sexto componente de la familia; o sea, de mí. Próximamente
cumpliría quince años.
Me crié en ese hogar: un mundo repleto de soledad que se extendía hasta límites
insospechados para mí; como mínimo hasta ocho manzanas más abajo, hasta el
instituto. En aquel lugar el mutismo de mi casa se transformaba en un bullicio
ensordecedor de lenguaje agresivo y movimientos violentos. No quería formar parte de
ese mundo ni del primero. Todo eso, con el paso del tiempo, me hizo comprender que la
vida era una mierda.
No sé en qué preciso momento ese mundo surgió ante mí. Pero poco a poco se fue
abriendo hasta encerrarme y conseguir que mi adolescencia fuese sorda y muda. En el
interior de aquel gigantesco océano de silencio, de fronteras que ni alcanzaba a adivinar,
y cuando ya nadaba a la deriva y estaba a punto de ahogarme en mis propias lágrimas,
emergió una isla. Una tabla de salvación llamada Samuel. Me agarré a ella
desesperadamente.
Conocí a Samuel a los pocos días de haber entrado en el instituto a cursar primero de
bachillerato. Pronto se dio cuenta de que yo tenía ciertos problemas para relacionarme
con los demás; siempre los había tenido, desde edad muy temprana. No recuerdo que
jamás hubiese tenido un amigo o una amiga. No creo que solo él se diese cuenta de
aquella triste soledad, pero en este mundo tan egoísta, ¿a quién le importa las vidas
ajenas?
Se acercó a mí en una soleada mañana de mediados de septiembre. Tan solo hacía
cinco minutos que había comenzado el recreo. Yo, con la espalda apoyada en un árbol,
trataba de aislarme de aquel abrumador griterío e intentaba comprender lo extraño que
puede ser este mundo.
Me saludó.
- Hola, ¿cómo te llamas?
Al principio mis respuestas eran, básicamente, con monosílabos, pero es que me
resultaba tan extraño aquello. Pronto comenzamos a tener conversaciones más fluidas,
más asiduas, más largas. Samuel había cumplido dieciséis años el último verano y yo lo
haría el próximo 21 de noviembre. Tenía el pelo corto y muy claro, casi rubio; los ojos
de un castaño claro también. Era alegre, sincero, comprensivo; era maravilloso; el
amigo que siempre quise tener, y que como todas las cosas, buenas y malas, llegan
cuando menos te lo esperas. Era el que hacía soportable, incluso agradable, las tediosas
clases en el instituto.
Samuel, en clase, se sentaba justo en el pupitre de mi derecha. De reojo, mientras él
atendía las explicaciones del profesor, le miraba con un hechizo desmesurado.
- ¡Eh! – me decía con su encantadora sonrisa cuando se daba cuenta de que le
observaba – ¿Qué haces?
Entonces yo giraba la cabeza hacia el profesor y fingía que atendía a sus
explicaciones. Pero mi fascinación no estaba en dichas explicaciones, sino a mi derecha.
Por eso, sin ser consciente, en seguida volvía a mirarle. Si notaba de nuevo mi mirada
en él se giraba hacia mí y me señalaba con el bolígrafo, de medio lado, hacia donde se
hallaba el profesor. ¡Cómo si yo no lo supiera! Samuel creía que yo le admiraba, yo
también lo creía.
Aunque entrábamos a las 08:30, yo antes de las 08:15 ya estaba en la entrada
esperando por él para acompañarle hasta el edificio donde recibíamos las clases. A la
salida solía acompañarle hasta su casa. Samuel vivía en un edificio a unos 800m de la
playa de “Las Teresitas”, más o menos la misma distancia que había hasta el instituto, y
caminábamos felices por un sendero que transcurría paralelamente con la carretera. Mi
regreso a casa era casi igual de feliz solo de pensar en el amigo que acababa de
encontrar, el que me estaba sacando del hoyo. A veces, cuando se lo pedía, era él el que
me acompañaba a mí hasta mi casa. En una ocasión le hice subir. Aunque por fuera uno
ya se daba cuenta de que era un edificio de lujo, lanzó un silbido de admiración cuando
la vio por dentro. No podía imaginar que por allí vagaba a diario un fantasma, y que
cuanto mayor fuera aquel lugar, mayores probabilidades tenía de pasar desapercibido,
de no recibir collejas, patadas en el culo o escupitajos en la cara. Aquel lujo me daba
más vergüenza que orgullo, por eso fue la única vez que le invité a subir.
- ¿Quién toca el piano? – preguntó cuando lo vio en el salón.
- Nadie, está ahí de adorno – le respondí con indiferencia.
Se dirigió hacia el piano.
- ¿Y por qué llevas el pelo tan corto? – me pregunto mientras levantaba la tapa.
Hacía unos dos años que mi padre había decidido cortarme el pelo al uno. Cada
quince días el peluquero venía a mantenerme la cabeza así. Tardé unos años en saber la
razón.
La pregunta me cogió por sorpresa. Tuve la tentación de decirle que se debía a una
enfermedad. Pero ello podía derivar en más preguntas de difícil respuesta. Opté por
decirle la verdad.
- Mi padre me obliga a llevarlo así. – dije encogiéndome de hombros.
- ¿En serio? – me preguntó girando la cabeza hacia mí.
- Sí.
No le mencioné la enorme vergüenza que me daba ir al instituto de aquella manera.
8
Samuel pulsó una tecla y sentí pánico de que el fantasma que ocasionalmente
deambulaba por aquellas estancias fuese descubierto por sus moradores.
- Ven, mira. – le dije para alejarlo de allí.
Nos acercamos al ventanal del salón. Contemplamos el vasto Atlántico, reconocimos
el instituto, observamos algunas calles de Santa Cruz, por donde paseábamos algunas
tardes, muy pocas, porque Samuel casi siempre tenía que estudiar.
Ante el desafecto de mi familia, Samuel fue en aquel momento mi sustento, mi
apoyo, mi vida. ¡Mi admirado Samuel! No sé qué pudo ver en mí que otros no mirasen,
pero me di cuenta de que me apreciaba. Tenía un grave defecto: era muy buen
estudiante. Eso hacía que nos viésemos solo en el instituto o en los regresos a nuestros
hogares. Y aunque es cierto que aquello no duro más que unos dos meses, durante ese
tiempo el mundo cambió de color y de aroma para mí. Después, el incomprensible,
extraño y entonces maravilloso mundo desapareció.
Sucedió una mañana de noviembre. Faltaban tres días para que yo cumpliese los
dieciséis años. Cruel regalo anticipado que me hizo mi idolatrado amigo. Estábamos de
recreo en el instituto sentados en un viejo banco verde de pintura desconchada situado
entre unos árboles al borde de un campo de fútbol. Hablábamos, como casi siempre, de
cosas intrascendentes para los adultos, pero importantes para nuestras edades.
Entonces llegaron los lobos y la hermosura de aquel mundo se descompuso en mil
pedazos. Cobardes solitarios, pero que en manada pueden ser unos despiadados asesinos
de esperanzas; eran tres. Ellos fueron los que mataron la relación entre Samuel y yo. Y
aquel día, los dos, comprendimos algo.
- ¡Eh, mirad, los mariquitas! – gritó uno.
- ¡Nenazas! – añadió otro.
El tercero, para no ser menos, comenzó a emitir silbidos de simulada admiración y,
alargando los morros lo indecible, enviarnos besos.
Se alejaron. Con qué poco marcharon felices y cuánto daño hicieron.
Me quedé durante unos minutos en un estado de auténtica perplejidad. Qué crueles y
estúpidas pueden llegar a ser algunas personas. Mientras los miraba alejarse noté que
Samuel me observaba de reojo. No me atreví a mirarlo yo a él. Lo hice cuando me di
cuenta de que había cambiado de posición. Estaba con los codos apoyados en las
rodillas, la cabeza baja y parecía abatido.
- Venga, hombre – le dije – no les hagas caso.
- Vuelvo a clase, quiero repasar algo; se levantó y se alejó.
- Pero si aún nos quedan 20 minutos de recreo – protesté mirando el reloj – bueno,
como quieras – le dije un poco después, cuando ya no podía oírme.
Durante unos segundos fui tras él conservando unos metros de distancia. Después,
cuando entró en el aula, me detuve. Tenía que dejarle que estuviese solo, parecía
necesitarlo. Lo vi desde el exterior, a través del cristal, sentado en su pupitre. Tenía la
mirada perdida en algún punto del encerado. Supuse que necesitaba reflexionar sobre lo
sucedido y decidí dejarle a solas. Ya se le pasaría.
No se le pasó. Hasta aquel día, al acabar las clases, mientras conversábamos
guardábamos a la vez lentamente, sin prisas, los libros en la mochila; desde entonces
salió como un rayo de clase para que yo no le siguiera.
No volvió a esperarme, como hacía siempre, a la entrada del instituto, ni yo conseguí,
por mucho que madrugara, verlo llegar. Siempre estaba ya sentado en su pupitre cuando
yo llegaba a clase, y siempre mirando hacia el encerado o en dirección opuesta al lugar
en el que estaba yo. Dejó de decirme que atendiera al profesor cuando notaba mi
mirada, si es que volvió a percatarse de ello. En los recreos me esquivaba. Por las
tardes, cuando le llamaba por teléfono, sus padres me decían que no estaba, o bien que
estaba estudiando; que sería mejor no molestarle.
Tenía que aclarar aquello. Un día, al salir de clase, corrí tras él. Cuando le alcancé le
agarré por el codo.
- Samuel, por favor… – no pude seguir. Reaccionó con suma violencia para zafarse
de la mano que le asía el codo.
- Déjame en paz, imbécil, no vuelvas a hablarme – me detuve en seco ante sus
palabras – ¡imbécil! – dijo enfurecido sin volver la vista atrás cuando ya estaba
alejándose – yo no soy maricón como tú, gilipollas, lárgate. – se giró y gritó
señalándome con el dedo cuando ya se había alejado unos cincuenta metros.
En aquel momento que no acababa de entender, el mundo se abrió bajo mis pies, o
sencillamente se derrumbó sobre mí. El caso es que me enterró en vida y comprendí que
la mierda no era esta vida, sino que aquella era yo.
Regresé a casa y me encerré en mi habitación. Me aseguré de echar el cerrojo y me
acurruqué dentro de mi cama con el móvil. Perdí la noción del tiempo. Al día siguiente
no volví al instituto, no comí, no dormí, solo pensé. A veces oía murmullos tras la
puerta, intentos de forzar la manija de la puerta…nuevamente silencio.
- Cariño, abre la puerta, anda – era la voz de mi madre. Creo que aquella situación
se le hacía insoportable. Miré el reloj, eran las 10:35. Había pasado otro día.
Volvieron a llamar a la puerta, esta vez insistentemente y con violencia.
- ¡Abre la puerta de una puta vez o la abro yo de un puntapié y encima te doy de
hostias! – era mi hermano, claro, cómo no.
Ante aquella amenaza opté por levantarme, la habitación estaba a oscuras, aunque yo
tenía mi vista adaptada a aquella oscuridad. Descorrí el cerrojo y me volví a meter en la
cama. Mi madre entró y se fue directamente a abrir la persiana. Una luz cegadora
inundó la habitación y escondí la cabeza entra las sábanas.
- ¿Qué te pasa? – se sentó en mi cama y sentí su mano sobre mi pierna.
Guardé silencio. ¿Qué le importaba a ella mi vida? ¿Cuándo le había importado?
Sentí cómo se levantaba, cómo abría las puertas del armario y cómo escogía entre mi
vestuario la ropa que habría de ponerme.
- No quiero. – le dije adivinando sus intenciones.
El matón…quiero decir mi hermano, cruzado de brazos, y en actitud amenazante, se
quedo bajo el quicio de la puerta.
Me vistieron ellos; yo era en aquellos momentos un cuerpo inerte. Salimos de casa y
entramos en el ascensor. Descendimos al garaje y subimos al coche. Me llevaron al
médico. Entramos, nada más llegar, por una puerta distinta a la que entraban los demás
pacientes. Aunque yo no le veía ninguna, el tener un padre como el mío debía de tener
algún privilegio.
Tras un interrogatorio en los cuales yo solo respondía con un si, un no, o me encogía
de hombros, salí de la consulta y mi madre se quedó con el doctor. En la sala de espera
me aguardaba mi hermano. Poco después salió mi madre y nos dirigimos de nuevo
hacia el aparcamiento.
Mi hermano condujo hasta una farmacia donde mi madre bajó a comprar unos
medicamentos y regresamos a casa. Nada más llegar mi madre me dio dos pastillas, una
rosácea y alargada; la otra era blanca, más pequeña y redonda.
- A la noche las tienes que tomar otra vez. – me dijo mi madre – tres veces al día,
desayuno, comida y cena.
Asentí con la cabeza.
Tras unos segundos de indecisión me giré y me dirigí de nuevo a mi dormitorio.
- Y come algo – apostilló mi madre.
Hice caso omiso a su recomendación. Entré de nuevo en mi habitación y volví a echar
el cerrojo. De nuevo me metí en la cama. La pantalla de mi móvil seguía inactiva; me
eché a llorar y me dejé aplastar por mi amargura.
Al cabo de unas horas sentí cómo intentaban abrir la puerta, y al ver que había echado
el cerrojo oí cómo la aporreaban de nuevo. Solo una persona actuaba así.
- Baja a cenar y a tomar tu medicación, rapidito, eh. Que no tenga que volver –
amenazó mi hermano.
A las diez y media me dirigí hacia la cocina. A aquellas horas la asistenta solía estar
en la cocina recogiendo y ordenando todo. Solo que aquel día lo hacia con extremo
cuidado, procurando hacer el menor ruido posible. Aquello debería haberme cogido por
sorpresa, pero ya no tenía capacidad para sorprenderme por nada. El salón estaba frente
a la cocina y la familia reunida en él. Toda menos Cuqui que ya debía estar dormida.
Entré.
Mi padre y mi hermano ni se dignaron mirarme, mi hermana Celia me observaba con
cierta curiosidad.
- Madre, me da usted las pastillas, por favor. – no sabía dónde las guardaba así que
tuve que pedírselas.
- Cariño, deberías cenar algo…sería mejor que cenaras algo – miró de reojo a mi
padre; que me dijera cariño no debía ser del agrado del viejo.
Negué con la cabeza.
Se levantó y me dirigí tras ella a la cocina. Abrió una alacena y extrajo dos pastillas
de sendos frascos; la blanca y la rosácea. Me las entregó con medio vaso de agua.
Después de haberlas ingerido inicié el camino de regreso a mi habitación. Pasé por
delante del salón de nuevo. Mi padre y mi hermano siguieron indiferentes a mi
presencia; mi hermana con la misma curiosidad.
Cuando estaba a punto de meterme en cama de nuevo me di cuenta de que había
dejado el móvil en la cocina. Lo peor de todo es que tenía que volver a pasar por delante
del salón. Cuando estaba a punto de llegar a este escuché la voz furibunda de mi padre.
- Prefiero verlo muerto que tener un hijo maricón.
Como un cohete regresé hacia mi dormitorio. Esta vez ya entré llorando en él. El
colchón, húmedo de mis lágrimas, me aguardaba con la forma fetal adaptada a mi
cuerpo.
Nunca una noche había transcurrido tan lentamente. Hora a hora, minuto a minuto,
segundo a segundo, pesadamente. Eran las 05:09 cuando me levanté. Mi padre ya había
dictado sentencia. Me fui directamente a la cocina y llené de agua un vaso. Ingerí, una
tras otra, todas las pastillas color rosa, después hice lo mismo con las blancas. Me fui al
dormitorio de Cuqui, le di un beso en la mejilla.
- Cuqui, te quiero – le dije a sabiendas de que no me escuchaba.
Regresé de nuevo a mi habitación.
- Samuel – murmuré una vez me hube acurrucado de nuevo en mi cama.
Aquella tarde la manada nos había abierto los ojos a los dos. Era verdad, no era su
ayuda para sacar el curso adelante (sobre todo en las matemáticas) lo que quería de
Samuel, no era su amistad lo que más necesitaba, ni admiración lo que yo le tenía; era
amor. Porque yo amaba apasionadamente a Samuel.
Sí, aquella tarde los lobos me habían abierto los ojos, y en aquella última madrugada
yo había decidido cerrarlos para siempre y dejar que la mierda, ahora acurrucada en un
ataúd blanco, lentamente se adormeciese en el muladar de lo que la mayoría de la gente
denomina hogar.
 

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