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Primer capítulo

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

 

Esa tarde madrileña era una tarde como otra cualquiera, o al menos eso imaginaba yo desde la ventanilla del autobús que se deslizaba por las calles de la ciudad ante la indiferencia de los que caminaban por las aceras.

 

Mi tío esperaba incómodo en las cocheras de la estación de autobuses a que yo recogiera mi equipaje. Me dio un abrazo y fuimos en su coche en silencio hasta la cafetería del hotel Ritz, cerca de su casa de Alfonso XII.

 

Yo acababa de llegar de Coruña y me disponía a empezar mi carrera universitaria en la capital, en ICADE. Viviría en casa de mis tíos.

 

El tío Jaime iba a los de toros en San Isidro, vestía trajes a medida, fumaba puros habanos. Era cazador, putero y su mujer, mi tía Marta, era del Opus Dei. En fin, un autentico gilipollas, un indeseable. En su casa, era donde yo pasaría mis próximos meses.

 

Lo que menos me apetecía era tener la charlita de bienvenida del tío. Él había pedido una ginebra y comía cacahuetes y patatas fritas que cogía con sus garras de loro, poniendo los dedos en forma de garfio. Deseaba pedir lo mismo pero decidí no beber nada. Tenía ganas de vomitar aunque sabía que esa ginebra me sentaría bien. La resaca era espantosa.

 

-¿Cómo anda tú padre? -preguntó sin mucho interés y cruzando las piernas. Supongo que sobreviviendo a Coruña.

 

-Creo que bien -contesté lacónicamente. Ya sabes que le gusta mucho la lluvia.

 

-¿Y cómo llevas tú eso de vivir en una ciudad pequeña y tan aburrida?

 

Contesté lo que siempre contestaba. Que Coruña era horrorosa, que nunca paraba de llover, que los coruñeses éramos muy raros y antipáticos. Que siempre estábamos tristes. Era lo que todo el mundo quería oír.

 

Mi tío bebía la copa con prisa. Tenía los labios manchados de grasa de cacahuete. Era delgado, alto, con una nariz respingona y el pelo largo echado hacia atrás y labios grandes. Parecía un loro cuando hablaba con ese acento forzado del norte vasco de sus veraneos en San Sebastián y el continuo gesticular con la cabeza de un lado hacia al otro. Tenía las manos huesudas y un tic que me ponía muy nervioso; mientras hablaba, estiraba los dedos de la mano izquierda y se peinaba el pelo que le caía sobre la frente. A mí tío Jaime no le gustaba envejecer y llevaba siempre el pelo largo, casi melena de adolescente. Era algo impropio de su edad.

 

-Bueno ahora ya estás en Madrid, tienes que aprovechar este momento de tu vida y sacarle máximo partido a la universidad.

 

-Yo asentí aterrorizado. Venía la charlita, la misma que me había soltado mi padre en Coruña.

 

-Disfruta de todo, ve a fiestas, conoce la ciudad, emborráchate, sal con chicas. Pero estudia. Saca la carrera adelante. Eres hijo único y tendrás que suceder a tu padre en el banco. Pero sin la licenciatura no heredarás nada ni podrás trabajar allí .

 

Asentí con la cabeza, ausente. Tenía una resaca espantosa.

 

-¿Qué tal el viaje?

 

-Pues ha sido horrible. Un autobús viejo y sucio a ochenta por hora todo el camino, casi no he podido dormir.

 

-Bueno, bueno, volviendo a lo de ICADE, es una pena que al final hagas Derecho, pero al fin y al cabo es una carrera universitaria. Ya que has decidido no ser ingeniero al menos disfruta mientras vas a la universidad.

 

Me fijé en él mientras hablaba. Vestía unos pantalones de algodón de color verde y zapatos de marinero sin calcetines, en esa tarde de sábado todavía calurosa en Madrid. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada. Había dejado sobre la barra las llaves de casa con el logotipo de su empresa en el llavero.

 

El tío Jaime era un engreído ingeniero de caminos que se había hecho rico en el mundo de las pólizas, los agentes de seguros y las primas de vida. Yo no le consideraba muy listo, pero había tenido la suerte de heredar del abuelo una compañía de seguros y la habilidad de juntarse con gente de más dinero e influencias. Con ese tipo de socios había hecho crecer la compañía y finalmente vendido parte de la misma a una multinacional extranjera; también se había casado con una mujer rica.

 

Trabajaba obsesivamente, diez, doce horas diarias e insistía en seguir haciéndolo, seguramente, como la mayoría de su generación, por no tener que aguantar a su esposa y a su tropa de hijos y poder llevar una vida fuera de casa. No dejar de trabajar, seguir trabajando, como lo había hecho toda su vida el abuelo y como lo hacía mi padre. Trabajo, trabajo, dinero, no bajar la guardia. Hacer montañas de dinero. Eso le daba autoridad moral para echarme el discursito en la cafetería del Ritz.

 

Nunca había querido a mi tía y mostraba una absoluta indiferencia hacia sus hijos. Era un ser mezquino, egoísta, egocéntrico y amante del dinero aunque no de la vida lujosa pues su tacañería y avaricia le impedía disfrutar de su riqueza. Nunca se llevó bien con mi padre ni había querido a los abuelos. En mi casa se le tildaba de esnob, rácano y arrogante. Yo, tenía mi propia opinión formada sobre él, y aunque lo detestaba intentaría comportarme. Al fin y al cabo, me había invitado a su casa durante el primer año de la carrera.

 

En el fondo, mi tío era un hombre triste y solitario como yo.

 

Terminó la copa y salimos a la calle. Caminamos por Antonio Maura en silencio, hasta llegar a Alfonso XII. El barrio estaba tranquilo, vacío, demasiada quietud y tristeza a pesar de sus edificios tan majestuosos y la belleza del Parque del Retiro. Llegamos a casa y arriba en el rellano me dio una palmada en los hombros y me deseó suerte:

 

-Cualquier cosa que necesites, no lo dudes, se lo pides a la tía Marta. Y si los mellizos te joden la vida, me lo dices. Vete ahora a tu cuarto, la tía está ya dormida, mañana podrás verla.

 

-Gracias tío, y buenas noches.

 

-Ah, se me olvidaba. Si quieres venir a cazar mañana conmigo tienes que estar en la cocina a las cinco de la mañana. Tus dos primos están ya en la finca.

 

Se metió en su despacho y supe que afortunadamente poco más le vería ese año.

 

Me fui a mi habitación, y deshice el equipaje. Era el cuarto de invitados de la casa y se notaba el escaso interés de mi tía Marta por mantenerlo cálido y acogedor. Suya era la decoración, austera, sencilla, rural. Había una cama grande, en la esquina, con el colchón de lana y una cabecera de hierro con un crucifijo encima pegado a la pared. Enfrente un escritorio recio, de madera lijada; encima, una lámpara negra de cuello de hierro apoyada en su propio pedestal y destinada obviamente al estudio. Era como tener un pollo negro encima de la mesa que daba luz con solo apretar un botón blanco. El pollo negro podía comer de un cenicero, también negro que reposaba en una esquina de la mesa, de esos comprados en un bazar, redondos, herméticos, con un pulsador que bajaba la tapa tragándose la colilla y evitando los malos olores. Un armario antiguo, junto a la entrada, se elevaba por encima de los demás muebles, con dos puertas con espejo en el interior.

 

Coloqué mi ropa. No había traído gran cosa salvo prendas de abrigo alertado por el invierno madrileño; había pensado comprar ropa nueva en Madrid.

 

En la otra esquina de la habitación había una librería casi vacía, solo con libros de temática religiosa, un orejero y una pequeña mesa redonda a su izquierda con patas de araña y en la que reposaba desafiante un retrato de Monseñor Escrivá de Balagué, el mejor amigo de tía Marta. Algo tendríamos que hacer con ello.

 

El cuarto entero era de pueblo castellano, réplica de la habitación donde seguramente se hubiera criado mi tía, allí en el pueblo de Toledo donde había nacido. Desentonaba con el resto de la casa, moderna, rica y elegante. Mi cuarto era como un apéndice del pasado de mi tía, y lo tenía allí abandonado, en el fondo del pasillo, junto a la cocina y el cuarto de servicio donde vivía Pilar, la señora que había cuidado durante toda su vida de mi padre y de mi tío, aquí en Madrid, en la casa de Paseo de la Habana donde nacieron.

 

Terminé de colocar mi ropa y puse mis libros en la estantería. Cogí todos los folletos religiosos de mi tía y el retrato de Escrivá de Balagué, y lo tiré todo por la ventana que daba al patio interior.

 

Sonó un gran estruendo abajo, al chocar el cura con los azulejos del patio, como si el monseñor se quejara al romperse el cristal del marco.

 

Ningún vecino pareció notarlo.

 

Ahora ya me sentía a gusto en la habitación…

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