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Entidades Oscuras. El Inicio

Entidades Oscuras. El Inicio

22-11-2019

Ciencia ficción/fantástica novela

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Tras haber sido expulsado del reino de los cielos, Satanás juró vengar su deshonra a través de la humanidad. Momentos antes de ser desterrado, el Oscuro desprendió parte de su cuerpo y lo dividió en dos, para con la primera mitad dar vida a Molak, el más poderoso de sus demonios nacido en la Tierra, y con la otra, a una criatura especial capaz de sujetar los bordes de todas las dimensiones existentes creadas por el Todopoderoso. Con la ayuda de la otra entidad causante de la dimensión limbo, Molak logra hacerse con un ejército de hombres, poseídos por demonios, pero es rápidamente abatido por el Padre Universal. Si bien el creador de los universos había dado potestad a Satanás de influir en los corazones y mentes de los humanos, el poseerlos con criaturas infernales no era parte del acuerdo. Y así inunda el mundo por cuarenta días y cuarenta noches para borrar todo vestigio de maldad en la Tierra y refuerza los bordes de todas las dimensiones existentes para evitar que los demonios volvieran a entrar descomedidamente en el plano terrenal. Ante la traba colocada, el rey de las tinieblas ordena entonces a Molak buscar a un humano de nombre Azrael, cuyo poder de percibir imágenes del inframundo y del reino celestial, le convertiría en el primer y más poderoso brujo oscuro en la historia de la humanidad. Pero esto es solo...El Inicio
 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Capítulo I

LA GRAN CONSPIRACIÓN

 

Con el transcurrir de los tiempos, Lucifer, tras sus incesantes reproches y búsqueda de pruebas irrefutables para demostrar la negligencia y falta de interés del Todopoderoso hacia ellos: «sus hijos abandonados», había logrado ya que gran parte de las huestes celestiales superiores se anexaran a su ideología.

 ─¡Yo les diré quién es el Padre! ─habló Lucifer con voz vibrante al Gran Magistrado Celestial. Cientos de ángeles y otras entidades superiores allí presentes le apoyaban apasionadamente creando una barrera alrededor del gran podio circular y blanquecino donde él se encontraba mientras otras hacían caso omiso a sus palabras plantándose frente a los nueve sabios, jueces de la creación, apoyando ambas manos sobre los pomos de sus respectivas espadas, atentos a lo que suponían acarrearía otra rebelión.

─El Padre no es más que un egoísta y caprichoso ser que cuando se antoja de algo, debemos correr y hacer lo que nos pida para que pueda sentirse complacido y mimado ─expuso con ira en sus ojos a la vez que expandía sus alas moteadas de plumas negras─. Pero ¿qué pasa si no lo obedecemos? ¿Qué pasa cuando este capricho no es concebido? 

Lucifer bajó entonces lentamente del podio y, con sumo aire de prepotencia, caminó y se posó frente a Miguel.

 ─Tú, Miguel ─habló con sarcasmo─. ¡Oh, ferviente guerrero seguidor de una doctrina vacía, egoísta, mentirosa y maliciosa! ¡Tú, que has liderado todas las batallas divinas representando el nombre del Padre ante aquellos que osaban decir que estaban cansados de un totalitarismo al cual no obedecerían más! Dime, en todos estos tiempos, ¿el Padre se ha aparecido ante ti para agradecértelo?

Miguel permaneció en silencio dejando escapar únicamente un suspiro en desacuerdo. Sus ojos azules centelleaban con fulgor y la ira ardía en él como llama devoradora. Sus alas níveas permanecían siempre plegadas, pero de vez en cuando sentía la necesidad de abrirlas para sacudir su enojo. Era un arcángel sumamente fiel al Padre y las palabras hostiles proferidas por su hermano le traspasaban los tímpanos como veneno y herían en gran manera.

─¡Oh, Miguel, Miguel! ─exclamó Lucifer dejando caer un poco sus alas─ Todos ustedes aquí me conmueven ─dijo mientras caminaba a paso lento, alejándose de Miguel, y observando el rostro de cada uno de los presentes─; en verdad siento tristeza al ver tanta devoción hacia un mal padre que abandona a sus hijos para irse de holganza y luego regresar con solo reglas y edictos. ¿Es que acaso no lo ven? ─inquirió con voz tonante a la vez que detenía su caminar.  

Lucifer era inmensamente poderoso. De todos los seres divinos, él era el más perfecto y el más audaz luego del Padre mismo. Aquel estatus de poder obligaba a muchos a encontrar algo de verdad en sus palabras. Sin embargo, Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Samuel y Zadkiel se mantenían firmes en su devoción al Padre Universal; lo que irritaba al insurrecto cada vez más.

─¿Es que acaso no lo ven? ─preguntó nuevamente buscando los ojos cerúleos de Miguel.

Los ojos de Lucifer relampagueaban y sus manos hacían puños una y otra vez enfatizando su aversión a la devoción y lealtad que muchos de los allí presentes aún tenían hacia el Creador. Especialmente la de Miguel.

─¡Yo he estado aquí desde el principio del tiempo! ─expuso señalando hacia el norte; hacía nueve mundos que flotaban en el palio fosco del universo y luego miró en torno una vez más para dirigirse a los nueve sabios que conformaban al Gran Magistrado Celestial─. Cuando Él nació, yo nací. Yo he escrito la mayoría de los manuscritos sagrados que hoy en día, ustedes ancianos, protegen y alaban con tanta devoción. ─Se cruzó de brazos y los apoyó sobre su peto rúbeo recamado de pedrería fina; orlado en cada extremo por borlas negras─. Yo he sido tanto un padre como él ─dijo encolerizado y señalando nuevamente al infinito ─. Pero yo sí hablo con ustedes ─habló con voz sosegada a sabiendas de que debía mantener la calma si quería ser escuchado y tomado en cuenta como adalid.

─¡Pues sí, mis hijos! ─expresó dulcemente mientras le acariciaba el mentón a un querubín que le escuchaba y seguía apasionadamente─. Todos ustedes son tan hijos míos como de Él, pero a diferencia de al que tanto le imploran volver, yo nunca los he abandonado. Siempre he estado aquí con ustedes, por lo tanto, no tengo por qué mentirles con respecto a esto. Lo que digo, no lo digo por mí, lo digo porque me preocupo por el amor mal correspondido al que ustedes lamentablemente se encuentran sometidos y esclavizados. Yo he sufrido demasiado y aún lo hago cuando los veo llorar y rogar por él.

Lucifer caminó entonces hasta donde otro hermoso querubín dejaba escapar una lágrima para luego, con su dedo, recogerla y mostrarla a todos los presentes.

─Yo no quiero esto ─señaló mientras giraba en torno para exponer la gota derramada─. Yo he presenciado el nacimiento de cada uno de los aquí presentes. Yo te vi nacer, querubín ─le susurró al oído y luego lo besó en la frente─, y por eso les digo que mi amor para con ustedes es verdadero. Así que, ¿quién de ustedes puede decir que ha visto al Padre más que a mí? ─preguntó a uno de los sabios. Pero en vista de que ninguno le respondió, giró su rostro para dirigirse nuevamente a la miríada de ángeles que le seguían.

─¡Nadie! ─respondió con voz tonante─ ¡Nadie puede decir que lo ha visto más que yo, pues ni yo mismo me acuerdo de cómo es Él!

Y mientras el ángel de cabello negro y sedoso hasta la cintura proseguía con sus argumentos, Miguel sufría la impotencia de no poder enfrentarlo. De antemano sabía que ni con la ayuda de los otros arcángeles podría vencerlo. Para él, Lucifer era una constante irritación que había tenido que soportar por eones, pensando que solo se trataba de malcriadeces y ego sobrevalorado del hijo primigenio del creador de todos los universos.

─¡Serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles, ángeles y ancianos, todos ustedes son amados por mí! ─enumeró Lucifer dirigiéndose nuevamente al Gran Magistrado Celestial─, por eso y para evitar esta tortuosa y egoísta actitud de nuestro querido Padre, de ir y venir cuando le plazca, de atendernos y desatendernos cuando quiere ─y aquí hizo una leve pausa. Luego prosiguió─, yo he decidido llevar a cabo un cambio.

Y habiendo dicho aquellas palabras, un silencio agobiante asoló a todo el reino celestial que preocupó en gran manera a los sabios y a los seis arcángeles.

─En vista de las constantes ausencias y falta de preocupación e interés de nuestro querido Padre, yo he decidido tomar el mando de todos los universos existentes y autoproclamarme el nuevo rey.

Los ancianos, que habían sido dispuestos en sus venerables lugares por el Padre mismo para salvaguardar el orden en el reino de los cielos y tomar decisiones importantes durante su ausencia, se pusieron de pie ante aquella osadía y los arcángeles desenvainaron sus espadas y se plantaron frente al traidor para impedirle el paso al trono.

─¡Lucifer, lo que haces es una traición y de ninguna manera tendrás el paso al solio! ─prorrumpió Miguel con voz tonante─ ¿Cómo osas pararte aquí e injuriar contra el Padre? ─inquirió a la vez que dirigía la punta de su hoja al rostro perfecto de Lucifer─ Aunque tú seas el más poderoso de entre nosotros debes recordar que también fuiste creado por Él.

─¡Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Samuel y Zadkiel, ustedes seis son hermosos! ─dijo el renegado removiendo con su dedo blanquecino el filo de la espada─. Ustedes están llenos del más puro de los milagros; de todas las creaciones celestiales, ustedes seis son mi más grande gozo. Pero sus ojos han sido cegados por la maldad ─alegó mientras daba la espalda al arcángel─.

─¡Sí, es verdad! ─expresó Lucifer con ironía─ Yo también soy hijo del Padre, pero ¿debe un hijo cometer los mismos errores de su progenitor?

Tras haber formulado la pregunta, doce poderosos serafines ataviados con hermosas túnicas rojas en forma de albas, ceñidas a las cinturas por cíngulos dorados y cubiertas desde el cuello por largas capas blancas, llegaron a los seis arcángeles desde la retaguardia aferrando cada uno sus respectivas espadas y dirigiéndolas hacia el peto de aquellos.

─¡Miguel! ─llamó Irián, el máximo serafín─ No es necesaria la violencia. Por favor, haz que bajen las armas y dejen que Lucifer se haga con el trono

─¡Nunca! ─rebatió el arcángel con voz resonante─. Ninguno de nosotros cederá a la intención de Lucifer ─dijo mientras apartaba las hojas irisadas de su armadura y retrocedía dócilmente para alcanzar las batientes níveas del recinto sagrado y salir a la Plaza Mayor de Jubileo─. Y mientras lo hacía, indicaba con su mirada a los otros arcángeles que le siguieran.

─Él habla de mentira y de maldad, palabras horrendas que me han sido desconocidas hasta ahora y que jamás aceptaré sean asociadas a mi Padre ─expresó con furia─. ¿Cómo pueden ustedes creer tales atrocidades?

Lucifer salió entonces del Gran Magistrado y, posándose frente a Miguel, le habló con ironía:

─Yo soy ahora tu Padre. ─Y diciendo aquellas palabras, levantó su mano, la dirigió hacia ellos, los despojó de sus espadas y los arrojó contra el suelo.

Miguel, aunado de sentimientos profundos y ahogados, miró hacia su alrededor y observó desasosegadamente al mundo que debía proteger. A lo lejos y hacia el occidente se extendía el hermoso Campo de las Virtudes y el lago de la Eterna Misericordia. Hacia el sur, el gran Castillo Sagrado del Todopoderoso. Hacia el este, cada uno de los nueve firmamentos propios de cada mundo y al norte, el Gran Magistrado Celestial, iluminado eternamente por el solemne astro blanco que nunca dormía. Y sobre el arcángel, la mirada abatida y desesperada de miles de ángeles que lloraban al verlo tendido en el suelo e indefenso.

Miguel, aún lleno de esperanzas, se levantó, expandió sus alas, las volvió a plegar y se dirigió nuevamente a Irián, tratando de que aquel, de alguna manera, reaccionara.

─Irián ─llamó con voz adormecida─, tú como supremo serafín, estás aún más cerca del Padre que cualquiera de nosotros, ¿cómo es posible que seas partícipe de esta sublevación?

Y, hastiado entonces de las palabrerías de Miguel, Lucifer, viéndose rodeado por miles de miles de ángeles y demás huestes celestiales, decidió, pues, dar comienzo a enjuiciamientos injustificados para poder deshacerse de todos aquellos que no le siguieran en su nueva doctrina.

─Lamentable es el hecho de tener que alejarlos a ustedes de mi presencia y apartarlos de todos los otros que han reconocido la verdad en mis palabras ─dijo caminando pausadamente por entre la multitud de ángeles─, con gran desánimo no me queda de otra que condenarlos a ustedes seis a los calabozos hasta que aprendan a aceptarme y alabarme como a su verdadero y adorado padre. ─Y aquí hubo un largo silencio. Luego prosiguió─. Y en cuanto a los ancianos sabios de la creación, como nada tengo que oír de ellos, mas que lamentos y alabanzas incesantes a un Padre que nunca se ha preocupado, mas que por Él mismo, también los sentencio a la eternidad en los calabozos hasta que logren ver la verdad ─dictaminó─.

Lucifer se apartó entonces de las miradas atisbantes de los millares de ángeles y, dirigiéndose nuevamente hacia las batientes níveas del Gran Magistrado Celestial, cruzó el pasillo pavimentado de mármol, se sentó en el solio y, desde allí, ordenó entonces llevar a cabo el encarcelamiento.

 


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