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Irene y el Sr. Naranja

Irene y el Sr. Naranja

14-01-2020

Ciencia ficción/fantástica novela

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Esta es la historia tragicómica de Irene y el Sr. Naranja. Ella una viuda sin problemas económicos, aburrida de su rutina, puritana, gruñona y solitaria. El, harto de ser guapo y mear colonia, intentando escapar de su propia vida y creyendo que encontraría la solución, se convirtió voluntariamente en esclavo. A partir de entonces. Ambos pasarán por una serie de aventuras y desventuras; el realismo mágico se funde con escenas tragicómicas, tan teatrales como surrealistas; el dolor de unos hace reír a otros y nada ocurre como uno se espera.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

CAPÍTULO 1

 

Irene se cepilló su espesa cabellera. Cuando se sintió satisfecha, la enrolló, formando su habitual y austero moño, sujetándolo con una peineta de plástico. Estaba esta decorada con unas bonitas piedras falsas imitando a una rosa, una de las pocas posesiones heredadas de su difunta madre. Su imagen se veía reflejada en el espejo. La verdad, su interés por ella misma distaba mucho de cualquier mujer joven que se estuviera acicalando.

«¡Maldita sea!», pensó. Debería haber comprado un espejo tan barato que mereciera mentirle, pero no. Este en particular, por insistencia de su madre, que siempre le repetía que lo económico a la larga sale caro, era de tan buena calidad que no permitía equivocación alguna. Se trataba de Irene y nadie más se reflejaba en él. El traidor y desagradecido cristal mostraba a una persona bajita, robusta, de una edad en la que las mujeres mienten y quieren que los demás también les mintamos. La melena, antaño castaña rojiza, ahora poseía síntomas de una peligrosa tendencia a perder su color natural, toda ella bien estirada y sujetada por un moño, dándole una severo y austero aire marcial.

Se pintaba… en absoluto, ¿para qué? Para ella, resultaba un gasto innecesario y, además, ¿para quién arreglarse? Si era viuda y vivía más sola que la una. Sus ojos grandes y negros como dos aceitunas le otorgaban una expresión de mujer sensata y combinaban con su duro rostro.

Vestía una camisa negra de un riguroso, austero y eterno luto, abotonada hasta el cuello, no dejando ningún resquicio a cualquier mirada indiscreta. La caída de las enaguas llegaba muy por debajo de la rodilla, tanto que solo se le veía parte de las decentes y gruesas medias de algodón. Al final de tan pulcras piernas, calzaba unos zapatos con tacón de cuatro centímetros, tan sólidos que no admitían un tropiezo y accidentalmente mostrar lo que a nadie le importaba. No presentaba ni una mancha ni una arruga fuera de las imprescindibles al sentarse, a las cuales maldecía. Se alisaba la falda cada vez que se levantaba de una silla, en la que hacía verdaderos malabarismos, para que la tapara decentemente de las endemoniadas miradas, aunque estuviera sola. Todo su conjunto era lo más parecido a un hábito de monja.

Al fin dio por buena su apariencia. Irene se puso su trasnochado sombrero, por supuesto, de color negro; se colocó sus guantes y tomó su gran bolso de mano, que asustaría a cualquier señorita. Lo revisó, trámite obligatorio antes de salir de casa. Ni el más avezado excursionista disponía de toda la parafernalia de la bolsa, no faltaba de nada: bolígrafos de varios colores, papel, tarjeta de identificación, de crédito, botones, hilo y aguja, cortadora de uñas y un sinfín de objetos de primera necesidad llamados «por si acaso», que comprendían los diversos variopintos artículos que en un momento dado pudieran salvarla de una supuesta emergencia.

Para Irene, la vida no resultaba más que una carrera de obstáculos. Criada en una familia numerosa, era la única hembra entre cinco hermanos varones y la pequeña. Gracias a que sus padres buscaron desesperadamente a una niña, nació ella, pero claro, aterrizando en una estirpe encajada en una sociedad patriarcal. A los pocos años, al alcanzar una altura idónea, tuvo que ayudar a su madre en los quehaceres de la casa, mientras su padre y familiares traían el sustento.

A los dieciséis, conoció a un joven apuesto que le prometió la luna, y como ella estaba muy enojada con su familia, no opuso resistencia a las embestidas del imberbe. Este pronto logró separarle las patas, lo suficiente para dejarla en estado de buena esperanza. Se casaron; bueno, la verdad, al pobre muchacho no le quedó más remedio. Siguió un período de relativa felicidad; su marido consiguió un empleo en la fábrica donde trabajaba su padre y nuestra heroína se dedicó a la noble tarea de ocuparse de su casa, de su hijo y de abrirse de piernas de vez en cuando.

Los años no perdonan bajo ningún concepto y lo corroen todo como el más potente de los óxidos. Su retoño acabó los estudios y accedió a la universidad. Pronto se le aparecieron los infiernos cuando su hijo conoció a una fémina que le robó el corazón y, de paso, también a Irene su querido y amado niño.

Se quedó sola, por supuesto, su hijo la llenaba por completo. El paso del tiempo y la lejanía de su vástago obligaron a este a olvidarse de su madre. Le pasó factura de tal manera que Irene necesitó durante un período ayuda psicológica. Su marido, ajeno a las desgracias de esta, se dedicaba a su mal pagado trabajo, a rondarla mendigando sexo, que cada vez era menos frecuente, a sus partidas de cartas, a fumar, beber y a engordar, luciendo la mal llamada barriga de la felicidad. Siempre se dice que Dios aprieta, pero no ahoga. La frase bien pudiéramos aplicarla en esta historia.

Un buen día, y digo bueno porque fue el momento en el que el marido asumió la decencia de abandonar este mundo, dejó a nuestra protagonista viuda y heredera de un seguro de vida. Ella había tenido a bien convencer a su esposo años atrás para que se suscribiera, a cambio de una noche de falsa pasión.

He aquí que Irene disponía de una buena cantidad de dinero en un tranquilo suburbio de una ciudad-dormitorio, unas cuantas hectáreas de terreno y algunas acciones. Es decir, era… la típica viuda alegre, pero sin alegría.

Se consideraba independiente económicamente y conservaba todavía una relativa buena salud, acorde con su edad madura. Irene poseía un utilitario, que usaba en contadas ocasiones. Repudiaba los automóviles, eran instrumentos malolientes, caros y tan inútiles como ir tirando dinero sin ton ni son. Por supuesto, utilizaba y apoyaba el transporte público, que le deparaba un viaje seguro y eficaz al centro de la ciudad. El inconveniente: venía acompañado de apretones, prisas y malos olores de los que, en lugar de ducharse, preferían bañarse en colonia barata. Aun así, lo anteponía al auto privado. No es que fuera de izquierdas, comunista o algo que,  con solo oírlo, le producía escalofríos: anarquista, pero sí se consideraba una mujer práctica, que prefería la eficacia a la independencia que pudiera darle un vehículo de uso particular.

Irene se encaminó a la parada del Bus, visualizó a todos los posibles sobones y se sentó al lado de una señora, estableciendo un vínculo mudo entre las dos.

El viaje fue vulgar y monótono, sucediéndose sin altibajos que reseñar. Una joven se desmayó debido al calor reinante o esa fue su excusa, ya que Irene no notó en absoluto bochorno alguno. No era curiosa, pero observó muy de cerca a la desmayada y advirtió, a la vez que esta fingía el desfallecimiento, que un señor se acercaba en su ayuda y, con el pretexto de socorrerla, la sobó más allá de lo estrictamente necesario. La chica, con una inusual maestría, le metió la mano en el bolsillo y le quitó la cartera. Irene no dijo «esta boca es mía»; para ella, que cada uno se ocupara de sus asuntos. Mientras no le robaran, nada le importaban los demás.

Después de unas cuantas paradas, soportando las insulsas conversaciones de algunos que parecía que estuvieran en medio del campo y los continuos frenazos del conductor, que aparentaba prisa por terminar su turno, por fin llegó a su destino.

El cartel publicitario, grande y luminoso, anunciaba sus productos al frente de una gran fachada, toda acristalada, que dejaba bien a la vista los artículos dispuestos para su venta. Irene, pensativa, se plantó delante del mismo. Un mar de dudas la bloqueó: ¿le resultaba necesario? ¿Sería peligroso?

Aguijoneada por los consejos y experiencias de sus amistades, decidió no desaprovecharlo. Se armó de valor y se adentró en el inmenso establecimiento. Un dependiente con ojo avizor enseguida detectó a una futura compradora, que engordaría su comisión. Una gran experiencia lo acompañaba, haciéndole advertir la clase de ciudadana que tenía delante: dudosa y miedosa, pero seguro que muy solvente.

—Muy buenas, señora, ¿en qué puedo servirla? —preguntó como quien sabe de sobra lo que no quería.

—No sé… —contestó, indecisa.

—No se apure. Con cualquier duda, pregunte —añadió él, silbando como una serpiente.

—Mis amistades me lo recomiendan, pero yo…

—No diga más, señora, y acompáñeme —interrumpió el vendedor, ofreciéndole el brazo galantemente.

El comercio era muy grande, con innumerables departamentos llenos de artículos de todas clases y para todos los gustos. «Era verdad lo que comentaron mis amistades», pensó. «Aquí hay de todo lo que una pueda necesitar». Como si el vendedor supiera lo que Irene deseaba, la introdujo en la sección de Acompañantes.

—Aquí tiene, señora —le mostró el dependiente, moviendo el brazo de un lado para otro, abarcando toda la extensión.

Irene se paseó, como si fuera un general pasando revista a sus tropas, por la hilera de acompañantes, que estaban todos quietos y bien formados. Conforme fue mirando a cada uno de ellos, el vendedor se frotaba las manos, nervioso ante la futura y suculenta venta, viendo la cara de esta señora. A manera de una premonición, nuestra protagonista se paró en seco y, atónita, lo contempló. «¿Cómo es posible que este Apolo se halle en estas circunstancias para ser vendido, a modo de un mero esclavo de compañía?», se cuestionó. El comerciante se dio cuenta de la turbación de la mujer y preguntó:

—Es guapo, ¿verdad?

Irene se azoró tanto que sus pensamientos derivaron en sus bajas pasiones, que procuró guardarse de exteriorizar: «¿Guapo, pero qué dice este hombre? Ese calificativo se queda corto. En verdad el Adonis tiene un cuerpo esbelto, lleno de gracia; las líneas del torso se estilizan desde sus anchos hombros hasta las caderas estrechas. Asimismo, la cara… ¡Oh, el rostro! Perfecto. La nariz es breve y recta; los pómulos, altos y pronunciados; la boca, dócilmente curvada, donde la mejilla se desvanece sobre la comisura de los labios. Todo su conjunto le imprime un toque de tristeza, dándole un aire de indiferencia propia de su clase». Terminó pensando que el vendedor no sabía apreciar su mercancía.

—Eso a mí me tiene sin cuidado —respondió, mintiéndole descaradamente.

—Por supuesto, señora —replicó, temeroso de enfadar a una clienta.  

—¿Es peligroso? —interrogó, inquisidora.

—¡Desde luego que no, señora! —contestó, escandalizado—. Nuestra mercancía tiene todos los certificados médicos y es de máxima calidad —remató con falsa ofensa.

«Este Apolo está en medio de sus compañeros, que no le llegan ni a la suela de su zapato, cuando debería hallarse en un museo y adorado por todo amante de la belleza. Pero no, aparece destinado con sus semejantes a tareas degradantes. ¿Qué destino cruel lo ha llevado a tan bajo estatus social?». Al final, Irene no pudo callarse sus pensamientos y preguntó:

—¿Cómo es posible que semejante criatura esté a la venta, no se tratará de un error?

—¡Desde luego que no, señora! Somos muy serios —respondió, altanero.

—¿Entonces? —inquirió Irene.

—En realidad, sí ha sido un error —se sinceró el vendedor.

—¿Cómo que un error? —repitió, escandalizada.

—Verá usted; todos estos aquí presentes saldan sus deudas y la de sus familiares, pero este en particular se presentó voluntario.

—¡Imposible, me está usted engañando! —contestó Irene, enfadada; para ella y todos los de su clase social, la palabra «voluntario» no estaba en su vocabulario.

—En absoluto, señora, nada más lejos de mis intenciones. Nunca echaría piedras sobre mi negocio, como usted comprenderá —respondió, agobiado y viendo que cometía un fallo de principiante al dar demasiadas explicaciones. Pero claro, el asunto bien valía la pena y pensaba pedir mucho por este espécimen.

Irene estaba casi convencida. Pero se hallaba equivocada, la actitud del dependiente le indicó que tantas razones se debían a que apreciaba mucho su mercancía. «Todo eso no puede ser malo», se dijo, pero todavía no se quedó satisfecha.

—Bien, ¿pero este será fuerte, dócil y servicial?

—No lo dude, señora. Que no la engañe su aspecto de Adonis, mire qué músculos, dispuestos para cualquier trabajo. Toque usted y lo comprobará.

Irene, temerosa, se acercó. Le palpó el antebrazo; más bien, se deleitó recorriendo la totalidad de la extremidad hasta alcanzar sus manos y terminar en sus grandes dedos. ¡Qué divinamente olía, qué grande, qué fortaleza! El acompañante, ajeno a todo, se mantenía impasible, como todos los de su clase.

Irene no se podía creer la ganga que se le presentaba; no le importaría en absoluto el precio, pagaría lo que le pidieran. El único defecto era el más común en todos: a la altura de la sien, una visible cicatriz de unos pocos centímetros advertía su intervención quirúrgica.

Luego de abonar una suculenta suma, del consabido papeleo y posteriores consejos dados por un más que satisfecho dependiente, Irene tomó del brazo a su acompañante y, orgullosa de su nueva adquisición, enfiló directa hacia el transporte público. Todos y todas se paraban, mirando a tan peculiar dúo; no resultaba poco corriente contemplar a una señora de mediana edad con su pareja, pero sí parecía chocante que fuera tan apuesto, y no mencionemos su musculatura tan varonil.

 

 


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