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Humor y amor a la carta

Humor y amor a la carta

17-11-2015

Contemporánea cuento o relato

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El autor de esta original colección de relatos está cerca de cumplir los ochenta y cinco años, pero su literatura está llena de frescura y humor, y también de afecto y compasión hacia el ser humano.

Los relatos contenidos en esta obra son desiguales no solo en extensión – algunos, minirelatos -  sino en intención y estilo; y lo que realmente les convierte a todos en miembros de de la misma familia es – como se ha apuntado – además de la  ternura y compasión humanas que los trasciende a todos , un sutil y profundo sentido del humor , inseparable de la personalidad del autor. Aparte, claro, de un estilo literario  sencillo, cuidado y eficaz. En estas pequeñas historias y enredos que aquí nos ofrece, el autor amplía si cabe, sus inagotables recursos expresivos y su capacidad de penetración psicológica en la construcción de sus personajes.

ENTREVISTAS

“Esta crisis no se arregla con cambiar alguna pieza averiada del sistema sino cambiándolo todo”

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Siempre que nos cruzamos me golpea amistosamente el brazo y sonriéndome con gran simpatía me lanza su habitual saludo: “¡Aúpa Mariano..!” Y yo, procurando estar a la altura de su afectuosidad le correspondo con un montón de palabras a ver si así no se da cuenta de que desconozco su nombre de pila: “Hasta luego.., hasta luego majo, que te vaya bien…”, poniendo además una especial vibración en mi voz…

Pero el verdadero problema no es éste. El verdadero problema es que yo no me llamo Mariano. Así es que, ni él conoce mi nombre ni yo el suyo. Por lo que al mío se refiere me faltaron reflejos para aclarárselo la primera vez que me llamó Mariano, y ahora, después de tantas veces repitiéndolo, lo que me falta es valor para sacarle tan bruscamente de su error porque pienso que podría sentirse algo ridículo, sobre todo habiendo otros delante… Y además, porque a estas alturas de la historia quizás fuera yo quien quedara en peor lugar de los dos, al haberme convertido en cómplice consciente y reincidente de su propio error…

Así que siempre decido esperar la ocasión propicia de aclarárselo sin perder, mientras tanto, la esperanza en otras posibilidades, como que dejemos de coincidir en la calle, o cambiemos nuestros horarios, o que al fin se encuentre con el verdadero Mariano, si es que existe; hasta he llegado a imaginar como solución –y que Dios me perdone- que al acercarme un día a leer las habituales esquelas colgadas en la puerta de la parroquia le identifique en alguna por la pequeña fotografía de carnet que suelen llevar impresa… Al menos  me habría enterado, al fin, de su nombre aunque ya de poco sirviese.

Últimamente se me ocurrió una fórmula, - creo yo que bastante ingeniosa - para lograr que no me volviese a llamar con un nombre que no era el mío. Cuando se presentase la ocasión, suavemente y con mi mejor sonrisa le diría: “siempre estoy para decírtelo y como nos vemos tan fugazmente no he encontrado el momento..; simplemente que yo no me llamo Mariano, que Mariano es mi hermano y me confundes con él…” Pienso que al implicar a mi propio hermano en su error, su sensación de ridículo quedaría muy amortiguada porque, al fin y al cabo, todo quedaba en casa… Y seguramente me enteraría también de forma espontánea, de su propio nombre.

   Y se presentó, al fin, la ocasión. Estaba yo con unos conocidos en la barra del bar cuando apareció él y acercándose sonriente al grupo, al que por lo visto también conocía, empezó a impartir saludos, y al llegar a mí dijo, muy jacarandoso: “¡Hombre Mariano, no sabía que tú alternabas con esta gentuza…”, expresión bromista que suele ser habitual en las tabernas…

   - Y tú, ¿porqué llamas a éste Mariano, si se llama Ricardo..?, le interpeló  uno de los amigos.

Entonces yo, antes de que saliera de su desconcierto y comenzara a elaborar una penosa respuesta, corté por lo sano: “Me llamas Mariano confundiéndome con mi hermano…” Y de acuerdo con mis previsiones y agarrándose al salvavidas que le acababa de lanzar, empezó a preguntarme por él, que qué era de su vida, que no le había visto desde la reválida.., y yo a contestarle que no vivía aquí, que llevaba muchos años en Argentina, que tenía una casa en Andalucía a la que de cuando en cuando venía…

Tomamos la cerveza, salimos a la calle y nos despedimos. Me sentía un poco confuso: por una parte –qué duda cabe- había acabado con mi larga y estúpida preocupación de que no me llamara por mi nombre; pero por otra, el truco utilizado me parecía desproporcionado y casi abrumador habida cuenta de que yo no tengo ningún hermano..; con lo cual, mi problema podría incluso haberse agravado…

Al cabo de unos días volví a coincidir en la calle con él, y al cruzarnos me dijo con su jovialidad de siempre: “Adiós tú, que te vaya bien., como ves, ya no te llamo Mariano…”, demostrando inequívocamente con su complicado saludo que seguía sin conocer mi verdadero nombre, ni, por supuesto, yo el suyo...


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