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Suicidio por encargo

Suicidio por encargo

25-09-2019

Contemporánea novela

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En este mundo oscuro e inhóspito, un grupo de hombres tiene como empático objetivo  poder terminar con el sufrimiento de sus semejantes, pero por medios que otros considerarían polémicos, o quizás incluso criminales: ayudándolos a suicidarse sin dolor. En esta situación, Joven Parca, el líder y fundador de esta organización, se encontrará ante extrañas disyuntivas que cambiarán su vida para siempre.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

 

 

1_Introducción

 

 

 

Un grupo de hombres estaba enclaustrado en una sala de estar de una casa bastante lujosa. Las paredes estaban recubiertas por un empapelado dorado y había frisos en los que antiguos ejércitos combatían en tierras escarpadas: por las armaduras que llevaban unos bien podrían ser romanos, y por las que llevaban los otros (o las que no llevaban) bárbaros. Las aspas de un ventilador de techo metálico cortaban incesantemente las invisibles capas de aire del recinto, causando un sonido suave que adormecía a quien lo oía. Harían de treinta a cuarenta grados Celsius, por lo que todos los rostros que podían verse estaban sudorosos…

En total eran seis las personas, y cada una llevaba una camisa de diferente color y pantalones cortos. Una señora grande, de unos cincuenta o sesenta años, con los ojos ligeramente rasgados, una nariz prominente y unos labios delgados y hundidos, circundados por miles de pequeñas arrugas que hacían que aquella parte de su rostro pareciera un remolino de tierra, caminaba con torpeza de un lado a otro, trayendo y llevando vasos y botellas. Los hombres la observaban en silencio, reflexivos.

Entonces, alguien tocó la puerta.

—Johana querida, hazme el favor de abrir –pidió uno de los hombres. Tenía una camisa negra, una calva le ocupaba la parte superior de la cabeza y una barba cuidadosamente recortada la inferior; por las marcas que llevaba a los costados de la boca uno podría intuir que se trataba de una persona risueña.

Johana gruñó y murmuró algunas palabras de fastidio para sus adentros y comenzó a buscar las llaves en los bolsillos de sus apretados y roídos jeans. Se escuchó nuevamente un corto y seco “toc toc”.

—¡Ahí va, ahí va! –rebuznó haciendo una mueca.

Algunos segundos después, se vio en el umbral de la casa a un joven de entre veinte y treinta años, de cabello oscuro y largo, una camisa azul almidonada, piel  pálida en extremo y cejas espesas protegiendo unos grandes ojos marrones y sombríos. Los demás se pararon cortésmente para recibirlo.

Luego de algunos saludos lacónicos y rápidas apretadas de mano, alguien dijo: —parece que ya estamos todos.

—Así es. Esta reunión, esta conferencia, puede ahora oficialmente comenzar –proclamó el último que había llegado.

Todos asintieron calladamente y se acomodaron sobre sus respectivos sillones.

—Bien. Parece que tenemos a una nueva clienta entre manos –informó un hombre de camisa blanca y pelo rubio. Sus ojos celestes eran diminutos pero miraba a su interlocutor con firmeza; su nariz era aguileña y parecía un dedo acusador o un pulgar apuntando hacia abajo, sentenciando a quien se dirigiera; y tenía una mandíbula excesivamente prominente que se abría y cerraba con gran brusquedad—. Quizás la conozcas, aunque sea de vista, Joven Parca: vive en tu barrio.

—Dudo que lo haga, no me relaciono demasiado con mis vecinos ni me fijo en los desconocidos que pasan cerca mío –contestó el último en llegar—. ¿Qué es lo que sabes de ella, Sentencia?

—Su nombre es Bárbara Berttulini, tiene veintiún años –repuso Sentencia—, caucásica, un metro sesenta centímetros de altura.

—¿Apetecerían un poco de champagne, muchachos? –interrumpió el calvo.

—Por mí estaría bien, Guadaña –respondió Sentencia.

—¡Johana! –gritó Guadaña—. Haznos el favor de llevarnos algunas copillas de delicioso vino borgoñés. Ya sabes dónde se hallan.

—“Bárbara Berttulini” no me suena…, dudo que la conozca –dijo Joven Parca—. Pero no importa, eso no hubiese cambiado nada. ¿Qué más sabes de ella y qué la convierte en un cliente potencial?

—Ella es una drogadicta. Consume cocaína desde los dieciséis años, según conversaciones que tuvo con amigos suyos. Sus padres están muertos, no tiene hermanos y su padrastro la golpea.

—¿Entonces no deberíamos darle aviso a la policía? –preguntó un hombre bajito y rechoncho de labios gruesos, nariz chata y ojos pequeños, con una camisa bordó.

—No –dijo Joven Parca—. Que la policía se encargue de su trabajo y nosotros del nuestro. No nos olvidemos que lo que estamos haciendo es ilegal, señores. Siempre lo fue. Si llegaran a atraparnos, seríamos juzgados como asesinos ordinarios, sin hacer caso a los nobles motivos que nos mueven. Prefiero no tener nada que ver con ellos.

—De todas formas, dudo que la policía pueda hacer algo. Su padrastro es una persona importante, Ricardo Pulemvar, heredero de una inmensa fortuna. Dueño de una fábrica de televisores que lleva su mismo apellido. No hay nada que él no pueda comprar…, ni siquiera las leyes –terció Sentencia.

—Entonces…, quiero decir, dudo que a él le preocupe demasiado si su hija vive o muere –coligió el hombre rechoncho—. Digo, por lo que decías, que le pegaba.

—Así es, Espíritu Infernal –dijo Sentencia con la mandíbula casi tiesa—. Esto hace más fácil nuestra tarea. A pesar de que Bárbara es una joven millonaria, sale sin guardaespaldas a recorrer los barrios más fétidos de la ciudad, pero a Ricardo esto no parece turbarlo. Siempre se va y vuelve de casa a la hora que quiere, la mayoría de las veces en estados deplorables. En el muro de su facebook tiene imágenes y fotos alusivas a la soledad y la depresión. Muchas de sus publicaciones y mensajes apelan al suicidio. Creo no equivocarme en lo absoluto al aseverar que nos encontramos frente a una muchacha con la voluntad y el poder adquisitivo necesarios para hacer uso de nuestros servicios.

Johana le sirvió una copa de champagne a Joven Parca.

—Esto significa que nuestros negocios siguen por buen camino –concluyó Joven Parca con su habitual solemnidad. Todos se arrellenaron en sus asientos y mantuvieron un respetuoso silencio y la mirada fija en su líder, pues alguna inflexión en su voz había hecho evidente en todos que iba a pronunciar un discurso y cuando Joven planeaba explayarse siempre valía la pena oírlo—. Es un buen hallazgo, Sentencia, bien hecho. Sinceramente, no estoy sorprendido por el gran éxito de nuestra organización, que tuvo orígenes muy humildes y fue creciendo abruptamente. Vivimos en el siglo XXI, época de gran descontento. Pero nuestras cuitas son inentendibles para nuestros antepasados, los cavernícolas, pues ellos pensaban las cosas en términos mucho más sencillos que nosotros. Para ellos, la felicidad y la tristeza tenían límites muy bien marcados; tener animales a los que cazar, cuevas en las que guarecerse de la lluvia y el viento y gozar de buena salud era todo lo que podía importarle a uno. Ahora, todo es mucho más complejo que eso. Nuestro fin ya no es la alimentación, casi todos tenemos acceso a ella… por lo que sólo nos queda la acumulación de objetos de lujo. ¿Y qué son dichos objetos? Formas de distracción, únicamente. Queremos olvidar qué somos y por qué, de dónde venimos y cuándo, y  cómo está constituido nuestro entorno y la manera en que se mueve. ¿Por qué es de esa manera? Porque, al estar con las necesidades básicas satisfechas, no sabemos qué hacer con nuestros propios cuerpos. La reacción biológica inmediata es la creación de idealismos: solo ellos pueden suplir esta falta de finalidades. En la antigüedad las religiones cumplían un rol fundamental en el surgimiento de los mismos, y era por eso que, a pesar de todo, los hombres podíamos ser más o menos felices. Pero el desarrollo de las ciencias duras ha dado paso a un mundo mucho más racional, y la razón se opone constantemente a nuestros idealismos, los destroza continuamente, destrozando como consecuencia también a nuestras psiquis. Claro, el idealismo aún a pesar de todo pugna contra la razón, por eso aún existen los religiosos, por eso aún existen los fanáticos políticos, las feministas, el new age y todas las ciencias sociales en general. El fin de las películas, los videojuegos, las series, los telediarios, los diarios, las revistas, los programas de radio, etcétera, etcétera, es en realidad sumirnos en el idealismo; este recurso exageradísimo de medios demuestra con demasiado empirismo lo desesperada que está la especie humana por olvidarse de la realidad. Estos nuevos idealismos se suelen diferenciar principalmente de los viejos por tener una conexión ligeramente mayor con la verdad: esto quiere decir que el idealismo ya no puede subsistir en estado puro porque ya no puede sostenerse por sí mismo. Tanto la naturaleza de estas nuevas formas de idealismo, impuras, como la desesperación enfermiza que se muestran incesantemente por crearlos solo pueden significar que está llegando a su fin, que está dando sus últimos gritos antes de morir. Estamos al borde de la locura, señores. Es por eso que el individuo ha perdido toda razón de ser y se encuentra inmerso en un vastísimo mundo que no comprende, en el cual no puede ejercer ningún tipo de influencia y se ve obligado a realizar trabajos inútiles con el único fin de borrar de su mente lo anterior, y también por no tener nada más que hacer.

“En medio del caos psicológico y la invisible locura incipiente resplandece una idea que da energía incluso a los espíritus más débiles: la muerte. Y nosotros somos los encargados de otorgársela a las personas lo bastante sensatas como para desearla. La humanidad es una serpiente que se come la cola a sí misma y nosotros somos su veneno.

“No digo que el suicidio sea un trastorno propio del mundo moderno; claramente, en la antigüedad también se practicaba, y con gran frecuencia. De más está citar a los personajes más conocidos: Bruto, Cleopatra, Marco Antonio o Judas de Iscariote. El suicidio no es en realidad, ni siquiera, propio de nuestra especie: está también documentado en perros, en vacas, e incluso en patos; según las personas que estudian los comportamientos de estos animales, el que las ballenas  queden varadas en las playas se debe también a su deseo de morir –fenómeno que hasta el más inculto conoce, pero pocos saben que no podría explicarse de muchas otras formas—; ignoro si se debe a una locura análoga a la del ser humano, pues el irracional miedo a la muerte es claramente común a todo animal y es irracional por ser instintivo, y es solo eso lo que según la mayoría de los pensadores mueve a estas criaturas…; así y todo, se da en casos muy específicos y no sería sensato estudiarnos a nosotros y a ellos conjuntamente; a decir verdad, la inteligencia animal es aún un enigma para nosotros y por tanto siquiera podemos estar seguros de que ninguno de estos supuestos suicidios sean deliberados. En fin, nosotros creemos que, aunque el hecho de estar vivo es per se un motivo de suicidio –a pesar de que algunas facetas de la misma puedan darnos más audacia o más razones para hacerlo—, es en esta época, la más artificial y extraña de las épocas, donde se dan las circunstancias que la hacen más apetecible.

“Nosotros, al igual que los japoneses, creemos que el suicidio es necesario para evitar la deshonra, con la única diferencia de que pensamos que la deshonra está en todos lados y no puede evitarse. Nosotros, como los kamikazes musulmanes, vemos necesario el suicidio para mayor elevación de nuestras almas y para mayor gloria en la muerte.

“Mas, nuestros servicios no pueden compararse con los que brindan los suizos en los que llaman “suicidios asistidos”. Los esfuerzos de Suiza por hacer de ese país un pionero de la libertad fueron, de forma cruel y quizás irremediable, degenerados por culpa de los moralistas, que solo pudieron ver como preferible el suicidio en el caso de los enfermos terminales y únicamente pusieron a disposición de los mismos las sustancias químicas convenientes para una realización exitosa, en vez de darles la posibilidad de que sean otras personas quienes se las inoculasen. Nosotros nos alejamos aún más de lo moral para acercarnos aún más a lo conveniente.

“Hay algunos que se hacen los desentendidos, personas cobardes sin imaginación que solo buscan olvidarse del concepto de suicidio por temor a él… ¡Y nos llaman cobardes a nosotros, que nos enfrentamos a los instintos de supervivencia y salimos victoriosos! Esta gente, tapando sus ojos con más vigas de las que Jesús podría imaginar, suele adjudicar el motor del acto suicida a sucesos irrelevantes o quizás incluso felices como la muerte de algún familiar, pareja, amante o amigo, no viendo o no queriendo ver que la asquerosidad es intrínseca a la vida en las sociedades industriales, es decir, que está en cada aspecto de la misma y no en aspectos aislados. Pero ellos van perdiendo terreno a cada segundo, sus ideas van cayendo al ridículo y todos, en general, vamos ganando valentía. ¿Por qué lo vamos haciendo? Porque el sufrimiento es cada vez mayor: y cuando no se puede tener sufrimiento más grande, no hay sufrimiento del que huir. En algún momento, hasta ellos nos darán la razón, y dejará de haber “ellos” –aunque también dejará de haber “nosotros” poco después de aquello.

“Y no estoy diciendo palabras al azar; me baso en datos empíricos. Según estimaciones de la Organización Mundial para la Salud, las tasas de suicidio se vienen incrementando a nivel global desde hace al menos sesenta años, sobretodo entre los hombres, que se suicidan tres veces más que las mujeres, aunque ellas intenten suicidarse más veces.

“Señores, no puedo estar más que orgulloso de ustedes. Hace siete años que fundé esta organización, y en ese momento era casi un adolescente. Tuvimos buena suerte, lo admito, más de la que habría esperado. Pero esto no fue resultado solamente de eso. Fue por sobre todo su valor y constancia, su astucia y ambición lo que hizo esto posible. Por eso quiero brindar con ustedes por nuestra noble causa, por el futuro de nuestra organización y por el esfuerzo que pusimos, ponemos y seguiremos poniendo en todo cuanto nos propusimos, proponemos y seguiremos proponiendo.

¡Chin chin!

Todos alzaron sus copas al aire y bebieron largos tragos.

—Ahora bien –dijo Joven Parca—. ¿Cómo acabó el asunto del señor Perez? Quiero oír buenas noticias. Todos sabemos por experiencia que ante la cercanía de la muerte incluso los clientes más racionales y decididos pueden dudar e inventar excusas disparatadas de todo tipo a fin de evitarla.

—Salió todo tal y como esperábamos –respondió Espíritu Infernal estirando una solapa de su camisa—. Juan y Octavio actuaron estupendamente, lo que no me sorprende en psicólogos de su nivel; creo que le hicieron honor a sus títulos universitarios y merecen su parte de comisión. Reforzaron la determinación del señor Perez hacia la idea del suicidio y lo ayudaron a encarar la muerte con más tranquilidad y mayor audacia.

—¿Y en cuanto a la ejecución? –preguntó Joven Parca.

—No hubo problemas tampoco: murió sin dolor y ya no volverá a sentirlo –contestó Espíritu Infernal—. Hasta un poco de envidia le guardo.

—¿Qué elementos decidió utilizar?

—Él no quiso estar drogado en el proceso, como muchos otros, ni quiso una muerte imprevista. Deseó hacerlo en el campo, en contacto con nuestra naturaleza. Una vez lo llevamos allá con nuestra camioneta, infló su pecho, nos miró fijamente y exclamó: “¡Quiero que me disparen acá!”, mientras señalaba su corazón. Luego dijo: “Quiero que conste que odio al mundo con cada fibra de mi ser, y que esto no lo hago porque me odie a mí también, si no, precisamente, porque me amo. Me amo tanto que no quiero volver a verme sufriendo, lo cual es inevitable en este estúpido planeta en el que por alguna razón caímos. No soy ningún creyente, pero si da la casualidad de que el Dios cristiano existe, cuando nos veamos en el infierno voy a agradecérselos infinitamente. Luego, nos emborracharemos y cojeremos con las putas que Satán tendrá para nosotros”. Su talante había tomado cierto deje demoníaco y miraba cuanto le rodeaba con un desprecio aristocrático, como si se tratara de algo inferior  a él. Nos detuvimos por unos segundos para admirarlo y después, ante un nuevo apremio, sin más ceremonias, Ejecución hizo lo suyo y Perez murió.

—Una muerte digna para un hombre respetable –dijo Joven Parca—. Propongo que brindemos ahora por Perez y el loable camino que decidió seguir.

—¡Johana, llena de vuelta las copas! –gruñó Guadaña.

Entre la ristra de palabras que se escuchó proveniente de la comisura bucal de aquella mujer, Joven Parca llegó a percibir estas: “Desagradecidos, y cuando se mataran todos lo haría yo misma, sin usar sus estúpidos servicios; lo que sea con tal de olvidarme la horrible manera en que me han tratado, malditos bastardos…”

—Guadaña, tu psicópata empleada doméstica quizás necesite de nosotros –dijo Joven Parca—. No parece feliz.

—Dudo que tenga el dinero suficiente –se adelantó Sentencia.

—Sí; además, cumple demasiado bien con su trabajo –agregó Guadaña.

 

 

 

 

 


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