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La manera de destruir el tiempo

La manera de destruir el tiempo

23-08-2016

Contemporánea novela

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La historia de la amistad entre Ruth y Gabriel, contada por ellos mismos. Una amistad contada a base de canciones, de pelucas y sesiones de espiritismo. 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

                                                         Say it ain’t so, Joe

 

 

Existen en la vida de toda persona momentos, a veces meros instantes fugaces, que se quedan para siempre en la memoria, vitales y luminosos, definidos, exactos y cercanos, como si siempre hubieran sucedido un segundo antes de ser recordados. Se quedan ahí de manera mucho más permanente y precisa que otros episodios que cualquiera calificaría como mucho más importantes, vistos de manera objetiva. Pero si algo no es una nunca una persona, y mucho menos su memoria, es objetiva. Esos momentos se atesoran como preciosos granos de oro porque, en muchos de los casos, son los que fundamentan la persona que a partir de entonces se es, aunque por su aparente intrascendencia, por su engañosa trivialidad, no parezcan más que simples anécdotas sin sombra ni existencia más allá del tiempo exacto y pequeño que ocuparon en su día.

Guardo en mí muchos de esos momentos, pero sin duda hay tres que destacan sobre los demás como tres estrellas hipergigantes entre una multitud de enanas blancas.

En uno de ellos veo a mi papá sentado en la cama donde una versión mía de seis años está acostada, exorcizando con exasperante lentitud el sarampión. Papá está sentado junto a mis pies cubiertos por las mantas, sonriendo, con su guitarra en el regazo, tocándola, cantando canciones en un inglés más o menos correcto. A mí me pica el cuerpo, cubierto de manchas rojas, y en la garganta siento aún el sabor del vómito que hasta hace bien poco adornaba expresionistamente el suelo junto a la cama. Papá lo ha limpiado, haciendo bromas sobre aquel apestoso y repugnante caldo lleno de tropezones más o menos identificables, pero el olor persiste en la habitación, y la garganta me palpita por el esfuerzo de hacer pasar por conducto tan estrecho aquella avalancha medio digerida y ardiente. Vomitar me produce una repugnancia que ninguna otra cosa es capaz de igualar. Es tan inmundo, tan nauseabundo el acto de expulsar todo aquello por un lugar que no debería ser bidireccional, que siempre me provoca el llanto. Entonces también lo hacía, y ni los graciosos comentarios de papá sobre lo que había comido para provocar aquel hedor penetrante y denso logran contener mis lágrimas. Además me ronda la fiebre, y me siento un poco ajena a todo, a mí misma. Pero papá, una vez se lleva la fregona y el cubo con su espantoso contenido, vuelve a mi cuarto con su guitarra. Se sienta en la cama, se inclina para apartarme de la cara un mechón de pelo, me palpa la frente y su mano me parece demasiado fría. Se lleva con los dedos parte de la humedad que cubre mis mejillas. Luego se inclina más y me da un beso en los labios.

-¿Cómo estás Woody? ¿Mejor?

En realidad mi nombre es Ruth, pero desde muy pequeña, cuando comenzó a quedar claro que mi pelo iba a ser tan rojo como de hecho lo es, papá comenzó a llamarme por el nombre de ese esquizofrénico pájaro carpintero de dibujos. Una vez incluso me peinó con una cresta más o menos parecida a la del personajillo animado, me colocó un pico de cartón tapándome la mitad inferior de la cara y, si no hubiera sido porque mis ojos son azules, y no verdes, el disfraz hubiera sido, según él, un calco perfecto. A los seis años, aquel apodo me gusta casi más que mi propio nombre. Porque es mi nombre secreto que sólo conocemos papá y yo.

Le respondo moviendo la cabeza en un gesto que no quiere decir ni que sí ni que no, sino más bien lo contrario.

-Devolver es lo más asqueroso del mundo. No me importa el picor ni el dolor, pero, ¿por qué tengo que devolver?

-Pues suerte que no te ha dado cagalera -dice él, sonriendo y cruzando los dedos.

-Al menos eso sale por donde debe.

Eso le hace reír, y su risa logra cortar el torrente de lágrimas de mis ojos. Luego hace un gesto típicamente suyo, el de apartar a un lado el tema del que se está hablando moviendo las manos de un lado a otro en rápida sucesión.

-Escucha esto, Woody.

Y comienza a hacer vibrar las cuerdas.

Hace ya casi un año que se ha embarcado en aquella nueva afición. Tiene muchas, entre las cuales, como suele decirme de vez en cuando, la más interesante y apasionante es Ruth. Desde que mamá murió cuando yo tenía dos años papá y yo formamos una familia ciertamente breve, pero tan unida que entre nosotros dos nadie es capaz de introducir el canto de una hoja de papel. Hasta hace poco yo no era su afición principal, sino la única. Cuidar en solitario de una niña pequeña propensa a absorber cualquier virus y bacteria que pululara en sus cercanías debió ser una ocupación a tiempo completo, pero papá era tan habilidoso que conseguía llevarla a cabo al mismo tiempo que continuaba trabajando -lo hacía en Correos, clasificando paquetes y cartas según su destino-; y no solo cuidaba de su hija, enferma una semana si y otra no, sino que la enseñó a montar en bici, la enseñó que era maravilloso salir todos los fines de semana a pasear por la montaña, la enseñó a leer antes que en el colegio abriéramos la cartilla por la letra A, la enseñó un montón de cosas útiles y muchas más que cualquiera menos avispado calificaría alegremente de inútiles. Además admitió sin vacilación, y en ocasiones incluso alentó -véase el ejemplo de Ruth-Woody Woodpecker-, la peregrina y casi maniática afición de esa niña suya a los disfraces. Sí, tuvo ayuda; las abuelas y la única tía que tengo, hermana de mamá, se dejaban caer con bastante frecuencia por casa para comprobar que en nuestro particular mundo de dos habitantes todo marchaba bien. Pero cuando pienso en aquella época, apenas tengo en cuenta aquellas presencias samaritanas. En mi memoria siempre somos solo papá y yo.

En cuanto a sus aficiones, como he dicho tuvo muchas. Cuando yo ya no necesité una atención más o menos constante, se dedicó a cultivar diversas artes para ocupar el tiempo. Yo siempre pensé, y aún lo hago, que lo hacía principalmente porque de otro modo aquel tiempo vacío se le llenaría de mamá, de su recuerdo constante que, si bien siempre era bienvenido en nuestro mundo, podría acabar siendo como el agua para una planta cuando es demasiado abundante; acabaría por ahogarlo y marchitarlo. Así que retomó su lejana simpatía, cultivada antes de conocer a mamá, por plasmar sobre el papel las imágenes que le llenaban la imaginación, o aquellas que arrancaba de la misma realidad, embelleciéndolas. Dibujaba siempre con lápiz, y sus trazos eran tan exactos y reales, incluso cuando dibujaba cosas fantásticas, que a mí se me antojaba que ni las fotografías podían alcanzar aquel grado de realismo. Aún conservo alguno de ellos, algunos retratos de mí misma, de mamá, que extraía directamente de la memoria, sin ayuda de la multitud de fotos que de ella teníamos, de Alama tal y como era durante mi niñez. Se aficionó al modelismo, y durante una época la casa estuvo llena de maquetas de barcos, de coches, de edificios famosos. Al igual que con sus dibujos, aún conservo alguna de esas reproducciones entrañables: el Titanic, la catedral de Notre Dame, una casa de muñecas que construyó y fue amueblando con paciencia durante casi dos años. También dedicó algún tiempo al cultivo de bonsáis, que se me antojaba la cosa más aburrida en la que uno podía gastar el tiempo. A veces íbamos a pescar a un pantano cercano, o al rio. Se aficionó a la fotografía, aunque sus intentos de hacer algo artístico siempre parecían demasiado artificiales, demasiado planos, en absoluto tan hermosos y conseguidos como sus ilustraciones. La música ocupó un tiempo en su vida entre mis cinco y mis ocho años, y aunque después de aquello su pasión por ella decayó algo, jamás dejó de tocar esporádicamente la guitarra, sobre todo cuando, ya siendo yo adulta, viviendo mi vida en mi propia casa, nos reuníamos en la suya. Aunque en estas ocasiones era yo la que cantaba, ya que al fin y al cabo esa es la profesión que he escogido y, sin falsa modestia, pienso que soy más que bastante competente en ello. Fue gracias a aquel periodo en que aprendió a tocar la guitarra acústica, con bastante buena técnica y sólo la falta de un poco más de corazón, que yo me enamoré de la música.

Aquella tarde de otoño de mis seis años sarampiosos, papa acomodó en su cara su típica expresión de concentración mientras hacía brotar la música de entre sus dedos. Tocó para mí dos canciones. Y yo me quedé tan prendada de ellas, tan absolutamente incrédula ante ellas, que le hice repetirlas. Y después de aquella tarde se convirtieron en nuestras dos canciones consigna. Como “Woody” -mi nombre secreto-, como “Cachón” -el nombre secreto de papá, que no logro recordar de dónde salió-, como tantas y tantas claves que él y yo compartíamos, aquellas canciones pasaron a formar parte de nuestro idioma particular. Esas canciones que me acompañaron mientras vencíamos al sarampión -o más bien mientras la enfermedad hacía las maletas y se marchaba por propia voluntad, después de hacer lo que había venido a hacer-, lo hicieron de igual manera durante las enfermedades que aún se agazapaban en mi horizonte: la varicela, dos gastroenteritis, una hepatitis A y dos gripes brutales, todo antes de los doce años. También ocuparon tardes tristes y pesadas en las que cada segundo remoloneaba durante horas antes de dejarse caer sobre el segundo siguiente. Cuando papá dejó un poco de lado la guitarra, yo la tomé, y a los nueve años ya sabía tocar y cantar aquellas canciones. Ayudaron a papá cuando el recuerdo de mamá se desbocaba y nada de lo que hiciera conseguía mantenerlo dentro de sus límites no dolorosos. Me ayudaron a mí cuando lloré mientras las cantaba el día aciago en que Gabriel se marchó del pueblo, dejándome tan desierta por dentro que tardé mucho tiempo en ver crecer algo en el páramo de mi corazón.

Aunque para ser sincera, del bosque maravilloso, lleno de vida y luz que cubrió ese corazón mientras tuve cerca a Gabriel, jamás pude responsabilizarle a él, pues desde el principio tenía bien claro que las semillas plantadas no eran cosa de ambos, sino sólo mías.

Pero de Gabriel hablaré más adelante.

Primero están las canciones. Primero está papá y su guitarra. Primero está David Bowie.

Space oddity.

Fue aquella misma tarde, después de escuchar dos veces la canción, cuando le pregunté a papá qué decía la letra. Desde entonces, cada vez que la escuchaba, ya fuera en la voz de papá, en la mía propia, o en la del mismo Bowie, no podía dejar de imaginarme al astronauta Tom flotando para siempre fuera de su cápsula espacial, en la soledad fría del universo, mientras desde tierra tratan de ponerse en contacto con él. Can you hear me, Major Tom? Can you hear me, Major Tom?

La otra canción fue Say it ain’t so, Joe, de Murray Head. Fíjate que solo he escrito el nombre y, claro, no he podido evitar recordar la canción tal y como la cantaba papá, y ya tengo la piel de gallina, y un escalofrío me ha recorrido la espalda. ¿Cómo se puede hacer una canción semejante, por sobrecogedora, de una simple anécdota deportiva? Era la pregunta que me hice entonces, cuando papá me explicó la historia tras ella: parece ser que el título de la canción fue lo que le dijo un grupo de chicos aficionados al béisbol a un viejo ídolo de ese deporte, Shoeless Joe Jackson, demandándole que negara las acusaciones de haber vendido algunos partidos. Entonces, como ahora, el deporte -y no digamos el béisbol- me parecía una cosa trivial, intrascendente, incapaz de provocar la más mínima onda en ningún aspecto de las artes. Ahora comprendo que esa maravillosa canción en un grito desgarrador y herido del hombre que comprende que aquello en lo que ha creído hasta el momento puede desmoronarse ante sus ojos; el lamento descorazonado de quien contempla cómo ese nefasto invento llamado dinero corrompe y pudre todo lo que toca.

Es una canción que de vez en cuando escucho, y cuando lo hago el mundo se detiene para mí. Dejo de inmediato cualquier cosa que esté haciendo y me entrego en cuerpo y alma a ella. Recuerdo a papá tocando la guitarra, poniendo su curiosa versión del falsete en la parte central de la canción, y se me juntan en el estómago la pena inmensa de no tenerle ya a mi lado, y la alegría enorme por haberle conocido, por haberle tenido como padre, por todo lo que me enseñó y me legó.

El segundo de esos momentos brillantísimos ocurrió apenas un año y medio después de que el sarampión me abandonara al fin. Es un recuerdo que no creo que nadie pueda tildar de irrelevante o trivial, poco digno de ser guardado, pues fue el momento en que, seis años después de que muriera, vi a mi madre.

Se me ha pasado antes, en la relación de cosas que me enseñó papá, incluir la que se refiere a los fantasmas. No soy capaz de fijar en mi memoria el momento exacto o las circunstancias en las que manifestó su postura con respecto a ese tema, aunque puedo imaginarme a una Woody muy pequeña, temerosa, con lágrimas en los ojos, despertada de alguna pesadilla, y a papá allí conmigo, consolándome. Los fantasmas existen. Puede parecer poco apropiado como afirmación para calmar los temores de una niña cuyo mayor temor era encontrarse con uno de ellos, pero es que papá nunca aprendió a no ser fiel a su forma de pensar, en cualquier circunstancia. Los fantasmas existen, me dijo, y yo, como hija suya que veneraba cada palabra salida de sus labios como verdad absoluta, le creí, sin duda. Pero, ¿qué es un fantasma? Lo que queda aquí cuando alguien muere -cuando alguien se marcha, como solía referirme al hecho de la muerte hasta los veintipico años: la palabra muerte me parecía soez y sumamente antipática-. Tal vez sean sentimientos y emociones, prendidos del mundo de los vivos; tal vez la conciencia desprendida de su soporte físico; tal vez el alma. En realidad, da lo mismo cómo se le llame. Es una parte sutil, muy poco densa, de cada persona, que se desprende del cuerpo cuando éste deja de funcionar. En palabras de papá, el cuerpo sería un coche y el alma, o lo que sea, sería el piloto. Si el coche se estropea, el piloto sale de él, porque para qué va estar ahí dentro. Y, bueno, si le tenía mucho apego al coche y a disfrutar con él, yendo de un lado a otro y todo eso, pues seguro que se cabrea y se lamenta de lo que ha perdido. Pero eso no significa que, si mientras conducía su flamante automóvil el piloto era un tipo simpático, se va a convertir en un ser abominable, terrible y hostil una vez deje de poder conducir.

Papá me decía que pensara en mamá. Me describía a mamá como la mujer más buena, más bonita y más maravillosa del mundo. Me decía, en un arranque de romanticismo exacerbado, que todas las canciones de amor escritas estaban dedicadas a ella. Me preguntaba si ese ser maravilloso y único que era mamá podría sufrir una transformación tan brutal al abandonar la vida como para aparecerse como un fantasma terrorífico sin más propósito que el de asustar y hacer daño. A mí no me parecía probable.

-Los fantasmas existen, claro que sí. No me cabe en la cabeza que no sea así. Pero no son seres temibles, sino todo lo contrario. Son como fueron en vida. Quizá impregnados de una tristeza que los vivos no podemos entender. Pero no creo ni por asomo que se dediquen a dar sustos ni a dañar a los que estamos aquí. Yo sé, personalmente, que mamá está aquí, en la casa, y que cuida de nosotros, que nos ve y nos quiere desde su lado. ¿No me digas que tú no la notas?

Y yo, que no había notado nada aunque me encantaba la idea de tener a mamá allí, junto a mí, asentí. Así fue como dejé de temer que en cuanto las luces se apagaban y nos quedábamos a solas las sombras de mi habitación y yo, un espectro terrible con malas pulgas hiciera su aparición en algún rincón con intenciones aviesas. De eso, pasé a desear encontrarme con alguno, encontrarme, sobre todo, con mamá.

Y vaya si me la encontré, aunque tuve que esperar hasta los ocho años.

Ocurrió una tarde de otoño.

Recuerdo que ese día se me había antojado ponerme una peluca rubia, con tirabuzones. En el colegio no me dejaban ir disfrazada, sin que yo encontrara ninguna lógica en esa actitud, pero de momento no habían puesto pegas a las pelucas, y yo tenía una colección que ya comenzaba a ser más que aceptable. Papá fue a recogerme al colegio, y de camino a casa me dijo que iba a tener que quedarme sola un rato. A mí no me molestaba estar sola, así que asentí. Me explicó que tenía que ir al hospital. Habían vuelto a ingresar a un tío suyo, que estaba enfermo de cáncer en los pulmones. Me dijo que hiciera mis deberes y que, si él no había vuelto para la hora de la cena, pasara a casa de Magdalena, la vecina de al lado, y ella me daría de cenar. Asentí también. Me gustaba Magdalena. Era una mujer enorme, muy simpática y divertida, que tenía un marido -cuyo nombre no recuerdo- que a su lado parecía tan niño como yo misma, algo más crecidito, con un bigote poblado y una sonrisa perpetua en los labios.

Papá me abrió la puerta de casa y ni siquiera entró. Me dejó allí, diciéndome que me portara bien si al final cenaba en casa de Magdalena y que no pusiera la música muy alta. Me dio un beso, le di un beso, me tiró de un tirabuzón de mi peluca, torciéndomela y dejando a la vista mi propio pelo rojo, le pegué un puñetazo de pega en los morros. Entré en casa, cerré la puerta y salí a la pequeña terraza que teníamos al final de la cocina, donde me cambié las playeras por unas zapatillas. Luego dejé la mochila en mi habitación y entré en el salón.

Mamá estaba sentada en el sofá. Creo que se me paró el corazón al verla. Al menos recuerdo perfectamente que dejé de respirar. Me quedé paralizada en el umbral de la puerta, observándola. Luego de su breve hiato, el corazón volvió a latirme, más deprisa, con más ímpetu. Yo era toda ojos, toda boca abierta, toda pensamiento plano. Mamá estaba sentada en el sofá. Llevaba un vestido amarillo, muy bonito, muy veraniego, que le dejaba los brazos al descubierto. Tenía las manos una sobre otra en el regazo. Tenía el pelo suelto, castaño, ondulando lentamente como si en el salón soplara una suave brisa. Ella también se movía lentamente; en cuanto entré en el salón su cabeza, que había estado agachada, comenzó a erguirse para mirarme, y pensé que tardaría años en realizar aquel movimiento. Cuando al fin sus ojos se fijaron en los míos, sonrió, abriéndose sus labios con la misma parsimonia.

Era algo mágico el modo en que la luz del sol que entraba por la ventana la atravesaba, a pesar de su aparente solidez, y cómo esa luz, después de atravesar el etéreo cuerpo de mamá, dibujaba sus habituales dibujos en el suelo, en la pared, en el sofá, pero coloreados con una iridiscencia danzante, como si mamá fuera un prisma que descomponía la luz. Esa misma luz creaba auroras boreales en torno a ella, y esas ondas de luz ambarina flameaban tan despacio como mamá se movía.

Porque seguía moviéndose. Yo allí, petrificada junto a la puerta, y mamá que alzaba un brazo en mi dirección, su mano que se abría como pidiéndome que me acercase y se la tomase. Me fijé en que sus piernas se terminaban un poco por debajo de las rodillas, que el vestido dejaba a la vista. No es que tuviera las piernas cortadas, sino que sus extremos inferiores se perdían en una bruma vaporosa que no llegaba a tocar el suelo. Y mientras su brazo seguía subiendo y su mano seguía reclamando la mía, su sonrisa se abrió y escuché su voz.

Sonaba muy lejana, como si me hablara desde el otro lado de la calle a través de las ventanas cerradas. Pero era una voz suave, perfectamente audible y comprensible.

-Mi niña -me dijo. Y luego:- Ruth.

La voz de mamá rompió mi parálisis y di un paso hacia ella. Vacilé y me arranqué la peluca de la cabeza, dejándola caer al suelo. Ella volvió a decir mi nombre, con aquella sonoridad en la voz que producía en el oído el mismo efecto que las auroras boreales que la rodeaban podían producir en la vista. Me acerqué a ella hasta que su mano alzada hacia mí estaba a apenas dos centímetros de la mía. Dudé en tocarla, pero no porque tuviera miedo, pues no sentía más que maravilla y una emoción indescriptible en la que se mezclaban la alegría y la congoja. Dudé porque temía que al tocarla se desvaneciera. Así que durante un tiempo que tal vez se midiera en segundos fuera de nuestro salón, pero que allí dentro duró lo inmedible, nuestras manos flotaron la una muy cerca de la otra. Hasta que al fin las rodillas me fallaron y caí sentada en el suelo. Mamá bajó la vista muy lentamente hacia mí, y en sus ojos vi un brillo de buen humor, vi un cariño que sobrepasaba toda comprensión, toda medida humana, vi su alma pura y luminosa, vi a mi mamá como la ve a la suya todo niño que abre los ojos por primera vez al mundo y lo primero que alcanza a ver es el rostro de quien le ha traído a la vida. Era mi mamá. Mi mamá, que había regresado del otro lado para sonreírme, mirarme, para envolverme en una sensación cálida y pulsante de amor. Mi mamá, que desprendía un intenso y dulce aroma a jazmín.

-Mamá -susurré, y solo al no poder pronunciar aquella palabra con la fuerza que pretendía, me di cuenta de que estaba llorando.

-Siempre -dijo-. Dile a papá. Estoy con él. Estoy contigo.

-Lo sabe.

Mamá asintió con lentitud y su sonrisa se expandió.

La luz que la atravesaba se hizo más brillante, más presente, al mismo tiempo que ella comenzaba a perder su aparente solidez.

-Espera, mamá. No te vayas.

Mamá negó con la cabeza, lentamente y en silencio. Seguía sonriendo, y la luz a través de esa sonrisa adquiría una cualidad mágica, una tonalidad suave y acogedora. Según mamá se hacía invisible, las auroras boreales desparecían también. A punto de desvanecerse del todo, alargó su mano hacia mí, y en esta ocasión no dudé. Traté de agarrar su mano evanescente y mis dedos se cerraron en torno a un aire más denso, pero que no contenía nada sólido. Aun así noté como si en realidad si tocara algo, una sensación similar a la que una tiene al despertar de un sueño vívido y conserva en el sentido del tacto la impresión de aquello que en el sueño ha tocado. También noté un leve cosquilleo eléctrico en las yemas de los dedos, y el frío propio del aire de invierno.

Mamá desapareció, pero dejó tras de sí el aroma a jazmín, que durante un rato se hizo más intenso. Y escuché su voz de nuevo, susurrando junto a mi oído: Ruth, mi Ruth, mi pececito. Después, nada. Yo me quedé sentada en el suelo junto al sofá, mirando el espacio que mamá había ocupado durante unos breves minutos. El olor a jazmín fue disipándose lentamente. Yo miraba el sofá y pensaba en lo que acababa de ocurrir. Notaba lejanamente que las lágrimas seguían resbalando por mis mejillas, y sentía al mismo tiempo alegría por haber recibido la visita de mamá, tristeza porque hubiera durado tan poco tiempo, alegría por saber que aunque no la viera, seguía allí, de algún modo.

Pasó la tarde sobre mí y ni siquiera pensé en moverme de allí. Llegó la noche y logré reaccionar al escuchar el timbre de la puerta. Me levanté del suelo, lejana y algo aturdida, y fui a abrir. Era Magdalena, que quería saber si mi padre había vuelto ya y, de no ser así, por qué aún no había ido a su casa a cenar. Le dije que no, que papá no había regresado, y que ni me había dado cuenta de la hora que era.

Era -y es- un odio profundo y violento lo que sentía -y siento- hacia el puré de patatas; su textura, su olor, su sabor, todo ello me irrita. Pero aquella noche apenas presté atención al rebosante plato que Magdalena colocó frente a mí. Me lo comí sin tener conciencia clara de lo que me metía en la boca. Cenamos los tres, Magdalena, su marido y yo, en la mesa de la cocina, y mientras ellos charlaban y trataban de establecer contacto conmigo, yo estaba ausente e inquieta, meneándome sin parar en la silla, como si en cualquier momento fuera a echar a correr. Me preguntaron si me encontraba bien, y yo les dije que sí, que estaba nerviosa e impaciente porque papá regresara, pues tenía una cosa muy importante que decirle.

-¿Y qué podría ser? -se interesó amigablemente el marido de Magdalena. Con una sonrisa, por supuesto; era un hombre que sonreía casi constantemente, jamás le vi sin las comisuras de los labios estiradas y un brillo de buen humor en los ojos.

-Son cosas de familia -respondí.

Después de cenar me invitaron a esperar a papá en su casa, viendo la tele, pero preferí hacerlo en la nuestra. Apenas cerré la puerta tras de mí, entré en el salón a la carrera, esperando ver de nuevo a mamá en el sofá. Pero el sofá, vacío, tenía un triste aire de desamparo. Sin embargo, ¿podría ser que aún colgara del aire, muy tenue, una fragancia de jazmín? Quizá fuera producto de mi deseo, pero creo que, ciertamente, allí estaba.

Cuando papá llegó ya hacía casi dos horas que debía estar acostada. El sueño quería vencerme, pero luché con uñas y dientes para no dejarme arrastrar por él. Así y todo el ruido de la puerta al abrirla papá me sacó de un adormecimiento que a punto había estado de hundirme en un sueño real y profundo. Salí corriendo a su encuentro y ni le di oportunidad a su intención de echarme la bronca por estar aún levantada. Estaba histérica y se lo solté del modo más directo.

-Papá, mamá ha estado aquí.

Frunció el ceño y lo sombrío de su expresión -en la que ni me fijé, pero que más tarde supe que se debía a la gravedad de la enfermedad de su tío, al que apenas le quedaba unas semanas de vida- se oscureció un poco más.

-¿Qué?

-Al llegar del cole. Estaba ahí, sentada en el sofá.

-Oye, Ruth, no es el momento de…

Le silencié poniendo mi mano sobre sus labios, gesto que le sorprendió. Mientras le contaba lo sucedido, le arrastré hasta el salón para señalarle el punto exacto en el que mamá había estado sentada. Le expliqué con todo detalle nuestro encuentro interdimensional, y su gesto de preocupación -por mi cordura, supongo- solo sufrió una variación cuando le hablé del aroma a jazmín: enarcó las cejas y su boca se abrió como si fuera a decir algo, pero volvió a cerrarla. Y al final, cuando le repetí las últimas palabras de mamá, susurradas en mi oído, su ceño se desfrunció del todo, su cara palideció y sus ojos se llenaron de asombro.

Al fin me callé, y me quedé quieta, esperando su veredicto, que tardó unos instantes en llegar.

-Sí -dijo papá por fin-. El jazmín era su aroma favorito. Nunca usó un perfume que tuviera otra fragancia… Y… Bueno… Cuando estaba embarazada de ti, solía llamarte así. Decía: no es un bebé, es un pececito, mi pececito, lo noto nadando dentro de mí. -Calló un momento. Miró el sofá, luego me miró a mí y sonrió. Sus ojos estaban acuosos y brillantes-. ¿De verdad la has visto?

Asentí con energía suficiente como para que se me cayera la cabeza. Él cogió aire y luego lo expulsó lentamente. Me creía, claro que sí. Era mi papá, y yo era su hija. En nuestro particular círculo la mentira nunca había encontrado un lugar, y nunca lo tuvo. Abrió los brazos y yo me precipité en el hueco entre ellos. No dejó la más mínima porción de mi cara sin besar; eran besos húmedos, mojados por sus lágrimas.

-No llores, papá. Ella está aquí. No se va.

-Lo sé, Woody. Por eso lloro.

Y esas son dos de las piedras angulares que dieron cimiento a la Ruth que ahora soy. El amor incondicional a la música, herencia de papá, y el conocimiento positivo e incontestable de que la muerte no es el final de la vida, herencia, de algún modo, de mamá.

Ahora supongo que debería hablar del primer y único amor de mi vida. Gabriel. Gabriel Arranz García. Mi Gabriel.

El 14 de junio de 1987 fue el día en que contactamos, por decirlo así. Y he de confesar que, de primeras, no me gustó ni un pelo. Bien es cierto que en aquella época prácticamente nadie, y mucho menos alguien de mi edad, me gustaba. Solía sentirme la mar de bien en mi propio mundo, conmigo misma, y sin necesidad de nadie más. Mira, se me suben los colores al recordar a aquella Ruth un poquito egocéntrica, un tanto arrogante, una pizca fatua. Me sentía poseedora de algo especial que el resto de los subseres que me rodeaban ni comprendían ni estaban capacitados para alcanzar. No, a mi modo de ver, nadie, excepto papá, era merecedor de mi amistad.

Y supongo que también influyó en mi inicial animadversión hacia Gabriel el que aquel primer contacto sucediera cuando me espiaba mientras yo mantenía un encuentro privado con mi mamá.

Pero quizá sea mejor que sea el propio Gabriel el que hable de aquel día.


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