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Las Miserias de Julia

Las Miserias de Julia

09-01-2020

Contemporánea novela

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La mayor tragedia de Julia no es haber nacido en la miseria, El peor agobio que Julia debe sortear cada día, son las actitudes de su padre Francisco.

Este, un mecánico agrícola que se deja arrastrar por el juego y el alcohol comienza a despilfarrar el dinero que percibe dejando a su familia en el peor de los escenarios. La madre de Julia, no bajará los brazos hasta el final tratando de cambiar la vida de su marido, aun así, aceptará todo. Sin más respaldo que el de sus hermanos Julia tratará de embestir todo tipo de humillaciones. Su vida comenzará a zozobrar aún más, cuando un día a la salida de la escuela uno de sus compañeros la llena de insultos; esto hará que se plantee si su padre es tan decente como su madre se lo ha pintado siempre.

Desesperada busca a su viejo amigo Isidoro, quién le dará respuestas inesperadas. A partir de allí, dejará de cuestionar y aceptará su destino, hasta que una violenta pelea entre su hermano Víctor y su padre, logrará que este los abandone para siempre.

Haciendo que Julia se pregunte una y otra vez, si alguna vez perdonará a su padre.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

                                 

                   Libro   Primero

 

                  ¡Berta!¡Berta!¡ji!¡ji!     

 

A pesar de los años, jamás podré apartar de mi mente la vieja casa donde me crie.

Se hallaba en las afueras de Nueva Palmira, pueblo formado por obreros inmigrantes, colmado por rufianes de la noche, por parranderos, por jugadores.

Eternamente aquellos jugadores en nuestras sillas.

Mi padre vivía en una constante borrachera, siempre molesto, gritaba como un perro rabioso.

Nos observaba como si nos culpara de sus fracasos.

Nosotros lo aborrecíamos, no queríamos que viniera a casa, pero él, siempre llegaba cada tres o cuatro meses.

Mi madre estaba en una constante expectación, como pendiendo de un hilo, bamboleándose junto con nosotros como en una cuerda floja.

Siempre cuando llegaba alcoholizado, vomitado de los pies a la cabeza, mi madre lo tomaba de las piernas y lo subía hasta la cama como si estuviese muerto.

Mientras, en la entrada de nuestra casa, sus amigos mariposeaban eufóricos sin descanso, bebiendo tremendos tragos de caña y destornillándose de risa.

Parranderos, tramposos y chantajistas, ludópatas empedernidos, jornaleros de estancia y empresarios de la zona, iban y venían, noche tras noche después de haber despilfarrado sus sueldos en el bar de Berta, bar que frecuentaba mi padre todas las malditas noches mientras se quedaba en nuestra casa.

¡Insomnio! ¡Ansiedad! ¡Gritos! ¡Alcohol! el escándalo explotaba en nuestros oídos; nos despertaba sobresaltados como el estruendo de un terremoto.

                                                              

                                                              Segundo

Por aquel entonces, el pueblo de Nueva Palmira era el hogar de los ludópatas y del bar de Berta, un cuchitril ilegal gobernado por Gregorio Bertini.

Los hombres como mi padre, escapando de los fracasos de la vida, llegaban con sus sueños y sus desvaríos, salían ansiosos de sus trabajos para llegar a un mundo lleno de quimeras.

Allí le aguardaban la adicción al vino, las mafias del juego y las estafas de los prestamistas. Había decenas de hombres que lo frecuentaban, originaban escandalosos líos, producían peleas en las calles como si fuesen sus dueños.

Las esposas de estos hombres, así como también mi madre, detestaban aquellos escandaletes, pero en estos embrollos no tenían ni voz ni voto, no los podían detener.

Se escondían detrás de las ventanas; cuchicheaban esta es la perdición… y daban vuelta la página.

Mis hermanos y yo, por el contrario, no enterrábamos la realidad, por un lado, porque mi padre nos había mostrado siempre aquella forma de vida, por otro, porque nos fascinaba el proceder de aquellos extraños hombres.

En los días de cobro, los viciosos llegaban en tropel a lo largo de la tarde, se embriagaban con descontrol y las gentes chocaban en las calles con sus asquerosas escenas.

Los hombres hablaban y reían como una cuadrilla de mujeres. Muchos de ellos, hacían jaleos y desórdenes, otros cantaban, otros disfrutaban de las mujeres del lugar y se olvidaban momentáneamente de sus esposas.

Los vicios se reproducían como hongos a altas temperaturas en nuestro pueblo y estos trastocaban la vida de cada uno de nosotros.

                                                             Tercero

Era una mañana calurosa, mi madre abstraída cosía un colchón de lana, nosotros nos habíamos reunido para tomar mate en la cocina, jugábamos a las adivinanzas; reíamos tras las preguntas y las respuestas y cobrábamos de multa peligrosas prendas.

Algunas eran asquerosas; como untarse con el orín que los gatos dejaban por las noches en los techos.

Víctor, nuestro líder, nos enseñó a tirar piedras en las ventanas de los vecinos, a lanzar botellas rotas en el patio de don Alfredo que; cuando nos veía, salía como un energúmeno y nos amenazaba con su escopeta.

Así que Víctor inventó otra forma de divertirnos, hacer rabiar a mi padre que aquel día, estaba en nuestra casa.

Era una jugada muy arriesgada, de vida o muerte tal vez, pero eso lo hacía mucho más divertido.

Empezamos por tirarnos al piso.

¡Rápido!¡Échense allí! dijo mi hermano.

Cuando estuvimos frente a él, nuestras emociones explotaron de temor y nerviosismo.

Comenzamos a gritar haciéndonos los borrachos.

¡Berta!¡Berta! quiero una copa de vinooooooo (¡hic!)

¡Mejor que ssssssssssean dosssss! (¡hic!).

Mi padre se percató de nuestras burlas, nos observó con sus ojos engreídos, pero no nos dijo absolutamente nada.

Nosotros nos quedamos desencantados, queríamos molestarlo, hacerlo enojar.

Mi padre frunció el bigote, en su lívido rostro aparecieron muecas, pero nuevamente no dijo nada.

Volvimos al ataque….

Mi padre estaba tomando un mate, lo tomaba lentamente con una parsimonia propia; de los cristianos sentados ante una misa.

Nosotros comenzamos a arrastrarnos a su alrededor como si fuésemos víboras y comenzamos a hostigarlo nuevamente con aquellas irónicas palabras.

¡Berta!¡Berta! quiero otraaaaa copaaaaaa (¡hic!)

Esta vez, nuestros intentos dieron su fruto…

Mi padre se transformó de inmediato, sus ojos parecían exhalar fuego vivo.

Dejó el mate sobre la mesa y gritó.

¡Manga de sabandijas!

¡Si no se van de acá, les rompo los huesos!

Tenía la cara transformada como si fuera un toro a punto de embestir, era divertido verlo; a nosotros nos causaba gracia.

Entonces mi madre nos reprendió que lo dejáramos tranquilo.

De pronto observé a mí alrededor, buscando a mis hermanos; pero ya no estaban.

Yo; había hecho algo malo, algo que había molestado a mi padre y no lo podía remediar.

¡Me esfumaría!

¡Me esfumaría y no volvería por un buen rato!

Corrí hacia el comedor y desde allí hasta la pieza.

¿Adónde podía ir?

¡Ya se dije…debajo de la cama!

Allí no me encontraría.

Me arrastré como pude sobre el piso y gateé hasta encontrar el más seguro de todos los rincones y me encogí como un gusano asustado.

Mi padre no tenía que encontrarme, no tenía que pegarme por esta broma sin sentido.

Solo quería saber que ocurría si se enojaba demasiado; tampoco se me pasó por la cabeza que esta situación se fuera así de las manos.

¿Qué has dicho? gritó desaforadamente

No respondí…

Me volví a acurrucar y me quedé en silencio.

¿Qué has dicho? volvió a preguntar nuevamente

Seguí con la boca cerrada, cuestionándome si trataba de amedrentarme o si realmente deseaba que repitiera lo que habíamos dicho con mis hermanos.

Lo aborrecí entonces….

Consideraba, que no emitir palabra y callarme la boca de algún modo, era una forma de hacerme responsable, pero él nunca lo vio así.

Ya no me interesaba; yo sabía lo que se venía….

Mi padre me arrastró de donde estaba y en el momento que pude desprenderme de su mano; me incorporé como pude y corrí desesperadamente tratando de eludirlo.

Me agarró antes de llegar al comedor.

A partir de ese instante las cosas se pusieron complicadas para mí.

¡Ven aquí, roñosa de porquería! Gritó mi padre exaltado.

¿Por qué esta tan enojado? Pregunté estúpidamente

¡Jamás oí una granuja más atrevida que tú, en toda mi vida! Balbuceó.

Reculé despacio hacia atrás intentando protegerme.

¡Pero papá!¡Solo estábamos jugando! Agregué intentando persuadirlo.

Me mostró su cólera y me golpeó en la cara con la palma de su mano.

¡Te callas la boca!  protestó ¡No sabes ni lo que dices!

¡Pero nosotros solo queríamos divertirnos! Suspiré evitando otro golpe que se venía en camino.

¡Berta!, ¡Berta! Deme otra copaaaaaa ji dijo burlándose con voz furiosa y sarcástica.

¿Pero qué hay de malo en lo que hicimos? Seguí yo discutiendo con mi padre.

¡Cállate! chilló o te aplasto contra la pared… ¡Roñosa de mierda!

¿Qué dije de malo ahora?

¡Hoy mismo te daré unos azotes como los que no te han dado en mucho tiempo! aseguró

Mi padre me agarró y me puso contra la pared, me desprendió la falda con el cinto.

Yo gritaba y me contraía, pero no pude lograr que dejara de pegarme.

Ese día recibí una buena paliza, Víctor suplicaba por mí, a mi pobre hermano le dolía mucho más que a mí que me golpearan.

Mi padre estaba furioso, castigo en vano; el respeto no podía obtenerse a fuerza de cintazos, había que ganárselo y mi padre; hacia muy poco para obtenerlo.

                                                              

                                                          Cuarto

Jamás podré olvidar aquel fin de semana, no solo por la paliza que me propinaron aquel viernes, ni tampoco por la curda que se agarró mi padre el sábado, sino porque al domingo siguiente, salimos con él a pasear en su auto.

Mi padre era un muchacho entonces, le gustaba despilfarrar el dinero, salió más temprano del trabajo aquel día y se empecinó en festejar su aniversario en el bar más tano del pueblo.

Por el anochecer se celebró la fiesta.

Rufianes, jugadores y juerguistas, bulliciosos jornaleros, vendedores de la zona, peones de estancia y changadores del puerto, se sentaron como pericos por su casa en el bar de Gregorio Bertini, todos querían conversar con mi padre y lo llenaron de elogios.

Presagiaron que algún día sería rico, algo con lo que mi padre estaba obsesionado.

Uno de ellos, llevó una guitarra, se bebió vino del bueno, se comió salchichón y carne fría.

Se escucharon cantinelas, luego cháchara y más cháchara.

Rogelio González; el podador, era un hombre trabajador y supersticioso, siempre que se encontraba en alguna de estas veladas, su charla se inclinaba hacia los mitos y las leyendas.

Estuve escuchando en la estancia dijo mi padre….

Que una especie de fantasma anda rondando Las Caracolas, pero yo no doy crédito.

¿Usted ha escuchado algo de esto?

¡Por supuesto! Contestó González.

Eusebio Sánchez, se sonrió con una sonrisa sarcástica.

Había hablado de todo, de sus debilidades, de sus trescientas ovejas, de los nuevos incautos que había atrapado para el juego, de las putas del recinto y ahora…en el momento que mi padre conversaba concienzudamente con González, él se mostraba despectivo.

¡Yo no creo en tales supersticiones! exclamó Sánchez son tontas habladurías…

¡Qué puedes saber tú! si lo único que has hecho en tu vida es hablar de tus malditas ovejas, bramó mi padre dando un golpe en la mesa.

 Sánchez se calló la boca, no quería problemas con mi padre. No le servía.

En una ocasión, dijo tranquilamente González, dos amigos de la estancia Las Caracolas decidieron hacer una competencia de jinetes.

Ese día se levantaron temprano, prepararon sus caballos con sus sendos arreos, montaron y salieron al galope.

En la furia de ganar, uno de ellos tuvo un brutal accidente, su caballo se quebró una de sus patas y rodó varios metros lanzándolo violentamente por el aire, caballo y jinete murieron en el acto.

A partir de ese día, pasar por la estancia Las Caracolas es un suplicio, se dice que, en las noches de luna llena, nadie que pase por allí sale sin haber perdido la razón, pues apenas acercarse, las sombras de los árboles se ensanchan como verdaderos monstruos nocturnos, luego…el eco lejano de unos cascos se deja oír, estos se van acrecentando hasta convertirse en un nítido galope.

 De pronto; un estruendoso relincho que llega desde un lugar impreciso te congela los huesos, los cascos del caballo se reproducen entre medio de los árboles y el golpe brusco de las herraduras de un jinete, revienta los tímpanos, se siente tan cerca, como si se pudiera percibir el mismo aliento del animal y la desdichada presencia de su jinete.

Esta historia compadres…la vivió mi propio hermano.

¡Y varios de las estancias aledañas! Dijo uno de los presentes en el bar.

¡Yo mismo he visto el caballo y su jinete, escuché sus relinchos, el sonido de sus herraduras y el repiqueteo de sus cascos! Casi me vuelvo loco.

Yo; al menos no tengo dudas de que existen.

Celestino Pérez propuso un brindis…mi padre, con el entusiasmo de siempre explicó como se limpiaban los motores, como se arreglaban las trilladoras y el funcionamiento de los tractores, todo lo que a él le apasionaba, Pedroza, el Come Gatos… insólitamente arremetió contra las personas que descuidaban sus animales al salir a trabajar, si les roban el gato hacen tremendo alboroto.

Los hombres hablaban de las curvas.

Ignacio Conti, el capo del juego, contó cómo había iniciado su negocio.

Inauguré en 1907 con los inquilinatos dijo, los inmigrantes empezaron a ganar dinero y querían gastarlo en momentos de ocio.

Hablé con Berta; me concedió un lugar, comencé a captar gente y allí amigos… ¡el éxito estaba servido!

En la otra punta del bar, otro de los comensales, narró que una familia entera después de haber visto la luz mala había quedado completamente ciega.

Y así se pasó la noche, botella tras botella, cuento tras cuento.

Mi padre había tomado hasta quedar con los ojos rojos, con la cara hinchada y el aliento pestilente.

Al llegar a casa, mi madre lo arrastró hasta la cama como lo hacía todas las noches cuando llegaba en estas condiciones, después durmió como un tronco hasta el otro día y luego nosotros no enteramos por los vecinos de sus andanzas. Todas las veces que mi padre cometía errores, sentía el deseo incontrolable de hacer mérito con mi madre.

Esta vez, decidió sacarnos a pasear en su auto….

Estaba de muy buen humor aquel día, cosa rara en él, le gustaba manejar, dejó los amigos a un lado como nunca y se encaprichó que saliéramos todos juntos al pueblo, la convenció que pasaríamos bien aquella tarde y que disfrutaríamos.

No quería perder la ocasión de solucionar las cosas, pero mi madre, no quería ir por nada del mundo.

Cuando mi padre aparecía con semejantes proposiciones, ella enseguida encontraba una excusa.

Mi madre odiaba la hipocresía y las tácticas de manipulación que mi padre utilizaba; además; sabía que estos cambios de actitud no durarían casi nada.

¡Para que salir de casa! Rezongaba

¡Qué necesidad tengo yo de mostrarle a la gente lo que no somos! Mejor quedémonos aquí…

Mi padre se molestaba, a él le gustaba ordenar y que le obedecieran.

Le gustaba hacer las cosas a su modo y, al igual que nosotros, le encantaba la efervescencia, la gente pululando en las aceras, el jolgorio de las calles.

¡El día esta soleado! ¡No hay nubes en el cielo! Dijo intentando convencerla

¿Qué otra actividad podríamos hacer con este día?

¡No lo sé! contesto mi madre, Pero yo preferiría quedarme en casa

¡Está bien! Dijo mi padre molesto

¿Qué es lo que te gusta hacer entonces? Gritó

¡Visitar el puerto! ¡Conocer las grandes embarcaciones, divisarlas una a una como cuando éramos jóvenes! Contestó mi madre pensativa

¡Está bien! Respondió mi padre.

Iremos al puerto entonces…

                                                               Quinto

Mi madre se entusiasmó, preparó la ropa de nosotros, lo mejor que tenía para ella, ordenó la casa y amasó panes caseros.

¡A levantarse! Dijo sacudiéndonos la frazada sobre los ojos. Tú padre nos llevará al puerto agregó. ¡Vamos; arriba! Mientras tomábamos mate… mis hermanos y yo, aún en la presencia de mi padre no podíamos estar calmados de exaltación.

Mi madre, nos puso los puntos sobre las ies.

Estaba excitada y ansiosa, la salida con mi padre la perturbaba. Mi madre tuvo que dejar de lado la limpieza y los colchones, Nuria una cita con su novio, Víctor fue murmurando todo el camino, odiaba la vida cotidiana, salir en familia, el estar cerca de mi padre, mis hermanos también.

Pero mi madre, mis hermanas mujeres y yo, nos sentíamos dichosas, gozábamos como niños con zapatos nuevos.

¡Por fin llegamos al puerto!

Mi padre nos llevó a ver los grandes barcos y las anclas, después recorrimos el puerto de punta a punta.

Mi madre se extasiaba al divisar aquel bonito paisaje.

¡Ay! Decía mi madre dichosa…. ¡Esto es un paraíso!

¡Hay muchos barcos y el mar es tan hermoso y tan profundo!

¡Aquí uno podría quedarse a vivir!

Seguimos caminando hasta los buques más grandes.

Uno a uno estaba siendo cargado con cereales, después vimos subir carbón, madera y frutas que llegaban desde las barracas, de otro tipo de barco, mujeres y hombres de diferentes rasgos, inmigrantes como mi padre llegaban en búsqueda de un futuro mejor.

A todos los mirábamos con asombrados ojos.

Luego nos metimos en el bullicio de los recién llegados, era una barahúnda.

Mi madre buscó un lugar para sentarnos y darnos de comer, mi padre destrozado por la noche de juerga se tiró bajo un árbol frondoso, para descansar.

¡Síganme dijo mi madre susurrando!

Mientras estamos solos iremos hasta la punta del muelle. Mi madre iba a la cabeza de la fila, parecía una quinceañera, al cabo de unas horas había olvidado el enojo con mi padre.

De vez en vez, se paraba en medio de la multitud y sacaba conclusiones.

Estoy haciendo mi propio juicio explicó…

Es como un arte, lo aprendí desde muy joven, cada persona tiene su peculiaridad.

Los judíos, tiene las orejas en punta, por ejemplo, los gitanos, los ojos rasgados y oscuros.

¡Yo quiero hacer mi propio juicio! Dijo Olinda

¡No! Dijo mi madre tú no sabes hacerlo, porque nunca lo has hecho.

Aguarden; yo les enseñaré….

Su rostro rústico de campo se puso vivo de alegría.

Mi madre que era tan dura y distante con el entorno, como con nosotros mismos, corría de un lado a otro, jugaba como una niña y se mostraba como cuando era joven.

¡Vengan! sentémonos aquí, dijo luego apoderándose de otro banco. ¿Ven cómo puedo distinguir a unos de otros?

Estoy segura de que aún, no he perdido mi instinto después de tantas primaveras.

¿Ven esa joven que está allí?

¿Tan delgada y tan esbelta?

Es una joven polaca, no solo la reconozco por su fisionomía, sino también por su tradicional vestido y su pañuelo.

Luego nos dijo, que nos tocaba a nosotros.

Los hombres árabes son los más fáciles de diferenciar, visten siempre túnicas holgadas.

¡Las mujeres también las usan! Dijo

¡Pero qué hermosas son!

¡Qué diferencia tienen con la de los hombres, son mucho más brillantes!

Una verdadera túnica árabe, debe tener colores vivos como también bordados.

¡Si las habré visto de joven en la casa de inquilinato que teníamos frente a mi casa!

Nosotros, íbamos detrás de ella; mientras nos explicaba con total familiaridad y emoción cada uno de sus conocimientos.

Acertó muchas veces, y se le iluminaba la cara, cuando avistaba algunos italianos como mi padre.

Cada italiano que encontraba le hacía recordar sus años mozos y allí volvía a contarnos la historia de su vida.

¡Ay, como nos gustaba a mis hermanas y a mi seguir a estos forasteros para mirar sus ropas!

¡Cómo nos entreteníamos con sus extrañas actitudes! Cuando llegaban nuevos extranjeros, todos nos poníamos detrás de las ventanas.

Mis hermanas y yo, teníamos un lugar privilegiado donde nos sentábamos a espiar, jamás nos horrorizábamos de nada, sino por el contrario, nos encantaban aquellas diferencias, de idioma, de vestimenta, de vida…

¡Ay, como la pasábamos en aquellos años! Dijo mi madre con nostalgia.

De pronto mi madre se sentó en medio de la acera, parecía haber perdido la razón, nos tomó de las manos y nos dijo: ¡Qué día más hermoso estamos pasando! ¡Vayamos a buscar a tu padre así le contamos lo que estamos haciendo!

Nosotros corrimos eufóricos en su búsqueda, pero al llegar mi padre brillaba por su ausencia.

¿Dónde está papá? Preguntamos a mi madre sorprendidos.

Su rostro radiante y resplandeciente estaba compungido por la desilusión.

No debió haberse ido… Dijo con voz quebrada

En el camino de regreso a casa no dijo palabra alguna.

Transitamos raudos a su lado y después de una hora y media, llegamos a casa decepcionados, cansados, sudorosos. El auto de mi padre estaba en la puerta, Eusebio Sánchez e Ignacio Conti estaban con él, ufanos y alegres como de costumbre bebían la cuarta botella de vino.

Mi padre, ni siquiera le dirigió la mirada a mi madre, menos aún a nosotros.

Después de estar en casa holgazaneando un par de horas, se fue como si nada, como siempre lo hacía apareciendo y desapareciendo…mi madre nunca más habló del hecho y después lo olvidó como todo lo que mi padre hacía.

Pero yo nunca lo borré de mi mente; como otras tantas cosas de mi vida…

                                                          Sexto

Recuerdo otra de sus tantas visitas…yo siempre había tenido una curiosidad; como se daba vuelta la bombilla del mate cuando la yerba estaba lavada.

Aquel día lo aprendí de primera mano…

Mi padre había llegado a visitarnos, no era extraño que estuviera con cara de vinagre, pero nosotros necesitábamos comer y por ello le aguantábamos todo. Había conseguido trabajo en una estancia llamada La Solita, tenía un excelente sueldo para el común de los trabajadores, alrededor de tres veces más que cualquier sueldo promedio, trabajaba desde la cinco de la mañana hasta las siete de la tarde.

Era sádico como un domador de circo, experimentaba un gusto sobrehumano en hacernos pasar hambre, siempre estaba mostrando su autoridad, hablando de sus miserias u ofendiéndonos con sus actitudes, sin embargo, no lograba que le tuviésemos respeto, solo le teníamos miedo a sus palizas.

Se presentaba en nuestra casa cuando su fortuna en el juego se había extraviado o cuando el dinero se le había ido tomando caña en los bares.

A veces, llegaba callado como un cementerio, otras en la que se veía abandonado por sus amigos, maldecía, tomaba, despotricaba y estallaba en odios.

¡Que la maldición les caiga sobre las sienes! Decía echando chispas por los ojos.

Después de todo lo que yo he hecho por ellos, después de haberles prestado plata y pagarles hasta la cena.

¡Así me pagan!

Mi sumisa madre, atareada con el peso de sus propios problemas, preocupada por los días y por las noches que no habíamos comido, tenía que escuchar los insulsos detalles de todas sus historias.

¡Mi padre, encontraba tantos aprovechadores!

¡Tantos sinvergüenzas a los que un rayo los tuviera que partir!

No era sorprendente que mi madre no insistiera demasiado en hablar con él, cuando llegaba callado como una piedra, creo que hasta lo disfrutaba a veces.

Todo esto sucedía de la misma forma cada vez que llegaba a nuestra casa. Es increíble que ni mi madre ni mi padre, no se aburrieran de esta monotonía y más aún, que mi madre no se hartase de sus asquerosas borracheras.

En una de estas ocasiones, cuando mi padre se había tomado hasta el agua de los floreros y cuando sus maldiciones parecían haber hastiado a mi madre, esta le sugirió que se marchase, pero él, como de costumbre, comenzó a gritar diciendo que era él quien pagaba los gastos de la casa.

Pero mi padre, no pagaba nuestro plato de comida salvo excepciones, siempre despilfarraba su dinero en los dados, en las cartas, en la ropa o en los bares.

De esta manera el siempre andaba vestido como un dandi y nosotros, cada día más muertos de hambre.

Aquella mañana, después de tomar una veintena de mates hasta que la panza se le había hecho agua, me ordenó que diera vuelta la bombilla, una costumbre que sirve para economizar yerba y no comprar por un buen rato.

Yo, que en esos momentos contaba con tan solo ocho años, en vez de introducirla en el extremo opuesto, coloqué evidentemente en forma errónea la parte superior de la bombilla hacia abajo y la parte inferior hacia arriba, mis hermanos movieron la cabeza disimuladamente.

No; así no va dijeron susurrando, pero ya era demasiado tarde…                           

                                                  

                                                  Séptimo

A partir de aquel momento, las cosas comenzaron a embrollarse para mí. Los primeros indicios que había ocurrido algo terrible, lo sentimos al ver que mi padre se quedó paralizado con el rostro endurecido.

Lo miré y observé que sus cejas se habían levantado como un arco, sus ojos negros, expresivos y soberbios, me acecharon fijamente, sus labios cambiaron de forma, su actitud, era la de un combatiente pronto para una dura guerra.

¿Qué ocurre Venturini? Preguntó mi madre

 Yo me quedé cerca de ella, tiritando, observando aquella escena, intentando contestar, pero apenas balbuceando. Mi padre parecía haber perdido la razón, porque estaba rígido como aquellas máquinas que el mismo arreglaba, con sus ojos desorbitados y sin decir una palabra.

¿Julia qué hiciste? Preguntó mi madre.

Yo no contesté, solo agaché la cabeza…

¿Qué ocurre por Dios? Preguntó luego a cada uno de mis hermanos.

¡Mamá, dijo Olinda entrometida! Papá se enojó con Julia porque colocó mal la bombilla.

Mi padre salió de su ofuscamiento y me dirigió una mirada fulminante.

Yo seguía muda, mi padre avanzó hacia mí, se sacó el cinto de su pantalón y me amenazó como si fuese a castigarme.

¡Inútil de porquería!

¡Cómo no sabes dar vuelta una bombilla! gritó desencajado

¡Ahora mismo te vas a la pieza y no quiero verte más en todo el maldito día!

¡Pero papá! Rogué; yo no lo hice a propósito.

¡A la pieza! Recalcó mi padre, pero yo insistí tanto, que lo saqué de las casillas.

Fue entonces cuando se arrebató sobre mí y me dio un terrible guantazo.

Yo corrí hasta la pieza, implorando, gimiendo, gritando.

Mi padre me siguió atrás despavorido y yo, esquivándolo regresé hasta el comedor, procurando esconderme, cayéndome al piso, chocándome con los muebles, aullando continuamente.

¡Ven aquí, maldita desgraciada! Me gritó eufórico mi padre.

Yo: nuevamente lo esquivé y otra vez, volví a correr hasta la pieza, luego…me camuflé detrás del viejo mueble de la cocina.

Mi padre me siguió atrás furioso, intentando tomarme de las piernas, de los pies, de los pelos de alguna parte. Yo me agazapé y volví a correr.

¡Quédate quieta, sarnosa de porquería! Estalló encolerizado.

¡No! Respondí no iré….

¡Ven aquí Julia o te daré el azote de tu vida!

¡No iré! Volví a decir.

Está bien, si así lo quieres…vociferó tomando una vara de mimbre que siempre guardaba para estas ocasiones.

Yo tirité, me encogí como una babosa bajo la sal, y supliqué desesperada.

¡Por favor, no me castigue!

¡No me castigue con esa vara! Pero él, haciendo caso omiso a mis palabras, me tomó del pelo con violencia, me arrastró delante de mis hermanos, me arrancó la ropa que traía y me golpeó afanosamente.

Azotó mis piernas huesudas, mi espalda, mis brazos, mi cuerpo entero.

Terminé descalabrada, rasguñada y repleta de golpetazos...

Tenía los brazos azules, gracias a Dios, después de un rato pude escabullirme, pude escapar de la furia de mi padre.

Permanecí en la cama por varios días, mis piernas parecían arder en fuego vivo, parte de mi piel estaba marcada de varazos y tenía hematomas en varias partes del cuerpo.

Temblorosa y sobresaltada pasaba las noches sin dormir. Por varias semanas mi hermano Víctor y Ramón fueron los encargados de cuidarme, de todas formas, mi madre y mis otros hermanos tampoco me dejaron sola y también fueron testigos de mis quejidos de angustia.

Por medio de emplastes de aloe vera, paños de agua fría para bajar la fiebre y té de adormidera para evitar el dolor, mi aspecto fue mejorando.

Pero por mucho tiempo después, cuando me acordaba de lo sucedido, cuando recordaba la bestial paliza que mi padre me había propinado aquel día, la piel se me ponía de gallina y el sabor…cual veneno de una serpiente.

                                                          

 

                                                                 Octavo

La peor cosa de nuestra vida, eran los maltratos de mi padre, todas las noches cuando llegaba se lo veía borracho.

En aquella escuela de abandono y de miseria, era este quien nos quería hacer mujeres y hombres de bien, nunca nos tomaba en cuenta, se pasaba las horas con sus amigotes o embriagándose en los bares.

Unos eran jugadores, otros borrachines o rufianes, se agarraban a las piñas y después terminaban todos abrazados.

Apostaban por dinero, todo el pueblo sabía de sus fechorías, tenían un salón de mala muerte en la parte de atrás del bar de Berta.

El lugar era precario, solo tenía una mesa y varias sillas gastadas, aquí llegaban los insensatos pueblerinos; era una especie de necesidad.

El capo máximo de estas canalladas se llamaba Ignacio Conti, un gigantón perspicaz que había llegado de Italia, tenía los ojos desconfiados y la cara como la de un buldog.

Muchos de los hombres de aquel círculo le tenían pavor, él se agrandaba, estaba un poco rayado, le habían hecho tanto el cuento, que se había vuelto engreído y ya no podía pensar.

Su mayor deleite ahora era apropiarse de los bienes de los incautos.

Buscaba víctimas en todas partes por medio de los captadores y los engatusaba; los encontraba en las estancias, en los frigoríficos, en las fábricas o en la calle.

 Estos invitaban a aquellos hombres y los esperaban en lo de Berta, luego…entraban los cebos, apostaban, ganaban, y el damnificado se convencía por sus propios ojos.

A partir de allí, confiados jugaban todo lo que tenían.

Una noche ocurrió una fatalidad, Ignacio Conti, estafó a un forastero y este, estaba armado hasta los dientes.

Después de escuchar gritos, golpes y disparos, los vecinos tuvieron que llamar a la policía.

Por varias semanas buscaron a Conti, luego volvió todo a la misma rutina.

Todos sabíamos que Conti y Berta arreglaban con dinero y por eso, nadie los tocaba.

Esta era la vida de mi padre, estos eran sus amigos y por eso nunca nos veía.

                                                          

                                                                   Noveno

Mi madre detestaba tales aficiones, pero así era Venturini y había que tolerarlo.

Teniéndolo bajo el mismo techo, al menos cada tres o cuatro meses, era difícil desligarse de sus pequeñas virtudes y de sus grandes defectos, era imposible no codearse con aquella roña en la que él se revolcaba.

De manera, que cada cierto tiempo, había uno que otro hombre en nuestro comedor, tomando mate con mi padre, o conversando con mi madre.

Así es como llegamos a conocer de sus vidas y algunas, eran de película…

La mayor parte de ellos eran presumidos, parecían oscuros modelos de una película de gánster y como aquellos rufianes conocían de sobra lo efímero del dinero, intentaban vivir la vida exprimiéndola al máximo.

Todos se vestían prácticamente iguales, se enfundaban en pantalón y camisa, se calzaban con zapatos finos y lucían un gorro de felpa en sus cabezas que los hacía ver incorruptibles.

Estimaban un honor llegar a nuestra casa, entrar en el hogar de uno de los de su grupo.

Mi madre, no estaba de acuerdo con el juego, ni con las fechorías de mi padre, pero tenía el suficiente respeto por su marido como para contradecirlo.

Uno de ellos, Genaro, adoraba a su esposa…

Era el hombre más cariñoso del grupo, suave y bondadoso, tenía la rara obsesión de tocar romances a su mujer con su guitarra y regalarle flores todos los días de la vida.

Podía haber sido músico, o simplemente un hombre correcto, pero era el ser más despreciable del barrio.

Constantemente se alcoholizaba como mi padre, hacía alboroto, reñía con todos los vecinos, les gritaba, despotricaba contra ellos y lograba que su esposa lo echara de su casa de vez en cuando, luego, cuando se daba cuenta que había metido las patas hasta el fondo entraba furiosamente, se lanzaba a sus pies con un ramo de flores y le rogaba perdón desesperadamente.

¡Dominga!

¡Dominga! Perdone a este su marido

¡Por favor! Dígame cómo puedo cambiar…suplicaba

No vuelva a hacer lo mismo…contestaba ella tranquilamente

¡Trabaje!

¡No tome!  y no se juegue el dinero…

Si... Lo haré contestaba Genaro.

Pero jamás lo cumplía.

Un día, su esposa se cansó de sus promesas y después de pasar seis meses esperándolo; intentó rehacer su vida….

Una noche, cuando se disponía a cenar tranquilamente con su nueva pareja, se escucharon ruidos en el patio, luego tocaron la puerta.

Dominga la abrió…

Y allí…. parado frente a ella estaba Genaro; borracho como una cuba portando un arma en la mano.

¿Mire Dominga, vio? no pude dejar de tomar dijo tambaleándose y le disparó en la cabeza.

Después de haber estado tras las rejas y haber pasado largos años de aquel evento, aún seguía comprando flores.

¿La afortunada? Cualquier mujer que se le atravesara en el camino.

                                                         

 

                                                                 Décimo

Celestino Pérez no se parecía en nada a Genaro, tenía a su pobre mujer debajo de la pata.

Alardeaba de hacerle esperar despierta hasta las cuatro de la mañana. Estaba convencido que era el más astuto de todos los rufianes y se había hecho considerar así por todo el pueblo.

La gente llegaba hasta él por su dinero, para que pagara sus cuentas y para que arreglara sus problemas.

¡Acuden a mí de todas partes! Fanfarronea mientras enciende un cigarrillo. Están desesperados y yo los tranquilizo, están con deudas y yo los ayudo, les enseño a conducirse, a ser austeros y a que no se hundan, los libro de la miseria. Varios de mis clientes han comprado su casa, su campo y sus muebles gracias a mí. ¡He solucionado sus vidas!

Cuando le digo a alguna persona que no puedo ayudarla, implora y me suplica desesperada. Yo nunca les voy a cobrar a mis clientes, ellos vienen solitos.

No ignoran mi carácter, por ello pagan puntualmente.

Un pequeño desliz…y se termina todo dice desafiante.

Celestino era considerado un matón, provocador y pendenciero, con su cicatriz en medio de la frente tenía un aire intimidante. Gastaba su dinero en zapatos Oxford, corbatas de diversos colores, y pañuelos de seda.

Luego de Ignacio Conti, el prestamista era el más respetado del clan…las personas le temían, era él que podía cambiar las decisiones de Conti.

Era el financista del pueblo y el que más había progresado.

Su advertencia diaria a los padres de familia, y a los que no conseguían trabajo, era que jugaran.

¡El juego es un vicio fascinante! Decía Celestino; uno puede ganar mucho dinero, pero primero hay que arriesgarse.

La mayoría de estos hombres, como mi padre, habían ingresado al juego por tentación…luego, después de algunas jugadas ya no podían salir tan fácilmente.

Eran incapaces de salir de aquel círculo vicioso.

De esta manera, Ignacio Conti subía como la espuma, Celestino Pérez producía más dinero.

Pero otros jugadores comunes y corrientes como mi padre lo perdían todo, y una y otra vez, tenían que trabajar para ganar el dinero malgastado.

Sánchez era un caso singular, era uno de los captadores y siempre estaba en búsqueda de incautos.

Era un hombre de carácter, alto, flaco, agradable, llevaba un reloj de bolsillo que controlaba su puntualidad y generaba dinero.

No tomaba nada de alcohol salvo excepciones.

Con su lucidez, se presentaba delante de los demás, fanfarroneando de su cordura para gastar su pequeña fortuna y se pavoneaba de haber adquirido una estancia con trescientas ovejas que eran su debilidad.

Menospreciaba a los jugadores avarientos que no se atrevían a gastar su dinero.

Mi padre había sido una de sus víctimas, se le había presentado un día volviendo del trabajo, le había prometido plata fresca y hacer tanto dinero como Conti; el jefe máximo de estas bribonadas.

Parecía mentira que mi padre, que tenía tanto carácter e inteligencia, hubiese caído como mosca entre la leche y no pudiera salir de este dilema.

Los captadores sellaban como propio a todo trabajador o joven que merodeaba por Nueva Palmira. Los observaban ir a trabajar, vivir, progresar. Cuando cobraban su sueldo, fraguaban una forma de atraerlos.

El trabajo se propagaba por toda la ciudad.

Allí, era donde atrapaban crédulos ciudadanos para sacarle el dinero de los bolsillos y exprimirlos como un limón.

Tenían desparpajo. Los cautivaban de igual forma, que los hombres de la ciudad enamoran a las muchachas de campo.

Mi madre, no congeniaba con Eusebio Sánchez, no confiaba en él, como en ninguno de los amigotes de mi padre.

Era una de las personas con más dinero de la ciudad, mano derecha de Conti y amo y señor de las voluntades del pueblo.

En España, había sido un miserable como mi padre, llegaron los dos a Uruguay en 1906 y por ello; mi padre le tenía respeto como a todos los inmigrantes, aunque estos fuesen unos bandidos.

Me acuerdo, de que en una ocasión; Sánchez, se presentó en la puerta de nuestra casa y lo convenció que se jugara el sueldo, es muy simple le afirmó: el viernes te marcaré las cartas y a la noche siguiente ganarás.

¿Puedes ganar de manera más simple?

No…la verdad que no…contestó mi padre obnubilado.

De manera que aquel sábado a la noche, mi padre fue a jugar más entusiasmado que nunca.

Mi madre le advirtió que no lo hiciera, que no se involucrara en tal hazaña, pero mi padre, no podía razonar cuando se trataba de alcohol o de dinero.

Uno de los bribones del grupo, lo acompañó a una oficina oculta que había en el bar de Berta.

En este lugar, sobre un escritorio, mi padre dejó todo lo que tenía, luego se dirigió a la mesa de juego, con la mentalidad ganadora, pero apenas sentarse se percató que era un embuste de Sánchez.

Jamás se enteró por qué; lo dejaron sin un peso en los bolsillos, tuvo que trabajar el doble para recuperar el dinero y regresó a casa malhumorado, decepcionado como nunca de Sánchez.

Pero pocos días después, este se presentó nuevamente en nuestra puerta y dio una extraña justificación de lo que él nombrara la suerte del principiante argumentando que el contrincante de mi padre había ganado de manera fortuita por ser primerizo en el juego y que, estadísticamente solía ocurrir algunas veces.

Así que mi padre volvió a confiar en Sánchez y a seguir jugando cada noche. Después de esto mi padre volvió a irse de nuestra casa, como siempre lo hacía y mi madre era la que quedaba arreglando los platos rotos.

Y yo…volví a jugar con mis hermanos intentando olvidar las miserias de mi vida.

 

 

                       

 

 


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