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Primer capítulo

~~DESCUENTO
— Tres… Dos… ¡Uno!
Todos gritaron a una sola voz:
— ¡Feliz cumpleaños!
Unos aplausos y aullidos de alegría acompañaron la declaración. Rafaela, la cumpleañera, tenía una sonrisa radiante que iluminaba su cara.
— ¡Ahora tienes que soplar todas las velas!
— Que no se te escape ninguna, ¡he!
La adolescente que cumplía quince años miró a su entorno. Estaba su mamá, Xiomi, que la alentó con gestos de la mano y muecas sonrientes. Estaba su hermano menor, Juan José, que todos llamaban Juanjo. Estaban sus primos con sus tíos y tías. Estaba también su abuela: Iluminada. Y estaban sus amigas y amigos. Todos irradiaban ese aire de felicidad ajena propio de la gente invitada a las fiestas que se hacen en honor de otra persona.
Faltaba alguien. Alguien muy importante. Su papá estaba de viaje en China por su trabajo y no había podido estar presente en ese día tan especial para Rafaela. Del ordenador portátil abierto al costado de la tarta de cumpleaños, salieron unas palabras.
— Rafaela, cuando soples las velas, no se olvide pedir un deseo. Si lo que pides lo deseas muy fuerte, con fe y voluntad, se cumplirá. Se cumplirá porque hoy es tu día. Hoy tienes quince años y todo lo que desees se cumplirá, pero cuidado: ¡Sólo si lo deseas con fe! Eso sí.
Federico no se perdonaba no estar con su hija ese día.
Las piezas de calderería que tenía que verificar y recibir eran importantes para su empresa y su jefe le había dicho: “Tienes que ir, Federico. Sabes que ya estamos retrasados con ese contrato y que no tenemos a nadie más que tú que pueda hacer ese trabajo.”
Federico negó cuanto pudo pero al final tuvo que aceptar, era cierto que estaban muy retrasados en la entrega de ese pedido y el cliente final ponía el grito en cielo a cada vez que se comunicaban. Pero había puesto sus condiciones: “Voy a ir. Pero tú Javier, irás al cumpleaños de Rafaela y le llevarás el regalo más precioso que se pueda hacer a una niña de quince años.” Su jefe aceptó el trato.
El rostro de Federico destacaba en la pantalla de la laptop. Estaba presente gracias al Internet pero inmaterial. Podía verlos a todos en el jardín soleado.
Rafaela cerró los ojos y se concentró en su deseo.
— Tres… Dos… ¡Uno!
Rafaela abrió los ojos tomando aire y sopló como un huracán las quince velas. Con el aire, la adolescente expulsó su deseo mentalizado tan fuerte que una arruga vertical se había abierto camino en su frente.
Todas las candelas se apagaron y a una de ellas cayó por encima de la tarta que representaba un tablero de ajedrez. Las velas personificaban las piezas principales: dos damas, cuatro alfiles, cuatro caballos, cuatro torres y un rey. El rey negro soportaba el número quince, hecho con azúcar rosado y chocolate.
Todo el mundo conocía la pasión de Rafaela por el ajedrez que practicaba en aficionada de excelente nivel pero sin participar en ninguna competición. Ella decía que no le gustaba, que sólo le encantaba jugar, imaginar los movimientos siguientes, planificar una estrategia, desarrollar un mundo nuevo en su mente, un mundo hecho de movimientos codificados. Jugaba por gusto, por placer puro y cuando otra persona la ganaba, ella aplaudía riéndose de la buena jugada o de su supuesta torpeza.
Javier aparcó el coche delante de la barandilla que cercaba el jardín de la casa. Javier, su esposa Maite y su hijo Abel eran más que amigos, eran familia. El jefe de Federico llevaba dos paquetes. El más grande era cuadrado y estaba escondido por papel de regalo.
Xiomi había visto llegar el coche y se adelantó para recibirlos.
— ¡Llegan justo para la tarta!
Después de saludar a la cumpleañera que estaba justamente cortando la tarta y disponiendo los trozos en los platos, Maite acompañó a Xiomi dentro de la casa para preparar el café.
Abel tenía cuatro años más que Rafaela y se las daba con ella de hermano mayor.
— Rafa, ahora ya tienes quince y voy a tener que protegerte de los lobos.
— Pero… ¿de qué me estás hablando?
— Te estoy hablando de que te estás volviendo poco a poco una mujer y los lobos van a querer comerte cruda y hasta con zapatos.
— ¡Oye! ¡Yo no necesito que nadie me proteja de nada! ¿Entiendes?
Javier había dispuesto su regalo por debajo de los otros, encima de una mesa en el jardín. Se había sentado frente a la laptop y conversaba con Federico, a unos pasos de los jóvenes.
— Si las otras piezas son como las primeras, decía Federico, volveré dentro de dos o tres días.
— No te apures, Fede. Si necesitas un día o dos más, quédate. Lo importante es que estemos seguros de que todas las piezas están dentro de las tolerancias y que no habrá ningún problema al montarlas.
— ¡Eso ya lo sé! ¡Siempre hago mi trabajo con conciencia! ¿Qué? ¡Primero me haces faltar al cumple de Rafaela y ahora me dices que me quede más tiempo!
— ¿Es así que se habla a su director técnico?
— ¿Director técnico? Director técnico ¡y un cuerno! Eres un explotador de la peor de las especies y…
— Disculpame Fede, Xiomi me está llamando de la cocina. Vuelvo pronto.
Javier se acercó de la adolescente mientras que Federico fulminaba a solas ya que nadie le hacía caso.
— Y ahora me deja solo… ¡Un colmo! ¿Hay alguien? ¿Hola?
Abel, con una sonrisa, se acercó de la pantalla.
— Hola tío Federico.
Abel llamaba a Federico: “tío”, porque con su padre eran como dos hermanos, lo mismo que Rafaela y él.
— Hola Abel, ¿qué me cuentas?
Xiomi salió de la casa con una jarra de café humeante seguida de Maite que llevaba una bandeja con las tazas.
— Rafaela, ya es tiempo de abrir los regalos.
La joven saltó de alegría y se fue hasta la mesa.
* * *
Sólo quedaba el paquete de Javier por abrir.
Rafaela rompió el papel con gestos ansiosos dejando a la luz una caja de cartón de color marrón de lo más ordinaria. Abrió el cartón y distinguió dentro unos pequeños bultos de papel de periódico.
Sorprendida, los sacó todos haciendo aparecer por debajo un tablero de piedra. Sacó el tablero de la caja con sumo cuidado. Primero porque pesaba y también porque no quería dañarlo. El tablero era hermoso: unos escaques eran verdes y los otros amarillos. Los bordes estaban esculpidos con representaciones de batallas, con elefantes de guerra e incrustaciones de ébano y marfil.
Rafaela, emocionada, se precipitó en los brazos de “tío” Javier, llorando de alegría. Federico podía ver el tablero por la cámara integrada de la laptop. Dijo en un suspiro:
— No lo creo… el tablero del brahmán de Pune.
Javier lo escuchó y dijo:
— Sí Federico, pienso que estará mejor con Rafaela que conmigo.
Giró hacia la joven y le dijo:
— Rafaela, este tablero está hecho con jade verde y jade amarillo. Tiene una historia, te la contaré más tarde. Ahora desembala las piezas.
La joven no se hizo de rogar. A medida que una pieza salía a la luz, la colocaba en el tablero mientras que Javier comentaba.
— Los peones son los soldados de infantería armados de lanzas. Las torres son de tres pisos, con una base ancha. Los caballos están con sus caballeros tensando un arco con su flecha. Los alfiles son estos camellos cuyos jinetes blanden una espada por encima de su cabeza y el rey y la reina están montados encima de estos elefantes de guerra.
— Es hermoso. Tío Javier, no… no sé qué decir.
Su padre intervino desde China.
— Rafaela, eso me sorprende mucho. Yo te enseñé lo que hay que decir en tal caso. ¿Recuerdas?
— Sí papá.
Se tornó hacia Javier y Maite y les dijo:
— Muchas gracias.
* * *
Los invitados se habían ido.
Juanjo estaba en su habitación y quedaban en la sala de estar: Javier y su familia con Xiomi, Rafaela y, por supuesto, Federico desde China.
— Rafaela, te voy a contar la historia de tu tablero.
Javier bebió un sorbo de brandy.
— Hace unos veinte años, estaba en la ciudad de Pune, en India, controlando unas piezas que habíamos subcontratado. Después de unos días, había terminado mi trabajo y aún me quedaban dos días antes de tomar el avión de retorno. Me había hecho amigo con un ingeniero de la empresa donde hacían nuestras piezas y se propuso para servirme de guía y hacerme visitar la ciudad de Pune. ¡Esa ciudad es increíble! Cuando bajé del avión, un olor intenso de sándalo me invadió las narices. La ciudad entera huele a madera de sándalo. Los aceites aromáticos extraídos de esa madera sirven para la perfumería y para hacer incienso. Huele muy rico. En Pune, el peligro viene del tráfico. Conducen como locos. ¡El primero que se mete, gana! Esa tarde estábamos paseando por una calle cuando vi a un viejo que se iba hacer atropellar por un coche que llegaba como un meteoro por detrás de él. El viejo no lo había visto. Sin pensarlo más, salté hacia él y lo empujé. El coche me atropelló la rodilla y siguió su camino como si nada. Tenía la rodilla hinchada como un balón y un moretón se dibujaba. Me levanté apoyándome en Ranjiv, el ingeniero hindú y, cojeando me acerqué del viejo que no se había movido del suelo. Cuando le di la vuelta, él abrió los ojos. ¡Esa mirada era tan profunda que me dio la impresión de que me miraba al alma! Dijo unas palabras que no entendí pero que Ranjiv me tradujo. Era un brahmán, un sacerdote erudito de la casta la más alta: los “nacidos dos veces” y me agradecía haberle salvado la vida. El brahmán dijo otra cosa, pero dirigido a Ranjiv que me dijo que debíamos seguirlo. Como no tenía nada más que hacer, lo seguí claudicando. El sacerdote se llamaba Kanvar, lo que significa “Príncipe”. Llegamos a una casa que era un palacio. Después de la miseria que había visto en Pune, esa opulencia chocaba. Nos hizo pasar a un jardín interior con unas fuentes de agua que refrescaban el espacio. Nos dijo de esperarlo ahí. Un rato más tarde volvía con una caja. Ranjiv me tradujo que me ofrecía ese tablero de ajedrez de jade en agradecimiento. Que no era gran cosa comparado a lo que yo le había devuelto: su vida. Añadió que el tablero tenía propiedades mágicas. Le pregunté cuáles eran y no dijo nada, sólo tuvo una sonrisa. Pero hablar tanto da sed.
Federico, que ya conocía la historia y también su amigo, pidió a su esposa que le sirva otra copa de Brandy. Xiomi, como Abel y Rafaela, estaba prendida de la historia y se sobresaltó.
— ¡Pues claro!
Mientras Xiomi servía el brandy, Javier entregó a la cumpleañera el segundo paquete que había traído. Con una sonrisa, Rafaela rasgó el papel desvelando una caja de madera rectangular con inscripciones quemadas en la madera. Rafaela pasó la yema de los dedos por la tapa corrediza sintiendo el relieve de las inscripciones, acariciando la madera. Abrió la caja, deslizando la tapa hacia arriba revelando tres botellas etiquetadas.
— Rafaela, esto es para que tu padre te enseñe el arte de catar el vino. Ahora que tienes quince años, ya es hora de que pruebes y aprecies el vino.
Abel sonreía recordando sus propios quince años, cuando su padre le había enseñado a saborear el vino.
Federico intervino desde Asia:
— No. Yo sólo llegaré dentro de varios días, es mejor que le enseñes ahora, Javier. Además el experto en vinos eres tú. Ya sabes que para mí sólo existen dos clases de vino: los que me gustan y los que no me gustan.
Javier tuvo una mueca de desdén diciendo:
— Ignorante. Intenté varias veces inculcar a tu padre las nociones elementales para saborear un buen vino y ese atrasado siempre se quedó en: “los que me gustan y los que no me gustan.” Pero el vino es mucho más que eso.
Federico estalló de risa.
— No señor, no soy un ignorante. Te supero en muchos temas: la cocina, la guitarra, la…
— Ya. Para ya porque no acabaremos nunca.
* * *

 


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