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Una luz más allá del horizonte

Una luz más allá del horizonte

06-12-2013

Aventuras novela

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Aunque se encuentra en una zona en permanente conflicto, la vida transcurre tranquila y apacible en San Miguel, una misión en las remotas montañas de Katanga, en el Zaire de Mobutu, hasta que irrumpe la guerra.

Fue mi primera novela y le tengo un especial cariño.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

 

I

 

Warda no conoció a su padre y de su madre no albergaba más que un grato lejano recuerdo. Las primeras percepciones de su infancia se desvanecían en la nebulosa de una fría mañana en que la encomendaron a las monjas francesas que llevaban la misión.

Por las monjas pudo saber que procedía de una aldea en las cercanías de Kahia, en Entala, una región boscosa del valle del Lukuga, y que su madre había sido una pequeña y bondadosa mujer que a la muerte de su esposo tuvo que abandonar la aldea donde Warda había nacido, y dirigirse huyendo a Tanzania, más allá del gran Tanganica, de donde nunca regresó.

La historia de su abandono no era la única entre las internas de la misión, pues Warda, como tantos otros niños y niñas del Zaire, había tenido el infortunio de venir al  mundo a sufrir los desvaríos que desde décadas asolaban la región. Familias enteras desplazadas cuando no cruelmente desmembradas, historias de horrendos asesinatos, mutilaciones, venganzas y represalias, detenciones y tormentos infringidos sin más motivo que el de pertenecer a la otra etnia o facción, o por el solo hecho de vivir en el lugar inadecuado. Ese fue el dramático escenario en que a Warda le tocó en suerte nacer.

Sin embargo, y a pesar de todo, podría decirse que Warda había sido una niña afortunada, pues la sabia decisión de aquella madre la había salvado de un destino que, como el de tantos otros, pudo ser mucho peor. Aunque la guerra, o por mejor decirlo, las incesantes disputas de tan diverso origen, nada ni a nadie respetaban, la misión se mantuvo por algún tiempo al margen de los conflictos. No es que las facciones en disputa apreciaran el trabajo humanitario de las monjas, ni tampoco que las detuviera algún sentimiento o reserva religiosa; simplemente las respetaban por pura conveniencia, sabedores sus comandantes de que en la misión podían encontrar medicinas y cuidados para los frecuentes heridos en los crueles enfrentamientos que a menudo se libraban en aquellas apartadas montañas.

Las tareas de la misión eran de lo más variadas, aunque todas giraban en torno al propósito de prestar ayuda a quien la necesitara. Prevenir o combatir epidemias y pandemias, curar heridas y atender enfermos y ancianos desahuciados, dispensar y distribuir los medicamentos y la ropa que regularmente enviaba la ayuda humanitaria, o potabilizar el agua de los pozos e inculcar normas de higiene constituían básicamente las labores sanitarias en la misión, que se compaginaban con otra no menos importante labor educativa: enseñar sencillas técnicas de cultivo a los campesinos, inculcar principios de educación sexual a los jóvenes y, por supuesto, iniciar en las primeras letras a los niños y a los adultos interesados que poblaban las aldeas aledañas. 

Aunque inicialmente no estuvo previsto, con los años y para dar respuesta a una necesidad a la que las monjas no pudieron dar la espalda, la misión acabó convirtiéndose también en una residencia de niños huérfanos o abandonados.

La catequesis y la evangelización no ocupaban precisamente el afán prioritario de las monjas, al menos de una forma explícita y deliberada. La predicación no absorbía el tiempo ni el esfuerzo cotidiano en la ajetreada vida de la misión. La práctica religiosa y la oración quedaban para el ámbito interno de la comunidad de monjas, en el que las hermanas, discretamente, cada mañana muy temprano y cada tarde acabada la jornada, si las obligaciones lo permitían, se ocupaban de sus rezos en la pequeña capilla, compartiéndolos con quien libre y voluntariamente quisiera unirse a ellas.

Era de un modo más sutil y apenas perceptible como las monjas cumplían la irrenunciable evangelización, sin la imposición de ritos ni liturgias, sin propagar dogmas o doctrinas, con la persuasión más eficaz que da el ejemplo. Así las hermanas expresaban su fe cristiana, que en aquellas tierras sólo unos pocos nativos profesaban, pues aunque muchos habían sido bautizados y conocían sus principios elementales, en su fuero interno la mayoría preservaba sus creencias religiosas ancestrales y en el fondo percibía el cristianismo como una religión extraña y extranjera.

La misión era muy simple en su estructura y configuración, reduciéndose sus dependencias a la pequeña escuela y el hospital y su dispensario, además de la capilla y las austeras aunque cómodas y ventiladas estancias de las monjas, que a lo largo de los años nunca fueron más de seis.

La construcción de cada estancia era también muy sencilla, pues salvo el dormitorio de las monjas, la pequeña oficina y el hospital, fabricados de madera, ladrillos y cemento, con paredes, puertas y ventanas, y tejados a dos aguas al estilo occidental, el resto de las dependencias: cocina, escuela y demás, se habían construido con troncos de madera enlazados por cuerdas o lianas, y techumbres de ramas y argamasa de sorprendente resistencia. Estas sencillas instalaciones proporcionaban espacios a cubierto de las frecuentes lluvias tropicales, o del inclemente calor del mediodía, cuando las nubes se marchaban para dejar ver el sol. Sólo las letrinas y los baños prestaban la necesaria intimidad, y el almacén de los víveres y las herramientas también estaba construido con ladrillos y cemento y se mantenía cerrado bajo llave, al igual que el dispensario.

El núcleo de la misión ocupaba una extensa superficie cuadrangular, enclavada en el promontorio de un gran claro de selva que formaba una amplia y despejada explanada. En el centro del calvero las monjas delimitaron un contorno cerrado por las diferentes dependencias de la misión, que se adosaban unas a otras formando un rectángulo que dejaba un tramo abierto que servía de acceso al interior. En el espacio que abarcaba la misión, disponiendo piedras encaladas, se habían trazado dos caminos que comunicaban cada lado y su contrario, formando de tal modo una gran cruz. En el crucero, con troncos de madera, las monjas habían levantado una  plataforma sobre la que descansaba un depósito al que un pequeño motor elevaba el agua que llegaba conducida desde un cercano manantial. Con gran sentido práctico, aprovechando la elevación del depósito, las hermanas habían conseguido dotar de agua corriente a la misión, lo que posibilitaba el mantenimiento de unas sorprendentes condiciones de limpieza y salubridad, inusitadas en aquél entorno primitivo. Junto al gran depósito se habían construido la cocina y un lavadero bien techado, y a sus espaldas unas sencillas duchas con las que todo el personal podía cumplir las estrictas medidas de higiene que las monjas inculcaban y exigían.

Cercano al dormitorio de las religiosas, compartiendo los servicios y la protección que otorgaba la misión, diseminadas con cierto orden en una zona acotada de la explanada, se levantaban las chozas donde vivían los niños acogidos. Eran cabañas de planta circular y fábrica de adobe, con techumbre de cañizos trenzados sobre estructuras de ramas, sin otro mobiliario en su interior más que un estrecho camastro por ocupante, con su correspondiente cajón a modo de baúl, donde cada cual guardaba sus escasas pertenencias personales. Alojados en grupos de tres o cuatro niños por cabaña, el de mayor edad solía ser el responsable de la estancia.

Dispersas en los alrededores y con mayor independencia e intimidad que las chozas de los niños, surgían por aquí y por allá las viviendas de los empleados, que vivían con sus familias y se ocupaban de ayudar a las hermanas en las múltiples tareas que precisaba el día a día de la misión, especializados algunos como enfermeros, cocineros, carpinteros o albañiles, y otros, los menos hábiles o dispuestos, empleados como meros ayudantes o peones. Los de mayor criterio o confianza se ocupaban como mensajeros o recaderos, destinos de gran responsabilidad en aquél recóndito lugar perdido en las montañas, donde la comunicación y los suministros eran servicios de la mayor importancia. Todos los empleados, además, colaboraban cuando era necesario con el reducido grupo dedicado al cuidado de la huerta y a las tareas de la granja. Por su trabajo no percibían ningún salario, sólo la comida y el vestido, y la seguridad de ser atendidos en cuantas necesidades pudiera cubrirles la misión.

Los recursos con que contaban las hermanas se reducían a una pequeña asignación que cada año establecía el obispado, y a los beneficios, muy escasos, que se obtenían de la venta de productos de la huerta y de la granja. Íntegramente se empleaban para adquirir medicamentos y material para la clínica, así como combustible, semillas, fertilizantes, piensos, herramientas y otros utensilios necesarios para mantener la explotación del exiguo ganado y los cultivos.

Con cierta regularidad recibían también medicamentos, alimentos básicos y abundante ropa usada, procedente todo ello de la ayuda humanitaria.

Los visitantes y los familiares de los enfermos, cuando no retornaban a sus aldeas a esperar la cura o evolución de sus dolencias, se acomodaban en las cabañas disponibles o en cualquier chamizo que ellos mismos levantaban. En conjunto vivían en la misión y sus alrededores un centenar largo de personas, si bien de sus atenciones y servicios se beneficiaban decenas de pequeñas aldeas desperdigadas en un territorio de más de cien kilómetros a la redonda.

Al frente de la misión estaba sor Ángela, la superiora, a la que todos llamaban “madre”. Sor Ángela era de origen y nacionalidad francesa y había nacido en Valliers, en las cercanías de Annecy, junto a la frontera franco-suiza, un apartado cantón provenzal rodeado de una hermosa campiña moteada de granjas y pequeñas casas de labranza.

El plácido verdor que rodeaba la misión recordaba a sor Ángela el querido y en ocasiones añorado paisaje de Valliers, llevándola en tales ocasiones a preguntarse con rabia por qué no podía ser aquella hermosa tierra tan amable y agradecida como lo era la de su querida Francia.

Dejaba volar su mirada y su imaginación sobre los verdes valles que circundaban la misión, y era capaz de percibirlos como la rica y generosa campiña que un día podría llegar a ser.

 Oteaba los inmensos valles entre las escarpadas montañas que se elevaban a su alrededor, y en su ensoñación imaginaba un paisaje de ondulantes acequias colmadas de agua fresca hábilmente conducida hacia los sembrados y las granjas, cañaverales frondosos y suaves senderos y huertas con vacas, gallos orgullosos y aguerridos perros ovejeros. Sobre las suaves colinas adivinaba fértiles y cuidadas terrazas que escalonaban las laderas, y sembrados de viñedos, olivos, trigales y frutales y, como enormes alfombras de llamativos tonos verdes, inmensos pastizales saciados por el inagotable y generoso Zaire.

Sor Ángela no se resignaba a interpretar aquella visión como una quimera imposible y negada por irresistibles circunstancias. Prefería considerarla una premonición consciente de lo que algún día, tal vez, pudiera llegar a ser aquella hermosa, vigorosa y fértil tierra africana. Luego, irremediablemente, se desvanecía la ensoñación y se imponía pesimista la tremenda realidad de aquel Zaire que se le había metido en el corazón. La realidad de un país inmenso e inmensamente rico en el que sus gentes, sin embargo, malvivían y morían miserablemente. Décadas de infame explotación y corrupción, de absurdas, interminables y sangrientas disputas y contiendas; el sacrificio de una generación tras otra; ahí estaba la razón de la pobreza de aquel país maravilloso. Todo el mundo conocía las causas pero nadie hacía nada eficaz para alumbrar siquiera la esperanza. Odios fomentados por diversos y siempre oscuros intereses; a veces cercanos y previsibles, otras lejanos e insospechados, siempre mezquinos intereses. Guerras que mataban y empobrecían a millones para satisfacer las ambiciones de unos pocos. Generaciones condenadas a vivir sin presente y sin futuro; hombres y mujeres, ancianos y niños, personas de toda condición convertidas en fichas sin valor, sacrificadas en el tablero del terrible juego de la codicia y las venganzas.

 

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