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La insurrección de los Einherjar I: el manto de Odín

La insurrección de los Einherjar I: el manto de Odín

28-05-2015

Ciencia ficción/fantástica cuento o relato

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A finales del siglo XXVII, las predicciones de Scott se están cumpliendo escrupulosamente. Después de dos guerras, Sandra ha sobrevivido los últimos doscientos ochenta años en una abandonada estación espacial, mientras la Tierra ha quedado destruida, excepto la zona de Nueva Zelanda y los mares colindantes.

El androide ha preparado un plan de supervivencia para la humanidad, que pretende desafiar las previsiones de Scott. Es entonces cuando aparece una misteriosa especie dispuesta a ayudar a la humanidad. Y un personaje del pasado, que regresa en extrañas circunstancias.

El manto de Odín es la primera parte de "La insurrección de los Einherjar", continuación de "Operación Fólkvangr" y "Las cenizas de Sangetall" dentro de la saga Aesir - Vanir y de la lucha del androide Sandra por su propia supervivencia y la de la humanidad.
 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

La ofrenda

21 de diciembre de 2673.

 

El día tan deseado era un presente de los dioses. La noche estrellada hablaba en susurros al padre y a la madre, mientras el suave ir y venir de las olas parecía una voz de los antepasados, que estaban allí para presenciar la ceremonia.

Había llegado la noche del solsticio de verano austral.  Njord y Skadi se encontraban frente al mar, en el fiordo de Piopiotahi, que los antiguos llamaban Milford Sound. Junto a ellos, un pequeño altar, con dos columnas, y con dos llamas incandescentes ardiendo al cielo. Y, en brazos de Skadi, su hijo, que dormía plácidamente.

Pronto, Atenea, la de los ojos claros, apareció, surgiendo del mismo velo del amanecer. La diosa se dirigió a ellos, y se colocó frente al altar. Luego levantó los brazos, y, mientras el Sol comenzaba a asomar por el horizonte, las llamas doradas pasaron a ser azules, en aquel azul brillante y puro de las estrellas más bellas, como los claros y profundos ojos de la diosa. El azul era también un signo; el símbolo y  el color de que ha nacido un varón para dar felicidad a la joven pareja, y para servir como fruto de su amor eterno.

Atenea se acercó a Skadi, y acarició suavemente la mejilla del niño, mientras lo miraba.

—¿Qué nombre has de ponerle? —preguntó la diosa.

—Freyr. Su nombre será Freyr. —Atenea tomó en brazos a Freyr, lo llevó al altar, y lo levantó, ofreciendo su espíritu al dios Sol. Seguidamente, lo depositó en el altar, alzó los brazos, y dijo estas palabras aladas:

—Freyr, hijo de Njord y de Skadi, yo te bendigo con la llama de la vida, del amor, y de la esperanza. Que en tus noches más oscuras sean tus ojos llamas de valor, fuerza y pasión para derrocar tus miedos. Que en las tinieblas más frías tu voz rompa la escarcha de tus pesadillas, para derrocar una y mil veces a la muerte, hasta que se cumpla tu misión en este mundo, y debas partir al lugar donde la realidad y los sueños nacen de la misma fuente. Que el dolor y el llanto que sufras durante tu vida sean motivo para encontrar fuerzas y anhelos con los que cumplir todos y cada uno de tus sueños. Que tu corazón noble y sereno aprenda a separar la justicia de la venganza, la benevolencia de la ira , la calma del deseo,  y la esperanza del desconsuelo. Que la palabra verdad sea un faro que guíe tu vida cada día. Que las alas que te da la vida te enseñen a volar alto y seguro, y a no esconderte en la vanidad, la codicia, y la violencia. Que tus sueños sean la fuente de los sueños de miles de hombres y mujeres a los que puedas inspirar. Ese es mi deseo. Y te bendigo para que sean ciertos.

Atenea tomó de nuevo a Freyr, y lo levantó unos instantes en alto al cielo, bañando al niño en los suaves rayos del sol del nuevo día. Luego bajó los brazos, se acercó y sonrió a Skadi, y le dio a su retoño, que se había despertado.

—Tiene hambre —dijo Atenea, mientras Njord miraba la escena. Skadi se levantó la blusa y le dio el pecho. Mientras, Atenea se giró a Njord, y le dijo:

—Seguid ahora vuestro camino. Os deseo la mejor ventura.

—Señora, no sé como agradecéroslo —dijo Njord.

—Cuida bien de ellos. Ese es mi precio.

Atenea se giró, y se fue caminando. Njord quiso decirle algo, pero la imagen, de pronto, había desaparecido en la luz temprana del amanecer de una nueva era.

—Freyr, hijo de Njord y de Skadi —se oyó a lo lejos una voz, traída por el suave viento de la mañana. Njord le puso una pequeña manta a Skadi, y ambos caminaron de vuelta al bosque. Quedaba un largo camino hasta el hogar.

 

Crónica de los Einherjar. Extracto.

Y aconteció que Odín, Padre de los Dioses, se apiadó de la humanidad, que, en su vanidad y su locura, había convertido el Paraíso en el Hades, y había vendido cada una de sus almas inmortales a las huestes oscuras de Zeus.

Y Odín extendió un manto protector sobre el Último Reino de la Tierra, que los pueblos de las Dos Islas llaman Te Ika-a-M?ui para la isla del norte, y Te Waipounamu para la isla del sur, y los Antiguos llamaban Nueva Zelanda. Odín limpió las tierras y los mares de todo rastro de lo que habían sido las antiguas ciudades, campos y valles hendidos en la suciedad, en la podredumbre, y en la Muerte Invisible, un poder maligno que pudría la carne y el alma de todo aquel que la tocase.

Y Thor, herido de muerte por la mano fría y vengativa de Zeus, hizo llorar a Odín durante siete años. Y las lágrimas limpiaron los ríos, los lagos, y los arroyos del conocido como Último Reino, y con ello el hombre pudo limpiar su espíritu de todo mal, y volver a construir un nuevo mundo para la humanidad.

Pero Zeus, en su deseo irrefrenable de acabar con la especie humana, dividió a la humanidad en dos bandos: los Vanir, en la Isla del Sur, y los Aesir, en la Isla del Norte. Ambos se enfrentaron en duras y sangrientas batallas. Y aconteció que Odín, enojado en su Castillo Estelar, exigió el fin de la guerra. Y los reyes de ambas islas acordaron poner paz para siempre entre sus pueblos.

Y Atenea, la de los ojos claros, que había sido traicionada por Zeus dos veces, entregó su alma a Odín, y éste se apiadó de su alma inmortal, y la elevó para convertirla en Heraldo de la humanidad. Y Atenea luchó incansable para llevar la paz de Odín a la Tierra. Y pagó un alto precio por ello, una vez más. Luego Atenea bajó a la Tierra para llevar el mensaje de paz de Odín, y hombres y mujeres crearon un altar en honor de la diosa, en la isla de Rakiura.

La paz reina actualmente en el último reducto: Los Reinos de las Dos Islas. Los últimos vestigios de la guerra son mitos y leyendas. Y Odín está satisfecho por ello…

 

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