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El mundo detrás del mundo

El mundo detrás del mundo

25-12-2016

Ciencia ficción/fantástica cuento o relato

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"Existen mundos detrás de los mundos", les dice la bruja a los niños perdidos. Mundos, realidades, que se esconden tras el mismo aire, vibrando en una frecuencia diferente. Mundos a los que se accede a través de los sueños, a través de puertas invisibles e inesperadas. Mundos que existen a veces en el interior de la propia mente. Mundos que en ocasiones se entrelazan unos con otros, dejando señales de su existencia en objetos, en sucesos que pueden ser vistos como "mágicos".

Algunos de los relatos de este libro se sumergen en esas otras realidades. Otros, situados en ésta que creemos conocer tan bien, dejan entrever esos otros mundos como destellos de lo extraordinario, de lo insólito.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Tabula rasa

 

 

 

Si se quiere hacer bien, hay que concentrarse mucho. Hay que visualizar el momento, verlo con los ojos de la memoria tal y como lo vieron los ojos de la cara. Si hace falta cerrar estos últimos para que aquellos reciban la completa y total luz del recuerdo, pues se cierran. Y entonces se ve que aquel día llovía. Los ojos de la memoria no sirven únicamente para ver; son ojos con tacto, con gusto, con oído y olfato. Por eso, si la concentración es la adecuada, puede olerse el aire lleno de agua, puede escucharse su murmullo constante contra el asfalto, contra los coches aparcados, contra los escasos árboles que adornan las aceras, contra los paraguas que portan las pocas personas que andan alrededor.

En ese momento, el recuerdo arroja una lazada a algún lugar recóndito que sólo él conoce y trae consigo algo más que la memoria de los sentidos. Recuerdas entonces cómo te sentías, allí bajo la lluvia, con tu paraguas que apenas servía de algo, tratando de salvar del aguacero tanto tu persona como el maletín donde llevas los documentos que, por tercera vez, no te han servido para conseguir el puesto en la enorme e importantísima empresa de telecomunicaciones. Tu proyecto, en el que has dejado dos, tres, no sabes, quizá incluso cuatro años. Es revolucionario, y tú lo sabes, pero también te sabes el refrán que dice que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. No quieren arriesgarse. Estás deprimido, airado y quizá un tanto trastornado. ¿Y ahora qué?, te preguntas bajo la lluvia, acelerando la carrera. ¿Intentarlo de nuevo? Un nuevo e imponente edificio, unas nuevas y bien cuidadas oficinas, un nuevo y atento consejo que te escucha para decir después que no, con amabilidad, pero que no. Una parte dentro de ti dice que sí, que claro, que cómo vas a abandonar ya, no seas estúpido, eres bueno, y lo sabes, y los convencerás aunque sea a base de golpear las cientos de puertas que haga falta. Es una parte de ti mismo que apenas escuchas últimamente, es la joven, la optimista, la siempre positiva y nunca desalentada parte que se vio cada vez más arrinconada al mismo tiempo que terminabas la carrera y te dabas de narices contra el mundo.

Te sientes triste, sin ganas de volver a casa y decirle a tu madre, de nuevo, que no ha habido suerte. La memoria es buena en estos recuerdos grises, capaces de colocar una lápida sobre el corazón. Recuerdas entonces el momento exacto en que ocurre. Cruzas la calle, piensas en lo bien que te vendría entrar en aquel bar de la esquina a tomarte algo, parece cálido, acogedor en su luz anaranjada, o tal vez sólo son los cristales que son coloreados. Dudas, vacilas, entras, no entras, y la lluvia decide por ti. El aguacero fuerte se convierte en un aguacero descomunal, el paraguas parece hundirse y lamentarse de la misión para la que le crearon. Si continuas hasta casa, vas a llegar licuado. Mejor esperar a que pase un poco la nube dentro del bar.

Ponlo todo por escrito, escríbelo tal y como lo estás viendo, como lo viste entonces. Has de abrir los ojos, si no los renglones te saldrán torcidos, pero te has concentrado lo suficiente y lo trasladas al papel con una fidelidad digna de encomio. Así es como se hace. Muy bien. Has escrito hasta la entrada en el bar, ¿cómo se llamaba? Cubana, eso es. Lo escribes. Luego pones un punto. Luego vuelves a cerrar los ojos, vuelves a trasladarte a aquella tarde.

El bar es tan cálido como parecía desde fuera. No eran los cristales, que son transparentes. Hay mucha gente, al menos mucha para la tarde infame que ha caído sobre la ciudad. La mayoría de las mesas están ocupadas, y en la barra se apoyan algunos codos. La charla es constante y casi sedante. Parece el único bar inmune a la plaga del televisor que, como en las historias supuestamente futuristas donde un gran hermano vigila al mundo entero a través de esos bichos, han de estar, al parecer, en todas partes, en cada aspecto de mayor o menor importancia de nuestras vidas. Así pues, no hay una voz desacorde y megafónica que altere el murmullo incesante de las conversaciones. Te acercas a la barra y pides un café. Nada te apetece más en ese momento. Un café con leche, largo de café, por favor, caliente y dulce que te calme el estómago agarrotado por la decepción y los nervios alterados por la inútil y desesperante ira que te han provocado los rostros rubicundos que se movían de izquierda a derecha diciendo que no.

El camarero asiente ante tu petición y se aleja hacia la máquina. Tú giras la cabeza a la derecha, siguiendo con la vista al camarero, y entonces tus ojos caen sobre ella. Está sola, como tú, está sentada a la barra y se toma un café, como tú harás en breve, te mira, como tú la miras a ella. La primera tontería que se te ocurre corre hacia los labios y los obliga a abrirse.

–Vaya tarde de perros, ¿eh?

Ella asiente, te sonríe, da vueltas al café. No hay más palabras hasta que el camarero te trae tu taza, con dos terrones de azúcar en el plato, le pides otro mientras te sientes bobo, como siempre que no se te responde a un saludo amistoso. Pero mientras desenvuelves el azúcar y lo hundes en el oscuro y fragante líquido, ella habla.

–A mi me ocurre igual.

Tú dices, confuso:

–¿Cómo?

–Por mucho que se empeñe el mundo entero, me niego a seguirles la corriente y creerme que el azúcar es una amenaza para la salud. Dime, ¿para qué sirve un caramelo sin azúcar? Para lo mismo que una sinfonía de Beethoven tocada con un Casio.

Te ríes. Mueves el café para deshacer en lo posible los tres terrones.

–Me suscribo a eso. –Le tiendes la mano–. Me llamo Víctor.

–Elena.

Terminas de escribir sobre el papel aquella conversación. Tres años han transcurrido, pero las palabras vuelven con facilidad si sabes cómo hacerlo, y tú lo sabes. Levantas la vista del papel, la miras a ella, a Elena, que está a tu lado, escribiendo también, lo mismo. Tal vez su memoria sea mejor, ha recordado que llevaba puesta una chaqueta beige de lana, una falda larga y estrecha de color Burdeos, ha recordado que tú ibas despeinado, desentonando ampliamente con aquel traje gris, con aquella corbata azul marino que no te quedaba ni bien ni mal. Cuando has levantado la mirada hacia ella, ella también lo ha hecho hacia tí, te sonríe tristemente, supones que con la misma tristeza con la que le sonríes tú a ella. Son las cuatro de la madrugada, estáis aquí solos, en el parque de detrás de la casa que hasta esta misma noche habéis compartido. Es verano y hace calor, pero de vez en cuando sopla una brisa que refresca la piel, que hace revolotear las esquinas de las hojas en las que escribís. Es la última cosa que haréis juntos. La idea te parece triste y liberadora al mismo tiempo. Ella baja la cabeza de nuevo hacia el trabajo que queda por hacer, tú te entretienes un momento más mirando su perfil medio tapado por la corta melena. Luego suspiras, bajas la cabeza, vuelves a escribir.

Es arduo escribir tantos recuerdos, sacarlos de los más recónditos lugares donde habían sido colocados, a veces con mimo y delicadeza, a veces descuidadamente, por las prisas quizá. Son tres años los que hay que poner sobre el papel. Habéis sido previsores y habéis comprado una caja con doce lapiceros. Os ha parecido la mejor herramienta, la más próxima a la esencia íntima de la labor de la noche. Lápiz y papel. El silencio y la memoria. Y a veces una suave brisa que refresca la piel.

Describís la amistad que nació de aquella escasa conversación en el ambiente relajado y cálido del bar Cubana; luego describís el cariño que surgió de esa amistad, de los múltiples encuentros en la misma barra, de los paseos, de las conversaciones, de la primera vez que sentiste que podías hablar con otra persona como si hablaras contigo mismo, de cómo le contaste tu vida, tus preocupaciones, tus proyectos que parecían tan lejanos, de cómo ella te contó su vida, su existencia pequeña, tranquila y sencilla, su trabajo en la librería, su afiliación al Partido Del Azúcar, si este existiera, al de la Imaginación Por Encima De Todas Las Cosas, si este existiera. Reísteis juntos como jamás te habías reído, la besaste como nunca pensaste que se pudiera besar. Aquella vez que te llevó a la boda de vete a saber que prima suya y os tocó sentaros en el banquete enfrente el uno del otro; ella te sobó la entrepierna con el pie hasta que sentiste la humedad explotar, y la risa de ella luego, cuando recordaba tu cara, tu pálida expresión mordiéndote los labios, estrujando la servilleta, pensando ¿lo han notado? ¿se me nota mucho? tú mirada hacia ella de ¡qué haces! ¡para de una vez! Estás loca. Te quiero.

Así llegó el amor, eso pensaste, eso piensas todavía. La amaste con intensidad y febrilmente. Cuando ella te propuso alquilar un piso, vivir juntos, te pareció la mejor idea, y realmente lo fue, al menos al principio. La presentaste a tu madre, te sentiste en la cima del pico más alto de la cordillera de la felicidad cuando le dijiste: Está, mamá, es Elena. Todo fue maravilloso, ibas por la vida con una sonrisa idiota. Decidiste que ya habría tiempo para darle alas a tu proyecto subversivo. De momento, lo importante era vivir junto a Elena, quererla y que te quisiera, y eso se conseguía con cualquier trabajo. Te propuso ayudarla en la librería, dijiste que sí. Allí, entre los libros, entre las altas estanterías del almacén, entre anotaciones de pedidos y alguna que otra firma de autores más o menos consagrados en el rincón especialmente montado para ello, viviste en felicidad. Tenías a la mujer de tu vida, ella te tenía a ti. Cualquiera que se sintiera con el suficiente valor, el que hace falta en el mundo de ahora para pronunciar determinadas palabras, hubiera podido decir al veros tras el mostrador: Estáis realmente enamorados, no podéis negar que os habéis reconocido como partes complementarias de un todo. Y así, en verdad, era.

¿Es una lágrima lo que asoma a tu ojo? ¿Lo que te hace parpadear y sorber por la nariz? ¿Le ocurre lo mismo a Elena, sentada en el banco de al lado? ¿Es el recuerdo de lo perdido, que pincha en el corazón, en el estómago, en alguna parte oscura y herida del interior? ¿Es el pesar que aplasta el lugar donde habitan los sentimientos, haciéndoles gritar ¡intentémoslo de nuevo! ¡no puede ser que se acabe! ¡no puede ser!? Tranquilo, tranquilos, ya falta poco, el trabajo, arduo, penoso trabajo esta casi terminado. Traer el pasado al presente duele, si ese pasado fue el día y el presente es la noche, si fue manantial de luz y es desierto de tinieblas.

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