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Un fantasma inquieto

Un fantasma inquieto

25-06-2020

Ciencia ficción/fantástica novela

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Cuenta una vieja leyenda no escrita, que cuando tu tumba desaparece, cuando el recuerdo de tu existencia es borrado de las mentes de las personas. Cuando no queda nadie que se acuerde de tu existencia, entonces te conviertes en fantasma.

En determinadas zonas de nuestra geografía, la presencia de fantasmas o espíritus es una creencia tan arraigada que, de alguna manera, ha dejado de formar parte del mundo misterioso o esotérico y es un elemento más de la vida cotidiana. Es lo que en literatura o en el arte se dio en llamar realismo mágico

Con un estilo llano y sencillo, muy acorde con lo que quiere transmitir, prima la narración sobre el diálogo

con una gran dosis de humor
Así es como consigue atrapar al lector y hacerlo suyo, participando de sus andanzas y pendiente de sus peripecias, con toda la inocencia del mundo y una audacia que raya en la inconsciencia. Breixo nos cae bien, es simpático y buena gente, fantasma o no, como lo fuera en vida. Y se le coge cariño, un gran logro para un escritor, cuyo personaje trascenderá más allá de las páginas de este libro.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

1.-Marta

 

 

 

 

En una aldea de Galicia, de cuyo nombre no quiero acordarme, nació hace ya unos años, "Breixo da Martiña". Su madre, Marta, llegó escapando de su pueblo natal. Un pueblo de la provincia de Ourense casi rozando con la frontera portuguesa. Su error: Haberse quedado preñada de un joven del mismo pueblo. Aunque sus pretensiones eran las de contraer matrimonio, el joven falleció durante la Guerra Civil, cuando Marta estaba de pocas semanas.

         En aquellos tiempos y en una aldea de Galicia, ser madre soltera era el peor insulto para una familia y, como nadie conocía su estado, un buen día, cogió las pocas pertenencias que tenía y se marchó lo más lejos que pudo, que tampoco lo fue tanto. Terminó en una aldea cerca del mar en la provincia de La Coruña.

         En esta aldea, nadie se preguntó de dónde venía aquella joven de singular belleza. Ni quién era, ni de donde procedía. Nadie supo nunca sus apellidos, simplemente era conocida como Martiña.

Se dedicó a trabajar a jornal en las fincas de los vecinos, a veces por unas monedas, aunque la mayor parte de su trabajo era remunerado en especies. Si ayudaba en la matanza del cerdo se llevaba un buen trozo de tocino o una pieza de lomo. Si trabajaba en la vendimia le pagaban con uvas y vino y si era en la cosecha de patatas, se llevaba a casa un saco de las mismas. Pronto se creó una buena reputación y nunca le faltaron trabajo y comida. Vivía sola en una barraca de barro y paja, que arrendó a uno de los vecinos a cambio de su trabajo, y que ella misma mantenía y reparaba en el tiempo que tenía libre, cuando el embarazo se lo permitía. A pesar de ser una choza, más que una vivienda, estaba siempre limpia y bien cuidada.

         Breixo nació tonto, vivió tonto y murió tonto. Eso era lo que pensaban los vecinos de la aldea... pero estaban muy equivocados.

         No era tonto, quizás de pensamiento lento. De pocas palabras, solo abría la boca cuando era necesario y no hablaba por hablar. Le gustaba la naturaleza y pasaba la mayor parte del tiempo en el monte, saltando barrancos, corriendo por las fincas y jugando con el agua de los regatos. Seguramente su nacimiento tuvo algo que ver con su amor por la naturaleza.

Nació en el monte, a finales del verano. Su madre estaba recogiendo tojos, cuando comenzaron las contracciones. Debería nacer quince días más tarde, pero parece ser que Breixo tenía prisa por salir. Tanta prisa que, cuando su madre rompió aguas, mientras corría monte abajo hasta el camino, tuvo que apretar las piernas porque el niño salía solo. Así nació Breixo, en la cuneta de un camino, entre un regato de aguas cantarinas y al borde de un bosque donde los eucaliptos y los pinos se balanceaban al son del viento, arrullando con sus sonidos al recién nacido.

         La suerte quiso que, a los pocos minutos, pasase por el camino un vecino con un carro de bueyes cargado de hierba. Este fue el primer viaje de Breixo, envuelto en un chal de su madre, rodeado de la hierba recién segada, con la humedad del rocío aun pegada. Con ese olor característico de la tierra húmeda, la simiente y la frescura de la hierba recién cortada.

Fue poco tiempo a la escuela. En verano no había y los inviernos eran tan duros, que su madre no lo dejaba recorrer el largo camino hasta el colegio. Los pocos días que asistió, se pasó la mitad de la clase de rodillas de cara a la pared. Al maestro le importaban bien poco las razones de su falta de asistencia y lo castigaba la mayor parte de las veces. Su madre le enseñó a escribir, a leer, y las reglas matemáticas básicas. Aunque leía con lentitud y escribía aún más lentamente, era un logro que tuviese esos mínimos estudios en una aldea donde todos eran analfabetos.

Lo que si sabía era de plantas: Cuando plantarlas, cuando recogerlas, como hacer injertos y mezclas de distintas especies. Conocía cada árbol del bosque, cada matorral, cada piedra, cada escondite. Sabía dónde esconderse, donde beber agua fresca y donde recoger las mejores piezas de fruta. Sabía de cuevas, de nacientes de agua y de regatos.

Una de las cosas que más le gustaba era pasarse horas y horas en un viejo molino abandonado, poco a poco lo hizo funcionar. Aunque no molía nada, disfrutaba viendo girar las enormes ruedas de piedra, una contra la otra, con aquel sonido semejante al masticar de enormes mandíbulas.

Con diez años, no conocía nada de la escuela, pero mucho de la naturaleza y con diez años, la vida de Breixo sufrió un duro cambio, cuando su madre, por culpa de un cáncer de ovarios, comenzó el camino hacia la muerte. En solo seis meses, pasó de ser una mujer fuerte a ser un esqueleto andante. Poco a poco se fue apagando hasta morir.

En la pequeña aldea de poco más de cuatrocientos habitantes, surgió un pequeño dilema: ¿Qué hacer con el pequeño Breixo?

El alcalde, don José, charlaba con el maestro y el médico, entre tazas de vino tinto, en la taberna de Ramiro, ¿Que se podía hacer con el crío?: Si se entregaba a las autoridades, seguramente acabaría en un orfanato que, en tiempos de posguerra, no era lo más recomendable. Además, desconocían el pasado de la criatura, ni siquiera sabían su procedencia, su madre había fallecido sin decir nunca de donde era, ni quien era su familia, ni siquiera sabían si tenía alguna. Aun así, le tenían aprecio como para denunciarlo a las autoridades y que se lo llevaran a un hospicio.

Laureano, el aguardentero, que estaba escuchando la conversación, se acercó con la boina en la mano y propuso una solución:

–Señor alcalde –comenzó Laureano–. La madre de Breixo, estaba trabajando en mi casa, por horas. Venía tres veces por semana a limpiar y solía cocinar de cuando en cuando. La conocía muy bien y era una mujer muy querida, trabajadora y respetada, al igual que el niño, que su madre traía siempre que venía a casa. Mi propuesta, si están ustedes de acuerdo, es que el crío se quede a mi cargo, puedo procurarle cama y comida y enseñarle el oficio, pronto cumpliré los sesenta años y como bien saben ustedes, no tengo familia viva, a excepción de un primo que se fue para la Argentina hace más de 30 años y del que no tengo noticias. Si ustedes pueden arreglarlo, por mí no hay problema alguno.

A pesar de las reticencias del maestro, tanto al médico como al alcalde, les pareció bien la solución propuesta por Laureano. El médico, que tenía buenos contactos con alguno de los miembros del régimen, se comprometió a "arreglar" los papeles para que todo fuera legal.

Así, Breixo da Martiña, pasó a llamarse Breixo Fernández.

La vida con Laureano no era mala, Vivían en una casa de piedra rústica, de una sola planta, con un único dormitorio y una cocina con piso de tablones de madera y una enorme bodega con el suelo de tierra pisada, donde se elaboraba el aguardiente. El baño consistía en un retrete en el exterior: Una chabola de madera donde había un asiento, también de madera, con un hueco por donde se hacían las necesidades, que caían en un agujero. Al lado, un cubo de cal y una pequeña pala para arrojar encima de las deposiciones. Como papel higiénico, unas hojas de periódico, pinchadas en un clavo en la pared.

Las labores de Breixo eran sencillas. Mantener la casa limpia, ordeñar la vaca todos los días, dar de comer a las gallinas y recoger los huevos que ponían diariamente. De la cocina se encargaba Laureano, no cocinaba muchas veces ya que, casi siempre, se incluía la manutención en el pago por la elaboración de los licores. En invierno solía hacer un cocido todos los domingos, en la "lareira" de la cocina: un triángulo de hierro con tres patas que se ponía directamente al fuego. El cocido era abundante y comían sus sobras durante varios días.

A finales de la primavera, desmontaban el alambique donde se elaboraba el aguardiente y lo cargaban en un carro de bueyes, alquilado a un vecino para la ocasión. Se marchaban a otra aldea y durante una o dos semanas, lo montaban en la bodega de algún vecino de esa localidad y elaboraban orujo para toda la comunidad y así, de pueblo en pueblo, se pasaban parte del verano.

Poco a poco, Breixo aprendió la labor del aguardentero. El alambique que usaban, era de cobre y la caldera era de un tamaño de unos dos metros de diámetro. En la caldera se introducía el bagazo, procedente de la vendimia, y el vino avinagrado o picado de la cosecha anterior. Esta se ponía al fuego y, al evaporarse, el alcohol pasaba por el capitel y el cuello de cisne, que no es más que la tapa de la caldera y una tubería que sale de esta. Este vapor llega a la zona de refrigeración: Un bidón lleno de agua por donde circula un serpentín, también de cobre, que enfría el vapor y lo convierte de nuevo en líquido, con todo su contenido alcohólico. Este es el orujo típico incoloro y de fuerte contenido en alcohol. También se hacía aguardiente de hierbas y para ello mezclaban en la caldera, junto con el bagazo, hierbas aromáticas. Este licor es de un color amarillo y se suele hacer al gusto del cliente: con anís o si él, con azúcar o con distintas hierbas. También elaboraban licor café a partir del orujo original al que se le añadía café y azúcar. Y aguardiente tostado añadiéndole caramelo.

También se encargó de la reparación de una bicicleta que Laureano tenía abandonada detrás del retrete. Poco a poco y con la ayuda de algún vecino, sobre todo de Andrés Manquiña que, en sus años mozos, fue un mecánico de prestigio hasta que la artrosis le impidió trabajar. Consiguió que aquella máquina funcionase decentemente. La usaba para desplazarse, sobre todo en las calurosas tardes de verano, en las que iba hasta la playa de Carnota a darse un baño.

La primera vez que pisó la playa, lo hizo de la mano de Laureano y quedó asombrado de ver tanta belleza, estaba atardeciendo y el Sol se reflejaba sobre el mar, con unos colores vivos y destellantes: naranjas, dorados, rojos, una enorme variedad de tonalidades que cambiaban al ritmo de las olas. El agua fría del Atlántico filtrándose por los dedos de los pies, la suave brisa cargada de olores marinos. Quedó enamorado del mar y siempre que tenía ocasión bajaba hasta la playa.

Allí conoció a Inés, hija de Ramiro el tabernero y con la que hizo amistad. Cuando coincidían en la playa, que eran muchas veces, solían bañarse juntos y pelear en la arena. Inés era poco femenina, con siete hermanos varones, era la única mujer de la familia al fallecer su madre, pero su carácter no era el de las típicas mujeres de la aldea que se quedaban en la casa preparando la comida y atendiendo a la familia. No. Ella era todo lo contrario, a pesar de ser la menor, sus hermanos evitaban el enfrentamiento porque sabían que llevaban las de perder.

A la única persona a la que concedía algún privilegio, y que escuchaba de manera atenta y encandilada, era a Breixo. A su manera que, no era nada romántica, estaba enamorada de él. A los 17 años descubrieron los placeres del sexo entre las rocas de la playa. Se conocían desde niños y solían bañarse en ropa interior: Él en calzoncillos y ella en bragas. Cuando era niña no se ponía el sujetador porque no tenía nada que sujetar y cuando le comenzaron a crecer los pechos lo hicieron tan despacio y con la costumbre de bañarse con Breixo, sin nada que los sujetase, que siguió haciéndolo aun cuando estos eran más evidentes.

Una tarde, al salir del agua, se dio cuenta que Breixo tenía una erección y entre juegos comenzó a querer cogerle el pene y empezó a notar una sensación placentera entre las piernas, y entre juegos y bromas, acabaron haciendo el amor entre las rocas.

Lo hicieron otras muchas veces y Laureano que, aunque borracho, no tenía nada de tonto, le suministraba todos los meses un paquetito de preservativos, que compraba en la botica, a pesar de las bromas que esto le acarreaba entre los parroquianos.

–Que Laureano, Ahora de viejo... pendejo. Para qué coño quieres las gomas si no tienes donde ponerlas...

Laureano reía por lo bajo las burlas. Sobre todo, las de Ramiro, el tabernero, que solía ser el más sarcástico.

 

 

Al poco tiempo de establecerse con Laureano, Breixo comenzó a llamarle abuelo. Laureano le decía que, si la gente pensaba que era su abuelo verdadero, tendría menos problemas con la comunidad. En parte así fue, con el paso de los años, la gente de la aldea y de pueblos de los alrededores, consideraba a Laureano el abuelo del crío, y aunque muchos sabían que no era así, no hacían preguntas ni les importaba en absoluto, cada cual tenía sus propios problemas como para preocuparse del parentesco entre ellos.

 

Laureano tenía un problema que se acentuó con el paso del tiempo. Le gustaba demasiado el orujo y como tenía existencias de sobra, se pasaba la mayor parte del tiempo dormitando entre tragos de aguardiente.

El proceso de fabricación era muy lento: El orujo caía en un hilillo líquido, muy fino, desde el refrigerador a un cubo y se necesitaban varias horas para llenarlo. Casi siempre estaba presente en la elaboración, que se hacía de manera constante tanto de día como de noche, un miembro de la familia que encargaba el aguardiente. No era por desconfianza, era más por tradición y por compañía. Por lo tanto, Laureano estaba siempre acompañado por alguien del pueblo, durante muchas horas, a veces más de una persona compartían la compañía de Laureano mientras este elaboraba el orujo. Jugando a las cartas o simplemente charlando. Breixo disponía de mucho tiempo libre, no hacía falta su presencia en la elaboración del producto, ya conocía el proceso y si algún problema surgía: Si se interrumpía el flujo de orujo o se quedaba sin llama la hoguera, siempre había un parroquiano que solucionaba el problema o despertaba a Laureano que dormitaba la borrachera para que lo hiciese.


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