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Libros publicados

El chip de la gravedad

El chip de la gravedad

19-10-2015

Ciencia ficción/fantástica novela

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Jose Antonio es un niño de 12 años normal y corriente, pero un día tras presenciar un extraño incidente con helicópteros, se encuentra un objeto que le da los poderes de controlar la gravedad. Pero, ¿quién ha creado ese objeto? Un grupo de seres de otro planeta irrumpe en casa de Jose, y le explican a él y a su familia todos los secretos acerca de ese objeto. Dichas revelaciones harán que la familia deba tomar una decisión: decidir si quieren hacer el bien poniendo en juego sus vidas.

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Primer capítulo

El cielo era deprimente y estaba encapotado con oscuras nubes. Llovía bastante pero anteriormente el chubasco había estado más enérgico. La ciudad de Londres mostraba un panorama tétrico. Pese a ser un día de verano, que hubiese nubes en esa zona no era nada extraño.

            En aquellos momentos una bandada de cuervos cruzó el cielo y de ellos procedió el sonido de algún graznido.

            Una autocaravana circulaba por las calles de la ciudad. Las personas que estaban dentro eran una familia de cinco miembros (padre, madre y tres hijos varones). Además de la familia iban tres inmigrantes.           

            Todas las personas de aquel vehículo estaban llorando, aunque algunos más apaciguadamente que otros.

            En un sillón estaba el benjamín de la familia, el hermano pequeño llamado Jose Antonio. Tenía doce años a pesar de aparentar menos, pelo liso castaño tamaño medio, gafas con cristales ovalados y cabeza redonda.

            El conductor era un tipo que rondaría los cuarenta y tantos años. Era alto, podría decirse que medía algo menos de metro noventa. Iba vestido de pelo marrón con una corta melena, ojos castaño claro, perilla, bigote y una corta barba. En general tenía pintas de ser el protagonista de las típicas películas americanas. Iba vestido con pantalones vaqueros y una camiseta negra. Por sus mejillas en aquellos mismos momentos le resbalaban lágrimas.

            En cuanto a los otros dos inmigrantes uno de ellos estaba de copiloto, y el otro iba arropado por una sábana descansando en un sofá que había al fondo del vehículo.

            Dos sillones había en la caravana, en uno de ellos estaba el padre de familia, cuyo nombre es Pascual. Estaba pensativo y lloraba de manera sosegada. Tenía ojos azules y en su pelo negro unas cuantas canas. Normalmente llevaba puestas unas gafas de cristales rectangulares y montura fina que casi no se percibían cuando las llevaba puestas; pero en aquel momento las tenía agarradas por una mano mientras que la otra la tenía por delante de su cara ocultando sus ojos.  

            En el otro sillón estaba la única mujer de aquel grupo de personas, la madre de la familia llamada Mari Carmen. Su pelo estaba teñido de rubio un poco, pero en verdad era castaño oscuro, aunque apenas se notase.                     

            En el centro del vehículo había una mesa con un ordenador portátil y a cada lado una pantalla extra. En unas sillas al lado de la mesa estaban  los hermanos del pequeño Jose Antonio. Estaban tristes y pensativos. El mediano era un joven de trece años llamado Rodrigo. Tenía el pelo negro un poco revuelto. El mayor se llamaba Jesús, de diecisiete y tenía pelo rizado con aspiraciones de afro.

            Además de estas ocho personas había una mascota en el vehículo. Una cobaya que dormía una en una casita dentro de una jaula de dos pisos que se encontraba sobre una mesilla de noche en una esquina del vehículo.

            El más joven de todos, del niño que os hablé antes que estaba sentado, no paraba de procesar tanto ideas positivas como negativas. Con cada pensamiento sufría. Jose Antonio llevaba una camiseta roja demacrada y unos pantalones cortos y negros. En su interior como todos los demás le pesaba dolor.

            Estuvo sentado un rato pensativo cuando se le ocurrió hacer algo. Se levantó y se acercó a la mesa en la que estaban sus hermanos.                                                                               

            -Rodrigo, ¿me puedes dejar hojas para escribir? -le preguntó.                                                                       -Sí, sí.

            Al lado del sillón del padre estaba la mochila del hermano mediano, quién se dirigió a ella para coger lo que su hermano pequeño le había pedido.

            -No tengo bolígrafo -dijo el hermano del pequeño.

            -Yo tengo -dijo el conductor al niño, que se fue hacia la parte delantera del vehículo a cogerlo.

            El hermano mediano se acercó al pequeño porque acababa de sacar de la mochila un cuaderno.

            -Coge el cuaderno entero, ahora no quiero dibujar.     

            Esta vez el benjamín, se sentó en una silla al lado de la mesa de frente de la cual estaban sus hermanos. Se mantuvo pensativo un momento. Cuando ya tuvo la idea de lo que iba a escribir, comenzó:

         


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