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Primer capítulo

Capítulo 1. El comienzo

 

Andaba dando una vuelta por el Campo Volante, aprovechando que la marea estaba baja, que los chiringuitos estaban muy bien y algo pillaría... de trabajo quiero decir, porque es que yo estaba en el paro. Bueno, vale, pillar de lo otro; ya que no me creéis que cobrando por no hacer nada querría hacer algo, tendré que decir la verdad, pero era más interesante lo otro.

 

El caso es que andaba distraída, mirando para un lado y para el otro, había mucho personal que te lo digo yo, y había familias con niños y perros y gatos, bueno ¡una fiesta!. Total que andaba muy distraída mirando para atrás mientras caminaba hacia adelante, es decir, toda retorcida, y cuando fui a poner la cabeza en la misma dirección que las piernas me empotré contra un cuerpazo ¡que cuerpazo madre mía! Era Ramón, seguía tan grande como recordaba, grande físicamente quiero decir, no es que fuese la luz que iluminaba mi camino ni nada de eso.

 

Al tropezar con él, cuando aún no había mirado hacia arriba para verle la cara y como una estaba en el paro pero tenía mi educación pedí perdón, lo normal en estos casos, vamos; y el dijo:

 

¡Estás borracha Xiana!

 

En realidad no dijo esto, es un homenaje a la frase "Estás borracha Sue Ellen", porque me hace mucha gracia y porque me apetecía ponerlo aquí. Lo que de verdad dijo fue:

 

Nada, tranquila, no fue nada, bien vi que ibas distraída. ¡Eh, Xiana! ¡Eres tú! Cuanto tiempo tía, ven a tomar algo con nosotros y hablamos.

 

Y fui, por tres motivos fundamentalmente:

 

1º. Porque había salido de pesca y había muchas posibilidades de

    pescar, o mejor dicho de repescar algo.

 

2º. Estaba cansada, que ya había andado mucho.

 

3º. Era GRATIS.

 

Íbamos hacia una mesa en la que había otros dos hombres esperando, como estaba a unos metros y tengo una agilidad mental increíble me dio tiempo a pensar, no es por presumir, es que es así:

 

1º. Que suerte encontrarlo de nuevo, después de tanto tiempo, así

    por casualidad ¡qué fortuna! ¡qué alegría!

 

2º. ¿Si ya había visto que iba distraída... como es que no se

    apartó para no chocar? y en conclusión ¿fue una casualidad que

    chocásemos?

 

Y ya llegamos a la mesa. Sí, no pensé más que dos cosas, es que sólo eran unos metros, tampoco hay que ponerse así. Allí estaban Paco y Alberto, lo supe porque me los presentó, no es que los conociese ni que llevasen el nombre escrito en la cara, no.

 

Alberto era guapo, pero de los de verdad, con sonrisa de campeón incluida. Paco no, lo puedo decir más suavemente, pero es así, no era guapo. Lo que sí tenían en común los tres, porque Ramón guapo tampoco era, pero tenía su punto, era un aquel de caraduras y descarados que los hacía muy atractivos. Yo pensaba que había ido a parar a aquella mesa por la casualidad de aparecer por el Campo de Marte; pero no, a medida que transcurría la conversación me fui dando cuenta de que la cosa tenía más fondo.

 

Ramón empezó la conversación con un sutil y casual "esta es la escritora" mientras nos sentábamos. Yo, claro, me senté de golpe, no era para menos, no esperaba que leyese la novela y ni mucho menos que se reconociese bajo el nombre del protagonista. Era obvio que me engañaba, no lo soltaría así de pronto ni con aquel recochineo de no hacerlo. Pues estábamos bien, prácticamente le declaraba mi amor eterno entre otras cosas más vergonzantes aún. De todos modos sus amigos no hicieron mucho ademán de querer profundizar en la herida, de hecho después todo fue muy natural y no hubo más menciones al tema literario. Ramón estaba actuando como el típico coruñés haciendo de anfitrión de los típicos madrileños, es así, no hay que hacerle, a mi me gusta el chico pero es así; el caso es que les empezó a explicar todos los tópicos mientras picaban una ración de pulpo a la gallega porque no sé que les da con el pulpo a la gallega, será lo mismo que me da a mi con los rollitos de primavera en el chino, será.

 

Y empezando así la cosa era cuestión de tiempo que la conversación pasase en algún momento por la historia del tesoro. Que no era cierta, quiero dejarlo bien claro, pero pasa lo mismo cuando se hunde un barco, ya puede llevar eucaliptos a la celulosa, que una vez hundido siempre tiene una caja fuerte llena de dinero. A ver, seguro, seguro tampoco sabía si era cierto o no; pero el instinto natural era el de decir que no cuando el otro le está diciendo que sí a unos turistas, para dejarlo quedar mal. Total, que se lo estaba contando mal, vale que fuese una leyenda; pero había que contarla como era, siendo fieles a la tradición oral, o si no mejor estarse callado.

 

No fue en el Banco Megainternacional que fue en la Caja Universal – especifiqué.

 

Si, eso – dijo Ramón casi sin parar de hablar, es decir sin interrumpir el relato de la leyenda del tesoro.

 

Pero todo eran imprecisiones en su historia, y lo tenía que interrumpir a cada poco, que aquello era un desastre.

 

Bueno, pues cuéntala tú – dijo Ramón todo enfadado, muy sexy, eso sí, pero enfadado enfadado.

 

Y así lo hice, no porque me lo mandase él, sino porque si hay que contarlo pues se cuenta bien o no se cuenta.


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