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Ariadna

Ariadna

17-02-2013

Contemporánea novela

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Ariadna vive su pequeña vida e manera rutinaria y tranquila. Tiene su trabajo en la floristería, tiene su restringido círculo de amistades, en el que destaca Antonio por encima de todo, tiene su música y tiene los recuerdos de un amor que tal vez nunca fue real del todo. También tiene la sombra del pasado cubriéndolo todo, desde su actual día a día hasta su manera de entender el placer. A través de su diario, a través de los aconteceres de un año particularmente intenso de su vida, conoceremos su manera de entender el mundo, las luces y las sombras que, como todos, se debaten en su interior.

 

ENTREVISTAS:

RESEÑAS:

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

 

ser agua, fuente que mana

o la huella de cualquier paso

pero soy carne… soy apenas nada

 

El salón estaba lleno de la música de Glenn Miller. Antonio levantó la vista del autodefinido con su sonrisa de medio lado para mirar a Ariadna. Los ojos castaños, claros, transparentes de la muchacha le miraban con ese franco descaro que, él lo sabía, significaba todo lo contrario, una vergüenza tal que le hacía imposible incluso apartar la mirada. A pesar de ser su más íntimo amigo desde hacía tanto tiempo, aún ella a veces sentía ese reparo a contarle ciertas cosas que, a ojos del resto del mundo pudieran parecer absurdas o idiotas.

-Sí, esta mañana.

Cierto. A pesar del calor que había caído sobre la ciudad las semanas anteriores, o quizá a causa mismo de ese calor, el día había amanecido en mitad de una fuerte tormenta. Una tormenta de principios de verano con rayos, truenos, viento caliente y fuerte y una lluvia cabreada y fría. Ahora, mientras la tarde caía por detrás de las nubes que aún persistían en el cielo, ya no llovía, el viento se había calmado. Del aire colgaba el olor especial y diáfano que deja tras de sí un aguacero de esa envergadura.

-Obvio. No todo el mundo está tan loco como tú.

-“Puede ser creciente” –leyó-. Un cuarto.

-¿Y para qué bajaste a la playa? –preguntó, aunque casi no le hacía falta. La conocía tan bien que intuyó la respuesta antes de escucharla. Desde que llegara hacía dos años al edificio, Antonio había sido la única persona a la que Ariadna podía llamar amigo con todas las consecuencias y niveles profundos que la palabra acarreaba. También ella se había convertido en la persona más importante en estos momentos para él. Setenta y cinco años, viudo, nunca tuvo hijos. Apenas se comunicaba más de lo estrictamente necesario con el resto de vecinos. Ariadna, el alivio de soledad que ella le daba, y la comprensión y el brazo amigo en que apoyarse que él le ofrecía, habían cambiado su perspectiva de una vida en soledad y ya no demasiado larga como la llegada del amanecer cambia la noche por el día.

Antonio apuntó la d, la v, la i y la s para terminar de formar la palabra divisar en las casillas que indicaba la definición de “ver a lo lejos”. Luego bajó el pasatiempo y la miró con curiosidad.

-El agua me golpeaba con fuerza. Sentí que podía ser capaz de disolverme. De golpearme y golpearme hasta deshacerme sobre las piedras de la playa.

-Y me hubiera gustado –dijo sin mirarle todavía, haciendo espirales con el dedo índice de su zurda sobre la tela rosa del cojín del sofá-. Deseé que fuera posible eso. Disolverme con la lluvia hasta no ser más que átomos. Que luego llegara una ola y me arrastrara hacia el mar. Que las mareas y el oleaje me diseminaran por todas partes. Llegar en forma de partículas a todos los rincones del mundo. Creo que lloré al imaginármelo.

-Serías una Ariadna global.

-Sí.

-Gracias por contármelo. Puedes no creerme si quieres, pero te prometo que con tus sueños e imaginaciones me haces volar. Me haces pensar de una forma diferente, y eso me gusta.

-Vale –dijo Antonio-. Sólo nos queda una. “Mensaje desde las atalayas”. Ocho letras. Tenemos cuatro: una l, una e y una n, y una a al final. Venga, es fácil. ¿La conoces?

-Almenara. Una de las palabras más hermosas que existen.

Dicho lo cual, después de rellenar los espacios, Antonio dejó sobre la mesa el autodefinido, se quitó las gafas y las guardó en su funda. Luego miró por la ventana. La tarde languidecía por momentos. Eran las nueve y veinte. A través de los altavoces del equipo de música, la orquesta le contaba a quien estuviera a la escucha que tenían una chica en Kalamazoo, dondequiera Dios que estuviera eso.

-Mucha hambre no tengo.

-De acuerdo. Uno de paté y otro de mortadela con mayonesa.

La amistad profunda que sentían el uno por el otro comenzó sin hechos reseñables dignos de mención. El encuentro tuvo lugar en el portal, un día y un momento en que ella entraba y Antonio salía a hacer la compra. Se saludaron, hablaron poco y sin palabras importantes. La amistad no surgió, sino que pareció recordarse a sí misma, como si ya hubieran sido amigos inseparables durante años y de nuevo volvieran a pisar camino ya hollado. Él, al despedirse en ese primer encuentro la invitó a pasarse por su piso, dos plantas por debajo de la de Ariadna, a tomar algo, a charlar un poquillo, ya sabes, a hacernos compañía sin más pretensiones. Ella se sonrojó, quizá por el tono cómicamente zalamero que él utilizó, y le prometió que lo haría.

Antonio era viudo desde hacía casi diez años. Su única familia, aparte del hermano con el que casi nunca hablaba, habitante de las regiones orientales de Valencia, había sido hasta el momento de su fallecimiento su esposa, Claudia. Y tras ella, sólo su recuerdo. Ahora tenía a Ariadna y, estaba completamente seguro al respecto, lo mismo le ocurría a ella. Era viuda de la vida normal que cualquier muchacha de veintiún años hubiera podido disfrutar. Estaba tan sola como él. Se complementaban como dos piezas inmediatas de un puzzle.

 

El nuevo día estaba por llegar a su hora tercera. Ariadna tenía los ojos cerrados, la atención concentrada en la música que la aislaba del mundo. Había habido lluvias, una tormenta fabulosa que la hizo bajar a la playa casi a la carrera. Pero no en vano se terminaba junio por momentos, y la temperatura de la noche no bajaría seguramente de veintipico grados. Vestía nada más que el pequeño pantalón y la casi sutil blusa del pijama. Una brisa suave y cálida acariciaba de vez en cuando su rostro. Más allá del edificio sobre el que permanecía tendida, no había mucho más. La ciudad terminaba más o menos por allí, y frente a ella, si tuviera abierto los ojos, no vería más que la oscuridad profunda que ni la luz de la luna, oculta tras la capa de nubes, iluminaba del enorme descampado que llegaba hasta la autopista invisible a no ser por el resplandor enfermizo y anaranjado de las farolas que la alumbraban. Pronto ese terreno se convertiría en un nuevo barrio de la ciudad, que parecía pretender seguir creciendo como un cáncer que se extiende de célula a célula hasta contaminar todo el espacio posible. Pero de momento, estaba oscuro allí, estaba oscuro por todas partes; la luz malsana y artificial que iluminaba la calle allí abajo apenas molestaba allí arriba. Hacía sólo un par de horas que había dejado a Antonio, que empezaba a dar cabezadas. Ella no podría conciliar el sueño hasta pasadas las cuatro o las cinco. No dormía mucho. Hacía muchos años que no dormía demasiado, pero su cuerpo y su mente se habían hecho a ello, y con las pocas horas de sueño que alcanzase a disfrutar hasta que el despertador sonara a las ocho le bastaba. Aunque a la mañana siguiente el infame aparatejo no sonaría; era domingo y no habría que tratar de inundar el mundo de la luz, el color y el aroma de las flores.

Al suelo de la azotea. Golpeó al caer el reproductor de mp3, que rebotó fuera de su alcance con un gesto de fastidio. Gimió. Alzó la mano derecha hasta tenerla frente al rostro y observó entre lágrimas los dedos pringados de sangre. Cerró los ojos y se quedó inmóvil durante un tiempo, esperando a que las palpitaciones de su entrepierna no estuvieran saturadas de esos picos dolorosos que la hacían encogerse. Esperó en posición fetal un tiempo que no pudo ni supo determinar. Caídos de sus oídos, los auriculares trataban de hacerle llegar la melodía de Gone with the wind. Cuando el dolor menguó, y caminando como un pato sin mucha idea de cómo andar, bajó hasta casa. Se lavó y curó lo mejor que pudo. Miró con lástima las bragas y los pantaloncitos del pijama, que habían quedado para el arrastre. Hizo un ovillo con las prendas y las enterró en la bolsa de la basura. Una vez que reparó todo lo que pudo el desastre de allí abajo (el betadine le hizo silbar entre dientes), se puso unas bragas nuevas y así se tumbó sobre las sábanas en la cama, sintiendo aún pulsos lejanos y sordos de un dolor aceptable, que no le permitían juntar las piernas.

 

 

 

 

 

<p class="\\\\&quot;western\\\\&quot;" style="\\\\&quot;text-indent:" 0.75cm;="" margin-bottom:="" 0cm;="" line-height:="" 150%;="" widows:="" 0;="" orphans:="" 0\\\\"="" align="\\\\&quot;JUSTIFY\\\\&quot;"> Entraba a través de la ventana la luz de las farolas, descompuesta sobre el techo en pequeños fragmentos por la persiana a medias bajada. Boca arriba y con los brazos bajo la almohada, observó estos pequeños trozos de luz hasta quedarse dormida, con el rostro serio, como de porcelana, agradablemente distendido por la sombra de una sonrisa escondida tras las comisuras de los labios cerrados.

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