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BRUJO, DEMONIO Y REY

BRUJO, DEMONIO Y REY

15-03-2021

Aventuras novela

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La novela BRUJO, DEMONIO Y REY comienza con el regreso de Andrés Aguirre a la hacienda de sus padres, situada en un remoto lugar de América Central. No regresa solo, sino que lo hace en compañía de una buena amiga, Ana de Orellana. Sin embargo, además de la familia, los espera un territorio hostil y peligroso donde nada es lo que parece. Hasta ellos mismos se darán cuenta de que en su interior también respiran profundos misterios. De la mano de Marcos y Diego, hermanos menores de Andrés, iniciarán una aventura hacia la magia, lo desconocido, lo irracional, el amor, los temibles celos y el desapego. Una aventura que distará un mundo de lo que ellos esperan y que les cambiará la vida hasta un punto que ninguno podría llegar a sospechar siquiera. Ni Ana ni Andrés ni Marcos ni Diego tienen idea de que están a un suspiro de iniciar sus pasos por un camino donde ya no hay retorno, donde se mezclará un secreto del pasado con la locura de un presente que los espera agazapado para darle a los cuatro un buen zarpazo. Todo de la mano de un temible bosque, una raza aparte, un depredador omnipresente, una isla endemoniada y unos temibles espíritus que no cesarán en el empeño de causar más daño y más muertes. Demasiado tarde descubrirán que nada depende ellos.

Leer primer capítulo

 

Primer capítulo

1ª PARTE

El arrullo de las caléndulas

 

 

 

La cueva empezó a descomponerse en cientos de reflejos. El agua filtrada le deslumbraba la vista. A fuerza de pensarlo, decidió no mirar atrás. Se pegó a la roca mientras descendía lentamente hacia un lugar más negro. El espantoso hedor no le impidió repasar la escena con la mirada como si la subrayara con un lápiz. En una especie de escondrijo, Andrés se dejó caer sobre sus rodillas. Cuando volvió a abrirse aquella rendija, presintió que se unía a ellos el repulsivo efluvio del mal. Miró a Marcos, y supo que solo quedaba rezar.

Meses antes, la vida le era más grata.

 

 

I

El regreso

 

 

1

Poco después del atardecer, regresó al grandioso caserón perteneciente a doña Beatriz de Orellana, dama de la alta sociedad e hija de inmigrantes llegados del norte de Europa. Gente con tantas riquezas en su haber y propiedades en su poder, que resultaba ardua tarea hacer inventario de todo ello. Andrés había pasado los últimos años a caballo entre esta residencia y la heredad de sus padres, al sur del país, donde se asentaba la gran colonia izlena: tierra cercada de lagunas, ríos, cenotes y grandes bosques; un lugar de leyendas donde se refería que personas desaparecidas, incapaces de destrabarse del lugar, regresaban por las noches. Un cielo oscuro, profundo y con grandes estrellas plateadas. En ocasiones, un territorio lleno de supersticiones que su mente arrinconaba. Sin embargo, muy de vez en cuando, la añoranza acechaba para darle un latigazo.

Estos habían sido años maravillosos en los que siempre estuvo rodeado de bellas mujeres. Unas, compañeras de estudio; otras, de diversión. Entre todas ellas, siempre a su lado, Ana, que no era ni lo uno ni lo otro. Y ahora había llegado la hora de volver al hogar. Esta vez, de forma permanente. Enfrentarse a una tierra que siempre le pareció lejana, y a una familia que gustaba de marcar las distancias. La relación con su padre era amable y respetuosa; con mamá, una mezcolanza de amor, refugio y control; con sus hermanos, a duras penas tenía relación. El círculo familiar lo cerraba Justina, vieja izlena a la que todos llamaban Tata. Ejercía de madre, abuela y consejera de todos los habitantes de la casa.

Mientras las primeras gotas se desprendían de oscuras nubes venidas del oeste, se alzó ante sus ojos una casa que siempre se encontraba sumida en la oscuridad. Caminó con paso firme por el eterno pasillo hasta llegar al salón del ala norte. Sentada en uno de los dos sillones de terciopelo morado, bajo una elegante araña de cristal, se encontraba doña Beatriz. En su regazo, el viejo álbum de fotografías de una familia perdida. Entre ellas, la más manoseada y gastada: la de Elizabeth.

—Buenas noches, doña Beatriz.

Antes de responder, la dama echó una última mirada a la hija fallecida. Con ojos tristes y cansados, le devolvió el saludo.

—Supongo que ya tiene preparado el equipaje.

—Así es. Y si me lo permite —dio un largo suspiro—, quisiera hablar con usted.

—Adelante —señaló el sillón contiguo.

La estancia estaba cálida. Flanqueadas por cortinas, las acristaladas puertas empezaban a ser regadas por la lluvia. Andrés entrevió el mundo en movimiento del sobrio jardín que se extendía a los pies de la fachada posterior.

—En estos días he estado valorando la necesidad de que nos acompañe.

—Lo sé —afirmó sin levantar la vista del regazo—. Lo anda rumiando desde hace tiempo. Pretende que regrese al lugar que enloqueció a Elizabeth.

—Perdone la osadía —vio aventurarse el escaldado sermón que repetía hasta la saciedad.

—Ese maldito sitio —empezó sin más—. En su última visita, Elizabeth estaba pletórica. Tan llena de energía. Todavía me pregunto cómo es posible que unos meses más tarde tuviera que viajar a La Orellana en busca de una persona delirante y fuera de sí. En un estado lamentable —su voz se convirtió en un bisbiseo—. No me pida que vuelva al lugar que la enloqueció. Meses, años, estuve tratando de recomponer lo que podía haber sucedido. Busqué y no encontré. Los mejores médicos, todos con sus diagnósticos contradictorios. Ni una sola respuesta —levantó enérgicamente la cabeza y, clavándole una mirada colérica, gritó en un susurro—. No quiero saber nada de La Orellana ni de Tierra Izlena. Menos aún, de San Fernando. A La Orellana solo le hacen falta cuidados, y de ello ya se encargan Rafael y Amada. Mi presencia sobra.

—Doña Beatriz… —intervino con cierta impaciencia—, lo único que deseo es que no siga en esta soledad. Allá hay mucha gente que la añora. Mis padres y Justina. Sus amigos. Además, me gustaría que conociera a mis hermanos. Y también pienso en Ana. Ya he avisado de que me acompañará.

—¿Y ha obtenido respuesta?

—Sí. Están encantados. Lo han puesto en conocimiento del padre Tomás.

—Y entonces, ¿qué le inquieta?

—A decir verdad, me preocupa el gran cambio que va a experimentar. Es muy sensible y tímida. Si usted viajara con nosotros…

Sobraban las palabras. Beatriz le dirigió una mirada hastiada que, de inmediato, suavizó. Se había instruido en la necesidad del sosiego.

—Andrés, deje de clamar por lo que vendrá. Voy a serle clara con respecto a Ana. Es cierto que muestra una apariencia frágil, pero dista mucho de serlo. Es determinante, fuerte y con ideas claras. No la use como excusa. En cualquier caso, ¿quién sabe? Seguramente, cuando menos se lo espere, regalaré alguna visita.

—Que así sea —asintió mirando de hito en hito el melancólico ramo de gerberas anaranjadas. Llenaban la mitad de la mesa haciendo evidente la pasión jardinera de la propietaria—. No quisiera que se quedara sola, pero respeto su decisión.

—Os echaré en falta a los dos. Ahora, si me disculpa —zanjó la conversación—. Mañana partiréis temprano, y quiero estar en condiciones de despediros. Buenas noches.

—Buenas noches.

Andrés la observó mientras abandonaba la estancia. Como única compañía, su vetusto bastón. Y, salvo por algunos fogonazos de la chimenea, quedó sumido en la penumbra. Fuera, ríos de lluvia mansa parecían querer cercarlo en un torbellino de pensamientos. Acaparándolo todo, la envoltura de la familia y el impregnado silencio de San Fernando. Para no variar, siempre el mismo azote de intranquilidad. Ahora volvía para quedarse, y pensar en ello le estaba produciendo la sensación de una dentellada en la carne.

 

 

2

Junto a su cama, la mesita con su vela dentro de la palmatoria, un vaso de agua y un crucifijo mirando hacia otro de mayores dimensiones que presidía la pared principal. Rodeada de enjutos muros color blanco, Ana sentía auténtica devoción por este lugar. Al amanecer del día siguiente lo abandonaría, sabía Dios por cuánto tiempo.

 Muchos meses estuvo meditando la decisión. Finalmente había dado el paso y, para su sorpresa, ello le estaba reportando una sensación indescriptible. Sin embargo, ahora que llegaba el momento de partir, aún sin haber abandonado el hogar, ya sentía la nostalgia del viajero cansado. Así y todo, la dicha era mayor que cualquier otro sentimiento. La dicha de conocer toda esa tierra de la que apenas hablaba Andrés.

En la soledad de la habitación del convento donde tantas veces había rezado, donde la confianza en sí misma había crecido, recordaba el momento en que su madre se lo presentó. Un sureño presumido y algo presuntuoso. Y aunque habían pasado algunos años de aquello, aún recordaba la sensación de estar plantada ante un ángel, ante una pintura en el lienzo de una capilla.

—Te presento a Andrés Aguirre. Viene de las tierras del sur. Sus padres me han dado la encomienda de sus estudios.

Hoy en día, eran muchos los recuerdos de su vida pasada en los que estaba a su lado. Años en los que se habían aconsejado y consolado mutuamente. Él estudió finanzas, y ella adquirió conocimientos en enfermería. Profundizaron en sus caracteres y formas de ser. Y, desde un principio, Andrés dio buena muestra de sus dotes de galán. Sabía de su atractivo y, por ende, lo aprovechaba. En ocasiones, por encima de los estudios o el hogar, las damas parecían serlo todo. Por ello, Ana nunca supo en qué momento empezó a mirarla con unos ojos que no eran los del primo o amigo. Intuyó que algo ocurría cuando dejó de desahogarse con ella. Aún así, no era hombre de medias palabras. Un día, sin vacilar, le confesó sus sentimientos. Con una mezcla de temor y halago, Ana lo escuchó. Y, sin tiempo para vanas esperanzas, lo rechazó. Amaba a Dios y al resto de sus semejantes, incluido él. Así mismo se lo hizo saber. El camino por el que había optado lo dejaba en el lugar de un hermano.

No insistió, y a este hecho aislado se limitó aquel sentimiento. Le echó arrestos. Siguió ocupándose de sus quehaceres: estudios y continuas conquistas poco duraderas. Entonces, Ana meditó si era prudente contar lo sucedido a su madre. Cuando dio el paso, Beatriz no mostró sorpresa o enfado.

—Todo lo ocurrido no ha hecho sino afianzar tu vocación. La vida te irá poniendo pruebas a lo largo del camino. Has superado la primera. Con ello no quiero decir que aceptar a Andrés hubiese sido un error. Cualquier decisión habría sido correcta.

Habían pasado los meses. Mucho tiempo. Ahora tocaba viajar a la tierra de su familia. Prestaría su ayuda al padre Tomás en El Amparo, un refugio para niños abandonados. Todo estaba hablado. Después del inacabado asunto de Elizabeth, su madre no dejaba sus tramas al azar.

 

 

 

 

 

3

Contaba las horas. Su niño mayor estaba de vuelta. Tras su marcha, los años habían pasado lentos. Los pequeños no quisieron seguir los pasos de su hermano. En realidad, fue Marcos el que nunca deseó unirse a Andrés. Si hubiese tomado esa decisión, habría arrastrado a Diego con él. La influencia que ejercía uno sobre el otro resultaba excesiva. En todo caso, María siempre dio las gracias por ambas negativas, ya que bastante sufría con la ausencia del primero. Aunque realizara esporádicos viajes a la heredad, sufría desmedidamente cada vez que partía de nuevo. Su marido siempre quiso que sus tres hijos estudiaran, pero sus sueños solo se vieron cumplidos con Andrés.

Marcos también estuvo esperando por mucho tiempo ese momento, pero por razones opuestas a las de su padre. Sus sentimientos hacia su hermano mayor siempre fueron extraños. Ella no quería pensar en la palabra odio, pero lo cierto es que nunca supo qué hacer para aplacar el resentimiento que le profesaba.

—¿Por qué razón, cariño? —le preguntó tantas veces.

Ninguna respuesta. Cada vez que Andrés anunciaba una visita, Marcos se mostraba frío y distante. Los nervios a flor de piel. Lo peor es que la helada respuesta arrastraba al resto de la familia. Si en algún momento creyó que la distancia entre ambos terminaría cambiando sus sentimientos, no pudo estar más equivocada. Estos últimos días, enterado del definitivo regreso de su hermano mayor, su humor había empeorado considerablemente.

—¿Mamá? —una voz en el umbral de la puerta la sacó de sus pensamientos.

María había pasado la última hora junto a la ventana. Desde allí contemplaba una pequeña parte del terreno que componía la propiedad. Las altas colinas y el bosque conformaban un paisaje hermoso e imponente. Más allá, Laguna Chica, un estanque lleno de calas que se mecían mirando al cielo. Y, por todos lados, un ir y venir de trabajadores, algunos de ellos izlenos. Ella también pertenecía a esa raza. Descendiente del todopoderoso dueño y señor de Tierra Izlena, sorprendió a propios y extraños cuando comunicó andar enamoriscada del otro gran terrateniente del lugar. Ello supuso una pesadumbre para su padre. ¿Qué había peor que una mezcla de razas? Única hija de José Sandoval, compañero de una mujer que no pudo darle lo que más ansiaba: el heredero varón. Tras la muerte de su esposa, a los ojos de los demás, ninguna otra ocupó su lugar. María llegó a albergar la esperanza de que el tiempo y el nacimiento de sus hijos minaran el resentimiento de su padre. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro. El rencor sí se resquebrajó, pero fue porque otras inquietudes se abrieron paso en la mente de José. Preocupaciones que se transformaban en miedo en la suya. Un miedo que no le permitía darse cuenta del paso de las horas. Tampoco, de que habitaciones totalmente iluminadas quedaban oscurecidas ante la puesta de sol.

—Mamá.

Lentamente se volvió, y sus ojos descansaron en una figura frente a ella.

—Soñaba despierta, amor. No te he oído llegar

—De puntillas, he venido. ¿Por qué tan sola?

—Me gusta observaros cuando llegáis. Hoy no he tenido esa suerte. Y Marcos, ¿no ha regresado contigo?

—Apenas lo he visto. Esta mañana, ni me miró. Cuando quise decirle algo, ya había desaparecido. Hace lo que le viene en gana.

—¿Está comiendo bien? —preguntó sin esperar respuesta—. Me inquieta que no se alimente como es debido. Todo el día trabajando sin descanso, y en la noche le hastía sentarse a la mesa con su familia. ¿Se está alimentando? —repitió.

—Claro que sí. Lo que ocurre es que ni él mismo se aguanta, y todos sabemos el por qué. Nuestro padre y Andrés tienen mucho que ver. Cada uno lo escalda a su manera.

—No te dejes llevar por su inquina, Diego. Estás bajo su influencia.

—Puede ser —admitió—. Lo que importa ahora es que el hijo pródigo está de regreso. Y se trae a la monjita. A ver cómo decía —dirigió la mirada hacia el techo con el índice rosando sus labios—. La del cabello con ondulados rayos de sol —rió en tono jocoso—. Si no fuera porque es medio monja, diría que está enamorado. ¿También vuelve la señora de La Orellana?

María sintió un escalofrío destemplar su cuerpo. Era cierto que Andrés manifestó su intención de animarla a que los acompañara. Tras la muerte de Elizabeth, doña Beatriz regresó en contadas ocasiones. Un día, ya no volvió. Y, mientras su hijo había permanecido en la ciudad, lo había acogido en su casa. Sentía agradecimiento, pero, aún más, temor. Contaba por miles los rezos para no volver a tenerla ante sí. Imaginar la muerte de un retoño le resultaba inconcebible. Sin duda, un día tendría que dar cuenta por algo de lo que no lograba arrepentirse.

—¿Mamá?

La voz de Diego sonó remota. Igual de lejana había sonado la de su marido cuando le dijo que estaba chiflada. Sin embargo, en aquel entonces su embarazo silenció toda recriminación.

—Que no regrese.

—¿Ocurre algo? ¿Quién no quiere que regrese? No se preocupe por el enfrentamiento de sus dos hijos favoritos.

—A los tres os quiero igual —zanjó—. Dentro de una hora, cenamos. Díselo a Marcos y procura que no se retrase. Eso molesta a vuestro padre.

—¡Y por eso lo hace! —gritó mientras abandonaba la habitación.

María volvió a quedarse sola. Tras los cristales, la noche entraba con profundidad. Fría y silenciosa, siempre lograba aumentar su nerviosismo. La imagen de una loba herida protegiendo a sus cachorros cruzó como un fogonazo su mente.

 

 

4

Despuntaban las primeras luces del alba, y Andrés ya tenía los ojos muy abiertos. Una noche larga. Las sábanas liadas en su cuerpo opinaban haber dormido menos que él. Y un sin fin de sueños inacabados se mezclaban ahora en su cabeza. Ana estaba presente en todos. Junto a ella, María. No se conocían, pero hablaban amistosamente. Doña Beatriz también estaba allí. Con la mirada fija en ambas mujeres, era una estatua sin vida. Se encontraban en una habitación amplia y extraña con toda clase de objetos decorativos. Sentado en un sillón de terciopelo negro, su padre. Unidas las palmas de las manos, ambos codos apoyados en las rodillas, y una expresión extremadamente seria. Entonces, se abría la puerta y entraban sus hermanos. Hablaban entre sí sin percatarse de la presencia de los demás. De repente, con ojos desorbitados, su madre gritaba a alguien que se fuera de allí. Sus gritos y su furia aumentaban. Sólo él la oía. No lograba saber a quién se dirigía.

Agitado, dio una patada a la manta. Estaba bien despierto, pero aún seguía viendo la última imagen que le mostró el sueño: un cuadro inmenso de Elizabeth, la hija de doña Beatriz. Su cabello oscuro flotaba sobre los hombros mientras contemplaba la escena con sus enormes ojos.

Abandonó la cama. Un largo viaje le esperaba. Dedicó un breve instante a pensar la manera de sacudirse el malestar que todo aquello le había provocado.

5

Tras despedirse de las compañeras del convento, Ana iba camino de su casa. Aún no era monja. La Madre Superiora le había aconsejado viajar a San Fernando para auxiliar en sus quehaceres al padre Tomás. Al principio le pareció innecesario, pero no quiso contradecir sus deseos. Era una mujer que se consagraba a engrasar las penurias de todos aquellos pobres diablos que no recibían sino pisoteos de los demás. Una y otra vez, sus palabras incidían en el mismo cante.

—Lo primordial es socorrerlos para que tengan algo que llevarse a la boca. Los niños, Ana. Por encima de todo, ellos.

Nunca había abandonado la ciudad. Siempre fue su vida. Un ir y venir de la casa al convento. Por deseo expreso de mamá, pasaba las noches en aquella. Sin embargo, esta última quiso que estuviera con sus compañeras. Un soplo de tristeza se le filtró en el alma cuando dio el beso de rigor a la Madre Superiora.

Atrás había quedado la Plaza Sagrada. En el camino, las mismas fábricas, batanes, curtidurías y cafés. Dos iglesias y un hospital. Como en un sinfín de días atrás, sus ojos se posaron en la casa de la maternidad, el hospicio y la casa cuna. Ahora eran edificios que parecían desterrarla. En las calles, pobres harapientos deambulando, familias carentes de viviendas o familias amontonadas en casuchas improvisadas. Los que se creían de una clase superior y por diferentes motivos terminaban allí pasaban las primeras semanas llevándose pañuelos a boca y nariz preguntándose constantemente cómo estaba permitido aguantar aquel olor.

La zona donde se hallaba su hogar pertenecía a la clase alta. Familias adineradas que se protegían en caserones enclavados en exuberantes jardines. Por todos lados, automóviles emulando grandes caracolas negras. Enganchadas del brazo de nobles caballeros, hermosas damas adornadas y drapeadas. Como las construcciones coloniales donde vivían, barbillas erguidas hacia lo alto. Y, a donde quiera que se mirara, se veían edificios con imágenes sagradas en las fachadas; fachadas con escudos de las mejores estirpes; estirpes labradas en retablos interiores. Rígido en piedra y mármol blanco, destacaba el Teatro.

Las campanas de las iglesias dieron las ocho. Nerviosa, entró en la casa alisando su vestido. En el suelo del vestíbulo se amontonaban los bolsos de viaje de Andrés. Eran más que en otras ocasiones. Ello le hizo revivir la sensación de vacío que sentía cuando él marchaba. Ahora era distinto.

Junto a un tapiz de mariposas y flores, él la esperaba con un atisbo de sonrisa.

—Buenos días, hermana preciosa. Siempre tan puntual.

—Buenos días, Andrés.

Pantalones color hueso y un jersey azul celeste a tono con la mirada. Tan socarrón como siempre, apoyaba el tacón de la bota en el marco de la puerta. Beatriz le recriminaba toda una serie de gestos entre los que se encontraba este último. Caso omiso.

—¿No te habrás arrepentido? —preguntó Andrés con gesto serio.

—¿Cómo crees?

—Yo no creo nada. Cambiar de opinión es algo bastante sencillo.

—Ya está bien, Andrés —la desazonada voz de Beatriz surgió tras ellos—. Yo no he cambiado de opinión, puesto que nunca le aseguré que fuera a acompañarlos. Manifesté que lo pensaría, y eso he hecho.

—Pero es que si no lo hace ahora….

—Déjalo estar —imploró Ana en un susurro.

 Andrés mostró su irritación. Hacía ya unos meses que insistía en la idea de marchar los tres.

—Está bien. Al punto.

—Pues si está todo aclarado, pasemos al comedor. Será la última comida que compartamos durante un tiempo. Quizás, corto —enunció con cierta indiferencia mirando al muchacho de reojo.

Sentados a la mesa, prácticamente no hablaron. Cada uno con sus pensamientos, los tres tan ausentes como nerviosos. Beatriz, temiendo volver a la soledad. No, no exactamente. A la soledad en compañía de un cruel pasado que siempre la arrastraba al abismo. Le sobraría el tiempo para pensar en el regreso a La Orellana. O no. De nuevo, no exactamente. El paso del tiempo le preocupaba sobremanera. También la mirada perdida de sus dos niños, ambos absortos en su futuro.

Ana pensaba en la familia que estaba a punto de conocer: en una madre a la que Andrés adoraba; en un padre al que respetaba; en una tata llamada Justina que lo miraba con ojos de abuela. De sus hermanos, Marcos y Diego, apenas hablaba. Se adivinaba entre ellos un distanciamiento mayor que el trecho físico. Y de la existencia de un abuelo, se enteró por Beatriz. Él nunca lo había mencionado.

Por su lado, Andrés también estaba tenso. Volver para permanecer en un lugar de tan férreas creencias. Regresar a los bosques que engullían San Fernando y contemplar El Dimán, un río no navegable que serpenteaba hacia Tierra Izlena y La Orellana. Como mudo testigo, los acantilados y las tediosas jornadas de lluvia. Y sin saber por qué, a cada rato le venía a la mente la tarde posterior al nacimiento de Marcos. Su madre acunaba a aquel niño rollizo de piel oscura y cabello azabache. Sus ojos formaban dos marcadas ranuras ascendentes hacia las sienes. Meses atrás, Tata había partido hacia Tierra Izlena porque su única hermana agonizaba tras mucho tiempo de enfermedad.

 Andrés recordaba aquel día como si fuera ayer. ¿Por qué? Porque con cinco años tuvo la nefasta idea de pensar que era un buen momento para explorar un poco más allá de las murallas de su casa. Nada que temer, se dijo en el inicio de una pequeña travesura que nunca podría olvidar. Cuando comenzó su fugaz escapada, aún se oían las voces de los trabajadores. Más tarde, solo fueron murmullos. Se alejó de las zonas de trabajo. Los árboles crecían en altura, y apenas se escurrían finas estrías de rayos de sol. Solo eso. Una vez se sintió satisfecho, decidió que era hora de volver. Giró sobre sus pasos y desanduvo el camino. Sin embargo, el regreso no se le antojó tan fácil. La luz decrecía a cada paso. ¿Oscurecía o se espesaban las copas de los árboles? Ni lo uno ni lo otro le gustó. Sus padres le castigarían duramente, aunque más temía estar perdido en aquella oscuridad donde el mutismo tenía el peso de un gigante. Intentó recordar la hora. El tiempo transcurrido. Sin duda, estaba anocheciendo.

—Me he ganado una buena paliza —enunció.

Su madre nunca le había pegado. Le hablaba con firmeza cuando no actuaba adecuadamente. Le hacía comprender su mala acción. Su padre era otro cantar.

El hombre que ahora era Andrés sonrió. Con cinco años, en aquel lóbrego bosque deseó el tierno abrazo de mamá. Un abrazo que estaría recibiendo el nuevo habitante de San Fernando. Y eso le dio celos. Nadie le consultó si quería tener un hermano. Para colmo, un niño que era la viva imagen de su madre.

—Los trabajadores aún están ahí —dijo en alto para espantar el resentimiento y escuchar su propia voz.

Parpadeó, esperó e intentó orientarse de nuevo. De un momento para otro, empezó de nuevo a oír los murmullos. Las voces se sentían más cercanas, y recordaba algún detalle del camino que desandaba: una carreta llena de matojos volcada a un lado, tres ruedas quemadas, un árbol partido por un rayo con el que estuvo a punto de tropezar, y el leve escozor en las piernas ante el resto de infinidad de ortigas. Poco más. De mejor guía servía el murmullo de la gente. Cada vez más pronunciado. No recordaba haber hecho trecho tan largo sintiendo aquel sonido, pero huyó su desconfianza cuando divisó el letrero que avisaba del pozo y galerías subterráneas que se extendían hacia el norte. Ralentizó el paso, ya que no quería ser descubierto por los obreros. Ahora sus voces eran más fuertes. Discutían, reían y hablaban. Cuando divisó las luces de su hogar, rezó para que nadie hubiese notado su ausencia, y poder salir inmune de esta. Pero, entonces, se percató de que la compuerta que separaba el bosque del jardín estaba bien cerrada. Ningún movimiento. La casa frente a sus ojos y, a su espalda, unos murmullos que ahora le parecieron de condena. Sin perderla de vista, caminó hacia las voces mientras la oscuridad se tragaba los colores.

Tarde descubrió que en aquel lugar no había trabajadores. Ni siquiera ruidos propios del trabajo. Se vio en la necesidad de hallar la diferencia entre las voces que escuchó antes y las que escuchaba ahora. Las primeras eran frases que, en la distancia, se diluyeron en palabras sueltas. Las segundas eran ondas agudas y graves. Una especie de poblado entero cuchicheando. Voces de hombres, mujeres, niños y siseo de animales. Sin duda, tendría que tratarse de una mezcolanza del sonido de ramas, hojas, su excitación y el viento que se deslizaba sobre la hierba arrancando negros desgarrones de paja. Y, de improviso, sombras enormes se abatieron sobre él alcanzando el enrejado junto al portón.

Gritó, escaló aquella verja como nunca lo había hecho, resbaló y volvió a remontar mirando de hito en hito hacia un bosque que quedó atrás. De un salto cayó sobre la hierba crecida que se extendía hacia su hogar. No se volvió. Sólo cuando estaba frente a las mismas puertas de la casa, giró sobre sus talones. La respiración entrecortada, una tos profunda y un dolor intenso en los huesos. En la seguridad de la distancia, clavó la mirada en la verja. 

Nada.

Cenó a solas con su padre, pero apenas pudo probar bocado. Antes de dormir, fue a darle un beso a mamá. Su hermano dormía en su regazo. Los abrazó a los dos. Verdaderamente, se alegró de volver a verlos.

—¿Quieres cargarlo? —sin esperar respuesta, su madre lo puso entre sus brazos.

Lo cogió con mucho cuidado y le dio un beso en la frente. Entonces, Marcos despertó y le miró. Acto seguido, prorrumpió en un llanto estridente.

Esa noche de hacía ahora diecinueve años, Andrés la pasó en un estado de duermevela. El bosque le quería castigar por su comportamiento y por la aprensión hacia su primer hermano. Y jamás contó a nadie lo ocurrido. Seguramente, la causa fue una mezcla de imaginación, temor y rabia. Y como el desleal tiempo lo devastaba todo, en un lado de su mente quedó arrinconado el suceso. Meses más tarde, nació Diego. También con rasgos izlenos, muy parecidos los dos.

Nunca volvió a sentir celos. Intentó cuidarlos y protegerlos, pero la relación con Marcos siempre fue desastrosa. Le miraba de reojo como si tuvieran cuitas pendientes.

 

Con el meloso sabor de los hojaldres, Andrés volvió a la realidad. Llevando la servilleta a los labios, apuntó a las damas que daba por concluido el desayuno. Ambas siguieron absortas durante unos instantes, y luego le imitaron.

 

 

6

Desde los vastos ventanales de la casa que presidía la heredad, Ignacio Aguirre observaba despuntar las luces del alba. Una bruma blanca se enganchaba a los troncos de los árboles. Las malas noches eran eternas. Su descanso nocturno había sido pésimo, y la jornada laboral ya estaba en marcha. Por todos lados, trabajadores cuya invisible presencia adivinaba. Su hijo Marcos cabalgaba acompañado de algún encargado. Madrugaba para no compartir mesa. Bien entrada la tarde, regresaba argumentando no tener hambre.

A sus tres vástagos los quería de idéntica forma, pero Marcos parecía estar resentido con el mundo. Hoy llegaba Andrés, y él buscaría cualquier excusa para no estar presente. Había intentado meterse en su cabeza, descifrar sus pensamientos y entablar un diálogo. Sin embargo, se topaba con un muro difícil de encumbrar. Una tranquera que nunca abría. Sólo permitía el acercamiento de dos personas: María y Diego. Con Justina, algunas conversaciones y tímidas sonrisas. El resto del mundo le temía.

En sus comienzos, Ignacio tardó algún tiempo en ganarse el respeto de los habitantes de la zona. Más tarde, ocurrió el accidente en el que perdió una parte de la movilidad de su pierna derecha. Con tal menoscabo, todo cambió, y Marcos lo aprovechó. En unos días se hizo el amo y señor. Le gustaba repartir órdenes, y aceptaba de mala gana las que le daban. A una cierta distancia, Ignacio aún controlaba la hacienda, pero se sentía cansado. Discutir con el segundo de sus hijos era agotador. En todo caso, debía reconocer que rara vez se equivocaba en las cuestiones de la tierra.

Mientras el sol pujaba por hacerse paso en el nuevo día, notó la súplica de su pierna enferma. Levantó la cabeza y contempló un buen rato el bosque. Muy a su pesar, esta era una rutina que se repetía en los últimos años. Aún resonaba en su cabeza la perorata del médico:

—Lamento decirle que su pierna ha perdido bastante sensibilidad. Quizás con mucho ejercicio y constancia, consiga algo de mejoría.  No se lo garantizo.

Años de gran sacrificio para poder llegar a ser una sombra de lo que fue. Cuando no montaba, se ayudaba por un bastón. Todos le aconsejaron no volver a encaramarse a un caballo. Caso omiso. La recuperación se debió a un gran esfuerzo y voluntad. También a la necesidad de controlar a su endiablado hijo mediano.

Con una pronunciada cojera, caminó presto hacia el comedor. Aroma a pan, leche, mantequilla y miel. Sobre la mesa, como recuerdo perfumado del jardín, dos humildes rosas silvestres. Las ventanas estaban abiertas. El rocío de la noche aún halagaba la hierba y mimaba las flores. A lo lejos, una extensa arboleda inundaba un paisaje que era objeto de recelo para los lugareños. Una vez anochecía, nadie quería estar en aquel lugar. Hasta Andrés había dado muestras de profundo respeto. Cabalgaba únicamente de día y acompañado de otras personas. Aunque en un principio era más temerario, todo cambió a raíz del nacimiento de su hermano. El bosque parecía habérsele atravesado.

En la antípoda, Marcos moraba allí. Puesto que no se le permitía lo contrario, volvía a casa para dormir.

—¡Qué bien huele!

La voz de Diego llegó desde el fondo del pasillo. Con una sonrisa iluminándole el rostro, en tres zancadas estaba plantado frente a Ignacio. Siempre jovial, era la viva imagen de María. 

—Buenos días. Si espera por Marcos, olvídelo —indicó en tono jocoso.

—Lo sé. Ni a su madre saluda.

—Dispensen, pero no padezcan por mí —objetó María tras ellos. El cabello recogido en dos gruesas trenzas, y la expresión seria y cargada—. ¿Qué os parece si desayunamos en paz? Intentemos empezar bien el día.

 Comieron en silencio sin saber que a muchos kilómetros se repetía la misma escena. Otras tres personas desayunando. Los seis envueltos en sus propios entuertos. Y, presente en ambas mesas, una séptima que brillaba por su ausencia.

En el bosque, a Marcos solo le preocupaba la pata de su caballo. Cojeaba ligeramente. Al desmontarlo, se percató de que la herradura estaba defectuosa. Ahora andaban los dos a la par. Uno hablaba y el otro escuchaba.

 

 

7

Lo que en un principio se presentó como un terreno absolutamente abierto, progresivamente había mutado a una tanda de cerros que el tren bordeaba sin problemas. De algunos árboles salteados bajo un sol que caía a plomo pasaron a peñones de desiguales cuerpos envueltos en un caos de nubes y vegetación. Hacia mitad de la travesía, se adivinaba la fatiga en el rostro de los viajeros. Sin conocerse, hablaban entre sí para batallar contra el tedio. Trayecto tan largo como pesado. Y es que, conforme la vegetación había comenzado a espesarse, los chirríos del tren resonaban a cada rato. Cuando no era un tronco en medio de la vía, se trataba de algún animal con el vientre soplado y las patas punteando hacia un cielo tan helado como encapotado.

De hito en hito, Andrés miraba a Ana. El paisaje no dejaba de sorprenderla, y la ausencia de maquillaje le servía un aire infantil. Siempre sufriendo por las desgracias ajenas. Sin embargo, también tenía la apariencia de alguien que nunca había aguantado un dolor propio. Ahora se la veía feliz. Parecía ser ella la que iba a reencontrarse con los suyos.

En la ciudad quedó doña Beatriz acompañada por Taki, un buen amigo. Una despedida resuelta y llena de emoción. Permanecieron junto a las puertas de la casa hasta que ellos desaparecieron por el Paseo del General. Mientras los veía empequeñecerse, Andrés tuvo la premonición de que no tardarían en volverse a encontrar.

—Háblame de tu familia —solicitó Ana rozándole las manos.

Lo cogió desprevenido.

—Ya te lo he referido todo. No hay novedad.

—Una simple descripción.

—¿Otra vez? No creo tener nada más que decir.

Siempre se mostraba incómodo ante esa petición. Contaba lo básico. No hablaba de sus hermanos. De vez en cuando, algún destello de cariño hacia ellos. Ana no quería importunar a Andrés, pero dentro de unas horas conviviría con unas personas de las que sabía muy poco.

—Más que sea algún detalle.

—¿Qué quieres saber? ¿De quién he heredado tanta belleza y simpatía?

—Cuando quieres, no eres tan simpático. En cuanto a la belleza, te puedo asegurar que hay opiniones para todos los gustos. 

—En nada los vas a conocer. Es gente del sur. Peculiares. Tienen costumbres grabadas con sangre, así que…—dio un largo suspiro—. Es bien complicado hacer que cambien su percepción de las cosas.

—¿Por eso te fuiste a la ciudad?

—En parte. Deseaba conocer otras formas de pensar. También quería estudiar. ¿Qué más te puedo decir? Soy un mestizo camuflado de blanco —bromeó con un guiño cómplice.

Andrés volvía a contemplar el paisaje. Daba la conversación por terminada, y Ana no insistió.

Por todos lados se abría un extenso terreno de un monótono verde chapoteado con árboles de diferentes alturas. La distancia entre estos iba disminuyendo hasta confundirse sus ramas en un apretón permanente. Pinos, abetos, juníperos con trepadoras y enredaderas. Troncos interminables. Una verdadera cubierta vegetal elevada y cerrada que eclipsaba buena parte de la luz. En una penumbra casi total, las zonas inferiores exhibían un follaje denso. Al fondo, el océano.

—Ya estamos en San Fernando —reveló Andrés pasado un buen rato—. Tras esas serranías, bajaremos en una gran pendiente y se divisará el pueblo.

—Qué montañas tan extrañas.

—Son volcanes.

—¿Están activos?

—No. La mayoría están apagados. Otros, unos pocos, dormidos. Se puede decir que tienen atajada la actividad.

—¿Se producen temblores?

—Rara vez. De poca intensidad. La verdad es que nunca me ha interesado. El que sí te podría dar una clase es Marcos, pero eso sería más raro aún —sonrió ante el cuajo de su ocurrencia.

A aquellas alturas, ya se habían acostumbrado al olor de un tren cargado con cajones de pescado seco y varios pares de revoltosas gallinas. Una de estas acababa de abandonar su cesto y daba saltos entre los viajeros. Su dueño, un canijo hombrecillo de piel oscura, alzaba las manos intentando trincarla en el aire. De repente, paró en su vano intento, y los miró de arriba abajo sin disimular su estupor.

—¿Ocurre algo? —ante el repentino interés, preguntó Ana a Andrés.

—El color de nuestro cabello llama a algunos la atención.

Observaron el pueblo a lo lejos. Finas nubes flotaban sobre él. Las farolas propagaban rodajas de luz pálida a través de una lluvia que parecía planear remolcarlos. El mar era una moteada mancha grisácea que se fundía como un chorro tras las casas.

Tras abandonar el tren, un camino de tierra los llevó hasta la heredad. Allí no parecían existir los coches. Todo lo que Ana veía eran caballos, mulas y carros. También, lagartos de todos los colores y tamaños. Correteaban sobre las piedras, las hojas y la tierra mojada buscando los rayos de un sol sumamente apocado.

Una hora más tarde se alzaba ante ellos la heredad San Fernando. Dos alargadas plantas hacia el cielo. Ana la había dibujado en su mente muchas veces. Sin embargo, superaba con creces su imaginación.

 

 

8

Beatriz sabía que algún día se volvería a presentar la soledad. Y ahora que había llegado, por más esperada que fuera, no era menos lacerante la pena.

Ante su niña se había mantenido firme, pero en el desierto de su hogar se le estaba partiendo el alma. Meses después de la muerte de su primera hija, pensó que ya no le quedaba una lágrima más. Ni con el posterior fallecimiento de su marido, tornaron a manar de sus ojos aquellas condimentadas gotas. Se habían vaciado. O eso creyó. Sin embargo, al contacto con el aire volvía a sentir el húmedo frescor en su mejilla. El recorrido surcado por un reguerillo ardiente que le abrazaba la piel. Rodeaba la comisura de sus labios y caía al vacío pereciendo en el camino. ¿Cuánto tiempo iba a aguantar la tremebunda soledad?

El reloj decía que sólo habían pasado unas horas. Pero el corazón no entendía estos términos. Su tan amado y odiado sur. Su hija y su marido descansaban en la ciudad, y a ella le aterraba hacer tan largo viaje, para luego no tener los arrestos de regresar. No obstante, tiempo hacía que sentía la llamada. Una chispa que intentaba prender. Pálpitos. Probablemente, se acercaba la hora de reunirse con los suyos, y sus tierras gritaban una última presencia. No se sentía débil. Es más, abrigaba una fortaleza comparable a la que tenía treinta años atrás. De seguro, por la cicatrización de una gran parte de las heridas. Sin embargo, por más que el desconsuelo hubiese dado paso a la resignación, las más profundas la acompañarían hasta la muerte. En todo caso, la prudencia había marcado su quehacer a lo largo de una larga existencia. Por ello dejaría pasar los días, semanas o meses necesarios. Luego tomaría la decisión sin importarle las consecuencias que se pudieran derivar.

Sus ojos se volvieron a anegar. Quedaron encharcados un segundo, y las lágrimas se derramaron. En ocasiones, el llanto era un magnífico aliado.

 

 

9

—Acaban de llegar.

La voz de Diego llegó ligeramente distorsionada por un viento que arañaba los árboles. Era un rumor de las profundidades del bosque. Un rozamiento ahogado. Como si se debatieran atrapados, los potrillos lucían apiñados en el prado mientras algunas yeguas mordían sus cuellos.

Para Marcos no había sido una buena jornada. Había madrugado mucho más que de costumbre. Aún así, intuyó a su padre observándole desde una de las ventanas. No pudo ver la expresión de su rostro, pero tampoco le hacía falta. Sin duda, reprochaba su frialdad. Tal daba, ya que la llegada del primogénito borraría su descontento.

Una complicación con la herradura de su caballo, la lluvia y un sin fin de problemas con y entre los trabajadores le habían entretenido el día.

—¿Me has oído? Llegaron.

—Te he oído.

—Pues vaya una cara de fiesta. Pareces molesto. ¿Qué iban a pensar los demás?  —preguntó con sorna.

—¿Por qué no te largas, Diego? Si preguntan por mí, diles que tengo trabajo.

—Insensato. Nuestro padre se pondrá furioso. Con razón, por supuesto. Te pasará por el látigo.

En pie, Diego miraba a Marcos. De rodillas, sentado sobre sus talones, realizaba movimientos rápidos con las manos: nudos y trenzas. El húmedo cabello adherido a su frente desembocaba en puntas sobre las pestañas. Levantó la cabeza hacia él, y los primeros rayos del ocaso le iluminaron el rostro. Pese a la poca labor que había hecho hoy, el sol se arrastraba a ocultarse.

—¿Qué esperas? —preguntó hastiado.

—¿Cuándo digo que vas a volver?

—Dí que no me has visto.

—No hagas sufrir a mamá. ¿Por qué no dejas eso y nos vamos juntos? La monjita también está aquí.

—¿Y doña Beatriz?

—No... No lo creo. Oye, ¿las monjas no van vestidas de monjas?

—Y yo qué demonios voy a saber. Seguramente, no es monja. Otro cuento de Andrés.

—Ese engaño sería una falta de respeto hacia nuestros padres —expuso Diego con una sonrisa socarrona—. No se atrevería.

—Claro que no. ¿Cómo se me puede haber ocurrido? Para eso, ya estás tú.

—Más temprano que tarde lo tendrás que enfrentar —zanjó acuchillándolo con la mirada.

Montó en el caballo y dejó a su hermano sentado en el suelo. Manchado de barro, tierra y tizne hasta las entrañas, ni la cabeza levantó. En plena oscuridad, no se le vería. Le gustaba sentirse invisible y fastidiar al mundo entero. Sobre todo, a su padre. Si no era por un motivo, por otro. Y, aunque le cayera algún bofetón, siempre conseguía su objetivo. Esta noche, el viejo se aguantaría la rabia para no formar un escándalo. Pero ya lo cogería.

—Más bien, pronto —aventuró cuando Ignacio se cruzó en su camino.

—¿Dónde está Marcos?

—No lo sé. Venía tras de mí. Se habrá entretenido con algo.

—Se te nota la mentira a la legua, Diego. ¿Dónde quedó?

—Donde la muralla —confesó sin más disimulo.

—¿Sabe que llegó vuestro hermano?

—Sí.

—Vuelve a casa. Diles que vamos para allá.

—Si quiere, puedo ir….

—Hijo, yo no me pierdo.

Apenas recordaba a su padre de otra manera: a caballo, el látigo ensartado en la mano derecha y asiendo con nervio las riendas en la izquierda. Cuando no montaba, la cojera le daba un aspecto más fiero.

Y, aunque no se sentía muy cercano a él, tenía ganas de volver a ver a Andrés. También, de echarle un vistazo más de cerca a la “hermanita”. Y no quería ni imaginarse la discusión junto a la muralla. Don Ignacio Aguirre siempre se imponía en unas trifulcas casi constantes. ¿Quién era la que más las sufría? Su madre. Enfermaba con imaginar que Ignacio tocara con el látigo al mediano de sus vástagos. En su presencia, sólo ocurrió una vez. Y tan afable y frágil que parecía María, advirtió a Ignacio que la próxima lo lapidaba. Tocó aguantarse ante ella. Luego, y eso mamá también lo sabía, buscaba la manera de trincarlo. Diego intuía que esta vez no sería una excepción.

 

 

10

Ana la observó con los ojos como platos. Excepto en pequeñas zonas donde reinaba la piedra de cantería, la casa lucía absolutamente blanca. Se trataba de un gran caserío de dos plantas con ventanales envueltos en encajes claros. Una inmensa puerta de madera provista de aldaba servía de entrada principal. Contó dos chimeneas y tres escalones de acceso. La hierba corta se adhería a las piedras. Y un olor indescifrable: polen, animales, humo, flores y humedad. A la derecha, un recinto alargado de una sola planta, también blanco, carecía de la ostentosidad de su compañera. Dedujo que era un establo. Pequeñas montañas de heno habían sido colocadas a conciencia. Muy ordenadas. Haciendo las veces de cerca, una gran valla de hierro negro se perdía tras la casa. El gran portón permanecía con los brazos abiertos, rematados cada uno con una inicial. En el ala derecha, una “A”. En el de la izquierda, una “S”. Y el bullicio de vida abría los sentidos. Muchas flores y algunos árboles sombreando los bancos. Pájaros de pecho radiante, caballos, agua repiqueteando, silbidos y un enjambre de voces. La brisa salpicada de lluvia refrescaba el entorno. En las puertas, la mismísima primavera.

Llena de júbilo, Ana miró a Andrés, pero él no le prestaba atención. Con la mirada detenida en un punto frente a ellos, una amplia sonrisa iluminaba su cara.

—¡Por fin, cariño!

Andrés se plantó en dos pasos ante aquella mujer de hermoso rostro. Cogiéndola por la cintura, la levantó por los aires. Ni el más mínimo parecido entre ambos. Junto a ellos, un hombre de expresión severa. Cabello rubio plateado, y vestido de negro de arriba abajo.

—Os presento a Ana —indicó Andrés—. Mis padres, Ignacio y María.

María le dio un beso, e Ignacio estrechó firmemente su mano.

—Andrés nos ha hablado mucho de ti. ¿Usted?

—Tutéeme, por favor.

 —Eres muy linda.

—No lo es, mamá. Lo que pasa es que usted está rodeada de hombres.

—Tú no cambias —le regañó—. Pasad dentro. Este aire frío no es bueno. Además, Justina está impaciente. Anda resfriada, y no es prudente que salga.

Entraron, pero don Ignacio no los siguió. Cogió el camino hacia el establo y montó un caballo que estaba siendo cepillado. Ana se percató de su patente cojera. Sin embargo, un hábil jinete. Antes de enfilar hacia la verja, se dirigió a Andrés.

—Tus hermanos aún están trabajando. Voy en su busca. Dentro de unas dos horas, cenaremos en el comedor. Tenéis tiempo para descansar.

—Estarán al llegar —indicó María.

—Así que sea. Si vienen de camino, tanto mejor.

Dicho esto, se fue cabalgando. A Ana le sorprendió el látigo enrollado en su mano. Puede que Andrés se pareciera físicamente a su padre. Sin embargo, el carácter tosco y rudo del señor Ignacio estaba a mucha distancia de la gracia de su hijo. Cosa aparte era la madre. De piel morena aceitunada, dos gruesas trenzas alrededor de su cabeza le otorgaban un aire juvenil. También aristocrático. Alta y delgada, transmitía una fiereza extraña. Ante la marcha de su marido, su rostro se ensombreció. Sus magnos ojos rasgados se posaron sobre Ana. Algo, no sabía qué, había cambiado en aquella mujer.

 

 

11

—Eviten quedarse solos en el bosque —seis sencillas palabras que Ignacio no se cansaba de repetir a sus hijos—. Siempre en compañía. Más todavía, si no estáis sobre el caballo. Repórtense continuamente.

Eran los hijos del patrón de San Fernando, nietos del señor de Tierra Izlena. Juntos sumaban dos terceras partes del sur del territorio donde estaban plantados. Por tanto, pedir que se cuidaran, ¿era pedir demasiado? Aquellos bosques estaban llenos de trabajadores. Blancos, izlenos y algún que otro cruzado, pero también gente de paso que paraba para solicitar trabajo, y de otros que deambulaban de un lado para otro sin rumbo fijo. Y no se fiaba de ninguno. De los izlenos, menos. Paradójicamente, el único amor de su vida era uno de ellos. Sus tres hijos, mestizos. El primogénito, aunque no lo pareciera, tan mezclado como los otros dos.

Desde que empezaron a no parar en la casa, Ignacio designó trabajadores de plena confianza para estar cerca de ellos. Jamás tuvo un problema con Andrés. El auténtico incordio lo suponían los pequeños. Dos quebraderos de cabeza. Sobre todo, el que estaba observando en este momento.

Tal cual lo haría cualquiera sin buenas intenciones, se acercó sigilosamente por la espalda. Sólo prestaba atención a una cuerda que, junto a una buena tonga de soga, se revolvía como una culebra en el suelo. Tantos años de advertencias, y ahí estaba: a merced de cualquiera. Haciéndole saber su presencia, se plantó tras él. Por supuesto, ni se inmutó. De inmediato, la rabia inicial de Ignacio dio paso a un legítimo coraje. 

—¿Por qué no has vuelto con tu hermano?

Ni se giró ni contestó. Tampoco ralentizó el movimiento de sus manos al enramar la soga. Simplemente, tenía la vista fija en algo que había delante de él: las flores o la hierba. O no miraba nada.

Ignacio desmontó con cierta dificultad. Su pierna volvía a latir con ramalazos de dolor hasta la ingle. Cada enfrentamiento, un martirio. Alzó la vista al cielo.

—Te estoy hablando —indicó comprobando que no tensaba ni la espalda—. Hijo, no me provoques. Te lo pido, por favor —rogó mientras el látigo empezaba a arderle en la mano.

 Marcos volvió la cabeza y, de reojo, le miró las botas.

—Le dije a Diego que iba más tarde. ¿No se lo ha tropezado? —inquirió en tono provocativo.

—Vas a volver ahora. Conmigo.

—Y eso, ¿por qué?

—Andrés está aquí. Le darás la bienvenida esta misma noche, antes de cenar. Ni mañana ni pasado. Esta noche. Como debe ser.

—No sabía que había llegado —indicó sin hacer el menor intento por mirarle a la cara.

—No te molestes en mentir. Sabes que he hablado con Diego.

—Pues no pienso ir. ¿Le duele la pierna? —preguntó levantándose, ahora sí, clavándole la mirada.

Tiempo hacía que le ganaba en altura, pero ese no era un impedimento para enfrentarlo. Ni eso ni el malestar lacerante que de continuo sentía. Y es que el aguante de Ignacio tenía un límite, y Marcos siempre estaba plantado en la línea. En este momento hacía largo rato que brincaba en el lado contrario. Él lo sabía y le encantaba. Por eso mostraba una expresión mitad burlona mitad retadora. Terminaría llevándoselo para la casa, pero no se lo iba a poner fácil.

Lo agarró enérgicamente por una de sus muñecas e hizo que soltara la cuerda. De continuo, intuía que la fuerza perdida en su maltrecha pierna había escalado hacia sus brazos. Marcos se retorció y logró liberarse. Con agilidad, saltó hacia atrás, pero no consiguió evitar el látigo. Hizo un gesto de dolor, escupió, se rió, y terminó levantando las manos en señal de rendición. Gozaba provocándole.

 

 

12

Una enorme y rolliza mujer con el pelo recogido en un moño alto se levantó de un salto tirando por el suelo dos mantas que tenía en el regazo. Con las comisuras de los labios apuntando hacia el techo y abanicándose con las manos, llenó la estancia de amor.

—¡Mi niño!

Se fundieron en un fuerte abrazo. A Ana le dio la impresión de que podía haber cogido a Andrés con uno sólo de sus brazos, echárselo al hombro y salir corriendo a cuestas con él. Lo zarandeó, apretó y besó sin dejar de sonreír y alabar a sus antepasados. Su rostro parecía una oscura luna llena. Y, de inmediato, sin siquiera sospechar el motivo, Ana presintió que iban a ser buenas amigas. Un hombro donde refugiarse en momentos difíciles.

—Me impidieron que saliera a recibirte. A esta vieja izlena no le está sentando bien el aire que se escurre de ese bosque. Pero, si llegas a tardar un instante más, no habría alma en este mundo que se comprometiera a ponérseme delante.

—Justina, te presento a Ana.

Dos besos en las mejillas y un leve apretón bajo los hombros. La miró de arriba a abajo.

—En este sitio, no hay más que hombres. Va a ser bueno tener otra aliada.

—Mucho gusto, señora.

—No me digas señora. Excepto mis niños, todos me llaman Justina. Para ellos soy Tata. Puedes elegir el que más te guste.

—Ya está bien, Tata —interrumpió María—. Has hablado y te has emocionado más que suficiente. Si quieres llegar bien a la cena, mejor será que te recuestes.

—Me siento perfectamente —protestó.

—Eso es ahora. Las lamentaciones vienen más tarde.

Arropándose torpemente con las mantas, Justina volvió a sentarse en el sillón. En un susurro, Ana la oyó preguntar Ignacio. No entendió la respuesta que le dio María, pero sí pudo ver que la vieja izlena negaba con inquietud. La preocupación enturbió sus ojos.

 

 

13

Escupió a sus pies.

Muchos trabajadores habían pasado por sus tierras. Algunos echaron las raíces en el pueblo formando familias cuyos hijos y nietos trabajaban para él. Otros habían seguido diferente camino. Tanto con los primeros como con los segundos había tenido y tenía sus más y sus menos. Con cerca de una decena, más que palabras. Entre insultos y amenazas, algunos terminaban marchándose. Pocos, por fortuna. Y daba igual la raza. Por ello no quería que los suyos se movieran solos por el bosque. Porque cuando se quería mal a alguien, la mejor manera de hacerle daño era atentar contra lo que más amaba. Lo que Ignacio Aguirre más quería, aunque a veces le costara mostrarlo, era a su esposa y a sus niños. Y ninguno de los que le habían amenazado, ni uno solo de los que le habían insultado, tuvo el atrevimiento de escupirle. Marcos lo acababa de hacer.

Le dio tal bofetón, que un fuego agudo le sacudió las venas del brazo. Quedó sentado en el suelo con ambas palmas apoyadas sobre la hierba. Como si tal cosa, riéndose.

¿Dejarlo por imposible o llevárselo con él?

Peor que el latido de la mano y el dolor de la pierna, eran los calambres en el ánimo. Marcos no lo contaría. A su madre, menos aún. Solo perseguía que el lerdo de su padre siguiera cayendo ante sus berrinches. Aun así, de ninguna manera lo dejaría allí.

Le obligó a montar en su caballo. No opuso resistencia. Y ¿para qué? Ya había conseguido su propósito. Impasible en apariencia, resultaban indescifrables sus pensamientos. ¿Cuántas veces le había suplicado su mujer que no le siguiera el juego?  

 —Vete a tu habitación. Dentro de una hora estás en el comedor y, por lo que más quieras, vamos a cenar en paz. Hazlo por tu madre.

Resbalando de espaldas, bajó del caballo y subió los peldaños como si nadie le hablara. La sutil marca del bofetón se extendía desde el vértice exterior del ojo hasta el centro de la mejilla. Ignacio sintió como si un rayo le cruzase el mismo lado del rostro. Y es que, a su manera, ejercía su poder sobre todos. En lo que respectaba al propio Ignacio, tiempo hacía que lo tenía atrapado en un torbellino de sentimientos. Le importaba muy poco recibir un correctivo tras otro. Entre más lo penaba, más maldades hacía. Y, tras el castigo, más dependía de él, más lo quería y más remordimientos sentía.

No podía permitir que su hijo acabara con su vida. El destino se lo había mostrado. En su cuerpo tenía la marca. La maldita pierna.

—Debo guiarme por los consejos de María. Ella es sabia —se dijo mientras conducía ambos caballos hacia los establos—. Cambiar la actitud.

En el otro extremo, la aversión hacia Andrés desde el mismito día en que tuvo conciencia de él. ¿Por qué? ¿Celos? ¿Creerlo superior? Nada más lejos. ¿Y entonces?

Si el viejo refrán que predicaba “no hay mayor ciego que el que no quiere ver” no hubiese existido, Ignacio Aguirre lo habría creado para dedicárselo a su hijo, el mayor de los dos menores.

 

 

14

La alcoba era inmensa. Nívea, sin detalles ostentosos. Una cama de matrimonio, dos mesitas cameras con sendas lámparas, un sillón y un ropero de tres puertas; la central, con un espejo en el que Ana se vio de cuerpo entero. Dos amplias ventanas. Bajo la derecha, una mesa escritorio con una silla. Madera maciza. Las paredes blancas se confundían con las cortinas que velaban las ventanas y con la colcha sobre la cama.

Atrás había dejado una escalera que comunicaba con la planta superior, y un ancho pasillo abovedado con puertas dispuestas a cada lado: la primera, abierta sus dos hojas, mostraba un gran salón de un suave anaranjado; el resto, visiblemente más estrechas, estaban cerradas. Ante una de las antepenúltimas, portando parte de sus pertenencias, paró la pulcra y silenciosa mujer del servicio. Más allá, frente a frente, otras dos puertas separadas por una vidriera que representaba el ancho y el alto del pasillo. Ana sospechó que alcanzaría su punto culminante a primeras horas de la mañana. Según la luz que la traspasara, la marabunta de colores se turnaría en importancia.

—Tu habitación —la sacó María del ensueño—. Espero que sea de tu agrado. Marcos y Diego, al fondo —señaló la vidriera—. Ya los conocerás. La puerta de al lado, Andrés. Enfrente tienes a Justina. Si en la madrugada oyes abriendo y cerrando puertas, es ella. Le cuesta conciliar el sueño. Y tienes vistas para el jardín de la entrada. Las de enfrente… —señaló al pasillo—, para el trasero. En mi opinión, te ha tocado la mejor. ¡Ah!, y dentro de tu habitación tienes un pequeño aseo. Descansa. Nos vemos en la cena.

Lo primero que hizo fue descorrer la cortina para observar las vistas. La verja, el portón, el prado y el inicio del bosque llenaron su mirada. También el establo en su plenitud. En conjunto, parecía un paisaje donde la casa dominaba el entorno sometiendo al bosque desde un promontorio. Por todos lados, sombras en la penumbra de una jornada laboral que llegaba a su fin. Y, cuando estaba a punto de encaminar sus pasos hacia el lavabo, vio al señor Aguirre caminando junto a dos caballos. Daba la impresión de que su cojera se había multiplicado. Aún así, el paso decidido. Con la mano izquierda apresaba las riendas de ambos animales. En la derecha, el látigo estirado en su longitud.

—¿Lo habrá utilizado? —se preguntó mientras un escalofrío acariciaba su nuca.  

Como una corriente de aire fresco, una pequeña bañera colmada de agua humeante disipó sus pensamientos.

 

 

15

Ver a Ana, le había producido un efecto raro. De pequeña, cuando María pensaba en sus futuros hijos, los imaginaba varones. El nacimiento de Andrés la llenó de dicha. Años más tarde, Marcos y Diego culminaron su felicidad. Sin embargo, con el paso del tiempo, terminó echando de menos una hembrita. Y desde las primeras misivas de Andrés en que describía una niña con largas trenzas doradas, largo tiempo había pasado. Siempre con la misma vocación. Qué pena. Hubiese asegurado que ambos jóvenes estaban enamorados.

De la mejor forma posible, quería dar la bienvenida a su hijo. La cena estaba preparada. ¿Lo impredecible? La actitud de sus retoños. Diego, no tanto. Se dejaba llevar por Marcos, pero era más sutil. Por el contrario, a este le traía todo sin cuidado. Podía echar a perder una comida antes de probar el primer bocado, o permanecer en silencio durante toda la velada. Sin término medio, o lo uno o lo otro. Se daría por satisfecha si esta noche se daba el segundo caso.

Ana y Andrés aparecieron en el salón. Sonreían más frescos y con mejor color. Su hijo parecía más hermano de esa muchacha que de sus propios hermanos. Tanto la ausencia de maquillaje como la baja estatura le daban el aspecto de niña quebradiza. No obstante, María intuía en ella a una mujer de gran carácter y empuje interior.

Pasaban de las nueve. No era costumbre cenar tan tarde, pero era una noche especial

—¿Mis hermanos?

—Están al llegar. Pasemos al comedor.

Rodeado de ventanales, el comedor se abría hacia el patio delantero de la casa. Iluminado por varias farolas de brillo tenue, bajo cada una de ellas, bancos de madera oscura y pequeñas mesas redondas. Tras los cristales, cortinas de terciopelo aloque recogidas en alzapaños con borlones de seda. Parecían coletas amarradas con lazos.

—¿Te ha gustado tu habitación? —preguntó Andrés en baja voz.

—Me ha encantado. Pareciera… —el diálogo se interrumpió cuando Justina entró en el comedor muy bien acompañada.

—¡Santo Cielo! Ya eres de mi altura —exclamó Andrés.

—Hace tiempo de ello.

Ana observó el tibio abrazo en el que se fundían ambos jóvenes. Ello le hizo intuir el nombre del hermano. De tez morena, ojos rasgados y una gran sonrisa iluminándole la cara, era del tipo de hombres que volvía locas a las chiquillas con un simple guiño.

—Ana, te presento a Diego Hernán.

—Hola —saludó mientras tomaba suavemente su mano derecha—. Solo Diego —solicitó plantándole un beso entre los dedos.

—Mucho gusto —expresó con el pleno convencimiento de que ambos hermanos no eran tan diferentes. Le pareció más zorro que Andrés, y eso era decir mucho.

Solo faltaba una persona.

—No tardará —señaló una inquieta María.

Ignacio presidía la mesa. A su lado, María. De cara a ella, Justina. Ana se sentó entre esta última y Andrés. Frente a él, Diego. Entre Diego y María, el asiento del que faltaba por llegar. Ana, justo enfrente. Cubiertos, platos y copas se alineaban sobre una mesa revestida con un almidonado mantel estampado en flores.    

Los siguientes cinco minutos se produjo un silencio tirante que solo logró quebrarse por preguntas breves y respuestas tensas. Dos veces, hizo Ignacio el ademán de levantarse, pero el firme contacto de la mano de su esposa abortó sendos intentos. Y, justo antes del tercer amago, el leve sonido de unos pasos relajó el rostro de María. 

—Buenas noches.

La voz provino de una silueta que parecía que vacilaba. Sólo un instante. Luego entró sin titubeo. Dio tres pasos firmes desde la puerta a la mesa y, de pie, esperó. Unos pasos que Ana vivió como si estuviesen plasmados en un lienzo, con un mundo que se ralentizaba y emitía sonidos fragmentados. Su corazón empezó a latir a la misma lenta velocidad que las imágenes que inundaban su cerebro. En el otro extremo, rápidos de un río bravo que la arrastraban hacia una gran cascada. La sensación de que se desplomaba hacia el vacío.

Un segundo.

Dos segundos.

—¿Qué me pasa, Dios mío? —su mente intentaba asirse a algo sólido—. El largo viaje me ha afectado.

Vio a Andrés dirigirse hacia el nuevo habitante del comedor. Los ojos de ambos quedaron a la par. Algo se dijeron. Las manos derechas como único contacto. Cuando entendió que caminaban hacia ella, notó que sus propios dedos tiraban de los bolsillos de su falda. Apreció que algo se descosía, y las mejillas empezaron a quemarle con una intensidad desagradable. Definitivamente, él dominaba sus sentidos.

—Ana es como mi hermana pequeña. También lo será para vosotros.

Ni siquiera había oído las primeras palabras de Andrés. Se sentía lívida. Aún no había conseguido moverse de la silla. Le rehilaban las piernas sobre ella. En silencio, se reprochó con dureza y, finalmente, pudo levantarse.

—Encantado.

 Sus labios apenas le rozaron la mejilla, y un leve aroma desconocido la invadió. Entonces, abrigó el deseo de huir a su habitación. Más lejos. Escapar al cobijo de su convento. Sin embargo, sin poder parar de observarle, quedó sumida en una especie de hipnótico trance. Reteniendo en su mente cada una de sus facciones como si temiera no verlo nunca más. Ni mañana ni pasado mañana. Sin poder destrabar la mirada de uno de los dos hermanos de Andrés, con una incoherente pregunta abriéndose paso a empujones en su mente: “Todo este tiempo, ¿dónde has estado?”

Se sentó frente a ella y no volvió a levantar la vista. Habló con nadie. Simplemente, era un hombre que parecía querer escarbar en el suelo, hacer un agujero y evaporarse por algún resquicio del mismo.

Más tarde, Ana contempló su plato vacío. A su parecer, no había comido, pero su estómago estaba lleno. Contestó cuando algo se le preguntó, aunque no recordaba ni preguntas ni respuestas. Finalizada la cena, Marcos se retiró, y todo volvió a rodar. Los diálogos y las risas la despertaron del sueño en que se había sumido. Al cabo de un rato, agradeciendo la acogida, deseó buenas noches a los presentes y marchó a su habitación. Unos metros más allá, la de él.

Pese al cansancio, le costó un mundo quedarse dormida. Pero, cuando lo hizo, tuvo un sueño. No de inmediato. Se fue presentando de forma tímida, mezclando inquietantes imágenes: bosques profundos, volcanes activos, casas con techos que se alzaban hacia las estrellas, caballos al galope y bancos de madera bajo los que brotaban flores anaranjadas. Imágenes donde no había ni una sola persona, aunque oía sus voces dentro de un bosque que no quería que lo pisaran; un bosque que se alejaba conforme ella avanzaba. Y, de repente, una muchacha que había contemplado muchas veces apareció ante ella. Igual, pero distinta. Ahora no se trataba de una fotografía gastada.

—Devuélvemelo —susurró Elizabeth mientras las lágrimas corrían por sus mejillas—. Lo que es mío —emitió un sollozo amargo.

La hija de su madre. La hermana que nunca conoció. Probablemente, si su muerte no se hubiese producido, Beatriz nunca la habría adoptado. 

—No tengo nada tuyo.

Elizabeth no contestó. Se adentró en el bosque con ambas manos cubriendo su rostro. La arboleda se abrió ante ella, e incomprensibles murmullos alzaron la voz. 

Ana no quiso estar allí ni un solo instante más. Arrastrando las piernas, volvió hacia la casa. Parecía batallar con un prado anegado que le dificultaba mantener el equilibrio. Entre más se esforzaba, más lejos se veía. El corazón le gateaba en el pecho mientras algo en lo más recóndito de su mente le decía que se trataba de una pesadilla. Así y todo, no paró de correr hasta llegar a la verja, separándose de ese bosque que murmuraba sin sentidos a su espalda.

Las imágenes se deshicieron bruscamente. Ana despertó sintiendo un gran malestar. El camisón blanco era una trepadora en su cintura. Tenía sed, y un sudor impávido recorría su espalda. Quiso abrir uno de los ventanales para sentir el fresco en el rostro, pero el bosque estaba imbuido en una gran luna llena que lo teñía de claroscuros amenazadores. De inmediato, se apartó de la ventana. No sería el aire de la noche el que la refrescara.

Intentando no hacer ruido, abandonó la habitación y enfiló el pasillo. Una única lámpara se unía al resplandor del astro en las vidrieras. Por el rabillo del ojo miró hacia las dos puertas del fondo. Como era de esperar, completamente cerradas. Entonces, caminó calladamente, bajando al comedor, enlazando con una cocina donde se mantenía una luz encendida. En concordancia con el resto de las estancias de la casa, un lugar inmenso. Enmarcando sus paredes, ventanales. Y algo que llamó su atención. Alineados sobre la encimera, sobre los muebles, sobre la alacena, sobre cualquier cosa que tuviera base, se encontraba la mayor colección de jarrones que había visto en su vida: jarrones de vidrio traslúcido, pintado y satinado; jarrones de loza coloreada, de madera lacada y de cerámica vidriada. También de porcelana. De todos los colores. Con forma de trébol, frutales, de pelota, de copa, de tubo, con asas y con filos ondulados. Apartó lentamente la vista de ellos y volvió los ojos hacia las luces del jardín. Y mientras su mente tornaba al sueño, se sirvió un vaso de agua. ¿Tenía algún significado? El bosque, la casa y Elizabeth. Siempre había oído que los sueños eran brotes de nuestras alegrías, tristezas, temores y esperanzas. Momentos vividos, temidos y deseados. Pero a este no le encontraba sentido. A Elizabeth no la había visto más que en fotografías en las que no tenía más de quince años. Sin embargo, ante ella se había presentado toda una mujer. La que tenía que haber sido cuando falleció.

 Tan real. Tantos años viendo a su madre lamentarse sobre una foto, e ir a tener este sueño la primera vez que se separaba de ella. Ciertamente, tenía un matiz cruel.

De repente, un ruido a su espalda la sobresaltó. Tras la puerta entreabierta del comedor, las sombras se alargaban. Esperando a que alguien entrara, aguardó. Era evidente que al resto de habitantes de la casa les bastaba con la luz de la luna para orientarse.

—¿Hay alguien ahí?

Nadie contestó. Prestó atención y, efectivamente, alguien estaba a oscuras en el comedor. Ahora no era un sueño. O sí. Muy quieta, dejó pasar un minuto en el que volvió a sentir sed, y anheló estar en la seguridad de su pequeño convento. Indudablemente, no iba a permanecer el resto de la noche mirando hacia la negrura de una puerta. Haciendo acopio de valor, se dirigió hacia ella.

Desierto.

Abandonó el comedor atravesándolo lo más aprisa que pudo. Miró de reojo hacia el gran mantel que cubría la mesa. Por un momento, le cruzó la fugaz idea de levantarlo para cerciorarse de que nadie se había escondido debajo. La desechó de inmediato. Subió y caminó quedamente hacia su alcoba. Más bien, corrió lentamente, lo cual le trajo de vuelta la pesadilla. Sólo cuando asió la manecilla de entrada a su dormitorio, se sintió a salvo. No quería mirar atrás. No debía. Pero lo hizo. Y allí, al inicio de las escaleras, más allá de la exigua luz que marcaba el camino inyectado en penumbras, se encontraba ella. Elizabeth. Un sombraje como una piedra.

Con un golpe enérgico, cerró la puerta de su dormitorio. Pareció temblar hasta la última columna de la casa. Dio dos vueltas de llave y, sin moverse, esperó.

Silencio. Como si la casa estuviera deshabitada. Al parecer, nadie oyó el estruendo.

Media hora después, con las cortinas completamente echadas y las puertas de entrada y aseo afianzadas, se encontraba acostada. Escudriñaba el techo porque era lo único que le faltaba. Antes había mirado dentro del armario y, cómo no, bajo la cama. Arropándola hasta el cuello, la colcha ascendía y descendía al compás de su respiración. Brazos y piernas totalmente cubiertos en un vano intento de autoprotección. La mente, un legítimo revoltijo. Tras un indeterminado tiempo, ya por agotamiento, llegó el sueño.

 Durmió muy mal. Enmarañada en las sábanas o en sus pesadillas, despertó mucho más tarde de lo que tenía por costumbre. Casi en la misma posición en que se había acostado por segunda vez en su primera noche en la casa de Andrés. Del amanecer no quedaban ni las migas.

 

 

16

Teresa conocía muy bien Tierra Izlena. A su entender, cada rincón, cada cueva, cada montaña, las fuentes, el río, el bosque y hasta el último guijarro rezaban magia. Sin embargo, siempre soñó con el día en que viviría en San Fernando. Estrictamente, esperaba el momento adecuado y, desde hacía escasas horas, dicho momento deambulaba por allí.

Los vio llegar bien entrada la tarde. Él, tan elegante y atractivo como siempre. Ella, insignificante. Arreglada, quizás pudiera dar más de sí. Sin embargo, tenía entendido que era una mujer santa. En todo caso, no suponía obstáculo alguno en el camino hacia Andrés. Incluso, si andaba presta, podría tenerla de aliada. La piedra en el camino era otra. Un molesto cortafuego de nombre Marcos.

Desde temprana edad, Andrés fue el único rey de los sueños de Teresa. Sin embargo, él nunca la vio como mujer. Para ser justos, ni como niña, puesto que de su existencia no se había enterado. Ahora las cosas eran diferentes. La pequeña y menuda izlena se había convertido en una alta y esbelta hembra de rasgos muy marcados. Ni Marcos Aguirre se había podido resistir. Y aunque este no parecía mirar a otra que no fuera ella, a Teresa no le interesaba el hermano menor. Simplemente, se sentía halagada. También temerosa ante su difícil carácter. Finalmente, la existencia de Andrés había terminado impidiendo que ella lo amara. Y si conseguía su propósito, el distanciamiento entre ambos hermanos se incrementaría. Ya buscaría la manera de apaciguar al demonio. En última instancia, ella era la única dueña y señora de su vida. Ningún hombre iba a imponerle el abandono de su deseo anhelado.

Sabía que se acercaba el tiempo de dejar atrás la vida en una de las chozas de Tierra Izlena. Su única familia, el solitario rostro que inmortalizaba, un abuelo malhumorado. Conocido por Juan el Hechicero, intentaba aconsejarla en lo que buenamente podía. Y es que Teresa nunca conoció a sus padres. Cuando preguntaba al abuelo por su familia, obtenía una única respuesta.

 —No son recuerdos gratos para mí.

Al presente, todo eso había dejado de importarle. Debía hacerse notar ante Andrés. Lo demás caería por su propio peso. Con este propósito, guardó muy bien su virginidad. Tampoco le fue muy difícil, ya que, salvo Marcos, ningún otro hombre estaba a su altura. Mantenerse en su trece con este, le había costado lo indecible. Por eso, llegados a este punto, nada podía apartarla de su objetivo.

 

17

La luz entraba a raudales a través de las cortinas. Se aseó rápidamente y, tras un rápido baño seguido de una vestimenta atropellada, abrió con titubeo la muy bien cerrada puerta. Acribillado por los rayos del sol, el pasillo simulaba el camino hacia el cielo. Al fondo, las vidrieras se alzaban desde el suelo hasta el techo proyectando salpicaduras de colores. Cerramiento de flores y aves que creaban un ambiente de fantasía.

Por tercera o cuarta vez, sus ojos se detuvieron en las puertas del fondo. Estaban abiertas. Sintió el imperioso deseo de dirigirse a la aledaña a la de ella, pero se contuvo. Entonces, enfiló sus pasos hacia un comedor que encontró abierto de par en par, con todo en él recordándole a Elizabeth. ¿Cuántos fueron los sueños? ¿Uno? ¿Dos?

— Veo que se te han pegado las sábanas.

—Buenos días, Justina. Lo siento. No suelo ser tan perezosa.

—¡Oh!, no te preocupes querida. Es comprensible.

De nuevo, una manta sobre sus rodillas, y las manos entretenidas haciendo ganchillo. A su lado, una cereta con incontables ovillos de lana. Una gran colcha a punto de terminar descendía de su regazo.

—Necesito entretenerme con algo. Estar sentada es más agotador que trabajar el campo.

—La entiendo. Cuando enfermo, mamá no quiere que mueva un dedo. Al final, no sabes si es dolencia o mal de aburrimiento.

—¿Cómo se encuentra doña Beatriz?

—Dentro de lo que cabe, bien. Andrés intentó que nos acompañara. No hubo suerte.

—Era previsible —contestó lastimosamente—. Ven, siéntate a mi lado.

Se recreó en aquel rostro curtido que se acicalaba con una voz cálida. Justina hizo traer tortitas, chocolate y leche caliente. Los siguientes minutos hablaron del tiempo y del paisaje. Ana necesitaba agarrar el hilo de la conversación, pero no sabía exactamente qué preguntar. En vista de que no encontraba la manera de ir directamente al asunto que la corroía, pronunció las palabras tal cual le fueron vagando de la mente a la boca.

—¿Alguna vez, poco antes de su muerte, estuvo Elizabeth de Orellana en esta casa?

La pregunta cogió a Justina por sorpresa. Entrecerrando los ojos, dejó a un lado las agujas.

—¿Por qué esa pregunta?

—Simple curiosidad. No quisiera importunarla.

—Dentro de la casa, nunca estuvo —dijo quitando importancia al asunto—. Fuera, varias veces. Yo no la vi. En aquellos aciagos días me encontraba acompañando a una hermana en Tierra Izlena.

—¿Qué pasó?

—¿Tu madre nunca te lo contó?

—No. Solo habla del gran amor que le tiene.

—En muy poco tiempo, la enfermedad se la llevó —zanjó dando vueltas entre sus manos a un orondo ovillo rojo—. Todavía recuerdo sus risas en el jardín. Cuando María se casó con Ignacio, se hicieron muy amigas. Sin embargo, Elizabeth nunca pisó esta casa. El motivo, la mala relación entre los patriarcas de la familia Aguirre y Orellana. La causa, la de siempre: los lindes del río.

Justina se acomodó en el sillón y, juntando las manos como si fuera a iniciar un rezo, miró a ambos lados confirmando que estaban solas. Luego le narró la historia.

—Lo que sucedió no es un secreto, aunque es lógico que doña Beatriz se niegue a hablar de ello —resolvió alisándose la falda—. Todo se desencadenó a partir de un viaje a la ciudad que hicieron sus padres. En los últimos meses, don Álvaro se había desmejorado notablemente, y los chequeos se alargaban en el tiempo. Elizabeth prefirió quedarse en La Orellana. De vez en cuando, les hacía alguna visita y luego regresaba. La muchacha estaba al cuidado de Rafael y Amada. Y, de un momento para otro, nadie sabe cómo ni por qué, se fue recluyendo. María seguía visitándola, pero la mayoría de las veces se negaba a recibirla. Entonces, empezó a correr el rumor de que se adentraba en el bosque al encuentro de un hombre. Un día acompañé a María donde La Orellana. Allí nos encontramos con una Elizabeth muy delgada y pálida. Por lo visto, acababa de recibir una carta donde doña Beatriz la ponía al corriente de la grave enfermedad de don Álvaro, y le pedía que se reuniera con ellos. Para sorpresa de todos, se negó, dejando a Rafael y Amada en el dilema de contarle a su patrona lo que estaba sucediendo con su hija, o callar para no darle una preocupación más. Optaron por lo segundo. Les conozco. Nunca vivirán lo suficiente para dejar de sentir remordimientos.

—Rafael y Amada siguen cuidando de La Orellana —confirmó Ana.

—Así es. Hace bastantes años que tu madre no pisa sus tierras. Tras la muerte de Elizabeth, vino en varias ocasiones. Ese pobre matrimonio lo pasó realmente mal. Muchos dijeron que acabaría echándolos, pero el peor castigo fue quedarse a cargo de una casa llena de recuerdos. Los pocos que han traspasado sus puertas chismorrean que uno de los salones es un auténtico altar con un inmenso cuadro de la muchacha.

—¿De qué enfermó?

—A ciencia cierta, nadie lo supo. Por aquella época, me tocó cuidar de mi hermana. Cuando falleció, regresé, y lo peor había pasado. Dijeron que algo afectó a su cabeza y la volvió completamente loca. Se envolvía en prendas de la cabeza a los pies para que nadie pudiera reconocerla. Deambulaba por el bosque, y algunos refieren que discutía y maldecía a alguien. Pero estaba sola. No se relacionaba con los demás. Me consta que hizo alguna excepción con María, pero ella nunca ha querido hablar de eso. También fueron meses duros para mi niña. Embarazada de su segundo hijo, su amiga enferma, y sin esta vieja para prestarle su apoyo —apretó los labios hasta que solo mostraron una larga ranura anaranjada—. Regresé a la heredad días después del nacimiento de Marcos. Algunos trabajadores dijeron ver a la señorita Elizabeth envuelta en harapos junto a la verja de esta casa. Otros refirieron que se trataba de una mendiga que apareció descompuesta junto las minas una semana más tarde. Lo cierto es que, por aquel entonces doña Beatriz ya había sido puesta al corriente de todo. Rafael y Amada no pudieron soportar la responsabilidad. Cuando dieron con ella, necesitaron un tranquilizante y cuatro hombres para reducirla. Falleció en la ciudad dos meses después. Ocultamos a María lo sucedido. Estaba embarazada de nuevo, y tenía un grave riesgo de aborto. Dos embarazos tan seguidos. Los niños tiraron para adelante, pero ella no lo tuvo tan fácil. Después del parto de Diego, varias hemorragias estuvieron a punto de llevársela.

—¿Cuándo le informaron de su muerte?

—Diego ya contaba con unos meses. No hubo otro remedio, ya que doña Beatriz se había presentado en más de una ocasión para hablar con ella. Estaba desesperada y llena de preguntas. De nadie obtenía respuestas. En aquellas visitas, yo misma intenté darle algo de consuelo. La pobre sólo pedía que se le encendiera una luz en su infinita oscuridad, porque Elizabeth solo le contó incoherencias. Estaba al corriente de las escapadas al bosque, de la existencia de un supuesto enamorado y del avance de la locura. Poco más. Había perdido a su única hija, y solo quería hablar con la que durante mucho tiempo fue su amiga. Tanto don Ignacio como yo, en un intento de aplacar un ápice su sufrimiento, le quisimos mostrar a los bebés, pero aquello le causó un mayor desconsuelo. Se negó a verlos, y con lágrimas en los ojos nos pidió que informáramos a María de lo sucedido. Regresó una única vez más. Estuvo hablando con mi niña dos horas enteras. De recuerdos y de lo poco que sabía sobre lo sucedido. Por lo visto, Elizabeth le refirió de su desgana por absolutamente todo, pero jamás le mencionó nada acerca de un hombre. Aún le parecía imposible su muerte, ya que en ningún momento la vio tan enferma —dio un largo suspiro y negó con pena—. Fueron meses raros. Muchas noches oí llorar a María. En vano, intentaba ahogar sus sollozos. Doña Beatriz nunca volvió a San Fernando ni a La Orellana. Poco tiempo después falleció don Álvaro, y quedó completamente sola. Más tarde llegaste tú. Y cuando Andrés manifestó su deseo de viajar a la ciudad, tanto Ignacio como María pensaron en tu madre. Me alegré por la señora.

—¿Y don Ignacio? —preguntó con un nudo en la garganta—. Según me dijo, las relaciones entre ambas familias no eran del todo buenas.

—Tras la muerte de Elizabeth, cualquier tipo de diferencia quedó en el olvido. Rencillas, ¿para qué? Se dedicaron en cuerpo y alma a sus tres angelitos. El resto ya lo conoces. Por cierto… —indicó la izlena dando por terminada la historia—, ¿te sientes a gusto? Es que anoche… —titubeó sin esperar respuesta—, durante la cena, de un momento para otro, parecías andar sin sombra. ¿Pasó algo?

—No —negó incómoda—. Simplemente, estaba agotada.

—Los chicos pueden parecer un poco…—se interrumpió—. En fin.

—Fueron muy amables.

—Sí, se portaron bien, pero si te vienen con alguna majadería, no lo tengas en cuenta —sonrió ante el gesto interrogante de Ana—. Algo se les ocurrirá. Avispados los dos —se acomodó en el sillón—. Y te vuelvo a hacer la pregunta: ¿qué pasó durante la cena?

Ana sintió que se ruborizaba. Justina la cazó al vuelo.

—¡Oh!, no te preocupes —miró al vacío con la sabiduría plasmada en el rostro—. Esta vieja cotorra sabe cuándo debe callar.

Hacia Ana tornó la imagen de él; de su piel morena cubierta de un casi imperceptible vello rubio. A semejanza de su madre, unas negras y largas pestañas conformaban el oscuro perfil de unos ojos grandes y rasgados; ojos de un gris profundo. Fieros. Si el pecado tuviese la forma de un hombre, asumiría el aspecto de Marcos Aguirre.

—Y está mal que yo lo diga, pero mis dos niños tienen lengua de serpiente —continuó la izlena saliendo de una especie de ensueño.

—Andrés me confesó que no se llevaba del todo bien con sus hermanos. Tuve la impresión de que mejor con uno que con el otro.

—Así es. En apariencia, Diego es más llevadero. Pero engaña. Ya los irás conociendo.

Ana enfiló hacia la puerta de entrada. Arrojando los lamentos a un lado, Justina volvía a enfrascarse con el ganchillo. Una brisa ahuecada de aromas anegó sus sentidos. Entonces, volvió la mirada, y ahora si se atrevió a hacer la pregunta que pujaba por aflorar a sus labios. Las palabras le salieron a trompicones.

—Antes me dijo que, según mi madre, Elizabeth sólo decía incoherencias. ¿Le dijo cuáles?

—Sí —suspiró y se removió incómoda—. Mira Ana, en esta casa, este asunto no se menta. Haz hecho bien en consultar tus dudas. Opino que tienes derecho a saber, pero, aquí y ahora, será la última vez que se habla.

Le prendió la gravedad de Justina. Recordó la insistencia de Andrés en que Beatriz les acompañara. En más de una ocasión le propuso alojarse en San Fernando. Sin duda, él no había vivido aquellos horribles momentos. ¿Cómo era posible que se empecinara tanto sin tan siquiera haber tenido en cuenta a su propia madre? ¿O es que desconocía la historia? ¿Cómo se habría sentido la señora María pensando en la vuelta de Beatriz?

—¿Y cuáles fueron esas incoherencias? —preguntó dejando a un lado el apocamiento por tanta revoltura que tenía dentro.

 —Que quería que le devolvieran algo que era suyo. Que a su madre también le pertenecía. Poco más. 

 Justina siguió hablando, pero Ana dejó de escucharla. Tenía más que suficiente. Nunca había soñado con Elizabeth, y su primera noche en San Fernando vino a gritarle aquellas palabras. Se sintió desfallecer. Evidentemente, ya no podía achacarlo al cansancio. Estaba al corriente de lo que soñó, y del momento en que lo soñó. Sabía peregrinamente lo dicho por Justina, y el momento en que se lo había dicho. Lo que no cuadraba era el orden en el tiempo: primero, el sueño; después, la revelación.

—¿Perdón? No la he escuchado —se obligó a volver a la realidad.

—Digo que se pensó en dinero o joyas —repitió la izlena—. Pero nada de eso era importante para una niña criada en la abundancia. Las gentes largaron hasta hartarse. Ahora, tras tanto tiempo, poco importa. Nada más que habladurías. No es bueno volver a revolver el fango por un sin sentido. Perdió la cordura, y eso afectó de un modo terrible a su cuerpo. Lo peor fue dejar a su familia sumida en el más atroz de los dolores. Un pozo de interrogantes y sospechas.

Negando con un leve movimiento de cabeza, Justina volvió a la labor con las agujas.

Los rayos del sol agasajaban la fachada de la casa. Ana se empapó en ellos. Aturdida, eligió uno de los bancos del jardín. Revelaciones y fragancias abrigaban el entorno.

 

 

18

—Tan atractivo como lo recordaba —susurró tras los frondosos helechos. Largo rato hacía que lo observaba. Acompañado por su padre, mantenía sobre el caballo el mismo porte que en sus andares—. Presumido.

Teresa era consciente de la fama de conquistador de Andrés. En cuestión de mujeres, sabía que le gustaba atacar. Sus hermanos eran distintos. Raros los dos, no se volteaban al paso de hembra alguna. En el caso de Marcos, a Teresa le gustaba suponer que ella era la causa, y le resultaba muy halagador que no mirara a ninguna. Tal cual hacía ahora con Andrés, algunas veces lo había acechado, pero presentía que él la intuía. Era una sensación desagradable. Sin embargo, el desconcertante era Diego. Inseparable de su hermano, la gente parecía hastiarle. En consecuencia, detrás de esa mirada dulce, de esa cara de niño sensible, se escondía una personalidad inquietante. Y lo peor era que, ante ella, se quitaba la máscara con descaro. Alguna vez había llegado a pensar que sentía antipatía por cualquiera que llamase la atención de Marcos. ¿Sería igual con Andrés? Aventuraba que no. ¿Le alegraría el enfrentamiento entre sus dos hermanos? Por supuesto que sí. Cada vez que Marcos discutía con alguien de su familia, se distanciaba de todos, excepto de un Diego al que se unía aún más.

—Basta de pensar en ellos. El que te ha interesado siempre es Andrés

Opinaba que debía actuar con rapidez. No podía dejar pasar los días. Si Andrés sospechaba que Marcos estaba interesado en ella, podría pararla de plano. Tenía que sacar todas las armas. Para luego, tarde. En cualquier caso, si había podido conquistar al mediano de los Aguirre, qué no iba a poder hacer con su hermano mayor, un seductor y mujeriego empedernido. Todo iba a resultar muy fácil. O casi todo, porque ese casi tenía nombre y apellidos. Una escama que le afloraba de dentro.

Andrés se alejaba cabalgando.

—Hoy mismo buscaré la oportunidad. Nadie podrá impedir que me convierta en tu mujer.

No era una cuestión de lujos, dinero o bienestar. Lo mismo que le podía ofrecer un hermano, podía el otro. Se trataba de principios. Y estos consistían en hacer realidad su primer sueño; uno que se repetía desde que apenas levantaba un palmo del suelo. Ser de aquel príncipe rubio de profundos ojos marinos.

 

 

19

—¡Qué mal estamos de reflejos! Y qué bien pillado —señaló Diego mientras miraba hacia el espacio desnudo de la espalda de su hermano. La rozadura resplandecía entre el cinturón y el extremo inferior de la camisa anudada en la cintura.

Sentados en un tronco, llevaban más de media hora separando malas semillas.

—Tanta práctica que le has dado a don Ignacio —insistió—. Cada día es más rápido —esperó por la contesta—. ¿No hablas? Y ¿qué te pareció nuestra nueva “hermanita”? Qué mujer tan desabrida. Eso sí…  —sonrió mientras levantaba la mano derecha—, esa tiene de monja lo que yo de Santo Padre.

Durante el siguiente minuto, el único sonido que llegó a los oídos de Diego fue el de un molestoso pájaro carpintero.

—¿Marcos?

Silencio.

—¡Marcos!

—¡Diego! —respondió utilizando el mismo tono.

—¡Contéstame, pendejo!

—No sé de qué diablos estás hablando.

—Mentira —zanjó de forma burlona—. Casi te come con la mirada. Pues serías de los pocos que no se dio cuenta. Deberías buscar ayuda para el mal de ojo. Ay, espera —acercó la cara a la de su hermano—. ¿Y esa sonrisa? 

—No sonrío.

—¿Cómo que no? —el aleteo de una sospecha asomó al rostro de Diego—. ¿Me he perdido algo?

—Pudiera ser —le dio la espalda.

La marca del látigo rodeaba la totalidad de su cintura. Tenía que doler. Supuestamente, él nunca había hecho méritos para merecerlo, pero Marcos estaba bien acostumbrado a la preciosa fusta. Sobre todo, tras el accidente de su padre.

—Ya veo que hoy no te saco nada. Me voy. Allá está Ramón. ¿Le digo que venga a echarte una mano? —esperó por una respuesta que estaba muy lejos de darse—. Imbécil —masculló mientras montaba en el caballo.

—Hace un rato… —indicó Marcos tomándose su tiempo entre palabra y palabra—, estuvo por aquí la hermana de Alejandro. La pecosa de las coletas. Preguntaba por ti.

—¿Qué le dijiste?

—Lo mismo que le dije al hermano un ratito antes —sonrió con auténtica malicia.

—¿Y? —inquirió viéndolo venir.

—Y ya te he dicho que dejes de picotear dentro de la misma casa —soltó con gravedad—. Sabes que te puede ir muy mal. 

Marcos siguió a lo suyo como si nada fuera con él. Mirando de soslayo hacia atrás, Diego abandonó el lugar opinando que algo se le había escapado. Y para colmo de males, tenía que preocuparse de una persona con la que nada tenía que ver: una mocosa entrometida.

A lo lejos, vio cabalgar a su padre y a Andrés. Era normal que Ignacio lo acompañase en su primer día, aunque lo lógico hubiese sido que fuera con Marcos, puesto que sabía la ubicación de la última piedra de San Fernando. Sin embargo, lo lógico no siempre era lo más prudente. Muy acertadamente, sus padres habían intuido que no sería buena compañía, y que Andrés podría acabar en el fondo de cualquier agujero.

—Qué previsible es —susurró mientras seguía con la mirada a los jinetes.

Que él recordara, Ignacio Aguirre no había variado el camino de presentación de San Fernando en toda su vida. Siempre la misma ruta. Caminos, se contaban por cientos, pero su señor padre era un hombre de costumbres. En lo que a moralidad y tradición se trataba, las raíces estaban muy bien hundidas en la tierra. ¿Qué pensaría el gran hacendado si alguien le informara que uno de sus hijos, y no precisamente del que siempre sospechaba, se había desviado del camino correcto? Esta última, qué palabra tan sublime.

—Ahí van los dos. Tan señores —musitó sin perderlos de vista.

De repente, un leve movimiento en las sombras hizo que se pusiera en guardia. Agudizó los sentidos.

—Maldita bruja.

 Agazapada tras los helechos, Teresa. Como de costumbre, vigilando.

—Coño, ¿a quién estás acechando ahora?

 En varias ocasiones, Marcos le había hecho señas para que se mantuviera en silencio. Y es que cuando ella o el repugnante hechicero de su abuelo los vigilaban, su hermano lo notaba. No entendía Diego a qué venía esas ganas de controlar todo lo que hacían y decían. Tan mala espina le daba la nieta como ese hechicero que se pasaba las horas trasteando con los espíritus.

 —¿Qué estás tramando, Teresa? ¿Quieres ver, Diego de mi alma, que va a por Andrés? Tan remilgada, tan fría, y a lo mejor se ha estado guardando para conquistar al Aguirre rubio. Te estoy acechando, lista —susurró entre dientes.

Decidió ir al encuentro de los jinetes. Hizo notar su presencia, aunque estaba seguro de que el tiempo pasado desde que él la advirtió era el mismo que había transcurrido desde que ella se sintió descubierta.

—¿Qué haces por aquí, mi hijo? —preguntó Ignacio—. No me gusta que ande solo.

—Voy a las minas. ¿Y ustedes?

—Nos dirigíamos al río, pero le acompañamos. ¿Marcos?

—Separando semillas donde la fuente.

—¡¿Solo?! No me gusta que...

—Ramón está con él —interrumpió con tedio —. No lo perderá de vista. Además, hoy no está precisamente activo. No creo que presente mucho ajetreo a la niñera.

—No te expreses así de Ramón. Hace lo que se le ordena. Es preferible trabajar el doble que tener encomendada la tarea de vigilaros a ustedes dos.

—Está bien —zanjó alisándose ambas cejas—. Y, ¿qué tal tu primer día, Andrés?

—Perfecto —contestó mirándolo de reojo e insinuando exactamente lo contrario.

 Enfilaron hacia las minas. Diego miró hacia atrás. Allí seguía aquella. Intuía sus ojos sobre Andrés, y ello hizo que le dirigiera tal mirada de odio que, si con la vista se matase, allí mismo habría caído muerta. Con todos los hombres que había, y solo le interesaban los de su familia.

De repente, con un pícaro gesto, se acordó de la advertencia de Marcos.  

—Si picoteas dentro de la misma casa, te puede ir muy mal —masculló divertido—. Mira por dónde, Teresa. Ojalá revientes contra el suelo.

 

 

20

Diego lo sacaba de quicio y, por si fuera poco, le resultaba insufrible volver a lidiar con Andrés. Tenerlo tan cerca, le crispaba los nervios. Y, salvo él, eso era algo que nadie podía entender. Para más fastidio, también estaba esa niña que se había instalado en su casa. Decían que iba para monja. ¿Dieciocho años? En apariencia, catorce. Tan pálida y pequeña. Con un simple empujón, se rompería en mil pedazos. Mujer tan frágil. Eso sí, su curiosidad hacía contrapeso en la balanza.

Durante la cena, sus ojos le quemaron encima. Justina había comentado que ayudaría al padre Tomás con los niños. Efectivamente, tenía el aspecto de dedicar su tiempo a ese tipo de cosas. También, de ser una entrometida que cuestionaba todo. De hecho, presentía que la relación con ella iba a ser rara. Solo pedía que no se interpusiese en su camino, aunque algo le decía que ya lo estaba haciendo.

Sin venir a cuento, una frase llevaba un rato posada en sus labios. Decidió decirla en alto para ver si se marchaba a otro lado.

—Señala el día, y huiremos volando —susurró con incomodidad. 

Nada. Haciendo presión sobre los párpados, quiso borrarla de su mente. No lo consiguió.

 

 

21

María y Ana acababan de llegar a El Amparo, especie de albergue que mal llevaba el padre Tomás. Aislado, se alzaba en lo alto de un acantilado. A un lado, el mar; al otro, prados dejados de la mano de Dios donde pastaban algunas vacas. Una ligera brisa arrastraba el olor de la tierra mojada a un sitio donde eran necesarias muchas manos. Sin arraigo familiar, allí había niños de todas las edades. Piojos y miradas desenfocadas. Demasiado por hacer.

Llegaron por un sendero que discurría bordeado por árboles longevos con raíces que afloraban a la superficie. Apiles de hierba seca por todos lados. En un solitario tendedero, volaban las sábanas al viento como si fueran fantasmas secándose al sereno. Más allá, las laderas se envolvían en sombras donde daba la impresión de que las nubes se cosechaban.

—Ahí está el padre —señaló María mientras se dirigía hacia un pequeño y menudo hombre. Estaba en mangas de camisa y tenía a una acuarela de chiquillos agarrados a sus pantalones. En los brazos, una niña de muy corta edad lloraba lastimosamente con los dedos embadurnados en algo indescifrable.

—Buenos días —saludaron ambas.

—Muy buenas. Como ven, no falta trabajo.

—Padre… —intervino María—, ella es Ana, la novicia de quien le he hablado. Tiene conocimientos en enfermería y desea ayudarle con los niños.

—Encantado de conocerla, hija. Hacen falta muchas manos en esta casa —le echó un guiño cómplice mientras secaba los mocos a la pequeña.

La cría había bajado el tono del griterío. Ahora tenía los ojos plantados en cuatro niños que componían un coro. Volteaban dando brincos. Hacia un lado, hacia el otro, hacia atrás y hacia el centro. Entonaban una extraña canción.

—“Luna, luna, ¿dónde estás? Luna, luna, sale ya. Luna, luna, no te veo. Luna, luna, yo te quiero. Luna, luna, estás ahí. Vamosss todosss aaaa dormirrrrr”.  

Uno de los niños acarició la larga trenza de Ana. Su mirada rebozaba una mezcla de asombro y fascinación. No se prodigaba por aquellos lares ese tono del cabello. En el poco tiempo que llevaba en San Fernando, ya se había percatado de que su extremada blancura desembocaba en la curiosidad de las gentes del lugar.

—Ya tienes un admirador —expuso María—. Os he de dejar. ¿A qué hora quieres que vengan a buscarte?

—No lo sé —titubeó—. Por la tarde.

—Muy bien. Uno de los capataces vendrá sobre las cinco. Ya nos contarás.

—Váyase tranquila, María —intervino el padre Tomás—. Queda en buenas manos.

La pequeña había cesado en su llanto. Ana extendió sus brazos. Con una leve sonrisa enjuagada en lágrimas, se inclinó hacia ella dándole un fuerte abrazo. El pelo, absolutamente apelmazado.

—Me abandonas por alguien más joven y de mejor ver —señaló el cura con una sonrisa que llenaba la totalidad de un rostro delgado y curtido.

Con la niña en brazos, caminó tras él. Le presentó algunos voluntarios y le habló de la gran labor que intentaba realizar. Pedían limosna a los más pudientes. La buena voluntad de los dueños de la heredad San Fernando les permitía tener llenos los calderos para que aquellos chiquillos no terminaran muertos de hambre. No solo niños. También pobres diablos con los que la vida se había ensañado. No solo alimento. También una señal de consuelo. Y esto es lo que Ana siempre deseó hacer: ayudar al prójimo, guiarles por el buen camino, aconsejarles y, en última instancia, hacer que caminaran por la vida sin tanta pena. Si eran niños o no, poco importaba. Sólo quería aliviar y alegrar sus almas.

—Presiento que aquí seré de gran ayuda.

—Claro que sí, hija. Sepa usted que, en este lugar, se da y se recibe. Y si en algún momento necesita un amigo, un padre o un aliado, aquí lo va a encontrar —se dio dos sonoros golpes en el pecho.

 

 

22

—¿Dónde ha estado toda la mañana, Teresa?

—Dando una vuelta por el bosque —contestó de mala gana a su abuelo.

—¿En la parte del bosque que pertenece a San Fernando?

—En esa misma. El bosque no conoce de lindes. Sólo ha sido un paseo.

—No se le pierde nada allí. Y no me vea la cara de idiota. Ya sé quién está de vuelta. No quiero, óigame bien, no quiero que esté detrás de ese joven.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo. Manténgase lejos de esa familia. Sé lo que pretende, y no es más que un capricho.

—Es un buen muchacho.

—Puede que sí. El que me quema es el otro. Los otros. No tiene ni idea. Los dos pequeños. Uno me pone los pelos de punta. Y el otro…

—¡Marcos nunca me haría daño! Y Diego tampoco.

—De una manera o de otra, se lo harán. No se van a tocar el corazón. Presiente que Andrés es bueno. Dígame lo que vislumbra en los otros dos —indicó sin esperar respuesta—. Ande acusada. Lo que está haciendo, más temprano que tarde, se volverá contra usted. Él le hará pagar con su misma moneda. Los huesos no se equivocan. ¡Son sangre revuelta!

—Nada de lo que diga va a cambiar lo que siento. ¡Y no quiero seguir escuchando! —exclamó con manifiesta intención de volver a marchar.

—Usted es mi nieta —señaló con contundencia—. No ha conocido otra familia. Ha seguido mis consejos. Ha creído en mis vaticinios. Solo duda cuando topan con esa estirpe. El mayor tomó la sabia decisión de mantenerse alejado por un tiempo. Al segundo, nadie lo saca de aquí. El bosque se rinde a sus pies, y no logro averiguar por qué.

—Hechizos, brujerías y demonios. Sólo es un hermano envidioso. Siempre lo ha sido. Tiene celos de Andrés, de su forma de ser, de su aspecto y de su inteligencia.

—Palabras necias bajo unos ojos vendados. ¿Qué es lo que envidia del güero? Usted se rinde ante lo diferente. A casi todos os pasa lo mismo. No le haga daño a ese hombre. Todo lo que sufra, se volverá contra usted. Está escrito.

—¿Me intenta decir que Marcos es un hechicero? ¿Un brujo?

—No. Yo soy hechicero y no temo a los de mi condición. A los brujos, los respeto. Sin embargo, ese Sandoval es raro. No logro entender cómo otros no se han dado cuenta. Alguien o algo lo protege. Se me estruja el aliento cada vez que está cerca.

—Ya. Y Diego es el diablo —sonrió con sarcasmo.

—No. Ese es turbio.

—Estoy enamorada de Andrés, y Marcos solo ha sido una golosina. Deje en paz la magia. Para muchos, usted es un loco. No quiero terminar pensando lo mismo.

—Ojalá estuviese equivocado —afirmó a sabiendas de que no lo estaba.

Siempre terminaban en el mismo amargo final. Con la misma atormentada mueca bosquejándose en el rostro del hechicero. Aparentaba estar abierto en mil heridas. Teresa temía que su mundo de magia terminara devorándolo. 

Desde muy niña, ya le prohibía acercarse a los hermanos Aguirre. Decía que eran gente de otra clase. Conforme fueron pasando los años, el disgusto fue aumentando hasta transformarse en aprensión. Ella se lo había leído en los ojos. Cuando se los tropezaba, se mostraba tenso y nervioso. Y lo peor de todo era darse cuenta que estaba convencido de lo que decía. Sin embargo, mientras con Marcos se trataba de delirios seniles, con Diego no se equivocaba. Ni tan inocente ni tan inofensivo. Él la detestaba y no lo escondía. Hoy, sin ir más lejos, se lo había dejado bien claro. Con la mirada, la había insultado. Tanto aborrecimiento que le tenía, y no la descubrió ante los suyos. Al alejarse, incluso en la distancia, Teresa paladeó la hostilidad en sus ojos. Una sombra muda replegada en su escondrijo; una sombra que la vigilaba de cerca, y era muy parecida a ella misma

 

 

 

 


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