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El Portulario de Blanes

El Portulario de Blanes

07-06-2013

Aventuras novela

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La aparición de un viejo mapa de Jaume Ferrer de Blanes,( (Gerona), 1523) fue un político y cosmógrafo de la Fernando I -en la tesorería real y en temas de comercio marítimo, navegación y cartografía- hasta 1480, en que volvió a Cataluña y se instaló en Blanes, desde donde siguió conectado a la Corona. Intervino en la elaboración de un nuevo mapa de las tierras y los océanos después del descubrimiento de América, así como en el trazado de las delimitaciones establecidas en el Tratado de Tordesillas.)

 lleva a los protagonistas a un largo viaje desde las entrañas del antiguo “El Castell de Santa Anna”, en la Costa Brava mediterránea hasta la Ciudad Blanca de la que habla Theodore Morde en su libro “The City of the Monkey God”, en plena selva hondureña, cuestionando al tiempo algunos hechos históricos.

A la vez que seguimos las motivaciones de Cristóbal Colón en sus cuatro viajes de descubrimiento; seguimos el rastro de la flota perdida de los Templarios y hacemos un viaje por una de las selvas mas desconocidas del mundo, la de Honduras.

Un relato lleno de aventuras y emociones donde la historia deja escaso margen a la ficción.

LIBRO DISPONIBLE EN PAPEL Puedes comprarlo en Amazón

ENTREVISTA A SU AUTOR: “Ninguna obra literaria está acabada hasta que no entra en contacto con los lectores

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

Aquel verano estaba siendo especialmente aburrido. Era la primera vez desde la muerte de mi madre que me tomaba unos días de vacaciones, pero como la cuestión económica no permitía gran cosa, acabe tumbado en el césped de la casa de campo de mi padre. Eran días de vaguear al sol, de baños en la piscina y gin-tonics a todas horas. Pero la solitud me abrumaba. Mi padre apenas salía de la casa y cuando lo hacia era para ir de compras o mantener una bronca conmigo. Efectivamente, la antitesis de unas agradables vacaciones, además, como ya he dicho, me encontraba solo. Mónica, la chica con la que había compartido los últimos diez años de mi vida, me había dejado al poco de morir mi madre y ninguna de las relaciones siguientes había fructiferado. Así que ahora me encontraba allí, solo, tumbado en la hierba, con un gin-tonic en las manos, leyendo un libro y con Gin pegado a mi como una verruga. Gin, era el pequeño perro maltes que Mónica y yo habíamos adoptado cuatro años antes y al que ahora, en su loca carrera hacia la libertad, Mónica había dejado abandonado en mi casa junto a un cajón de bragas, el cepillo de dientes y una colección de zapatos que habría hecho las delicias de Imelda Marcos.

El trepidar del motor de un coche y el ladrido de los perros me avisaron de que mi padre volvía de la compra. Acerté como pude a ponerme el bañador y espere a que bajase del coche. No tardó en aparecer cargado con el pan, el periódico y un montón de cartas. Se planto ante mí y me tendió un papel amarillo.

-       He pasado por el buzón, esto es para ti,

Cogí el papel. Un aviso de certificado. Mi estómago se encogió. Mal asunto, un certificado a mi nombre remitido a esa dirección solo podía provenir de Hacienda, la Seguridad Social, o de algún Juzgado. Sea como fuese, de alguien que me reclamaba algo y que finalmente  intentaba localizarme en casa de mi padre.

-       Gracias – Acerté a murmurar.

Cogí el papel y doblándolo lo enterré entre las páginas del libro que tenia entre manos, con la sana intención de dejar que allí durmiera el sueño de los justos.

Los días siguientes fueron una repetición de la misma rutina, sol, gin-tonics, libro... Solo una única variante, la obsesiva pregunta de mi padre.

-       ¿Has ido a recoger el certificado?

Y mi invariable respuesta.

-       No me he acordado, mañana, sin falta iré.

 

Tres días mas tarde, ante lo que se aventuraba una nueva fuente de discusión, decidí recuperar el aviso de certificado y después de mirarlo y remirarlo, intentando descubrir su oculto secreto, decidí por fin acercarme a la estafeta de correos.

Mi sorpresa fue enorme al encontrarme que lo que allí me esperaba no era una carta si no un paquete. Un tubo de esos redondos que se utilizan para guardar laminas, y pegado a él un sobre.

Recogí el paquete sin decir nada y una vez sentado en el coche me decidí a abrir la carta.

 “Querido primo. Te adjunto un plano antiguo que llegó a mí en uno de los libros que me dejó mi padre al morir. Algo de la familia, me decía. Durante años lo he estudiado y me he preparado para encontrar lo que en el se indica. Se que yo ya no podré seguir la búsqueda. Por esto te lo envío, considéralo un regalo para Mónica y para ti. Creo que el lugar os será familiar. He traducido el texto que aparece en él. Esta copiado en la parte trasera. Un fuerte abrazo. Pepe Ferrer.  Diciembre 2003”

-  

Mi sorpresa iba en aumento. ¡Una carta de mi primo!. Pero mi primo había muerto tres años antes, en febrero del 2004. Lo cual era coherente con la fecha de la carta, tres meses antes de su muerte, cuando la enfermedad ya lo había vencido. Miré el matasellos marcaba la misma fecha. Correos siempre seguiría sorprendiéndonos con sus legendarios retrasos. Naturalmente mi primo nada sabia de mi ruptura con Mónica, acontecida mas de un año después de su muerte.

Destapé el cilindro de cartón y extraje un viejo pergamino. Intenté extenderlo sobre el volante, pero sus puntas, quemadas por los años, comenzaban a romperse. Pensé en volver a casa de mi padre pero cambie de idea.

Di media vuelta y me fui a mi despacho, quedaba cerca y allí tenia los medios para poder extender el pergamino sin deteriorarlo mas de lo que se encontraba.

 

Una vez en el despacho, busque dos cristales de los que usábamos para ventanas, y pegando un extremo del pergamino en uno de ellos, fui extendiéndolo con la ayuda del otro hasta que todo el se encontró extendido entre los dos cristales. Fije los dos cristales con unos clips y me encontré por primera vez con él. A primera vista parecía un inofensivo plano antiguo de los muchos que seguramente corrían por ahí, así que, sin ninguna aprensión me dedique a estudiarlo.  Era un plano de la costa mediterránea, a primera vista podían ser muchos sitios. Una cala, un promontorio que se adentra al mar, y una gran rada en la que se extiende un pueblo.  Sobre el promontorio, una edificación, posiblemente una fortaleza y en ella una cruz que parecía indicar una situación. Alrededor del plano, con una caligrafía extraordinariamente floreada, un escrito que no pude descifrar, parecían signos de alguna lengua antigua. Seguramente ese era el escrito cuya traducción le informaba su primo, se encontraba en la parte trasera del documento. Gire los cristales y vi unas frases escritas con lápiz.

“En este mi pueblo, se inicia el camino que llevara a mi pueblo al nuevo Jerusalén. Y en sus entrañas de piedra quedaran mis tesoros.  Jaime Ferrer de Blanes”

 

Volví a girar el plano y examine de nuevo el dibujo. Claro que conocía el lugar, y muy bien que lo conocía. El pueblo señalado en la rada era Blanes, el último pueblo del Maresme, y comienzo de la costa brava. Y el promontorio no era otro que El Castell de Santa Anna, la casa familiar de Mónica. Allí había pasado durante diez años la mayor parte de los fines de semana.

Me senté frente al ordenador y busque el nombre de Jaime Ferrer de Blanes a ver si con ello lograba entender la frase que bordeaba el mapa, o lo que mi primo pretendía que yo encontrase.

Rápidamente lo encontré  “Jaime Ferrer, llamado de Blanes. Matemático, geógrafo y cosmógrafo. Nacido en Vidreres, Gerona en 1445. Tesorero del rey de Nápoles. En 1484 se instala en Blanes. En 1495 Confecciona un mapamundi en figura esférica con dos hemisferios (America incluida) con sus líneas y sus grados. Se presume de origen judío. De él se afirma realizo el mítico viaje al Río de Oro, con los mapas confeccionados por Abraham Cresques (Judío mallorquín origen de una saga de reputados cosmógrafos).

 

Bien, ya sabia quien era el autor del mapa, pero algo no acababa de encajar. Si Jaime Ferrer de Blanes vivió entre los años 1445 y 1500. El dibujo no podía representar El Castell. Ese no se construyo hasta el 1583 o sea, por lógica, Jaime Ferrer no pudo conocerlo. Entonces que era esa fortificación que aparecía en el mapa. Yo no tenía ninguna constancia de que existiera ningún edificio antes de la construcción del Castell.  Y que significaba la cruz que marcaba el lugar. ¿Era un indicativo de algo?. Marcaba un edificio religioso o solo señalaba un punto.

Pensé en Mónica, quizás ella pudiera ayudarme. Recordaba que en El Castell, había muchos libros y mapas antiguos, quizás alguno de ellos podría darme alguna pista. ¡Tenia que hablar con Mónica!.

Cogí el teléfono y marque su numero, antes de terminar colgué.  ¿Cómo se tomaría mi llamada?.  Últimamente, desde que tenía novio las relaciones ya no eran tan fluidas como antes.  ¡Al cuerno! Iba a llamarla, le sentara bien o no a su novio.

Cuando me llego su voz a través del auricular del teléfono, varias sensaciones encontradas brotaron de nuevo. Estuve en un tris de colgar, pero me sobrepuse.

 

-          Mónica… ¿Cómo estas?.  –procure que mi voz sonara lo mas tranquila posible.

-          Carlos  ¿pasa algo?.

-          No, bueno…sí, pero nada grave. Tengo un plano de El Castell y necesito que me ayudes con él.

-          ¡Carlosss! Por favor, ya no estamos juntos. Deja de buscar estratagemas para verme.  ¡Tengo novio!

-          Te prometo que esta vez no es ninguna estratagema. Es algo importante para mí, y quizás también lo sea para ti.

-          ¡Ya!. Como cuando esa operación tan importante de Gin, o cuando creíste haberlo perdido. Toques para que acuda corriendo. No, lo siento, esta vez no caeré en la trampa.

-          De verdad que esta vez no es así  -insistí- te prometo que es importante –intentaba componer la voz mas inocente del mundo- ¡Te lo prometo!

-          Esta bien, si es así, no te importara que venga con Pedro.

 

Mi cara no pudo por menos que contraerse con una mueca de desagrado. Encontrarme con Mónica en presencia de ese prepotente era de las cosas que mas podía desagradarme en este mundo.

 

-          La verdad, no se que puede pintar aquí ese “señorito”.

-          ¡Es mi pareja! Te parece poco. Y, basta ya, o viene él o no hay encuentro. No me fío de ti. Si eso que dices es tan importante, el tiene derecho a estar presente.

-          Supongo que no me queda mas remedio –claudiqué- ¿Cuándo nos vemos?

-          Tu mismo. Cuando quieras.

-          La mujer ocupada eres tu  -respondí con sorna- Yo, estoy de vacaciones.

-          ¿te va bien mañana por la tarde?

-          Perfecto.  ¿Dónde?.

Pareció pensarlo un poco, o consultarlo.

-          ¿Conoces la gasolinera de Pedro?

Como no iba a conocerla. Más que una gasolinera era un centro comercial.  Bar, restaurante, concesionario y compra-venta de automóviles, agencia de seguros… Todo un pequeño imperio.

 

-          Claro que la conozco.  ¿Quién no?

-          Muy bien. A las seis en el bar. –y colgó.

 

Volví a casa de mi padre y me serví el primer gin tonic.  Tumbado al sol abrí el libro que hasta ese momento leía con interés. No podía concentrarme. Ante mí, solo aparecí el mapa e intentaba dar sentido a esa cruz. Cogí un papel y comencé a dibujar lo que aún recordaba de El Castell, y a su lado una copia del mapa recibido. No había duda, era el Castell y la cruz estaba situada en el centro del promontorio.  Cerré el libro y me serví el segundo gin-tonic.  No podía hacer nada más que esperar hasta hablar con Mónica y ver si lográbamos descubrir algo más.

 

Una hora antes de lo convenido, yo ya me encontraba aparcado en el parking de la gasolinera, esperando ver aparecer a Mónica.  Fue puntual. Apenas mi reloj marcaba las seis de la tarde cuando un pequeño mercedes descapotable se detuvo en los aparcamientos reservados. Mónica descendió de él, intentando infructuosamente alisarse la media melena rubia alborotada por el viento.  Entró en el bar e inmediatamente la seguí. No habíamos tenido tiempo ni de saludarnos cuando apareció Pedro. Sospeche que algún sistema le había informado de nuestra presencia. Se acercó a nosotros despacio, como si quisiera darnos tiempo de apreciar toda su presencia.  Todo en él daba la apariencia de caro. Un traje gris impecable, posiblemente italiano; una camisa de seda; un Rolex de oro….

Cogió a Mónica por la cintura y tras un prolongado beso que más que a ella, parecía dedicado a los posibles espectadores, se sentó, indicándonos con un gesto que hiciéramos lo mismo. Mónica  se sentó junto a él y yo en frente  .Ella callaba y dejaba que Pedro llevase la iniciativa.

-          A ver, Carlos, que es eso tan importante que dices que tienes y que necesitas de nosotros.

Miré a Mónica con estupor. Como podía permitir que ese elemento llevase la voz cantante. Mónica, con un gesto me indicó que hablara.

-          La verdad es  que no necesito de “vosotros”  -mi mala leche comenzaba a aflorar-  Necesito de Mónica para que me ayude a encontrar “Algo” que se indica en el mapa que tengo.  –Desenvolví el paquete y dejé sobre la mesa el pergamino sujeto entre los dos cristales. Mónica lo miró con atención mientras yo escrutaba su cara.

-          Y que esperas encontrar, iluso  ¿Un tesoro?  -La voz socarrona de Pedro  hizo volvernos hacia él.

-          No sé.  Quizás un tesoro,…quizás otra cosa. Pero creo que hay algo.

-          Solo los ingenuos sueñan con tesoros escondidos. No me extraña que fracases siempre. Vives en las nubes. Además, si existiera un tesoro, o algo allí enterrado, pertenecería a Mónica y a su familia. Tú allí, no pintas nada. –La cara de Pedro se ilumino con una sonrisa de superioridad. Cogió la cerveza que tenia delante y bebió directamente de la botella- Ahora dinos de donde has sacado ese mapa ¿No te lo llevarías de El Castell?.

Mónica no abría boca, su vista continuaba fija en el pergamino.

-          Ese plano es mío. Lo recibí por correo a principios de esta semana. Me lo mandó mi primo José Luis.

Mónica me miró con extrañeza.

–         Pero, si tu primo murió al menos hace tres años.

–         Milagros del correo – respondí mientras guardaba de nuevo el mapa- Mónica. ¿Vas a ayudarme?

–         ¡Por supuesto que no te ayudara! Se lo prohíbo terminantemente. Y tú- su dedo acusador dirigido hacia mi parecía apunto de dispararme- deja de acosarla. Si me entero que vuelves a cruzarte en nuestras vidas te juro que haré que te arrepientas.

–         ¿Tú no dices nada Mónica?

–         Mi padre siempre creyó que allí había algo enterrado. De hecho, durante  mucho tiempo estuvo haciendo agujeros en una parte de la antigua iglesia. No sé, Podríamos estudiarlo.

–         ¡Sandeces! Venga, Mónica, no te dejes arrastrar por ese cabeza hueca. ¡Vámonos! Tenemos cena y no me gusta llegar tarde –se levantó y dirigiéndome una ultima mirada me dijo- Recuerda lo que te he dicho. Es la última vez.

Y, casi a rastras sacó a Mónica del local.

 

Punto muerto. Sin la colaboración de Mónica, poca cosa podía hacer..

Pasé los siguientes días deprimido, intercalando los gintonics con los whiskys, tumbado sobre el césped de la casa de mi padre, intentando leer una y otra vez el mismo párrafo del libro, que parecía querer huir de mi vista.

El mapa me obsesionaba y no podía dejar de pensar en él. Pedro tenía razón, lo que hubiese, si había algo, estaba en los terrenos de Mónica y les pertenecía a ellos. De todas maneras, aun que lo perdiese, deseaba encontrarlo. No por el dinero, y dios sabe lo mucho que lo necesitaba, sino por la aventura. Por el hecho en si de encontrarlo. Cerré el libro y decidí dar por finalizadas mis vacaciones. A partir de ese momento, tenia un trabajo especial, reunir toda la información que pudiera sobre Jaime Ferrer de Blanes y El Castell de Santa Anna.

Los días siguientes fueron un frenético ir y venir de librerías y bibliotecas. De visitar museos y páginas de Internet. Poco a poco mi casa iba llenándose de libros y papeles relacionados con el mapa.

A media semana, Mónica me llamo por teléfono. La imagen de su padre muerto, haciendo agujeros entre las ruinas de El Castell había podido más que las drásticas prohibiciones de su novio.

 

 - Carlos. He recordado donde vi un mapa parecido. Lo tenía mi tío en su casa. Creo que sería interesante que tuviéramos una entrevista con él.

-¿Cuándo? –me apresure a contestar.

- Mañana si te parece. A las diez en El Universo

- Perfecto. Nos vemos mañana.

 

Mi corazón comenzó a latir con fuerza. No solo por que la visita al tío de Mónica pudiera abrir nuevas puertas al enigma del mapa, sino por que la abierta desobediencia de Mónica a las tajantes prohibiciones de su novio, me infundían nuevos ánimos


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