Descarga gratis 10 libros

y consigue premios y promociones exclusivas

Regístrate

Comienza a leer

Iniciar sesión con Entreescritores

¿Has olvidado tu clave?

Crear una cuenta nueva

Libros publicados

LA DIGNIDAD DE LAS AMAPOLAS

Ranking

LA DIGNIDAD DE LAS AMAPOLAS

19-02-2016

Contemporánea novela

  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella vacía
24
  • Estrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vacia  4
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vacia  7
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llena  13

Adela, profesora de latin jubilada, no puede soportar a Noelia, la novia de su hijo, con la que se ve obligada a convivir, pero logra hacer buenas migas con Nito, el hijo de esta. Temerosa de que la recluyan en una residencia de ancianos, decide cumplir un viejo sueño: escaparse a Tívoli para visitar la quinta de Horacio. 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

I

Adela subió las escaleras con un sofoco en el pecho que no era debido al calor que hacía en la calle, sino al disgusto que llevaba encima. Cargada con las bolsas de la compra en la mano derecha, descansando la izquierda en el borde romo de la barandilla, ascendió, escalón tras escalón, alarmada por lo que acababa de saber. De poco le servía tratar de centrar sus pensamientos acariciando el suave pasamanos. Cuando entraba en el zaguán solía dedicar un pensamiento agradecido al ebanista que lo había creado así, sinuoso y elegante, una obra de arte honesto y cotidiano, pero aquel mediodía caluroso de junio no estaba de humor para abordar de buen talante los cuatro largos tramos de escalones que ascendían a su piso. Al llegar de la calle se había dirigido, como solía hacer, al buzón del correo, que contenía dos sobres. El primero venía a su nombre y ostentaba el membrete de la asociación de vecinos. No sintió siquiera la curiosidad de conocer el porqué de aquel comunicado. Rompió el sobre por la mitad sin abrirlo y lo depositó en una de las bolsas de la compra; al llegar arriba lo soltaría en el cubo de la basura. Fuera lo que fuera no le interesaba, si era una reunión no pensaba acudir, cualquiera que fuese el tema que preocupara a la vecindad, ella no tenía la intención de opinar al respecto.

Adela llevaba ya varios años haciéndose a un lado, desasiéndose de todo lo que no fuera imprescindible. No deseaba, a esas alturas de su vida, formar parte de un grupo, cualquier grupo, percibir el cálido vaho de la pertenencia. Lo que buscaba era sentirse desvinculada. Desde que se quedó viuda cultivaba el desapego como quien cultiva orquídeas, pero al parecer no siempre fue así. Antes, cuando era joven, en su tiempo (aunque ella habría dicho que aquel también era su tiempo), se unía a todo lo que le pasaba por delante. Como a muchos de su generación, le parecía inmoral no implicarse en cualquier iniciativa ciudadana que contribuyera, de cerca o de lejos, a mejorar al mundo, como una deuda genética que debía ir saldando de reunión en reunión, de cuota en cuota. De esta forma, a lo largo de su vida suscribió un amplísimo número de adherencias. Puede decirse que la mayoría de las ONG de postín acabaron en un momento u otro deslizando un carnet en su cartera o una suscripción anual en su cuenta. Después, con el paso de los años, pero con las mismas ganas, derivó hacia asuntos más espirituales, en un intento tardío e infructuoso de estar al corriente en la movida cultural. Dejando a un lado iglesias, sectas, cofradías y esclavitudes, que siempre le resultaron aborrecibles, raro era el ateneo, cine-club, sociedad filarmónica o de amigos de algo civilizado, que no hubiese tenido el privilegio de contarla entre sus miembros. Pero de eso no quedaba nada. Se había dado de baja, había dejado de asistir, los recibos fueron rechazados uno a uno. Casi a la misma velocidad con que se le acrisolaban las arterias, Adela iba soltando lastre, desatando nudos, rompiendo amarras. En parte porque sus anteriores vínculos sociales se encontraban íntimamente ligados a su difunto marido y su vida de casada, una vida que ya solo existía en sus recuerdos. En parte también porque, al jubilarse, las relaciones que orbitaban en torno al Instituto y la enseñanza se fueron deshaciendo, perdieron fuerza y sentido. Después de la primera cena de Navidad en la que comprobó que ya no estaba al tanto de las anécdotas del Centro, y que las preocupaciones o alegrías de sus anteriores compañeros, con los que tantas horas y reivindicaciones había compartido, de repente se las traían al pairo, sus lazos fueron desatándose con rapidez. Y por último, tal vez en mayor medida, porque ella no se había incorporado a las nuevas vías de comunicación. Su renuencia a dejar sus datos personales navegando por las redes sociales la había dejado al margen, detenida en un arcén de la sociedad. Ella no estaba en Facebook, no recibía tuits, no era avisada por wassap de las bodas de las hijas de sus conocidas, nadie le colgaba en Instagram fotos de sus nietos embadurnándose las narices con tarta de chocolate. Adela, posiblemente, era la única persona en toda la isla que no recibía una riada de chistes la noche de fin de año, que ignoraba lo que era un meme, y que jamás se había hecho un selfie.

A todo ello hay que sumar que, desde pequeña, Adela había sentido una especial fascinación por los héroes que dejaban de serlo; por los que, en la cúspide del poder, renunciaban a la gloria y regresaban al anonimato. Los que, como decía Fray Luis de León, huyen del mundanal ruido y siguen la escondida… etcétera. No era una lista muy extensa. Estaba Veianus, el invencible gladiador que colgó sus armas a las puertas del templo de Hércules y se retiró al campo. O Cincinato, el general que por dos veces rechazó los honores del triunfo y regresó a cuidar su finca en el Janículo. Y por supuesto, Horacio, el hombre que declinó ser secretario particular del emperador Augusto para poder escribir poesía tranquilo. No es que ella admirase la vocación guerrera, pero tampoco la objeción de conciencia. Adela estaba con los que, si no quedaba más remedio, iban a honrar a Marte pero que, sobrevivientes, elegían el hogar y no el poder. Tal vez le influyera la lectura en su etapa universitaria de Los ojos del hermano eterno, el cuento de Stefan Zweig en el que el príncipe indio Virata, cuyo nombre no está escrito en las crónicas ni consignado en los libros de los sabios, va renunciando sucesivamente al poder de las armas, a juzgar las faltas ajenas, al reconocimiento social y a la propia inactividad, para acabar, él, un príncipe, cuidando los perros del maharajá. A ella, que ni había sido famosa ni había tocado poder en la vida, le agradaba pensar que aislándose regresaba al anonimato, aun sabiendo que nunca había salido de él. Este gusto por el encanto del repliegue, con la edad la convirtió en una persona esquiva y poco sociable. A los ojos de cualquiera de las señoras de su edad, era una solitaria de tomo y lomo: no iba a misa, no asistía a los funerales, no se dejaba ver en las reuniones de la parroquia, hacía años, desde que murió su marido, que no practicaba tai-chi ni yoga. Cuando cada tarde salía a caminar (todos los días una hora, lloviera o hiciera sol), y la saludaba alguien al pasar, Adela fingía un gesto de sorpresa y saludaba a su vez muy educada, pero todo el pueblo sabía que no habría sido capaz de recordar el nombre de la persona con la que se cruzaba. No era miembro activo de la vecindad, y no estaba al corriente de nada. Si eso la llevaba a la libertad o a la depresión, ella no lo sabía. Algunos opinaban que se creía más lista que nadie porque había sido profesora de latín, gramática, y muchas cosas más, pero que sólo era una pobre misántropa, una jubilada cada vez más vieja y aburrida. Y en parte podían tener razón. Dejando a un lado a los vendedores del Mercadillo municipal, donde los sábados hacía la compra, y a la chica del Bazar Natural, que le suministraba la jalea real, el calcio para la osteoporosis y algunas bolsitas de té exótico, podría decirse que el resto de los veinte mil paisanos del grancanario municipio de Santa Brígida eran para Adela perfectos desconocidos.

Exceptuando a su exigua familia, naturalmente. Todavía le quedaba un último vínculo: el de la familia. Adela Hernández Clavijo pertenecía a una familia. Al menos no estaba tan sola, tenía afectos y ataduras de alguna manera, podría decirse. Vivía con ellos en una misma casa y eso ya era algo. Su familia estaba formada por ella, su hijo Antonio, monitor deportivo, Noelia, la novia de éste, y el hijo de doce años de ella, pero no de él, dado de alta en este mundo con el atroz nombre de Kevin Tunte, al que afortunadamente llamaban Nito. Todos residían en una vivienda amplia y luminosa situada en la última planta de una casa de sugerencias académicas a la que habían añadido un tercer piso ilegal, enclavada al borde de la carretera general, junto al Casino por un lado, un taller de motocicletas por el otro, un gimnasio debajo, y muy cerca de la empedrada cuesta que llevaba al cementerio.

Todos ellos y, además, un pájaro canario, al que Nito llamaba Billy pero cuyo verdadero nombre era Virgilio.

El segundo sobre que Adela había recogido del buzón estaba a nombre de su hijo Antonio. Pudo perfectamente no haber cedido a la curiosidad de leer el remitente, pero lo hizo. Si no, probablemente esta historia habría sido muy diferente y ella no se habría visto empujada a romper el último lazo que le quedaba y desaparecer. El caso es que la lectura del membrete le produjo una especie de vahído y tuvo que sentarse en el tercer peldaño de la escalera, y allí permaneció, reflexionando en la penumbra del zaguán, hasta que su respiración se calmó y pudo decidirse a subir, cargada con las bolsas del mercado, aquella escalera que normalmente, y ese día con mayor motivo, le arrancaba comentarios del tipo 'otra vez este dolor', 'ah qué vieja estoy', y 'uf, ya queda poco'. 

Comentarios