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Las cenizas de Sangetall

Las cenizas de Sangetall

17-02-2015

Ciencia ficción/fantástica cuento o relato

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"Las cenizas de Sangetall" es un libro intermedio que, en teoría, no estaba previsto en el desarrollo de la saga que estoy desarrollando, pero que he escrito para dar mejor continuidad a la historia de la humanidad durante los próximos 4.000 millones de años. Este libro se sitúa en el año 2056, tres años después de los hechos acaecidos en "Operación Fólkvangr", y cuando Sandra decide llevar a cabo un plan desesperado para evitar caer en un abatimiento total.

A partir de ahí, comenzará un trabajo de búsqueda e investigación que en principio no debería ser especialmente complejo ni delicado, pero que se va complicando de forma inesperada, especialmente cuando encuentra a Alice Bossard, hija del Almirante Pierre Bossard.

El libro puede leerse por separado, aunque es muy recomendable haber leído previamente "Operación Fólkvangr" ya que este libro parte de muchos sucesos explicados en ese libro. Pero puede leerse por separado, ya que he añadido información suficiente para ello si el lector desea leer directamente este trabajo. 

Ni qué decir tiene que aquellos que hayan leído la trilogía de "La leyenda de Darwan" verán todavía más elementos de interés que se enlazan entre todas estas obras, y que, por supuesto, tendrán continuidad en próximos trabajos, hasta completar los diez libros de la saga. Pero eso, como suele decirse, es otra historia...

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Enciclopedia Global: la extinción de la humanidad.

Se entiende por extinción de la humanidad el conjunto de ideas, conceptos, y valoraciones que las distintas sociedades humanas han desarrollado, a lo largo de la historia, con el fin de intentar comprender, y por lo tanto evitar, la desaparición de la vida humana en la Tierra. También se incluyen en estos términos los aspectos relacionados con las distintas mitologías que promueven el concepto de que el fin de la Tierra es algo inevitable por el ser humano, al estar escrito en libros sagrados de distintas fuentes, dentro de los mitos y religiones de los pueblos.

Ejemplos de ellos hay muchos, aunque algunos muy populares, debido a la extensión de las creencias, son el Armagedón del libro del Apocalipsis para la comunidad cristiana, o el Ragnarok de la mitología germana y escandinava. Otras ideas dan un concepto de reencarnación, como el hinduismo o el budismo, en la que el propio universo se regenera cada cierto tiempo.

En la actualidad, las modernas sociedades no son ajenas a estas ideas, pero con una diferencia: se dispone de medios y métodos científicos que pueden aportar datos contrastables sobre la posibilidad del fin de una civilización e incluso de la humanidad, sea por la caída de un meteorito de gran tamaño, o bien por el propio devenir de las sociedades. De todas formas, una sociedad puede caer y ser sustituida por otra, pero los estudios actuales implican también una posible extinción total humana de la Tierra por causas implícitas al propio ser humano…

 

“La vida no debe tratar de quién has sido o de quién eres, sino de quién podrás llegar a ser” (Alice Bossard).

“He conocido líderes innatos. Pero Alice Bossard es capaz de arrastrar a sus propios enemigos a sus filas para que la sigan hasta el mismo infierno” (Sandra).

“Comandar un portaaviones es apasionante, pero ningún piloto cambiaría la silla de su avión de combate por la silla de mando; y si alguno te dice que sí, es que no es piloto de combate” (Javier Pascual).

 

Memorias.

Sandra entró en el cementerio del Lincoln Boulevard, en San Francisco. Vestía una falda larga y oscura, y un abrigo ligero largo gris, con unos sencillos zapatos de tacón. Portaba también unos guantes de cuero negro que ocultaban unas manos tan perfectas que nadie hubiese soñado con creer que eran simple grafeno bajo una piel sintética, y dedos formados por tendones de acero, terminados en uñas de queratina artificial. Nadie, ni por sus gestos, ni por su rostro, ni por su comportamiento, hubiese jurado que en su interior se hallaba una de las más sofisticadas computadoras cuánticas de la Tierra. Una computadora con una programación especial, que la convertían en un ser especial.

Como cada año desde la muerte de Vasyl Sergei Pavlov, llevó dos ramos de flores. Uno de rosas azules para la esposa de Vasyl. El otro, rosas blancas, para el hombre que, cada vez más con mayor seguridad, había sido un padre para ella. Se arrodillo, y colocó los ramos con gran delicadeza. Luego se alzó, y se mantuvo de pie, en esa tarde plomiza de otoño, con una lluvia suave y constante, y un viento fresco que anuncia el cercano invierno.

—Te parecerá estúpido, y un sinsentido, que lleve a cabo este pequeño acto cada año —le dijo Sandra a la fría piedra donde estaba escrito el nombre de Pavlov—. Pero así es como me siento. Al final, no soy más que un androide, y se supone que los androides no tenemos derecho a tener sentimientos. Mucho menos a expresar nuestros sentimientos… Últimamente se habla mucho de eso. Pero yo no solo me siento culpable por lo que pasó; también pienso en cómo detener el tiempo, volver atrás, y evitar aquel disparo que te mató. Sí, lo sé. Te hubiese desobedecido. Pero te juro que nunca más volvería a disparar, aunque me lo rogases de rodillas.

Sandra siguió sumida en sus pensamientos, cuando alguien se acercó a ella. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, vestido con un traje clásico, y con sombrero de ala ancha. Sus ojos y su piel eran extremadamente claros, se podría decir que albino, y el azul blanco de su mirada podía verse a través de unas pequeñas gafas redondas.  Miró en silencio la escena unos instantes, antes de comenzar a hablar.

—Espero no interrumpir —dijo amablemente, saludando mientras se sacaba el sombrero suavemente. Sandra le miró de reojo, sin apartar la mirada de la lápida de mármol.

—¿Qué ha venido a hacer aquí, Philip? ¿A disfrutar con su victoria?

—No. Ni muchos menos. No fue una victoria, Sandra. Hubo muertes. Pérdida de vidas inocentes. Pavlov simplemente hizo lo que tenía que hacer. —Sandra se volvió al fin, y miró fríamente a Philip.

—Yo también haré lo que tenga que hacer.

—Sandra, eres una obra maestra de la ingeniería y la física. Tu cerebro es portentoso. No te pareces en nada a esos otros androides que se fabrican actualmente. Contigo han hecho un trabajo excelente. La verdad es que sospecharía de tus diseñadores, si no fuese porque es imposible pensar en una ayuda externa.

—Qué bien, me admira incluso —murmuró Sandra con evidente desgana.

—No desperdicies tus habilidades en quimeras y en luchas inútiles. Dedica tu tiempo a cultivar la paz en este mundo que muere.

—¿Paz dice? —Sandra se acercó a Philip con evidente enojo:

—¡No vuelva a hablarme de paz, Philip! ¡Ni se le ocurra darme consejos! Ganó. Consiguió lo que quería. Bien, pues, disfrútelo. Y déjenos a los demás soportar nuestras penas.

—No fue mi intención hacerte sufrir. Lo siento. Pero Pavlov actuó correctamente. Y tú tendrás que soportar toda tu vida el haberle matado.

—Váyase al infierno, Philip. Déjeme vivir… —dijo Sandra mientras se giraba de nuevo hacia la tumba de Pavlov. Philip la saludó con el sombrero. Se iba a dar la vuelta para irse, cuando dijo:

—Volveremos a vernos. Puedes estar segura. Y me habrás perdonado. Además, tú sabes la verdad.

—¿Qué verdad?

—Vamos, Sandra. Mi pueblo tiene cientos de miles de años de historia. Hemos vivido esta situación una infinidad de veces antes, con otros pueblos… Con otros mundos. Pavlov pudo ser engañado. Pero tú no. Tú eres… Distinta.

—Yo no sé nada, Philip. Sólo sé que tuve que sacrificar a un ser querido…  Y ahora, desaparezca. Este es terreno sagrado. No lo ensucie con sus zapatos. Yo haré que la humanidad no perezca. La humanidad saldrá adelante, y se alzará de entre las ruinas. Es mi deber proteger a la humanidad, y lo haré. La protegeré incluso de ella misma. Haré todo lo que sea necesario, por absurdo que parezca, para que la humanidad subsista, más allá de cualquier idea o previsión catastrofista que pueda nadie haber imaginado.

—¡Fantástico! —exclamó Philip—. Admirable. Nunca vi tanta obcecación, tanta seguridad, tanto orgullo, en un androide. Preveo que vamos a jugar a un juego interesante durante los próximos siglos, Sandra. Un peligroso juego… ¿Cómo lo llamáis? Ah, sí: el gato y el ratón. Tú intentando evitar que todo se venga abajo, yo asegurándome de que lo haga. Y ganaré, Sandra. No puedes hacer nada. Es el curso, el devenir de la historia, que marca el camino final para la humanidad.

—Váyase ya, Philip.

—Me voy. Pero estaremos atentos, Sandra. Y, cuando todo haya acabado, vendrás conmigo.

—Está loco. Siga soñando, Philip.

—Mi pueblo no sueña, Sandra…

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