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UN WOMBAT EN BOGOTÁ

UN WOMBAT EN  BOGOTÁ

20-12-2020

Contemporánea novela

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Enzo  Celorr es  un joven con un sentido de la justicia   un tanto radical que choca de bruces con los paradigmas de la sociedad del fracaso donde vive.  Despues de perder varios trabajos por su fama de inadaptado  consigue un trabajo de liquidador donde nadie  cuestiona su manera de ser mientras cumpla con su trabajo.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

 

                                                        1

 

Si la  vida nos pone en la tesitura de elegir entre ser responsable de un suceso o culpable del mismo   la  mayoría de la  gente  se decantaría por la segunda opción,  más que nada porque en  la sociedad del fracaso  aceptar un castigo es  lo  habitual para no tener que  hacerse responsable de los actos, porque estos últimos requieren de  una toma de conciencia de los hechos que muy poca gente es capaz de asumir por propia voluntad, siendo la mayoría de las veces  aceptada por la   presión del  entorno, o  por la obligada responsabilidad. Llegado este momento la ignorancia y la frivolidad se alzan como factores estrellas de la inmunidad social diluyendo cualquier sentencia sobre el escenario de la realidad. Eso mismo debió pensar el   seglar Henri Altrom cuando al levantar la cabeza y comprobar que había más niños que bocadillos  quedaban en la cesta  de mimbre  expuesta sobre la mesa del jardín, asustado, tomó una decisión drástica.   Sin pestañear un ápice, el señor Altrom   interpretó una escena falsa, haciendo  como que alguien  le llamaba o solicitaba su  presencia inmediata en otra parte, y  raudo abandono  su lugar  en  la mesa  rectangular  desde donde se estaba repartiendo la merienda a los niños y niñas de la parroquia de Santa  Butrida, dejando la cesta  con escasas existencias y una fila de  vasos  llenos de refresco de naranja para qué  la gestión de la escasez  recayera en otra persona.  Salió del escenario rápido,  casi corriendo, hasta alcanzar una pequeña escalera que conducía  a un pequeño  cuarto  de aperos que el  jardinero había habilitado en un extremo del   jardín, allí esperó  agachado,  adoptando la posición  de cuclillas y cerrando  los  ojos durante  varios minutos, durante ese tiempo aunque se esforzó,  no pudo  escuchar la discusión que  con toda probabilidad se generaría unos metros más allá. ¡Seguramente se forme una pelea entre los muchachos, pero la señorita Macteline la  disolverá rápidamente sacudiendo a diestro  y siniestro con su  fusta sobre los cuerpos de los muchachos!, pensó el seglar. Pero no siempre todo lo que está envuelto en el calificativo de lógico y normal garantiza  que se transforme en algo tangible y real, porque al  pasar los  minutos y  no  escuchar  nada más que el murmullo habitual de los chiquillos jugar entre  gritos y risas, el seglar  volvió tras sus pasos con extrañeza. Regresó a su lugar  en la mesa alargada, que  minutos antes  había  abandonado, y comprobó que ya no quedaban bocadillos en la cesta, pero  aún quedaban  algunos vasos llenos de refresco de naranja, movió la cabeza para localizar a la señorita   Macteline pero no se encontraba a la vista. Alguien le chisteó por detrás (chist..), al  darse la  vuelta Henri se dio de  bruces con un grupo de seis  niños de entre  doce  y  dieciséis   años que le miraron a la cara con rabia. Uno de ellos, el más grande y voluminoso de nombre Enzo se encaró con él: ¡Beato de mierda, reparte los bocadillos que nos habéis prometido por limpiar el sótano si no quieres que te pateemos el culo, sabemos que los has escondido para ganarte los favores de las chicas del orfanato, sucio abusón!. El resto del grupo   asumió rápidamente las demandas del portavoz con un leve balanceo de cabezas. ¡No me toquéis, los bocadillos se han terminado, y ya está!,  argumentó  el  seglar. Los muchachos   rodearon al señor Altrom y le obligaron a que caminase de espaldas hasta el estanque del jardín, donde se introdujo lentamente en el agua verde y mal oliente, más por la amenaza de ser agredido que por cualquier acción violenta de los muchachos.  Un par de horas más tarde al recoger  la merienda y despedir a los  niños, la  señorita Macteline   echó  de menos a Henry  y gritó su nombre por todo el recinto, al no obtener respuesta, se improvisó una pequeña  batida donde participaron   media  docena  de personas que duró  apenas unos minutos, hasta que la señorita  Macteline  se asomó   al estanque, y  vio  que la pequeña barca de madera se   balanceaba ligeramente, se acercó a la pequeña embarcación y  observó el cuerpo empapado de Henry  tumbado en su interior. La señorita Macteline, lanzó un grito desgarrador que hizo que en pocos segundos se congregara una pequeña multitud de curiosos a pie de estanque. Varios hombres levantaron el cuerpo empapado del seglar y le acompañaron al interior de la iglesia de Santa Butrida, dejándolo sobre un banco de madera dispuesto en un lateral de la sacristía cubierto con una manta. Una vez recuperado el aliento y aprovechando que un pequeño grupo de personas estaban pendientes de él comenzó a criminalizar los actos del grupo de chavales que le habían increpado. ¡Esos desgraciados me han pegado y escupido, me han zarandeado como un muñeco de trapo y por último me ha arrojado al estanque y me han intentado ahogar, menos mal que aún conservo mis dotes de nadador!, dijo Henry, mientras en su mente   enferma pensaba en los bocadillos que había ocultado en una cesta más pequeña dentro de un cajón de la sacristía para utilizarlos más tarde y hacer trueque con las niñas del orfanato eclesial. Un bocadillo a cambio de dejar que sus manos grandes y huesudas manosearan la entrepierna de las  muchachas, dos bocadillos a  cambio de acariciar el pene del seglar y metérselo en la boca un buen rato (..)  La señorita Macteline  preguntó una y otra  vez acerca de la identidad de los culpables, desde que el seglar comenzó a relatar lo sucedido, era como si  Eva Macteline necesitase continuamente  reos y culpables con los que saciar su sadismo extremo que no sé colmaba con infringir  regularmente castigos  absurdos a  una veintena de chiquillas huérfanas del orfanato  que  estaban a su cargo, quizá fuera  una defensora  acérrima  del dolor  como  principio de la  vida, o tal  vez la excusa para  acabar con la misma y cambiar el concepto agradable  y positivo de la  existencia.

 Asombrado por el éxito de su interpretación Henry Altrom comenzó su acusación: ¡No conozco sus nombres, sé que varios de ellos viven en los bloques de ladrillo blanco de la calle Vispies, uno de ellos es muchacho grande y gordo, hijo de los Celorr, los que tienen la ferretería junto   a la estación de ferrocarril!. Curiosamente solo reconoció dentro del grupo a Enzo, y el mecanismo de disciplina y condena católica se puso en marcha sin piedad, las mentes piadosas y los corazones solidarios condenaron   al muchacho, y dictaron sentencia de forma automática como si tuvieran la autoridad de ajusticiar a cualquier miembro de la sociedad por el testimonio no contrastado de una persona afín a su mundo hipócrita y compacto.

Todos los vecinos que asistieron a los oficios religiosos del domingo siguiente al incidente, donde fueron   aleccionados por el padre   Angus que dictaminó que los Celorr quedaban señalados por el  comportamiento no cristiano  de uno de  sus miembros, aunque aún  tenían la posibilidad de resarcir ese error  si  se retractaban  de sus acciones públicamente, por el contrario si no hacían caso al llamamiento del  Padre  Angus su futuro  era el ser  calificados  oficialmente como  herejes. Antoine Celorr, patriarca de la  familia  informado de la amenaza del párroco  sobre su familia  decidió colocar a su   hijo Enzo de rodillas  sobre el suelo del salón y sin decir nada cogió una vara de madera de avellano y  comenzó a golpear  la espalda de su hijo, Enzo aguanto los primeros golpes por respeto  a su progenitor, aunque por  costumbre su padre no le golpeaba más allá de  tres o cuatro veces, pero esta  vez la cosa era diferente, no se trataba de una travesura, la familia se enfrentaba a un ostracismo  social que para un comerciante significaba su  ruina económica. Al cuarto golpe, Enzo giró  su cuerpo y sujetó con las  grandes manos la vara de avellano que su padre sostenía con fuerza. ¡Padre pare, yo no he    hecho nada malo, solo he reclamado la merienda que nos habían prometido por limpiar el sótano de la sacristía, ese beato cabrón es un mentiroso y un cerdo pedófilo!, dijo Enzo. Antoine asintió, sabía que su hijo tenía razón, pero luchar contra una amenaza lanzada por la iglesia era como luchar contra el mismísimo diablo. 

Dos días más tarde, Enzo saltó la   verja del patio del orfanato eclesial situado al otro lado del jardín de la iglesia, sabía que era el momento idóneo, no tenía la más mínima duda de que ese mentiroso de Henry Altrom estaría jugando con las niñas más mayores, y a la menor oportunidad abusaría de las  huérfanas sin el menor pudor. Henry era un pervertido, todo el mundo en  Ostomh lo sabía,  pero era más  fácil mirar hacia otro lado que tener que dar explicaciones del porque una persona tan despreciable y  peligrosa tenía la confianza del padre Angus, y a su  vez,  de la iglesia de Santa Brutida. El  hijo mayor de los Celorr entró al edificio del  orfanato   por una puerta rota que   daba al almacén del  gimnasio y al subir las escaleras que conducían al comedor escuchó la  voz  fina y malvada del señor  Altrom . ¡Ven, acércate, no seas tonta si no me dejas que te toque lo hará cualquier muchacho del barrio, más pronto que tarde!, decía el depredador a su víctima.  Cuando Enzo asomo su cabeza grande y peluda por la puerta del cuarto de planchar, Henry tenía entre sus brazos a una niña semidesnuda a la que no dejaba de manosear la entrepierna mientras restregaba su lengua por los pechos adolescentes de la muchacha, esta permanecía tensa, mantenía los ojos cerrados y movía los labios como si estuviera contando el tiempo para que este desagradable episodio pasase rápidamente y su depredador la liberase del tormento que estaba padeciendo.  La víctima no tuvo que esperar mucho tiempo, el primer puñetazo que propinó Enzo al seglar, hizo que rodase por el suelo, chocando su  cabeza sobre la base del armario empotrado de la habitación,  el segundo puñetazo partió su nariz y un borbotón de sangre empapó sus ropas rápidamente. En un alto Enzo se giró  hacia la niña y le dijo que se vistiera que tenía que acompañarle para ver al padre  Angus, la muchacha obedeció sin rechistar y se vistió rápidamente, se  quedó escondida en  el quicio de la puerta mientras observaba con los ojos  de par en par como el muchacho grande le pateaba los genitales  a su agresor para más tarde levantarlo y atarle las manos a la espalda  con una cuerda que encontró  en una balda   del armario empotrado.  ¡Pequeña, ahora es tu oportunidad puedes pegar a este cerdo todo lo que quieras!, dijo Enzo. La muchacha  se acercó al  depredador  hasta casi  rozarse con su cuerpo, se dio cuenta que solo era un viejo apaleado que  no paraba de gimotear. ¡Espera un momento!, dijo la muchacha, de repente se fue hacia  la cocina  y sacó un cuchillo de grandes dimensiones de un cajón,  buscó la espalda del seglar y seccionó  los tendones de los dedos  de ambas manos para asegurarse de que nunca más volvería  a manosear  a ninguna niña. ¿Ya has terminado?, preguntó Enzo, la niña  realizó un  gesto afirmativo con la cabeza. ¡Entonces es hora de ver al señor párroco!, dijo Enzo en voz alta.

Entraron a la  vivienda del  párroco  cruzando la sacristía, el muchacho grande  y  gordo sabía que  el Padre Angus estaba a esas horas en su casa. Cuando Enzo  golpeo con los puños la puerta de la  vivienda del responsable de la iglesia de Santa  Butrida el párroco  estaba dormitando sobre el sofá del salón, se sobresaltó por  los  golpes de la puerta y se  puso de pie mientras  maldecía su suerte. ¿Quién coño será a estas horas, y  haciendo tanto ruido?, se preguntó en  voz alta el Padre Angus, mientras se ajustaba sus  lentes antes de  abrir la puerta de su vivienda. Primero entró la niña y se sentó  en uno de los sillones del salón,  entre sus manos aún llevaba el cuchillo con el que había cortado los tendones de las manos al seglar, jugaba pasando sus dedos por los churretes de sangre  pegajosa que habían quedado sobre la hoja,  con la punta de los  dedos hacia pequeñas figuritas que borraba al instante para confeccionar a  continuación  otras diferentes. Enzo   dejó caer sobre la alfombra oscura del piso, el cuerpo  maltrecho de Henry Altrom y sentó  en el sofá de un empujón al  anfitrión. ¡Padre Angus,  le traigo a esta basura para demostrarle que es un mentiroso y un pervertido,  que pasa casi todo su tiempo abusando de las niñas del orfanato  eclesial, ella se lo puede confirmar.  ¡Pillé a este cabrón infraganti!, dijo Enzo. Angus Verry, clavó los ojos en la niña,  al tiempo que pensó, ¡Dios  mío, si  apenas debe tener  trece años!. La  muchacha  al  sentirse observada  dejo de  jugar con  las manchas de sangre del cuchillo   y tomó la palabra:  ¡Sí padre Angus, ese cabrón de Henry  ha  abusado de mí y de todas mis compañeras, y eso no está nada bien!

El párroco nunca hubiera imaginado que esto podía ocurrir, pensó rápidamente que algo había fallado, tal vez  la señorita Macteline no había hecho bien su   trabajo de contención con  las chicas del orfanato, o simplemente el vicioso de Henry se  había pasado con su perversión. ¡Sí hubiera estado más  encima del  seglar  esto no  habría ocurrido!, pensó  el Padre Angus. Pero cuando la desgracia se alimenta, esta sacude con más fuerza y  virulencia, de una manera instintiva el Párroco se  echó sobre el cuerpo malherido de su amigo y comenzó a llorar desesperadamente. ¡Que te han hecho, Henry!, repetía  en voz alta, una  y otra vez. ¡Déjese de llantos padre Angus, quiero que en la misa del próximo domingo   se retracte de los comentarios  sobre mi familia ante los fieles, espero que haya quedado todo claro!, amenazó  Enzo. El  párroco  accedió con un movimiento afirmativo de cabeza, no quiso  contrariar al muchacho, ni violentarlo más de la cuenta,  pero era consciente de que  cualquier rectificación que pudiera realizar ante  los feligreses o ante cualquier autoridad no valdría de nada, con total seguridad para mediados de semana las beatas de  Santa Butrida y la muchedumbre del pueblo expulsarían de Ostomh a  la familia del  ferretero de la estación, porque una vez que el dedo acusador de la iglesia  señalaba   a un vecino, este  y su familia quedan estigmatizadas de por vida, simplemente por no haber respetado el poder  real de la sociedad.

Enzo se puso de pie. ¡Ya no  hay nada que hacer aquí!, dijo Enzo en voz alta,   miro a la muchacha  y la   invitó a que  la acompañara, mientras   bajaban las escaleras y cruzaban la sacristía la muchacha se volvió hacia Enzo  y le preguntó: ¿Ahora qué  va a pasar?. ¡Ahora tú volverás al orfanato, te iras a tu habitación, y te comportarás como si  nada de esto hubiera ocurrido, no le contarás nada a nadie, ni siquiera a  tus amigas más íntimas, esas con las que juegas a ser mayor y os dais cariño juntas cuando se apagan las luces de la galería, entendido!, dijo  Enzo. La muchacha quiso morirse al escuchar a  Enzo,  pensó por un momento que la aparición  de ese muchacho grande  y gordo  mientras  el seglar  abusaba de ella  había sido una gran idea,  pero tenía que asumir que su secreto no era tal secreto, o tal  vez  se  había transformado en otra cosa ¿En qué momento un secreto  deja de serlo? ¿Cuántas personas deben conocer el secreto para que  se  siga llamando secreto, solo las personas implicadas,  el círculo más íntimo?, todas eran preguntas errantes que pasaban por la cabeza de la muchacha posiblemente provocadas  por el miedo al  conocer que uno de sus secretos había dejado de  existir para trascender a  rumor o comentario, tal vez si la expansión  se controla puede navegar durante algún tiempo en la  frontera de lo público y lo privado, o en el  peor de los casos  transformarse en un secreto a   voces, de esos que tanto proliferan en los lugares donde conviven  muchas personas. ¡Yo por mi parte!, dijo  Enzo, ¡Iré  a casa y esperare a que el padre  Angus  cumpla con lo prometido!. Víctima y  verdugo se despidieron en la  valla metálica  que   dividía el recinto ajardinado de la  iglesia, del orfanato eclesial, la muchacha miró a Enzo  a los ojos y dejó que unas lágrimas  sinceras humedecieran sus pálidas mejillas, Enzo permaneció impasible, nunca supo cómo reaccionar cuando alguien se ponía delante de el a llorar. ¡A todo esto me llamo Jana,  y te quiero dar las gracias por salvarme de ese cabrón!, dijo la  chica. ¡Yo me llamo Enzo!, dijo el muchacho. Tal vez  Jana esperaba  otra reacción del muchacho pero no la tuvo solo la mirada impasible de sus ojos, de todas formas Jana   acercó sus labios al rostro de Enzo y le dio un beso.  Cuando Enzo Celorr abrió la puerta de su casa en el número cuatro de la calle Vispies la familia estaba organizando los  enseres  para salir de viaje. ¿Qué estáis haciendo?, preguntó Enzo, su padre paso a su lado y apenas le miró, llevaba una caja de madera que por los gestos de  Antoine debía pesar lo suyo, también se  cruzó con su madre que solo pudo llorar al ver a su hijo y recordar la desgracia que había  traído a la familia, solo la pequeña Meldy se paró frente a su hermano y le dijo  muy enfadada que se iban por su culpa, mejor dicho por  la culpa de un bocadillo. ¡Tengo que dejar el colegio  y mis amigos por tu culpa, no te quiero!, dijo la pequeña Meldy, mientras aporreaba el abdomen de su hermano con las manos. La familia Celorr sabía que el comentario de Meldy no era cierto, pero si sus consecuencias. Ya lo decía la  abuela Guisula, ¡Este  chico es como mi Tristem, nos arruinará la  vida a toda la familia!. Lo  repetía cada vez que  Enzo se peleaba  con  los chicos del colegio,   cada vez que  una contrariedad o  mala noticia entraba  en el  hogar familiar, como si el  muchacho grande y  gordo  fuera culpable de todo, solo por soportar sin rechistar todas la palabras  feas que su  abuela le regalaba  cuando   estaba  enfadada y no podía soportar el miedo que le  generaban sus pensamientos negativos. Antoine  recriminaba a su madre, pero  más como costumbre que como  una petición sincera de respeto  hacia su primogénito.  Por algún motivo  o razón  que se les escapaba a los Celorr ,  sabían que si Enzo  vivía lejos de  su padres y hermanos, la familia  quedaría  exenta de la desgracia que la envolvía, o dicho de otra manera,  según el pensamiento envenenado de  la abuela Guisula  Enzo  era el responsable de que la vida no fuera  generosa con  todos ellos, a saber: Que  a Meldy no le salieran los dientes por igual y tuviera una dentadura deforme y fea; que al pequeño George  se le  dieran fatal las matemáticas y llevase un curso de retraso; que a mamá  se le hubiera adelantado la menopausia y  sufriera una caída de cabello considerable (..)  Buscar una cabeza de turco siempre se ha considerado una acción cobarde, pero   rodear la fotografía de un miembro de tu familia  con un círculo de tinta roja para que todas las personas de tu entorno  identifiquen al responsable de que  tu familia no acepte la  vida  como es  y se mantenga en la nube ilusoria de vivir  en  la ensoñación de la existencia, es   renunciar a   una buena porción  de  la  humanidad que cada persona posee. Tal vez por esa razón o por cualquier otra que el mismo Enzo no fue capaz de sintetizar en ese momento, el primogénito de los Celorr decidió  a última hora, no acompañar a la  familia a su destierro de Ostomh, Antoine el padre   rebuscó entre sus ropas y le dejo algo de dinero,  la madre intentó llorar un poco, pero la sorpresa era tan inmensa que la única mueca que  dibujaba su rostro era  la de una sonrisa enorme  que reprimía en pequeños  sollozos que iba dejando escapar de forma  intermitente. ¡Es fuerte y está sano, no tendrá  ningún problema para encontrar  un trabajo!, pensó Antoine. Enzo no pensó en calificar los actos de su  familia, simplemente no  se sentía  que formaba parte  de ella, si la pertenencia a un núcleo  familiar implicaba la aceptación como parte del clan, tampoco tenía la culpa de qué la matriarca de la familia Celorr le identificara como el  responsable del miedo  que brotaba por los poros  de su piel como una espora maligna que contamina todo lo que  toca, aunque dicho miedo emanara de la propia abuela Guisula, pero  reconocer  que  eres el  origen de tu temor es un acto de  redención al alcance de muy pocas personas,  mayoritariamente se  opta por  cerrar los ojos  y esperar a que el temor pase. Pero nada termina, se transforma en otra cosa, es como una nueva pantalla del mismo  juego vital, con otros escenarios  y  personajes diferentes, ni siquiera  el clic del mouse  al  marcar la  X de  la parte superior de la pantalla  te librara  de la existencia, solo te trasladará a otro  escenario diferente donde tendrás que seguir jugando.

 Los vecinos de la calle Vispies,  se compadecieron del  joven Enzo, el señor Tineque dueño de  varias serrerías en el pueblo,   le ofreció  trabajo en uno de sus  almacenes  de madera, y la viuda Cilers le  convenció para que ocupara una de las habitaciones de su casa por tiempo indefinido. Las primeras semanas, las vecinas le llevaban cazuelas de comida que iba consumiendo con agradecimiento, era un  gesto de compasión, o  tal vez  una muestra de generosidad para  estar de buenas  con un muchacho  estigmatizado por su propia   familia, y al que  según el clérigo de la  iglesia de Santa Butrida   había que vigilar de  cerca para que no cometiera ningún acto  punible o violento, dados sus  antecedentes, pero  Enzo Celorr  aceptó  con naturalidad su  destino.  Algunas  veces, cuando se  encontraba en la soledad de su habitación, imaginaba  que tenía una familia numerosa, con   varios hermanos y hermanas con los cuales compartía sus vivencias del día antes de acostarse, reunidos  junto a  una enorme chimenea.  También imaginaba que tenía unos padres cariñosos que al  volver del colegio le preguntaban qué tal  le había ido el día, pero era solo un pensamiento imposible que se daba de bruces con la realidad. Así mismo, también se preguntaba  por qué recién cumplidos los  dieciséis años, y siendo  aún menor de edad  ninguna autoridad o institución de  la  localidad de Ostomh había intervenido  para ser llevado a  un centro  de atención  a menores, en vez de   pasar los días  transportando  troncos de  madera para abastecer el aserradero, tampoco hubo una  familia cristiana  y temerosa de dios que le recogiera en su  dulce hogar lleno de amor y misericordia hasta que cumpliera su mayoría de edad.  Enzo trabajaba todos los días excepto los domingos y festivos que dedicaba a  merodear por el bosque, lo poco  que le pagaba su patrón apenas le llegaba para comprarse algo de ropa de vez en cuando y pagar un alquiler abusivo a la viuda  Valva Cilers  por una  habitación que fue gratuita solo los dos primeros meses,   después de que su casera comprobara  al consultar   a los vecinos, que ningún otro ciudadano de bien de Osmoth  alquilaría   una habitación  a ese muchacho tan extraño.  Pero lo único  extraño era el trato que le brindaban sus semejantes, que apenas  intercambiaban un saludo con el muchacho, como si  el estigma de su familia hubiera contaminado a  los  habitantes del pueblo.

Pasó el tiempo, y llegó el momento en  el cual el Padre  Angus  Verry  en la  homilía  dominical  de un  tres de mayo buscó una frase  en su cabeza  para calificar  la situación de Enzo  Celorr como: ¨Una  víctima de las circunstancias¨. El comentario creo cierto revuelo entre los feligreses porque la calificación  de víctima era  la señal conocida por todos los  feligreses  para  sacar del ostracismo social a un condenado  que había  burlado a  la autoridad   y por tanto conllevaba de  forma automática un final de condena, un perdón no solicitado que se producía   a la semana siguiente de que  Enzo Celorr   hubiera cumplido los dieciocho años y obtenido en  consecuencia la mayoría de edad. Aunque una cuenta de cristal  brilla y refleja los rayos de sol con soltura, jamás llegará a ser una piedra preciosa, ni siquiera esas gemas agraciadas con colores atractivos, solo la señorita  Macteline fue capaz de leer entre líneas  el propósito de Angus Verry, que no era otro que limpiar la  nebulosa de desconfianza  que pululaba  sobre  la  persona  del muchacho y que este ganase la confianza necesaria para dejar  Ostomth y librar a la  pequeña ciudad de  un individuo tan peligroso. Durante las semanas siguientes    a la homilía dominical donde se cambió el calificativo social   de Enzo  Celorr  de hereje a víctima de las circunstancias, todos los vecinos arrimaron el hombro para que el propósito del  Padre  Angus fuera una realidad, en un principio el señor Tineque no entendía  porque  tenía  que aumentar el sueldo  a su joven operario, pero una charla con  padre Angus fue  lo suficientemente  convincente para que el empresario maderero accediera  formar parte de la iniciativa vecinal,  una de las personas  que más se alegró fue  Henry Altrom que  al confirmar la noticia  golpeo varias  veces entre sí sus manos inútiles  de dedos encogidos semejando un aplauso imposible.  Desde el incidente en el cuarto de planchar  del orfanato  eclesial, la salud del señor  Altrom   había caído en picado como una aeronave que entra en  barrena y va directa a desplomarse contra el suelo  con solución de continuidad,  una   enfermedad  vírica y el posterior  agravamiento de su diabetes  le postraron en una cama durante varios meses (..) Su gran amigo el padre Angus le  visitaba con frecuencia  en la habitación 135 de la residencia  para mayores, San Honorto, el párroco le animaba a que se recuperara pronto. ¡Vamos Henry, ya  verás cómo en unos meses estarás otra vez con nosotros!, decía  el párroco. En el   fondo todos eran conscientes de que nunca se recuperaría,  muchas veces en mitad de la conversación, y  sin  venir a cuento levantaba las manos mostrando su  incapacidad para hacer cualquier tarea cotidiana que cualquier persona puede realizar, lo que más le costaba aceptar era que  nunca más  tocaría con sus dedos  las partes íntimas de ninguna muchacha. Una  vez hizo un intento, contrato por medio de su amigo el Padre  Angus los servicios de una prostituta de nombre Gilder,  el encuentro tuvo lugar en  la  vivienda  del  párroco una tarde de jueves,  la prostituta se desnudó por completo y se fue acercando  al sofá donde se encontraba sentado Henry, Gilder dio  varias vueltas delante de su cliente  para acabar sentándose encima de sus piernas, el seglar paso la bola de dedos deformes por la piel de la muchacha y rompió a llorar, hubiera preferido que la muchacha  que  le lesionó  hubiera destrozado una pierna, o le hubiera herido en otra parte del cuerpo, pero dejarle  sin el tacto  lascivo de su  depravación había sido  a la postre el mayor castigo que nadie le podía haber infringido. Cuando se  calmó un poco indico a la prostituta que recogiera el dinero que había encima de la mesa y que se marchara, ese  fue el único intento de  recuperar las sensaciones de poder y dominio que había contraído en su vida desde que era psicólogo  infantil en el colegio   femenino  Nuestra Señora de la  Adoración de Pousalem, en su mente inmadura de pecador  cobarde hubo una vez espacio quizás de sinceridad para contemplar que  sería justo recibir cualquier castigo que recibiera, pero solo era un pensamiento lleno de mentiras, ya que  no mantuvo el rigor de ese  pensamiento  el día que  paseando por el jardín  del complejo eclesial se encontró de frente con  el   verdugo que le  dejó  inútil, Jana se paró delante de Henry. ¿Tienes una brizna de hierba en el  ojo, porque no te la quitas con los dedos, a vaya por dios, es que  no puedes estirarlos, qué pena!,  dijo la muchacha. El señor Altrom no reaccionó,  quedo quieto, inmovilizado, como si hubiera sido  atacado con algún tipo de ondas paralizantes. Tampoco   dijo nada ¿Para qué?,  en esa situación  su mente creo un mensaje suicida: ¡Quiero morirme en este instante!,  grito en su cabeza, a la vez que se preguntó con rabia, ¿Dónde están ahora esos  psicópatas  que matan por  doquier, me ofrezco  para ser  una de sus víctimas, juro no guardarles rencor?

Abrió y cerró los ojos con fuerza, como si los globos oculares fueran un cítrico    que al hacer presión dejan salir el jugo de su interior,  deseaba llorar, sentirse víctima por primera vez en su vida, tal vez así podía recibir la compasión que recibían  casi todos los internos de la residencia para  mayores San  Honorto, pero todo el pueblo de Ostomth y su comarca sabían  porque no  podía  sujetar la cuchara  para comer,  la gran mayoría de sus  vecinos lo consideraban una  persona enferma, y el resto  lo calificaba como  un pervertido  peligroso que debía haber dejado este mundo hace mucho tiempo, y no fue por qué   no lo intentara, nada más salir del hospital del Tobaro Hospital quiso tirarse con la silla de ruedas  por la terraza de la residencia pero  la rápida acción de los enfermeros evitó la desgracia, mientras varias personas le  sujetaban apostado en la barandilla  no dejaba de  gritar: ¡Dejadme morir por favor!,  meses más tarde lo volvió  a intentar  tomándose  una gran dosis de  barbitúricos  que no hicieron el efecto deseado  por la pronta actuación  de un lavado de estómago que le  practicaron los médicos.   

Poco antes de que Enzo decidiera dejar Osmoth para empezar una nueva vida en Moncreintall, se encontró con Jana, la muchacha observó a su salvador tomar la calle Medium  y le espero en la esquina  que  daba  a la oficina de correos.  ¡Hola Enzo, cuanto tiempo!, dijo Jana.  ¡Sí, es cierto, un  pueblo tan pequeño (...)!, contestó Enzo. Era mentira,  el primogénito de los Celorr veía a Jana   de vez en   cuando, sobre todo al  volver de sus caminatas por el bosque y  pasaba  cerca del edificio del orfanato. Enzo no quería cuentas con  Jana, sabía que era una muchacha  peligrosa,  fría y sádica, pensó que seguramente había tenido una infancia dura que ningún menor debe tener, pero los demás no  somos responsables de los actos de  terceros, solo de los nuestros, y la venganza solo resarce al ego  herido, no te devuelve nada que te sustrajeran  a la fuerza o te privaran de tener. De alguna manera ese encuentro  buscado por Jana era  su despedida del  héroe que  la salvo de las  garras de su depredador sexual, pero  si Jana  fuera sincera, la actuación de Enzo en el cuarto de planchar del orfanato  eclesial no  determinaría su vida, solo alargaría un recorrido fijado de antemano por un pensamiento dogmático  grabado  a cincel sobre el proceder de la  misma,  un  meandro  caprichoso en  el recorrido de su existencia.  A  veces,  en la quietud de las tardes de estudio, Jana recordaba  lo que  su madre  le repetía  de niña una  y otra vez, como si fuera un mantra sagrado: ¡Hija, tú  como todas las mujeres de la familia   te dedicarás  a  alquilar tu cuerpo y sosegar a  hombres infelices y débiles que  buscan una caricia femenina para soportar  una existencia  inerte y  dolorosa, pero hasta conseguir un cuerpo desarrollado y un pensamiento  manipulador te encontrarás con  algunas personas que abusaran de ti por el simple  hecho de estar a su alcance, aprovecha  estas ocasiones para aprender a dominarlos, esa gente se convertirá en poco tiempo en  tus clientes más  fieles!.

Esta  vez no hubo el gesto de  besar los labios del otro, no había que  agradecer nada, solo  satisfacer la curiosidad de   volver a ver a Enzo y  aprovechar el momento para   despedirse  con un adiós  prescindible, porque en el  pensamiento organizado de la muchacha había la sensación de que ese joven grande y gordo que se encontraba delante de  ella volvería   de alguna  manera a su vida, es posible  que esa  fuera la causa por la que   Jana  se  quedó mirando a Enzo  durante un buen rato, en silencio, sin apenas hacer un gesto o mueca que delatara sus intenciones de grabar esa imagen en su mente como un  recuerdo prioritario que en un futuro próximo le traería  algún tipo de beneficio. Enzo espero pacientemente a que la  joven  realizara su representación y siguiera su  camino sin más,  en ese momento tenía la cabeza puesta en su marcha, deseaba tanto  irse de ese pueblo lleno de gentes hipócritas y falsas que si fuera indiscreto  se acercaría al padre  Angus y le daría las gracias en persona, pero por  contra  decidió  agotar su marcha hasta el último minuto como homenaje al personaje que  estaba  representando,  o a la imagen  que unos pueblerinos ignorantes y manipulados por el miedo de hacer y decir algo que  se saliera de lo permitido o bien  visto, tenían formada sobre su persona. Para  Enzo no representaba ningún problema, el  nunca  esperaba  nada de nadie, ni siquiera de su propia   familia que a la menor oportunidad  se deshizo de él como un  mueble viejo o un enser inservible,  le gustaba andar por el monte y observar la naturaleza, los pajarillos y animales que habitaban en el  bosque. Un día  Valva  Cilers esperó  a que Enzo  regresara del  bosque, hacía mucho  tiempo que la viuda cuarentona  no había tenido relaciones sexuales, tumbada en la cama pensó que había hecho lo correcto para protegerse, para salvaguardar su status social, ese que  había  ganado día a día  aguantando durante más  de dieciocho  años a un hombre arrogante y egoísta que solo la quería para mostrarla en público y ser la envidia de sus adversarios, pero Valva no podía permitirse  el lujo de entrar en  cualquier comercio del pueblo y sentir el cuchicheo  a su paso,  tal vez por ello  la idea de mostrarse desnuda a su  huésped era una manera como  otra cualquiera de  resarcir su frustración, y darle rienda  suelta a su libido   la  calificó como una estupenda, desconocía si el muchacho era virgen o no, pero  poco importaba aunque estaba claro que la incertidumbre aumentaba el morbo del encuentro. Desde la ventana de su  habitación Valva observó  que su joven huésped regresaba de su paseo  vespertino por  el bosque,  rápidamente se desnudó y se colocó encima una bata transparente  con  reflejos de pequeñas flores decorando la prenda y esperó a que  Enzo entrase por  la puerta. No  dejó que ningún pensamiento ocupase su mente, simplemente espero al encuentro y según las reacción del huésped  así actuaria, aunque cobraba fuerza  la idea de dejarse ir, dejarse llevar por ese deseo de placer que estaba a punto de satisfacer. Al entrar en la casa, Enzo llamó a su casera en voz alta: ¡Valva, te he traído unas setas que he recogido en el bosque!,  Enzo  no obtuvo respuesta, fue a la cocina y dejó las setas sobre el  fregadero,  al darse la  vuelta se encontró a Valva  denuda delante de él. ¡Hay que reconocer que pese a  qué es una  mujer entrada en los cuarenta aún conserva  un cuerpo femenino muy atractivo!, pensó Enzo. Antes de dejar que su casera pronunciara una palabra,  Enzo le puso un dedo sobre sus labios  y le dijo: ¡Valva, si quieres  que  nos acostemos  hagamos las cosas bien,  espérame en  tu cama, me voy a dar una ducha rápida!,  La mujer obedeció dócilmente, con  su cuerpo totalmente desnudo y tumbada en la cama   Valva esperó pacientemente a   su amante, Enzo se paró en la entrada de la  habitación y suspiro varias veces, no era la primera vez que se acostaba con una mujer, había  mantenido una relación  sentimental con  Ruth, una  chica que vivía  cerca del bosque que rodeaba  Ostomh, también había mantenido relaciones  sexuales con su  prima  Dorothy, él y   cien chavales más, la muchacha era promiscua  sin  hacer ascos a ningún pretendiente. Pero Valva era  la primera mujer madura que con la que se acostaba, al  principio hubo cierto temor en   molestar al  otro, en hacer o reaccionar de una forma brusca. Según se acentuaban las caricias las precauciones quedaron en un segundo lugar, y  tanto Enzo como Valva se dejaron llevar, despacio, sin prisas, observando los gestos del contrario y sobre todo disfrutando de unos momentos llenos de ternura  y placer.  Dieron por terminada la sesión cuando era noche cerrada, después de  experimentar varios orgasmos llenos de jadeos  y  pequeñas  palabras que apenas eran legibles pero  estaba llenas de intención, antes de levantarse de la cama, los amantes se palparon los cuerpos  exhaustos con las  yemas de los dedos, la piel de los cuerpos permanecían cubiertas   de sudor, semen y líquido vaginal. Despedían  un olor dulzón e intenso que impregnaba toda la habitación,  Valva  sostenía  los ojos  cerrados  mientras pensaba  que estaba claro  que por ella,  no sería la  última vez que se acostaba con su  inquilino. Enzo  permanecía con los ojos abiertos,  intentaba asimilar  todas las sensaciones que  había experimentado al  gozar con el  cuerpo femenino  de la viuda Cilers. Aunque no  había  un sentimiento de amor que justificara la relación lo cierto que  fue  una  experiencia plenamente  satisfactoria para ambas partes, no siempre el amor  tiene que  regir todas las relaciones  íntimas entre dos personas, hay otros sentimientos  más   sencillos y fáciles de satisfacer, como  el deseo  de cariño y aprecio, ser acariciado  o sentirse querido. Pero  los días fueron pasando y las pocas veces que se cruzaban  Valva y Enzo no se paraban a  hablar, aunque los ojos se buscaban y permanecían atentos al otro  hasta que salían del campo del campo de visión, siempre uno  esperaba la reacción del otro.  Tal vez fue un acuerdo tácito  que los dos cuerpos firmaron justo antes de acabar las caricias, por miedo a crear un apego que solo traería problemas a los dos  amantes, porque  a menudo pensamos que  todo lo bueno debe tener el sello de lo  eterno sin pararnos a pensar que todo tiene su principio  y su fin. El encuentro íntimo, no se planificó  como una despedida, sino como un guiño al destino   o  aprovechamiento de  la coyuntura  surgida por la marcha de Enzo a la ciudad, y  así debía seguir, como  un pensamiento de placer  y gozo  que apareció de  repente, permaneció durante unas horas y  tal como  vino   se fue. ¡Animó Valva, solo quedan tres días para que el muchacho que tienes alojado en la habitación del  fondo se marche a la gran ciudad, debes controlarte y evitar cualquier encuentro!, pensó la viuda Cilers. Por el contrario  Enzo  aunque no rechazaría ni por asomo  el cuerpo maduro de su casera, no lo buscaría al caer la tarde en el sofá del comedor, ni   realizaría ninguna  acción  que le obligara a pasar demasiados minutos cerca de Valva. Se sentía satisfecho con la experiencia de la otra tarde, pero eso no le ayudaba a  cubrir sus necesidades afectivas y  le podía provocar crear una necesidad   que antes no existía. El día  de la despedida Valva  no pego ojo en toda la noche, espero con miedo a que su joven  huésped  abriera la puerta entornada de su  habitación y reclamase sus  caricias, también podía haberse levantado de su cama y buscar a su amante en la habitación del fondo,  pero no se movió de su cama. A lo largo de la noche dejó volar su  imaginación,  pensó en la posibilidad de que el encuentro deseado se produjera,  ella tenía cuarenta y tres  años,  su joven  amante dieciocho, veinticinco  años eran  muchos, o tal vez no, porque seguramente esa relación duraría solo unos años, probablemente vivirían en un pequeño apartamento de los suburbios de la gran ciudad. Ella esperaría a Enzo todas las tardes a su vuelta a casa después del trabajo, le prepararía la  comida y le  llenaría de mimos.  También pensó en apostar  todo  a un suicidio pasional,  vaciar sus cuentas bancarias y huir con su amante  sin lugar fijo, viajando  de ciudad en ciudad, alojándose en hostales  baratos para estirar el presupuesto al máximo y llegado el momento, cuando el deseo se evaporase con el tiempo, o uno de ellos perdiera el interés por el otro, acabar con la vida  de un modo rápido e íntimo, probablemente un disparo de  pistola,  o por el resultado de ingerir un veneno  letal de acción inmediata. Pero, nunca  aceptaría   huir con un hombre y que este la maltratase o rechazase, en ese caso regresaría a Osmoth y viviría el resto de  sus  días como una  víctima de las circunstancias hostiles  hacia su persona.

 Enzo se levantó  temprano, procuró no hacer ruido para que  su casera no se sobresaltara y tuviera la excusa perfecta para  llamar a la puerta de su  habitación, esperó a que el sol   se  despojara de la timidez de la noche y salió de la habitación con un bolso  grande como  equipaje, que dejo sobre el suelo del comedor. El reloj del salón marcaba las 9:10  cuando Valva   fue directamente  al salón y se encontró a Enzo sentado sobre el sofá. ¿Ya te vas, creía que ibas a medio día?, preguntó Valva. ¡Sí Valva,  quiero llegar pronto a la estación, dejare el equipaje en la consigna y hare unas compras de última hora!, respondió  Enzo. El huésped se puso de pie y abrazó a la viuda Cilers mientras le daba un beso de despedida,  cuando separaron los cuerpos se dieron gracias con la mirada,  no  había que  más que hablar,  todo estaba dicho.

En el camino hacia la estación de tren,  Enzo pasó  por delante del antiguo local que ocupaba la ferretería de su padre  Antoine,  ahora era una tienda   de  ropa femenina,  no quiso parar y dejar que el recuerdo le  llevara por unos instantes a su familia, seguramente  ninguno de ellos  había reparado en el  durante estos dos años de ausencia. ¡Tal vez  mamá si lo hubiera  hecho a escondidas, procurando que nadie  la viera ensimismarse en ese pensamiento!,  pensó Enzo.  Dentro  de la estación le esperaba  Muhar, un  muchacho que trabajaba  con Enzo en el aserradero del pueblo y había decidido  buscar un nuevo futuro en Moncreintall,  los dos muchachos habían conseguido  trabajo en el puerto  de la ciudad, como  estibadores, gracias a un conocido del señor Tineque, un tal señor Malcoy,  los dos muchachos  tenían claro que nunca más regresarían   a  Osmoth, independientemente de cómo les fuera el trabajo en el puerto. El trayecto  se demoró más de  cuatro  horas, tiempo para  imaginar lo que se encontrarían al  llegar a  Moncreintall, Muhar pensó en voz  alta  nada más  ponerse en marcha el tren, comenzó  hablando  que le gustaría alquilar un  apartamento, y con el tiempo encontrar a una mujer que quisiera vivir con él, hablaba deprisa y a gran volumen, como si lo que estaba diciendo lo llevara preparado desde hacía mucho tiempo, Enzo le escuchaba en  silencio, sin intervenir en ningún momento, para el muchacho  grande  y gordo  viajar a la ciudad no  era   algo especial, solo era otro lugar  atestado de personas acomplejadas y cobardes, no tenía ninguna expectativa o curiosidad, pero hubo algún  momento durante las cuatro horas de travesía que pensó  que a lo mejor  la ciudad le daba la clave  para encontrar su lugar en el mundo.

 

 


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