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UN PAYASO DE NOVELA: La vuelta de Horacio Oliveira

UN PAYASO DE NOVELA: La vuelta de Horacio Oliveira

12-10-2014

Ciencia ficción/fantástica novela

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Un lector más se ha activado y debe relatar los últimos días de Horacio Oliveira, personaje central de Rayuela. Llamado por su admiración a Julio Cortázar, Martín Perisset retoma a este personaje y lo encuentra ya viejo, convertido en el payaso del circo de los Ferraguto. Hacen un pacto y comienza un nuevo juego.

 Algunos podrán opinar que es un homenaje, sobre todo porque se están cumpliendo 100 años del natalicio del gran escritor. Otros que esta idea de retomar personajes literarios ajenos no es para nada novedosa y que después de Joyce y Borges cualquier nuevo intento es en vano.

Pero Perisset, ante unos y otros, justificará su aventura literaria, falta de respeto o como quieran llamarla con palabras del mismísimo Morelli (álter ego de Cortázar):

«¿Para qué sirve un escritor si no para destruir la literatura?»

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Día 22 a.P.

 

1

Ferraguto (hijo) bajó la vista hasta sus papeles de trabajo y se olvidó del hombre que de chico lo hizo llorar de risa. Con ese gesto, le devolvió sólo una parte de todo lo que había recibido. Lo hizo llorar.

Oliveira giró sobre sus talones y salió de la oficina con pasos cortitos y arrastrados. Al cerrar la puerta murmuró:

–No has entendido nada, hijo.

La crisis fue la excusa.

 

2

–Empresario: dícese del hombre que destruye un jardín para levantar una gran fábrica que le permita obtener el suficiente poder económico como para hacerse edificar una mansión con un amplio jardín –dijo el Descreído, casi sin aliento.

–Lo verde desaparece. El gris enceguece. Esto pasa, hijitos míos, tanto en la naturaleza como en la vida –manifestó en homilía el Obispo.

–¡Ausente sin aviso! –gritó la Desdichada desde el baño, entreabriendo la puerta.

 

3

La crisis fue la excusa. Pero él sabía que lo consideraban viejo, que tenían miedo de que sufriera un accidente y que, además, a los chicos ya no les interesan los payasos que se dan patadas en el culo y cachetadas aparatosas. «La computadora –dijo Ferraguto (h)–, es el gran circo».

–¿Es así? No creo. A veces pienso cómo serían mis hijos (si los tuviera). Creo que serían iguales a estos –no se hacía ilusiones– pero con un toque de pintura en la cara... –le decía Oliveira a una botella de gin intacta. No se atrevía a destaparla, no se decidía. Fue hasta el baño, orinó y regresó mirándose las manos que seguramente abrirían la botella. Como el avestruz que esconde la cabeza para no ver, las ocultó detrás de su espalda. Regresó al baño y se las lavó. Volvió y encendió la radio. El locutor anunció con grandes evocaciones y elogios a Charlie Parker, acompañado en esa ocasión por Dizzy Gillespie, Miles Davis y Max Roach, no menos alabados. La música brotó del receptor, sentimental, sincera, humilde, fritándose a fuego lento. Oliveira se autohipnotizó. Creyó que pensando en otra cosa olvidaría la botella. Por supuesto que eso es imposible. Intentar no pensar en algo equivale a calzárselo, a meterlo bajo la piel y librarlo a los impulsos del deseo.

 

4

Cuando el hombre logró enderezar su columna y obtuvo la verticalidad, la ciencia, después de estudiar mucho, lo llamó Homo Erectus. Y así fue hasta que, sobre esas dos patas primero (piernas después), armó un mundo de conocimientos inútiles. Cuando descubrió dicha inutilidad, el más grande de los hombres dijo: «Sólo sé que no sé nada». En ese instante, llegamos a la cúspide del Homo Sapiens (sapiente, sabedor, inteligente). En estos tiempos, la ciencia ha detenido las definiciones. Nosotros, los payasos, no tanto. Al hombre de hoy lo llamo Homo Economicus (aunque nada sabe de economía), en consonancia con su afán de perseguir dinero. Algunos lo alcanzan. Otros no. Lo cierto es que aquellos que logran completar su fase y conseguir el dinero suficiente se creen que se las saben todas; involucionan así, hasta el Homo Erectus (el que lea entienda).

 

5

La habitación era tan reducida que ya no quedaba nada por acomodar, encender o hacer, excepto… la botella. Miró por última vez a su alrededor en busca de una salida: el anafe, una canilla y un balde debajo, el baño, un ropero pequeño, la cama y la puerta ya cerrada con llave. Todos sus bienes materiales. ¡Ah! Y también la botella acostada sobre la almohada.

Apagó la luz y se las arregló con la claridad que ingresaba por la ventana. Con los ojos cerrados, rezó un Padre Nuestro y dos Ave María. Luego se despintó la cara. Un payaso nunca debe beber, él es un ejemplo para los niños. Un hombre que hace de payaso a veces comete algunos excesos.


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