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LA FINCA DEL MARQUES

LA FINCA DEL MARQUES

12-07-2016

Contemporánea novela

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        ...no escribi esta novela, de manera deliberada, no; eso sí, adelibada, sí. 

     "Intenta poner un pie detrás del otro; posiblemente camines."

        ...si el monte te llama y el arroyo, te ríe; no te queda otro remedio que acudir. Si

amas lo que amas, para  qué amar más. Si todos los síes se ponen de acuerdo;

posiblemente, tengan razón. Ir en contra de... suena revolucionario, hasta juvenil. 

Incluso, hasta puede ponerse de moda.

       Por tal motivo accedí a introducir esto. Lo hice porque, al leerlo, me vi dentro.

Cuando lo acabé, olía a jara, quería oler así. Quería ser el asesino.

      JM

       

  

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

La virtud en las personas está dentro de cada una de ellas.
Aprovéchala.
A mi hijo Juan Muñoz Mejías
¿Qué coños haces Abuelo?
- Déjame que me tienes tonto hoy.
- Mira que eres cabezón; siempre tienes que hacer
las cosas como tú las interpretas, y nunca haces caso a nadie. Paso con los perros más tiempo que tu y sé per- fectamente cuando el Caín se queja o cuando está mor- diendo. Hazme caso por una vez y cava donde lo hago yo, no donde tú dices.
- El agujero que tú llevas, no es del vivar, es un respiradero.
-Haz lo que te parezca y a ver quien llega antes al perro.
Así conocí, metidos en faena, a este par de indi- viduos. Uno, mi profesor. Alguien importante para mí, alguien por quien daría algo. El otro, Esteban, el Abuelo. Un hombre de campo, rudo, nada misterioso, el típico individuo que te dice todo como lo siente.
Yo, el niño, como así me llaman, soy el menos importante en toda esta historia. Me remito a trasladar al papel todo lo que vi y critico lo que percibí según me dijeron mis sentimientos.
Persigo y anhelo con mis estudios llegar a ser periodista y qué mejor meta que la que he conseguido. Me duermo por las noches pensando que nadie puede ser más dichoso que yo. Tengo todo lo que quiero; si es verdad que pierdo algunos días de clase, pero no hay problema, Juan mi profesor, siempre estará dispuesto a explicarme, a deshoras, esas puñeteras oraciones a las que no logro descifrar su análisis sintáctico.
Salgo con ellos al campo por casualidad; quizás por ese afán aventuresco que me embriaga, por conocer lo que poca gente conoce, por ser distinto. Mi meta se hubiera derrumbado, si no hubiera tenido un profesor como el que tuve, si no hubiera estado siempre dicién- dome que tenía que hacer lo que yo creyera y no lo que debiera. Hubiera cambiado mi vida si el Abuelo no me picara tanto con decirme que el tipo de trabajo que tengo elegido no sería forma de ganarme la vida. ¡Qué inocen- te yo al no pensar que lo que el Abuelo quería era for- talecerme más y más en mi idea!
No soy aficionado a la caza, no diferencio la superpuesta de la yuxtapuesta. Sé que los podencos tie- nen las orejas erguidas y que los fox terrier el rabo cor- tado. Hasta ahí llegan mis conocimientos. Si soy capaz de ver lo que un hombre siente, lo que es capaz de hacer. Soy capaz de descubrir el amor entre dos individuos, el trabajar conjuntamente y conseguir las metas propuestas, el no dormir para llegar a lo que anhelo. Todo esto lo aprendí con ellos. Nadie más me podría haber enseñado mejores lecciones, con nadie dormiría más a gusto que con ellos dos, aunque fuera como ocurrió, en un pajar a las afueras de Madrid una noche de perros. Yo, que tan temprano quedé huérfano; yo, que el amor que sentí fue el que me proporcionó mi tía-madrastra. Yo, que tenía
más dinero del que fuera capaz de gastar heredado de mi boticario padre.
Con el Abuelo y con Juan encontré lo que todo veinteañero tenía que conocer para no desviarse. A ellos se lo debo todo. Por lo tanto valga mi homenaje por escrito.

-Aquí hay sangre, Juan. El perro lo tiene que estar pasando mal.
- No lo oigo quejarse Abuelo y eso no me gusta.
Pero estoy casi llegando. Deja de cavar por ahí y por una vez hazme caso.
Esteban, quizás por el semblante blanco de Juan o vaya Dios a saber, accedió de manera rápida. Sus manos mucho más expertas y poderosas que las de mi profe, sacaban doble cantidad de tierra en la mitad del tiempo.
- Dame la tenaza y deja de mirar-me dijo.
En el momento en que Esteban abandonaba la boca de la angosta madriguera, Juan tomó su posición, introduciendo el brazo sin temor a lo que pudiera ocu- rrir.
-La tengo Abuelo, la tengo. ¡Oigo al perro! ¡Oigo al
perro!
- Déjame que te ensanche la boca o no podrás traértela. Y que no te vuelva yo a ver meter la mano en
ningún sitio sin saber lo que hay dentro. No la sueltes hasta que yo no la coja con la tenaza.
El Abuelo ensanchó la boca de la madriguera y en breve llegaron a la zorra. Cogió la tenaza con sus fuertes manos y la cerró con la mayor fuerza que podía. Al sacar- la, Caín, venía cosido a ella. La zorra inerte no ofrecía resistencia, murió con el maxilar inferior del jagd terrier entre sus mandíbulas. Por esa razón no podía el perro ladrar y por esa misma razón al tirar de la zorra para extraerla, dañaban al perro. No hubo pocos problemas para abrir la boca de aquella dañina hembra una vez muerta.
El pobre Caín al ver a su amo respiró, pero no llegó ni a mover la media cola, como siempre hacía cuando escuchaba a Juan en su quehacer diario metido en su perrera.
Una vez separados, llegaron otras prisas. El perro fue lavado. No hacía falta que Juan hablara a Esteban, ni que este último lo hiciera con mi profesor. Los dos sabí- an lo que había que hacer y ninguno hacía lo que el otro. Hubo que coser; el cirujano fue el Abuelo. A mi profesor le tocó la labor de anestesista, no desarrollando otro tra- bajo que oprimir fuertemente el cuello con el fin de inmovilizar el perro para que el Abuelo pudiera desarro- llar su labor de la mejor manera posible.
- Hasta el mes que viene este perro no puede cazar, Juan.
- Ya lo creo Abuelo, ya lo creo.
- De todas formas no has debido vender el fox
terrier. Ahora no podremos cazar en madriguera durante un poco de tiempo. Los hijos del Caín están demasiados pequeños para empezar a meterlos en los vivares.
- Abuelo, ya te expliqué que no era mi intención
hacerlo, pero si alguien viene con mucho dinero ... Además ya sabes que todo el dinero que me dieron por el perro lo empeñé en buena causa.
El Abuelo cogió el perro y lo metió en un cajón del carrillo. El Caín ni se movía. Así pasaría varios días alimentado líquidamente por su dueño. Juan traía la zorra y la colgaba en lo alto del carrillo de los perros.
Como era habitual, acabamos en la perrera.
Inyectaron a Caín y quitaron la piel a la zorra, tarea que realizaron en breve, eran demasiado duchos. Los ánimos volvieron.
- No decías Abuelo que llegarías antes que yo a la zorra.
- Que tonterías dices. Si no te ayudo, no hubieras sacado la zorra.
Es que, como ya dije anteriormente, el Abuelo siempre tenía que llevar razón.
Poco a poco me voy metiendo en ellos, me encuentro a gusto, me va bien. No echo de menos los amigotes, las litronas y las otras cosas feas. He dejado de fumar y lucho porque mi profesor también lo haga. El Abuelo ya ha pasado este trago y no deja de reñirle a Juan por tal motivo. Me pregunto a menudo cómo he podido cambiar tanto. Llego a casa cansado y no me apetece salir, aunque como el fin de semana pasado, cuando lo hago, no noto ese cansancio exterior que me impide acudir a otras citas y con otras compañías.
Dios, qué feliz soy con ellos. No quiero que esto se acabe. ¿Cómo no acudí a esta llamada con años de antelación? ¿Cómo no vi o qué cortina opaca me impedía ver esta claridad? Qué tiempo más bonito he perdido.
Esta misma conversación manteníamos el fin de
semana pasado y vino sin buscarla. Los perros de madri- guera están muy pegados y he salido con ellos a cazar codornices. Tanto uno como otro, tienen suficientes perros para desarrollar distintas modalidades cinegéticas. Juan admite que la grandeza del perro no hay que medir- la en un concurso específico, esto es, no puntuar un perro por un cobro excelente o por la cantidad de mues- tras que haga en un tiempo determinado. Insiste y defiende a viva voz la teoría de que el perro hay que medirlo en general y al completo. Pienso que los por el ignorados pointers, a mi me parecen intachables. Juan reitera y lucha por puntuar un perro que sea capaz de cobrarte 24 zorzales de 28 en una mañana de enero de estas típicas extremeñas, en las que los zorzales, si caen al agua, el perro ha de romper, en principio, los tres cen- tímetros de hielo y surcando este, llegar hasta el pájaro; lucha por puntuar el perro que es capaz de aguantar tres horas de clase en una misma aula y no moverse por mucho que los alumnos rectifiquen sus errados ejercicios en la pizarra; lucha porque el cobro del perro ha de ser el mismo, cuando se trate de una sutil codorniz o de una poderosa zorra; lucha y defiende el latir de un podenco y lo compara con una buena postura de un bretón en una tabla de alfalfa. Defiende el perro que caza todo, no es partidario de una raza específica, piensa que no exis- te una raza mejor que otra, le da todo el premio a los ejemplares. Un perro, dice, nace y se hace, y ambos aspectos deben ir muy unidos.
El Abuelo, por el contrario, saca de su baúl de historias, alguna de las que Juan conoce. Aquel, se cabrea, admitiendo que siempre son las mismas; y haciendo caso omiso, y viendo que yo le presto toda mi atención, sigue narrándomela. Al final de dicha historia
siempre llega Juan antes que él, y esto enfada mucho al Abuelo.
Aquella misma noche, entre plato y plato de pes- torejo, el Abuelo picaba a Juan recordándole que de las dos posturas dobles que hizo la Sila, solo en una hizo el doblete. Llamo posturas dobles a las que una vez que el perro queda parado, saltan dos codornices en vez de una. Pero todo es paz y bienestar, es más, cuando Juan marchó al lavabo a hacer lo que todo el mundo hace cuando las necesidades aprietan, me cuenta que el con- fía más que nadie en Juan como escopeta, no por lo rápi- do sino por lo seguro que se muestra. Me dice que hay tiradores que son muy buenos en un ojeo de perdices, otros, que lo hacen perfectamente al tenazón con los conejos. Pues bien, Juan, me comenta, matará 20 tórtolas cuando el primero haya caído 23, matará tres perdices al salto cuando el mejor ojeador mate 5. Es muy completo y depende por completo de sus perros. Y matará dos zorras de una madriguera cuando tu solo hayas visto salir una.
Como Juan venía, el Abuelo muy tuno él, se cayó.
Miró al camarero y diciendo que nos íbamos, pidió otras tres cervezas, eso sí, una sin alcohol para él.
En esto estábamos, riéndonos unos de otros, cuando un grupo de cazadores, que yo veía por el pue- blo, se acercaron a nosotros. El Abuelo los saludó agra- dablemente; sin embargo, Juan, admitió un buenas noches entreabriendo los labios. Me di perfectamente cuenta que, para él, no eran personas demasiado gratas.
De estos tres que se nos acercaron y a los cuales, yo interesaba, no me quedaría con ninguno. Eran caza- dores mimetizados, lo digo por la ropa que portaban, gorras de publicidad, suciedad en las uñas, de esos que
cazan con superpuesta para no tener que pedir o com- prar una escopeta cuando en verano se celebra la anual tirada al plato en las fiestas del pueblo. Anteriormente iban de caza en moto, ahora tienen un coche para los tres. De los que matan dos liebres y las venden para tener dinero y tomar unos vinos. De esos que en las aguaderas de las motos llevaban el podenquillo en una y en la otra el bicho con las redes. Los mismos que desea- ban que algún camionero del pueblo fuera a Portugal para encargarle algunos cartuchos, ya que allí son más baratos. En fin, gente transparente, de la que se ve lo que hay sin probarla.
A Juan no le interesaba demasiado la compañía y yo no lograba entender porqué. El Abuelo, sin embargo, respondía a lo que ellos preguntaban con bastante edu- cación. En un momento en que con el charlaban, mi pro- fesor se me acercó comentándome que tuviera cuidado ya que esta gente lo que quería, en cierta forma, era que yo les pudiera llevar invitados a cazar a cualquiera de las fincas de mi padre y que ahora administraba mi .tío. No sé porque Juan hizo aquello, ya que era una persona demasiado fría para admitir tales aseveraciones. Comprendí que quizás con ninguna otra persona lo hubiera hecho y que si lo hizo conmigo, era porque a su manera quería lomejor para mí. Me gustó mucho aquel detalle, incluso me dormí aquella noche pensando en tal acción de mi gran profesor. Ahora, no eran ellos los que despertaban amor hacia mi; ahora, era yo el que había despertado cierto cariño hacia ellos.
Como era normal, Juan fue requerido en tal con- versación. Al fin y al cabo, era con él con quien querían hablar. No fue requerido por los que llegaron, sino por el Abuelo.
- Juan escucha lo que esta gente dice.
Juan lo miró dándole una profunda chupada a su querido Ducados y le prestó oído.
- Me están diciendo que vienen de caza de lo del marqués. Por lo visto hoy ha sido la cacería. Han habla- do con don Jaime, uno de los hijos del marqués, pre- guntándoles este señor si conocían a alguien que pudie- ra dedicarse a las zorras en otra finca de su propiedad.
- ¿Y bien?- respondió mi profesor, dejando caer odio y prisa en sus palabras.
- Me pregunta que si estamos interesados nosotros en hacerlo.
Juan me había dicho en multitud de ocasiones que no me preocupase por tratar de cazar las zorras en otras zonas a las que habitualmente lo hacíamos. A mí me interesaba mucho esto y anhelaba poder hacerla. Todo lo que me decía, yo mismo comprobaba que se cumplía. No solía engañar ni a mí, ni a nadie. Por lo tanto, estaba convencido de que Juan accedería.
-Dile a estos señores que no estamos interesados. El mundo se me vino encima; el Abuelo intenta- ba convencerlo diciéndole que el marqués pagaría bien. De nada valieron todos los intentos que Esteban realiza- ba. De nada valieron mis llorosos ojos al ver que aquella lotería no nos había tocado.
Los tres que llegaron, se marcharon sin despedir- se y sí con miradas desafiantes. Al Abuelo no le gustó esto y aunque no comprendía lo que mi profesor hizo, miró a los que se marchaban con odio.
Como las consumiciones se habían acabado fue Juan quien llamó la atención de Ramiro, el camarero, requiriendo una reposición de líquido.
Ramiro tardaba en traer el servicio, el Abuelo
miraba al suelo y Juan se quedó fijo en el aparato de tele- visión, al cual en ninguna ocasión anterior había mirado. Y yo, como no sostenía aquella situación le pregunté a Juan porqué no había accedido a tal petición.
El Abuelo que deseaba más que yo una explica- ción, enseguida intervino, apoyándome en la pregunta.
- Mira Esteban, el niño es muy chico para meter- lo en estos líos; así que continuemos cazando las Zorras donde lo hacemos y dejémonos de tonterías.
- Pero ¿en qué líos vamos a meter al niño por lle- varlo a cazar con nosotros?
Fuéramos o no fuéramos, yo formaba desde entonces parte del equipo.
- Abuelo, esa gente no es buena, y aunque ven- gan con buenas intenciones, algo buscarán. Además, esta forma de actuar la he aprendido de ti, no vayas ahora a cambiar de opinión.
Y como el asunto se encandilaba, Juan siguió con su plática.
- Te acuerdas Abuelo que el año pasado y por medio de tu hija, recibimos dos preciosos podencos ibi- cencos. Te acuerdas que ya en Septiembre de este año y antes de que empezara la caza estaban para cazarlos. Te acuerdas de que tuvimos que hacer un corral de alam- brada para tenerlos libres y que fortalecieran sus patas. Y te acuerdas que nos los quitaron.
- ¿Y qué tenemos con eso?
- Con eso tenemos que el más pequeño de los
tres que se han marchado estuvo cogiendo tomates donde tenemos la perrera y el capataz me ha dicho que seguramente fuera él quien robó los perros.
No lo sé con certeza, pero seguramente acierte porque al poner a la Guardia Civil al corriente de los hechos y comentarle quien era el posible ladrón, esta
hizo sus averiguaciones llegando a la conclusión que ese hombre tenía familiares en Madrid con los que intercam- biaba perros que luego vendían.
Por lo tanto no me quiero ver envuelto con esa gente. Y vámonos que ya es hora. Yo dejaré al niño en su
casa.
El Abuelo se fue a su pueblo y yo monté con Juan en su coche. La conversación no existía y me fui derecho a buscarla.
- Juan, el Abuelo está muy interesado en lo que esos tres señores han dicho. ¿Por qué no le haces caso? Le costó trabajo hablar a mi profesor, pero al final se abrieron sus labios.
- Niño: si el Abuelo quiere que vayamos a cazar donde esa gente dice, iremos; así es el. No puedo decir- le que no aunque haré todo lo posible para quitarle esa idea de encima. La gente con la que hemos estado no es buena, algo buscan y yo no soy partidario de entrar en ese juego. De cualquier forma, ojalá se le olvide.
Con estas palabras me dejó en casa; mi tía, ya estaba esperándome, se saludó con mi profesor y este desapareció calle arriba en su todo-terreno.
Ilusionado besé a mi tía, la cual notó en mí una ligera alegría. Antes de meterme en el cuarto de baño .me comunicaba a voces que antes de acostarme debía beberme mi chocolate y comerme mis tres churros, como todos los domingos por la noche desde hacía tanto tiem- po llevaba haciendo.
No tardé mucho en estos menesteres. Cogí el telé- fono y me dispuse a darle una alegría al Abuelo. Sin saber cómo, marqué su número telefónico y al momento le daba la noticia.
-¿Abuelo tu quieres ir a donde nos han propues-
to, donde nos dijeron los tres que vinieron a ofrecerla?
- Por supuesto niño, pero si Juan dice que no, alguna razón tendrá.
-Pero Abuelo sería precioso pasar juntos casi dos meses alejados de casa. Además a ti te vendría muy bien todo el dinero que han ofrecido.
-Niño, yo haré lo que entre todos pensemos, y si me hace falta dinero, lo buscaré trabajando.
Me desilusionó mucho mi conversación con el Abuelo. Más tarde pensé que hacía lo que debía, esto es, sacrificarse antes que discutir con un amigo. La ilusión del Abuelo dio paso a mi ilusión y en esos momentos me encontraba frustrado. De todo, saqué algo en claro y era el apoyo que uno se daba al otro; esa era la verdadera razón de su amistad


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