Descarga gratis 10 libros

y consigue premios y promociones exclusivas

Regístrate

Comienza a leer

Iniciar sesión con Entreescritores

¿Has olvidado tu clave?

Crear una cuenta nueva

Libros publicados

Operación Fólkvangr

Operación Fólkvangr

12-07-2014

Ciencia ficción/fantástica cuento o relato

  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella llena
  • Estrella vacía
32
  • Estrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  0
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vaciaEstrella vacia  1
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vaciaEstrella vacia  4
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella vacia  7
  • Estrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llenaEstrella llena  20

Ver book trailer

Toda historia tiene un inicio. Corre el año 2053. Cuando se verifica que el robo de información de una computadora cuántica se ha realizado mediante el empleo de un método que implica unas leyes físicas imposibles, la GSA (Global Security Agency) solicita los servicios de Vasyl Pavlov, un agente acostumbrado a gestionar misiones que nadie quiere llevar a cabo.

A Pavlov le asignan un sistema integrado de inteligencia artificial basado en computación cuántica de sexta generación, más conocido como Sandra. Lo que Pavlov y Sandra descubran, será clave para el futuro de la humanidad como especie.

Operación Fólkvangr es el preludio independiente de la trilogía de La leyenda de Darwan. En este relato se explican muchos de los aspectos que luego dan origen a la serie ambientada cuatro mil millones de años en el futuro. Es un libro completamente independiente de la trilogía, y, de hecho, puede leerse antes o después de la misma si se desea.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Enciclopedia Global: computadoras cuánticas.

Las computadoras cuánticas son un instrumento para el proceso de datos, cálculo de algoritmos, y generación de resultados a partir de unas condiciones anteriores previamente determinadas o, en las últimas versiones, indeterminadas. Permiten estructurar procedimientos para resolver todo tipo de problemas con márgenes finitos y dentro de una envolvente propia de los límites impuestos por las reglas de la mecánica cuántica.

El desarrollo de este tipo de instrumentos suele venir acompañado de un crecimiento exponencial de la potencia, y permite gestionar y resolver problemas de muy diversa índole, que con computadoras tradicionales basadas en física de estado sólido no son posibles. Por ejemplo, el desarrollo de moléculas complejas para la lucha contra enfermedades, o cálculos para predecir modelos atmosféricos y climatológicos con un alto grado de precisión dentro de modelos basados en física del caos, entre otros muchos.

Probablemente, la entidad con las computadoras más potentes sea la GSA (Global Security Agency), que gestiona la seguridad a escala planetaria. Pero poco o nada se sabe de este organismo internacional por razones obvias.

Las computadoras cuánticas son el máximo exponente del cálculo dentro del desarrollo de sistemas basados en espacios tridimensionales. Para tareas y operaciones más complejas se sabe que deberá desarrollarse un nuevo concepto de computadoras, que actualmente se conocen como computadoras no determinadas n-dimensionales desarrolladas bajo los principios de los espacios de Hilbert.

Última modificación: 12-07-2053.

 

“Churchill dijo que, para matar a alguien, no cuesta nada ser amable. Yo sigo esa máxima; siempre garantizo a mis víctimas una muerte cómoda, agradable, y respetuosa con los derechos humanos” (Vasyl Pavlov).

“Que un androide con aspecto sexy pueda engañar a los hombres mediante técnicas sexuales básicas, y conseguir de ellos lo que quiera, dice mucho de la inteligencia de los mismos” (Sandra).

 

Una buena chica.

Sandra se levantó de la cama. Se acercó al espejo, y se sentó delante del tocador para peinarse. Estaba desnuda, y su rostro y pecho se reflejaban en el cristal, justo a la vista de Arthur Stevenson, uno de los más reputados traficantes de armas del país. Ella le había conseguido armamento militar durante el último año. Armamento limpio, muy moderno, sin sistemas de seguimiento, sin trucos, que desviaba de diversas partidas desde las empresas fabricantes a los destinos finales en el ejército. Una parte de esas armas nunca llegaban a su destino. Sandra modificaba los albaranes de entrega, y el emisor de las armas cobraba un buen sueldo extra por mantener el silencio.

- Eres increíble – dijo Arthur. – Eres demasiado perfecta para ser real. Demasiado bella. Demasiado inteligente.

- Me parece que no estás aquí conmigo ahora por mi inteligencia y por mi cerebro – afirmó Sandra. – Creo que es otra zona de mí la que te motiva.

- No, nena, no digas eso. Me gustan las mujeres inteligentes. Y tú lo eres. Y contigo he hecho los mejores negocios. ¿Qué más se puede pedir?

- ¿Que pienses en mí para algo más que para esto? Yo no hago esto sólo por dinero, Arthur. Lo hago porque te quiero. Y, francamente, estoy cansada de repetírtelo.

- Vamos, sabes que estoy casado. Y tengo una imagen que mantener. Como fiscal del distrito, mi imagen ha de ser intachable. Esto de las armas, además, es… Un  pasatiempo. Me permite ganar algo de dinero para algunos caprichos. – Sandra se giró de la silla, y le miró unos instantes antes de contestar.

- Creo que esto es para algo más que para unos caprichos, Arthur ¿no crees? Son unos beneficios que se acercan a las ocho cifras al año. Personalmente me parece que se puede considerar algo más que un pasatiempo.

- Lo que más me duele es saber que te acuestas con el imbécil ese, ese tal Forrester. Tendría que ser suficiente para él la maleta que le damos mensualmente.  – Sandra sonrió.

- Son negocios, Arthur. Él lo dejó muy claro: quería la maleta, pero conmigo como suplemento. Además, sin ese suplemento, comprar a Forrester nos hubiese costado mucho más. Él es feliz, y tú tienes las armas. Yo me llevo mi comisión, que me va a permitir retirarme en poco tiempo si todo sigue así. Todos contentos. – Arthur agarró un jarrón de la mesa del motel, y lo lanzó contra la pared. El jarrón se rompió en pedazos.

- ¡Yo no estoy para nada contento! – gritó mientras se levantaba. – No quiero compartirte con nadie. ¡Tú eres mía! – Sandra se levantó y le reprochó mientras le señalaba con el dedo:

- ¿Y tú qué, Arthur? ¿Tengo que seguir aguantando tus constantes arrebatos de furia? Cada día estás peor. ¿Sigues consumiendo aquella basura? Te está matando ¿entiendes? ¡Matando! – Sandra se acercó a él poco a poco, y le abrazó mientras le sonreía.

- Venga, tonto, no te pongas celoso – dijo Sandra con voz suave. - Tú sabes que lo de Forrester son negocios. Pero lo nuestro es real. Yo te quiero ¿te enteras? Ya te lo he dicho: no hago esto sólo por dinero. Lo hago por ti. – Arthur sonrió.

- ¿Lo dices de verdad, nena? ¿De verdad? Estoy tan deprimido… - Sandra le sonrió, le miró a los ojos, y le respondió:

- Pues claro que sí, tonto. Hacemos negocios con ese tipo, nos llevamos un dinero, y tú yo lo pasamos bien. ¿Por qué estás triste? – De pronto, sonó una señal en el receptor de mensajes integrado de Arthur. Era una llamada. Sandra comenzó a vestirse. Arthur comenzó a parecer nervioso. Muy nervioso.

- Está bien – dijo – voy para allá enseguida.

- ¿Qué ocurre, cariño? – preguntó Sandra mientras se terminaba de vestir.

- Las armas. Las armas que hemos vendido este mes pasado.

- ¿Los fusiles nuevos de combate? ¿Esos que incorporan una computadora cuántica para el control de tiro guiado?

- Así es. Hubo un ataque de agentes federales. Nuestra gente portaba esas armas. Las habíamos comprado para nuestro propio personal de seguridad ¿recuerdas?

- Claro, por eso conseguimos esos nuevos modelos mejorados.

- Doscientos cincuenta hombres armados con esas armas. Hasta diez minutos antes, funcionaban perfectamente.

- Naturalmente – dijo Sandra. – Yo las probé una a una. Y tú también. Todas funcionaban perfectamente.

- ¡Pues ya no!

- ¿Ya no?

- ¡No! Cuando los agentes federales entraron, las armas… Las armas…

- ¿Las armas qué? ¿Quieres tranquilizarte y explicarte?

- ¡Las armas se negaron a disparar contra los agentes! – Sandra abrió los ojos como platos con cara de asombro.

- ¿Qué? ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo va a negarse un arma a disparar?

- ¡Son esas malditas computadoras cuánticas! ¡Estaban programadas para dejar de disparar cuando les llegase una orden cifrada especial! Alguien modificó la programación.

- ¡Pero eso es imposible! – exclamó Sandra. - Las computadoras cuánticas de las armas no se pueden reprogramar una vez instaladas. Se requiere de un equipo especial cifrado. Y nosotros probamos las armas. Todas las armas. ¡Y funcionaban perfectamente! – Arthur calló unos instantes.

- Sí, nena. Funcionaban perfectamente. Y no se pueden modificar.

- ¿Entonces? – Arthur se mantuvo pensativo unos instantes. Luego, miró a Sandra.

- Tú probaste todas las armas. Yo te dije que probaras algunas. Pero estuviste probando todas las armas. Sin excepción.

- Naturalmente. Soy una profesional. No dejo nada al azar.

- ¿Por qué, Sandra?

- ¡Ya te lo he dicho! ¡No dejo nada al azar! – Arthur la agarró por los brazos.

- Funcionaban bien a la salida de la fábrica de armamento. Entonces verificamos que la programación no había sido alterada. Nadie las tocó. Sólo yo hice algunas pruebas. Pero luego tú las probaste todas. Todas las que han sido usadas. Y ya no hubo más verificaciones del software. Así pues, las reprogramaste tú. ¿Verdad? ¿Te aliaste con ese imbécil de Forrester para tenderme una trampa? ¿Cuánto te paga, zorra? ¿Cuánto te paga?

Arthur agarró fuertemente a Sandra. Luego le dio una fuerte bofetada. Y luego otra.  Y otra. Sandra comenzó a sangrar ligeramente por la comisura de la boca. Finalmente, la empujó contra la cama.

- Está bien – dijo Sandra. – Sí. Fui yo.

- Era evidente – dijo Arthur con furia. - Debías de transportar algún equipo en miniatura, y reprogramaste las computadoras cuánticas de las armas. – Sandra se levantó de la cama, y miró fijamente a Arthur.

- No, cariño. No usé nada para reprogramarlas. Ese equipo que dices que llevaba… Soy yo.

- ¿Tú? ¿Quieres hacer chistes ahora? No es el momento, te lo advierto. Te abriré la cabeza a golpes si no me dices la verdad. ¡Habla!

- La verdad… Es que soy un androide. – Arthur rió sonoramente.

- ¿Un androide? ¿Tú? ¡Estúpida embustera! ¡Es lo más absurdo que he escuchado en mi vida! ¡No existen androides como tú! – Sandra se quedó quieta. Levantó su brazo derecho, y de él surgió un pequeño dron. Era un dron de combate. Equipado con varios tipos de sensores, y una potente arma laser.

- Me temo que estás un poco desfasado en lo que concierne a tecnologías, cariño - dijo el dron mientras se le acercaba. Arthur se quedó quieto. De pronto, se giró para ir a buscar su arma. Pero el dron le disparó un dardo con un sedante. Arthur se quedó quieto un instante, y luego cayó sobre la cama. Sandra lo miró unos instantes. Su mirada era dura. Y fría.

- Es demasiado fácil – dijo finalmente. Luego, hizo una llamada.

- Hola, Héctor. Soy yo, sí. Señal de comunicación cifrada y verificada. Todo según lo previsto. Tengo el paquete. Lo dejo aquí. Daré aviso anónimo a la policía. Dejaré todas las pruebas en la base de datos del ejército. Sí, sí, por supuesto, todo rastro mío será eliminado. De acuerdo. ¿Nueva misión? ¿Qué dices? ¿Pavlov? Vasyl Pavlov. De acuerdo. Iré para allá mañana y contactaré con él. Espero tus instrucciones. Adiós, Héctor. De acuerdo. Adiós.


5% de descuento para los lectores de entreescritores.com en casadelibro

5% de descuento para los lectores de entreescritores.com en casadelibro

Comentarios

Te puede interesar