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Leandro Manaure y el Duende de la Mata de Mango

Leandro Manaure y el Duende de la Mata de Mango

22-11-2019

Ciencia ficción/fantástica cuento o relato

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Tras cortar y cortar las ramas de una hermosa y muy frondosa mata de mango para poder observar a las estrellas, Leandro ha enfurecido al duende dueño de aquella quien en desespero al ver su hogar destruido por el capricho de aquel hombre, decide encararlo para luego, con suma tristeza, ponerse a llorar. Leandro, al verlo así, le ofrece refugio entonces en su hogar mientras le consigue otro nuevo árbol. El duende, en agradecimiento, le ofrece concederle todos los deseos que pidiera, pero solo durante tres meses adviertiendo al hombre que pasado ese tiempo las cosas podrían empeorar. La aventura comienza tras el primer deseo formulado de Leandro al duende quien ya desde ese primer día ve venir el resultado amargo de todo aquello y el inminente trágico final para uno de ellos.

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Primer capítulo

                                                                                   ***

     Leandro no habría sabido decir cuánto tiempo pasó ni cuántas constelaciones se asomaron o declinaron, pero ya era realmente de noche cuando abrió nuevamente los ojos. Se quedó acostado todavía un momento mirando al cielo y escuchando al mugir del viento. El aire estaba cargado del olor a lluvia y una brisa gélida soplaba desde el norte. Había ocasiones, aunque no muchas, en las que se arrepentía de quedarse dormido en la techumbre de su casa, mas aquella noche pensó que esa no era una de ellas. Aun cuando continuamente estaba pendiente de las ascensiones de las muchas constelaciones a diferentes horas, nunca había permanecido tanto tiempo trepado en el techo observando a las estrellas como para encontrarse con un nuevo escenario y agradeció en su fuero interno por ello. Sin embargo, un súbito estremecimiento le recorrió de arriba abajo. Entonces recogió sus piernas, levantó su torso, entrelazó sus brazos por debajo de sus rodillas y permaneció en silencio.

La muy entrada noche asomaba nítida y fría. Muy a lo lejos, un banco de nubes oscuras amenazaba con fuertes lluvias y la península de Paraguaná se divisaba en lontananza. El mar rugía como de costumbre y una que otra lechuza revoloteaba en las alturas; cazando ratas,  lagartijas o murciélagos, tal vez. Y de vez en cuando, el hombre creía ver la sombra de uno que otro zamuro con problemas de sueño.

Habiendo olvidado entonces el estremecimiento que sintió hacía rato ya, Leandro tomó su ejemplar de astronomía básica, ajustó los controles de su sencillo telescopio y se dispuso a observar a las nuevas estrellas que galopaban sobre el cielo en avanzadas horas de la noche para aprender el nombre de cada una de ellas; debía aprovechar el momento.

Leandro era un hombre de rasgos afilados y de porte magnífico. Tenía el cabello negro azabache y sus ojos eran del mismo color. Tenía 35 años de edad. Era soltero. Y no tenía planes de contraer nupcias con nadie; amaba la soledad. Y su carácter huraño le había dejado bien en claro, a los miembros de su comunidad, que no quería que le molestaran jamás bajo ningún concepto; estaba cansado de que todos le pidieran mangos.  

Leandro trabajaba como contador en una mediana y mediocre empresa de publicidad que, aun cuando le exigía demasiado, no le pagaba lo que realmente merecía y para escapar de aquel despotismo al que siempre se veía sometido, cada noche cuando regresaba del trabajo, se aferraba a la rama transversal más grande de la mata de mango que se alzaba en su patio y trepaba hasta el techo. Desde allí, acompañado de un pequeño termo de café, un nimio telescopio y un desgastado libraco de astronomía se disponía entonces a sentarse a horcajadas sobre un taburete largo, que había subido hacía tiempo ya, y que había colocado mirando hacia el norte; hacia la península, para desde ese lugar olvidarse del mundo.

A medida que el tiempo pasaba, Leandro comenzó a notar que las estrellas no ascendían o descendían más. Era como si la tierra se hubiera detenido. El olor a lluvia aún impregnaba el aire, pero el cielo despuntaba claro y estrellado. El banco de nubes oscuras permanecía petrificado a lo lejos y extrañamente nada se escuchaba. Luego, y de improviso, el mismo estremecimiento le recorrió de arriba abajo, pero esta vez el hombre si se puso de pie y miró hacia atrás; hacía la mata de mango. Creyó haber escuchado un silbido llamándole desde las ramas que reposaban frondosas y muy arrebujadas sobre la techumbre de su casa y  nervioso retrocedió unos cuantos pasos.

Al principio, pensó que se trataba de algún vecino que le chiflaba y se levantó rápidamente,  aunque de muy mala gana, para atenderlo. Miró a la única casa que se alzaba junto a la suya, a unos diez metros, mas no había nadie. Durante un rato permaneció inmóvil esperando a ver si el que le llamaba se pronunciaba de nuevo, pero solo reinaba la calma. Aquello le encrespó. Sin embargo, para sobreponerse al temor, teorizó que pudo haber sido el chillido de una de las tantas ratas que habitaban en el viejo árbol. Entonces, se dirigió nuevamente hacia el taburete, dando pasos contados, y se sentó de la misma forma. Miró una última vez de soslayo y se sirvió una taza de café.

Pasaba el tiempo. La luna comenzaba a escalar el manto celestial oscuro como gata encajando sus garras sobre un paramento de madera y las estrellas parecían zurcidas en el manto de la noche como pedrería fina recamada sobre un grueso lienzo de lona. Una tímida luz gris se asomó entonces por encima de la copa de la mata de mango e incidió disimuladamente sobre la hoja del libro. Y en ese mismo instante, Leandro escuchó nuevamente el silbido que le había erizado la última vez. Se levantó en un movimiento vertiginoso. Llevó su mirada hacía el arrebujo de ramas que reposaban sobre la techumbre y haciéndose con una de las tantas ramas que yacían desprendidas sobre el techo hizo acopio de toda su furia y gritó:

─¿Quién anda allí? ─inquirió en un tono desapacible mientras caminaba dando grandes trancos en un semicírculo pronunciado alrededor del montón de ramas.

Hubo un largo silencio.

─He dicho: ¿Quién está allí? ─y con velocidad vertiginosa vapuleó al arrebujo de hojas una y otra vez esperando con ello propinarle una zurra a quien yacía amparado en ellas.

Continuó el silencio.

Las ramas se reacomodaron nuevamente sobre la techumbre y tras un corto tiempo dejaron de moverse, y Leandro, al percatarse de que nadie se encontraba blindado en ellas, decidió entonces que era hora de bajar del techo y entrar a la casa; el miedo le devoraba. Sabía por comentarios de uno que otro vecino que ocasionalmente pasaban por el frente de su casa ─comentando tal o cual episodio de algún desdichado acontecimiento en la vecindad─, que varios residentes de la urbanización eran constantemente asaltados en sus hogares ya tarde en la noche y que los ladrones caminaban de techo en techo buscando la casa más vulnerable.

Si bien, Leandro se subía al techo escalando la rama transversal más grande de la mata de mango, para bajarse de aquel utilizaba la protección externa del aire acondicionado correspondiente al de la sala. Era difícil para él escalar los barrotes que resguardaban al aparato desde afuera debido a que no tenía mucha fuerza en sus brazos. No le gustaba ejercitarlos. En cambio la rama comenzaba desde la base del tronco y se alzaba hasta el techo en forma de  rampa. Colocó entonces su pie derecho sobre la defensa y, tratando en todo momento de no proferir sonido, posó el otro también. Pero entonces, ya con medio cuerpo descendido y, en medio de aquella lúgubre y monótona soledad, una muy pequeña voz se escuchó.

─No te vayas ─dijo la curiosa vocecilla

El viento sopló frío y la luna refulgió con mayor fuerza.

─Necesito hablar contigo ─escuchó decir a la voz en un tono afable.

Leandro, con la boca reseca y la lengua pastosa por el miedo, decidió llenarse de valor y, santiguándose, trepó nuevamente a la techumbre. Al parecer el intruso no era mayor de doce años. Sin embargo, se colocó a cierta distancia prudente del arrebujo de hojas, retomó la rama caída con la que se había armado previamente y habló:

─Niño, sal de allí ─dijo en un tono imperioso, esperando con ello que el muchacho se asomara para procurarle una severa reprimenda.

─¿Niño? ─se dejó escuchar de entre el follaje─ Soy mayor que tú ─acotó la voz finalizando en una extraña carcajada.

─Muy bien ─dijo Leandro en un susurro entrecortado─. Entonces, si no eres un niño, nada me impide propinarte unos buenos golpes por allanar mi hogar.

─¿Allanar tu hogar? ─Inquirió abruptamente la voz en un tono glacial─ Yo te diré quién es el que allana hogares ─bramó el extraño abriendo mucho los ojos y mirando fuera del cobijo de las  ramas y hojas.

Y tras haber divisado aquellos enormes y verdes globos oculares, Leandro permaneció inmóvil y petrificado del terror. Su boca se hinchó mucho más y su lengua se secó por completo. Luego, y de manera inopinada tembló y cayó postrado sobre sus rodillas. Todo el calor de su cuerpo se esfumó y un terrible frío interno le arañó la espalda y el pecho. Respirar era doloroso y difícil. Con un último esfuerzo desesperado, se apoyó sobre las manos y reptó lo más que pudo para escapar de aquella atrocidad que le observaba, pero realmente no abarcó más que un metro.

No obstante, el que se encontraba amparado en las ramas dio un paso fuera y habló con voz sosegada. 

 ─Espera ─dijo con una sonrisa desdeñosa─, no te haré daño. Soy un duende bueno.

Y habiendo culminado de decir aquellas palabras, el extraño sujeto caminó dos pasos fuera del montón de hojas y ramas y se detuvo a cierta distancia prudente de Leandro para dejar que el hombre mismo decidiera voltear a dar la cara

 


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