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Primer capítulo

Atravesando por los miles de recorridos con mi madre, entre los senderos y los caminos, encontrando un  amigo fiel, que pudiera ocultar la marcha y el amor de un padre celestial.

Entre las miles de búsquedas, el encuentro de tener una mascota era eterna, ante el impedimento y las promesas de mi madre. Un día como ninguno fuimos en la búsqueda de aquella mascota, que sin lugar a dudas en el lugar menos pensado, lo encontramos. Sólo aquella señora de rosado rostro y robustez, nos enseñó con su voz dulce, un perrito que tenía y aseguró que vivía con su tía y con su madre.

A mi madre no le parecía la idea de tener una mascota, fuese en la condición que estuviera. Pero el anhelo de poder estar con él, desde la tierna mirada en que ambos nos cruzamos desde el primer día. En ese entonces recorriste en mis pensamientos y fuiste la alegría y sorpresa del hogar.

Los días pasaban y pensé que te incomodaba la estadía, por las miles de posiciones que ponías, las dormidas en la cama; el acostumbrarte en un nuevo lugar era muy difícil para aceptar nuestro nuevo hogar. Hasta que un día como cualquier otro me amaste y prometiste guiarme como mi animal espiritual.

En el transcurrir de las vidas,  volvimos al lugar donde encontré la felicidad, sólo vi que la médica te decía o me decía que debíamos hacerte terapia o masajes para que pudiera descender tu sexualidad. No hice mucho caso, sólo en mi inocencia te hacía masajes para que te fortalecieras. Sólo quería tener a mi pequeño pincher, con nariz respingada, con colita chata y orejas cortas para siempre.

Al transcurrir los años fuiste mi amigo fiel, aprendiste a cazar ratones; no entendía si eras un perro o si eras un gato. Aprendiste unas prácticas, como decirte ¡Mátelo!, ¡Mátelo!. Recuerdo cómo te enfurecías para atacar. O en ocasiones cuando hacías un estilo de nadado libre que me permitía saber lo buen entrenado que estabas por si te ahogabas en el platón grande, en el que soñábamos juntos como un día de diversión en piscina.  O las maromas con las manos que parecían tarántulas al doblarlas y tú las odiabas o quizás tenías una sonrisa tenebrosa. Lo chistoso, es saber si llorabas o reías, cuando te hacían cosquillas. Sobre todo con las pequeñas voces o llamadas telefónicas que te inventabas, permitiendo que mi madre hablara por ti, con tu tía y tu madre.

No recuerdo si era yo en sueños o eras tú, que siempre degustabas de una comida exquisita, que sólo permitía que rosara tu fino paladar. O el negocio inventado que decía mi familia que tenías desde la venta de cervezas; o si eras un aliado de los ratones; para que ellos fueran capturados tan fáciles  por ti.

El caso es que mi vida contigo, era un ejemplar aguacero de  gotitas de amor y felicidad. Recordando las caminatas, las caídas y las sonrisas. ¡Ah! Sobre todo las escondidas en la casa, las jugarretas en la cama o las metidas de trompa que hacías en las sábanas para destapar el olor más profundo.

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