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Libros publicados

Ángeles de Helheim

Ángeles de Helheim

16-04-2016

Ciencia ficción/fantástica cuento o relato

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Siete años antes de los sucesos de "Operación Fólkvangr", Vasyl Pavlov recibe una terrible noticia, que condicionará el resto de su vida, y que pondrá en marcha una maquinaría de venganza que tendrá consecuencias inesperadas para él y el equipo que le apoya. Pavlov se hundirá en la ira y el resentimiento, y tendrá la ayuda de dos mujeres completamente contrapuestas, cada una de ellas dispuesta a llevarle al cielo del perdón, y al infierno del odio.

Este libro es la precuela de "Operación Fólkvangr", y novena obra de la saga Aesir-Vanir. No se requiere la lectura de los anteriores.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Escrito en sangre

“Cualquier acto de justicia que comprometa la vida de un solo inocente se convierte en venganza. La justicia que no discrimina entre culpables e inocentes es solo una falacia para ocultar la incompetencia de quien la promueve” (Irina Musilova).En algún lugar de Centroamérica. febrero 2046.

 

—Vasyl, estoy recibiendo una llamada con tu código. Es tu mujer. —Pavlov dejó el arma en la mesa soplando pesadamente.

—De acuerdo, gracias —respondió mientras activaba el comunicador interno del oído y activaba la frecuencia de respuesta.

—¿Vasyl? ¿Estás ahí? ¡Responde, grandullón! De mí no puedes ocultarte.

—Kathryn, por favor. Te he dicho que no me llames cuando estoy en el trabajo.

—¿Eso es un trabajo? ¿Como ese edificio que me contaste que tenías que hacer volar por los aires?

—Rompía la estética del paisaje. Y ahora, contéstame a esto: ¿por qué me casé contigo?

—Esa es una pregunta, Vasyl Sergei Pavlov, que todavía estoy intentando responder.

—Estoy en un operativo. No puedo hablar.

—Claro, en un operativo, qué misterioso, qué secretitos ocultas… El señor puede desaparecer tres semanas para hacerse el héroe duro por ahí, y salvar el mundo, y mientras tú juegas a hacerte el héroe, yo tengo que aguantarme sola, en esta casa vacía, que se me cae encima. Pues hoy me he dicho: voy a usar ese comunicador que tengo para llamar y que no debo usar nunca, excepto en caso de emergencias.

—Ya lo hemos hablado otras veces, nena. Es para emergencias. ¿Es una emergencia?

—Depende de lo que entiendas como emergencia. Pero es igual.

—Mira, Kathryn. Yo desaparezco, es cierto. Luego estoy dos meses en casa. Dos meses en casa, dos semanas fuera. Tres meses en casa, tres semanas fuera. Imagina que soy piloto, y que tengo que hacer distintas rutas. Pues es exactamente lo mismo. —Kathryn rió.

—Eras piloto de combate, pero al menos estabas en el aire, en aquella bañera de acero. Ahora nunca sé dónde te metes. ¡Y me pongo de los nervios! —Pavlov suspiró, y contestó:

—Mira nena, no debería decirte esto, pero quedan unos cinco días para que vuelva, puede que sea antes incluso. Estoy bien, te lo aseguro. Mi trabajo es completamente seguro. Y yo no salvo el mundo. Me dedico a ayudar a unas jóvenes estudiantes de biología, para que puedan sostener los tubos de ensayo durante sus estudios. Y soy tremendamente amable con ellas. —Kathryn asintió levemente sonriente, y contestó:

—Si eso fuese verdad, te habrían envenenado a los diez minutos, sabiendo lo insoportable que puedes llegar a ser. Ya engañaste a una bióloga una vez, e hiciste que se enamorase de ti. Todavía no me puedo creer cómo me dejé engañar por ti. ¿No tuviste bastante arruinando una vida?

—Nena, tengo que cortar. Estaré bien, de verdad. —Kathryn no pareció muy convencida.

—Cuídate, obstinado y terco animal de dos patas. Eres peor que una mula. Y sabes que te quiero.

—Yo también te quiero. Muy pronto habremos ganado el dinero suficiente como para poder retirarnos a una isla perdida. Los dos solos. ¿Te lo imaginas?

—¿Los dos solos? ¿Es que quieres que me vuelva loca, sin nadie más con quién hablar, excepto tú? —Pavlov sonrió.

—Bueno, podemos llevar a tu madre, y entonces seré yo quien se vuelva loco.

—Tengo miedo, Vasyl. Tu vida es un caos. Tú eres un caos. Te atormentaste a ti mismo cuando sufriste la lesión en aquel vuelo. Y pensé que íbamos a vivir una vida más o menos normal, si es que eso es posible contigo. Pero luego te enredaste en esas… Misiones. Y lo que pensé que no podía ir a peor, ahora es mucho, mucho peor.

–Me ofrecieron mucho dinero. La alternativa era cobrar la pensión de la armada toda mi vida. Eso iba…

—Iba a matarte —cortó Kathryn—. Lo sé. Sé que si no hay algo explotando a tu alrededor de vez en cuando te puedes volver loco. Pero pasan los años, Vasyl. Y tenemos planes. Y tenemos que hablar. Cuando vuelvas. De varias cosas, de una cosa en particular, y de todo esto.

—Si lo que quieres es decirme que vas a dejarme, lo entenderé. Sé que soy imposible. —Kathryn negó con rotundidad.

—No seas tonto. Somos un equipo. Siempre lo dices. Y te estás sacrificando por los dos. Yo puedo seguir con mis estudios de biología, con mi investigación en desarrollos de genética avanzada. Incluso cuando cerraron el laboratorio, me prohibiste dejarlo. Y tengo al hombre más apasionado y loco del mundo, eso sí, cuando estás a mi lado. ¿Qué más puedo pedir? ¿Quizás… Tener una vida normal?

—Acabará pronto, Kathryn. Lo prometo.

—Siempre dices lo mismo. Y yo siempre te creo.

—Kathryn, yo…

—No, no digas nada —cortó de nuevo ella—. No digas nada. Ven. Te estaré esperando. Como siempre. Pero ven, por favor.

—Tengo que cortar, nena, me están llamando. Nos veremos pronto. Cuídate. Por favor.

—Cuídate tú. Eres el que se juega la vida en esa maldita locura que ni entiendo ni podré entender.

—Alguien ha de hacerlo.

—Lo sé. Y sé que estás ayudando a otros con tu trabajo. Pero no me pidas que me guste. Cuídate, loco soñador.

—Cuídate, cariño.

La señal se cortó. Pavlov se mantuvo en silencio unos instantes. Alguien se acercó.

—¿Pavlov? ¿Está listo?

—Estoy listo, coronel.

—Pues muévase. Esos cabrones no van a esperar por nosotros.

—Lo sé, señor. Lo sé.

 

Pavlov se trasladó con el coronel y sus hombres hacia la zona del objetivo. Tuvieron que ir andando. Tres días de camino por una selva en la que no se podía llevar equipo electrónico, excepto las propias armas y comunicadores protegidos, para evitar ser detectados.

Montaron un campamento, y al anochecer, Pavlov tomó uno de los nuevos fusiles railgun que le habían entregado. Disponía de un acelerador de masas en miniatura. El principio era muy sencillo: acelerar una pequeña masa a velocidades muy superiores a las de las armas convencionales, usando un pequeño generador de fusión con un superconductor acoplado. Era un arma experimental, y Pavlov odiaba las novedades, sobre todo aquellas en las que el factor humano estaba supeditado a una computadora de tiro. Él siempre opinaba que para matar a un hombre no era necesario complicarse tanto la vida, y que el plomo había funcionado perfectamente durante siglos. Pero el railgun tenía importantes ventajas: la capacidad de modular la potencia y la trayectoria del arma, una precisión y alcance muy superiores, y una cadencia y número de disparos también netamente superior. Podía atravesar paredes gruesas, y el sistema de visión de infrarrojos eran tan preciso que había dejado obsoletas las armas de proyectiles dirigidos, eficaces, pero lentas. Además, solo requería apuntar el arma hacia el objetivo, e indicar el punto de impacto y el daño a provocar. El arma disparaba a ese punto, causando el daño solicitado, fuese una herida leve, grave, o mortal. No era necesario desviar el proyectil, ya que este atravesaba cualquier la mayoría de materiales conocidos, menos los basados en grafeno y sus derivados.

Las clásicas armas de proyectiles, conocidas como balas, seguirían siendo comunes muchos años, pero esas nuevas armas eran sin duda muy sofisticadas. De todas formas, Pavlov siempre llevaba su Beretta de 9 milímetros. No era parte del equipamiento estándar. Pero a él eso no le importaba.

Pavlov y el resto de hombres llegaron a su objetivo. Era un centro de fabricación de la droga más potente jamás conocida: la ZLN-31. Era liquida, incolora, inodora, y muy difícil de procesar. Basada en un compuesto derivado de la cocaína, sus resultados se multiplicaban gracias a la adición de nanobots artificiales alterados mediante ingeniería, que incorporaban la molécula de forma selectiva en el sistema nervioso de forma sistemática, potenciando su alcance y efecto. Solo el escáner más sofisticado podía detectar la molécula responsable de la respuesta que creaba en el individuo, generando una sensación de euforia y de potencia a todos los niveles muy superior a todo lo visto anteriormente. Permitía trabajar con un rendimiento aumentado de un 120% durante cuarenta y ocho horas ininterrumpidas. Al cabo de cinco años, el cerebro comenzaba literalmente a hacerse pedazos, y a licuarse dentro del cráneo. Para entonces, ya era demasiado tarde. Ni los nanobots médicos regeneradores, ni los virus modificados genéticamente podrían reparar los daños. Era una plaga creciente, y había que detenerla.

Entraron en el laboratorio. El edificio estaba vacío. El día anterior, varios drones submarinos habían penetrado por las cloacas, y tomado nota de la elaboración de la droga. Ahora, no había nada. Ni nadie. Pavlov comenzó a preocuparse, temiendo algo, pero sin sospechar lo que le esperaba.

Luego se dirigieron a la casa cercana donde se suponía se encontraban los responsables del cártel de droga, a los que habían estado controlando aquellos últimos seis meses. Pero tampoco vieron nada. Ni a nadie. Pavlov, como responsable del operativo, había estado allí tres días antes, junto a un grupo de hombres. La casa estaba completamente vacía.

—¿Qué ha pasado, Pavlov? —preguntó el coronel.

—Dígamelo usted.

—Usted está al mando, usted debería saberlo. Yo soy un observador. Es evidente que han huido.

—Alguien les ha informado —comentó Pavlov.

—¿Alguien? Hemos empleado ingentes cantidades de recursos humanos y técnicos en esta operación, Pavlov. ¿Y ahora me dice que tenemos un topo?

—Es evidente —confirmó Pavlov—. Ya tenía alguna sospecha de algo así. Pero esto lo confirma.

—¿Sospecha? ¿Y no dijo nada? —Pavlov se acercó a una pared. Había algo escrito. El coronel se acercó.

—Dios santo —exclamó el coronel.

—Dios no tiene nada que ver en esto —contestó Pavlov. Se acercó deprisa a su mochila, se la puso en la espalda, y salió corriendo.

—¡Pavlov! ¡Vuelva! —gritó el coronel—. ¡Puede ser una trampa!

Un soldado se acercó al coronel, y preguntó:

—¿Qué le pasa ahora al perrito? ¿Por qué sale corriendo? —El coronel señaló a la pared. El soldado siguió el dedo, y exclamó:

—¿Pero… Cómo?

—No diga nada de esto, ¿se ha enterado? ¡Que nadie diga nada, o yo mismo le volaré la cabeza! Vamos, a ver si podemos alcanzar a Pavlov, antes de que alguien le vuele la cabeza a él.

—¿Alcanzar a Pavlov? —preguntó el soldado—. Antes se congelaría el infierno.

Todos asintieron levemente,  mientras se acercaban para observar el muro. Porque allá, escrito con sangre humana, había un nombre: Kathryn. Y una dirección: la del hogar de Pavlov.


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