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DINO Y YO

DINO Y YO

19-12-2020

Aventuras cuento o relato

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Las mágicas aventuras de mi mascota y yo.

Debes leerla de inicio a fin 

Nunca olvidaría las veces en que en el misterio de la cicla te llevaba en un pequeño canastillo, donde nos divertíamos y en ocasiones tratabas de competir conmigo a la velocidad del camino y poder navegar en los charcos, y llevando todo al extremo, cuando querías o no querías una cosa. Cuando te enojabas y jugadas con los recibos o cualquier papel que ingresara en la rendija de la casa para llevártelo a jugar o entregarlo a tu ama. Sin duda alguna era para destruirlo; o ponerte enojado cuando ponías en diagonal tu trompa para no dejar que te quitara el juguete y te ponías a gruñir. O corretear por toda la casa. 

Sin duda alguna las historias nunca terminan después de la muerte, hay esperanza de seguir conviviendo con los espíritus y sus presencias... 

En el tomo II podrás encontrar cómo se vive con la mascota en misiones y vida espiritual. 

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

                                                          CAPÍTULO 1 INICIOS DE VIDA 

Atravesando por los miles de recorridos con mi madre, entre los senderos y los caminos, encontrando un amigo fiel, que pudiera ocultar la marcha y el amor de un padre celestial.

Entre los miles de búsquedas, el encuentro de tener una mascota era eterna, ante el impedimento y las promesas de mi madre. Un día como ninguno fuimos en la búsqueda de aquella mascota, que, sin lugar a dudas en el lugar menos pensado, lo encontramos en los Arrayanes, te trajeron del fondo. Sólo aquella señora de rosado rostro y robustez, nos enseñó con su voz dulce, un perrito que tenía y aseguró que vivía con su tía y con su madre. Caminabas como siempre siendo el líder en tus pasos. En cualquier pasto te detenías.

A mi madre no le parecía la idea de tener una mascota, fuese en la condición que estuviera. Pero el anhelo de poder estar con él, desde la tierna mirada en que ambos nos cruzamos desde el primer día y de la que convencí a mamá diciendo: ¡Mira como me miró!. En ese entonces recorriste en mis pensamientos y fuiste la alegría y sorpresa del hogar.  Ibas a la tienda conmigo y te desesperabas por no ir.

Los días pasaban y pensé que te incomodaba la estadía, por los miles de posiciones que ponías, las dormidas en la cama; el acostumbrarte en un nuevo lugar era muy difícil para aceptar nuestro nuevo hogar. Hasta que un día como cualquier otro me amaste y prometiste guiarme como mi animal espiritual. No sé a veces me asustabas y te quedabas graznando como un pato,  a veces te miraban y te ayudaba a respirar normal, creo que los perritos de esa raza pincher lo hacen, a veces llorabas, pero mis manos te limpiabas las lágrimas cuando querrías siempre estar a mi lado y tu sonrisa se desplegaba de nuevo. Jugaste conmigo en la niñez a todo lo que te propusiera.  Tengo hasta emojis de ti en el celular.  Tus olores divertidos. Hacer carreras y muchas otras cosas más…

En el transcurrir de las vidas, volvimos al lugar donde encontré la felicidad, sólo vi que la médica te decía o me decía que debíamos hacerte terapia o masajes para que pudiera descender tu sexualidad. No hice mucho caso, sólo en mi inocencia te hacía masajes para que te fortalecieras. Sólo quería tener a mi pequeño pincher, color negro con amarillo quemado, con nariz respingada, con colita chata, pequitas en la barriga, gordito y orejas cortas para siempre. Te bañaba para año  nuevo y navidad. Saltabas el lazo en la mitad joven, juegos de calle, mosca, otros y mesa estabas allí. Ahora visito tu cuerpo en el cementerio en estas fiestas porque el espíritu está conmigo y Chispitas lo sabe con su mirada.

Al transcurrir los años fuiste mi amigo fiel, aprendiste a cazar ratones; no entendía si eras un perro o si eras un gato. Aprendiste unas prácticas, como decirte ¡Mátelo!, ¡Mátelo!. Recuerdo cómo te enfurecías para atacar. O en ocasiones cuando hacías un estilo de nadado libre que me permitía saber lo buen entrenado que estabas por si te ahogabas en el platón grande, en el que soñábamos juntos como un día de diversión en piscina.  O las maromas con las manos que parecían tarántulas al doblarlas y tú las odiabas o quizás tenías una sonrisa tenebrosa. Lo chistoso, es saber si llorabas o reías, cuando te hacían cosquillas. Sobre todo, con las pequeñas voces o llamadas telefónicas que te inventabas, permitiendo que mi madre hablara por ti, con tu tía y tu madre. Tus collares rojos para que relucieran con tu ropa. Cuándo te señalaba alguna parte de la pared te ponías eléctrico porque era tiempo de bajar algún animal o de revisar debajo de cada uno de los cuadros y reírme de ti al jugar con la comida y arrastrarla y llevarla por la cama y esconderla y escarbar y buscar debajo de las cobijas o en dado caso dormir con las lagartijas muertas.

No recuerdo si era yo en sueños o eras tú, que siempre degustabas de una comida exquisita, que sólo permitía que rosara tu fino paladar, entre el pollo asado, la carne bien degustada, el pescado, los yogurts, los huevos, las galletas, el helado, entre otros… O el negocio inventado que decía mi familia que tenías desde la venta de cervezas; por los sonidos que hacía entre las botellas y recipientes del cuarto oscuro de la casa, haciéndolas sonar mientras buscabas algún insecto,  o si eras un aliado de los ratones como socios; para que ellos fueran capturados tan fáciles por ti.

El caso es que mi vida contigo, era un ejemplar aguacero de  gotitas de amor y felicidad. Recordando las caminatas, las caídas y las sonrisas. ¡Ah! Sobre todo las escondidas en la casa, las jugarretas en la cama o las metidas de trompa que hacías en las sábanas para destapar el olor más profundo.

No sé, si a veces me olvidabas o era cuestión de celos, sentir cómo preferías que mis primos te alzaran, abrazaran y en ocasiones llorabas por ellos o los saludabas con energía sin igual. Recuerdo cuando mi primo Diego te decía: - Gracias por ser mi confidente. No sé si le hablabas, porque en mi vida nunca me dijiste una palabra, pero tus ojos nubosos lo decían todo.  Tus confianzas, tus siempre asistencias a comer ponqué y perderte entre las miradas de las fotos, siempre feliz en el límite de correr y perderte entre los caminos y en las tinieblas de las calles. Te cambio y te pongo las fotos de la tumba. Te vestía de Drácula, de dragón de araña, de pirata y lo que saliera.

No sé si te hacías el loco, porque yo si me lo hacía, de dejarte dormido como un bebe, y aguardar silencio, esperando que no despertaras, cuando te levantaras sintieras lo mucho que te hacía falta y me fueras a buscar, para seguirte arropando y llevando en los caminos como un bebe, o poniéndote disfraces poco coloquiales para que siempre fueras el centro celestial. Esperarme en el baño mientras me duchaba sentado, tomar agua del baño y subirte y tener cuidado de que no rodaras, tomar los baños de sol en las iluminaciones que entraban por la ventana. Asomarte desde el segundo piso y buscarme así te doliera algo o no pudieras caminar por el problema de infección renal por tus testículos internos y esperar la inyección y la operación de los cálculos, te entregaron con cobija y un conito que a veces te ponía para cuidar la herida... Nunca te quejabas de nada, sólo de lo extremo cuándo se te atoraba una uña en la canasta de la cual te llevaba en la bicicleta. Por eso siempre te ponía cojinería y buzos de capa para que no te entrara el sol. Me acompañaste en la infancia hasta ser una gran mujer. Siento a veces no ponerte toda la atención por querer salir o estar ocupada en mi estudio. Perdóname por dejarte todo el día con la pijama o a veces no darte una caricia. Te tengo ahora en mis cosas como manillas de tus mil caras y poses, pulseras, vasos, buzos, llaveros, termos, botones, estatuas hechas de ti y dejarte en mi corazón para siempre junto con mi almohada que tiene tu rostro. 

Lo que siempre me asombró de tu vida, es la capacidad de seguir indagando y descubriendo donde fuera que estuvieras, enseñándome que la vida, no era sólo revisarla con los ojos, sino guiarla, sentirla y disfrutarla. Aun así, me maravillé siempre de tu inteligencia, como alejar a las personas bostezando, dañar los muñecos del pesebre, sentir las caricias en tu barriga y acomodarte. Caminar o escarpines y quedarte sentado. Ser testigo de mis travesuras. Acompañarme en todos los cumpleaños, mi primera comunión, mi confirmación, mi colegio, mi bachillerato, mi universidad, mi posgrado y acompañarte en cada momento. Tu energía constante de amar caminar y correr. De ir en los carritos del supermercado. Tener unos peluches de ternura al dormir el a veces comer embutido como la gallina cuando no querías. Dormir en el árbol de navidad. Tener tu propia silla amarilla. Ser un bebe a la vista de todos porque te dejabas acomodar de la forma que yo quisiera. Tus orejitas pequeñas, color negro con café como la de un original pincher, tu nariz respingada tus patas cortas y tu poquito corto, siendo gordito te definías como una princesa del que tenía que negar que eras un bebe hermoso. Ese bebe sin dientes que por vejez se fueron cayendo.  Nuestros baños en la tina amarilla grande, con tus propios implementos de aseo. Tu habilidad para cazar y llevar siempre tu cicatriz oculta de todos, cuando mamá te regaño y te marcó con un lindo gesto de amor al que siempre llevé en mis recuerdos y del que siempre te solía en tu espalda, parecía una forma de tatuaje blanco.  El hacer de tus cumpleaños algo mágico que hasta en las redes sociales que dabas con muchos likes y el celebrar cantando tus cumpleaños y mostrar las cosas graciosas que hacías como botas el pan si no quería y arrastrarlo o nadar como una persona si te ponían cerca del agua o hacer sonidos extraños por tus cosquillas. Ser confidente de cualquier persona que quería pasar un rato de tu compañía. El perderte sin lugar a duda en la calle y volver como si nada y ni dejar que nadie te atrapara con los miles de obstáculos y peligros que se presentaban en las calles. El esperarme al llegar de mi colegio en la rendija de la puerta y hacer competencia para ir hasta donde estuviera esperándote con los brazos abiertos. Sentir tu ladrido al pito de mi vehículo, verte y acompañarte a chismosear en la puerta sentados o acurrucados en la ventana. Comerte las migajas que mis aves botaban cuando estaban en la hora del almuerzo.  Sonrío cuando te encaramaba alzando mis brazos para que no te atrapara un perro cuando quería Olerte o te alzaba de la correa por si llegaba otro, pero a acercarse; aunque tú eras más bravo que ellos y les gruñías.

 

Corazón de esperma

 

Viste crecer a todos los primos, a mí, la vejez de cada uno y a mí ser mujer. Acobijarte por tu propia cuenta mientras te acostabas, buscando la cobija más caliente. Vestirte del mismo color y andar como si fuésemos gemelos. Saber que me iba así fueras perdiendo la vista y saber dónde me iba con el sólo olfato. Prestarte en la casa de una perrita para mirar si podía tener un nieto, pero lamentablemente la condición en la que estabas de tener los testículos internos  lo impidió.  Llevarte dentro de mi bolso para que vieras desfiles, animales y fuésemos a otros lados a quedarnos como en la casa de la tía. Dormir encima de mi espalda y cuando estaba en el piso pedías y te trepabas por encima de ella. Buscar los huecos y lados para dormir y respetar las cosas cercanas para no tocarlas con el cuerpo mientras, dormías, a veces tenías comportamiento de gato. Todos decían que tenías más edad porque te traje de cinco meses y porque estabas envejeciendo rápido, pero siempre te defendía ante tantas palabras sobre ti.  Tus gemidos al dormir, mandar saliva muchas veces, tus ronquidos como shrek al dormir.  Tu despertaba en la madrugada para ir a orinar y hacer los pasos tenues para que nadie despertara.  El sentir los paseos siempre y treparte así no estuvieras viendo mucho.  Tu canastillo propio para salir en la cicla, hasta pensaba comprarte un coche por si te ponías achacoso para los paseos.  Ser el vigilante de mis juegos, mi guardaespaldas, estar en mis casitas de mentira y ser mi héroe favorito. El perderte entre todos los peluches y acostarte entre cojines y cobijas. El lamer todo y dejarlo con la fragancia, que todos salían corriendo y reírme de tus travesuras.  El confiar en mí y pedirme los brazos cundo solíamos ir a las veterinarias.  Disfrazarnos en los días de brujitos y mostrarte a todas las personas, para que desfilaras en los concursos y fueras apreciado por tu talento.  El ser conocido por mi familia y que te llamaran por todos los apodos. Ir a todos lados acostado como un bebe, dormirte en mis brazos, salir a pasear, no tenerles miedo a los perros grandes y ser peleón, tener confianza en ti y ser maduro en toda tu edad.  Asustarte en la cajita cuando llegaste por primera vez y estar en las camas y bajarte a los regaños de mamá. Investigar en los cuartos y tener tu fábrica de licores, porque siempre ibas a molestar en las botellas de la casa y todos decían que contabas el producido. El ponerte la pinta para las fechas navideñas.  Dormir en las camas a escondidas de todos, acostarte en los lugares más altos, ser la porcelana de las mesas, ir a buscar en la cocina que había para ti, porque sí que tenías un buen olfato; ayudarme a destapar las cajas y meterte en ellas porque las adorabas; acostumbrabas a dormir en cajas y luego acostumbrarte a tener una camita con mucho algodón, ser de mal genio y a veces no gustarle que otras manos te tocaran, sino fuesen las mías, Ir y devolverte por el pasillo de la sala a inspeccionar y volver a estar tranquilo de que nadie pasara y estuviera molestando en la casa. El dormir en el sofá prohibido y mover las cortinas como si fuesen fantasmas. Te encantaba caminar por los pequeños pastos para sentirte feliz y abrir la boca con una grande sonrisa mostrando los dientes más finos. Caminabas a mi sombra y si querías ser alzado te ponías a pensar.  Tenías tu propio termo de huellitas y tu vasija verde para el agua. No te gustaba que te alzara de pie, siempre sentado. Siempre te decían, que llegaba el niño cuando te llevaba. Menos mal de ahora disfrutabas más, porque en mi infancia a veces era traviesa y te hacia cosas que no te gustaban.  Eras tan guapo en las inyecciones que ni sentías algún dolor.

Recuerdo los paseos que dimos a lugares cercanos como Alvarado, parque de los nevaados al Cañón del Combeima y otros pueblitos-lugares cercanos. La verdad es que casi no te gustaba viajar, porque amabas caminar. Recuerdo cuando fuiste con mamá desde pequeño en una buseta para control y te vomitaste en el otro asiento y a ella le tocó disimular que estaba votando algo que estaba en la otra silla. Siempre estabas a mi lado e incluso cuando ingresaba a los baños tratabas de abrir e incluso en la casa la puerta de pasta, para tratar de mirar que hacía o donde estaba.  En las novenas en navidad te daban miedo las maracas y tratabas de caminar cerca a la llama donde se encendía la velita de las oraciones. Te gustaba observar por el balcón con la buena vista hasta la poca; usando aún un epitelizante ocular para que estuvieras de mejor.  Te gustaba correr en los tejados hasta te zubias en el segundo piso después de construido en el balcón pensando que podías irte en los tejados a hacer escándalo. El golpear el camao lugar varias veces con la palma para que te acostaras a un ladito. Eras muy juicioso en la cuestión de médico.

Te gustaba se silencioso, juicioso, ladrar de forma aguda y ser un niño. Como ir a nadar en el romboide de la quinta después de caminar, correr e ir en la canasta de la cicla, para ir a descansar y refrescarte después de la caminata larga.  El cargarte a Tum Tum como un pequeño en el cuello y ver tus paticas salir de lado y lado del cuello. En los carros particulares cuando me iba en corto tiempo te quedabas en la guantera y dominabas sobre el otro perrito que estuviera allí. El comer a escondidas en la noche con el tío que llegaba de trabajar y se ponía a cenar y esperabas oculto a que él te llamara para comerte el pan remojado con el agua de panela y leche. Y con mi abuelita esperabas a que ella de forma disimulada te echara pedazos de carne en el almuerzo cuando todos nos fuéramos en la cena de la lora.  Te gustaba ser fotogénico usando corbata, como lo hacías hasta el día en que todo terminó, te gustaba estar elegante con la corbata que hasta en la muerte te sepulté con esta  morada como mi tío con sus pantalones negros, tu elegancia en el ataúd rosado acolchonado y mi despedida tu acostado de medio lado con el último beso que te dí y recordar que en el término del año no podría levantarte de la silla para decirte que pasaste el año cogiéndote como trofeo ni ir acostarte despacito y bajar con mi familia y engañarte como si ya estuviese dormida contigo. Hacías sonidos fuertes al dormir y acomodarte y cuando yo te acariciaba te hacía sonidos fuertes para que me escucharas.  Aún te sigo escuchando cuando te acomodas para dormir, cuando pasas, cuando bostezas, cuando te mueves y caminas. Amabas las cajas, mirar las bolsas del mercado, pasear en el bolso de mano y caminar, comer helado. Dormir arriba conmigo, porque cuando dormías en la parte de abajo te gustaba destapar las bolsas de basura para comerte los huesos.  Revolcarte al bañarte con los platoncitos y sentir desespero y felicidad al mismo tiempo para poder recostar tu regazo en el tapete o en la pared carrasposa para rascarte y sentir placer. Sonreír en ocasiones por descubrir que me tomabas las lecciones por ser mi profesor de historia pensionado y a veces mi platanito frito de cariño. Tus tics para dormir y avisarme que ya era hora del sueño en las noches. El tapar el balón con las lanzadas que te hacía mi tío u otra persona. Sobre todo decir: ¡Menga mi amor! En ternura entendida para ti.

Lo obediente que eras y hacías caso cuando te decía: ¡Quieto ahí!, por varias veces para que no te fueras a mover y estuvieras como una estatua en el lugar indicado para una foto, para que no te cayeras o para que te alistaras y quedaras en una buena posición o no moverte en un viaje.  Olerme si te había engañado alzando a otro perrito. Reírme cuando te golpeabas la cabeza debajo de la cama sonando las tablas y rascarte el lomo por debajo de ella dañando la pijama. Aún escucho esos movimientos. Dormirte y reposar en el peluche más grande que tengo en forma de perro y dormir en su espalda atento a que mi madre no te bajara. Tus buzos estaban con pepitas de tela, porque te rascabas el cuerpo como un oso en una pared de pepitas, dañando la ropa y toda estaba así por lo más nueva que fuera. Amaba que fueras mi escolta y no permitieras que nadie me tocara porque te daba celos.  Acomodarte debajo de mis piernas cuando me sentaba en las escaleras para mirar y pensar que hacer.  Sentarte en la parte superior de las escaleras para divisarlo todo y poder mirar desde allí y acurrucarte para sentir miedo cuando oías el balde con agua para alistar los implementos del baño.  Amabas dormir en mis piernas, lamiéndote a cada instante, a veces me incomodaba.  Te gustaba compartir en el tapete con mi familia en la sala de televisión.  Hacer tu cama encima de la camita de tela y acobijarte; el hacer poses diferentes colgadas tu cabeza cuando estabas muy dormido a veces perdiendo la conciencia de tu ser, que a veces tocaba despertarte sacudiéndote.  Meter los juguetes y los insectos en los zapatos, como trofeos.  Entender que el decirte: La pelota, la pelota, en signo de interrogación era activarte para que te entusiasmaras a buscar la pelota debajo de los sofás o de las camas si estabas cerca.  El jugar al fútbol con mi tío Baruj y tapar tu siendo el arquero a la lanzada de la pelotica de todos los tamaños.  Así como jugabas con las bombas tratando de agarrarlas con tu pequeña trompa. Amar estar en las cajas y acostarte en ellas a tomar una siesta. Brincar y cantar al estilo de Lady Gaga, con la voz que siempre te hacía mi madre, moviendo tus paticas y ella sosteniéndote encima de mi prima al ritmo del coro de Bad Romance, intentando atraparla por la espalda, siendo ella una niña de 7 años con la misma edad que tenía para ese momento. Te empacaba tu regalo de navidad y todos sonreían y andabas por todos los papeles de regalo.

 

 

 

Lo más chistoso era el lenguaje que tenías para entender las cosas, como decir: ¡Mej, Mej, Mej!, con las manos estiradas para alzarlo y envolverse con timidez para que yo lo alzara y tuviera en mis brazos. El arrugar mi cara al acariciarte, saber cuándo era hora de dormir y pedirme con los bracitos superiores en mis piernas, que querías dormir, porque ya nos habíamos pasado de las doce de la noche; o pasear en las calzadas de las carreteras comiendo pollo asado y estar encantado de los caminos que tuvieran pasto. Tus videos chistosos por las redes sociales e incluso los videos dónde te estás bañando el balde verde y nadas en el aire y también tus cumpleaños y tu empujando un pancito en el sofá arrastrado. https://www.youtube.com/watch?v=ql_Vl5fIdRw&ab_channel=jennyalejandraperezpaez,  Videos graciosos - YouTube, canción felíz cumpleaños - YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=5xNRMpLulKg&ab_channel=JennyAlejandraPerezPaez y los muchos likes y piropos en las redes. Todos te conocían en mi familia, vecinos y demás.

Arrugar mi cara para consentirte, arrugar mi cara al acariciarte, andar en bolso colegial, cuando iba en moto, el tener tu Garfield como uñas y tratar de quitártelos tú, porque te daba miedo que te lo cortaran, yo te las mandaba a cortar y brillar los dientes.  El hacerme la dormida cuando tenías ganas de orinar a la media noche y mi mamá decirte que eras tú el que necesitabas ir al baño, haciendo sonar las paticas en la cama y golpeándola paradito con las paticas superiores para que te escucháramos. El subirte y bajarte como una nave especial del primer piso al segundo y viceversa. Aunque antes dormías abajo, pues como decía no se había construido la parte del balcón, y dormíamos en el primer piso, el cambio te gustó y el andar conmigo a todos lados era tu mayor tesoro. El levantarte a las 5 am para desayunar, y mientras bajaba para alistarme al trabajo tu bajabas conmigo alzado cuando estabas más viejito, a veces no te despertabas y dormías hasta las 9 am.  No te dejabas alzar de nadie, de mi mamá en ocasiones, porque mi abuelita y ella a veces te molestabas cogiéndote y no te gustaba.  Un día te dejaste coger del alguien más cuando te sacó en ayuda mía de la operación para llevarte en el taxi que estabas todo delicado y la veterinaria decidió que te llevaran porque había unos cachorros con parvovirosis y podían infectarte, recuerdo que al llegar te acosté en un cojín bajo y de esta manera fui a conseguir a toda carrera en la central pecuaria los medicamentos pedidos. Bailar conmigo en las fiestas y ser el confidente de mi primo cuándo se ponía a llorar, yo lloraba todo el tiempo así que te subías a mi cama a mirarme.  El despertarme e ir conmigo a la iglesia a orar unos cinco min y devolvernos porque chillabas a veces y nos tocaba irnos. Ya de edad caminabas demasiado y eras feliz y cuando no había nada que hacer te dormías en cualquier lado y en las visitas.  Caminar elegante con tu paso de cabello fino cabalgando y hasta te molestaban por tener un traje rojo parecido a la silla del caballo, dónde te hacías el más interesante al andar.  Aullabas cuando me iba en la ciclovía sin llevarte en la canasta y aullabas cuando me demoraba en llegar. Ladrabas fuerte y agudo. Te daban tics al dormir.  Hacerte debajo del escritorio, permanecer mucho tiempo en mis piernas y lamerte y acomodarte en cualquier ladito a dormir. Hacerte debajo de las cobijas y jugar, ser porcelana de las mesas.

Eras tan mañoso que debían amenazarte con la comida para que pudieras comer, entre todos y además jugar contigo de joven a lanzar las pepas de la comida y corretear, desde viejito tocaba ablandar la comida, aunque siempre se hizo porque una vez se te cayo un diente de pequeño y te dio miedo comer cosas duras, que tocaba ablandarlas o a mi madre darle  la comida de pequeño como una gallina, como el agua panela de leche con el pan en las  noches y decir que ya venias que hablarías con la mama y la tía a la voz de mi madre que te la tenía grave y aguda al mismo tiempo formado eco o comer las bolas de comida blanda embutida porque no comías, ya de viejito la comías con carne o pollo y a veces perdías los dientes de lo viejito.  Como cuando te alejaste de mí perdiste tu diente y no sé qué pasó sentí miedo y se perdió. Tocaba hacerte manos raras para que comieras. El destapar los regalos conmigo en navidad y perderte entre la basura de las bolsas escarbando y buscando de nuevo tu regalo perdido.  Sentir miedo de las maracas o quemarte cerca de la llama de la vela, pero aun así pasabas de cerca de ella por muchas veces.   Te gustaba también halar las cuerdas o los juguetes a no soltarlo; cuando no tenías dientes debía tener paciencia. Cuando salíamos sin correa debía llevarte cogiendo mientras caminabas en alguna parte para que no salieras corriendo y evitar peligros. Si sigo recordando que apenas tenías la segunda dosis para la tos, te tomé y al llegar te dí la dosis de Ensure en tres jeringas, sin esperar que te pasara la inyección; pero el médico de urgencias dijo que no pasaba nada que eso había sido como tomar yogurt. Pero hay muchas cosas de las cuales empezaron después de la inyección y tu respiración rápida.  Pero no recordaré más cuando empezaste a respirar así, mi madre lo noto, pero luego te vi normal, que no seguí mirándote con detenimiento y me fui a misa y a otras vueltas en las noches, que cuando me llamaron, ya habías vomitado y estabas muy mal; resististe un poco el oxígeno; pero la pasta que mandaron a traer y la inyección te empezaste a doblegar hasta perder la vida. Pero tengo recuerdos más de ti, cuando empujabas la punta que quedaba colgando del papel higiénico y mi madre me regañaba porque se arrastraba y tú la lamias y podía generar infección. El sonar la puerta con la trompa al entrar mientras me bañaba. Yo lanzaba la pelotica en la mano y con el pie empujándola y Dino la recibía con la trompa para devolverla. Te gustaba aspirar los mejores aromas de la calle para sentirla y el escuchar con tu radar de las orejas girándolas hacia atrás si escuchabas ciertos movimientos. El sacar del recogedor o de las basuras las bolsas para inspeccionar, el lamerte como un gato las manos y luego la cara para limpiarme.  Estornudar mientras te podía boca arriba y sentir que el aire te incomodaba.  Pisar mis cosas, meterte en la casa de la Barbie, ingresar conmigo al baño y esperarme sentado. El elevarte al cielo y hacer piruetas en el aire hacia medio lado porque sentías que te iba a dejar caer.  Cuando llegaba me recibías desde el poste y lo orinabas de la emoción u orinabas a las personas que te alzaran de la emoción si yo estaba cerca o cuando salías a mirar si había llegado entre tantos, mirabas en el portón del lado si estaba escondida allí y ya lo tenías pensado de memoria porque mirabas hacia este lugar. Cuando te trajeron pequeño con un rabo gallo rojo porque era época de fiestas y te habían llevado para baño y corte de uñas en la segunda veterinaria que estuviste en Pequeños animales de la Guabinal, cerca de la Normal Superior dónde yo estudiaba. Allí dijeron que debía operarte porque tenías problemas al orinar y recuerdo cuando te metían por el penecito una manguera. Pero, aun así, orinabas bien; no sé si era por falta de dinero en la operación o por medio a que fallecieras en la cirugía que no decidimos operarte. Yo estaba muy pequeña para tomar decisiones. Cuando te preste a una señora para que la perrita de ella pudiera tener bebes, recuerdo que con mi primo nos quedamos un rato, pero tú siempre te le montabas a las hembras y hacías la maniobra sexual, pero no introducías nada; por eso sabía que no serías padre y  cuando te dejé a mi madre le dio la preocupación de irte a recoger en la tarde y cuando fui, no abrían, porque te habían dejado solo con la perrita, hasta que por fin llegó alguien, nos abrió, entramos y te traje de regreso en el canastillo de la cicla. Saltabas con las paticas traseras, mientras con las delanteras las ubicabas en la ventana para verme y saltar indefinidamente. El correr como un loco en la cama y dar muchas vueltas y no tener miedo a los perros grandes y enojarte si te olían. Corrías al ritmo de la bicicleta cuando querrías caminar y yo montar al mismo tiempo; pero siempre te mantenía en la cicla o cuando caminabas, bajaba a caminar también porque te cansabas y por la edad debía cuidarte porque no estabas joven y debía protegerte del calor en las huellitas.   El caminar mucho a pie cada ocho días a un centro comercial, el asomarte a la terraza, cuando no había segundo piso y encontrarte chiquitico en lo lejos en el tejado de la vecina y escuchar como ellos venían a golpear a dar quejas y decir que corrías mucho y saltabas que despertabas a los niños. Por precaución mi madre te mandó hacer una rejita para que no fueras a molestar y esos vecinos no te fueran hacer nada.  Te encantaba dormir entre peluches y cojines amontonados y al lamerte los dejabas oliendo con un aroma no muy celestial; que mi madre le tocaba lavar los pedazos donde estabas. El mirar el piso por segundos, después de recibir algún alimento pensando si volvía a caer, porque no levantabas la mirada.  Te gustaba ir a chismosear las otras casas oliendo por todos los lados, pero sin perder mi rastro. Sin que me fuera al baño porque llorabas sin cesar. Asomarte con mi mamá alzado, si venía desde la esquina y al reconocerme te ponías muy contento. Mi mamá en el pasillo o afuera contaba contigo balanceándote 1, 2 y 3; te soltaba para que fueras en pique a verme; cuando eras viejito venias con cuidado caminando sin estrellarte guiándote por el olfato. Te gustaba jugar mucho con la cabeza, dañar las pelotas, ladrar cuando ibas detrás de ellas empujándolas, romperlas todo y dejar virutas y dormir con la rana. Correr detrás de tuyo a cogerte tus juegos y corrías tanto que te escondías en el comedor debajo o en el sofá de ver televisión para que no te molestara, tuvieras tiempo de descansar, dañar el juguete, morderlo e ir a tomar juntos agua (sí que tomabas mucha agua). Bregabas más al subir las escaleras por la lentitud y te lanzabas; pero diste todo tu mayor esfuerzo hasta el final de los días.

Lo que más amaba de ti el tener cara de cachorro aún por tu condición, de no poderte madurar sexualmente por haber tenido los testículos por dentro. Siempre tenías cara de pequeño; la gente ni creía que tenías los ojos blancos cristal; cuando te disfracé de araña pensaron que te había puesto lentes de contacto.  Al terminar las necesidades cuándo te veía te decía: ¿Usted qué fue lo que hizo? Repitiendo varias veces hasta que él se ponía contento y salía a correr por toda la casa de la emoción de haber terminado. Sus orejas cortas parecían como si tuviese un gato negro alzado en las espaldas, las tenías muy cortas porque así cuando te compramos tenías pocas orejas y colita. Cuándo te poníamos la ropa sabia meter tus manitos paso a paso para vestirte y las alzabas, como cuando salía con la corre para pasearte también te encaramabas en el sofá así de viejito.  Eras tan educado que salías corriendo a hacer tus necesidades, sacudir tus paticas al terminar siendo en cualquier necesidad y renquear a veces de una patica, molestándote las articulaciones.  El decirte: Nos vamos- Nos vamos, era para ti la salida perfecta y de estar aburrido sin mi consentimiento al irme, sabias que no te llevaría a no ser por la correa que te ponía muy contento.  El ser siempre caperucito y colgar las capuchas de los buzos para que no te asolearas y también tenías tu propia pañalera para ir a todos lados con cobijas, termos de agua y demás.  Estrenabas mucha ropa en Navidad, año nuevo y cualquier ocasión y eras siempre el centro de atención al pasearte en la canasta de la cicla.  En sentir mareo en los paseos como un bebe, ir a caminar, no darte cuenta cuando me iba porque a veces pasabas derecho.  Esperarme en la ventana y escuchar el cambio de mi voz para consentirte.  Recogías las brechas de pollo que caían de la jaula de la lora y sabias de memoria que día era cada uno y lo que hacíamos.  Sabías que cerrar la puerta del carro era llorar porque no me dejabas nunca sola. Ibas al banco y a todos los lados conmigo y hacíamos de todo y tenías mañas que ningún otro perrito tenía. Como abrir las puertas, ladrar mirar, convencer, entre otros más. Eras fuerte para las inyecciones y no sentías ningún dolor por eso no fue muy persistente la tos. Cuándo el tío te hacía ¡Ti, Ti! Por la colita y te enojabas con un salto.

Tenías un refrán que decíamos en familia: ¡A metérsela a Don Dino, que fue el primero que vino! Significaba que no creyeran que uno es ignorante en el tema. Siempre apareces en mis sueños con diversas circunstancias de la vida. O recuerdo cuando mi abuelita te bajaba de la silla, porque te ocultabas muy bien debajo de una de las sillas del comedor mientras yo hacía trabajos o a veces te hacías en mis piernas.  Además eras el ejemplo a seguir porque bebías mucha agua y eras tan resistente, que cuando te peluquearon en la barriga para examinarte en la Universidad del Tolima, te pidieron una cantidad de exámenes necesarios para operarte; por cuestiones de duda, de miedo o de dinero, no te seguimos llevando dónde los famosos practicantes que hablan y decidimos llevarte a la veterinaria cerca a la plaza de la 28 en un lugar llamado Ibagué, en la que sin exámenes te operarían; ya que tocaba sacar los cálculos y los testículos porque se podía reventar y darte una peritonitis. Lastimosamente el día menos inesperado no te pudo llevar a cremar porque no encontré el lugar y terminaste en los Girasoles dónde te visito ; pero sé que pronto y en el inicio del siguiente capítulo lo haré para que estés en casa y siempre estemos juntos; ahora donde se paga la mensualidad por los otros animalitos en lo respectivo a funerarias y urgencia en  Cádiz dónde me pareció buen servicio por todos los soportes médicos y aparatos; pensando en que no hubiera confiado en la veterinaria para que me dijera que le dio en la mañana de inyección y confiar en ella dónde me dijo que lo llevara a urgencias y lo terminé llevando allí a Caninos y Felinos de Ibagué de la Ferrocarril subiendo, dónde el médico se demoraba en bajar y dónde no tenía la pasta indicado y dónde quizás buscando en urgencias no hubiera encontrado ese lugar; en los siguientes capítulos detallaré con más precisión, de lo que le hizo y puso. Me gustaba cuándo hacías carreras con Chispitas la gata, que ella te perseguía y tú a ella, y se esponjaba en la cola para atacarte y seguir en el juego de correr por el pasillo en todos los lados; aunque te fuiste cansando ella no y siempre te daba palmadas con las pomitas de sus manos en la cabeza, para recordarte e invitarte a jugar. El esconderme en los juegos o lanzarte la pelota y esconderme y sobre todo dejarte dormido en las cajas por lo más hondas que fueran y taparte; ya estabas acostumbrado a ellas desde el primer día que llegaste a casa dormiste en una aunque eras terco y te encaramabas en la cama; te gusto la aja y empezaste a taparte con las orejas y a dormir con ella. Hasta que decidí comprarte una cama redonda y te hizo falta porque el aire te entraba mucho por encima. Así que decidí ponerte en el rincón de mi cuarto, ponerte como cuna y cerca el colchón verde que tengo y encima taparte con una sábana suave y dejarte un espacio para que salieras a orinar y te ventilara; lo cual te amañabas mucho y apenas lo hacía te acomodabas para ir a dormir. Amabas que te llevara a pasear con un cojin acolchado para descansar y apoyar la cabecita en el cierre de la cremallera; ese bolso sólo estaba destinado para ti, a veces tocaba cambiar los tirantes porque se descocían y me daba miedo que te cayeras.  Te hice un blog con tus fotos como caricatura para enseñar en las clases.

Mis sentimientos encontrados eran cuando me veías alistando maleta de viaje y yo pensando en que te ponías triste, pero que no iba a ser mucho tiempo y estabas en buenas manos; pero a veces estabas inocente y me esperabas en la puerta toda la noche hasta que mamá debía hacerte la cuna y regañarte para que te fueras a dormir. Llamarte para alzarte y decirte ¡Menga ticuti cutí!. Ser el perrito preferido de ella.

Me gustaba cuándo ponías la patica en mi rostro para detenerme en los besos; porque me gustaba darte muchos picos. Sobre todo, cuándo hacíamos el gesto de ¡Muak! ¡Muak! ¡Muak! pero muchas veces repetidas con sonido en los labios, para que fueras atacar o ponerte alerta porque venía alguien o porque había un ratón o algún insecto. Recuerdo cuándo te gustaba enfrentarte a las cosas e incluso con una rata a la cual saliste victorioso y me dio cierto miedo de que ella te mordiera. Así que te hice el aseo respectivo.  El sonido de Ñiiiiiii Ñiiiii Ñiiiiiii caminando despacio frente a él con ojos saltones, agachado como un jorobado y caminando lento con la mano de araña encorvada, para que te pusieras enojado. Además de que Chispitas te oliera mientras dormías en la trompa y tus gestos de estirar la trompita peludita haciendo Buuuuu cuándo querías, pero a la vez no ladrar y erizarte en el lomo porque estabas muy enojado y querías atacar. El echar tierra a las personas si estaban cerca, para escarbar. Pasear y caminar con mi mamá y abuelita cuándo yo no iba a la casa de la bisabuela o a veces ibas conmigo y salíamos a la vuelta a la iglesia o si no, nos íbamos para la casa de la tía. Corretear y esperar que te arrinconara el gallo Alias Guerrillero que te picaba por todos lados y siempre te dejabas, aunque en ocasiones, como cuando tu amigo Tito te olía las partes íntimas, tendrías a enojarte y hacerte el disimulado y de la nada le mostrabas los dientes a morderlo. El acostarte en mi cama con la cobija, asomarte en la venta y empinar la cabeza y moverla a todos lados para chismosear. En la posición que te acomodara te quedabas dormido fuese de medio lado o boca arriba. Al llegar alguien extraño lo querrías morder en la bota del pantalón y dejarte adentro porque te gustaba salir y no hacer caso y pasarte el tablón blanco para estar conmigo en la noche de velitas, porque no te acostabas en la cuna tuya que bajábamos en la sala, sino que querías estar conmigo cuidando las velas en la silla amarilla; pero pronto no se podía hacer porque el aire te congestionaba y prefería tenerte adentro llorando a que yo llegara.

Hacer correr a mi mamá en Short para alcanzarte y a uno le tocaba salir como estuviera para que nada te pasara mientras te salías en la calle por el taller de motos o cruzar las carreteras, cuando podías ver bien; porque cuando no, salías a tientas, pero te guiabas muy bien con el olfato. Recuerdo una noche que llegué no aparecías y te encontré en la esquina de la tienda y las personas dijeron que si te vieron pero que no te dejabas coger. Me sorprendías como te defendías solito y eso porque yo no estaba y sin querer mi abuelita abrió la puerta y te saliste.  El decirte cuándo íbamos a comer algo y te hacías el regodeón al decirte ¡Cómaselo mano! Y varias veces cambiando la voz aguda y con furia para que comieras y te entusiasmaras. El perseguir a Tita o a las mascotas que llegaban de otro lado por debajo de la cama y tener que espantarte porque me daba miedo que te aruñaras o que la asustaras.

 

Estar pendiente de ti en las festividades para que nadie te diera comida irritante.  Cuando estuviste en la cirugía de los cálculos te cuide mucho que te apegaste más y no querías que fuera a ningún lado porque te entangaba y te movía a todos lados, pero como eras tan fuerte a pesar de la herida que te cubría con gelatina sin sabor para taparte el hueco y poder depurar los puntos dados en la cirugía otorgada. Recuerdo tus ojitos azules oscuros, que poco a poco se tornaron claros con neblina, recuerdo que la gente nos daba remedios para tus ojos, que miel y otras cosas que hice, pero era una enfermedad de cirugía que no podíamos operar, pero al fin y al cabo hice lo posible y procuré darte unas gotas y estudios en la Universidad Cooperativa en donde dijeron lo del soplo hablando entre los médicos y a mi madre, pero por cuestiones de ida rápida y que eran practicantes y no tu médica de siempre que te operó la primera vez, entonces no puse cuidado y dejé todo así. Recuerdo el buzo rojo de lana que heredaste de un amigo llamado Piter que falleció en un accidente y la ropa que te dio, una te cupo y otra no porque eras gordito y a veces tocaba ponerte chaquetas y otras cosas para cubrirte del frio. Meterte entre gavetas de cocina y cualquier espacio. También te gustaba arrastrar las cobijas por el patio, porque te levantabas con ella como si fuese un manto y las ibas dejando regadas en el camino y tocaba alzarlas.  El orinar como una niña sentado, por lo mismo que no te desarrollaste por los cálculos tenías los testículos por dentro; pero cuando salíamos en los postes y los árboles que alzabas la patica para dejar tu marca. Te gustaba meter en las bolsas la trompa hasta terminar con las últimas migajas.  Te gustaba ir a pie, en carro te recostabas en la mitad y te ponías triste y en la buseta en mis brazos no estabas convencido porque te gustaba sentir la tierra y oler.  Te gustaba revisar los cuadros por debajo si uno te alzaba y mostraba para verificar que no hubiera ningún insecto invadiendo el territorio.  Revisar e inspeccionar los cuadros de los tíos y salir con telarañas en la cara.  El saludar volteando la cintura, porque como no tenías la cola larga, sino un ñoco, pues se movía mínimo y para sentir te ladeabas todo. Te gustaba que te tocaran, aunque conmigo eras feliz y con los demás le pelabas el diente si te tocaban molestando. No te gustaban los viejitos y ni los niños. En la plaza te molestaba un viejito que vendía por fuera de Mercafácil y a ti no te convencía mucho. No te gustaba que te tocara, eras tierno, pero prefería que nadie te tocara y decían que era el niño o muchas veces la perrita por ser gordito y tener facciones delicadas como la nariz respingada, los ojos no brotados y tener una carita tierna de cachorro. Cuando bajaba al levantarme, te ponías contento porque sabías que iba a desayunar chocolate con pan. Dormir en mis piernas en la silla del comedor por debajo mientras hacía trabajos o comía y veía por encima del vidrio. Pasarte recostado en el pesebre y botar las figuritas y decirte. ¿Cómo está el perrito más lindo mi corazón? ¿Quién es lo más lindo de este mundo azul? Que mi mamá corriera o alguien para ti era gracia salir detrás a ladrar y ver haciendo ejercicio para ti era estar al lado jugando.

Cuidaré en tu nombre a los animalitos de la casa como la lorita, el pajarito australiano y a Chispitas tu hermanita, llevándolos a controles  en honor a ti. Me gustaba cuando siempre dormías abrazado de tus peluches acobijado y con una sonrisa tierna; se notaba lo cómodo y lo feliz que estabas.  Amabas estar en las fotos familiares. Te cansabas de estar dormido y a las 8 am o 9 am pedías que te bajaras porque estabas cansado y querías hacer las necesidades.  Me gustaba tus musculitos en las piernas y las poses de ternura que hacías boca arriba o las demás que yo quisiera para mostrar que eras un bebe tierno y feliz. Era tierno cuándo te decían Danilito Barrios, Danny. Tu carita siempre cachorra y tierna. Recuerdo cuando te llevaban al colegio de primaria dónde estudiaba Liceo Nuevo Tolima a recogerme, a Normal Superior a preguntar algo, a la Universidad del Tolima, y escarbar y oler el pasto mientras me sentaba en una banquita del parquecito de la entrada; el ir a mi primer trabajo en el Colegio Latino y acompañarme con mi mamá a llevar la hoja de vida al Colegio María Inmaculada.  Desde pequeñito me acompañaste a mí en las travesías, a correr mientras llovía y ser parte en todos los momentos de mi vida. 

En los siguientes capítulos leeremos  nuestras miles y un aventuras de un espíritu que reencarna en casa con tu presencia Dino Danilo Pérez Páez, la misma mascota pero espíritu y con evidencia de apariciones siguiendo la vida normal conmigo. 


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