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Las entrañas de Nidavellir I: la nave

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Las entrañas de Nidavellir I: la nave

30-01-2016

Ciencia ficción/fantástica cuento o relato

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Cien años después de los sucesos ocurridos en "Operación Fólkvangr", Sandra se ve envuelta en un extraño asunto, cuando recibe una información de que en Titán ha sido llevado a cabo un descubrimiento que va más allá de un simple hallazgo arqueológico. Comenzará así un viaje a la luna de Saturno, y llevará a cabo una investigación cuyo fracaso puede significar el fin de la vida en la Tierra.

"Las entrañas de Nidavellir" es el octavo libro de la saga Aesir-Vanir.

Este libro no requiere la lectura de las obras anteriores.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Prólogo

“Mi mejor amiga no era humana; era una androide. Algunos valoran a sus amigos por lo que tienen. Otros por lo que son. Yo la valoré porque me dio su amistad. Nunca juzgues a alguien por quién es, sino por el amor que te pueda llegar a dar”.

 (Alice Bossard. Extracto de su testamento).

“El único sueño imposible es aquel al que se renuncia”.

(Yvette Fontenot).

 

Nuevo Los Ángeles, California (Gobierno del Norte). Verano 2150.

—Sandra, no tienes por qué hacer esto si no quieres. Comprendo que es… Denigrante. —Ella enarcó las cejas levemente en un claro gesto de sorpresa.

—Creo que estás confundido, Jan. Soy un androide. No tengo ningún problema en llevar a cabo este tipo de acciones. Es más, fui diseñada y programada específicamente para este tipo de operaciones de infiltración. Y para operar según los parámetros de esta misión. ¿Crees que me dieron este aspecto y forma por casualidad?

—Creo que no —contestó Jan sonriente. Sandra continuó:

—Y, como androide, no siento ningún pudor o reparo. Soy una máquina. Un montón de procesadores cuánticos, una pila de fusión, y servomecanismos basados en grafeno y acero. Un modelo QCS-60 mejorado. Nada más. —Jan negó de forma contundente con su cabeza, dejando claro que no estaba nada conforme con esa afirmación.

—Vamos, por favor, Sandra… ¿A quién quieres engañar? —repuso él con firmeza—. Conmigo no valen esos argumentos. Eres un androide, es cierto. Pero eres una amiga, y también eres un ser sensible. No pretendas que vaya a creer que no hay sentimientos dentro de esa computadora cuántica modificada que tienes en tu preciosa barriga. Puede que tu vida y tus sentimientos no estén basados en el carbono, y que no oxides oxígeno. Pero eres más humana que muchos humanos. Y repito: eres mi amiga. La mejor que he tenido nunca. Irenka te adora. Y los niños también.

—Eso lo dices para que te pague otra ronda —respondió ella sonriente.

—Es cierto. Ya sabes que, en realidad, no me importa nada lo que te pase. Es más, ojalá acabes convertida en una lavadora, como te gusta decir. —Jan recibió una señal.

—El dron ha detectado movimiento en el área. Están entrando al restaurante. Recuerda, Sandra: al primer signo de problemas…

—Salgo de ahí a toda velocidad, atravesando lo que se me ponga por medio.

—Exactamente. No lo olvides.

—No lo olvidaré. Puede que sea un androide. Pero no quiero perder mi dura cabeza. —Jan suspiró profundamente antes de decir:

—Con esta te deberé dos. Casi se me cae la cara de vergüenza. Pero esto es importante, Sandra. Hay vidas en juego.

—Naturalmente que me lo debes. Y me lo cobraré algún día, puedes estar seguro. Venga, deja de decir tonterías. Tengo trabajo.

Sandra tomó un aerodeslizador, guiñó sonriente a Jan, y partió. Él levantó un dedo, y le guiñó un ojo a su vez.

Aquel barrio de Nuevo Los Ángeles era sin duda el más lujoso y suntuoso de la ciudad. Construido tras la guerra con la Coalición del Sur y los desastres medioambientales, era un lugar protegido de la escoria de la humanidad: los millones de mendigos y refugiados que trataban de superar el haber vuelto a casa y ser repudiados, cuando no perseguidos, por el gobierno, o explotados por las megacorporaciones. O vendidos como esclavos, modificados genéticamente para trabajos en el espacio exterior. Vivían en las cloacas de la antigua Los Ángeles, derruida y convertida en una ciudad sombría y mortuoria.

Y, dentro de aquel barrio de Nuevo Los Ángeles, se encontraba aquel restaurante, conocido popularmente como el “303” por algún motivo que nadie terminaba de comprender. Era, sin ninguna duda, perfecto para la celebración que se estaba desarrollando. Los políticos y los militares de turno lo tenían como centro de disfrute y placer. Aquel grupo de oficiales había entrado, y se había servido lo mejor que la despensa del restaurante podía ofrecer. Además de otros manjares no existentes en la carta común.

La mesa se hallaba en los postres, y el alcohol había corrido lo suficiente como para que un trago más no tuviese ningún efecto aparente en los veintidós hombres allí reunidos. Con los vasos golpeaban la mesa, mientras cantaban una vieja canción de presuntos marineros aguerridos y solo temerosos de Dios.

No importaba. No importaba nada. Las cosas iban bien en el frente, y la enésima guerra contra la Coalición del Sur se estaba ganando. Y el capitán de marina Lee, uno de los artífices de esas victorias, admirado y temido por igual por sus camaradas, acababa de ser ascendido al rango de almirante.

Aquellos eran hombres curtidos por una guerra que parecía eterna.  En su gran mayoría habían traspasado ya la frontera del bien y el mal mucho tiempo atrás. El único parámetro era vivir un día más. El poco tiempo libre que tenían lo aprovechaban en consecuencia del único modo que conocían.

—Jan ¿estás ahí? —preguntó Sandra

—Estoy aquí. ¿Cómo va todo?

—Bien. Estos bestias son unos salvajes. Voy a salir ahí y les voy a explicar lo que les va a pasar si vuelven a golpear a alguna de las camareras.

—Lo sé, Sandra, lo sé. Pero por favor, no en este momento. Sé que es difícil. Pero esos datos van a salvar muchas vidas. Toma nota de esos animales.

—Ten por seguro que estoy tomando buena nota de todos ellos. Pero estoy de acuerdo, sacaremos más ahora si no intervengo.

—Es difícil mantenerse quieto ante el dolor ajeno, ante el sufrimiento de gente inocente. Por eso hago esto, y por eso te estoy pidiendo ayuda.

—Que me cobraré bien, Jan. —Él sonrió.

—Por supuesto. ¿Falta mucho?

—Creo que no, está todo a punto.

—De acuerdo. Opatruj se.

—Puedes estar seguro de eso, Jan.

La fiesta continuó subiendo de tono, cada vez más. No dudaron en destrozar el local con sus phaser, en perseguir a las camareras, que podrían ser sus hijas en la mayoría de casos, cuando no sus nietas, y en procurar decir el mayor número de palabras malsonantes en el menor tiempo posible. Eran hombres pervertidos por la guerra, el alcohol, la WDW, y el incesante olor de la muerte. Porque cuando se ha estado a punto de perder la vida demasiadas veces, todo deja de tener sentido, menos la idea de sobrevivir una día más. No importaba nada, excepto obtener la siguiente victoria, y presenciar la siguiente muerte.  Dentro de cada uno de ellos seguía existiendo un ser humano. Pero hacía tiempo que era una imagen borrosa de lo que una vez fueron.

De pronto, uno de los oficiales más jóvenes se levantó. Se sujetó a la mesa como pudo, y tambaleándose, exclamó:

—¡Almirante, brindo por sus malditas victorias! ¡Es usted el mayor y despiadado cerdo asesino que he visto en toda mi vida! ¡Y he visto muchos, se lo aseguro! —Todos rieron. El oficial trastabilló y cayó contra el suelo, lo cual provocó mayores risas. Luego se levantó como pudo, y continuó:

—¡Espero que siga siendo igual de cerdo, y mandando al infierno a esa maldita escoria del Sur, y que se pudran en el infierno para siempre! —La mesa al completo levantó sus copas, y todos gritaron lemas de la marina del Norte, golpeando de nuevo la mesa con sus manos. El joven oficial terminó de hablar:

—Y ahora, almirante, tenemos un postre especial de la casa, que todo paladar delicado debería probar en este planeta, antes de terminar de consumirse en el fuego del infierno. —El oficial se dirigió a las camareras gritando:

—¡Traed la tarta! ¡Maldita sea, estúpidas camareras! ¡traed ya la maldita tarta, o tendré que volaros la cabeza!

Al cabo de unos instantes, una gran puerta se abrió, y surgió un enorme pastel, de dos metros de altura, con el símbolo de la luna azul y el triángulo, que formaba parte del escudo del Norte. El pastel, que se encontraba situado sobre una plataforma gravitatoria, se deslizó hasta lo alto de la mesa. Todos jalearon, y, de pronto, algo ocurrió: la tarta comenzó a abrirse entre un mar de fuego virtual, y a desintegrarse, y, de su interior, apareció lentamente lo que era, sin duda, el cuerpo de la mujer más perfecta que hubiesen soñado ver jamás.

Una música suave comenzó a sonar in crescendo, y las luces de la sala se apagaron, hasta dejarlo todo en penumbras. De pronto, el pastel desapareció de la mesa, y la joven mujer, surgida de su interior, comenzó a bailar desnuda. Primero, lentamente. Luego, con una cadencia cada vez mayor, y mayor, y todavía mayor, mientras la música crecía en intensidad y fuerza. Los oficiales comenzaron a silbar a la figura femenina, y hacerle todo tipo de gestos obscenos, mientras ella seguía bailando, moviendo su negro cabello, y mirando a todos sonriente con sus ojos azules de fuego. Algunos empezaron a aullar, y otros gritaban y pateaban la mesa y las sillas, mientras otros vomitaban en la mesa, o perseguían de nuevo a las jóvenes camareras, arrastrándolas por toda la sala, e intentando besarlas y quitarles la ropa, mientras sostenían una botella con la otra mano. Pero la joven del pastel no. Ella era intocable. Todos sabían que ella era un regalo para el almirante. Un regalo muy especial, para el mejor oficial de la Marina del Norte.

Al cabo de unos segundos, el almirante se levantó, e hizo un gesto con las manos, ordenando silencio, con rostro serio. Todos se quedaron mudos.  La música se detuvo también. Entonces, el almirante miró a la joven, que había detenido el baile. Luego miró a sus camaradas, y gritó:

—Muy bien, muchachos, veo que sois muy generosos a la hora de comprar a vuestro oficial superior… —El almirante tenía que hacer verdaderos esfuerzos para mantenerse en pie. Continuó:

—¡Pues ahora os vais a enterar de cómo se lo monta con una furcia un almirante de la flota del Norte! ¡Vamos! —El almirante se levantó, sujetó a la joven del brazo, y se la llevó a empujones a las habitaciones del piso superior, abriendo la primera puerta de una patada, mientras abajo aplaudían y jaleaban, riendo y bebiendo como poseídos por una furia y un poder incontenibles.

El almirante lanzó a la joven contra la cama, y esta quedó tendida y sonriente.

—Te vas a enterar… —Comenzó diciendo el almirante—. Te vas a enterar de cómo practica el sexo de forma magistral un oficial, y un soldado de la marina del Norte… —Comenzó a quitarse la ropa, e intentó subirse a la cama. Lo único que consiguió fue trastabillar con los pantalones, y caerse al suelo. Tras un par de gemidos, se quedó allí tirado, inconsciente, completamente borracho, mientras abajo algunos de los camaradas del almirante se iban poco a poco del local, haciendo un gran estruendo, no sin antes terminar de romper lo poco que quedaba en pie de aquel restaurante, o intentando forzar a alguna de las camareras, mientras otros aplaudían y jaleaban.

Mientras, en el piso superior, la joven se quedó un momento quieta, mirando al almirante. Luego susurró:

—Jan, no va a hacer falta dormirlo. —La voz de Jan se escuchó por el comunicador interno de ella.

—Mejor. No debemos dejar pruebas. Vamos, date prisa. Lo primero es conectar con la capa superior del tejido, en el lóbulo frontal. —Sandra extendió un dedo, y de él surgió un delicado hilo, mucho más fino que un cabello. El hilo parecía tener vida propia, y se acercó a la nariz del almirante. Mientras, de un brazo de la joven surgió un pequeño dron, que se elevó inmediatamente,  con el fin de vigilar el acceso a la habitación.

—Vamos, Sandra —dijo Jan—. Tienes que conectar con su memoria de largo plazo.

—Estoy casi lista —contestó ella—. El pequeño hilo se conectó al cerebro, y Sandra comenzó a recibir señales.

—Creo que ya lo tengo. De acuerdo… Sí… Analizando… Analizando… Analizando… Sí… Lleva su computadora encima, como supusiste. Está oculta, alojada en el cinturón… He encontrado el área de memoria del cerebro que controla las respuestas voluntarias.

—Muy bien, lo veo por mi telemetría —confirmó Jan—. Ahora, estimula con una pequeña carga eléctrica el grupo de neuronas que activan la computadora.

Sandra activó las neuronas motoras, y el almirante comenzó a moverse por sus propios impulsos nerviosos, provocados por la conexión neuronal. En ese momento, el almirante estaba siendo completamente controlado por la neurosonda bioeléctrica que Sandra incorporaba en su equipamiento estándar. El almirante puso su mano sobre un pequeño dispositivo en su cinturón, que era en realidad una computadora personal de datos de cifrado cuántico, completamente inviolable. Solo el sujeto poseedor de la computadora podía acceder, pero no bastaba su ADN y un escáner de su cuerpo; la computadora también registraba la voluntad del sujeto de acceder, y comparaba la firma mental de esa voluntad con una base de datos. Solo el sujeto poseedor de la computadora tiene la firma mental adecuada, porque cada mente es distinta. Además, si el individuo era coaccionado, la computadora lo sabría, y no permitiría el acceso a sus datos. Pero Sandra estaba provocando de forma artificial esa voluntad, estimulando las sinapsis de las neuronas motoras y de la conciencia del almirante.

Por fin la computadora se activó, y Sandra se conectó a la misma inmediatamente mediante otro enlace surgido de su dedo. En unos segundos, copió toda la información almacenada, justo cuando alguien subía. Pudo verlo a través de las cámaras del dron. 

El mismo dron lanzó un haz laser a los ojos de aquel individuo, con lo que quedó cegado unos instantes, cayendo por las escaleras gritando. Otros, los mismos que se habían retrasado con las camareras, comenzaron a subir rápidamente a ver qué ocurría. Inmediatamente, Sandra extrajo el cañón phaser de su otro brazo, mientras el dron volvía a su sitio. Con el phaser voló en pedazos una de las paredes, provocando un enorme agujero, por el que salió huyendo. Varios hombres que se habían rezagado intentaron detenerla, pero estaban completamente borrachos para una persecución, y un aerodeslizador la esperaba, con Jan sentado en un lado. Ella dio un salto, y el aerodeslizador desapareció en el cielo a toda velocidad.

El almirante no se enteró de nada hasta el día siguiente, y ordenó taxativamente que nadie comentara nada, o sufriría graves consecuencias. Ella ya estaría lejos, muy lejos, en Nueva Zelanda.

Sandra entregó los datos de la computadora a Jan. En ellos se podía demostrar que el almirante, junto a otros hombres, había estado vendiendo armas de forma ilegal para distintos grupos paramilitares de extrema derecha, los cuales realizaban tareas de hostigamiento a la población del Sur mediante ataques brutales e indiscriminados. Aquello permitiría organizar un plan de acción para terminar con aquellas ventas. Pero ese ya no era su problema. No podía serlo, dadas las circunstancias. Ella volvería a su trabajo, y a su vida oculta como joven y feliz ama de casa seria y responsable. Hasta la siguiente llamada.

El aerodeslizador se detuvo en una zona deshabitada cerca de la casa de Sandra, y esta bajó del transporte. Jan la miró con cara pícara, y le comentó:

—No sé si te has dado de que sigues desnuda. Vas a resfriarte.

—Muy gracioso, Jan. ¿Disfrutando del paisaje?

—Mucho. Siempre me gustó Nueva Zelanda.

—Claro. Pues ten cuidado, no vaya a ser que seas tú el que se resfríe. Además, le diré a Irenka que me has visto desnuda con cara de embobado. —Jan rió, y contestó.

—Cuídate, Sandra —le rogó, mientras le lanzaba algo de ropa y ella se vestía.

—Tú también, viejo amigo. Dale recuerdos a Irenka. Y a los niños.

—Lo haré. Sbohem, Sandra. —Sandra sonrió y le saludó con la mano. El aerodeslizador se perdió en la noche. Ella volvería a casa. Y tendría que imaginar otra excusa. Su marido estaba perdiendo la paciencia con aquellas desapariciones repentinas. El pobre hombre no sabía que se había casado, y que vivía, con una máquina…

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